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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Herencia Perdida - Parte I - Misión: Rango D

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Herencia Perdida - Parte I - Misión: Rango D

Mensaje por Mikael. el Lun Jun 20, 2016 5:35 pm

Al fin he llegado. - El arribo fue casi inmediato luego de caminar por un largo camino hasta la capital.

El viento se regodeaba en la cima de un promontorio donde la figura de un encapuchado ataviado de una larga capa de viaje gris se alzaba silente y erguido ante un paisaje pintoresco que albergaba mucho tiempo sin ver, hacía semanas quizás, o meses inclusive; pero allí estaba, expectante y sosegado mientras su mirada bajo el velo sombrío de la capucha se paseaba al derredor de aquella ciudad, la misma con un estilo arquitectónico peculiar que no podía encontrar en otro lugar. Y es que, a pesar de mostrar cierta irregularidad estructural, parecía que esa misma cualidad o defecto según se mirara no le quitaba su esplendor en absoluto; al contrario, parecía más bien su emblema natural con aquellas calles sinuosas junto algunos jardines boscosos y pequeños puentes arqueados sobre estrechos canales de agua. Era un rasgo distintivo sobre la extensión citadina, y era aquella vivacidad y vista variopinta con la cual se identificaba. ¿Pero qué le traía hasta allí?

Sus pasos sobre los áridos páramos desérticos consecuentes hacia las nubes plomizas y descargas fluviales, e inclusive a través de las fértiles hierbas primaverales, le llevaron hasta aquel sitio ante el destino que trazaba más allá hacia el este de donde se ubicaba y en donde su vista en el horizonte le alcanzaba. No obstante, coincidente fue que poco antes de emprender la travesía desde su último trabajo en el viento, escuchase una noticia casual sobre la defunción de una mujer en su tierra natal, en sí, de parte de uno de los comerciantes de materiales textiles en donde se lamentaba la pérdida de la susodicha por ser uno de sus clientes más recurrentes. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue el desenlace que parecía haber ocurrido luego del fallecimiento: la herencia recaída a manos de uno de sus descendientes y el rumor que se contaba acerca de ese hecho tan peculiar y disidente a la moral.

Sonaba un tanto suspicaz para aquel fisgón que en aquel entonces escuchaba furtivamente con curiosidad aquel cotilleo detrás de una pared. ¿Qué podía perder al ir a corroborar? A fin de cuentas, aquello se encontraba en su camino, en su ruta, y sería una parada más. Fue ahí, que tras rememorar sus motivos días atrás para estar justo allí, decidió emprender el camino cuesta abajo a la pendiente que le seguía por delante en esa tierra que había arribado justo al salir de la hierba hacía unas horas atrás.

Sus ojos verdosos bailaban de un lado a otro en el interior de sus órbitas observando el espacio de la calle en la cual sus botas andaban y pisoteaban, con sus oídos en alto y pendientes absorbiendo todo el bullicio de la gente, y sobre todo, de los mercaderes con sus productos a la intemperie intentando atraer a todas luces potenciales clientes que se asomaban a hurgar lo que vendían sin tapujos e interesadamente. Su cuerpo encapuchado transcurrió a través de las serpenteantes calles, algunas adoquinadas u otras rudimentarias, y de tanto en tanto transitando bajo la sombra de árboles frondosos que le escondían efímera y esporádicamente de la luz inclemente de mediodía, llegando a atravesar puentes y canales por encima de algunas pequeñas embarcaciones que por debajo navegaban pacíficas con sus remos hasta por fin que pudo llegar a su objetivo con sólo preguntando a los lugareños.

Su cuerpo, estático y erguido, se postró frente a la entrada de aquella casona tradicional donde un guardia custodiaba el paso bajo un pórtico pequeño, con lanza en mano y perezosamente recostado sobre la superficie de la pared. No obstante, ante la llegada del visitante, el lancero se acercó e inquirió sobre la presencia de éste. Bastaron unas palabras para que dicho guardia diera la vuelta y se introdujera dentro del recinto no sin antes dejar al encapuchado aguardando afuera del mismo, pero no transcurrió mucho tiempo realmente, pues al cabo de unos minutos el hombre regresó junto a una criada aseverando que la dueña de la casa lo iría a recibir tal y como él había solicitado. Por lo menos, no hubo trabas o impedimentos mientras que la joven damisela fuese su guía en su ingreso residencial atravesando el umbral de la entrada por un camino de piedras hacia el jardín principal. El mismo se veía prolijamente decorado con arbustos, árboles, estanques y algunas estatuillas bien situadas por doquier al más y puro estilo oriental, sobre todo el techo inclinado de tejas arcillosas diseñado para el libre fluir del agua lluviosa por encima de una vista exterior del hogar separada por puertas corredizas de papel washi. hacia el interior.

El visitante se detuvo al pie de los escalones antes de ascender hacia el piso elevado de madera pulida, descalzándose de sus botas a buen resguardo en el genka y despojarse de su capa viajera revelando su figura verdadera: un joven moreno de rojos cabellos. Su largo pelo se descolgó tras su espalda y su mirada, fija y apacible, vislumbró lo que tenía por delante hasta que la chica le permitió entrar arrastrando el portal y dejarlo a solas en el amplio espacio que le precedía: una sala de invitados donde dos cojines, un par de zabutons, se acomodaban frente a una baja mesa de té que en su centro se erguía un bonsái no más alto que la palma de su mano. El pelirrojo avanzó sobre el tatami y tomó asiento en una pose de loto a la espera de la anfitriona.

El silencio de la casa era natural, casi ceremonial, mientras aquél que se mantenía a la espera y expectante a su recibimiento de pronto un ruido levemente rústico por la madera captó su audición a un lateral, justamente donde una puerta corrediza se arrastraba dejando paso a una figura ataviada de un largo kimono blanco que se desplazaba sobre el suelo con la sutileza de un caracol. La portadora, una mujer alta, esbelta y con un cabello negro excesivamente alargado y sedoso, demostraba su paso parsimonioso con aquellos ojos carmesíes cual rubíes entre aquella piel nívea de porcelana. Y así, tomó asiento frente al visitante con la delicadeza propia de una dama que allí era contemplada con curiosidad por aquel forastero a su casa. - Me han dicho que solicitaba mi presencia acerca del problema que me aqueja con mi hermano, ¿es eso cierto? - Inquirió con una voz delicada y tersa como la seda hacia aquél que la escuchaba con esmero. - Por supuesto. - Afirmó prontamente el aludido y poco a poco la conversación pactada quedó a discreción entre ellos dos acunada por la soledad y el misticismo.

[...]

Tiempo después, el joven volvía a salir del recinto cubierto nuevamente con su capa aunque sin la capucha colocada. Ya tenía presente y claro su objetivo junto a una figura del mismo en una pequeña foto retratada a tinta negra delineada con pincel. Caminó, entonces, devuelta por donde llegó pero desviándose entre las calles a la par que se ayudaba preguntando a los habitantes. ¿Dónde se hallaría ese hombre entre tantos lugares entretenidos que se veían repartidos por la ciudad? No alcanzaría a llegar cuando en plena avenida había un corrillo de gente en torno a una pelea. Al parecer, era un hombre de prominente musculatura aunque con una panza de borracho en vez de abdómenes marcados, con la cabeza rapada salvo a un ünico lugar con pelo que cuidaba al sostenerse una larga y natural cola de caballo. El hombre, ansiosamente, aguardaba a que alguien le retara en la susodicha muchedumbre circundante y al pelirrojo se le antojó aceptar el desafío.

Viendo a su alrededor, podía asumir la habilidad del fortachón a juzgar por los lesionados que había dejado en las cercanías. Si bien aquello no era menester en su encargo, calentarse sí era factible. Por supuesto, el sujeto demostraba orgullo y confianza, y cómo no, tenía razones para ello, pero justo allí le tocaría bajarse de la nube. La gente se apartó ante la llegada del muchacho y el otro sonrío con burla y socarronería. Ese desafiante sin mediar palabra le cedió el primer paso al orgulloso, cosa que aquél no tardó en aprovechar al acortar la distancia y lanzar una recta al rostro del forastero, algo que el susodicho eludió torciendo su torso en un pispás hacia su izquierda al tiempo que elevaba la rodilla derecha y la encajaba en el abdomen opuesto con firmeza.

Si su oponente hubiera sido menos hábil, le hubiese sacado el aire sin duda, pero no; su brazo libre había atrapado en seco la rodilla en su contraofensiva. El grandullón no desperdició el tiempo y abrió el brazo que había pasado de largo con su puño en su ataque en un movimiento brusco y veloz, buscando darle con el dorso antebrazo al lateral de la cara del pelirrojo con contundencia inclemente, impidiéndole inclusive un escape al no soltarle el punto articular de su pierna pero ni siquiera eso fue necesario.

El forastero, con notable habilidad, usó su único -la zurda- punto de apoyo al tener la rodilla y pierna diestra levantada lejos del suelo a fin de barrerle los pies con la misma a su adversario, a sabiendas que eso le haría caer al no tener un lugar de soporte tanto para él mismo cómo para el otro por el golpe. Y en efecto, si bien el otro no cayó, sí le tambaleó mientras él caía y el ataque del antebrazo se desviaba hacia arriba abriendo su guardia y dejándolo vulnerable, pero al final, el desafiante muchacho nunca cayó al tener sus brazos libres y desocupados y uno de ellos aferrarse al hombro ajeno quedando en una postura un tanto singular: diagonal en con relación al suelo tal y como la Torre de Pisa.

Sonrió, su puño libre se incendió y un uppercut le encajó debajo del mentón desprendiendo chispas ígneas ante el impacto y provocando el trastabillar del fortachón. Rápidamente, el pelirrojo se incorporó y encendió su otro puño demostrando su mediana habilidad con el arte elemental del ninjutsu, desplegando el Elemento Fuego: Palma de Fuego. y abalanzándose contra su rival en una sucesión de golpes al torso enteramente. Intentaba abrumar a su oponente con el calor y las ascuas desprendidas de las llamas ante los continuos puñetazos flamantes que proyectaba, cabiendo aclarar la poca peligrosidad que eso conllevaba de forma natural al contenerse en lastimar a su contrario seriamente.

De pronto, el prominente musculoso pudo responder en una abertura y lanzarle una curva al costado, que de haber resultado, hubiera frenado la sucesión. Pero no. El joven de rojos cabello antepuso su antebrazo derecho bloqueando el ataque en un Hangeki, pues inmediatamente elongó el brazo y su puño captó la textura del tabique contrario hasta hacerle caer de espalda al suelo con el rostro ardiendo. Aquello bastó para bajarle los humos al tiempo que aquel se quejaba del dolor en el suelo. - Tranquilo, sólo te quedará la cara roja. Ya mañana estarás mejor. - Dispuso con serenidad y un tono amistoso mientras apagaba el fuego de sus puños. Y así, tras calentarse, siguió su camino en busca de su objetivo en algunos de esos lugares que su contratista le había mencionado. Precisamente, llegó a uno de esos luego de varios visitados, y justo allí lo encontraría: un centro de duelos, pero no uno común, sino de sumo.

Con el adelanto de la mujer, pudo disponer de unas cuantas monedas para atribuirse la entrada al sitio hasta hallarse con un par de rikishi, quienes ensimismados en su ardua tarea se mantenían en una encarnizada batalla tratando de sacar a su oponente del ring con peso, balanceo y fuerza bruta aplicada. Era un espectáculo digno de ver donde aquellos grandes seres entretenían a sus espectadores fuera del dohyō, gritando y alardeando, mientras que detrás de aquella multitud emocionada la figura de rojo se paseaba tranquilamente no observando el duelo sino lo que había al otro lado justamente opuesto a su posición: su objetivo, Shiji, el pariente de su contratista que al fin había encontrado.

Aquel hombre se encontraba a un margen del ring con un papel en mano, vitoreando a su favorito y aclamando por la derrota del contrario. Su cabello era azabache y recogido en una alta coleta por encima de su cabeza en forma de moño, con sus ojos carmesíes destellando entre su piel pálida impoluta, ataviado por un kimono negro y un collar de plata colgando en su cuello. Parecía estar con compañía a juzgar cómo se dirigía a dos sujetos que se encontraban a ambos lados de su costado, ambos también con aquellos papeles en mano que intuían ser los tickets ganadores o perdedores según se diera el combate y su resultado. Al final, uno de los rikishi pudo dominar al otro sacándolo del dohyō.

Algunos celebraron, otro refunfuñaron y hasta maldijeron su mala fortuna; Shiji, en cambio, fue de los primeros junto a uno de sus compañeros a diferencia del tercero. El dúo se fue a cobrar su recompensa mientras el infortunado se iba a una mesa donde un muchacho de la servidumbre poco después se acercó ofreciéndole sus servicios. No obstante, el joven de rojo aguardó también en una mesa a la espera del otro par, siendo poco después recibido por uno de los trabajadores que le atendía de igual a igual que aquel otro que veía a la distancia.

Tras un largo tiempo, los dos hombres restantes llegaron a la mesa donde su camarada les esperaba sin ninguno darse cuenta que eran vigilados por ojos esmeraldas. Y así, ajenos a su ignorancia, platicaban discretamente a oídos atentos de la multitud como si no quisieran ser escuchados mientras marañas de codicia se entretejían bajo las sonrisas ladinas de aquellos seres tan ambiciosos como diestros.

Ciertamente, el de rojo no discernía el tema de conversación entre aquellos tres pero intuía lo que se traían entre sí y sus manos, aunque lo que captó especialmente su atención fue una carta blanca deslizada por la superficie de la mesa hacia uno de los hombres de la propia mano de Shiji, y junto al papel sellado, una bolsa que auguraba una sustancial cantidad monetaria. - Negocios, siempre negocios. - Pensaba viendo el desenlace de aquella transacción en donde el grupo se levantaba, despedía y se marchaba cada uno por sus caminos. Era allí hora de actuar.

La figura del presunto mentiroso andaba apaciblemente por las calles con una clara expresión de satisfacción en su faz. Al parecer, las cosas le iban cada vez mejor en su haber, y al final de su travesía entre calles y callejuelas, incluidas algunas paradas en tiendas de comida, terminó frente a una pintoresca casa de té. La hora vespertina anunciaba su llegada, y entre aquel que ingresaba, otra presencia desde lo alto le espiaba. El interior del sitio era delicadamente decorado con esculturas y muebles, pinturas y flores, música e iluminaciones. Era un ambiente cómodo y tranquilo, digno de amenidad y relajo, pero era allí donde Shiji conversaba con alguien singular: un hombre con una gran pipa humeante al margen de una mesa apartada justo al lado de una ventana.

Era un sujeto que ostentaba una gran masa corporal respecto al exceso de grasa que guardaba bajo su piel producto de su obesidad. Era una imagen algo grotesca en realidad. - Me sorprende tu rapidez, Shiji, has llegado justo a tiempo antes de que generaras los intereses. - Dijo el susodicho con una gran sonrisa esbozada llena de satisfacción. - Sin embargo, aún mantienes deudas con algunos de mis colegas por lo que sé, ¿cómo harás con eso? - Inquirió curioso. Después de todo, lo que decía la mujer demostraba ser cierto. Aquel hombre tenía cuentas por pagar pero el cómo eso incluía la herencia que había obtenido era un misterio todavía. Aun así, a pesar de que su contratista no hubiese mantenido la mejor relación con su progenitora, ¿cómo la difunta sería capaz de despojarla de todo si aquel hombre estuviese en lo cierto? Todas esas dudas serían reveladas en el momento.

Muchas gracias por su consideración, Ganda-dono. - Respetuoso fue el hombre de ojos rojos. - A veces hay que usar formas poco ortodoxas para alcanzar los objetivos, como en éste caso. - Aseveró el susodicho con una mirada fija e inmutable junto a un tono de voz sereno y semblante impenetrable. Era sencillamente un sujeto bastante tranquilo al igual que su hermana. - Y supongo que esa forma es despojar a tu pariente de lo que le pertenece por derecho, ¿cierto? - Supuso, pero realmente era una afirmación. - Eso... - Lo sé, Shiji, lo sé. Sé lo que hay en ese testamento. Yo también tengo mis formas. - Sentenció airoso, mostrándole al acusado de saber más de lo que él hubiese pensado. Al parecer, había quedado en evidencia de algún modo pero no sentía que aquello fuera algo realmente peligroso, que comprometiera su estatus social y legal frente a otros. Algunos saben guardar secretos, quizás por conveniencia.

Ha sido astuto de tu parte en ocultarle esa información a la señorita Uhei, pero descuida, que nadie sabrá tal cosa al menos de mi parte. - Aseguró. - Dime ¿cuánto es ese tiempo que ha de pasar para que todo aquello sea tuyo y puedas disponerlo a tu antojo? Que supongo que esa será la forma de saldar tus deudas. - Preguntó con un tono amable pero que en su haber dictaba una obligación casi opresiva por parte del oyente en responderle. No obstante, Shiji, a pesar de verse un tanto cohibido e indeciso, optó por hablarle en vista a la intimidación tan amigable que aquel obeso profería. Qué ironía. - Un... mes. Ese era el estipulado desde que se hiciese la lectura. - Señaló, no sin antes ver en sus alrededores por precaución. - Si mi hermana no firma el testamento en ese tiempo, todo pasará a mis manos. Supongo que mi madre no estaba segura si Uhei aceptaría lo que le correspondía en vista a la relación de ambas. - Cosa contraria a juzgar por lo que hacía a sus espaldas, y que éste en su ignorancia no sabía en lo absoluto poniendo en juego el patrimonio familiar por culpa de sus vicios y desaciertos desastrosos.

Ya veo, y sólo faltan tres días para que se cumpla eso. - Y una bocanada de humo exhaló Ganda ante su pipa. - He de admitir que nuestra estimada señora Yukimiso siempre fue meticulosa y puntual en sus cosas, incluso en sus deudas, lástima que no pueda decir lo mismo de ti. Mi más sentido pésame por ella. - No se escuchaba como una condolencia real, más bien como algo más sarcástico y burlesco lleno de falsedad, aunque en lo primero se sintió un notable tono displicente en su hablar. Aquel hombre de iris carmesí no acogía aquello con buenos ojos pero en su interior sabía que los logros de su madre los estaba dejando en bandeja de plata a los acreedores por sus fallas. Sin embargo, sólo necesitaba ganar tiempo, no tenía pensado en darle lo suyo a aquellos prestamistas. Debía conseguir el dinero aunque sabía que era una cantidad incosteable. Finalmente, los hombres se despidieron sin saber que detrás de aquella ventana a su lateral eran escuchados por alguien más. - Vaya, muy interesante. - Pensó mientras detallaba una carta blanca apresada en su mano y desaparecía en una nube de humo.

[...]

Imaginaba que era algo así... - Dijo con cierto pesar la mujer de largos cabellos negros. - Es cierto que no me llevaba muy bien con mi madre, pero era mi madre y siempre la quise a pesar de la distancia que había entre nosotras. . Al contrario de mí, Shiji era más apegado a ella y ella le daba lo que él deseara, siempre que podía, claro. - Relató Uhei rememorando los tiempos pasados sin ver directamente al pelirrojo, al contrario, su mirada rojiza se encontraba fijada al bonsái mientras su suave voz se escapaba de sus labios. - Supongo que por ser el menor entre ambos, aunque fuera por unos minutos. - Aclaró, revelando la de por sí ya evidente prueba de que ambos eran gemelos. - Ella intentaba hacer de él un hombre de bien, aunque lamentablemente esos vicios pudieron más que todas las enseñanzas que a él le dieron, en realidad. ¿Ha sabido dónde se encuentra ese papel ahora? - Inquirió con evidente interés a lo cual el forastero lo mostró una carta que había obtenido horas atrás.

Si rememoraba lo sucedido, podía recordar cómo había perseguido aquel hombre con una bolsa de cantidad sustancial monetaria en su interior antes que su verdadero objetivo saliera fuera de su alcance y se le perdiera el rastro. Sólo bastó cazar y arrinconar a su presa casi sin que se diera cuenta siquiera, y allí, una vez noqueado, le despojó del preciado memorándum. En él se describía la situación del testamento que, por priorizar, pudo arrebatarle a ese hombre que su hermano le había entregado en el duelo de sumo. Para sorpresa de la dama, la ubicación se encontraba muy fuera del alcance de sus manos.

Tal era el afán de Shiji por concretar su meta que había sacado el documento fuera del país, directamente hacia la nación vecina de las aguas termales con un conocido dentro de un grupo de acreedores en aquellas tierras. Había metido todo el legado familiar cual oveja en una cueva de lobos. - Rojo te llaman, ¿no? Has cumplido con el trato acordado pero ahora necesito que cumplas con otro. - Espetó diligentemente la mujer con un determinante tono de voz. Aquello suponía lo evidente. No obstante, el de rojo pensaba en algo aparte de eso. Shiji se pondría de sobre aviso al saber que su compañero fue atacado y a éste se le fue arrebatada la carta que se le había dado, cosa que le mantendría en alerta preventiva durante los días restantes. Sin embargo, el forastero había hecho lo posible por hacer parecer el robo como uno cualquiera o eso esperaba que así pareciera. - De acuerdo, usted dirá. - Terminó, y una vez allí, zarpó hacia tierras vecinas.
Mikael.
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