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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

Créditos

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— May i dance with you?

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— May i dance with you?

Mensaje por AlptrauM el Lun Oct 24, 2016 2:01 pm

May i dance with you? — Says the snake.  

Misión rango D


— Capítulo uno
"Territorios del feudo Riku-gui."

¿Cómo alguien podía estar tan absorto a lo que lo rodea? Se dice que la juventud es un exquisito regalo que nos da la vida, época donde se puede pecar de inocente e incluso bordear la estupidez sin preocuparse de las consecuencias. Pero cuando la juventud se ve interrumpida por el peso de la responsabilidad y los deberes para con otro. Aquella inocencia e irresponsabilidad deben quedar atrás, sin importar cuando uno la añore, se ha perdido, y por más que se quiera, nunca volverá.

Eso le había ocurrido al joven Daimyo del feudo Riku-gui, Sakae Shinobu. A diferencia de otras potencias en el mundo que había adquirido el poder mediante sudor y sangre, abriéndose paso a través de los escalones del poder mediante interminables batallas, aquel peculiar hombre lo había conseguir por la gracia de la sangre que corría por sus venas. Caprichoso como sólo su crianza llena de lujos le podía permitir. No conocía el no por respuesta, y aplicaba lo mismo en cada ámbito de su excéntrica vida.

Malgastado cada centavo que pasó por sus delicadas manos. Excesos que eran realizados sin importar lo que pensara aquellos bajo su cuidado, quienes debían mirar asqueados como los frutos de su trabajo eran arrojados en cada fiesta, banquete o celebración dada por aquel hombre. Costumbres que solamente eran compartidas por aquellos más cercanos quienes no siempre por gusto, debían de experimentar aquellos vicios con tal de no disgustar a su señor.

Distinto era el mundo que vivían aquellos afuera de las murallas de tan refinado castillo. La gente que vivía en el territorio de Riku-gui eran personas sumidas en la pobreza, muchas veces sin siquiera un pan que llevar a la boca. Quienes trabajan día tras día, partiéndose la espalda para poder simplemente sobrevivir, porque eso era lo que hacían, sobrevivir en un territorio que no les importaba si ellos estaban bien, mientras produjeran con tal de satisfacer las necesidades que se articulaban tras las altas murallas que rodeaban ese lugar de perdición.

Había oído historias de cómo era la vida allí. Después de cerrarle las puertas al feudo Mogura y su aliado, quiso ir al encuentro de aquel feudo restante que a pesar de ser tan mal referido, era un feudo después de todo. La gente en las minas le había hablado pestes de Sakae Shinobu. Su gente realmente lo detestaba. Cuando les preguntaba el por qué no se iban de allí, la respuesta era siempre la misma. Estaban malditos y aquellos que alguna vez sirvieron bajo el estandarte del excéntrico Daimyo no eran bien vistos en los otros feudos, e incluso les prohibían la entrada a sus territorios. Además, muchos de ellos preferían vivir allí que aventurarse a quizás qué costumbres que pudieran tener en los otros feudos. Mejor diablo conocido que diablo por conocer, dicen por ahí.

El castillo Shinobu. El contraste entre aquel exótico lugar y sus alrededores contra el resto del territorio era increíble. El resto de los valles de Shinobu eran lugares donde nada crecía, y solamente se vivía de la minería. La sal había destruido la tierra, así como la curtida piel de los trabajadores por las intensas jordanas bajo el sol picando piedra tras piedra. Qué diferente era ese lugar. El castillo, rodeado por verdes prados y ancestrales árboles era como un oasis en el medio del desierto. Estaba ubicado en lo alto de una colina, cuyas murallas estaban pintadas con un pálido tono amarillo, grabadas con detalles que parecían haber sido hechos por las pequeñas manos de niños. Los techos, enormes vidríales azules que permitían el ingreso de la luz a sus bastos salones donde todas las noches se realizaban bailes a los cuales asistían la aristocracia del feudo. En el exterior, a un costado de aquel palacio, se ubicaban las casas de aquellos cortesanos que no vivían en el interior, pero que eran lo suficientemente ricos como para ubicarse cerca de su excelencia. Más debajo de la colina, por suerte aún con césped bajo sus pies, estaban aquellos que habían sido bendecidos por no tener que trabajar en las minas de sal y piedra. Restaurantes donde cenaban aquellos con el dinero para pagar los platos que allí se servían. Tiendas de ropa donde se podía adquirir las más finas sedas traídas de todos los rincones del continente y de otros exóticos lugares. Alquimistas que creaban fragancias con las más finas hierbas y sustancias para vendérselas a los más acaudalados. Y por último, aquellos que se ganaban la vida con el producto del trabajo de sus manos, artesanos y herreros que satisfacían la demanda del reducido, pero aun así, ejército del feudo.

Pero, ¿Quién tenía la culpa de tal desigualdad? Algunos culpaban al irresponsable Señor de aquellas tierras, otros decían que no era su culpa, si no de aquellos que lo rodeaban y qué sólo les importaba su propio bienestar y el satisfacer sus pecaminosos placeres. Claramente lo que le faltaba al joven Shinobu era un mano firme a su lado que le guiara por el buen camino, o al menos que le enseñara a administrar su feudo, y más importante aún, mantener contentos a aquellos que vivían y morían bajo su mando. Nadie le prohibía el que  se diera sus gustos, todos lo hacen, unos menos excéntricos que otros, pero que no fuese a costas del trabajo de todos en el feudo, al menos, sin que recibieran un pago que les permita vivir de forma digna.

No sería fácil integrarse en aquel lugar para él, no es que lo fuese en cualquier lugar del mundo, pero quizás en ese particular lugar, le fuese un poco más complicado. Hisan’na Alhazred, nombre que le había puesto su maestro, paseaba por las verdes calles adornadas con adoquines de piedra. La gente, no aquellos que eran el proletariado, vestían ridículas pelucas, trajes y vestidos demasiados exagerados para cualquier gusto. Preocupados siempre de la vida del de al lado antes que de la propia suya. Que qué usarían para la próxima gran fiesta a realizarse por el Daimyo el próximo viernes, que con quién iría y a quién no habían invitado. Era algo impresionante lo ajenos al mundo que estaban los que vivían allí, inmutables ante la posibilidad de que cualquier día pudiesen ser invadidos por los otros dos feudos que se encontraban en alianza o su misma gente que asqueados de su forma de vivir, se rebelaran contra ellos y los arrastraran por las calles hasta la guillotina para ver rodar sus cabezas de sus gordos cuerpos que habían llenado del alimento que ellos no tenían.

Murmuraban en los oídos del que tenían al lado al verlo pasar, algunas exageradas mujeres hacían gestos de arcadas al ver su apariencia. Eso no le importaba, ni producía sentimiento alguno, más allá de quizás algo que remotamente podría decirse como lástima hacia ellos. Unos llamados interrumpieron el cuchicheo de aquellos idiotas aristocráticos. No pudo evitar levantar la vista en busca del lugar de origen de aquellos gritos. — ¡Shū! — gritaba una voz entre las personas que paseaban por la calle. — ¡Shū! — Volvía a gritar la voz. La gente se abría paso, yendo a un costado de la calle conforme la voz se hacía más fuerte. A un par de metros, salió de entre la gente un joven muchacho que tenía un delantal de cuero quemado amarrado a su cuerpo. Las señoras, algo espantadas por los gritos, se alejaban de él al momento que el muchacho se les acercaba y les hablaba.

No tardó mucho para llegar hasta donde estaba el pelinegro que se había detenido de su caminar para prestar atención a lo que ocurría. — Disculpe señor… ¿Ha visto a una pequeña por aquí? — dijo el muchacho al momento de casi chocar con Hisan’na. Se podía sentir la preocupación en sus palabras y la desesperación en su mirada. — No te sabría decir — contestó con honestidad el pelinegro, el joven no le había dado descripción alguna, por lo que aunque la haya visto, no lo sabría. — Es una niña, de más menos catorce años, pelo negro, de baja estatura… tiene pecas en su rostro y ojos pardos. — dijo nervioso el joven.

— ¿Cuál es tu nombre? — Le preguntó al joven. — Ehm, Buki, Señor. — contestó el muchacho mientras miraba para todos lados. — Shū es el nombre que gritabas, ¿Es tu hermana? — Mientras sujetaba al muchacho para que se calmara un poco y explicara bien lo que ocurría. — Sí, es mi hermana. Acostumbramos a jugar a las escondidas cerca del valle, pero yo tenía que volver al trabajo, por lo que comencé a buscarla por todos lados. Esto fue hace horas, pero no aparecía. Así que vine al pueblo a ver si había regresado, pero no he podido encontrarla. — contaba el muchacho a Alhazred. — Necesito que aparezca, tengo que volver a la herrería, mi maestro está esperando, tenemos una enorme orden que cumplir. — Hablaba agitado, no podía mantenerse quieto aquel joven aprendiz de herrero.

Esa podía ser una buena forma de ganarse a alguien dentro de aquel feudo, aunque fuese un simple herrero. Pero por algún lado se debía partir y si encontraba a la pequeña, la gente hablaría de eso y quizás, sólo quizás… llamaría la atención de quienes en verdad era necesario ser notado.  

— Mencionaste los valles, ¿Allí fue la última vez que la viste? — El muchacho se le quedó mirando, un pequeño brillo se encendió en sus ojos. — Sí, pero dudo que siga allí. Lo más probable que ande en algún lugar cercano al  pueblo. — Le explicó a Hisan’na algo más calmado.  — ¿Tienes algo que sea de ella? — inquirió el pelinegro. — Una bufanda de ella… qué fue lo único que encontré. — dijo haciéndole entrega de una bufanda de color roja. — La bufanda, ¿Hace cuánto y dónde la hallaste? — dijo preguntándole al muchacho mientras intentaba tomar el olor a la vestimenta.

* * *

Sus habilidades para rastrear objetivos no tenían nada que envidiarle a un ninja sensorial o los miembros del clan Inuzuka, famosos por sus capacidades de seguir rastros. Quizás aún no la tenía lo suficientemente entrenada, pero podía mantener el rastro de una partícula que haya captado por un buen tiempo. Lo primero sí, era encontrar los restos de aquellas partículas en el aire. Es por eso que le había pedido la bufanda al hermano de Shū. Como era de ella, podría intentar identificar su rastro desde donde la vio por última vez hasta el pueblo y con un poco de suerte, dar con ella.

Con bufanda en mano, siguiendo las indicaciones de un agradecido hermano, Hisan’na fue en busca de la pequeña a los valles de Shinobu. Estaban algo alejados del pueblo que rodeaba al castillo, pero mantenía aquellos paisajes serenos. Las praderas parecían no tener fin. Quién pensaría que a tan sólo un par de días de tan magnífico escenario, estaría la desolación misma de las minas, donde no hay otro color más que el café y negro.

El rastro era muy débil, la muchacha parecía haber estado allí en algún momento durante el día, pero ya había quedado atrás. No era que quizás el rastro se había debilitado debido a los vientos del norte que bajaban por entre las montañas, llevándose todo a su paso. Tuvo que refrescar cada cierto tiempo el rastro en su lengua para no perder la esencia de la niña. Era inútil, si alguna vez la niña estuvo en los valles, había sido hace bastante tiempo y no estaba por las cercanías.

Sería ilógico pensar que la jovencita se había alejado aún más del pueblo y de los valles, a sabiendas que su hermano debía regresar al trabajo. Por lo que no había motivo alguno para pensar que quizás se había ido en dirección de las minas o peor, el cordón montañoso que estaba más allá de todo límite. Estaba claro que había vuelto al pueblo, pero ¿Por qué no fue directamente a la herrería? A dar aviso a su hermano que se encontraba bien. Quizás se había distraído con algo.

Entonces recordó, el joven herrero le había comentado que encontró la bufanda en los alrededores del palacio, pero que dudaba que su hermana fuese hasta allí, ya que se les prohibía la entrada a personas que no hayan sido explícitamente invitados. Pero ella era joven, irresponsable, absorta de lo que la rodea, como aquel hombre que se oculta tras murallas y máscaras estrafalarias. Era por eso que la idea de que ella se hubiese ido a meter allí no sonaba del todo descabellada. Vino a su cabeza el haber oído durante su caminar por las calles, a un par de gordas mujeres hablar de que esa noche habría un banquete en honor de un invitado del Daimyo. La gente durante todo el día había estado yendo de aquí para allá, corriendo para preparar todo para aquel festín. Dios personase a aquel que fallase en su tarea, y el dios de aquel lugar no era conocido por su misericordia.

¿Qué muchacha de catorce años no soñaría con eso? Hermosos vestidos, bailes con distinguidos caballeros al compás de melodías que encantan a los sentidos, exóticos platos preparados por los mejores cocineros del feudo. Quizás no todas las muchachas gustaban de eso, pero para quién creció con eso tan cerca de ella, pero a la vez tan inalcanzable, no sería para nada extraño que intentase ver más de cerca y quizás, poder sentir algo que ve como imposible.

Para cuando regresó al pueblo, las brillantes luces podían verse desde lo lejos, iluminando cada rincón del valle. El palacio por su parte, resplandecía con mayor intensidad, los vidríales en los techos aumentaban el brillo de las luces provenientes de sus salones. Parecía que el mismísimo sol estuviera en cautiverio entre sus murallas. Todos los que se consideraban alguien asistirían al gran banquete. El sendero que llevaba colina arriba, hacia el palacio, estaba repleto de carruajes que en su interior llevaban a los distinguidos invitados. El rastro, se hacía más fuerte conforme se aproximaba al palacio. Entonces sí había querido ir la jovencita y ser testigo de aquel mundo de ensueño. La señal, venía desde el interior del castillo. Por supuesto, él no podría llegar y entrar al palacio. Principalmente porque no tenía una invitación, pero había razones de sobra para que no le dejasen entrar. Eso no significaba, claro, que no pudiese ingeniárselas para que lo invitaran de una u otra forma.

Falso, no pudo entrar. La seguridad era digna del lugar al que intentaba ingresar. Tampoco se arriesgaría a causar algún tipo de problema tan sólo para encontrar a una niña. De pronto sintió en su lengua el rastro de la muchacha como si estuviese justo a su lado. Recorrió el lugar con su mirada en busca de ella, pero no se veía por ningún lado. Sólo hombres y mujeres vestidos con ridículos trajes y máscaras para cubrir su rostro. Nada que pudiese parecerse a una niña de catorce años. Entonces el poderoso rastro le hizo voltearse hacia el palacio. Frente a él, un ventanal que empezaba en el piso y llegaba hasta lo alto. Detrás de él, parada a un par de metros en el interior de un salón, estaba una figura que vestía diferente a los demás. «¿Será ella?» Sus ropajes no eran de finas telas, aunque si era un bonito vestido de tonos azules. Su cabello, negro como la noche, estaba tomado por un pinche dorado haciendo una cola de caballo que caía agraciadamente por su cuello. No traía máscara alguna, pero desde la posición en que se encontraba, era imposible ver si tenía las características que le había descrito el joven Buki.

Golpeó suavemente el vidrio para no quebrarlo, pero con la suficiente fuerza para que el sonido fuese escuchado por la mujer que él creía era quien buscaba. No dio resultado. Volvió a golpear el vidrio, ésta vez, con más fuerza. La muchacha volteó en su dirección, era tal y como la había descrito su hermano. ¿Cómo había logrado colarse a la fiesta? No vestía para la ocasión, y el que haya sido invitada la hermana del aprendiz de herrero del pueblo no era una opción. Fue entonces que un hombre se acercó a la muchacha. Era un hombre bajo, que vestía un traje escarlata con grabados en oro. Una peluca blanca casi albina adornaba su cabeza. Entonces, el hombre tomó de la mano a la muchacha y se inclinó para susurrarle algo al oído. Después, se la llevó al interior del salón, desapareciendo entre la gente que allí estaba. ¿Qué mierda había sido eso? ¿Quién era ese hombre? Y más importante aún, ¿Por qué la pequeña Shū estaba con él? Ahora no había duda alguna, fuese como fuese tenía que entrar al palacio. Corrió por un costado del castillo hasta llegar a la parte trasera. Allí, una puerta donde estaban un par de guardias, recibía a los empleados de la fiesta. Justo en la entrada, un grupo de personas que cargaban instrumentos hacia ingreso al lugar.

— ¿A dónde crees que vas? — Le preguntó el guardia al pelinegro bajando su lanza para impedirle el paso. — Vengo con la orquesta. — contestó al guardia, mientras el otro no dejaba de mirarlo. — ¿Tú? Sí, como no. — replicó el otro. — Sí es así, ¿Dónde está tu instrumento? — Le clavó la mirada en señal amenazadora.  — Aquí está… — Y le mostró la pequeña armónica. Ambos guardias se mostraron dudosos ante el recién llegado. — Si no me van a dejar entrar, bien. Pero después ustedes le explicaran a mi jefe el por qué no pude tocar ante su excelencia y sus invitados. Y claro, él tendrá que responder ante sus superiores. — exclamó Hisan’na, a lo que la expresión de ambos sujetos cambió radicalmente, les había dado un susto con esas palabras. — Eh, sí… entra y date prisa. — Se apresuró a decir uno, a lo que el otro agregó —. Y que no te vean los invitados…

* * *

Fue así como finalmente el pelinegro pudo entrar al palacio de Shinobu. De las murallas colgaban alargadas cortinas color azulado con tonos celeste. Los pisos, cubiertos con alfombras de hilo de diferentes colores. El olor a jazmín se impregnaba en la ropa. Candelabros en el techo iluminaban los pasillos y comedores. Ya estaba dentro, ahora tenía que buscar a la pequeña Shū entre tanto adulador disfrazado de payaso. ¿Pero cómo haría para moverse entre la gente sin ser notado? No con ese rostro al menos. Recorrió los pasillos intentando no llamar la atención, por suerte para él, estaban todos demasiados preocupados de sus asuntos como para notarlo.

Sobre un mostrador, encontró una máscara de color blanca que utilizó para cubrir su rostro. Le quedaba como si fuese hecha a medida para él. Se miró en uno de los espejos que estaban prácticamente por todos lados, se veía bien dentro de lo que él podía verse, al menos estaba algo más cerca de parecerse a el resto de idiotas que bailaba al son de una horrible melodía en los enormes salones.

El rastro se debilitaba con cada paso que daba en aquellos anchos pasillos. Al cruzar un comedor las partículas que había dejado la pequeña Shū volvía a intensificarse. Un par de pajes le abrieron las doradas puertas dándole paso al salón principal. Allí, la gente se reunía en el centro para deleitar a aquellos que se marginaban de la actividad, con sus coordinados pasos. A cada costado del centro, unas alargadas mesas de madera cubiertas con manteles blancos. Donde la gente podía comer y beber hasta que ya no pudiesen más. Recorrió el salón en busca de la pequeña, pero no había señal de ella por ningún lado, sus ojos se posaron en el centro del salón, donde al lado de un par de parejas bailando, estaba Shū. El hombre, la tomaba de la cintura y la movía de un lado al otro. Hisan’na dudo durante unos instantes, pero dando calmados pasos se acertó a la pareja. — ¿Me permite esta pieza? — Le dijo a la muchacha, a lo que el hombre se le quedó mirando. — Espero que no sea un problema, claro. — exclamó hacia el hombre. — Para nada hombre, es toda tuya. Disfrútala. — contestó el hombre a la vez que se apartaba para permitirle bailar con ella.

La muchacha lo tomó de las manos y comenzaron a bailar, si es que eso podía llamarse bailar. — Tu hermano lleva horas buscándote — dijo de pronto, para la sorpresa de la joven. La tomó de la mano y la sacó del salón.

* * *

El camino por el sendero hacia el pueblo había sido en silencio. La muchacha no apartaba la mirada del piso mientras caminaban. — No diré nada de lo ocurrido aquí a tu hermano. — murmuró a la muchacha, a lo que ambos se detuvieron. — P-pero… — Intentó articular la niña. — No sé los motivos para esto, no me interesan. Cada quién elige como vive su vida, y no debe permitir que el resto le diga cómo hacerlo. Pero vive libre, sin esconderte. — Y la tomó del brazo, obligándola a voltear en dirección del castillo. — ¿Eso es lo que quieres? ¿Ah? — exclamó subiendo su tono de voz. — Perfecto, ve por ese sueño. Pero no te ocultes tras una máscara como el resto. ¿Qué creías? ¿Qué podrías vivir en ese mundo de fantasía en el que viven allá adentro? Esa no es tu realidad, no por ahora… quizás algún día lo sea, pero maldición. Al menos dile la verdad a tu hermano, el cual se parte el lomo todos los días para darte una buena vida. ¿No es la que tú quieres? Bien por ti, pero tienes que decirle… — La muchacha rompió en llanto, corriendo el maquillaje que le habían puesto. Después de eso, fueron hasta el pueblo y la herrería, que en las afueras, sentado en un pequeño banco de madera, esperaba el hermano de la joven Shū.

— ¡HERMANA! — gritó Buki al ver a su hermana. — P-Pero… ¿Por qué estás vestida así? — Le preguntó a su hermana al verla con aquel vestido y con el cabello arreglado. La hermana sollozaba y guardaba silencio. Buki dirigió su mirada hacia Hisan’na el cual prefirió guardar silencio y dejar que ella le contara, cuando encontrase que fuese apropiado.  — Gracias, de verdad… — Dejó escapar la hermana a lo que el hermano replicó el agradecimiento y ambos entraron a la herrería. Escasos momentos después, salió el hermano mayor y le entregó un par de monedas en pago por su ayuda, para luego volverse a entrar al local. Las luces aún podían verse a lo lejos en el palacio, la música se escuchaba como si estuviese todavía en aquel salón.

* * *

Pasaron un par de horas y la fiesta continuaba, pensó por un instante volver al palacio. Intentar hacer un par de contactos, quizás tener suerte y hacerse notar. Se encontraba sentado en una banca de acero pintada de color blanca, en los jardines anexos al palacio. Durante unos segundos se dejó llevar por la música, que ahora no sonaba tan mal. Pero sus pensamientos nublaron su mente, apartándolo de aquella melodía. ¿Por qué estaba allí? Este de todos los lugares, no era para él. Definitivamente estaba fuera de lugar. No sólo porque era extranjero de aquel país, tampoco por el hecho de que no pertenecía a ese feudo. La gente allí era completamente distinta a toda que alguna vez conoció. ¿Qué provecho podría sacarle a ese lugar? Un paraíso de las perversiones. Donde todos velaban por sus intereses propios ocultos tras una máscara de jovialidades y decoro. Cada uno de ellos era un pecador, como lo era él, pero parecía ser que entre ellos era algo normal, cotidiano. El único motivo que por el que había ido a parar allí, era que aquel feudo era enemigo de los otros dos, que quizás encontraría un lugar del cual poder empezar su camino hacia ver caer aquellos perros de Mogura y Ganryu, y eventualmente, caer el que dominaba aquellas tierras. ¿Era una ilusión? ¿Se había equivocado al venir hasta acá? Quizás debió quedarse en la Capital. Entonces recordó el rostro de Rinsetsu por algún motivo, y a su invitación de ir a verla. Él no conocía lo que era el romance, tampoco le interesaba mucho. Pero era una imagen más prometedora que aquella que tenía frente a él. El rostro de la joven Rinsetsu fue reemplazado por el de aquella muchacha cuyo nombre nunca supo. Sus enormes ojos azules que lo iluminaban todo. Aquellos ojos que vio apagarse en sus brazos y que no pudo hacer nada para evitarlo, más allá de una temprana venganza. Desde que puso un pie en aquel país, había sido una tormenta de sentimientos que nunca, en toda su extensa vida, había conocido.

Aquella noche se había prometido algo. Algo que cumpliría sin importar cuanto le tomase. ¿Había escogido por dónde empezar? No. Pero sí escogería como terminarlo. Si eso significaba tener que rodearse de aquella asquerosa sociedad, lo haría e intentaría sacarle el mayor provecho posible. Posó sus ojos en el iluminado palacio cuya música había cesado, y los invitados comenzaban a abandonar. Encontraría la forma de conocer a aquel señor feudal. Encontraría la forma de llegar a él y poco a poco, impulsar lo que tanto él como Hisan’na querían. ¿Habría que hacer cosas que no le agradaban? Sí, lo más probable que las cosas que tendría que hacer para ellos le provocarían repulsión, pero era el medio para un fin que se había trazado tiempo atrás.

No tenía sueño, sentía la necesidad de caminar, de meditar y ordenar su cabeza. Tenía un largo trabajo por delante y ya habría tiempo para dormir y descansar. Se levantó de aquella banca y se dedicó a caminar por el pueblo mientras todos aquellos que celebraron durante la noche descansaban de sus vicios y placeres. Sintió asco, asco de como una pequeña se había visto en la obligación de hacer lo que tuvo que hacer con tal de pertenecer a ese mundo. Ese sería el inicio, ponerle fin de algún modo a ese mundo de fantasía que tanto protegían y que algunos, lamentablemente, deseaban.  

286 líneas

Técnicas:

Captación de partículas:

Los Orochi, al igual que las serpientes, pueden captar partículas volátiles con su lengua para rastrear a alguien. De éste modo son capaces de percibir rastros que escapan a las capacidades olfativas de un Inuzuka o, inclusive, a los ojos de un Hyuga o un Uchica. Su capacidad para seguir el rastro de una persona es tal que pueden mantener la pista sobre su objetivo durante varios días hasta perderles el rastro. Sin embargo deben tener cuidado con esto, pues debido a su alta sensibilidad a las partículas son muy susceptibles a los sabores fuertes y, por ejemplo, un Inuzuka podría sobrecargar éste sexto sentido con su "Marca Dinámica" ya que las partículas de dicha técnica serían lo bastante fuertes como para nublar el ya mencionado sentido.
Genin: Pueden captar partículas a 10 metros a su alrededor. Son incapaces de aislar unas de otras -para rastrear a más de una persona a la vez, por ejemplo- y sólo pueden seguir rastros frescos.
Chûnin: Pueden captar partículas a 15 metros a su alrededor. Continúa con las mismas desventajas del rango anterior.
Jônin: Pueden captar partículas a 20 metros a su alrededor y además pueden separar unas de otras para rastrear a una persona en concreto de un grupo. Pueden seguir rastros de varios días si el clima lo permite -si ha llovido, por ejemplo, sería imposible debido a la disolución en el agua de lluvia de dichas partículas.-
Sannin: Pueden captar partículas a 30 metros a su alrededor. Pueden separar con una minuciosidad impresionante unas de otras para los fines que convengan -fines referentes al rastreo, se entiende- y pueden seguir rastros de varias semanas siempre y cuando el clima lo permita.

AlptrauM
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