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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Oscura Presencia. Misión: Rango D

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Oscura Presencia. Misión: Rango D

Mensaje por Mikael. el Mar Mayo 24, 2016 12:30 am

El bullicio característico de la muchedumbre se ausentaba en aquella cantina poco concurrida por los habitantes de la comunidad, principalmente, por culpa de la tormenta de arena que se ceñía en las calles cubriéndolo todo con su manto polvoriento. Los cuchicheos de los clientes y los sordos golpes de los tarros de cerveza al reposar en la madera, eran las únicas constantes en aquel lugar que irrumpían en su silencio natural. No habían más que siete almas allí, incluido el cantinero y un nuevo visitante que había llegado no más de hacía menos de media hora. Obviamente, su aspecto había dejado intranquilos a los lugareños, con esos rasgos tan despampanantes como su largo y rojizo cabello, primordialmente porque dichas características eran nada propias de los nativos del viento y que, sin duda, lo delataban como un extranjero.

A pesar de las recelosas y suspicaces miradas, el forastero yacía sentado en un taburete frente a la barra solitaria, ataviado de una larga capa gris de viaje hasta las rodillas con su capucha descolgada tras su espalda. Su expresión era calma y enfocada en una carta abierta en la mesón de madera adjuntada a una hoja con un “Se busca.” inscrito en el encabezado, y debajo, una sombra dentro de un recuadro con silueta humana que aludía al retrato de alguien desconocido sumido en el anonimato. ¿Quién era el personaje? No lo sabía, sólo tenía en cuenta que era un presunto hombre, alguien con cierta predilección por mujeres de físico atractivo y juvenil con poco afán de hacer públicas sus fechorías.

Al parecer, era un ser bastante metódico y discreto, pues sólo alguien con esas características sería capaz de esmerarse con tanto escrúpulo y cuidado como para evitar con tal maestría en dejar indicios que diesen con su identidad o paradero. ¿Pero por qué? Cierto era que él aún no solucionaba lo complicado que suponía atrapar a alguien que no se le conocía ni su cara, lo cual convertía la encomienda en buscar a alguien sin saber quién era cual aguja en un pajar. Sonaba tan ilógico y descabellado pero aún así podía sacar partido con la información que tenía a la mano, aquella que aparte de la hoja y la carta, también había sabido por los guardias y las víctimas que ya no hablaban. No obstante, algo no le encajaba del todo, como si dos manos no fueran las únicas metidas en el meollo junto a un arma faltante que era la homicida entre los variados cuerpos, pero antes siquiera de continuar con su faena se vio interrumpido por la llegada del cantinero que traía su pedido.

El tarro de cristal fue llenado hasta el tope por un líquido ambarino y efervescente de la jarra donde se contenía, haciéndole brillar los ojos al pelirrojo en un gesto de ansia y satisfacción llevando a juntar ambas manos agradeciendo el servicio con una amplia sonrisa y palabras amables en su voz. No tardó en agarrar el mango del envase y darse un largo trago que hasta le dejó espuma en la boca simulándole a un bigote blanco. Se relamió y siguió en sus quehaceres dispuesto a encontrar una respuesta, más o menos plausible, al enigma que suponía el trabajo.

Si bien no era un encargo peligroso al tratarse de un civil criminal, o eso suponía, debía ser cauteloso para atraparle sin mayores complicaciones. ¿Pero cómo podría hacerlo sin ponerle de sobre aviso? En ese momento el tintineo de una campanilla resonó en la cantina seguido de una ventisca sorpresiva que se coló arrojando arena y polvo sobre el suelo levantándole a más de uno el sombrero. - Perfecto, ahora tendré que volver a barrer el piso de nuevo. - Expuso quejumbroso el cantinero mientras se iba a por una escoba.

Por otra parte, del lado contrario, se acercaban andares a espaldas del extranjero que con cada pisada delataban el caminar de unas botas y el repicar metálico de sus espuelas. El taburete contiguo fue arrastrado rústicamente dando paso a una nueva presencia hasta que su voz, fuerte y directa, desconcentró levemente al forastero. - ¡Cantinero! - Exclamó. - Deme lo más fuerte que tenga que estoy sedienta de tanto caminar bajo esta tormenta, ya que ni siquiera se puede andar por ahí tranquila sin ser perseguida. - Espetó autoritaria la voz femenina que yacía allí sentada para mala suerte del aludido quien ya se disponía a barrer, soltando un bufido y dejar de lado lo que hacía para irse por un momento a por el pedido. Sin embargo, lo dicho llamó la atención del pelirrojo quien se encontraba ensimismado en su tarea.

Los verdes orbes del visitante rodaron discretamente hacia su costado, observando por el rabillo del ojo a quién tenía a su lado. Curiosa fue la sorpresa al toparse primero con unas largas y estilizadas piernas morenas que empezaban en un corto short marrón dejando ver gran parte de sus muslos torneados, terminando en unas altas botas beige de vaquero, y de cuero, que comenzaban un poco más abajo de las rodillas hasta terminar en punta triangular en sus dedos. Su mirada siguió ascendiendo encontrándose con un abdomen al plano y al descubierto, exhibiendo su ombligo sin reparo y del cual un poco más arriba le bordeaba una recortada blusa verde clara de tiras y sin mangas hasta la boca del estómago, aunque lo más notorio era la voluptuosidad de sus senos. Era algo que llevó algunos segundos al mencionado fisgón en apartar la mirada . No lo iba a negar.

Aún así, eso no era todo ante más novedades que seguía descubriendo, sobre todo con ese largo, frondoso y dorado cabello ondulado hasta poco más abajo de los omóplatos, ceñidos a una cinta roja como el carmín terminada en un lazo sobre su cabeza. Sin embargo, el describir sus grandes ojos negros dentro de esa piel morena no sería cómodo, sobre todo al encontrarse con una mirada directa que le había atrapado en su vanamente discreta inspección.

¿Se te ha perdido algo? - Inquirió la mujer con cierto tono amenazante que dejaba en claro el poco humor que llevaba a cuestas. No obstante, el extranjero no iba a mentir -aunque tampoco es cómo si pudiera ante lo evidente- y regresó la vista a la carta lentamente. - No, sólo me ha resultado curioso que dijera ser perseguida. - Profirió despreocupado pero sin alzar mucho la voz, lo cual recurría a una conversación discreta entre ellos dos.

La chica se le quedó con una expresión escéptica, con una desconfianza desbordante y una mirada recelosa y penetrante de quien busca la verdad tras aquellas palabras con escrutinio. Sin embargo, no encontró nada. Todo lo contrario. Percibía tranquilidad y aparente honestidad. - Pues sí, ahora ni siquiera se puede caminar por las calles sin ser acosada, y lo peor, por alguien que no te da la cara. - Dejó escapar con evidente aire hastiado mientras miraba al frente con un semblante irritado, de alguien quien verdaderamente estuviese malgeniado, pero bajo aquello también se escondía una creciente preocupación indemostrable. - Entiendo. Imagino que es normal, después de todo, con una figura como la suya, dudo que se pueda pasar desapercibido por donde se pase. - Lanzó una indirecta a su apariencia, cosa que la mujer no pasó por alto enarcando una ceja con suspicacia. Pese a ello, relajó el gesto poco después.

Supongo, aunque siendo la misma persona a todas horas y todos los días, ya se vuelve algo perturbador. - Pronunció, inmediatamente captando la atención de aquel pelirrojo quien giró su cuello un poco más por un instante para verla con mayor claridad y regresar después con su vista al frente. - Hmm... ¿Siempre? - Inquirió retóricamente. - Seguramente ha de ser un admirador secreto, aunque bastante insistente. - Dejó caer, cosa que no hizo nada más que provocar que aquella soltara una risotada tan estridente que atrajo toda la atención de la clientela hacia ella, e incluso, dejándole un dolor de oído al joven.

Si fuera un admirador, al menos ya me hubiese dejado algo en la puerta, pero ni eso. Sólo me persigue aunque nunca le llego a ver. - Dijo ella. - Incluso he puesto una recompensa por quién me libere de ese sujeto o quien sea que fuese. - Aquello le prendió el bombillo al forastero. - Quizás te pueda ayudar en eso. - Comentó con cierto desinterés fingido, una artimaña tentativa mientras algo bullía en sus adentros, cosa por la cual su contraria se le quedó mirando con cierta duda e intriga al mismo tiempo sin creérsela del todo todavía en vista de ser un completo desconocido en ese momento. No obstante, por la facilidad con la que dictó el pelirrojo sujeto, también le producía cierta curiosidad por aquel que indirectamente le ofreció con sutilidad librarla de su tormento.

¿Ah, sí? ¿Y cómo? - Preguntó casi con un deje desafiante. - Ya verás. - Respondió el otro con cierto aire de autosuficiencia justo cuando el cantinero llegaba con el pedido de la chica. Él, por su parte, sólo se quedó sonriendo mientras se imaginaba su plan secreto. Tomó el tarro y dio un nuevo trago hilvanando sus ideas. - Hmm, ¿Y a quién me dirijo? - Inquirió llevando a sus labios, seguidamente, la bebida pedida por su parte. - Me puedes llamar... Zorro., ¿y yo? - Dijo, viéndola de soslayo. - Naomi.

[...]

Habían transcurrido un par de días desde que había sonado la campanilla de la cantina y el baño de tormenta dejando sus secuelas aún para aquel entonces, pues, visiblemente, todas las calles y tejados seguían arropados con capas de arena y más arena, sobre todo en las calles, dado que era donde más se había acumulado el cotidiano elemento dejando las huellas con clara evidencia de aquellos que transitaban. No obstante, se podía ver de igual manera los buenos prójimos haciendo el trabajo de limpieza, aquellos barrenderos que apartaban la suciedad y las aislaban recreando pequeñas dunas. Era agradable ver eso, algo que le daba la imagen a los lugareños como trabajadores y no como aquellos que dejan a merced del tiempo y la desidia el lugar en donde viven.

Fue entonces que un frondoso y ondulado cabello dorado, con un estilo exuberante y vaquero que destacaba entre el humilde gentilicio y sus costumbres, yacía andando entre la poca gente que había. Ese día iba más suelta que de costumbre en su vestimenta, sin contar que lucía una apariencia más sugestiva. Las espuelas tintineaban en son a sus pasos atrayendo la atención a más de uno, pues, sencillamente, aquella mujer que afrontaba un problema personal era conocida en la localidad por ser hija de un renombrado comerciante de equinos, y no sólo por eso, pues también había adoptado el trabajo de su padre el cual también fue del padre de su padre y así sucesivamente convirtiéndose en un legado familiar.

Ella era la tercera mujer en cargar con esa labor entre los hombros. Su bisabuela fue la segunda pero de la primera no sabía nada; se había perdido entre los registros históricos familiares en un incendio hacía mucho tiempo atrás. Dudaba que su género tuviese algo que ver con la problemática que albergaba encima, o quizás sí, pero aún más pensaba que su relación con su trabajo y el hecho de ser una cuasi herencia de su linaje era el motivo del acoso. ¿Pero por qué?

Su familia tenía competencia en el negocio, lo sabía, pero no había reparado en enemistades que buscasen cobrárselas de alguna forma y menos con ella. Después de todo, había sido cuidadosa en evitar confrontaciones y que las rivalidades fueran sólo eso, rivalidades, en el ámbito positivo que les impulsara a buscar métodos para ser los mejores en el mercado del cual estaban inmersos. Aún así, suponía que la envidia no podía faltar y el hecho de estar siendo perseguida podría ser una jugarreta de alguien más para persuadirla de sus tareas.

Era un hipótesis fiable y razonable, aunque ilusa, pero para corroborarla debía adentrarse más en el asunto y por ello estaba allí, por ello su esbelta y deslumbrante figura se paseaba por las calles y entraba de vez en cuando a una tienda pasado un periodo prolongado caminando; sin embargo, adentro también se daba su tiempo, y al salir, se veía más renovada.

El día poco a poco iba decayendo, el sol se ocultaba en el horizonte y la noche despertaba de su largo y diurno sueño. Los animales nocturnos se desperezaban en su letargo y las antorchas comenzaban a ser encendidas iluminando parte de la ciudad, o al menos, las calles principales. Si en el día las personas eran pocas, allí eran casi nulas ante la rareza de ver un alma rondando. No obstante, la figura estilizada de Naomi seguía campante habiendo hecho sus trabajos tan casinos como rutinarios que a esas horas ya la mandaban por el camino usual a su morada. - Qué día tan agotador, espero que esto dé sus frutos. - Pensó, aunque no ella.

Era allí que las botas resonaban en el desolado paisaje, un camino recto por el cual la rubia solía transitar. Faltaban dos horas para la media noche. Era tarde y lo sabía, lo normal en sus días, aquellos que se habían hecho acreedores de su tormento. ¿Sería diferente esa noche? Quizás, pero de algo tenía seguridad. No obstante, aquella sensación de incomodidad que había descrito con anterioridad, ese peso singular como si alguien le estuviera mirando volvió a aflorar.

Los ojos negros de la dama miraban a sus alrededores con cierta vigilancia pero no avistaban nada más que las sombras propiciadas por las llamas encendidas de las antorchas, las mismas que se encontraban dispuestas en las calles para mantener los lugares con cierta iluminación. Sin embargo, aquello no era suficiente para librarla de una sombra en especial que aparecía y desaparecía cada vez que volteaba, cada vez con más descaro que las veces anteriores. Aquello era preocupante, y normalmente quien fuese detrás de sus pasos mantenía su distancia aún cuando día tras día la acortaba, pero a su vez ese día la mujer había estado paseando más de lo normal, algo atípico dentro de su haber, y aceleró el paso de inmediato aunque no porque pensara que resultaría dañada pero prefería asegurarse en vez de tentar a la suerte y aquella situación. Eso parecía querer demostrar.

Para su mala o buena fortuna, no fue la única en tener los pasos rápidos.

Un sudor corría por su piel mientras trataba de llegar lo más rauda que podía, mirando de tanto en tanto tras de sí hasta volverse a cada momento para ver con más esmero. Fue así como un caminar tranquilo se volvían presurosos, y de presurosos a largas zancadas, algo inevitable que no tardó en convertirse en una rápida huida con la respiración agitada símbolo de la vulnerabilidad y la angustia que demostraba. Era evidente, tal cual que mientras las antorchas iluminaban las calles, veloces sombras pasaban corriendo de forma fugaz mientras una seguía a la otra aunadas a rápidas pisadas que la gente obviaban dentro de sus casas. Por supuesto, a tan entrada la noche, cualquiera estaría durmiendo. Y de pronto la mujer curvó en una esquina, tan repentino como imprevisto dejando una estela dorada de su cabello para quien le seguía.

Una pared se alzaba al frente y a ambos los lados convirtiéndose en un callejón sin salida. El gesto de su faz era desesperado, ansioso y preocupado, buscando algún modo de salir de aquel embrollo en el que se había metido pero no tenía precisamente ese cómo. Fue allí cuando tras su espalda finalmente una silueta emergió aparecida cual fantasma y quieta cual estatua. Ella volteó con rostro de asombro mezclado entre susto y estupefacción, la típica imagen de un ser indefenso pero que, sucesivamente, intentó mostrar rebeldía que a simple vista parecía verdadera de quién no se amedrentaría. Era el aspecto que siempre había reflejado.

¿Quién eres tú? ¿Por qué me persigues? ¿Quieres dinero? ¿Qué buscas? - Muchas preguntas para ninguna respuesta, y en cambio, la sombría figura sólo reveló una impolúta dentadura en una perturbadora sonrisa símbolo de su sordida y sádica personalidad. Sin duda, era atemorizante y un escalofrío haría recorrer la columna de cualquiera cuando de la espalda de aquel desconocido emergió un cuchillo, disipando cualquier suposición de antaño en ese instante a menos que fuese una vil forma de intimidarle.

El cuerpo de Naomi fue retrocediendo cada vez más, pasos hacia atrás haciéndola quedarse poco a poco sin oportunidades y más arrinconada. La sombra se acercaba y ella se alejaba hasta el punto de ya no tener retorno alguno con ese tacto frío que se lo indicaba, con esa pared a la que su espalda había quedado besada. Sin embargo, la rubia intentaba mostrar entereza aún cuando era amenazanda, aún cuando su integridad se veía en peligro, aún cuando parecía desprotegida y el filo enemigo centelleaba entre aquel mar de oscuridad.

Tenía una peculiar forma aquel objeto, una particular.

¡No te acerques! ¡Ayud.. Mmph! - Su grito fue ahogado ante la rapidez del agresor amordazando su boca con una mano y el cuchillo en el cuello con la otra, intentando cohibirle y aplacarle mientras le retenía allí en silencio. No quería que nadie la escuchara, aunque nadie, realmente, la salvaría de ese acosador que había transgredido los límites del fisgoneo hasta atacarle, como hizo muchas veces atrás aunque con otras.

No tenía ni idea sobre qué iría a hacerle, pero, mientras la mantenía allí, sus orbes oscuros inspeccionaron quién era su agresor rodando discretamente sus ojos como lo hizo una vez días atrás descubriendo sus facciones entre aquella penumbra abismal: un hombre, alto y delgado, pelo negro con, macabramente, los labios cosidos. No obstante, la fémina empezó a sentir su propia boca liberada y dicha mano pasearse por su brazo de una forma poco alentadora. Sin duda, la hubiese hecho estremecer de miedo y repugnancia... si ella estuviese allí, claro.

Te gusta ver sufrir a las mujeres y disfrutar de ellas antes de dejarlas tiradas como un perro abandonado, ¿verdad? - Dijo la voz femenina, y en respuesta el cuchillo se hundió más intentando forzarla a callarse y provocándole un leve y sutil sangrado, un fino hilo rojo recorrer su cuello. Era algo que ya había hecho muchas veces el otro. Sin embargo, el bello rostro de la mujer sólo dibujo una sonrisa en sus labios aflorando una pequeña risa medio ahogada por el filo punteando en su piel. - Lástima que yo no sea de tu tipo. - Afirmó para desconcierto del acosador quien, de pronto, dio una zancada de sobresalto ante la nube de humo que explotó en sus narices. ¿Qué era aquello?

Ya lo decía, la mejor manera de cazar rápidamente a un cazador es siendo la presa. - Una voz masculina emergió dentro de la nube dejando paso a la figura varonil de un pelirrojo, alto y ataviado de una larga capa de viaje semi abierta y entrecruzado de brazos con la vista al frente. Mientras, el otro aquel había quedado pasmado dando leves pasos hacia atrás alejándose progresivamente por puro instinto, pues, obviamente, aquel hombre antaño mujer le inspiraba temor a pesar de su amenidad. Quién pensaría sobre el Jutsu de Transformación, algo tan simple entre sus pares pero con mucha utilidad ante los ignorantes.

Y cómo verás, así evitaba el trabajo de vigilar y perseguirte, y sobre todo ponerte de sobre aviso y que me hicieras más difícil el atraparte. Sólo debía esperar a que llegaras solo y has caído como un ratón en la ratonera. - Sonrió, a sabiendas que no hay nada más elusivo que lo evidente.

Pese a todo, el criminal no se quedaría a ver el desenlace de aquella trampa para emprender la huida al instante, pero apenas pudo girar, una brisa rápida y repentina le sacudió la indumentaria a un costado encontrando su cara con asombro al hallar la misma figura al otro extremo del callejón, a la salida, bloqueando su ruta de escape en un parpadeo como si se hubiese teletransportado: el Cuerpo Parpadeante le llamaban.

Me la has dejado fácil, aunque fue una suerte toparme con la gallina de los huevos de oro, o al menos, una del gallinero que has dejado en la ciudad. Sin embargo, me faltaba el ladrón que quisiera robarse el botín y aquí estás. - Su sonrisa se ensanchó mientras se descruzaba de brazo haciendo que el acosador y asesino se alejara poco a poco, aún con el cuchillo singular en mano pero sin afán de usarlo. - Pagarás por tus crímenes. - Espetó el hombre mientras sus piernas se flexionaban, disminuyendo su altura y retrasando un pie a medio lado. - Preparate. - Sentenció, y en un abrir y cerrar de ojos acortó la distancia encajándole una potente palmada directo al torso, al pecho, despidiendo al sujeto hasta el final del callejón estampándolo contra la pared que lo convertía en uno sin salida.

Y sólo eso bastó.

El desconocido quedó tirado en el suelo inconsciente debido al golpe hueco y seco a su caja torácica, privado súbitamente de todo oxígeno y viendo estrellas antes de perder la noción. Eso era lo último que vería antes de encontrarse tras las rejas. El muchacho, quien se había hecho llamar así mismo como el Zorro, se acercó al cuerpo tendido del hombre; lo recogió y se lo llevó en hombros hasta el cuartel. Era allí donde Naomi, la verdadera, le esperaba custodiada por varios guardias aguardando su llegada.

¡Hola! - Exclamó el extranjero poco antes entrar al pabellón del recinto donde residía la mujer junto con el capitán del lugar, haciéndolos levantar y dejar en el suelo al criminal. - Aquí está el sujeto. - Afirmó el masculino detrás del inconsciente tendido con las manos amarradas, algo que hizo tardar la asimilación de la fémina mientras observaba a quien hacía varios días atrás era un desconocido que sólo la atormentaba. Incluso, por un momento, sus facciones cambiaron a rabia pero supo calmarse antes de cometer una tontería.

Buen trabajo, me has quitado un peso de encima - Aseguró la voz femenina con un tono de evidente alivio acercándose al moreno con una bolsa en mano, la cual, sin duda, se veía cargada y con los metales tintineando en su interior. - Jé, gracias. Igual he contado contigo. Si no me hubieses suplantado en las tiendas hubiera quedado en evidencia. Mantener la figura de alguien es algo... Agotador. - Advirtió y aclaró el hombre, llevando una mano tras su nuca y la otra a la cadera mientras dejaba escapar una amplia sonrisa a ojos cerrados, quizás apenado por su deficiencia en esos campos del Ninjutsu, y a pesar de eso, se había esmerado en mantener la transformación más allá del agotamiento mental y el drenaje de chakra que eso suponía. No obstante, antes de recibir cualquier pago por su ayuda, tras su espalda comenzó un ajetreo.

Todos voltearon por inercia mientras veían a un par de guardias tener problemas con un reciente prisionero, un meollo de poca relevancia hasta que el sujeto se soltó, corrió pero poco después fue atrapado por otros tres guardias.

Era un hombre con la cabeza rapada y muchas cicatrices en la cara, alguien digno de ser un maleante de las zonas más empobrecidas según el estéreotipo pero que reflejaba sus muchas cualidades de lucha, demostrando inclusive su oposición y resistencia por ser apresado hasta que algo lo dejó inamovible. - ¿Eh? ¡Takeshi! - Gritó a expectación de los presentes, algo que la mujer fue la primera en reaccionar. - ¿Le conoces? - Inquirió para duda del hombre. - ¿Qué sí le conozco? ¡Claro que lo conozco! Hemos andando en todas, hasta con esas perras que dejamos tiradas luego de acosarlas. - Vociferó casi con orgullo de sus "aventuras" que, sin embargo, sólo provocaba una cosa. - Incluso le cosí la boca cuando se cortó la lengua, y ni se imaginan por donde come.

Vaya, así que ustedes han estado tras de los asesinatos de aquellas mujeres. Ya decía cómo era capaz de ser tan hábil en borrar los rastros. Dos cabezas piensan mejor que una. - Aludió el pelirrojo ante la atónita mirada del cabeza rapada, quien parecía haber captado el haber dicho de más ante la aprensión de su compañero, posiblemente, por otros motivos que la mayoría obviaba. Y dicho y hecho, se lo llevaron junto a su "camarada" a los calabozos. - ¿Cree que ese tenía razón? - Enunció el capitán, acercándose y profiriendo su duda. - Estoy casi seguro. - Afirmó su contrario. - A pesar de no dejar evidencia de sus pasos, todas las víctimas presentaban algo en común: una herida en el cuello nada importante. - Explicó, jalando el cuello de su capa y mostrándole la pequeña incisura que le había provocado.

Como todo asesino en serie, siempre tiene un patrón y un vicio, como mi herida, y con lo que supe de los guardias cuando me entregaron la carta y al hablar con la señorita aquí presente, intuí ciertas cosas: como que hoy iba atacar. - Dijo. - Aunque realmente le tenté con las prendas sugestivas de la transformación. Además, las heridas en las mujeres concuerdan con un objeto. - Y en un rollo de papel, le entregó al hombre al mando del cuartel el arma homicida que tenía una hoja serpenteante, es decir, en forma de “S”, cosa que el pelirrojo pudo apreciar. Casi se sentía como un detective, la diferencia estaba en no haber seguido pistas para hallar al culpable, sino en dejar al culpable seguirle a él y con ayuda de la mujer.

Bueno, supongo que has matado dos pajaros de un tiro. - Asumió el hombre mientras el extranjero le entregaba la carta y la hoja con el retrato desconocido del principio, aunque recibiendo, por otro lado, su recompensa -y doble- por su labor. Así, pues, no hizo nada más que despedirse de sus empleadores y salir al siguiente amanecer. - ¡Adiós! - Se despidió. Y tan rápido cómo llegó, tan rápido partió dejando su huella en el suelo ante los residuos de la tormenta de arena.
Mikael.
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