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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Come back here! Come... Bah! [Misión Rango D]

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Come back here! Come... Bah! [Misión Rango D]

Mensaje por Hyūga Kaname el Vie Jun 10, 2016 8:54 pm


La vuelta a la capital desde luego no fue sencilla. No pocos sospechaban de ella tras la paliza al muchacho en la playa, y se había ganado nuevos y poderosos perseguidores que dejaban a Kao y su cuadrilla de imbéciles rematados en peor lugar, si cabía opción. Tuvo que dar muchos más rodeos para volver que para irse, pero al final consiguió llegar… a ningún sitio. O eso creía ella.

Era una casita modesta pero que demostraba cierto poderío económico. Allí, en mitad de la nada, una estructura de dos plantas, con al menos cien metros de planta, se erguía siempre por debajo de la bóveda de árboles. En su interior se escuchaban los gritos de dos pequeños y dos adultos, mientras que fuera se veía a un tercer niño estirándose con pereza a la sombra de un nogal silvestre que por azares de la vida crecía dentro del jardín en armonía con el resto de setos y hierbas de la zona.

A Aza le gustaría este sitio. Está lleno de flores para una princesita como él. – Comentó distraída, no sin tener en boca un insulto para su amigo el guardia pelirrojo. No tenía otra intención al acercarse a la puerta que la de pedir un vaso de agua fresca para continuar el camino, quizás una que otra cosilla para picotear si le ofrecían, pero desde luego no quedarse más de lo necesario. Por desgracia existían otros planes para ella, unos muy confusos.

Al llamar a la puerta apenas llegó a tocar con los nudillos la madera antes de que una mujer de mediana edad abriese. Tenía rubios cabellos desordenados, con mechas negras destacando sobre la cascada de oro, y una mirada de dos esmeraldas engastadas en las cuencas que sin embargo ardían como el plomo puesto a hervir. Estaba claro que iba a explotar de un momento a otro, lo que Kaname no sabía era cómo. Echó un vistazo a sus espaldas, escorándose ligeramente a la derecha para salvar la diferencia de altura de al menos dos cabezas, y encontró el interior de la casa hecho un desastre; de pasada vio a un hombre sin camisa corretear detrás de un crío que la llevaba por capa, y detrás otro más pequeño intentando, por increíble que sonase, poner orden gritándole a su padre y su hermano.

¡Por fin! – Exclamó la mujer con cierto disgusto en la voz, un desagrado difícil de ocultar y para nada agradable; – Creía que a los ninjas os iba aparecer pronto, maldita sea. Da igual. Ya no importa. Escúchame, quiero que te lleves a estos tres de excursión al bosque durante al menos un par de horas. Y cuidado con el mayor, es un peligro para el orden público. ¡Hala, pasa a recoger a los dos mayores! ¡Y no te olvides del pequeño, ya le comenté el problema a tu superior cuando hablamos del pago!

Sin comerlo ni beberlo, antes de poder asimilar siquiera lo ocurrido en breves instantes, Kaname se encontró con un trío de mellizos de edades cercanas entre sí y en mitad del camino al bosque. No le habían dado su vaso de agua y ahora lo estaba lamentando.

Kota, que era el mayor de los tres, medía casi el doble que Kaname a su edad, nueve años, y tenía el pelo alborotado de color marrón oscuro. Unos pequeños ojos igual de verdes que los de su madre despuntaban bajo la sombra de unas cejas finas y bien depiladas. Por su físico debajo del cuello, delgado, casi esmirriado, pero con una musculatura subyacente apreciable casi a simple vista por lo pegado de sus ropas de colores dispares, bien podía adivinarse una personalidad casi tan enérgica como la de la propia Kaname.
Yasúo era el segundo en orden descendente. De complexión ligeramente más ancha que su hermano mayor, tenía los hombros anchos en exceso para su edad, pero seguía poseyendo la figura de un niño. Con una media melena castaña clara tapando uno de sus ojos, como los protagonistas de esas obras de teatro infantiles en las que seguramente se había inspirado, mientras el otro relucía con un iris marrón como los de su padre; nacía de ellos una mirada menos enérgica que la de Kota, pero no por ello menos infantil. Se notaba a la legua que estaba acostumbrado a poner orden entre sus hermanos, e incluso sus padres, por cómo viraba los ojos a través de los allí presentes y lanzaba suspiros como si ya estuviese agotado.
Jito era el más perezoso y pequeño de los tres. Había heredado de su abuelo, además de ojos castaños un poco más claros que los de su padre y hermano, una cabellera rubia más brillante que la de su propia madre, aunque mucho más recortada. Parecía distraerse con facilidad, como el mayor del trío, pero además de eso también bostezaba mucho; otra parte de la herencia, una que Kaname se suponía debía conocer pero no tenía ni la más mínima idea, era la narcolepsia que su antecesor le había dejado, a falta de dinero para su nietecito pequeño.

¡Bien! – Empezó a decir animada Kaname. A fin de cuentas no parecía algo complicado encargarse de tres críos, mucho menos cuando uno era como ella misma; pobre desgracia, no tenía ni idea de a qué se enfrentaba; – ¡Vámonos de excursión; os prometo que nos vamos a divertir! – añadió después, ignorante de la gran razón que tenía. Kota, el mayor, iba a pasárselo pipa y Jito también durmiendo en cada que tuviese la ocasión.

No tardaron en lloverle los primeros problemas cuando apenas se había internado medio kilómetro en el bosque. Se había dejado atrás a Jito, quien dormido de pie disfrutaba de una agradable siestecita mecido por el viento suave como un diente de león. Cómo se mantenía de pie era algo que no alcanzaba a comprender ni él mismo. Y mientras tanto Kota, desoyendo cualquier orden de Kaname, salía corriendo cada dos por tres hacia direcciones aleatorias forzando a la ninja rosa a escoger entre prevenir a uno de ser pasto de alimañas o a otro de despeñarse por un barranco de la zona, que no faltaban entre tanto valle de verdes colinas. Yasúo era el único capaz de mantenerse cuerdo en una situación así, cuando la canguro de habilidades excepcionales colapsaba sobre sí misma y se iba por ahí con su hermano mayor a explorar. Al final, resultaba ser él quién recogía al pequeño y lo dejaba en un lugar seguro, de la misma forma que prevenía a los otros dos de terminar en la garganta cualquier desfiladero aleatorio sin opción a recuperar sus cadáveres.

Gradualmente, de la misma forma que el mediano tomaba las riendas del asunto, Kaname fue perdiendo el cuidado y se convirtió en un dolor de cabeza más para el niño de apenas siete años recién cumplidos, quien había tenido que madurar a marchas forzadas por la jaula de grillos trastornados en la que vivía.
Tampoco parecía importarle demasiado… y hasta se sentía cómodo usando esas habilidades suyas. No entendía cómo lo hacía, sus hermanos tampoco y Kaname… mucho menos, pero de alguna forma lograba moldear el chakra en forma de hilos nacidos en la punta de sus dedos. Con eso, podía controlar a los demás en apenas un roce, lo que venía de perlas teniendo en cuenta a su familia; ponía a salvo al pequeño Jito, dejaba atado a Kota en algún árbol o impedía a Kaname caerse precipicio abajo cuando era necesario.

Pasaron las horas, el tiempo voló para la ninja de la trenza y habilidades Hyûga, y al final hasta se pasó de rosca con la excursión; volver fue una odisea incluso mayor para el pobre Yasúo, quien además de cargar con su hermano pequeño en brazos tuvo que apañárselas para que Kaname no siguiese animando al mayor a liarla más parda todavía.
Apareció la casita al fondo, en la distancia, con una de las ventanas iluminadas por una antorcha colgando por fuera. El cielo abierto para el nacido segundo, que no veía el momento de llegar a casa y echarse a dormir después del día que había tenido.

Y como el mundo no es justo, quien se llevó la recompensa de la supuesta misión no fueron ni el ninja contratado originalmente, que al final no apareció nunca, ni quien más la merecía, Yasúo. Para nada. Kaname no dudó un instante en extender las manos, coger el dinero y hacer una reverencia tras otra.

Ha sido un placer trabajar con sus hijos, señora. – comentaba entre doblez y doblez del cuerpo; – Si alguna vez tienen que volver a cuidarlos no dude en buscarme a mí para… – pero antes de poder terminar alguien, o algo, cerró la puerta de golpe con muy mala sangre.
A la mujer de dentro le dejó un bonito golpe en la punta de la nariz, mientras que Kaname se llevó un susto de muerte. La antorcha se apagó de la nada, cayendo también al suelo sin una explicación plausible al hecho, y el miedo se apoderó de la Hyûga de pelo trenzado que no tardó en echar a correr bien lejos de allí por aquello de los fantasmas.

Yasúo se tumbó en la cama agotado, dejando caer los hilos de chakra sobre el suelo mientras estos se desvanecían volviéndose invisibles como de costumbre.
Eso sí era una herencia, y no lo de su hermano pequeño.
Hyūga Kaname
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