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Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Deber de sangre, viento de plata

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Deber de sangre, viento de plata

Mensaje por Kazuki el Jue Oct 01, 2015 7:46 pm

Se detuvo en lo alto del acantilado, contemplando el horizonte. El paisaje era tal y como recordaba, una playa desnuda y de rocas escarpadas por el continuo soplo de la fuerte brisa. Se humedeció los labios, percibiendo el aroma del mar en su paladar, un tímido bocado de la sal que fluía en el agitado oleaje.

Esbozó una sonrisa, recordando perfectamente la primera vez que pisó aquel lugar. La primera vez que visitó el País del Viento, para no volver a salir de él en mucho, mucho tiempo.

Tampoco ha pasado tanto tiempo...

. . .
Recuerdo

¿Qué es un clan? En nuestro mundo; una pequeña sociedad vinculada por el poder genético de la sangre y un código. Alguien ajeno al mundo shinobi, podría llegar a pensar que la importancia sentimental de la familia prevalece sobre el llamado código, mas no podría estar más equivocado. En nuestro mundo crudo y violento, un clan está estructurado con un firme orden establecido, prácticamente inamovible y encabezado por un patriarca o matriarca, en algunos casos. Todos los integrantes de esta gran familia serán guardianes y forjadores de conocimientos mortíferos, armas letales o técnicas mediante el moldeo de chakra para sesgar las vidas de otros seres vivos, o sus propios semejantes. La relación de sangre, actúa con un doble propósito: hacer férrea la lealtad y compromiso de cualquier shinobi del clan hacia sus semejantes y, en segundo lugar pero no por ello menos importante, mantener la herencia genética lo más pura posible y así establecer un kekkei genkai longevo.

Yo era uno de los personajes de un clan. Concretamente, el clan Tessen. Y en nuestro caso, el verdadero poder del clan no reside demasiado en la genética, sino en el conocimiento que se transmite de generación en generación.


. . .

Un añiñado Kazuki bajó del bote con cierta torpeza, aún ligeramente mareado acaecida durante la larga travesía desde el País del Agua. Sintió la presión de las gruesas manos de uno de sus acompañantes sobre el hombro, apretándolo demasiado para su gusto. Además, nunca le había gustado que extraños entrasen en contacto con él.

Sin embargo, no podía protestar de ninguna manera. No se encontraba en una situación donde uno pudiese permitirse esa clase de privilegios. Frente a él, en mitad de la playa, aguardaba una imponente figura escoltada por dos otros ninjas, con el rostro ofuscado por pañuelos del desierto. El hombre del centro, sin duda ostentando una autoridad relevante, oscilaba en la tercera década y tantos años; su cabello era sorprendentemente similar al de Kazuki y sus ojos, un mar de oscuridad que obligó a apartar la mirada.

Aquella mano le recordó que debía caminar, y así lo hicieron sus pies, al encuentro de aquel peculiar comité de bienvenida.

Asi que tú eres mi supuesto hijo. Pareces más débil de lo que habría imaginado... — la voz grave llevó consigo una revelación que lo dejó de piedra. Había soñado en muchas ocasiones cómo podría conocer a su progenitor, mas nunca hubiese imaginado una situación como aquella. Y mucho menos, que utilizara un tono tan despectivo y frío.

Los otros shinobis compartieron miradas de silencio, comunicándose a través de sus ojos. Todos sabían la verdad que escondía toda la historia, menos el principal protagonista.

¡No soy débil! — fue la mejor respuesta que se le ocurrió o, mejor dicho, la primera que escapó de su boca.

Se hizo un silencio tenso, roto por la cuchilla gélida de aquel hombre que decía ser su padre.

Entonces, demuéstralo.

Antes de que el niño fuese capaz de comprender lo que acababa de decir, el hombre desenvainó el extraño objeto que colgaba de su espalda, desplegándolo en un rápido movimiento. Kazuki salió despedido por los aires, empujado por un súbito golpe de viento más fuerte que cualquier furibunda ola que el joven hubiese conocido en su corta vida. Rodó sobre la arena, sintiendo como las piedras que había entre ella rasguñaban y penetraban en su piel, desgarrando carne y liberando cálida sangre a lo largo de la playa. ¿O no habían sido las piedras?

Peor de lo que pensaba. Mucho peor que débil... — fue lo último que escuchó, antes de perder la inconsciencia.

. . .

El aire mecía sus cabellos blanquecinos sobre su rostro, de forma delicada y descuidada, como la caricia de una madre. Eran insistentes, demasiado. Intentó ignorarlos, pero cuando intentó girarse para ello, la punzada de dolor catapultó de forma letal su subconsciente, rasgando el velo de sopor que empapaba su mente y entumecía su cuerpo. Abrir los ojos, incluso, resultó en un estoico esfuerzo; al hacerlo se descubrió en un entorno completamente desconocido, ajeno.

Una cama blanda, demasiado para su costumbre de lechos más humildes. Sábanas blancas y suaves acariciando su cuerpo desprovisto de ropa más allá de las vendas que cubrían casi todo su cuerpo, como un humilde resguardo del pudor que pudiera tener un niño lleno de heridas como él. La estancia era extraña, de paredes que parecían haber sido levantadas a base de arena y barro y un ventanal junto a la mesilla de noche abierto de par en par. Las cortinas danzaban al ritmo del viento que a su vez, había hecho bailar su cabello en primer lugar y lo había despertado; entonces recordó que se encontraba en el País del Viento.

No había sido un sueño, por mucho que en ese momento lo deseara. No se encontraba en ningún tipo de realidad ilusoria, no, era real. Dolorosamente real. Su hogar estaba lejos, tanto que aunque tuviese los medios para ir por si mismo, probablemente se perdería en el camino. Y además, estaban sus heridas. Aquel hombre.
Apretó las sábanas en sus manos, haciendo acopio de fuerza de voluntad para incorporarse en la cama y observarse, examinando la gravedad de sus heridas. Naturalmente, ignorante de cualquier conocimiento médico más allá de basarse en la gravedad por la abundancia del sangrado, le pareció que estaba extremadamente herido y que probablemente habría estado a punto de morir.
Colocó los pies sobre el suelo, haciendo una mueca de dolor al apoyar todo su peso en ellos para levantarse. Cualquier movimiento resultaba en dolor, la tirantez de decenas de partes de su cuerpo que aún no habían cicatrizado correctamente. Aun así, debía verlo...

Se acercó a la ventana, apartando las cortinas y deleitándose con el paisaje de una ciudad más grande que cualquier otra a ojos del inocente chico. Los edificios eran extraños, su arquitectura le resultaba extranjera e incluso exótica. En las calles, podía observar a los transeúntes avanzando de un lado a otro, hablando entre ellos y regentando sus locales o puestos de comida, en un bullicio que le recordaba al de un hormiguero por dentro. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue el atuendo que todos llevaban, relativamente similar y basado en ropas bastante holgadas pero de cuerpo entero. ¿Cómo demonios había llegado hasta allí? ¿Qué estaba haciendo ahí? Cuando tomó consciencia de ello, sus ojos ya se encontraban húmedos y preparados para derramar las primeras lágrimas de autocompasión y desolación propias de un niño perdido en mitad de un mundo enteramente desconocido y hostil.

Justo cuando iba a hacerlo, el chirrido de una puerta lo interrumpió. Giró la cabeza bruscamente, tanto, que tuvo que reprimir un quejido de dolor. Una chica joven abrió los ojos con sorpresa al verle, tan o más sorprendida que el propio Kazuki.

- ¿Qué haces de pie? ¡Necesitas reposo, niño! - exclamó, desconcertada, mientras se aproximaba a él y señalaba el lecho con gesto imperativo - ¡Vuelve a la cama ahora mismo!

Abrió la boca para replicar, pero no se sentía con fuerzas para hacerlo. Resignado, volvió a la cama y se sentó en el borde de la misma, observando a la chica con recelo. No llevaba la cabeza cubierta, su cabello rubio caía libremente sobre sus hombros y las facciones de su rostro angulado estaban a plena vista; no tardó en decidir que era una chica preciosa, aunque en ese momento eso no le importara en lo más mínimo.

- ¿Y tu quien eres? ¿Dónde estoy? - increpó bruscamente, añadiendo en un murmullo - Además, no soy ningún niño...

La chica dejó una cesta a los pies de la cama y se plantó frente a él, cruzándose de brazos.

- Yo soy quien te ha ido cambiando los vendajes estos días y, te aseguro que sé que eres un niño - sus últimas palabras fueron otro golpe para Kazuki, si bien no físico - Además, si actuas como un niño hay que tratarte como tal, ¿no te parece? - añadió con un tono más suave, esbozando una cálida sonrisa que desconcertó al chico - Me llamo Sumiko, pero puedes llamarme Sumiko-chan, ¿de acuerdo? Soy la encargada de cuidar de ti mientras estés aquí, el hospital.

Kazuki procesó lentamente la información, permaneciendo en silencio durante unos largos segundos antes de responder.

- Has dicho días...¿cuánto tiempo llevo aquí?

- Hm...deja que piense. Creo que pronto se cumplirán un total de tres noches y dos días. Es increíble lo que puedes dormir, pero según parece, estabas cansado.

El chico bajó la cabeza, mirando el suelo sin realmente verlo. Las palabras de aquel hombre que decía ser su padre aún hacían eco en su cabeza. ¿De verdad era tan débil? Él, quien siempre se había creído uno de los más fuertes de toda la aldea. El más rápido en las carreras tanto de tierra como de nado, el más resistente y capaz de salir airoso de más de una pelea. De pronto comprendió que todo aquello no eran más que juegos de niños, que nunca había comprendido lo que era el mundo real y las verdaderas habilidades que un shinobi requería.

- Si, por que soy débil. Ni siquiera puedo despertarme cuando toca...- masculló, impotente.

Sumiko lo observó largo y tendido, negando con la cabeza, empática. Aunque el chico no lo sabía, ella conocía de forma bastante detallada lo que había ocurrido, puesto que había estado allí, acompañando al culpable de aquellas heridas.

- No, al contrario. Nadie normal hubiese sobrevivido. Has demostrado que eres fuerte, y que tienes gran potencial, ¿sabes? Desde luego, a tu edad yo no hubiese vuelto a despertarme después de eso - explicó mientras alborotaba los cabellos del chico, despreocupada.

- ¡Entonces, tú...!

- Sí, claro, soy una ninja. Y tú serás uno pronto. Me estoy especializando en el uso de la medicina, así que...eres mi pequeño sujeto de pruebas - comentó mientras le guiñaba el ojo con picardía.

Kazuki arrugó el ceño y la miró con más desconfianza que antes.

- Sujeto de pruebas...

Se produjo un silencio de unos largos segundos y finalmente, cedió a la sonrisa de Sumiko y escapó si primera risa desde que hubo marchado de su aldea, de su isla, de su casa. Curiosamente, junto con la risa también brotaron algunas lágrimas que resbalaron por sus mejillas. Sumiko rió con él y posó su mano sobre su cabeza, mirándole a los ojos sin prestar atención al sollozo mezclado con la risa del confundido Kazuki.

- Sí, sujeto de pruebas y hermanito pequeño. Tendrás que aguantarme un buen rato.






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Re: Deber de sangre, viento de plata

Mensaje por Kazuki el Vie Oct 02, 2015 3:18 am

Habían pasado dos semanas desde su llegada al país del viento y como el niño que era, para él el tiempo había pasado de manera distinta a la percepción que un adulto pudiese tener del mismo. Se había empezado a acostumbrar al lugar, a la condición de su nueva vida, incluso a las heridas que tanto tiempo había costado sanar aún con la amable atención de Sumiko. La noticia de la existencia de una hermana mayor resultó menos contundente de lo que pudiese haber esperado, quizás por ser una de las noticias menos inverosímiles en una situación donde muchísimas cosas le resultaban extrañas y ajenas. Aunque no compartieran la misma madre, ambos no tardaron en encontrar similitudes entre ellos, además de empezar a forjarlas.

Ése día iba a ser su primer día sin las vendas, completamente curado. Su cuerpo agradecía la libertad de movimiento, la ausencia de dolor a cada paso y el lacerante escozor que en más de una ocasión lo aquejó bajo los firmes y estrictos vendajes de Sumiko.
Y como no podía ser de otra manera, su primer día como una persona sana, iba a ser el inicio de su entrenamiento como ninja. Sin saber muy bien cómo, se encontraba en un dojo, vestido con una extraña túnica y frente a frente con su hermana, quien le miraba cruzada de brazos y con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¡Muy bien! Antes que nada, tendría que explicarte de nuevo las bases del clan Tessen. Como sabes, nos especializamos en el uso de una arma muy especial, que nuestros antepasados diseñaron.

Sumiko echó mano al enorme abanico cerrado que llevaba en la espalda, clavándolo sobre el tatami con fuerza. Tanto, que el mismo tembló ligeramente, para sorpresa de Kazuki.

- Kyodai Sensu; cada uno de nosotros tiene uno y lo lleva consigo hasta el final. Los hay de varios tipos, pero normalmente son todos como este - con destreza envidiable para el chico, desplegó el abanico y lo hizo girar suavemente - Pesa bastante, pero solo si lo agarras de la manera incorrecta. Su manejo adecuado lo convierte en un arma bastante veloz, sobretodo considerando su efecto. Como comprobaste, sirve para dirigir fuertes corrientes de aire a tu oponente.

- Pero, nee-chan...yo no tengo ninguno...

- Lo tendrás cuanto te lo merezcas. Mientras tanto, utilizarás esto...

Sumiko fue hasta una esquina y de entre todas las armas que había, tomó una gruesa y alargada vara de metal. La plantó en el suelo de la misma manera que había hecho con su abanico, ofreciendola.
Kazuki cogió la vara de metal mientras la miraba con suspicacia, abrió los ojos como platos al sentir su peso y la densidad de la misma. ¡Era prácticamente imposible de sostener en peso!

- ¡Pero...esto que es! ¡Un palo de metal entero!

- Sí. Tienes los brazos demasiado delgados y no podrías manejar un abanico de verdad, así que, te va a tocar usar eso. Cuando puedas realizar los mismos movimientos base que yo te voy a enseñar con eso, ya estarás más cerca de tener un abanico propio.

. . .

Cerró los ojos, prestando atención al murmullo del oleaje lamiendo la arena de la playa. Concentrándose, podía escuchar perfectamente el mar, aislado en mitad del constante vendaval que por siempre soplaba en fuertes corrientes sobre el país del viento. Y detrás de él...los inconfundibles pasos de otro shinobi, uno peligroso, seguro de si mismo.

Miró a su padre de reojo, girando lentamente sobre sus talones para encararlo, dejando a su espalda solo la mortal caída desde el escarpado acantilado.

- Va a ser la primera vez...

- Una segunda ocasión para demostrarme cuán débil eres.

Kazuki cerró los puños, por un momento deseando abandonar todo cuanto había aprendido, responder de la forma más insolente y abalanzarse sobre él con todas sus fuerzas. Sin embargo, esbozó una sonrisa despreocupada como la que recordaba de Sumiko, mirando a su progenitor a los ojos. Y aunque sus labios sonreían, su mirada no mentía, reflejando una determinación que distaba mucho de la que pudiese tener el niño que aquel hombre enfrentara años atrás.

Cogió y desplegó el abanico ceñido a su espalda, sus cuchillas reflejando los rayos del sol que danzaban entre nubes caprichosas.

- Voy a demostrar por qué estoy aquí, y por qué merezco este Kyodai Sensu...
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