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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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El sendero de la pureza.

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El sendero de la pureza.

Mensaje por Mutsunokami Yoshiyuki el Jue Nov 06, 2014 3:12 am

Ya habían pasado unos cuantos días desde que Mutsunokami Yoshiyuki decidió abandonar su aldea y dirigirse al Castillo de Tsukasa para entrar en las filas de los guerreros de Kakkinoaru'en, destino compartido por la mayoría de los jóvenes de su edad; después de todo, ese era el precio a pagar por vivir bajo la protección del Daimyō de la región. A diferencia de otros, la idea de ser un valiente soldado emocionaba en gran medida al quinceañero, el que se sentía completamente preparado para la labor después de haber entrenado exhaustivamente bajo la tutela de dos guerreros, maestros espadachines, encargados de proteger su poblado natal de amenazas. De éstos había recibido dos regalos que le acompañarían durante su trayecto y más allá: una veloz yegua de nombre Umako y una katana bautizada como Junketsu.

Umako demostró su valor desde el comienzo, siendo lo suficientemente fuerte como para resistir el largo trecho que debían recorrer y lo suficientemente inteligente como para tomar la dirección correcta al encontrarse en divisiones de camino. Junketsu, por su parte, reposaba en su saya mientras su nuevo dueño esperaba con ansias una oportunidad para desenfundarla en combate real. Al momento de recibirla se le comunicó que se trataba de un arma complicada de utilizar debido a su habilidad principal, por lo que Yoshiyuki, siendo el genio autoproclamado que es, claramente sentía que podría manipularla con facilidad; sin embargo, su primer entrenamiento con la misma no fue muy productivo, aunque pudo conocer las ventajas y desventajas de su nueva arma después de un par de horas de observación.

— Soy un prodigio de la espada, después de todo — se dijo el peliverde, hinchando el pecho con orgullo mientras montaba a Umako, la que galopaba con parsimonia.

En ese momento, una gran masa de verde comenzó a alzarse en el horizonte: el gran Bosque del País del Fuego. Destino obligado de cualquier viajero, el enorme conjunto de árboles abarca una gran parte del territorio de la nación. Dueño de la más variada flora y fauna, también es el hogar de ladrones y asesinos que aprovechan la cobertura de los árboles para llevar a cabo sus actos de malicia, por lo que la precaución era algo que debía mantenerse en todo momento. Como la persona más inteligente que decía conocer, Yoshiyuki conocía los riesgos de entrar al bosque, pero también sabía que rodearlo le tomaría una semana como mínimo, mientras que al atravesarlo estaría a tres días de su destino. A míseros diez metros de la entrada al sendero boscoso, la yegua se detuvo y comenzó a cambiar de dirección, pero el joven tomó  las riendas para evitarlo.

— ¿Qué haces, Umako? — preguntó el quinceañero en un tono de hastío, recibiendo un relincho como respuesta, seguido de un tirón en dirección a un camino que se alejaba de la masa arbórea. Todo indicaba que la yegua quería rodear el bosque, quizá por temor, o tal vez no se trataba de la ruta que conocía, pero Yoshiyuki se sentía impaciente, quería llegar pronto a su destino para transformarse en soldado lo antes posible. Su deseo de grandeza era más grande que su sentido común, por lo que tomó las riendas con determinación y entró al bosque… y el mundo se volvió borroso mientras caía del caballo, impulsado por un golpe lateral a la cabeza. Umako, asustada por el sonido del impacto, se apresuró a salir del bosque a todo galope y tomar la ruta que quería desde un comienzo.

— ¿Qué… qué pasa…? — cuestionó el muchacho mientras comenzaba a levantarse, pero antes de terminar de hacerlo sintió el familiar frío del acero sobre su cuello, paralizándose en el acto.
— Un asalto, eso es lo que pasa. — La voz que le respondió era grave y denotaba cansancio. — Levántate — le ordenó con premura. Sin más opciones, Yoshiyuki siguió esa instrucción.

Ya erguido, el peliverde relajó su postura y observó de reojo a su atacante. Un hombre de mediana edad, harapiento y descuidado, con oscuras bolsas bajo los ojos y orbes inyectados de sangre, sus facciones siendo las de un hombre desesperado más que las de un asesino. La katana que sostenía con sólo una mano temblaba debido al entumecimiento de su brazo producido por el peso del arma; después de todo, esas espadas estaban diseñadas para ser utilizadas con ambas manos, hecho que el espadachín conocía de sobra. Todo indicaba que el hombre había tocado fondo y no había encontrado mejor opción que asaltar a la primera persona que se le cruzara en el bosque. Volteándose lentamente para no provocar a su agresor, el joven de ojos grises lo miró a los ojos con decisión, aunque sin emitir hostilidad. Si bien se sentía molesto por el golpe recibido, el muchacho decía destacarse por su magnanimidad, por lo que no se enfrentaría a un hombre que simplemente se desvió del buen camino… un buen acto para alimentar su ya crecido ego.

— Entrégame todo lo que tengas de valor — ordenó el bandido, a lo que Yoshiyuki negó con la cabeza.
— Aunque tuviera algo de valor, no te lo daría, ¡hay otras formas de conseguir las cosas!
— ¡No lo entiendes! — gritó, desesperado. — Mi deuda… mi deuda… — comenzó a tartamudear el hombre antes de hacer retroceder el arma y darle el impulso necesario para dar un corte horizontal profundo al cuello de su víctima. Viendo las intenciones del lastimero ser, el espadachín se lanzó al suelo en la misma dirección del corte, apoyándose con la diestra antes de caer, evitando el ataque antes de rodar hacia atrás y retomar la posición erguida.

— ¡O-oye! ¡Si sigues así tendré que darte una lección! — alcanzó a decir antes de que el hombre, su expresión transfigurada a una de locura rebosante, se lanzara al ataque una vez más, oscilando su arma sobre su cabeza. Sin darle tiempo para tomar una postura de contraataque, el muchacho concentró chakra en sus piernas antes de dar un salto, moviendo la energía a las plantas de sus pies para dejarlos adheridos al tronco del árbol que tenía más cerca, uno bastante delgado, el que subió hasta salir del alcance de la espada enemiga, su dueño gritando desaforado las mismas palabras, “mi deuda”, mientras comenzaba a subir el árbol.

— Maldito loco… ¿qué demonios le pasó para terminar así? — se preguntó mientras veía al hombre haciendo lo imposible por alcanzarlo. — Podría correr, pero este loco me terminará siguiendo por quién sabe cuánto… no puedo llevar problemas a los predios de mi Daimyō, así que debo detenerlo aquí, matarlo si es necesario. — El muchacho pensó con frialdad, obviando el hecho de que nunca había manchado sus manos con las manos de otro hombre. Cuando el hombre estuvo lo suficientemente cerca, Yoshiyuki dio un salto para bajar del árbol, amortiguando su caída con el chakra que ya había acumulado en sus piernas con anterioridad, y posicionó su diestra sobre la tsuka de Junketsu, realizando un ataque de desenvaine rápido cuyo objetivo era el árbol en el que había estado de pie hace unos segundos.

Sakabatō. Habilidad principal e innata de Junketsu, la que adquirió durante su proceso de fabricación. Mientras más resistente sea un objeto, con mayor facilidad será cortado por el filo de la espada. El funcionamiento de esta habilidad es difícil de explicar pero fácil de apreciar en la práctica: al golpear un objeto blando como la ropa común o la piel humana, la espada oculta su capacidad de corte y sólo da un golpe similar al que daría una espada de madera del mismo peso; sin embargo, al golpear objetos más sólidos como la roca o el metal, el filo de la espada saca a relucir su verdadero ser, cortándolo de forma perfecta sin dificultad alguna. Debido a esta habilidad, Junketsu no es demasiado útil a la hora de matar al enemigo; sin embargo, la resistencia natural del árbol cedió de forma instantánea ante el contacto con el acero desenfundado, siendo cortado de forma completamente limpia.

El ángulo del corte fue calculado de modo que el tronco cayera con velocidad, derribando al hombre que aún seguía sobre él mientras el peliverde se dirigía al campo abierto junto a la entrada del bosque. Al percatarse de cómo el terreno se desestabilizaba, el enemigo se lanzó del árbol sin cuidado, evitando la trayectoria descendente del que había sido su apoyo. Dando un golpe seco en el suelo, el persistente rival se levantó y reanudo su persecución, saliendo del bosque justo detrás del muchacho, deteniéndose al momento que éste se volteaba para adoptar una postura de preparación, ambas manos sobre la tsuka de Junketsu, diestra sobre zurda, espada frente a él, piernas separadas con el pie derecho por delante. Estando a dos metros de distancia uno del otro, el bandido lanzó un suspiro.

— No eres tan tonto o débil como pensé… jugar al loco puede ser contraproducente en tu contra — susurró con su voz grave, espada sostenida por ambas manos.
— Soy un prodigio de la espada, después de todo, y pronto serviré a mi Daimyō para demostrárselo a todo el mundo — respondió el muchacho con una sonrisa, sus ojos de color esmeralda debido al reflejo del sol sobre su cabeza. Su tono demostraba plena confianza, pero no entendía lo que estaba pasando, ya que el hombre frente a él había cambiado su actitud de un momento a otro. ¿Se trataba un problema psicológico?
— Aprovechándote del terreno que ya has observado, llevando a tu oponente a una zona a la que le puedes sacar mayor partido con tu estilo de combate… yo fui un soldado, pero es más fácil robar en el camino que esperar pobres recompensas por misiones que nadie te agradece. — Las palabras calaron hondo en el quinceañero, hecho que se reflejó en su rostro incrédulo. Su deseo más grande era ser un soldado de Kakkinoaru’en, en su cabeza no cuadraba el hecho de que el hombre frente a él haya tenido el mismo entrenamiento que sus instructores, el mismo deber; sin embargo, su método de análisis era similar, eso no podía negarlo.
— Entonces nunca fuiste un verdadero soldado… — Sus palabras hicieron eco entre los árboles mientras sus manos presionaban la tsuka con fuerza, preparándose para el choque.
— Heh… heheheh — rió el individuo, una sonrisa carente de empatía formada en su rostro. — ¿Tanto te sorprende ver a alguien que valora más su vida que la de un superior? El egoísmo es parte de la vida, apréndelo y desiste, ¡regresa a tu granja y vive en tu mundo de ideales idiotas!
— ¿En verdad crees que las palabras de un desertor podrán convencerme? — respondió con seriedad, cambiando su rostro a uno de hastío mientras regresaba su arma a la saya en su cadera izquierda, aunque manteniendo la diestra sobre la misma. — Si eres un bandido, no tengo nada para ti, así que te puedes marchar en paz, no te perseguiré ya que no me has hecho gran cosa y no pareces de las personas que matan porque sí, y que mi presencia te sirva como ejemplo para enderezar tu vida… sin embargo, si lo que deseas es romper mi voluntad, deberás hacer más que soltar insultos, ya que soy un individuo muy comprensivo y puedo soportar unas cuantas palabras.
— Ya me estás aburriendo con ese ego tan grande que tienes, ¡deja que tu espada diga el resto! — Con esas palabras, el hombre emprendió su veloz carrera en dirección al muchacho, el que cerró los ojos y soltó un suspiro como diciendo “si no hay remedio”.

El acero del desconocido se alzó, preparado para el choque contra el rival que mantenía su espada enfundada. Los movimientos del bandido eran más certeros que los que había demostrado anteriormente, y el agarre de su arma era claramente el de una persona versada en su manejo, mas Yoshiyuki se mantuvo en calma, observando cada movimiento, preparando su contraataque. El agresor lanzó un ataque recto descendente, buscando dividir la cabeza del peliverde por la mitad; sin embargo, la lentitud del golpe permitió que un destello metálico interceptara el arma enemiga: Junketsu fue rápidamente desenfundada usando el estilo del arte rápido, desviando la trayectoria del arma pero no la del atacante, el que vio, incrédulo, cómo su espada era cortada con suma facilidad. Entregando una obvia apertura al peliverde, este la aprovechó cerrando los ojos y enviando un breve impulso de chakra al arma que era observada, la que emitió un breve destello capaz de cegar al mismo Dios.

Nikkō. Segunda habilidad de Junketsu que puede ser utilizada gracias al tratamiento del acero con el que fue forjada el arma. Al concentrar chakra en la hoja desenfundada, ésta produce un gran destello similar al de las bombas de luz. Si se observa de forma directa, el estímulo visual activa todas las células fotorreceptoras del ojo simultáneamente, lo cual deshabilita la visión por un breve período de tiempo (un turno). El destello afecta a cualquiera que lo observe, incluyendo al portador de la espada si éste no tiene cuidado, aunque sólo basta un par de anteojos de sol o incluso un desvío de la mirada para evadir su efecto. Al cortar el flujo de chakra, el arma dejó de brillar, dejando atrás a un oponente cegado con muchas aperturas para un ataque.

Con los ojos abiertos, Yoshiyuki empuñó a Junketsu con ambas manos antes de alzarla en imitación de su rival. Sin dudas en su mente, concentró una gran cantidad de chakra en la hoja, dándole un agudo filo extendido. Incapaz de matar por sí misma, esta limitación era superada con facilidad si se poseía el chakra suficiente para utilizar “Hagen, Samuraigatana”, técnica capaz de cubrir un arma con energía cortante especialmente efectiva contra el material orgánico. El arma cortó el viento mientras descendía en trayectoria curva, buscando cercenar el cuello del enemigo. La sangre comenzó a brotar de la herida abierta, el hombre abriendo los ojos debido al ardor de su lesión. Su mirada pasó de la desesperación a la sorpresa al percatarse del afilado chakra en su cuello a unos milímetros de su yugular, su herida siendo apenas superficial.

— Mi espada ha hablado, no sesgará la vida de un hombre al que no se me ha ordenado asesinar, no se manchará de sangre por el mero lujo de hacerlo, ese es el sendero de Junketsu — sentenció al deshacer su técnica, enfundando a Junketsu antes de comenzar a caminar por el sendero que su yegua había tomado, dejando al hombre paralizado por los eventos. Sin que su rostro pudiera ser visto, una sonrisa de orgullo se formó en sus labios. — ¡Eso fue perfecto! Qué diálogo más genial, dejé en claro mi magnanimidad una vez más… de seguro esta lección de vida lo hará cambiar de parecer. Ah, qué buena persona soy, perdonando la vida de las personas a mi merced — pensó a medida que su velocidad aumentaba para encontrarse con Umako, la que comía algunas manzanas que habían regadas por el suelo. Ya estando fuera de la vista del bandido, éste soltó un suspiro al momento de deshacer su técnica de transformación. Una figura vestida con un uniforme idéntico hizo su aparición al lado del hombre.

— Menos mal pude detener a Umako, su debilidad siempre han sido las manzanas… ¿pudiste comprobar lo que querías?
— Así es, Yoshi-kun ha crecido mucho, aunque su ego lo puede meter en problemas a futuro.
— Por eso le diste a Junketsu, ¿no? Para que le ayude en esas situaciones.
— Aún me da tristeza el haber abandonado a mi vieja amiga, pero el muchacho demostró ser digno de ella. Puedo estar tranquilo en ese aspecto.
— Se la hubieras quitado de no ser así, ¿verdad?
— ¿Acaso el cielo es azul?

Ambos hombres se dieron sonrisas cómplices antes de desaparecer en una nube de humo blanco, regresando a su guardia en cierto poblado rural mientras que, sin enterarse de la verdad de los hechos, el muchacho comenzó a pelear con la yegua por las manzanas; el combate lo había dejado con el estómago vacío.
Mutsunokami Yoshiyuki
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