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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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— Enough. I said enough.

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— Enough. I said enough.

Mensaje por AlptrauM el Lun Oct 17, 2016 2:01 pm


Enough. I said enough.

Entrenamiento | Flashback


— Es un niño — dijo el anciano —. Y saludable
— Alabado sea nuestro señor, un varón…

La tranquilidad de la noche había sido irrumpida por los llantos del recién nacido. No pasaba mucho en aquella pobre aldea perdida entre la inmensidad del continente. Era tan pequeña que no la habitaban más de cinco familias, todas ellas vivían del cultivo de verduras, aunque con suerte les alcanzaba para ellos, ni hablar de querer venderlas. Puesto que la tierra era de tan mala calidad, que sin importar el esfuerzo que pusieran en trabajar la tierra, no lograban obtener buenas cosechas. De hecho, aquel año había sido el peor en muchos años, por lo que el nacimiento de un nuevo miembro de la familia era motivo de alegría, pues claro, toda vida se celebraba y se le agradecía a los dioses por tan preciado regalo. Pero la realidad, detrás de aquella cortina de abrazos y sonrisas, era que significaba otra boca que alimentar, lo que claramente, no podrían hacer. El médico le entregó al recién nacido a su madre, para que pudiera ver por primera vez a aquel a quien mantuvo durante nueve meses en su interior, ansiosa de poder conocerlo finalmente. El padre tuvo que ayudarla a acomodarse, ya que por razones obvias, no podía moverse fácilmente. La mujer cerró los ojos para sentir la respiración de su hijo. A su lado, orgulloso, el padre observaba.

— Felicitaciones — dijo un hombre extendiéndole la mano al que debía ser el nuevo padre. — Muchas gracias Joel, gracias por venir. — contestó con una sonrisa en su rostro, para luego acercarse a su esposa y su nuevo hijo. Mientras la familia le daba la bienvenida al nuevo miembro, el médico se limpiaba las manos llenas de sangre en una vasija con agua. — ¿Y cómo lo llamarán? — preguntó Joel a los padres, mientras se sentaba en una pequeña silla con respaldo de paja. El padre se le quedó mirando a la madre, la cual estaba exhausta, sudando aún por el tremendo esfuerzo que le requirió el dar a vida al pequeño que ahora dormía entre sus brazos con su diminuta cabeza apoyada en el pecho. — ¿Su nombre? — preguntó la madre, mientras observaba al pequeño.

***

— Ya vamos a cerrar… — Dijo una voz proveniente de su espalda. — Sí, gracias… — contestó Hisan’na sin voltear a ver, cerrando un enorme y pesado libro, del cual se desprendió una buena cantidad de polvo al golpearse las páginas unas con otras. Se inclinó hacia atrás en el sofá de cuero desgastado, haciendo que sus huesos sonasen. Había pasado toda la tarde en la biblioteca de la capital. Era un lugar que recurría con frecuencia, puesto que su pasatiempo favorito era el de devorar antiguos libros llenos de historia. La tapa del libro estaba desgastada, había sido escrito hacía mucho tiempo. Quizás incluso era más antiguo que el lugar que lo albergaba, puesto que incluso el nombre del libro estaba borroso, al punto de ser ilegible. Pero le había llamado la atención, ya que estaba en un estante con pocos libros ubicado en las zonas más viejas de la biblioteca. El libro era más bien una novela que narraba las historias de un soldado de la época cuando los países se formaron, anterior incluso a algunos feudos que hasta el día de hoy existían.

Después de dejar el ejemplar en su lugar, salió de la biblioteca. Era noche claro está, pero no sabía la hora exacta, puesto que dentro de ese lugar uno podía perder la noción del tiempo. La avenida estaba repleta de gente, que iban en todas direcciones, lo que le indicó que no era tan tarde como pensó. No era del todo su agrado el tener que estar entre tanta gente, puesto que generalmente más de alguno se detenía de su andar para quedársele mirando. Pero eso era lo bueno de aquella ciudad, era tan grande, con tanta gente, que él era uno más. Los ciudadanos andaban tan preocupados de sus propios asuntos, que no perdían tiempo en meterse en los de los demás. De hecho, este era el lugar perfecto para él. Buen clima, lo suficientemente grande para no ser notado, y podía realizar sus actividades sin que nadie hiciera demasiadas preguntas.

Se deslizaba por la calle con cada paso, sus brazos entrecruzados en la espalda, pensativo y reflexivo. Pensaba en lo que había leído en aquel libro y cómo había evolucionado la humanidad hasta lo que lo rodeaba hoy en día, protagonistas anónimos de sus propias historias cuya finalidad solamente era servir al funcionamiento de aquella enorme máquina llamada civilización. Su estómago rugió, tenía hambre, no recordaba la última vez que se había molestado en comer, al menos algo más allá de bayas silvestres. Y es que en sus años, que fueron muchos, con su maestro, nunca se acostumbró a comer más allá de bayas o un par de conejos si es que tenían suerte. Pero últimamente, al menos desde que  empezó a trabajar para los feudos haciendo sus trabajitos sucios, estaba sintiendo más hambre que de costumbre.

Era tarde ya, y aunque aún se podía ver una buena cantidad de gente deambulando por las calles, quizás encontrar algún lugar donde cenar sería difícil. Recorrió las calles en busca de dónde comer, pero estaban cerrados los locales, o peor, no lo dejaban entrar. No le molestaba, estaba acostumbrado a estas alturas. Pero eso era la desventaja de encontrarse en un país tan grande, la masa tendía a ser estúpida. En un pequeño callejón, alejado de las luces de la calle principal, había un pequeño letrero iluminado que invitaba a entrar. Se introdujo en el callejón y caminó hacia la entrada del local. Tenía aspecto de ser una especie de bar, pero quizás tendría suerte y podría comer algo. Antes de empujar la puerta, dudó unos segundos, quizás le negarían la entrada como en los anteriores, pero había que intentarlo.

El local apestaba.

La puerta de madera se cerró tras de él. El local era pequeño, muy pequeño a decir verdad. No debía haber espacio para más de diez personas. Un alargado mesón principal cubría la gran parte del centro. Allí, en una esquina del mesón, había cuatro sujetos conversando alegremente sobre temas mundanos. Bebiendo cerveza y tajeando con un delgado cuchillo una pierna de jamón. Le crujió el estómago.
El local tenía mala iluminación, mal aspecto, y mal olor, pero qué le importaba a él. Lo importante era poder conseguir algo para alimentarse. Al fondo, pasando el enorme mesón, estaba la barra. Pensó en ir a sentarse allí, pero finalmente se fue a sentar a una pequeña mesa que estaba a un costado del bar, junto a una ventana que daba al callejón. Se sentó en una incómoda silla, comparada claro con los sillones de la biblioteca. La mesa estaba sucia, con restos de pan y vino. No importaba.

— Buenas noches, ¿En qué lo puedo ayudar? — dijo una voz femenina proveniente de su derecha. Hisan’na se había quedado viendo por la pequeña ventana hacia el callejón, cuya vista era realmente una muralla y nada más. Volteó su cabeza en dirección de quien interrumpió su pensar. Alzó la vista y frente a él tenía una jovencita de no más de veintiún años, cabello negro como la noche, con un par de pecas repartidas en su nariz y bajo sus azulados ojos. La pequeña no hizo gesto alguno al ver al nuevo cliente, lo que fue un verdadero agrado para él. — Cualquier cosa para comer, por favor… — dijo en el tono más agradable que su estado de ánimo y su hambre le podía permitir. La muchacha le regaló una sonrisa. — Ya vuelvo con su pedido… — Y se alejó para desaparecer tras dos puertas que debían conectar a la cocina.

Se dedicó a observar el entorno del local, no había mucho que mirar, por lo que devolvió la vista a la ventana que tenía junto a él. Tampoco había mucho que ver en el callejón. Soltó un suspiro. Para su suerte, la muchacha volvió a los pocos minutos con un plato de comida y una jarra de vino. Tras darle las gracias, se dedicó a cenar lo que le habían traído, eran papas asadas con un trozo de carne de dudosa procedencia. No le importó en realidad, y para ser sinceros, le gustó, estaba bastante rico. Quizás era porque estaba famélico. Había sido una semana para morir del aburrimiento. Por algún motivo no había encontrado nada que hacer más allá de pasársela leyendo en la biblioteca. No había logrado conseguir algún encargo, fuese cual fuese. Honesto o de dudosa moralidad. De hecho, ya estaba comenzando a aburrirse un poco de aquella ciudad. Odiaba los feudos y sobre todo a sus queridos señores feudales, los encontraba estúpidos y con poca visión. Pero al final, pagaban el plato de comida que tenía frente a él. Aquella ciudad estaba bajo el dominio del feudo Ganryu, cuyo señor feudal era Genji Yuichi. Su forma de controlar sus dominios se veía reflejado en la prosperidad de la capital. Lamentablemente, eran un feudo que gozaba de buenos guerreros, por lo que no siempre necesitaban contratar extranjeros para sus misiones. Este era una motivación, quizás la que estaba rondando hacía tiempo en su mente, para ir a visitar la zona del feudo enemigo, el odiado Riku-gui. A cargo del particular personaje llamado Sakae, cuyas excentricidades lo tenían en la mira de los demás feudos del país.

Terminó de comer y se levantó de la silla, y tras pagarle a la muchacha, salió del local. Afuera, estaba comenzando a caer tímidas gotas de lluvia. Quizás era hora de dejar de vagar e irse a su casa, el día había sido más que aburrido, pero mañana sería un nuevo día. Miró a su derecha y vio las pocas luces que quedaban en la calle principal. Abandonó la oscuridad del callejón y salió a la avenida. La mayoría de los locales ya habían cerrado y no quedaba casi nadie en las calles. No muy lejos de donde él estaba, un grupo de hombres salían de un local que cerraba sus puertas, gritando, haciendo ruidos, estaban ebrios. Detrás de él, desde el callejón vio salir a los cuatro sujetos que habían estado con él. Pasaron por el lado de Hisan’na en dirección norte, hasta que desaparecieron al meterse por una de las calles. Volteó para darle un último vistazo a la taberna y vio salir a la muchacha de cabellos negros, que cerraba el local. La pequeña tras cerrar, volteó su cabeza y se le quedó mirando, le sonrió e hizo un gesto de despedida con su mano. Levantó un par de bolsas y se alejó por el lado contrario, hacia la oscuridad. Lo mismo hizo Alhazred alejándose del callejón por la calle.

***

No era mala idea el irse de aquella ciudad, quizás encontraría más cosas para hacer si se iba a la zona del Riku-gui, después de todos, estaban en desventaja frente a los otros dos feudos, que se habían aliado para de una vez por todas, desterrar al excéntrico Daimyō. Pero le daba cierto sentimiento el no poder aprovechar más la biblioteca, pero uno no se alimenta ni vive a base de libros.

El camino hacia su hogar, una pequeña casa a las afueras de la ciudad, era largo, y debía atravesar caminos de tierra, que si no fuese porque la lluvia seguía siendo leve, se hubiesen transformado en barro, imposibilitando su regreso. Las pequeñas gotas de agua humedecían su túnica negra, la cual tenía desde que podía recordar, regalo de su antiguo maestro ya fallecido hacía años. Soplaba un leve viento, producto de las altas montañas que rodeaban la ciudad. Pero parecía que éste viento era algo más que el habitual, quizás sumado a la lluvia, era señal de que se aproximaba una tormenta. No era algo habitual en aquel país, pero en sus años allí, había presenciado un par de ellas.

«Está decidido…» Pensó mientras contemplaba la noche cerrada que lo rodeaba. Estaba oscuro, no había iluminación alguna en el camino. Excepto claro, la tenue luz grisácea que proyectaba la luna entre las nubes. Estaba cansado, quería dormir. Al menos ya no tenía hambre, puesto que a pesar de que la carne no estaba del todo buena, las papas asadas habían estado para relamerse.

El camino era cuesta abajo por una colina, que llevaba a un frondoso bosque donde entremedio de los árboles y oculto de la mirada del curioso, estaba su hogar. Una pequeña choza que servía para sus fines, que por alguna razón le recordaba a la cueva donde creció. No era mucho, pero no necesitaba más, puesto que solamente la utilizaba para pasar las noches. Al llegar al final del camino, algo le llamó la atención, giró a su derecha y pudo ver una figura que se acercaba entre la oscuridad. Conforme se acercaba hacia donde estaba él, iba tomando cada más una forma más definida, revelando finalmente que se trataba de la pequeña que lo había atendido horas atrás. « ¿Qué hace a estas horas acá? » Pensó mientras observaba a la muchacha que carga consigo un par de bolsas, no eran horas para un joven como ella, ni mucho menos el lugar. Estaban en medio de la nada, y en caso de ocurrirle algo, no sabrían de ella en días.  

La muchacha ni siquiera notó la presencia de Hisan’na, debía ir sumergida en sus propios pensamientos, así como tantas veces lo había estado él, al punto de no darse cuenta qué había a su alrededor. Dobló la esquina y se perdió tras unos árboles. Entrecerró los ojos unos instantes, intentando ver a la jovencita, pero no hubo caso. Volteó nuevamente, ahora en dirección de su ruta original. Avanzó con cierto apuro, la lluvia comenzaba a ganar intensidad. No quería que lo pillase en pleno bosque.

Entre las gotas que comenzaban a caer con mayor frecuencia, golpeando el suelo, logró escuchar un sonido que llamó su atención, proveniente de por donde la muchacha había ido. Apresuró el paso aún más entre los árboles, siguiendo con la mirada cada lugar en busca de la joven. Posó su diestra en un árbol para cruzar un par de arbustos, y entonces dio con lo que buscaba. Tuvo que retroceder y refugiarse detrás del tronco para no ser visto. Dos sujetos estaban a un par de metros de donde él estaba, de espaldas hacia él. Los tipos miraban hacia abajo, en dirección de un árbol. A sus pies, las bolas que la muchacha llevaba con la mercancía repartida por el piso que ya comenzaba a inundarse debido a la lluvia, formando pequeños charcos. No veía bien, los tipos eran más altos que Hisan’na, y más robustos. Llevaban espadas y vestimentas de guerreros, pero no llevaban marca alguna que distinguiera a qué feudo pertenecían. «Bandidos…» Fue lo primero que se le vino a la mente, después de todo, apoyada contra el tronco de un árbol tan robusto como los perpetradores, estaba la muchacha. Se podía ver en su mejilla derecha una coloración rojiza, de seguro la habían golpeado. No se podía diferenciar bien debido al agua que corría por su rostro, pero parecía estar llorando.

Hablaban entre ellos, y luego a la muchacha, pero por el ruido de la fuerte lluvia, no podía distinguir lo que decían, al menos desde esa distancia. Alhazred volteó, dándole la espalda a la escena que allí ocurría. No era asunto suyo, por mucho que la muchacha había sido amable con él, no le correspondía ir por la vida haciendo de justiciero. Si pertenecían a alguno de los feudos, lo más probable que los buscarían y sería cuestión de tiempo para que le fuesen a buscar.

La imagen de su maestro se le vino a la cabeza. Sacudió su cabeza, salpicando agua en ambas direcciones. Él no era de andar por la vida defendiendo a las personas, pero no podía dejar a aquella muchacha ahí. — Maldito seas… — maldijo entre dientes. Se devolvió y salió de entre los matorrales. Inmediatamente uno de los tipos, por el rabillo del ojo, notó la presencia del recién llegado. — Pero qué tenemos aquí… — Exclamó a lo que su compañero, que sujetaba del cuello a la muchacha, volteaba para verlo también. La lluvia, sumado a la oscuridad, no permitía que visen con claridad a Hisan’na. — Acércate, y podemos compartir. — dijo señalando a la muchacha, cuya ropa estaba desgarrada, quedando al descubierto su anatomía. Hisan’na sintió asco. El entendía que este mundo la vida y la muerte se regía por el poder que uno era capaz de tener, pero así también, había gente que no era parte de este juego. Que sin importar que hiciesen, nunca serían piezas relevantes. Claro ejemplo era la muchacha que estaba al borde de desmayarse. De no haberse devuelto, la muchacha hubiese sido ultrajada, y seguramente violada por aquellos salvajes.

— ¿Qué pasa? ¿Desprecias nuestra oferta? — Y entonces soltó una sonora carcajada. — No seas tímido, acércate para que podamos verte bien… — exclamó el otro sujeto. — P-Por favor, déjenme ir… — suplicaba la mujer, ya ni siquiera intentaba soltarse. Se había entregado. — Que cierres la boca, perra… — Y un silbido silenció las palabras de la joven. El sujeto le había golpeado con la mano abierta, provocando que finalmente perdiera el conocimiento. El que la sostenía la soltó, dejándola caer al piso, causando que se golpeara la cabeza contra una piedra que yacía a los pies del árbol. El pelinegro seguía en la oscuridad, apretaba sus dientes.

Desde la oscuridad comenzó a escucharse un leve siseo que segundo tras segundo pareció multiplicarse al punto de repletar el lugar. Los tipos no retrocedieron paso alguno tras escuchar aquellos sonidos, se notaba que no eran ordinarios. Pues cualquier otro hubiese huido. — ¿Crees que con tus jueguitos nos asustarás? No me hagas reír, ven…. ¡Muéstrate! — bramó el más cercano.

— ¿Asustarlos? ¿Quién dijo algo acerca de eso? No, ustedes merecen algo más… — dijo Hisan’na desde la oscuridad. A los siseos se sumó el sonido de algo arrastrándose por la tierra. Uno de los tipos bajó la vista, en dirección del suelo, y pudo ver como por su pierna rápidamente trepaba una enorme serpiente de unos cinco metros de largo. — ¡Q-Qué mierda…! — Grito al ver como la serpiente se enroscaba por todo su cuerpo, apretándole los músculos, provocando que cayera al piso. El otro tipo automáticamente desenvainó su espada y logró cortarle la cabeza a una de las serpientes. Pero estaba rodeado por ellas. Era tal la fuerza de las serpientes, que podía escucharse como los huesos del que estaba preso en el suelo comenzaban a romperse por la presión ejercida, aullando de dolor.  — ¿y tú crees que esto va detenerme de destrozarte la cara? — Le escupió el que aún estaba de pie, mientras se defendía con su espada de los constantes ataques de las serpientes que no paraba de aparecer. El tipo comenzó a verse sobrepasado, por lo que le arrojó la espada a una de las serpientes que se lanzó encima de él, atravesándola con el arma, provocando que saliera disparada contra un tronco, clavándose en la madera. Llevó sus manos hacía su pecho y realizó un par de sellos, para la sorpresa de Hisan’na. Después de todo, eran Shinobis. El sujeto, una vez finalizado los sellos, dio un salto en el aire, elevándose un par de metros, arqueó su espalda hacia atrás conforme su pecho se inflaba y exclamó — ¡Katon: Gōkakyū no Jutsu! — Desde su interior una gran llamarada salió, quemando todo a su paso, las plantas, serpientes, y  a su compañero.

— Te lo dije bastardo, a mí no con tan simples juegos… — exclamó una vez caído al suelo. Las serpientes ardían a sus pies, y así mismo su compañero que estaba rostizado junto a la serpiente que cubría su cuerpo. — Así que después de todo, son ninjas. Eso sólo agrava su falta. — dijo Hisan’na, dando un par de pasos al frente, revelando parte de su rostro bajo la luz de la luna. La lluvia había empapado su cabello, el cual caía sobre su frente, al igual que los vendajes, que comenzaban a soltarse, mostrando las heridas que carga consigo. — Pero tú si eres un hijo de perra bien feo — Y se largó a reír. Se acercó al árbol que tenía a su diestra y recuperó la espada que estaba clavada en el árbol. — Esas cosas deben doler mucho… — dijo refiriéndose a las heridas que ahora se veían claramente en el rostro del Alhazred. — Te sacaré de tu miseria… — agregó. Sujetó su espada con ambas manos y esta comenzó a prenderse fuego. El tipo soltó nuevamente una carcajada, conforme embestía al pelinegro. Realizó un corte perpendicular el cual Hisan’na casi no logra evitar, de hecho, había logrado alcanzarlo con las llamas, provocándole una seria quemadura en su pecho. «Es rápido…» A lo que tuvo que retroceder. El tipo no le dio tiempo alguno y lo atacó con una serie de golpes sin interrupción.

Logró esquivar una buena cantidad de golpes, pero otros habían logrado darle, causándole más quemaduras por todo su cuerpo. Lo primero era deshacerse de su arma. Hisan’a estiró su brazo izquierdo, y desde el interior de las mangas de su túnica salieron disparadas tres serpientes del mismo largo que las anteriores. En un rápido y certero movimiento el sujeto logró cortar por la mitad a dos de ellas, pero la tercera fue capaz de impactar, enrollándose rápidamente entre sus brazos. Desde la siniestra de Hisan’na emergieron un par de alargadas serpientes que sujetaron sus manos, mordiéndolas, causando que la flameante espada cayera al suelo. Las serpientes que habían provenido desde su mano izquierda, ahora se retraían atrayendo el cuerpo del guerrero, a donde estaba él. De alguna forma, mientras iba en pleno aire, se las ingenió para desde su boca, escupirle una pequeña bola de fuego a Hisan’na, provocando que tuviese que soltarlo y quitarse del camino del ataque. El tipo cayó de pies al suelo, y escupió una serie de esferas de fuego causando que las serpientes cayeran al piso ardiendo en llamas.

Era cierto entonces, nunca había tenido que enfrentarse a algún Shinobi de los feudos, ya que siempre hacía trabajos para ellos que relacionaban el tener que acabar con ladrones o criminales sin habilidad alguna. Pero como le habían dicho, los feudos de aquel país tenían bajo su estandarte habilidosos shinobis, diestros en el arte del combate. Se le quedó mirando el Shinobi, con aquella retorcida sonrisa que había tenido durante toda la pelea. Hizo una serie de sellos muy rápidos y disparó desde su boca unas esferas, más grandes que las anteriores, las cuales comenzaron a atacarlo desde todas direcciones. Haciendo uso de su habilidad innata para contorsionar su cuerpo, pudo evitar el ataque. Pero como ya había sido la tónica, el Shinobi hacia ataques en conjunto, no dando tiempo para respirar ni para pensar. Las esferas de fuego impactaron provocando una nube de vapor ya que aún llovía en aquel lugar.

La lluvia que caía comenzó a dispersar la densa nube de vapor, revelando finalmente el cuerpo de Hisan’na que yacía en el piso, con serias quemaduras por todo su cuerpo. El tipo se acercó al cuerpo mal herido y se detuvo frente a él. — ¿Qué te he dicho? No había posibilidad alguna que pudieras derrotarme. La diferencia entre nuestras habilidades es tan grande como la tierra de este país. — decía mientras se agachaba para tomar su espada, siempre manteniendo su vista en el Alhazred. — Y nos hubiésemos ahorrado todo esto, si no te hubieses metido en lo que no te incumbía. — exclamó acercando la espada al pecho de Hisan’na, el cual producto de las heridas no podía moverse, o al menos de forma de poder escapar el inminente golpe.

El sonido de la carne siendo atravesada por la espada llenó los oídos de Hisan’na. En su pecho, en la zona cercana al corazón, la espada era clavada con mayor profundidad con cada movimiento del tipo. Había fallado. Soltó la espada unos instantes, su cuerpo comenzaba a tambalearse. Su visión se nublaba y sus manos tiritaban, haciendo imposible empuñar nuevamente la espada. Frente a él, en el piso, el que había sido el cuerpo de Hisan’na comenzaba a dividirse en cientos de pequeñas serpientes que repletaban el mojado piso. Escabulléndose en todas direcciones.

— ¿Qué sucede? — Dijo una voz proveniente de la espalda del aturdido guerrero. Sus pupilas se dilataron, ¿Qué le estaba ocurriendo? Y entonces un chillido ensordecedor se escuchó. El tipo sintió como su pecho era atravesado por algo, desgarrándole la carne hasta poder ver por el otro lado un objeto brillante. Era la mano de Hisan’na la que había atravesado su cuerpo, cubierta por un relampagueante brillo y ese sonido, sentía que sus tímpanos iban a explotar. Con la misma fuerza, retiró su mano, revelando un agujero por donde había causado la herida.

Cayó al suelo, de espaldas, su enorme cuerpo salpicó agua por todos lados. — ¿C-Cómo? — Dejó escapar antes de que sus ojos quedaran en blanco, finalmente falleciendo. El pelinegro recorrió la escena con sus ojos, los cuales se detuvieron en el cuerpo de la muchacha que yacía a un costado del lugar, entre los arbustos. Tuvo que mover hojas y ramas para poder llegar hasta ella.

Su cuerpo había sido alcanzado por el ataque inicial del tipo, provocándole serias heridas. Quizás si la llevaba a un hospital podrían salvarla. La muchacha respiraba lentamente, con dificultad. La tomó entre sus brazos y la llevó hasta donde estaban los cadáveres de sus abusadores. La dejó con cuidado en el piso, estaba mal. Observó los cuerpos de las tres personas, clavando su mirada en la de los dos asesinos. Flexionó sus rodillas y comenzó a registrar el cuerpo del que había muerto hacía poco. Tuvo que voltear el cuerpo del sujeto, revelando lo que se temía. 判定 (juicio) tenía escrito en su hombro derecho, símbolo que representaba que aquel tipo, y seguramente el otro también, pertenecían al feudo Ganryu. Feudo para el que tantas veces realizó trabajos en el pasado. «No puedo llevarla…» Y desvió su vista hacia la muchacha que ya no podía más a causa de sus heridas. Si la llevaba al hospital, le harían preguntas respecto a lo sucedido. Existía la posibilidad de simplemente dejarla a la entrada, pero cuando despertase, si es que lograban salvarla, ella les diría lo que allí ocurrió. Tampoco podía llevarla a su hogar, no tenía los implementos para tratar aquellas heridas.

Se puso de pie y se le quedó mirando, a sabiendas de lo que debía hacer. Apartó la vista de la muchacha que lo observaba a penas duras. Se quitó la túnica que llevaba puesta y se sentó junto a ella. Cubrió el cuerpo de ella y la apegó a su cuerpo, sin mirarla ni siquiera por una fracción de segundos. Simplemente se limitó a sostenerla, no podía darle calor puesto que el no producía calor alguno. Apretó el cuerpo de la moribunda contra el suyo. Recordó la amabilidad con que la muchacha lo atendió, el cómo no le negó la entrada cuando tantos otros si lo hicieron. El cielo comenzó a iluminarse por relámpagos que golpeaban en el firmamento. Seguido del poderoso rugido de los truenos. La lluvia caía aún más fuerte en aquel momento. Algo se quebró en el interior de Hisan’na y el cielo lo sabía, las gotas corrían por el rostro del pelinegro, camuflando las lágrimas. El mundo estaba podrido, los fuertes se imponían sobre los débiles, no había espacio para la debilidad. Sólo aquel que en su interior alberga poder es capaz de escapar de situaciones como aquella. Ese había sido las enseñanzas de su maestro, pero era la primera vez que le tocaba presenciar la realidad del mundo en el que vivía.

OST:


Sintió algo en su rostro, que lo sacó de sus pensamientos. Era la mano de la muchacha, que con la punta de sus dedos rozaba a penas su cara. No pudo evitar mirarla a los ojos, esos redondos ojos azules que lo miraban con tanta calma, no había dolor ni culpa alguna en su mirada. Era la mirada de alguien que había vivido en armonía y paz, seguramente nunca le había deseado mal a nadie ni hecho algo que pudiese lastimar a los que la rodeaban. Afectuosa como lo había sido con él. No merecía terminar sus días así, bajo esa lluvia, en esas condiciones. Sintiendo como con cada exhalada un poco más de su vida se fugaba del interior de su frágil cuerpo.

— L-Lo siento… — susurró con gran pesar el pelinegro. La muchacha intentaba articular las palabras, pero nada salía de boca más que jadeos. Con un suave movimiento, arrimó a la pequeña hacia arriba, al mismo tiempo que él bajaba su cabeza, colocando su oído derecho cerca de los labios de la mujer. El sonido de los truenos y la lluvia no le permitía distinguir lo que intentaba decir. La muchacha, en un esfuerzo sobrehumano, tragó saliva e intentó nuevamente hablarle.

— Gracias  

Sintió que su corazón iba a explotar. La conocía hace apenas un par de horas, pero ni siquiera con quien había sido su mentor durante tantos años sintió aquello el día que partió. No le gustaba lo que sentía, ¿Por qué lo estaba sintiendo? Ella no era nada para él, era una extraña, insignificante en su vida, pero había logrado calar hondo en él. El leve movimiento que la joven mujer hacía cada vez que respiraba finalmente cesó. Con cuidado, sin soltar el cuerpo de la muchacha, se puso y pie y abandonó el lugar.

***

Los truenos, la lluvia, el dolor, habían quedado atrás. La muchacha yacía bajo tierra, puesto que el pelinegro le había dado un entierro apropiado, no pudo ser capaz de dejarla allí, junto a los cuerpos de sus asesinos, al frío, bajo la lluvia. Enterró el pequeño cuerpo a detrás de la casa donde vivía. Nunca supo su nombre, su pasado, sus sueños y metas. Pero ella le había enseñado tanto, algo que jamás podría olvidar. Había gatillado en él odio. Nunca había sentido odio, ni siquiera por el sacerdote que lo mutiló, tampoco por sus padres que lo abandonaron. Nunca había estado de acuerdo con la forma de ser de los feudos y su forma de operar para conseguir sus metas. Pero ahora lo que sentía hacia ellos era más profundo. Quería verlos bajo tierra, borrar todos y cada uno de ellos. Nunca más no podría salvar a alguien, nunca más se vería en la necesidad de salvar a alguien de las garras de los poderosos. Él sería quién provocaría en ellos la impotencia que él sintió esa noche, de no poder hacer nada.

Abandonó aquel bosque, dejando atrás a la muchacha de ojos azules, la ciudad que durante años lo vio recorrer sus calles, atrás quedaron los centenares de libros que con tanto entusiasmo leyó en aquel santuario del conocimiento. Tenía claro lo que debía hacer, y para eso… tenía que ganarse a cierto señor feudal. No sería fácil, pero para eso estaría dispuesto a hacer lo que fuese, porque la próxima vez que pisara esas tierras, sería para ver caer las murallas de la Capital. Tendría que hacer cosas que no serían quizás de su gusto, ir en contra de toda enseñanza impartida por su maestro. Quizás tendría que ver más jóvenes morir en su camino, pero todo eso sería para algún día, ponerle fin a todo lo que dejaba atrás. «Nunca más…» Se dijo a sí mismo.

El sol se asomaba entre las montañas, el cielo estaba despejado, ni una sola nube se podía ver. Azul, azul como los ojos de la pequeña. Que lo invitaban a iniciar su camino, a su nuevo objetivo. Sus heridas ya habían sanado, pero no así su espíritu. Se había prometido de una vez por todas nunca más sentir aquello. Estaba asqueado de tal sentimiento, de tal… debilidad. Algo se había quebrado cuando la muchacha falleció. Las repercusiones de tal suceso eran inciertas, incluso para él. Solamente el tiempo diría que fue aquello que dejó atrás, dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero hay algunas que ni con la gentil caricia del tiempo pueden cerrar. Tocó su rostro, sintiendo las yagas por debajo de las vendas que lo cubrían. Ellas eran testigo de aquello que ni el tiempo puede curar ni hacer olvidar.

«Nunca más…»  

357 líneas
Entrenamiento +6 stats

NPC's:

Médico # ccffcc
Padre del recién nacido # 993399
Amigo de la familia # 663399
Madre del recién nacido # cc99cc
Muchacha de ojos azules # 6666ff
1° Guerrero del Feudo Ganryu # 996600
2° Guerrero del Feudo Ganryu # cc6633
Técnicas:

Sen’eijashu no jutsu (Jutsu Manos de serpientes sombra ocultas)
Sin la necesidad de sellos de mano, el usuario expulsa desde sus mangas, o muñecas, tres serpientes de no más de 5 métros de largo, las cuales intentan envolver a al objetivo para inmovilizarlo. Estas serpientes son venenosas, por lo que en caso de morder al oponente, generarán que luego de 3 turnos  la visión del oponente se haga borrosa y pierda el equilibrio, recibiendo una penalización de 3 puntos en velocidad.

Karada no hebi no jutsu (Jutsu Cuerpo de serpientes):
Sin la necesidad de sellos de manos, el shinobi del clan Orochi es capaz de hacer emerger desde cualquier parte de su cuerpo una cantidad de serpientes de gran tamaño, las cuales pueden intentar sostener o morder al oponente. Estas serpientes son venenosas, e inyectan un veneno que luego de dos turnos harán que el oponente pierda su equilibrio, reduciendo su velocidad en tres puntos y haciendo borrosa su visión.
Estas serpientes no podrán alejarse más de dos metros desde la posición del usuario, y estarán unidas a su piel, por lo que si las mismas son heridas, el usuario también sentirá dolor.

Bunshin Hebi no jutsu (Jutsu: Clon de Serpiente):
Luego de una serie de sellos de manos, el usuario crea un clon que será exactamente igual a si mismo. El clon de serpientes puede hablar y sus capacidades físicas son iguales a las del usuario, además su aroma es similar al de su creador. Este clon no puede usar jutsus. Su cuerpo está formado enteramente por serpientes, al ser golpeado este puede regenerarse hasta 2 veces. Luego de eso, el mismo se dividirá en decenas de serpientes no venenosas y de poco tamaño por lo que en caso de cubrir al oponente pueden reducir ligeramente su movilidad. Al ser destruido la información que el clon poseía puede ser recuperada si al menos una de las serpientes que lo componía llega al creador. El sharingan no puede distinguir estos clones del original. A partir del rango chunnin el usuario puede optar por crear y controlar con esta técnica un único clon el cual además de las características ya descritas puede emplear jutsus de clan (de su nivel) y es venenoso lo que significa que si muerde directamente a un rival o se deshace volviéndose serpientes estás podrán intentar alcanzar al enemigo inyectándole un veneno equivalente a uno de rango gennin el cual provoca malestar, dolor el la zona afectada y una ligera disminución de los reflejos por 2 turnos.

Máximo: 2 clones en Genin, uno adicional por cada rango obtenido.

Chidori (千鳥, Millar de Pájaros):
[Progresiva de cantidad | Ninjutsu | Progresiva de efecto]
Tras una cadena de sellos el usuario acumula chakra eléctrico en una de sus manos para, posteriormente, lanzarse a por el oponente con la intención de atravesarlo. Ésta técnica tiene grandes ventajas tales como la velocidad y la fuerza de impacto, que le pueden permitir atravesar un torso humano sin problemas. Sin embargo la propia velocidad que se adquiere cuando se intenta impactar con la misma la vuelven difícil de manejar, tanto que el usuario no puede variar su rumbo una vez que ha empezado a correr con el Chidori en una mano. El uso de ésta técnica conlleva un gran desgaste físico y energético, por lo que se limita a una vez al día para los gennin; dos veces al día para los Chūnin; y tres veces al día para los Jōnin y los Sannin.

AlptrauM
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