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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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De desesperación e ignorancia.

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De desesperación e ignorancia.

Mensaje por Yabuki Joe el Lun Mayo 30, 2016 7:26 pm

“¿Acaso he caminado por aquí antes?” Por más que se esforzaba por hacer memoria, el joven Joe no pudo recordar si el sendero que recorría en ese momento era un lugar conocido, aunque le parecía extrañamente familiar. “Deben ser los árboles”, concluyó en sus pensamientos. “He viajado por tantos bosques que todos me parecen iguales”. De la misma forma en la que el pelinegro perdió la cuenta de los años que ha cumplido, su mente está tan enfocada en el aquí y el ahora que se le dificulta recordar las cosas triviales que han pasado con anterioridad. Normalmente, un vagabundo como él no se molestaría en recorrer esos caminos aislados, ya que el hacerlo le complicaba la tarea de conseguir sustento; sin embargo, la razón por la que lo hacía era este mismo sustento: un anciano que conoció de camino a la capital le encargó comprar alimentos en el pueblo e ir a dejárselos a su casa a cambio de una porción de los mismos, además de una cama por la noche y unas cuantas monedas. Si bien los alimentos que Joe recibiría no eran suficientes para satisfacerlo por completo, nadie le había ofrecido algo mejor, por lo que el muchacho aceptó lo que tenía a mano en lugar de volver a lanzarse a la incertidumbre de las calles.

Cargando el abultado peso de una bolsa con alimento para varios días, Yabuki Joe se adentró en el denso bosque, guiándose a través del laberíntico mar de árboles con la ayuda de un mal trazado mapa de la zona y de los insectos locales. La distancia que debía recorrer, bastante extensa si se midiera en línea recta, se multiplicaba por cinco o seis gracias a la ausencia de un camino establecido y la gran cantidad de obstáculos naturales en el área. Un ninja común la tendría fácil si se dedicara a saltar sobre las ramas de los árboles, mas Joe no podía hacer gala de esas capacidades mientras cargaba la bolsa de alimentos. El peso le hacía ocupar parte importante de su fuerza física a la vez que reducía su velocidad de desplazamiento, y su resistencia se haría añicos en un instante si intentara correr con tal carga, por lo que no tenía otra opción más que caminar lento y seguro hasta llegar a su destino. Cada paso del pelinegro lo acercaba lentamente a la lejana casa del anciano, drenando sus energías de forma constante y llevando dolor a su cuerpo; sin embargo, esto no lo detuvo, ya que sabía que una cama lo esperaba. Para el pelinegro no existía mejor sensación que la de la espalda sobre un suave colchón después de un día agotador.

Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Cada uno de ellos acompañado por el crujir de las ramas secas en el suelo, el sonido de las hojas de los arbustos siendo movidas a la fuerza y el de las piedras pateadas por casualidad, cada uno delatando la presencia del vagabundo ante las heterogéneas miradas de los habitantes del bosque. Esta era la primera vez que el muchacho caminaba por el imaginario sendero, pero las bestias ya habían aprendido a mantenerse alejadas de los ojos del Yabuki; después de todo, él les enseñó que el fuego es un excelente método de disuasión, y las más insistentes conocieron el terror a manos de los inclementes Kikaichu. Pausa. Tras casi tres horas de metódica caminata, el muchacho se detuvo para recuperar el aliento y darle un breve descanso a sus adoloridos pies y piernas, los que le daban la sensación de estar caminando sobre navajas calientes mientras usaba un pantalón de agujas. “¿Acaso habrá alguien que se vista con agujas?”, se preguntó el pelinegro al llegar a esa conclusión, tomando asiento sobre un tronco derribado después de dejar el saco de alimentos junto al mismo.

Mientras descansaba, Joe decidió revisar su calzado, el que le parecía más incómodo que de costumbre, y se sorprendió al ver numerosas incrustaciones grises en ambas suelas. Una inspección más detallada le reveló la presencia de pequeñas piedras puntiagudas que se habían clavado en sus botas mientras caminaba, incomodándolo y reduciendo en gran medida la vida útil de su único par de zapatos. Con un leve suspiro, el pelinegro usó sus uñas para quitarlas, sin poder evitar pensar en que necesitaría un nuevo par más temprano que tarde. Al terminar su labor, y sin la capacidad de resolver su carencia por el momento, volvió a colocarse las gastadas botas y alzó su cuerpo aún agotado del improvisado asiento sobre el que se encontraba buscando un respiro, cargando la bolsa de alimentos sobre su hombro derecho antes de seguir caminando. La diferencia era notable: sus pasos no dolían tanto como antes, aunque la ausencia de las piedras dejó varios agujeros en sus suelas, los que permitieron que pequeñas ramas se clavaran en las plantas de sus pies, y eso sin considerar el frío que sentía en los mismos por tener contacto directo con la húmeda tierra del bosque. Al final, cambió una incomodidad por otras dos. La tarea se hacía cada vez más tediosa para el muchacho, pero el pensar en la cama que lo esperaba dentro de esa pequeña y cálida cabaña le hizo dejar de lado las quejas y seguir caminando.

Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Paso. Cada uno de ellos acompañado por el crujir de las ramas secas en el suelo, el sonido de las hojas de los arbustos siendo movidas a la fuerza y el de las piedras pateadas por casualidad, cada uno delatando la presencia del vagabundo ante las heterogéneas miradas de los habitantes del bosque, las que parecían haber aumentado desde el momento en el que reanudó su marcha. Cada trecho que avanzaba le parecía un déjà vu del anterior, su distraída mente incapaz de diferencias entre los arbustos y árboles que lo rodeaban. Si bien su agotamiento físico había disminuido un poco gracias a su receso, su mente se encontraba saturada de verde, generándole un agudo dolor de cabeza que no le permitía enfocarse en el camino que debía seguir, esto a pesar de que los insectos se mantenían guiándolo. Pausa. Una hora después de haber reanudado la marcha, Joe dejó caer el saco y se desplomó junto a él, cayendo sobre sus posaderas. En esta posición, cerró sus ojos y comenzó a masajear sus sienes con ambas manos, una expresión adolorida grabada en su rostro.

Mi cabeza… está caliente… —murmuró el joven en un tono muy débil, su respiración cada vez más agitada. Su voz apenas pudo salir debido al dolor que le produjo pronunciar esas palabras. Deteniéndose a evaluar la situación en la que se encontraba su cuerpo, Joe llegó a la conclusión de que había sido asaltado por un resfrío. No era la primera vez que se enfermaba, ya que su constitución física se hacía notar por su fragilidad; sin embargo, los síntomas nunca habían sido tan fuertes, y nunca se había sentido enfermo en medio de la nada. De haber estado en un poblado o en un camino conocido, algún buen samaritano podría haberlo ayudado. Este fue el caso en todas las ocasiones que necesitó de asistencia médica, ya que no poseía los recursos para pagar por medicina; sin embargo, en medio del bosque, en un sendero inexistente, esperar la ayuda de alguien más era algo completamente descabellado. Y, aunque el muchacho no quería pensar en ello, existía la posibilidad de que se tratara de algo más complicado que un simple catarro. El muchacho se quedó sentado en ese lugar por un tiempo que no fue capaz de calcular.

No puedo… aquí… —pronunció con dificultad, dejando su idea inconclusa al levantarse y volver a cargar el saco de comida sobre sus hombros. Esta sencilla acción, que hace unas horas pudo realizar sin dificultad, ahora lo dejó tratando de recuperar el aliento. Prácticamente podía escuchar a cada uno de sus músculos gritando que se detuviera, que se quedara sentado sobre la suave tierra, que les diera un respiro… y sin duda se trataba de un pensamiento más que tentador en esa situación tan compleja; sin embargo, su estado físico no mejoraría de un momento a otro, por lo que su única opción era seguir caminando en búsqueda de su destino. De seguir en ese lugar, su salud solo podía empeorar y, en el peor de los casos, ese bosque pasaría a ser su tumba, por lo que tomar la decisión no fue difícil para Joe, quien valora su vida más que cualquier otra cosa. Su condición no le permitiría volver a revisar el mapa, por lo que dependía completamente de los insectos de la zona y de sus kikaichu para navegar entre el mar de árboles, el que ya estaba comenzando a arrastrarlo a sus profundidades. Después de hacer un esfuerzo para normalizar su respiración, el Yabuki reanudó la marcha.

Paso. Paso. Paso. Paso. Pausa. Paso. Paso. Paso. Pausa. Paso. Paso. Pausa. Paso. Cada uno de ellos acompañado por el crujir de las ramas secas en el suelo, el sonido de las hojas de los arbustos siendo movidas a la fuerza y el de las piedras siendo arrastradas por sus pies, cada uno delatando la presencia del vagabundo ante las heterogéneas miradas de los habitantes del bosque, cada pausa acercándolas peligrosamente, cada acercamiento siendo más frecuente. Las antes temerosas bestias, al sentir la debilidad del foráneo opresor, comenzaron a recuperar su ferocidad, la que solo se vio acentuada por el olor a sangre que el muchacho comenzó a emanar. Sin estar consciente del terreno bajo sus pies, Joe pisó una rama que se introdujo por la suela de su bota izquierda, clavándose profundamente en la planta de su pie. Con un gruñido de dolor atravesado en la irritada garganta, el muchacho ordenó a los insectos en su interior que removieran el objeto invasor, la tarea causándole igual o más dolor que esa rama. La herida que quedó era bastante profunda, por lo que no pudo evitar el sangrado; sin embargo, al usar a sus kikaichu como una especie de tapón, pudo frenarlo temporalmente.

Esto no… se ve bien… —vocalizó sin que su voz pudiera ser oída, expresando lo obvio de su situación. Sus palabras no eran necesarias, ya que no había nadie que pudiera responder a ellas; sin embargo, el pelinegro sentía la necesidad de expresar sus ideas con su voz de vez en cuando, siendo esto un hábito muy arraigado debido a su constante soledad. En esta ocasión, sus palabras querían servir como distractor, algo que le ayudara a ignorar el sonido en aumento de las bestias que lo acechaban, las que ya habían perdido toda inhibición al percatarse de la gran ventaja con la que contaban. Sus pasos dejaron de ser silenciosos y pronto se encontraban a plena vista, desafiando la autoridad de aquél que las había amedrentado. Cuatro perros asilvestrados salieron de entre los arbustos, acercándose con miradas famélicas, ladrando advertencias y amenazas… o eso imaginó el joven, ya que no sabía hablar perro. Joe maldijo su suerte en ese minuto. Si sus oponentes fueran humanos, al menos tendría la oportunidad de rogar por su vida, pero las bestias frente a él no se detendrían por meras palabras. Una demostración de fuerza era necesaria, pero el joven no sabía si podría salir victorioso de esta situación, o siquiera ofrecer algún tipo de pelea, por lo que, en una oleada de inspiración, se inclinó por otra alternativa.

El viejo me regañará por esto… —pensó en voz alta el pelinegro mientras dejaba el saco de comida a sus pies, para luego abrirlo y comenzar a hurgar dentro del mismo, buscando algo en especial. Cada uno de sus movimientos intentaba ser suave y articulado para no despertar la agresividad de sus acechadores. Su cuerpo le rogaba por un descanso y su cabeza le daba la impresión de que pronto estallaría si se atrevía a hacer algún movimiento brusco; sin embargo, entre la espada y la pared, Yabuki Joe no tenía más opción que forzar su cuerpo más allá del límite para poder seguir con vida. Con toda la concentración que pudo reunir, les pidió a los insectos que le indicaran la ruta que debía seguir, a la vez que estimulaba el flujo de chakra dentro de su cuerpo para tener una probabilidad de escapar. Mientras tanto, sus Kikaichu comenzaron a cubrir todo bajo su ropa, actuando como una última barrera. Al encontrar lo que buscaba, Joe tomó precauciones para no tocarlo directamente, ya que el olor se impregnaría en él y su plan se arruinaría. Usando algunos insectos como guantes, el joven sacó una gran bolsa sellada, la que ocupaba casi un tercio del saco, y la abrió, llenando las cercanías con un intenso olor a carne.

Los ojos de los perros comenzaron a brillar al momento de sentir el aroma de varios kilos de carnes varias, de vacuno, cerdo e incluso pollo. Esa bolsa, sellada de forma especial por el carnicero para evitar atraer a los animales carnívoros, contenía la totalidad de la carne que el viejo había encargado. Un soborno más que adecuado para esos animales hambrientos, un precio más que adecuado por zafar de la situación con vida. Las bestias guardaron silencio y comenzaron a cerrar las distancias, lo que Joe tomó como señal para emprender su huida. En cuanto éste levantó el resto del saco (mucho más ligero debido a la ausencia de la carne) y comenzó a correr, las bestias también lo hicieron; sin embargo, su objetivo era la bolsa que les fue entregada como tributo. Mientras se alejaba a toda velocidad, el pelinegro pudo escuchar cómo los perros rompían la bolsa para extraer el botín, lo que dibujó una sonrisa en su agotado rostro que pronto fue reemplazada por determinación. Su plan fue un éxito; sin embargo, esa medida no impediría que el resto de los animales lo persiguieran en caso de toparse con él, por lo que corrió sin detenerse a pensar en su estado físico.

Paso, paso, paso, tropiezo, paso, paso, paso, tropiezo, paso, paso, paso, paso. Cada uno de ellos acompañado por el crujir de las ramas secas en el suelo, el sonido de las hojas de los arbustos siendo movidas a la fuerza y el de las piedras siendo arrastradas por sus pies, cada uno más frecuente que el anterior. Haciendo lo posible para mantenerse con vida, el Yabuki corrió, corrió y corrió. Sus pies cada vez más heridos, sus heridas cada vez más profundas, sus pensamientos cada vez más nublados y su cuerpo cada vez más cerca del colapso, pero aun así corrió sin mirar atrás, siguiendo las direcciones que le había pedido a los insectos con anterioridad, ya que ahora ni siquiera a ellos los podía escuchar. Una carrera frenética por llegar a la seguridad, por seguir viviendo; sin embargo, también existía el egoísta deseo de comer. “¿De qué sirve seguir viviendo si no puedo comer al final del día?”, pensó el muchacho mientras se aferraba al saco de comida con todas sus fuerzas. Siempre existió la posibilidad de abandonarlo para poder correr más rápido, pero la necesidad de comer era un poco más grande que la de correr, y la necesidad de dormir cómodo era mucho más grande que la de comer, razón por la cual el pelinegro no había huido con la comida en lugar de llevársela al anciano. “¿De qué sirve comer si después no puedo descansar cómodo?”. Una lógica con fallos, sin duda alguna, pero Joe no era consciente de ello. Después de un tiempo que le pareció una eternidad, el muchacho dejó de sentir ramas golpeando su cuerpo y cayó de rodillas, apenas despierto, su boca abriéndose y cerrándose como si de un pez fuera del agua se tratase.

Sa… sa… ¿salí…? —balbuceó el muchacho exhausto antes de colapsar, cayendo hacia un costado. Lo último que sus ojos pudieron ver fueron varias siluetas acercándose a su cuerpo, las que comenzaron a hacer mucho ruido amortiguado. “Al final fue en vano, ¿eh? Me alcanzaron…”, pensó el muchacho mientras su conciencia se hundía en la oscuridad del subconsciente. “De saber que terminaría así, me hubiera robado la comida del anciano… no me gusta causar problemas, pero así no estaría muerto. Morir cansado y con hambre, ¿acaso hay destino peor?”. Después de pensar esas palabras, recordó que hay muchas formas de morir que son mucho peores a esa, como morir de hambre o quemado, por lo que no se sintió tan mal. “Al menos ya no siento el dolor que sentía antes… si esto es la muerte, es más cómodo de lo que creía… pero…”

………

……



“Nunca encontré respuestas…” Incluso dentro de su cabeza, esas palabras estaban cargadas de tristeza.

Joe había vivido como un vagabundo desde que tiene memoria y sus recuerdos comienzan apenas hace unos años, por lo que su vida ha estado siempre llena de preguntas que no han encontrado respuesta. ¿Dónde nací? ¿Tuve padres? ¿Qué hay de hermanos? ¿Alguna vez viví en una casa? ¿Tuve amigos? ¿O algún pasatiempo? ¿Cuál era mi comida favorita? Estas, y muchas otras, se pasearon frente a sus ojos; sin embargo, solo una las reunía a todas, siendo el misterio más grande de su vida: “¿Quién soy?” Se preguntó una vez más, sus ojos derramando lágrimas de frustración. Si ese era el final de su vida, no estaba satisfecho con ello, jamás podría estarlo. Era un final vacío, sin otro propósito más que el de llenar el estómago de unas cuantas bestias. “¿Acaso ese era mi propósito? No… no puedo aceptarlo, ¡me niego a aceptarlo!” Gritó sin voz el pelinegro, su “voz” perdiéndose en la oscuridad. “Aún hay cosas que quiero saber, quiero conocer más lugares, ¡probar comida deliciosa hasta llenarme el estómago y descansar en una cama digna de un feudal!” Vociferó en medio de la oscuridad, revelando sus más íntimos deseos. Motivaciones sencillas de un muchacho sin más metas, el que solo quiere vivir el ahora de forma tranquila… y ahora, ese era su deseo más grande. “Quiero vivir…”

“Quiero vivir…” Repitió ante el vacío, el que no le devolvió más que silencio. “Quiero vivir… quiero vivir…” Volvió a repetir, desafiando el statu quo de la oscuridad, negándose a perderse en la misma. “Quiero vivir. Quiero vivir. Quiero vivir. Quiero vivir. Quiero vivir. Quiero vivir. Quiero vivir. Quiero vivir. Quiero vivir. Quiero vivir…” Esas dos palabras se habían transformado en un mantra que Joe repetía una y otra vez, cada vez más desesperado, deseando transformarlo en realidad. “Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir…” Las lágrimas se hicieron más frecuentes a medida que desesperación pasaba a transformarse en fervor. “¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir!” Y el fervor pronto pasó al fanatismo. “¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR! ¡QUIERO VIVIR!” Un deseo sincero entregado a la nada, una voluntad negándose a morir en la oscuridad, un grito rompiendo el silencio…

¡QUIERO VIVIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIRRRRRRRRRRRRRRR! —Las roncas palabras del pelinegro salieron de la nada, su voz más alta de lo que nunca había sido. Sus ojos se abrieron de par en par al momento de gritar y observaron al cielo cubierto por algo marrón. Joe pudo escuchar el sonido de algo moviéndose unos metros más allá, pero, al estar recién despertando de su sopor, su cerebro no fue capaz de procesar esa información.

Haah… haah… haa… —El grito vital drenó las pocas energías que el muchacho tenía en ese momento, por lo que no pudo evitar jadear debido al cansancio. A medida que su mente comenzaba a despertar, también comenzó a sentir el dolor que casi había olvidado; sin embargo, era mucho menos intenso que cuando se encontraba corriendo por el bosque. Un parpadeo, dos parpadeos, tres parpadeos. Joe reconoció lo que estaba mirando como un techo de madera y se percató del hecho de que sus pulmones estaban recibiendo aire sin problemas. Sus extremidades estaban levemente entumecidas, pero no tenían complicaciones para moverse, e incluso su pie izquierdo estaba en buen estado. Sintiendo unas tibias gotas corriendo por su mejilla, el muchacho se llevó las manos al rostro y se percató de las lágrimas que salían de sus ojos, las que no daban señal de detenerse. Una sonrisa se dibujó en sus labios al llegar a la conclusión de que seguía con vida. La alegría que lo embargó era abrumadora pero pronto fue reemplazada por un estado de alerta. Estaba vivo, sí, pero no sabía por cuánto tiempo seguiría así. Ese día tuvo la suerte de recibir ayuda, pero siempre existía la posibilidad de no poder ver el día siguiente.

¿Hm? —Cuando un hombre mayor hizo ingreso a la habitación, se sorprendió de no ver a nadie en la cama que había estado ocupada apenas hace unos minutos. Al pasear su mirada por el lugar se percató de que uno de los rincones más alejados de la puerta estaba demasiado oscuro para ser mediodía, y una observación más atenta le reveló la presencia de cientos de miles de insectos que rodeaban al otrora muchacho convaleciente, el que lo estaba mirando fijamente, desafiándolo a que se acercara. El hombre le devolvió la mirada, enfrentando agresión con serenidad, y se limitó a dejarle un plato de comida y pan sobre la cama antes de retirarse. Al sentir el fragante aroma de la sopa de pollo, el estómago del muchacho comenzó a gruñir, dándole aviso de cuánto tiempo había estado sin comer algo, por lo que, sin considerar su seguridad, abandonó el rincón que había sido su fortaleza y se abalanzó sobre la comida, quemándose la lengua al tratar de tragarse la sopa; sin embargo, eso no lo detuvo, y comenzó a usar trozos de pan como cuchara para seguir comiendo. En menos de treinta segundos, la comida desapareció, el cuenco casi limpio debido a la acción absorbente del pan.

¿Quieres más? —preguntó el anciano con la risa atorada en la garganta por ver al pelinegro con las mejillas hinchadas por el pan, dándole la apariencia de una ardilla. Olvidando toda la agresividad que demostró al momento de levantarse, Joe asintió con fuerza, devolviéndole el cuenco. “Ah…”, pensó el joven al ver con calma el rostro del hombre que volvía con más pan y sopa. “Al final sí llegué a la casa del viejo… pero ¿cómo…?”, comenzó a preguntarse después de tragar lo que tenía en la boca antes de seguir comiendo. Su duda era sobre el pollo que tenía en la boca, ¿cómo era que el viejo tenía pollo si él (Joe) tuvo que dejarlo atrás para poder escapar? La respuesta que se le entregó era más que sencilla: el anciano compró más comida mientras el muchacho estaba inconsciente, estado en el que se mantuvo por dos semanas. Durante ese tiempo, el anciano curó sus heridas con la ayuda del ninjutsu médico.

Gracias por salvarme, pero… ¿En verdad seguiste esa ruta tan peligrosa tú solo? Increíble… —preguntó el pelinegro ya vestido y satisfecho, asombrado por la revelación de que el hombre había recorrido el mismo camino que él sin sufrir contratiempos. El solo recordar esas horas en el bosque le traía escalofríos.
¿Ruta peligrosa? ¿De qué estás hablando? Si vivo a menos de una hora del pueblo —respondió el hombre, su rostro revelando sorpresa ante las palabras del muchacho.
P-p-pero el mapa… ¡El mapa mostraba una ruta atravesando el bosque! —exclamó Joe, completamente indignado. ¿Acaso el hombre quería poner su vida en riesgo? Porque de ser así…
Oi, oi, cálmate un poco —suplicó el hombre, alzando las manos en gesto apaciguador al sentir el intento asesino que emanaba de su interlocutor, para luego hablar con extrañeza. —¿Mapa? ¿Cuál mapa? Yo no te pasé…
¡Este mapa! —gritó el Yabuki al sacar un papel arrugado del bolsillo interno de su chaqueta, golpeando la mesa al momento de dejarlo sobre ella. El hombre miró el papel y su mirada cambió radicalmente, pasando a una que no revelaba expresión alguna. —¿¡Todavía intentarás negar que intentaste matarme!? ¿¡Aún después de que me pasaste…!?
Una nota…
¿Eh?
Eso no es un mapa, es una nota escrita —respondió el hombre usando un tono monocorde.
¿Una nota?
Sí.
¿Escrita?
Así es.
Ah.
¿Cómo puede alguien confundir una nota escrita con un mapa…?
No sé leer.
¿Eres analfabeto?
¿Qué es eso?
Que no sabes leer.
Ah, así es.
Ah...
Lamento mucho las molestias que le he causado. Ya me retiro.
Sí.

Sin intercambiar más palabras, Joe Yabuki se retiró de la casa del anciano sin preguntarle por el dinero que se le había ofrecido, su rostro completamente rojo debido al bochorno que había pasado. Al observar los alrededores, se percató de que pasó junto a esa casa unos minutos antes de entrar al bosque, por lo que todo el viaje que hizo fue en círculo. Los ojos que minutos atrás derramaban lágrimas de alegría, ahora derramaban lágrimas de frustración. Su ignorancia le pasó la cuenta y lo puso en riesgo de muerte. “Equivocarse es parte de estar vivo”, se dijo, intentando consolarse; sin embargo, ya estaba decidido. Esa sería la última vez que tendría problemas por culpa de su analfabetismo. Usando sus mangas, el muchacho secó las lágrimas de su rostro mientras una leve sonrisa se le dibujaba.

Ahora… ¿venderán libros que enseñen a leer? ¿Y cómo los leeré si no sé hacerlo? Deberé pedirle ayuda a alguien, pero ¿me querrán ayudar? —Con esas palabras para sí mismo, el pelinegro volvió a las familiares calles, vagando sin rumbo fijo, buscando lo que quiere y necesita para seguir viviendo con calma.

Técnica utilizada:
Kikaichū no Jutsu (寄壊蟲の術, técnica de los insectos de destrucción parasitaria): Técnica pasiva y fundamental, base de todas las demás técnicas del clan Aburame. Al ser transformado en una colmena para los kikaichū al momento de nacer, el ninja Aburame obtiene la capacidad de comunicarse con toda clase de insectos, los que siguen todas sus órdenes, al pie de la letra y sin importar cuáles sean; sin embargo, su vínculo más fuerte siempre será con sus kikaichū.

La restricción de esta técnica radica en la cantidad de insectos que el Aburame puede liberar para sus técnicas, ya que, si bien éstos son inagotables, su uso excesivo puede significar una reducción importante de la población de kikaichū en su cuerpo, lo que se traduciría en una merma de insectos para las técnicas futuras.

El ninja Aburame puede utilizar cuatro técnicas diferentes relacionadas con sus insectos (entiéndase, kikaichū) antes de verse obligado a esperar tres turnos consecutivos sin liberar kikaichū para que la población alcance sus números normales. A medida que ascienda de rango, el Aburame podrá realizar dos técnicas adicionales por cada rango obtenido, alcanzando un máximo de diez técnicas. Mientras la colmena reestablece sus números, ésta se alimenta del chakra del Aburame, consumiendo el 20% de éste durante el tiempo de espera. Si los niveles de chakra del ninja disminuyen demasiado, la producción de nuevos insectos se detiene y deberá depender de los que se encuentren fuera de su cuerpo.

Otra restricción a esta técnica es el uso de insectos kikaichū hembra, ya que éstos son los más valiosos dentro de cada colmena debido a que se relacionan directamente con la tarea de reproducción y mantención de la población dentro de la misma. El ninja Aburame sólo podrá utilizar diez kikaichū hembra por combate, reestableciendo dicha cantidad al término de la pelea.
Yabuki Joe
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