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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Fábulas del bosque

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Fábulas del bosque

Mensaje por Uchiha Sukino el Miér Jun 15, 2016 12:16 am


Otra gota de agua, o quizás una lágrima, escurría desde la punta del mentón hasta la superficie del lago, cubriendo las antiguas ondas con nuevas que avanzaban sin un final claro mientras él miraba su propio reflejo deformado en la superficie del lago, cubierto de una suave luz plata por parte de una luna casi oculta, en apenas un cuarto creciente. Lo hacía con la misma duda sobre adónde iba que la cresta de su diminuta ola, a la que por el rabillo del ojo veía extinguirse sobre una superficie en calma casi absoluta de no ser por sus piernas sumergidas hasta las rodillas.

Lejos estaba de haber sido un día duro, o tan siquiera un mal día, dentro de los estándares normales. Pero para una visión deformada, gris, como la suya todos eran igual de crueles. Llenos de recuerdos imborrables a la par que imprecisos, alterados con el paso de los años por una culpa con la que insistía en cargar a pesar de no tener motivo. Era como si, muy en el fondo, quisiese ser el único responsable de las desgracias que lo rodeaban. Una peligrosa mezcla de ego desmedido e incapacidad para ver el auténtico cariz de las cosas. Una ventana abierta de par en par por donde se colaban los pestilentes vientos de la memoria, arrastrando a su paso caras sin nombre tendidas en el suelo bañado por la sangre. Él les había fallado a todas y cada una de esas caras, y también a las que yacían tras ellas: novias, mujeres, maridos, hijos, padres, madres… todos ellos con ojos hinchados del llanto cuyas lágrimas pesaban sobre él.
No fue una casualidad que volviese a su hogar tras la guerra. Tuvo la oportunidad, y bien lo sabía, de dejar atrás a su familia, sus padres y hermana mayor, en pos de una nueva vida en el completo anonimato dentro del País de la Cascada. No en pocas ocasiones se arrepentía de la decisión tomada, y junto a esa otras muchas le recordaban lo mal que lo había hecho a lo largo de tantos años.

Caminando sin ganas, movido más por la inercia de un primer paso que por el movimiento de dar otro nuevo, se acercó a la orilla donde una alfombra marrón de barro guardaba todavía la silueta de su cuerpo. Antes de girar y tumbarse se detuvo unos momentos, observando la solitaria forma estirada, con los brazos en horizontal. En momentos así, tan sencillos a otros ojos, los suyos se daban cuenta de que allí faltaba algo, la hendidura de otro peso en la tierra empapada. Y en ese instante sentía una punzada de dolor, una daga invisible pero ardiente pasándole a través del pecho para estancarse sobre el corazón. Siempre, desde que empezaba a sentirse así hasta que se detenía, sumergía a su mente en los recuerdos de días felices mientras las fuerzas le fallaban. Colapsaba, dando con las dos rodillas en el suelo, y se echaba a llorar como única forma de soltar todo el dolor. Aprovechaba la oscuridad casi total, fiel compañera de su reciente amiga soledad, para gritar hasta desgarrarse la garganta; aún entonces seguía para quedarse sin voz. Y cuando ya lo estaba, solo entonces, se permitía a sí mismo un pequeño regalo: el dolor silencioso.
Un ritual lento pero necesario, sin él saberlo, para ir purgando poco a poco un interior consumido a fuego lento por una llama inextinguible.
Pero incluso el más pequeño de los Uchiha sabía que eso era auto compadecerse hasta lo ridículo, un saber que daba la vuelta al proceso para volver a empezar. Podían pasar horas, a veces incluso días, hasta que volvía a estar en un estado emocional mínimamente estable como para estar rodeado de gente. Esa vez, al parecer, iba a ser lo segundo en lugar de lo primero.

Decidió no tumbarse. Volvió a erguirse, con las rodillas rascadas por la arena seca desenterrada al caer, y buscó a tientas la camiseta. Se la puso cuando todavía estaba mojado, dejando que la humedad aprisionada entre la piel y la tela lo refrescase cuando ocasionales rachas de viento suave removían una media melena planchada por esa misma agua. Un último vistazo a las inscripciones de la camiseta fue el final de la quietud.
Otra vez empujado por la inercia se adentró en el cercano bosque, un milagro de la naturaleza en el hostil terreno rocoso del país, y entre sus ramas empezó, como cada día, a perseguir a los fantasmas del pasado. Formas que a veces se mostraban amigables y huían hasta que caía rendido, pero que sin embargo en otras ocasiones eran crueles con él, fieras como bestias salvajes, permitiéndole darles caza sólo para desvanecerse al tacto. Un instante efímero, tan breve que sólo podía atesorar si despertaba las dos aspas del letargo constante, donde creía poder sentir el calor de un hombro estrecho y débil bajo su mano; al evaporarse, su propia temperatura caía en picado, casi a la par de unas cada vez menos abundantes de seguir con todo, con vida.
Pero a pesar de todo no podía olvidar quién ni qué era. Sus sentidos rara vez bajaban del estado de alerta máxima, algo que le permitió captar, de entre todos los sonidos que ocupaban el aire entre las ramas, unos en particular. Media sonrisa asomó en su húmeda cara, como si hubiese esperado por aquel momento toda la noche, y mientras, de manera instintiva buscaba ya entre las ranuras de sus pantalones un arma propia de los ninjas.

Lanzó sin previo aviso dos estrellas muy juntas, casi paralelas, hacia un punto incierto que resultó ser un árbol. Al examinar mejor el terreno, usando la estela de los aceros para ello, pudo ver una forma pequeña y rechoncha escaparse de ellas por muy poco, casi como si las hubiese escapado. Era gris en su mayoría, con guantes de pelo negro en las patas y anillos intercalados de plata y carbón a través de una cola esponjosa que se perdía entre los arbustos.

Putos bichos. – Escupió de mal humor, para después encaminarse hacia los puntiagudos proyectiles con intención de recuperarlos.
No que pudo prevenir, y seguramente no hubiese sido el único de estar en compañía, fue la palmada en plena pierna que algo le dio. Fue una garra pequeña, insuficiente siquiera para dañar la tela de su prenda inferior, aunque lo bastante notable como para poner en mayor alerta a sus sentidos.
No estoy para juegos. – Volvió a gruñir en lo que su mirada de ojos marrones buscaba algo en mitad de una densa oscuridad donde sólo siluetas recortadas contra sombras de mayor negrura eran perceptibles. – Idos a buscar a otro al que tocarle los cojones esta noche. – añadió, y casi parecía creerse que las criaturas del bosque, pobres animalillos sin culpa de nada, podían hacerle algún tipo de caso o llegar a entenderlo en lo más mínimo.
Aun así estaba convencido de que había bastado, por lo que sin más estiró una mano y buscó retirar los dos aceros del tronco sangrante. Sorpresa mayúscula la del Uchiha al quedarse sujetando el aire al momento siguiente, pareciendo un loco incluso mayor que cuando le hablaba a la fauna en busca de una comprensión inexistente. Una risilla infantil a sus espaldas erizó hasta el último vello de su cuerpo

Lo que sea menos niños, por Buda. – gruñó por lo bajini, para acto seguido girarse a encarar a la oscuridad con cara de muy pocos amigos; – Escúchame, mocoso, si sigues tocándome la moral esta noche vas a tener pesadillas como nunca. Lárgate. – Una orden clara, aunque no lo bastante amenazadora en boca de un adolescente al parecer, que lejos de cumplir su objetivo provocó un efecto similar al de las estrellas. Parte del peso de su pantalón se esfumó como el humo ante una racha de viento. Comprobó rápidamente que eran el resto de shurikens y arrugó la nariz. Suspiró con pesadez y desgana a partes iguales antes de echar mano al estuche de su flauta, en la espalda. Lo abrió presto, acostumbrado ya al cierre de presión en ambos extremos, y deslizó el bambú del instrumento por sus dedos hasta que pudo notar la embocadura cubierta por una fina película de bambú. Acercó ésta a los labios, sin llegar a rozarla, para a continuación escupir un poco de aire que dio a luz una única nota de tormento.
Las corrientes locales extendieron y deformaron la sencilla melodía hasta hacerla abarcar un área de considerable tamaño, momento en el cual la parte más insignificante del clan Uchiha volvió a separarse la flauta de los labios. Una ligera presión en sus ojos, otrora dolorosa y ahora bien conocida, dio paso a unos iris carmesí rodeados por los fragmentos partidos de una pupila. En cierto modo, esos ojos no sólo reflejaban a su clan, sino a su propio corazón desmembrado.

Hoy es el día que me quedo sin gemelo. Sino lo mata él, lo hago yo con mis propias garras. Descerebrado, idiota, cabeza de corcho, cerebro de mosquito… – Una vocecilla idéntica a la que el menor del clan de ojos rojos había escuchado murmuraba en voz baja, a veces tono normal, innumerables insultos mientras sus patitas igualmente teñidas de azabache daban vueltas alrededor de una inscripción sobre la piedra. – “Si salimos a jugar de noche es más seguro” ¡Y una mierda como todo el tocón de grande! ¿Por qué le haría caso? Ay dios, ay dios… ¿Qué hago?

¿Pero qué pasa? – terció una voz, aguda como las dos primeras pero algo menos ridícula por algún motivo desconocido, desde el fondo de las ramas. No parecía preocupada, pero no dejaba escapar tampoco una desgana absoluta sobre el tema; – No me digas más: Ha vuelto a meterse en la cueva de ese oso. Por todos los… ¿Cómo ha llegado a tener la edad que tiene sin perder alguna pata por el camino?

¡Eso quisiera saber yo!

Está bien, iremos a por él… otra vez. Espérame aquí. – dio la vuelta sobre unas patas oscuras, rasguñando levemente la corteza del árbol, para encarar otra vez el hueco en el tronco que les daba cobijo a todos ellos. Antes de entrar se detuvo debajo de un marco natural, en el umbral entre el interior y el exterior del surco – Y deja de dar vueltas, me estás mareando.


El ninja lo encontró en el suelo revolcándose de dolor, como era de esperarse… o quizás no tanto. Sus ojos, tan legendarios según algunos, debían estar engañándolo de alguna manera. Tal vez una ilusión tan fuerte que ni siquiera con ellos despertados podía rasgarla, o a lo mejor una realidad más ridícula que cualquier tergiversación de la realidad posible, lo llevaban a estar delante de un mapache entre cuyos pelos plateados podía distinguir de forma más o menos nítida un sistema de chakra.

Si hubiese sido una transformación lo notaría se decía a sí mismo mientras encogía el cuerpo hasta encontrarse de cuclillas y lo recogía sin cariño alguno, sujetando al animal por el pellejo del cuello como haría una madre con su cría.

Esto es ridículo. – Dijo, ya en voz alta, mientras pasaba a soltarle el pellejo y sujetarlo sólo de los pelos de lo que sería la nuca en un humano para hacerlo girar lentamente, cual trofeo de caza.
¡No me tires del pelo! – Chilló con timbre asquerosamente agudo el mapache, hecho que le provocó al Uchiha un susto tal que por poco no lo llevó directo a la tumba con un infarto.
Del mismo sobresalto lo soltó de golpe, dejándolo caer en el suelo por las posaderas, pero lejos de por huir, todavía atontado por el sonido ya perdido entre las ramas, el mapache con negro antifaz sólo pudo arrugar el morro y sacudirse sendos tortazos mientras el Uchiha intentaba cerrar la boca de asombro.
Hos… tias… ¿Ha-hablas? – algo evidente, por supuesto, que bloqueaba cualquier otra pregunta en su cerebro
Eh… Noooo quéeee vaaaa… Soy un sueeeeeño, un sueeeeeeeeeño. – respondió presto el animal, para después intentar huir.
La rapidez visual del Uchiha cortó en seco la escapada cuando en nada se puso de pie y le pisó la cola con fuerza, asegurándose de que no se escapaba. Acababa de dar con la forma de no volver a trabajar en toda su vida; y es que cualquier circo, estaba seguro, pagaría una millonada por un mapache parlanchín y con chakra. Lejos estaba de imaginarse que no iba a poder dar un paso más antes de que una racha de viento, o más bien un tornado sin un origen claro, lo lanzase por los aires hasta encontrar su espalda asiento contra la corteza de otro árbol.

¡Ikki, imbécil redomado, ven aquí antes de que te mate! – Consiguió escuchar un atontado Sukino.
Apuntó rápidamente la vista hacia el enramado, quedando más impresionado si cabía opción al descubrir sus carmesíes orbes otra pareja de animales, y cada uno con su propio sistema de chakra. El ya conocido no tardó en unirse, momento en el cual el benjamín ya crecido de los Uchiha pudo darse cuenta cómo era idéntico a uno de los que no habían abandonado las ramas.

Una rápida reacción por parte del ninja lo liberó del tornado cuando consiguió juntar las manos e incendiar el aire a su alrededor, prendiendo en fuego el torbellino para forzar a su ejecutor a cortarlo de seco. Cayó al suelo, no sin la consiguiente molestia a la espalda, y rápidamente ejecutó una cadena de sellos que hinchió su pecho de la misma naturaleza inflamable para después escapar a través de los labios como una corriente enorme, consumidora de todo a su alrededor, con la que intentaba chamuscar al trío de curiosos atacantes. Algo que no ocurrió, siendo impedido por una idéntica llamarada de fuerza pareja que hizo explosionar la suya mucho antes de lo previsto. Ganó tiempo, al menos. El suficiente para volver a tener entre las manos la flauta y deshacerse a sí mismo en bruma mientras una copia ocupaba su lugar y esperaba en postura de falsa guardia.

No queremos hacerte daño, humano. Simplemente déjanos ir. Nuestro hermano no te molestará más. – Pidió con solemnidad la voz menos aguda, lejos de imaginar donde estaba el auténtico ilusionista.

Pues cualquiera lo diría. – advirtió a espaldas del trío. Sujetaba una daga en horizontal, cerca del cuello del más grande de los tres, y presionaba con ligera fuerza dándole a entender que había perdido.

Si los dejas ir a ellos no te impediré que me mates. Sólo te ruego, no lo hagas por la espalda. Perdería mi honor de guerrero. – una solicitud comprensible en la misma medida que desconcertante si se tenía en cuenta que era un mapache de, con suerte, setenta centímetros quien lo pedía

¿Guerrero? Eres un mapache que habla, no un guerrero.

Entonces contarás a la gente que un mapache que habla te estrelló contra un árbol, ¿verdad? – repicó rauda la respuesta del primero de todos. Ofendido, sobándose la cola, no tenía más que una mirada de profundo desprecio para el Uchiha menos significante, algo que él le devolvió y no pareció importarle en lo más mínimo: – Mírame como quieras, pero suena mejor lo primero. Puedes ahorrarte la parte del mapache. –
¡Ikki! – terció nervioso el restante del grupo, que encogido sobre sí mismo se balanceaba de forma peligrosa, en una cómica postura fetal, en la rama: – ¡Por dios, cállate de una vez! ¡Al final nos matarán a todos por tu culpa!

Aprovechando la distracción del ninja, el más grande entre los tres animales rasgó su dermis y lo hizo soltar el cuchillo. Un ágil movimiento de la cola, más fuerte de lo esperado, lo tiró al suelo. Antes de darse cuenta era él quien tenía la hoja de una pequeña espada sobre la yugular, amenazando con irse de paseo a lo largo de su cuello para rajarlo sin compasión. Pero a diferencia de él, la criatura de fábula era un auténtico guerrero, una criatura de honor, que no tardó en retirar la hoja y tenderle la mano en señal de respeto.
No me juzgues por esa acción, pero no puedo dejarte hacer daño a mis hermanos pequeños.
De alguna manera se sintió identificado, quiso ver a Sichi en la posición de ese mapache, y aceptó la pequeña garra tendiéndole a él un dedo en señal también de respeto.
Yo hubiese hecho lo mismo. Ahora decidme, ¿cómo es que podéis hablar… y usar chakra?

A la pregunta le siguió una larga historia, tal vez cierta o tal vez no, que terminó con los cuatro sentados en fila. El último de ellos era tímido, retraído, y apenas dedicaba miradas de soslayo al humano del que rehuía en todos los sentidos; a diferencia del primero que mantenía en los ojos el desafío hacia el Uchiha cuyos ojos habían vuelto a ser marrones, y no apartaba de su flauta la vista mientras se frotaba las patas delanteras con avaricia. Un golpe del tercero y más grande en su cabeza arregló eso, poniéndolo todo lo firme que le permitía su cuerpecito rechoncho.
Dejaron pasar las horas hasta que los dos más pequeños cayeron con sueño sobre el tronco, y el mayor aprovechó el momento para sacarse un pergamino de la vasija, que, de alguna manera, no había sido escupido con el tornado de horas atrás. Era de tamaño enorme para el mapache, aunque para el humano apenas ocupaba algo menos que la flauta; más grueso, eso sí, contenía en su interior las inscripciones grabadas hacía mucho en tinta negra. En el centro un enorme círculo de grabados místicos esperaba a la sangre de los dos. Un pequeño corte en la mano de cada uno seguido un apretón con la herida todavía fresca hizo chorrear unas cuantas gotas del rojo elixir sobre el centro exacto de la circunferencia.

Os pediré ayuda cuando os necesite.

Y nosotros acudiremos a prestártela. Tan solo recuerda, no te pertenecemos. Ni a ti ni a ningún otro humano, tan solo reconocemos tu fuerza como tú haces con la nuestra.


Uchiha Sukino
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