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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Ignite, ignite the Air. In the wake of the Heir they decimate.

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Ignite, ignite the Air. In the wake of the Heir they decimate.

Mensaje por Nemuri el Dom Abr 12, 2015 4:47 am





Las sombras siempre encuentran algún lugar donde reposar en el inconsciente, sin importar cuanta distancia se camine, cuán lejos se quiera huir de ellos. La memoria no es capaz de ser borrada, siempre permanecerá en donde haya nacido, por más que se encuentre el recuerdo dormido en algún lugar, esperando por despertar y cobrarse el olvido. El demonio de largo cabello blanco, diferente a muchos otros, no buscaba seguir escapando de esos amargos trozos de vida. Era desafortunada en su buena memoria, pero había varias partes de su vida que se habían visto sumidas en oscuridad absoluta. Ella comenzó a transitar el verde País del Fuego en busca de figuras que se dibujen en la penumbra, pero rara vez dejaba que los fantasmas que merodeaban en su pensamiento le obstruyeran el paso a su futuro. Los recuerdos más vívidos que albergaba eran aquellos de los años que sirvió a Himawari Tsukasa, la gran dama de fuego de Kakkinoaru’en.

* * *

 
Straight for the Sun

A Fleeting Promise in the Light of Dawn.

Parece ya lejos el día en el cual estuvo de pie frente a los guardias, quienes con sus lanzas cruzadas le impedían el paso. Se veía como una joven de clase alta, cubierta por sedas cárdenas, cobres y blancas. Su albino cabello escapaba por sobre sus hombros, sus gélidas, finas manos, quitaban la capa que ocultaba su rostro. Podrían haberla dejado pasar tan sólo por sus ropas, pero en tanto encontraron su mirada se volvieron rígidos y le ordenaron marcharse. Había algo que naturalmente les causaba rechazo en esa faz fantasmagórica, en las bolsas de sus ojos inflamadas en púrpura, en los labios pálidos, en ése parche en la frente y el bermellón de las manchas de sangre estampadas en su fría piel.
Pero desde el inicio de los tiempos, Nômu tenía una suerte envidiable. La caravana de Himawari Tsukasa se acercaba y los guardias debieron abrir el paso. La Daimyo les preguntó que hacía esa joven allí, y ellos rieron lo que habían escuchado. "Dice querer convertirse en un mercenario a su servicio" y por alguna extraña razón, fuera su mirada decidida o su extraña apariencia, la Kaguya cautivó a la feudal, quien, tras mover varios hilos ordenó la dejaran a cargo de cierto hombre de confianza.
Así tuvo acceso al feudo, por restringido que fuera su paso por las calles. La imagen de la joven no era bienvenida en un inicio – ningún extranjero lo era en el lugar. Mucho menos de los desteñidos colores que ella portaba en su piel, su cabello, su mirada. A los guerreros del feudo, bravos y enormes hombres y mujeres de cabellos naranjas, pardos, negros, de pieles de cobre, les parecía una pobre alma en pena más que un mercenario.

Pero el hombre que se encargaría de ella de allí en más no haría ni un solo gesto al verla. Se trataba de un alto y esbelto guerrero de cabello oscuro, ojos claros y una faz nívea, inexpresiva. Kirkas era su nombre; Kirkas, el Sagaz. Se presentó ante Nômu como un simple maestro, sería su entrenador y no mencionaría mucho más. El silencio del hombre le agradaba, le hacía sentir una comodidad extraña en el feudo. Por un lado, porque a ella no le gustaba tener que hablar demasiado ya que sus palabras jamás tenían el efecto que esperaba, y por otro, porque no le gustaba dar explicaciones. Quizá le confesara algunos detalles privados de vez en cuando, suscitados tan naturalmente por la conversación que no parecían ser realmente deudas para con
su maestro, pero tuvo la prudencia de cuidar sus recuerdos para no revelarlos a nadie.
Kirkas era un hombre de pocas palabras, pero sus acciones eran su voz. De buenos gestos, de cálida sonrisa, el hombre no se conformó sólo con ser su entrenador, sino que también se estableció como su primer maestro en aquel continente.
Bajo su tutela, los primeros trabajos no tardaron en llegar. El hombre se había cuidado de revelar cuál era su papel en el feudo, pero no era difícil adivinar que no se trataba de un hombre abocado a la enseñanza. Detalles se filtraban en los trabajos que debían realizar, que ni Kirkas ni la dama de fuego podrían ocultarle.
En principio parecían nimiedades. Escoltar a un noble, buscar algún objeto perdido, hacer guardias por la noche en la residencia de alguien importante. Todo aquello era maquillado por su profesor como “tareas simples que a cualquiera podrían tocarle” pero Nômu había sabido ver tras aquella máscara. Kirkas estaba involucrado con los datos que el feudo recopilaba, como si fuera un informante con el oído presto ante cualquier ocurrencia de los transeúntes del país. Para fortuna del trabajo de su maestro y para la diversión del Gigante, el feudo no era el lugar menos agitado del continente – y por su estabilidad en aquel entonces, mucho había para ver.
La recién ascendida Himawari Tsukasa ya poseía una cuenta extensa de enemigos en los entornos, incluso en el mismo país del fuego. Las relaciones con los milenarios clanes del territorio de Hinoarashi y Fenikkusu no eran las mejores. En aquel entonces ambos feudos contaban con personal más capaz al mando, y realmente eran una molestia. Enviaban espías, intrusos de todo tipo cuya procedencia era imposible de confirmar, dejando a la dama del fuego con un gusto amargo en los labios, de no poder inculparlos con alguna causa justa. Aquello no le impediría poder lanzarse contra ellos, pero las fuerzas del continente tendían a proteger la calma. Si se enteraban que atacaba indiscriminadamente a sus vecinos, la pondrían en una lista de amenazas y las relaciones empeorarían, trayéndoles delicados inconvenientes.
Todo esto le había enseñado sin tener intención de hacerlo su maestro, durante incontables misiones que llevaron a cabo juntos. La mayoría se ocupaba de eliminar intrusos, otras tantas de iniciar pequeños conflictos, limpiar basura, barrer los bosques…
En cierta ocasión, el inescrupuloso señor Hagan Sakamura envió tropas a infiltrarse en el feudo por un botín fuera de lo normal, evento en el cual Nômu llamó nuevamente la atención de la feudal.
 
* * *

Una celebración entre pequeños jefes locales y la Daimyo se estaba llevando a cabo en el colosal castillo de Kakkinoaru’en. Toda la atención se centraba en proteger a la dama y sus invitados. Pero no por ello el feudo decidió ignorar otros sectores. Ya habían tenido mala suerte con destinar todo el personal a resguardar nobles y descuidaron otros frentes, por lo cual se les ordenó a muchos soldados jóvenes como ella que cubrieran estos huecos. Algunos no dieron el visto bueno a la decisión, puesto eran novatos aún. Kirkas portó la voz que determinó el curso de las acciones, quizá en confianza ciega de su buena alumna.

Allí estaba entonces, de pie en la cima de una muralla con los brazos cruzados, observando la inmensidad del frondoso bosque que se alzaba por debajo de todos ellos. Aquel sector era el Este de la ciudadela de Kakinoaru’en, y no se encontraba poblado. Había dos kilómetros hacia dentro de los muros donde no había más que vegetación y plantaciones. Hacia afuera, sólo se veía extenderse los bosques del fuego. El norte, sur y oeste tenían una densidad de población mucho más grande, donde se veían pequeñas casas expandirse como plaga. Pero allí, por donde se veía alzarse el sol por la mañana, el Gigante tuvo la fortuna de no ver a nadie más que los guardias que la acompañaban en la misión. Aunque eran tan molestos como el sol de mediodía.
— ¿Y tú de dónde vienes? — le preguntaron, para matar el tiempo. La opinión popular se inclinaba a que era poco probable que alguien atacase, ya que la reputación del feudo en aquel entonces era de temer. Sin embargo, los dos feudos enemigos no estaban tan perdidos como lo están en el presente, por lo que, para Nômu, tampoco habían de estar tan relajados. Había oído historias de Hagan, y tenía todo el aspecto de un retorcido irreverente que se llevaría al infierno a su propia sangre si fuera conveniente para los negocios. Pero los jóvenes preferían tomarlo con calma, aunque más allá del horizonte las calamidades danzaran libres. Solo Nômu, quien no conocía otra manera de ser que la que su entrenador le había enseñado, permanecía estoica. — De alguna parte de todo el bosque. — balbuceó en respuesta, ofuscada por tener que soportar conversaciones con ellos. Detestaba toda charla interaccional, odiaba hablar en general y prefería mantenerse siempre dentro de las conversaciones pertinentes a las tareas. Por ello, le desagradaba contarles a extraños sobre cosas personales – por más que nadie considerara el origen como algo tan importante, ella lo hacía. Principalmente porque no recordaba de dónde demonios venía.
— Venga, no seas tan amarga. No sabemos nada de ti mujer. — protestó otro guardia. — Más allá de que estás a cargo de Kirkas… — susurró otro. Pero Nômu respondió sus inquietudes con silencio. Estaba allí, era capaz de encargarse de las amenazas, tenía sus prioridades en claro, no había nada que explicarles, nada que necesitara probarles para ganarse su confianza – y aun así, ellos se fiaban más de los muros que de ella. — Ya, es caso perdido. — bufó otro. — No es como si ésta tuviera algo de interesante. Que la Dama le haya dado el visto bueno no quiere decir nada. — planteó, en un torrente evidente de celos. El Gigante apenas sonrió, no por tener el favor de la feudal, de tener a uno de sus mejores hombres como maestro… sino por haber conseguido todo lo que ellos deseaban y no tener aprecio alguno por tales beneficios. — Quizá si no desearan tanto llamarle la atención… lo harían. — susurró, sin dirigirle la mirada a aquellas bestias poco prudentes. La conversación no se extendería, puesto un sensor del grupo detectaría a la distancia un grupo de hombres avanzando.
— Son unos 20 hombres avanzando entre los abedules de allá atrás. — indicó. La admirable habilidad le quitaba la posibilidad de moverse, y en cómoda posición había sellado un signo con sus manos e inmutable se sentaba el joven sobre el colosal muro. Su grupo de unos diez hombres se encontraba disperso por la proximidad, pero las señales de alerta los agruparon a todos en torno al sensor. Éste, tan reservado como ella, no tenía intenciones de acompañar al resto si llegaban a bajar por la muralla, y ahí permanecía sentado para informar de las posiciones de los intrusos.
Nômu no tardó en emitir la señal de alerta, un silbido semejante al de un ave que cobró los ecos del bosque. Los guardias a la proximidad se acercaron al grupo para eliminar las amenazas. Pero tuvieron la astucia de enviar a un hombre más que había escuchado el llamado a notificar el incidente a rangos más altos dentro de la armada – en el caso de que no pudieran con ellos. La tropa de jóvenes se acumuló en poco tiempo. Según el informe del sensor, los intrusos aún avanzaban hacia ellos, ligeramente al norte de su posición. Treinta espadas empuñadas con coraje y nervios aguardaban pacientemente la llegada y una vez divisaran la invasora tropa de soldados, iniciaron el ataque. Flechas descendieron por los muros, seguidas por hombres que se lanzaban al combate. Era un simple enfrentamiento frontal, para la sorpresa de Nômu. Ella dudó en bajarse, y por superioridad numérica decidió dejarle el asunto en manos de los otros.
La sinfonía de hierro se expandía por el bosque hasta llegar a sus oídos, y ningún detalle excepcional podía ser rescatado de la batalla. — ¿Quién demonios es nuestro enemigo? ¿Cómo ha conseguido siquiera tener el estatus de "enemigo" si intenta usar estas movidas tan… sencillas? — a Nômu le molestaba encontrarse con un frente de batalla tan plano, y por analizar la situación se había mantenido alejada de la vanguardia. Otros guardias llegaron para apoyar a sus compañeros, pero Nômu seguía pensando que con los que ya había allí eran suficientes. — ¿No te enorgullecería saber que has ayudado a proteger a la Dama de Fuego? — bramó uno, al verla aún sobre la muralla. Encendida de rabia la mirada del joven, el Gigante de Marfil le devolvió una de esas indiferentes miradas que se veían calcadas del rostro de Kirkas.
— No. — fue la simple respuesta. El hombre se fue encima suyo, tomándola por el rojo traje, perdiendo la insignia del girasol entre los pliegues. — ¿Cómo te atreves a- …? — pero no pudo levantarla como esperaba. — ¿No tienes una feudal que defender? — bufó esta, en toda su sorna. No necesitaba perder el tiempo con él, pero podía darse ese pequeño lujo de mostrarse superior. Ganaba el poco respeto que podía, al menos de no dejarse pasar por encima. La protección de la damisela no era de su máximo interés. Si ella no podía defenderse sola, al Gigante le daba igual si se mantenía o no con vida. “Un líder débil no merece liderar” se dijo, adaptando las máximas de la armada. Olvidó todo asunto y se concentró en lo que realmente llamaba a su curiosidad, el comprender por qué habían atacado frontalmente, y con tan escasos números. — ¿Seguro estos son todos? — le preguntó al sensor. — No veo nada más al frente. — dijo de inmediato. — Revisa al norte. — le pidió. Éste demoró en concentrarse, pero se viró a ésa dirección y al cabo de unos minutos le respondió. — Si… no estoy seguro, pero veo algún par de hombres avanzando por el norte. No distingo bien, así que no me fiaría. — frunció el ceño para ver si podía alcanzar más distancia, pero no pudo mejorar su revisión del lugar. — No importa. — le dijo, antes de decidir seguir su instinto. Empezó a avanzar por sobre la muralla hacia el norte, ignorando las palabras de su compañero.
— No es certeza, ¡te haces cargo tú de ir tras fantasmas! — clamó, tras lo cual no tardó en volver a sus funciones.

El gigante avanzó con rapidez sobre la roca, pero no pudo prevenir el primer ataque de un segundo frente, mucho más discreto en su llegada que el anterior. Dudas no quedaron al escuchar a la distancia una explosión, y ver las llamas alzarse al cielo por sobre el noreste de la muralla. Sólo ella había ido en ésa dirección, el resto de su tropa estaba ocupado luchando contra los intrusos como para asistir el nuevo imprevisto. El sensor dio aviso al resto, pero los contrincantes hacían lo imposible por crear un margen de tiempo mayor para sus camaradas.

El Gigante ya se encontraba cerca de la zona afectada por las bombas, y se preocupaba de no encontrar a los nuevos intrusos. Mascullaba maldiciones al no encontrarlos a primera vista.
— No debo perder un solo segundo. — se dijo, bajando de la muralla. Caían aún rocas desde la misma, y los pueblerinos se movía aturdidos en torno al incidente. Todos observaban perplejos a la gran protección caerse lentamente a pedazos. Nômu no se vio alentada por sus miradas, cargadas de ansiedad, tristeza y pánico. No tenían idea alguna de lo que estaba sucediendo. Caminó entre ellos, quienes se dispersaban al verla. Desde las alturas no había podido divisar a los enemigos, pero desde el suelo era más fácil divisar con precisión a los extraños.

— Deben decirme si han visto a alguien moverse apresurado hacia el castillo. — habló a algunos, quienes buscaban recordar si habían visto algo raro. Pero todos estaban demasiado confundidos y alterados como para dar respuesta útil, y probablemente ante el ataque no hubieran visto nada más que una manera de salvar sus vidas.
La misma multitud le había servido al intruso para esconderse. Era un rezagado del segundo grupo de invasores que encontró la roja figura del Gigante llegar al lugar. Merodeaba en sigilo por la cercanía, y buscaba escabullirse entre la gente para estar cerca de la mujer y asestar el primer golpe. Pero no fue tarea fácil. La mujer se alejaba de la multitud y él debería abandonar el refugio en ésta para atacar. No quiso demorar más tiempo y se despegó de las sombras para atacar por la espalda al Gigante. Pero ésta consiguió notarlo a tiempo.
Se viró hacia él y detuvo su daga con la mano en un impulso reflejo, con lo que fue capaz de empujarla de su mano y hacer que cayera al suelo. La restante mano cargada de llamas buscó la carne del joven, con lo que sólo consiguió empujarlo del lugar.
— Interesante… qué raro ver algo que represente un reto. — balbuceó el joven, adoptando nuevamente una posición defensiva. El cinismo del gigante era imposible de contener, las afiladas palabras no eran sólo enseñanza de su maestro, sino también una liberación para el alma de la Kaguya. Así, soltó sin pensarlo dos veces.
— Me gustaría ver qué se siente.
* * *

— Recuerda mantenerte serena en combate, un simple momento en el cual vaciles será tu muerte y el fracaso de tu misión. — recordaba claramente las palabras de su maestro, las cuales solía repasar como si se tratara de un manual elemental para sobrevivir. Desde que fue asignado a su cuidado, Kirkas se había dedicado a enseñarle lo que dictaba la voluntad de Tsukasa. Por alguna extraña casualidad, en el país les gustaba ser armónicos con su denominación. Todos habían de tener un mínimo conocimiento en las artes de las llamas, y serían fácilmente exaltados si conseguían ser grandes maestros como Kirkas.
— No estás inicialmente favorecida por las llamas. — le dijo, un poco triste por tener que obligarla a aprender de tan joven edad algo tan complejo. — En lo que tú deberías concentrarte sería aquella energía la cual emana de ti naturalmente – el aire. Tú lo dominas, para ti es tan fácil como hablar. — y hubo de reírse, puesto que la expresión verbal era un defecto para la joven. — Bueno, se entiende la… — y ella lo interrumpió, — Se entiende la analogía. — lo acompañó con una sonrisa, feliz de prever lo que éste pensaba. Así le había enseñado, y el orgulloso profesor se sentía realizado cada vez que esta le demostraba haber aprendido su camino. Aquellos eran esos escasos momentos en los cuales el Gigante se sentía cómodo en el país, imposible no demostrarle su gratitud.
— Pero para Tsukasa deberemos hablar en otra lengua. Es algo similar a elegir otro idioma, ¿entiendes? — le explicaba con paciencia. — Debes comprender primero la esencia de lo que quieres manipular. El fuego es un elemento incandescente — inició en aquel entonces con la tecnicidad del aprendizaje que tanto atrajo a Nômu. Comprender mediante despedazar algo era la mejor manera para ella. Para analizar algo había de destrozarlo en pequeñas piezas, reducirlo hasta que fuera indivisible, y de allí reorganizarlo para terminar de la misma manera. Organizar, dividir y categorizar era lo que le significaba provechoso en el estudio de lo que quisiera comprender. Recordó haber escuchado atentamente, absorbida por el monólogo de Kirkas. — La fuerte reacción de un combustible que es tu energía interna, que desprende calor al aire. ¿No es maravilloso ver que tu ser no se pierde, no se desperdicia, sino que se transforma eternamente en tu entorno?
Ésa cálida sensación que reverberaba al escucharlo hablar se apoderó de ella.
— Debes conocer de lo que eres capaz. Intenta reunir tu energía, hazla visible. Si decides dirigir el caudal de energía a tu garganta… como lo más destructivo que conoces. Busca eso en la naturaleza, hazlo tuyo.
Pequeños recuerdos se escapaban de la prisión en la cual los había condenado, la dulce calidez de las llamas elevarse por sobre su cabeza, ascender hacia el cielo y perderse… y con ellas llevarse todo lo que había conocido.  
— Será mío. — murmuró. Aún lejos de su objetivo, esquivaba sus constantes ataques y planeó de una vez contraatacar. Se deslizó hacia él tras agacharse, expulsada como un proyectil encontró un pequeño hueco por el cual devorar a su presa. Desde su boca emanaron cinco pequeñas esferas ígneas que se dirigieron a toda velocidad hacia el infame infiltrado. Éste no pareció tener problema con ellas, las esquivó tan bien como ella había esquivado sus cuchillas. Sin embargo, Nômu no las pensaba usar como principal ataque. Sólo le dieron tiempo y la distracción necesaria para juntar sus manos y expulsar una gigantesca tempestad de llamas que devoró al hombre.
Estaba lejos de ser suficiente, pero bastó para que pudiera acercarse al atacante y poder enfrentarlo con lo que realmente era buena. Reunió el mismo tipo de energía en torno a sus puños, saltó por sobre donde él estaba y lo atacó tras que su anterior ataque se dispersara. Golpeó con fuerza su rostro, su ataque fue certero y devastador. La secuencia rápida de ataque había servido, más que nada por la velocidad que había empleado y la brutalidad que podía embeber en sus técnicas.  A Nômu no le gustaba perder el tiempo.
Pero, lamentablemente, no había sido suficiente para detener a aquel infame. Éste, con sus últimas energías, se puso de pie e inició su huida. No tropezó en ningún momento, parecía estar determinado a salvar su pellejo. Pero para Nômu era imposible permitirle tal lujo. Dejó serpentear por el suelo una corriente ígnea que detuvo el paso del hombre, quien se tornó a ella rogando por piedad. El Gigante conocía varios valores… pero la lástima no era uno de los que por el momento guardara en el inventario.
Si algo la detuvo de una respuesta agresiva inmediata fue el pensar que aquel hombre también debía ser una distracción. Pero sería una distracción más efectiva ante un guerrero más lento.
Una serie de pequeñas balas ígneas bastaron para detenerlo completamente.
 
* * *

— ¿Qué ha pasado aquí? — inquirió uno de los soldados de la guardia personal de Himawari. Nômu no había detenido la marcha, arrastrando al hombre del cual se había encargado poco tiempo atrás. Recuperaba el aliento poco a poco mientras avanzaba hacia la fortaleza donde la Daimyo se encontraba en reunión, para notificar el inoportuno ataque e intentar buscar a quien realmente procuraba atacar al feudo.
— Eran veinte en la muralla este. Controlados sin bajas. Éste intentaba cubrir a su aliado, el cual no he podido encontrar. Los aldeanos se han retirado, ningún herido. — explicó, clara, breve y concisa, tomando una gran bocanada de aire e irguiéndose firme ante el par de hombres ataviados en las mejores armaduras que se encontrase en el feudo.
— ¿Es la que está bajo la tutela de Kirkas? — le preguntó a su compañero, ignorando totalmente las palabras de la joven. El efecto sobre Nômu sería catastrófico para su relación con las autoridades. Cerró los ojos y volvió a abrirlos tras un suspiro, en total incredulidad por la respuesta del hombre. No sólo había hecho insignificante el problema, sino también no se había dignado a dirigirse directamente a ella, como si se tratase de un objeto o ni siquiera estuviera allí.
— Me retiro. — terminó por decir. — Todavía hay un objetivo que eliminar. — explicó, pero antes de que pudiera irse los hombres quisieron molestarla de la peor manera.
— Oh vaya, bueno, dejad a la ilustre niña encargarse de los asuntos serios. — se burló uno de ellos, gesticulando con las manos, sólo para hacer los asuntos peores. Nomu arqueó una ceja sin creer lo que veía. La guardia personal de Tsukasa gastándole bromas a una mujer. — ¿Y esta estirpe de malnacidos son parte de los mejores hombres del feudo? — Se preguntó. Quizá la actitud nacía del hombre porque no tenían aprecio alguno por extranjeros, por más que esos extranjeros hubieran pasado ya más de siete años en el país. Eventualmente los dos comenzaron a reír, causando que la paciencia del Gigante se desgastara rápida y violentamente, como un cubo de hielo sobre el fuego.
Por suerte Kirkas se reunió con ellos. — Vaya, la efectividad encarnada. A ése buscábamos. — habló éste, apenas manchado por sangre. — Hubo otros con él? — preguntó, revolviéndole el cabello en gesto de cariño.
— Andaba buscando a otro, u otros más. La tropa del este se encontró con un grupo de 20, pero no eran nada para preocuparse. Asumo que simplemente eran una distracción.
— Hm, no te preocupes. — le explicó, moviendo la cabeza de un lado a otro. — De esos ya nos encargamos nosotros. Los del noreste enviaron a un joven, pudimos verlo llegar y nos pusimos alerta. — Sonreía en todo momento, dándole la espalda a los hombres.
— Perfecto entonces. — asintió la mujer, con los nervios ya corroídos por las palabras de los hombres. Por el tono que pudo darle a aquella respuesta, sonó como si se tratara de un general recibiendo la confirmación de una victoria. Tal impertinencia molestó a los hombres, notorias fueron las expresiones de disgusto. Más Nômu no pensó por un solo momento en aquello. — Me reuniré con mi escuadrón entonces.
— Espera ahí. — exigió el primer hombre, tomándola por el brazo. Su enorme mano en la piel nívea de la joven se estremeció. La retiró de inmediato, como quien ha metido las manos en agua hirviendo. La mirada de Kirkas se clavó en ellos.
— Es inesperado. — habló el maestro. — Que tratéis a mi alumna como si fuera una extraña. Ha servido al feudo por más de seis años, y sus logros no son nada de lo cual mofarse.  — la faz del maestro se ensombreció, ambos brabucones cesaron las sonrisas y fruncieron el ceño.
— Vamos Kirkas, no te tomes todo tan en serio. — dijo uno de ellos. Ante lo cual el maestro sonrió otra vez e indicó a Nômu seguirlo hacia el castillo.

—Ignóralos en lo posible. — le recomendó, mientras marchaban por el hall principal. Tsukasa ya se había retirado a una reunión un poco más angosta que la anterior en una de las salas del castillo. Sólo sus generales la acompañaban. El resto de los nobles recobraban la calma en el salón.
— Qué es lo que saben de todo esto? — curioseó el Gigante.
— Lo que creemos por el momento, es que se trata de un intento de asesinato a uno de estos hombres.
— Cuál de todos? — la mirada del gigante vagaba de un lado a otro. Reconocía a la gran mayoría, ya que Kirkas consideraba los asuntos diplomáticos como una de las principales cosas a estudiar.
— Que sepas que lo dejamos llegar a este punto sólo para saber eso. Pero aún no analizamos las conclusiones del hecho. Buscaban a Tanaka, aquél… — dirigió la mirada solamente, y ambos ya empezaban a bajar el tono de la voz.
— El comerciante, ahora noble, de Hokkosai, ¿no? — Hokkosai era un área del norte del País, varios kilómetros al noreste de Hinoarashi, cerca de la frontera con el país del sonido. — ¿Y a quien le han echado la culpa hasta el momento? — Kirkas sólo sonreía complacido.
— La mayoría piensa que se trata de los de Hinoarashi.
— Hm… no parece. — Nômu frunció el ceño, llevándose la mano al mentón. — No es el modus operandi de Katsumoto. —  Con éste se refería al abuelo de Soichiro, Takeshi Katsumoto, quien estaba al mando antes de que sus malcriado hijos ascendiera a su puesto. — Su manera predilecta es irrumpir en los viajes, muy pocas veces han intentado meterse a un castillo. Además, si bien ellos tienen conflictos con Tanaka por el negocio que hicieron con los del país del sonido, quitándole exclusividad a ellos… no tiene mucho sentido que se dignen a venir al mismísimo castillo de Tsukasa a matarlo. Les generaría un conflicto mucho mayor con éste feudo.
— ¿Que concluyes, entonces?
— Fenikkusu. Tiene tanto conflictos con Tanaka por haberles quitado clientes del borde del país del viento como también tiene desacuerdos bastante importantes con Tsukasa. Y son suficientemente osados como para mandar hombres a infiltrarse.
— Pero esos dilemas los tendrían que haber zanjado hace años. Los negocios de Tanaka con el país del viento tuvieron lugar hace más de diez años.
— Son rencorosos. Según su historia, esperaron el momento adecuado para hacer caer de la más terrible manera el feudo de Irashi — feudo de antaño que se ubicaba al sur del país. — sólo porque hacía cincuenta años ellos les habían quitado un trozo de tierra.
— Pero este plan no es digno de Sakamura. No tuvo ni una mínima oportunidad de éxito, para empezar.
— Quizá esa era su idea. Enviar hombres para hacerle entender a Tanaka que no iba a dejar sus impertinencias pasar. Ahora Tanaka se encuentra en el castillo de Tsukasa, pero de vuelta a sus tierras no tiene la misma protección... y según lo que se ve, no tiene tantos ingresos como para contratar guerreros como ustedes. Es más, no existen guerreros como en éste feudo allá afuera. Muy pocas oportunidades de reclutar hombres tienen. Su sólo negocio lo mantiene protegido. Lo que asumo es que enviaron estos hombres como un mensaje para desanimarlo en futuros tratos que haga, y que se cuide de mantenerse en paz con ellos o las consecuencias serán peores…
— Es una perspectiva muy buena. Has aprendido bien. — le sonrió su maestro, dirigiéndola hacia la sala de reuniones.
* * *


 
Spoiler:

Técnicas Entrenadas:  {
Katon – Gennin:
1. Jutsu Gran Bola de Fuego
2. Bala de Fuego
3. Jutsu Llamas del Fénix
4. Fuego Cortante
5. Katon: Hi Tenohira
Líneas necesarias: 35 por técnica. 175 en total.
}

 
 
To Remain Unconquered

I'm sworn to stay the course that I alone have chosen

 Tras aquella, varias misiones más se sucedieron. Poco a poco el nombre del Gigante se hacía conocido en el feudo, a su disgusto. Nômu buscaba mantener un perfil bajo como el de su profesor, y no se relacionaba con más personas de las estrictamente necesarias. “Es un nido de serpientes, aunque cueste creerlo. Los verás muy gallardos, muy honorables, pero te arrancarán el cuello a mordiscos en tanto puedan si te ven pararte por encima de ellos.” Según éste le había mencionado. “Y te aseguro que en ése entonces no querrás tener ninguna flaqueza. No te rodees de amigos, amantes y seres queridos, porque te aseguro que lo serán sólo por el tiempo que les convenga.”
Aunque esa no solía ser la perspectiva más usual sobre el feudo. Tenía esa reputación de lugar de héroes, de honorables guerreros como Kirkas había mencionado. Pero siempre se arrastra la codicia por debajo de cualquier estructura, por más simple y tonta que fuera.
Himawari Tsukasa tenía una ideología bastante simple: todos debían ser fuertes o podían sencillamente perecer. La fortaleza, independientemente de su naturaleza – física, intelectual, entre otras – debía ser un requisito mínimo para habitar la ciudadela. Aquellos quienes poseían capacidades por encima de la norma lograban alzarse entre la lucha de clases y avanzar a puestos decentes dentro de la jerarquía. Kirkas era por seguro uno de ellos, aunque no estuviera exactamente feliz con ése sistema, y enseñó a Nômu lo que él consideraba correcto. A no asentir sin entender a lo que se atiene, a no creer todo lo que se dice… y a no valuar a la vida de nadie por encima de la propia.
Innecesario era decir que aquella ideología se mantenía en secreto entre ellos, puesto si era siquiera mencionada, los condenaría al infierno de no repetir como imbéciles lo que la gran dama dictaba.
No les desagradaba atenerse a esas condiciones, mientras pudieran evadir lo más que pudieran las tareas con las cuales no estaban de acuerdo.
* * *

Entre tantos trabajos, uno se suscitó inesperadamente.
— Seremos invitados a una celebración en el castillo de nuestra Daimyo. — le comentó un amanecer, a la hora temprana en la que se despertaban a tomar el té la galería que lindaba con el jardín. Una pequeña laguna reflejaba los primeros rayos del sol, en compás con las pequeñas gotas de rocío que caían del follaje. — Se trata de una ceremonia para celebrar a las nuevas adquisiciones al sur, y claro, premiar a los generales más destacados.
— ¿Serás premiado por algo, Kirkas? — preguntó inocentemente tras darle un trago a su fuerte té negro.
— No, naturalmente. — respondió él, sereno.
— ¿“Naturalmente”? — cuestionó.
— No es como si pudiera ser premiado por las cosas que hacemos, Nômu.
— Sin embargo, tu tarea no puede ser pasada por alto. — lo interrumpió, algo molesta en su tono.
— Pero Tsukasa no puede andar enviando premios a quienes recogen los trapos sucios de sus feudales, ¿o sí? — le planteó, disfrutando los últimos sorbos de su taza de té.
— Sería una muy mala movida diplomática… Pero dudo que sea lo único que hagas.
— Quédate tranquila, no me interesa el reconocimiento ni el honor.
— Oh no, no hay nadie aquí presente con esos intereses. — se bufó, moviendo la mano de un lado a otro muy cerca de su propia cara, como si se abanicara. La gloria se la dejaban a los idiotas cuyos nombres gustaban poner en público. — De lo que hablo es de beneficios.  
— ¡Ahh! Pero niña — le dio una palmada en el hombro, — tengo suficientes beneficios con el trabajo que llevo a cabo. No necesito nada más. ¿Sabes qué precio tiene toda la información que nuestro escuadrón conoce? ¡Pf! Suficiente como para que Tsukasa nos suelte una buena cantidad de dinero. Si me hace falta más, sólo tengo que pedirla.
— Bueno, vaya, miremos quien es el inocente ahora. — rió, inclinándose la taza hasta terminarla. — Sabes que me gusta tener a mano un buen par de libros. — y él conocía bien que el gigante recopilaba enormes cantidades de papeles que para él no tenían mucho sentido práctico. “Tu conocimiento ocupa demasiado lugar” le comentaba cada vez que veía sus estanterías desbordar de sus papiros, pergaminos, tomos extraños que encontraba en cada lugar donde iba.
— Bien, he descubierto que hay una biblioteca en el sureste del castillo, bajo las salas de armas. Por lo poco que pude ver, se trataba de una habitación extensa, repleta de estantes colmados de libros. Algunos se apoyaban por encima de los otros, con el lugar tan escaso.
— Ah sí, ése archivo.
— Archivo al que no tienes acceso.
— ¿Y eso cómo lo sabes?
— “No niña, ni siquiera los peces más grandes de la guardia de Tsukasa tienen acceso a ésta habitación.” — imitó con voz gruesa a la terquedad de un guardia. Kirkas contenía la risa, disfrutando los pocos momentos que veía al Gigante bufonear. — Han puesto analfabetos a custodiarlo, tengo esa sensación. — le dijo, poniéndose de pie. — Pero, en fin, ni tú ni yo tenemos acceso a ése lugar. Y asumo que tú tampoco has de tener razones para saber qué hay allí dentro.
— No creo que haya más de lo que yo he visto. — apenas lo invadía una escasa preocupación cuando le respondió.
— Temo lo contrario. — añadió la mujer, para luego escaparse por los jardines.
* * *

El día de la celebración llegó, pronto y nublado. El sol no había sido visto en la bóveda celeste durante todo el día y un ambiente funesto adormentaba a la ciudad. Ambos, alumna y maestro, se dirigieron a las puertas del castillo con sobre sellado en mano. Lo entregaron y se deslizaron por rojas alfombras al interior.
Salas enormes se abrían ante los ojos de los dos. Kirkas parecía haber estado allí antes e iba señalando los detalles de aquí y de allá a Nômu. Ella, en tanto, observaba los estandartes caer desde la cúpula, las esculturas de las paredes y la inmensidad del lugar. Poco hizo en notar a la gente, pero cierto era que el lugar se hallaba poblado de respetados nombres.
Los guardias personales de Tsukasa merodeaban cerca de las paredes, otros guerreros varios arrebataban jarras llenas de cerveza y celebraban el encuentro con viejos amigos.
— Damas, Caballeros. — irrumpió en el vacío la potente voz de la mujer. — El furor de la batalla y la gloria nos ha retenido el tiempo de encontrarnos con nuestros más preciados amigos. En éste día, no sólo galardones serán dados para recompensar su lealtad, sino también el reencuentro, la felicidad de encontrar a sus conocidos les será concedida.
Hacía tiempo Nômu no oía a la magnificente emperatriz de las llamas emitir palabra. Pero quizá hubiera preferido quedarse con su visión utópica de ella, de fuerte e imponente mujer con una actitud tan temible como las llamas que caracterizaban su feudo. Lamentablemente, aquel sentimentalismo subjetivo e innecesario le parecía demás en una jefa como ella. Los hombres y mujeres a su alrededor, sin embargo, parecían conmovidos por cualquier idiotez que saliera de la boca de la feudal. Kirkas se veía aburrido, y manoteaba cuanto bocadillo encontrase.
Nômu se sentó a un lado de su maestro, y junto a ellos fueron a parar diversos tipos de extrañezas de la fiesta.  Primero dos soldados que hedían a alcohol y bromeaban sobre mujeres, y, para la gracia de la noche, no reconocieron a Nômu como una. Después un anciano que les decía que más allá del país de la tierra había una montaña donde habitaban hadas. Poco después, una mujer que intentó convencer a Kirkas de algunas banalidades, lo cual dejó al hombre de varios colores por unos minutos. Y, por último, el más interesante. Un hombre completamente normal. Comentó que la fiesta estaba bellamente organizada, que el alcohol sabía bien, que las damas eran bellas y la noche era perfecta. Sumamente cordial, sumamente esquemático, tanto Nômu como Kirkas dejaron los oídos atentos ante este extraño.
En tanto este se hubiera borrado de sus vistas, tuvieron una breve conversación.
— Vaya, qué tenemos ahí. — Murmuró el maestro mirando por encima de la copa que se empinaba.
— Alguien que en vano se preocupa por actuar muy bien. — comentó el Gigante, fumando de una simple pipa. Ambos titanes estoicos observaron cada paso que el hombre dio por el salón. Varias conversaciones con extraños, a modo de presentación. Un ir y venir de aquí para allá y una admiración de cada rincón del lugar. En cierto momento, cuando todos estaban demasiado borrachos como para entender algo, el hombre desapareció tras un grupo de personas. — A moverse. — exigió Kirkas, abandonando el asiento sin preocuparse por ser evidente. Nômu se había encargado de observar que aquel no tuviera cómplice.
Esquivaron con presteza la multitud, se escabulleron junto al hombre en las profundidades del castillo. La puerta conducía a un pasillo, y éste derivaba en varias habitaciones.
Comenzaron a abrir todas aquellas puertas en absoluto sigilo. No intentaban mostrarse directamente, ya que, si encontraban al desafortunado, querían ver qué estaba buscando.
— Hay cierto premio para nosotros, a decir verdad. — susurró Kirkas tras comprobar uno de los cuartos. — El primer general de Tsukasa nos ha dado ya la seguridad de que nos incorporarán a esos secretos escuadrones de “Eliminación” que tienen escondidos siempre bajo las mangas. — Explicó. Su voz se confundía con el bullicio que nacía en el salón, mientras aún avanzaban por el corredor.
— Bueno, parece que tenemos nuestra primera misión. — apenas sonrió, pegando la espalda a una pared. — Es posible. — le sonrió de nuevo, tan vivido cómo solía ser.
* * *

Pasos los separaban de la última habitación cuando escucharon el quejido de la madera dentro. Encontraron la puerta entreabierta y con minucioso cuidado entraron. No había nadie allí. Sólo los interminables estantes que se alzaban al techo. En una pequeña esquina, una de las estanterías se veía hundida. Bastaba empujarla apenas para descubrir como un corredor a la oscuridad aparecía.
— Tengo la sensación de que aquella habitación de archivos sólo es un señuelo para este tipo de dementes. — se dijo, atisbando al interior del cuarto secreto. — Y éste no ha caído, para nuestra suerte.
Ambos se mantuvieron en silencio y avanzaron como serpientes por el pasillo, y al final de éste encontraron la luz de una lámpara y escucharon el vaivén de las páginas de algún libro. Se asomaron a la habitación escondida y pudieron observar una pequeña oficina. Un escritorio de madera, las paredes cubiertas otra vez en bibliotecas. Sobre el escritorio reposaba una vela, y a un lado de éste un hombre apresurándose por las hojas de un libro. Parecía nervioso, preocupado de no encontrar lo que buscaba. Kirkas se aproximó en las sombras hacia sus espaldas y amaneció tras él, elevando su daga al cuello del intruso.
— Suéltalo. — exigió, esperando que el ladrón dejara el libro en sus manos. Pero éste no obedecería ante el pedido. En cambio, en un rápido movimiento desapareció y empujó a Kirkas sobre el escritorio, lo tomó por la nuca y golpeó su rostro fuertemente sobre la brillante madera.
Pero la aprendiz del tejedor de llamas no conocía la discreción. Al ver a su maestro amenazado comenzó a hilar sus propios planes, creando una técnica que le había enseñado años atrás. — "Tienes que aprender algún tipo de técnica de apoyo" — sugirió el hombre, y lo más cercano que se le había ocurrido a una técnica así fue aquella. Concentró su energía en su pecho, y en poco tiempo comenzó a soltar por su boca una suave niebla que empezaba a avanzar por la habitación. Aunque por raro que pareciera, una fuerte corriente de viento se arrastraba por debajo de ésta. Su maestro pudo verla llegar, así también su atacante. Éste último se distrajo al encontrar la neblina que comenzaba a poblar la pequeña habitación y buscó a quien la originaba… demasiado tarde. Kirkas consiguió protegerse con una técnica de tierra de la explosión provocada por la niebla al alcanzar la luz de la vela. El desastre retumbó en el pasillo, hizo temblar las paredes. Nômu encontró finalmente al ladrón desprenderse de la nube de humo corriendo desesperadamente. Se encontraba tan asustado que no había notado siquiera su presencia al cruzarle a unos metros.
— ¡No permitas que escape! — gritó Kirkas desde la habitación. En respuesta, Nômu volvió a atacar. Serpenteó por el pasadizo un incandescente dragón de llamas hacia el intruso, y lo alcanzó en cuestión de segundos. Sin embargo, el hombre pareció poderse refugiar del ataque con alguna defensa propia conjurada también por su energía.
Pero el Gigante no pretendía dejarlo huir, por lo que se apresuró tras él hasta alcanzarlo al entrar en la habitación principal. Una nube de cenizas cubría el lugar, probablemente emanaba del escondrijo en la pared. O al menos eso creyó el criminal…
Arrojó unas dagas hacia sus pies para cortarle el paso, y entonces, el nefasto intruso se detuvo. Vio que sólo una joven lo perseguía, por lo que decidió tomárselo con calma y eliminarla antes de avanzar. En tanto intentó realizar un ataque, Nômu encontró la manera de quitarle lo que tenía en manos. Una vez con el libro, se arrojó al suelo y chasqueó sus dedos. Sólo aquello bastaría para que la pólvora en la nube de cenizas entrase en ignición, y el hombre se encontrase envuelto en llamas.
En cuanto la niebla se disipó, Nômu pudo encontrar a su enemigo de rodillas en el suelo. Ella se puso de pie, y fue a buscarlo para detenerlo completamente. Pero en tanto ella se movió hacia a él, éste se incorporó inmediatamente y escapó hacia la puerta. Desembocó en el pasillo, gravemente herido, pero aún capaz de huir. — No tiene sentido que haya resistido todo aquello. — sopesó Nômu, dándole caza. — Necesitaré utilizar aquella técnica que Kirkas mencionó. — concluyó, como si hubiera sido algo natural el no haberla usado antes, como si todo aquel inventario de técnicas fuese totalmente discreto.
Le tomó un poco de tiempo apuntar hacia a él, pero el escaso espacio del pasillo favoreció su precisión. Escupió entonces un enorme caudal de fuego que se dirigía al hombre con presteza incomparable, y devoró sus piernas, obviando cualquier protección que ése hombre estaba usando. Prefirió sólo herir la parte inferior del cuerpo para poder interrogarlo con tranquilidad. Pero hasta allí se extendía su trabajo. Kirkas no tardó en reunirse con ella, y los guardias no tardaron tampoco en correr hacia la escena. Suficiente ya habían demorado al no estar presentes al instante en el cual la primera explosión fue escuchada… pero ya estaban allí y se encargarían de aquel infeliz. Según Nômu oyó de su maestro, el hombre sería interrogado por el sector correspondiente de las fuerzas de Tsukasa, y probablemente asesinado una vez se pudiera sacar todo lo necesario de él. Kirkas sospechaba que se trataba de uno de los hombres del nuevo Katsumoto al mando, quien era imprudente como pocos al intentar recobrar su posición política.
— Me cuesta creer que continúen con infiltraciones tan arriesgadas de este tipo — comentó Kirkas, algo intranquilo por lo sucedido. — De haber sido más rápido, podría haberse ido con lo que necesitaba. Que, dicho sea de paso… Me parece que la información que Tsukasa intentaba proteger se ha ido al mismísimo infierno. — murmuró antes de que llegaran más personas, al ver todo el desastre de jirones de cenizas dispersos por el suelo.
— Una pena… — susurró el gigante, sin dirigirle la mirada.
Poco después el hombre fue levantado del lugar por unos brutos soldados. Lo vieron pasar a su frente impregnado de profundas quemaduras por todo su cuerpo, lanzando aún maldiciones a todos los dioses que se cruzaban por su memoria y gimiendo como un animal herido. Ninguno había entonces prestado atención a lo que éste quería llevarse, puesto asumían que las llamas lo habían consumido todo. Tampoco ninguno de ellos había notado es que el hombre no tenía aquello que había robado de la habitación, el pequeño libro de roja tapa que descansaba en los bolsillos de la albina, junto con varios otros papeles más que la corriente había arrastrado hacia ella…
* * *


Spoiler:
Técnicas Entrenadas:  {
Katon – Chuunin:
1. Jutsu Dragón de Fuego
2. : Bomba dragón de fuego
3. Cenizas Ardientes
4. Jutsu Danza de Niebla Mística
Líneas necesarias: 35 por técnica. 140 en total.
}

 
 
Insurrection

Obliteration never looked so divine

Varios trabajos más se sucedieron, gracias al éxito que la primera impresión había causado sobre la Dama de Fuego. Kirkas ahora era cabecilla del burdamente llamado “escuadrón de asesinato” del feudo, y raramente realizaba misiones con Nômu. Rara vez, de hecho, tenía posibilidad de tener alguna charla informal, de tomar aire fresco, de respirar en paz. En una oportunidad Kirkas se reunió con ella y le prometió que, cuando ella partiera en su próxima expedición le entregaría la diadema de su familia. Era una gema circular rodeada de extraños arabescos, de brillo sin igual. Parecía arder como las llamas mismas. Esa gema era resguardada por su maestro con supremo recelo, quizá sólo Nômu supiera de su existencia. Sin embargo, no pudo entregársela, puesto el tiempo que podían compartir era escaso. Ambos se sentían incómodos dentro del feudo. El maestro ya despojado de cualquier alumno, el alumno sólo a buscar su propio destino. Había quienes recomendaban a Nômu que tomara aprendices, pero al Gigante no le agradaba tratar de enderezar la estirpe de idiotas que traían los habitantes del feudo. Notorio fue el cambio en ambos al verse separados. Kirkas había dejado de sonreír, y Nômu se volvió una mujer aún más seria, aún más callada. Reservada en sus opiniones políticas, desinteresada en las relaciones sentimentales de cualquier tipo. Tan solitaria y modesta como siempre había sido. Por ello solía anotarse por su propia cuenta en algunas extrañas expediciones a los confines del País del Fuego, donde el trabajo era demasiado arduo y duradero como para que un vínculo sea posible.
Tal fue que en una oportunidad viajó hacia la costa sureste del País, donde una tierra desconocida se alzaba tras frondosos bosques, rocosas colinas y cristalinas playas. Himawari Tsukasa los había enviado con el propósito de reconocer el territorio y destrozar cualquier asentamiento “ilegal” que encontraran al paso. Conquista e invasión, en simples palabras. Sin cuestionar mucho, la tropa se desplazó al sur para cumplir con sus objetivos.
Por increíble que fuera, la destrucción que provocaron en los poblados no fueron los actos más crueles y viles que Tsukasa haya ordenado. Pero Nômu, integrada a ése escuadrón secretamente ordenado, había visto ya demasiado. Quizá hubieran encomendado tales misiones a los soldados más autómatas que tuvieran, incapaces de cuestionar orden, inútiles para razonar lo enfermizo de las peticiones, pero suficientemente dementes como para llevarlos a cabo. El problema radicaba en que Nômu, por más que se obligar a serlo, distaba de asemejarse a ellos. Había conseguido abstraerse de la realidad y seguir caminando como un fantasma, gracia por la cual la solían llamar “El Ánima de los Vientos”, pero su espada se había manchado ya de demasiada sangre. Acataba órdenes con minuciosa precisión, sin embargo, estas no escapaban de su riguroso juicio. No le agradaba en absoluto el lugar a dónde el feudo se estaba encaminando, no le agradaba asesinar a tantos para Tsukasa, y no dignarse a hacerlo en su nombre. Los mandatos eran sagrados para soldados de su rango, pero Nômu decidió olvidarlos tras aquella nefasta misión… y tras comprender lo que estaba tras el feudo.
Se había llevado con ella, desde aquel incidente en el castillo, el pequeño libro que los intrusos buscaban, junto con varios otros pergaminos. Se trataba de un libro de tapa cárdena rígida, de varias hojas amarillentas ajadas, que contenía varios registros del feudo. Nômu no se había atrevido a leerlo, ya que por orden de Kirkas no debía decir nada de él, debían pretender que el feudo enemigo había conseguido llevárselo y nada más. "El día que te consideres suficientemente madura como para leerlo, hazlo" sugirió, pero en aquel entonces Nômu no sabía cómo distinguir cuál sería ése momento. "Sabrás bien cuando." Agregó. Parecía estar en lo cierto. Aquel día Nômu encontró el perfecto instante para desentramar aquellas oscuras palabras que se encontraban escritas con recelo en el libro.
“A mis hijos, las Crónicas del Capitán Tsukasa” Encabezaba con manuscritas letras la primera página del libro. Dentro de éste se narraban los hechos que habían llevado al feudo al estatus actual, todos los sucios negocios hechos a espaldas y cuestas de todos los feudos existentes, fuera ya al norte o al oeste, e incluso más allá del mar. Planes también, sugerencias sobre obras a futuro, entre tantas crónicas del Padre y también el abuelo de Himawari. Crímenes de lesa humanidad de interminables colores en pos de la expansión territorial y absoluto dominio sobre sus tropas, formas de tortura inimaginables y los mejores métodos de manipulación para que todo obre a gusto del lector. Lo que más atrajo la mirada del Gigante era la llamada “Cruzada Carmesí”, un plan que llevaba siglos en vigencia. Se trataba de truncar cualquier alianza que intentaran formar los países menores que rodeaban el país del fuego, para que éstos no pudieran formar una coalición que pueda preocupar la estabilidad y comodidad del país del fuego. Al linaje Tsukasa le convenía que se mantengan como trozos pequeños de terreno para que pudieran ser luego conquistados o influenciados con facilidad. Por ello, cada vez que estos intentaban aliarse o establecer pactos de cualquier tipo, algún incidente era provocado por el gran feudo del fuego para que aquello no fuera posible. Si algún dato como ese era revelado, no cabría duda que todos los países menores tendrían una razón para verse unidos en contra de ellos, y más aún, con las pestes que plagaban el bosque de la hoja, tanto Hinoarashi como Fenikkusu, no tardarían en aprovechar esa flaqueza.
Su maestro llevaba bastante razón en pedirle leerlo cuando lo sienta realmente apropiado. Los ánimos del Gigante se encontraban calmos pese a haber leído las penurias de los pueblos del país del fuego. Quizá años antes hubiera intentado llevar justicia, un típico sueño juvenil inaplicable al continente por el estado en el que se encontraba. Si los métodos de Kakkinoaru'en fueran puestos en tela de juicio por los restantes feudos del continente, tendrían bastantes pruebas diplomáticas como para despedazarles en pequeños trozos el territorio entero. Nômu creía que aquellos hombres enviados a infiltrarse y robar los libros realmente no sabían que estaban buscando, pero sospechaban que en algún lugar algún registro turbio debía mantenerse oculto. Aquella arma se encontraba ahora en las manos de un perverso gigante… que sabía exactamente qué hacer con ella.
* * *

Abrumada por el poder que tenía en sus manos, ésa vez no volvió al feudo. Demasiado tiempo pasó de ella varada en tierras lejanas sin noticia alguna. La necesidad de distanciarse del caos de ése feudo la llevó a atravesar el mar. Pero un nuevo pesar comenzó a hacerse paso por sus pensamientos. Aromas que arrastraba el viento, nombres que no podía recordar, escenas que comenzaban a aparecer en sueños, las cuales estaba segura de haber vivido, pero no recordaba cuándo. Por eso buscó algún lugar que le aclarara las ideas; algún lugar que despertara un nuevo punto de vista, una solución y más aún… una resolución. En contra de sus expectativas, el lugar en sí no cambiaría su manera de pensar. Sino que aquel quien la había llevado y aquel quien le había rogado que se quedara allí lo harían.
Por escuchar al viento soplar de una manera diferente permaneció en la Isla del Remolino durante años. En ningún momento creyó que la dama de fuego se olvidaría de ella, pero al menos no quería darle el lujo de encontrarla con facilidad.
Pero un día las sombras que hacían de aquel lugar un hogar para ella debieron marcharse. Fubuki Zangetsu, el hombre con quien compartió un vínculo de amistad tan fuerte como las tempestades, se había perdido en un viaje en el que su embarcación se había marchado. Izuna Saburô, el Shikigami de las Olas, tuvo que huir de la amenaza de los piratas que él mismo había provocado. Nômu no encontró más propósito a habitar la isla, y ansiaba el reencuentro con aquellos dos. Días después del ataque del Shikigami, del País del Remolino, ella también partió… de nuevo rumbo al País del Fuego.
* * *

Llegó a la costa desolada del País, lejos del puerto. Temía que podrían estar en su búsqueda aún, pese a los años que habían pasado, y haberla tomado como una exiliada. Desconocía si ellos habían descubierto que ella poseía el pequeño libro… el cual, si bien no pensaba usar en contra de la Dama del Fuego, sabía que tenía un arma para defenderse de ella, más afilada que cualquier espada.
Bajo la apariencia con la que solía ocultarse viajó por las costas del País de los interminables bosques, en búsqueda de rastros de su joven protegido. Un par de hombres en una aldea cercana al puerto confesaron haber visto pasar a un joven así acompañado de una de los soldados de Kakkinoaru'en. Temía por él, pensaba que podría haber sido apresado… pero los hombres le dieron a entender que parecía estarlo guiando cortésmente hacia el feudo. — ¿Reclutado para Kakkinoaru'en? — balbuceó. — Parece ser que estaba interesado en conocer a la señorita Tsukasa. — le respondieron. — Aunque dudo que a ella le interese…
Quizá el que lo hubiera apresado hubiera sido algo más seguro y menos desconcertante que aquello.
— O puede que… — sus ojos se abrieron de par en par al entender un pequeño detalle del joven. Tsukasa y él tenían un objetivo en común, aunque al Gigante le pesara entenderlo.
Ahora le quedaba por ver si iría a comprobar el estado del joven o si decidiría olvidarlo y volver a escapar de las garras de la feudal. — ¿Qué harías, de cualquier manera? ¿Sacarlo de allí y llevártelo contigo? No es como si pudieras andar cuidando niños, no es como si te interesara hacerlo y no es como si él te lo permitiría. — pensaba. Pero no podía dejar semejante asunto con cabos sueltos, no sabiendo todo lo que el joven sabía de ella.
Resolvió entonces ir hasta el feudo a buscarlo, y luego pensaría exactamente qué hacer de él. Si deseaba quedarse con ella, sería bienvenido, si deseaba irse a otro lugar o quedarse con Tsukasa… a la mujer no le quedaría más camino que acabar con él también.
* * *

Recorrió los más oscuros caminos del bosque que la llevarían hacia el castillo de la infame Tsukasa. Los conocía como las líneas de la palma de su mano, puesto que toda su infancia había transcurrido en aventuras por el territorio. Vigiló el estado del castillo y notó que las guardias se encontraban en estado normal, por lo que le supondría demasiado trabajo escabullirse hasta llegar dentro. — Quizá debería optar por una vía un poco menos discreta… — supuso, despegándose de las sombras e integrándose al poblado como un simple viajero.
Desconocida en esas tierras por la apariencia que utilizaba en el País del Remolino, se aprovechó de ésta y visitó la ciudad, la ciudadela del castillo y el castillo mismo. Se presentó ante los guardias como mensajero de la organización mercantil del País del Remolino en busca de un importante criminal que había escapado la frontera. Entre tontas excusas había dicho que no quería que sus problemas contaminaran el País del Fuego. Los guardias accedieron a presentar su caso ante las autoridades correspondientes y lo atendieron como quien decía ser. Fácil era para una mujer diestra en la escritura como ella el falsificar cualquier documento, por lo que la credibilidad de su ser no había sido puesta en cuestionamiento. Además, lo que pedía no era riesgoso para Kakkinoaru'en.
Una vez dentro, comenzaría la búsqueda por el prófugo en cuestión. Aquellos encargados de los prisioneros atendieron su pedido. Dijo entonces estar en busca de dos hombres. El primero, un hombre de cabello blanco corto, fornido, alto y con un parche en un ojo. Descritas incluso las vestimentas, los carceleros no habían visto a un hombre tal. Sin embargo, con la primera señal del siguiente buscado pararían el oído. — Es un joven de alrededor de diecisiete años, de cabello marrón corto, bastante fornido, de unos… metro setenta y cinco.  
— Ése podemos conocerlo. — respondieron, evaluando la situación entre ellos.
— ¿Pueden? — inquirió algo confundido el Búho.
— ¿Cuándo ha dicho que ha escapado de su País? — inquirieron. Por sus miradas, tendrían que haberlo visto en algún momento de sus vidas.
— La última vez que ha sido visto fue el tercer día del quinto mes de éste año.
— ¿Por qué lo buscan? — uno de ellos fruncía el ceño, gesto que a Nômu no le agradaba en absoluto.
— Crímenes menores en realidad, nada preocupantes. El que realmente nos ocupa es el primero.
— Hemos visto a ése joven. Se unió a las filas de Kakkinoaru'en poco tiempo después del que nos narra escapó de su país. Pero ha realizado un escaso par de trabajos y no lo hemos visto de nuevo.
— ¿Es un desertor de vuestro feudo? — estaba algo preocupada por él, pero se aliviaba de que no esté encerrado en alguna de esas celdas.
— No, en absoluto… sólo se lo busca por una pieza de información que le interesa a nuestra Daimyo… — balbuceó uno. Poco convencidos de la situación, comenzaron a dudar de su charla. Pero, como prometido, respondieron a las dudas del extranjero. — Una cierta mujer que preocupa a nuestra Dama de Fuego… una tal…
— Una tal Kogetsu, Nômu. — sentenció una potente voz a sus espaldas.

 


Última edición por Nemuri el Lun Feb 22, 2016 3:54 am, editado 1 vez (Razón : Editado por incoherencias)
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Re: Ignite, ignite the Air. In the wake of the Heir they decimate.

Mensaje por Nemuri el Lun Feb 22, 2016 4:15 am



 
Leviathan  

All of that is ending now for I have arisen

Viró la vista atrás para encontrarse con su infernal figura de azabache cabello y carmesí traje, su mirada altanera y su gesto soberbio. Envestida con su predilecta armadura, acompañada por sus fieles guardias, Himawari Tsukasa no tuvo siquiera que hacer esfuerzo para reconocer al espectro de mil rostros. —  Me cuesta creer que vengas aquí con trucos tan baratos. ¿Acaso no temes por tu pellejo? ¿Hasta qué tan lejos pensaste que podías llegar, conjuradora traicionera? — clamó la Dama de Fuego, ciñendo su espada aún en su vaina.
— Tan lejos como tu ineptitud me lo permita. — rio ella, despojándose de la apariencia falsa. Los carceleros no esperaron a que Tsukasa diera la orden, se hicieron a un lado inmediatamente. Nada querían saber del General de la Armada Oscura, el traidor Coloso de Marfil que volvía a la tierra del fuego. Contra su voluntad, leyendas se habían erigido sobre su nombre. Habían puesto su nombre frente a la mayoría de las campañas de conquista, haciendo tanto la gloria como el horror tan sólo suyo. La habían convertido en una especie de lóbrego héroe de la conquista de Himawari, que “[…]si bien colaboró con la expansión territorial del feudo, lo hizo en la peor manera que la Dama de Fuego, Himawari Tsukasa, esperaría. Son lamentables las incontables muertes que sucedieron bajo las órdenes del General de la Armada Oscura […]” – según había encontrado en uno de los pergaminos con los que pudo hacerse del feudo, mucho después.

El Gigante hizo frente a la feudal, impávida su mirada y firme sus pasos. Para ella la charla había encontrado su fin, pero la mujer de cabellos negros no soportaba la humillación y necesitaba tener el último decir antes de comenzar un combate.
— ¡Entonces ésta será tu tumba! — retumbó su voz en la cárcel. — ¡No la dejéis salir! — la dama de fuego tenía un escaso conocimiento de las técnicas de Nômu, pero sabía que a nadie entrenado en su feudo le agradaba el combate en lugares cerrados. No le importaba sacrificar las ventajas de un campo más grande con tal de destrozar a pedazos a esa infame molestia de su feudo. No perdió más tiempo y buscó abalanzarse sobre ella blandiendo la enorme espada que le gustaba portar.

— El fuego que dejas que viva dentro de ti marcará el fin de tus días… — le dijo, empuñando la suya y bloqueando el golpe. Alrededor de diez años al servicio de la mujer eran suficientes para que Nômu conociera en qué punto podía la mujer doblarse, por qué lugar era más fácil atacarla. Incluso más cuando había leído cartas personales de la mujer, y robado un par de registros con esa subjetividad suya impregnada en las letras. — Si es que no consume a tu feudo antes… — le susurró, empujando la espada de la mujer con la suya, obligándola a retroceder.

Los hombres buscaron la entrada de la prisión y la cerraron, pese a que un viento frío que por la puerta se colaba no les permitiera hacerlo. Tsukasa arremetió una vez más, pero las manos del Gigante labraron una corriente de viento que le impidió avanzar. Llevó una mano hacia su frente para intentar avanzar sin importarle la ventisca, y al ver que la mujer llegaría a ella resistiéndose al viento, el Gigante detuvo la corriente haciéndole perder el equilibrio, e invocó las calamidades que había aprendido en aquella tierra. Sus manos hilaron una cadena de sellos y tras llevarlas cerca de su boca, dejó escapar de sus labios un enorme titán de fuego que tomaba la forma de un dragón que comenzó a serpentear por el pasillo hacia todos ellos. Empujado y revitalizado por las corrientes del gigante, éste no se detuvo hasta hacer colapsar el techo. Se alzó tras los escombros y se elevó hacia el cielo, desvaneciéndose poco a poco.

Por debajo quedaba la tierra hecha trozos, hundida hacia las catacumbas. Al Gigante no se le había hecho tarea complicada salvarse de sus propias maldiciones, puesto que contaba con las bendiciones de los vientos. Tsukasa tenía suerte de tener a sus hombres con ella; uno de ellos creó una cúpula de tierra que los protegió de los golpes. Eventualmente pudieron salir de ahí, pero temían que el Gigante hubiera escapado. Se apresuraron entre restos y vieron finalmente la luz del día.

— Has usado… es más, ¡has osado usar las virtudes de nuestro pueblo en nuestra contra! — bramó ésta, apartando una roca de por encima de ellos.
— Qué puedo decir de ti… Himawari… Tú me has dejado entrar a tu hogar, tú me has dado un maestro que me enseñe. Desde el inicio de todo… — estaba sentada a distancia segura, deslizando su dedo por el filo de su espada, admirando las formas que ella misma había forjado. — Todo caerá en tus hombros.

— ¡¿Cómo te atreves a hablar de tu maestro tan libremente?! Es así, es mi error haber dejado una corriente de vientos tan cargados de pestes como tú a nuestro país. ¡Así que yo misma me encargaré de eliminar a una blasfemia como tú!
— Detente ahí. — increpó. La espada en estocada apuntaba a la feudal, ella no se había movido de su asiento de rocas. En cambio, Himawari era detenida sólo por las imperfecciones del derrumbe. — ¿Qué hay con que hable de Kirkas?
— Y lo mencionas con total libertad… sin ninguna pizca de culpa en la voz. Eres un monstruo.
— No me gusta oírte hablar, jamás me ha gustado. ¿Pero podrías explicarme de qué demonios vas?
— No estoy aquí para entablar una charla contigo, engendro del viento. Estoy aquí para terminar con los problemas que has traído a nuestro feudo. — habló solemne, y se irguió firme para continuar con el ataque. Engendró de sus labios, en el mismo estilo que Nômu, un sinfín de proyectiles ígneos hacia el Gigante, que no tuvo más remedio que levantarse.

Cada paso que daba, cada palabra que pronunciaba, cada mirada que dirigía hacia la feudal, cada movimiento suyo era una réplica de su maestro. Sus técnicas ardían con la misma furia que lo hacían las de Kirkas, y así una más de ellas se alzó frente a la dama de fuego, como un titánico muro, una ola de llamas que avanzaba para devorar todo lo que encontraba. Las llamas engulleron las que se abrían paso a ellas, y avanzaron más allá, hacia la feudal. Nômu confiaba, de una manera u otra, que la mujer podía lidiar con aquello.

El titánico poderío de Himawari, despertado por el desprecio hacia el Gigante, provocaron que pudiera elevar su espada desde el suelo hacia el cielo en una medialuna y pudiera cortar con absurda efectividad la corriente de fuego, que, dividida en dos, avanzó por detrás hasta darse contra rocas, árboles, lo que fuera que encontrase. Tsukasa no perdió tiempo, se abalanzó hacia el gigante blandiendo la espada en estocada. Llamas nacían del filo de la espada, brillaban con la misma cólera de sus ojos. Pero esa irascible actitud dejaba ver más allá de sus ataques.

El Gigante esperó que ésta llegara a ella, y entonces extendió el brazo para tomar el mismo filo de la espada sin temor ni duda alguna. Pero antes de que tocara el metal, antes de que las llamas alcanzaran su mano, desde bajo su piel nació una dura coraza de huesos que comenzaron a amontonarse unos sobre otros, y al llegar cerca de la espada, avanzaron varios centímetros más por encima de la piel del gigante y se torcieron en torno a ella para detenerla. En cuestión de segundos, el arma de la feudal se encontraba rodeada de una espiral ósea que avanzaba hasta su mano.

Más opción que soltarla no encontró, y se apartó del Gigante. Éste deshizo los huesos por sobre la espada y la observó cautivada. — Kirkas me había dicho que esta espada fue forjada para un ancestro tuyo… quizá el primer patriarca de tu estirpe. — le comentó a la mujer que preparaba su próxima técnica. El Gigante estaba muy interesado por la espada y no le dirigía la mirada, pero no dejaba de estar atenta a ella. — Kirkas siempre tiene razón, es una obra de arte.

— Siempre la tuvo… pero no la tuvo contigo. ¡Confiar en ti lo llevó a la perdición! — bramó la dama de fuego, empuñando un arma creada por llamas. Nômu danzó para esquivar sus ataques, pero no pensó en contraatacar, mucho menos con esa pesada espada. Sólo se limitó a tirarla lejos del lugar una vez consiguiera apartarse lo suficiente de su antigua líder. Pero, perturbada por las palabras de la feudal, no fue muy hábil al intentarse librar de las llamas y éstas la alcanzaron varias veces. La velocidad de la mujer era complicada de igualar, mucho más con el frenesí que la invadía.

— ¿Le perdición…? — se dijo, quitando las ropas hechas jirones. Sólo quedaban vendas que cubrían el pecho y el pantalón que usaba por debajo, que tampoco se había salvado de daños. Tapó el incrédulo gesto de su boca con su mano, y evadió por un momento la mirada de Tsukasa. Ésta le devolvía una iracunda mirada, cargada del más profundo desprecio, y se preparaba para volver a atacar. — ¿Qué quieres decir con eso? — musitó el Gigante quebrando su guardia defensiva.
— ¡No juegues conmigo espectro! ¿Cómo puedes haber olvidado lo que le hiciste a tu maestro?
Fue entonces que encontró en el cuello de Himawari la diadema que guardaba con recelo Kirkas, pendiendo de una cadena de plata. No había manera otra que su maestro se desprendiera de ése tesoro… que no fuera la muerte. Tsukasa avanzaba lentamente hacia a ella, puesto le extrañaba que ésta hubiera abandonado la guardia y lo pensaba como una trampa. Pero para su asombro, el Gigante caería de rodillas al suelo.

— ¿Qué demonios pasa? — se dijo, acercándose lentamente. Observaba al Gigante cuyo rostro era cubierto por su cabello. — ¡Levántate, Gigante! — le ordenó. Pero esta no reaccionaba. Por ello reavivó las llamas, las alzó en su dirección, las dirigió a ella… pero en vano. Lo único provechoso de aquel movimiento fue el poder verle el rostro. El espectro movió su mano en un gesto que provocaría a las corrientes de aire empujar de un lado las llamas, apartándolas de ella. El mismo viento quitó los cabellos de su rostro y allí la feudal pudo ver las lágrimas resistirse a caer de sus ojos. El agitado Gigante se puso de pie con dificultad, parecía agotado de un momento a otro.

El combate se detuvo entonces. La calma reinó el lugar. El pequeño fuerte al sur del castillo se vio arrasado por el extremo combate. Tanto el suelo como las paredes ahora se veían renegridos, y todo lo que no fuera estrictamente dura roca se había convertido en cenizas. No se verían tampoco a salvo los alrededores por mucho más. Fue entonces que en la calma que antecede la tormenta, desde el firmamento comenzaron a precipitarse como lluvia ambarina un centenar de misiles de fuego, como estrellas fugaces descendiendo a la tierra. Al abrazar al suelo provocaban una explosión que creaba enormes cráteres, devastando con todo a su paso, abriendo profundos huecos en la densa roca.

A la vista del Gigante sólo quedaba Himawari, protegiéndose con un escudo, con sus ropas ajadas y su armadura ultrajada por las llamas. Nômu pensó que iniciaría un contraataque al momento en el cual se irguiera firme, pero para su sorpresa, su voz emitió la orden de atacar. — ¡Déjenlas caer! — bramó, considerando todo lo sucedido hasta el momento.
Desde la lejanía, más allá de los muros, amanecieron miles de flechas que pretendían caer hacia ellas como lluvia. La Daimyo podía protegerse perfectamente, y le hubiera gustado creer que Nômu no tenía oportunidad alguna contra un ataque masivo a esas alturas del combate.

Si bien tenía cierta parte de razón, no consideró que la brutalidad del Gigante podría crear alguna defensa de la artillería abismal que poseía.  Antes de que las flechas llegaran a una cercanía inevitable, Nômu volvió a escupir un torrente de fuego al cielo, por donde éstas pensaban llegar.  Por encima de ella se cernió una nube de fuego que engulló a todas aquellas pestilencias.
Luego comenzaron a caer como ceniza sobre ellas. El fino polvo calló por las mejillas de ambas, y nuevamente se dieron un momento de tranquilidad en el combate. Ambas de pie, separadas por algunos escasos metros.

— Sabes, Tsukasa… — le dijo, tras acabar con todos los ataques y verla de pie una vez más. — Podrías haber usado todo este tiempo… — sugirió, en su indomable voz a la irresoluta emperatriz.

— ¿Podría qué? — bramó, azotando el suelo bajo sus pies al caminar hacia a ella. — ¿Recibir consejos de un ser siniestro como tú?
— Podrías haber aprovechado todo este tiempo para continuar fortaleciéndote. — bufó, recobrando la serenidad perdida. — No eres ni la sombra de lo que suponía que eras. — sentenció, elevando la vista a ella con sombría naturalidad. La mujer no podía quitar de su mente que ésa era la misma inconmovible mirada que había visto su preciado Kirkas momentos antes de morir. La misma voz aviesa que le respondía en aquel momento. Inició su carrera hacia ella, y ambas parecieron decidir ir por el mismo tipo de ataque para medirse. Nômu encendió su puño en llamas, preparándose para recibir el colérico golpe de la feudal. Sus ataques chocaron y el fuerte impacto las separó. Continuaron con la lucha cuerpo a cuerpo, buscando que sus golpes asestaran en partes débiles. Pero la mayoría eran esquivados, o chocaban con las fuertes defensas de ambas. Eran dos titanes batiéndose en un infernal duelo en las ruinas de la prisión, con diferentes pensamientos en mente. Himawari ardía aún con la furia del hombre caído hacía años, y Nômu sólo buscaba entender qué había pasado con su maestro. Una tormenta se avecinaba, las nubes se habían oscurecido por el horizonte y prestas avanzaban hacia a ellas.

Mucho después podría el Gigante entender qué había sucedido con él. Algunos hombres del feudo, no bajo el mando de Tsukasa, habían matado a Kirkas porque pensaban que tenía el libro de los rumores, pero cuando irrumpieron en su hogar y tomaron su vida, notaron que el libro no estaba con él, por más que revisaran todas sus pertenencias. No había nadie más de confianza para Kirkas que su alumna, por lo que asumieron Nômu llevaba el libro y le crearon el peor nombre que podían encontrar para poder poner un precio a su cabeza y así, cualquier cazarrecompensas iría tras ella y les facilitarían el trabajo de traérsela para averiguar qué había hecho con el libro. Himawari accedió a desperdigar una mentira sobre ella, aquella que la nombraba como General de la Armada Oscura, sólo para cubrir los crímenes que ella en su dirigencia había cometido mediante órdenes, naturalmente, cubiertos de cuentos que dejaban a la historia entera como una atrocidad. Tampoco tuvo objeción alguna a buscarla y asesinarla, puesto que habían hecho creer a la mujer que realmente el Gigante había asesinado a su maestro. Muchas coartadas no tenían para respaldar aquella mentira, pero el aprecio que Himawari tenía a Kirkas era tan colosal como para que la fogosa mujer creyera la primera historia que oía. Le dijeron que la albina estaba fuera de su sano pensar, que siempre lo había estado, y, que una vez pudo quitarle todos los secretos al hombre, había decidido asesinarlo.

Varias razones tenían estos hombres para tal aberración. Kirkas era un hombre fuerte e inteligente, y significaba una pieza decisiva sobre el tablero de Himawari. Sin él, la información que podía encontrar y desglosar el feudo no era tan provechosa, y labrar conspiraciones por detrás de las cabecillas no era imposible como lo era con él vivo. Incluso el libro era un objeto determinante para ellos, puesto tenía lo suficiente para quitarse a la última Tsukasa de encima.
— Tú eres una sombra… — murmuró Tsukasa, cansada, a varios metros del Gigante. Ambas respiraban pesadamente, Nômu se apoyaba en sus rodillas y buscaba recuperar el aliento. — Pareces una sombra blanca, el espectro que Kirkas le heredó a esta tierra. — habló con la melancolía la mujer.

— Recuerdo la imponente Dama coronada en llamas que eras cuando llegué. Has dejado que todo esto devore lo que eras. No eres ni la mitad de lo que solías ser, Himawari. — habló el Gigante, recordándole los consejos de Kirkas, quien se encargaba de recordarle a diario que no debía dejar su entrenamiento por el cargo que poseía. “Ambas cosas pueden lograrse en equilibrio” recordó sus palabras, “no te ciegues ante el avance de tus tierras, recuerda que tú también tienes que alzarte por sobre las colinas y los bosques”.

— Sólo diriges esta armada hacia la nada misma… — suspiró, alejándose de ella.
— ¡¿Esto crees que es la nada?! ¿No has visto hasta donde se expanden mis dominios? — bramó la dama, agitando su mano hacia un lado, mostrándole el horizonte y el sol que se escondía tras los árboles.
— “Tus” dominios… — remarcó el Coloso de Marfil. — He ahí tu desliz. Tu feudo no es tuyo Himawari, tu sola no compones todo esto. — su firme voz congeló a la emperatriz en su lugar. Parecía avistar a un fantasma hilando suspiros que recorrían la noche, como tétricos cantos que enfriaban el aire. — Tu feudo es tu armada, tu feudo es la población, tu feudo no es más que un pedazo de tierra, tus huestes son sólo cenizas que se han alzado para poblar el suelo. Nada de todo eso te pertenece, ni jamás lo hará. — llevó sus manos al frente, creando nuevos sellos.
— ¡Yo lo he conquistado, por ende, es mío! ¡¿Qué derecho tienes tú de decirme qué es mío y qué no?! ¡Tú, asqueroso demonio de las ventiscas, engendro de la tempestad!
— Yo misma he tomado la mayor parte de la extensión de la tierra para ti. Yo misma entiendo que lo que tomé no era mío, que las vidas que sacrifiqué en tu beneficio no eran mías. Esas tierras nunca fueron tuyas. Nada de lo que existe, nada de lo que percibes jamás lo será. — sentenció, terminando la cadena de sellos con sus manos, preparándose para la estocada final.
Así también, la dama de fuego se preparó para el último ataque que definiría aquel duelo
— Como te atreves a discutir mi poderío, tú que nada has logrado en esta tierra más que calamidades ¡Ven! ¡E intenta mostrarme que estoy equivocada! —rugió, enardecida.

El Gigante rio, empuñando llamas que se arremolinaban en su brazo y se extendían por detrás. Flexionó las rodillas, buscando la mejor manera de impulsarse con todo el poder que le quedaba. — En esta tierra. — sus labios se curvaron y sus ojos se iluminaron mientras rayos comenzaban a caer por encima de ellas. Danzaban entre nubes, se expandían por la bóveda sin límite alguno. Así, bajo ellos, las dos conjuradoras de llamas permitían que sus embravecidas almas se hicieran visibles en jirones naranjas, carmesí, del mismo tono que el ocaso.

Los dragones de fuego se extendieron por sus brazos, engulleron el aire y buscaron a su enemigo. Quien quedara en pie tras aquella batalla podría clamarse como ganadora de esa guerra. Ambos cataclismos chocaron en medio de la distancia que corría entre las dos, se despedazaron en una explosión que las empujó metros atrás.

El devastado paraje pudo verse tras su caída. El cielo había dejado nubes en círculo por sobre ellas, que rápidas avanzaban hacia el este. Nômu las siguió con la mirada, ausente de las voces que se arrastraban cerca de Tsukasa. — ¡Nuestra Dama! — aullaban algunos. Mujeres y hombres fueron a asistirla, ya se encontraban curando la piel calcinada de la mujer. El Gigante no tuvo la misma ayuda, pero no se había lanzado al combate desprevenida. La capa de huesos caía en torno a ella, como polvo al suelo.
El Gigante reposaba sobre escombros, con la vista clavada al cielo. Sólo sentía el viento acariciarle la piel, sólo veía el azul del cielo expandirse hacia el infinito. Notó el lucero alzarse, la estrella del atardecer y el alba. — Tu estarás allí cuando todo empiece, y seguirás ahí cuando todo llegue a su fin. — repitió, elevando su puño al cielo.

En el otro extremo, Tsukasa se incorporaba, ignorando las sugerencias de sus médicos.
— ¿Cómo has conseguido… llegar a este punto… Akuma? — murmuró, intentando caminar hacia donde ella aún yacía.
El puño del Gigante se abrió, dejando caer por la cadena de plata el amuleto de Kirkas que se sostenía de sus dedos. El recuerdo del hombre le arrancó una sonrisa, felicidad que Tsukasa contemplaba desde lejos. Se llevó la mano al pecho, buscando aquel talismán, pero no estaba allí. Intentó arrastrarse hasta ella, y gritó con la desgarrada voz
— ¡¿Para qué quieres lo último que me queda de él?!
— Él es el símbolo de todo lo que he destruido por esta tierra. No quiero perder un recuerdo así. — respondió la serena voz del espectro, tras lo cual

Interminables estacas se elevaron entre las ruinas, nacieron como árboles y se expandieron por todo el terreno como la peste.
Tsukasa fue llevada lejos del lugar por sus hombres, en contra de su voluntad. Nômu fue engullida por el bosque blanco, y se arrastraría por su propia creación lejos del lugar, suficiente como para escapar de allí.

Ya fuera del averno, el Gigante se alzó sobre las rocas al pie del mar. Vislumbró el lejano horizonte, los vientos le urgían marcharse del País.

— Llegará ya el día que selles su condena. — parecieron cantar.


Spoiler:

Técnicas Entrenadas:  {
Katon – Jônin | Sannin:
1. Karyū Endan
2. Incendio mortal
3. Destrucción Magnífica de Fuego
4. Gran Aniquilación de Fuego
5. Goryuka no Jutsu
Líneas necesarias: 35 por técnica. 175 en total.
}

Entrenamiento total: {
Elemento Secundario Katon entrenado (completo)
Líneas: 490 líneas. (35 líneas x 14 técnicas)
Total de líneas: 828 líneas.
Sobrante: 338
+6 stats
}


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