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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Alerta en el Astillero [Misión D]

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Alerta en el Astillero [Misión D]

Mensaje por Kazuo el Jue Oct 27, 2016 7:28 am








Kazuo

“Don't be afraid of me”




Alerta en el Astillero
El pelinegro comenzaba a adaptarse nuevamente al movimiento de una numerosa población, aunque seguía en un plano temporal diferente que el de los demás. No llevaba la cuenta de las horas, ni de los días. Podía permanecer en la oscuridad de su casa casi una semana sin conseguir una motivación real para cruzar la puerta que lo separaba a él del mundo. Eterna soledad. Ya no se encontraba en las montañas, pero la costumbre de estar solo no se le despegaba. Su única compañía eran las voces de su cabeza. "Cállense". Aún no había vuelto a tener contacto con sus dos amigos desde la primer misión que compartieron. La primera en más de cuatro años. No le interesaba lo que el feudo pensaba sobre su desempeño en la misión; lo importante era que había completado el trabajo en tiempo y forma. Estaba consciente de que pronto tendría que volver a levantar cabeza y honrar su puesto como Genin; un soldado feudal en crecimiento. "¿Qué importa la Dama de Fuego?". El humo de varios atados de cigarro circulaba por los pasillos de la casa, dejándose llevar por una corriente de aire que entraba desde la única ventana abierta, en la planta superior. No podía quejarse, era un lugar mucho más espacioso que la cabaña sobre las montañas. Menos pacífica. Un golpe en seco sobre la puerta de madera resonó en su mente como un eco, abriéndose paso entre las incesantes voces. "Cállense...". Su andar era lento, idéntico al de una persona muy cansada; se preguntaba quién podía ser. Abrió la puerta y se encontró con el mismo Shinobi que le había entregado su primer misión. Seguía temblando como una hoja ante Kazuo; ante lo desconocido. Si supiera más sobre él, se daría cuenta que su "condición" no le hace fuerte, sino inestable. — "Era de esperarse..." — Otra misión. Posiblemente los de alto mando se percataron de la poca actividad de uno de sus Shinobis que acababa de regresar de un exilio de cuatro años. Quizá piensan que Kazuo estuvo de vacaciones, pero él había descendido al infierno y regresado en una sola pieza. Detalles más profundos sobre lo que vivió ese tiempo se mantienen como un misterio. Tomó el pergamino que contenía la asignación y, tras una breve lectura, decidió partir a la costa. Llevaba lo único vital para completar la misión: un atado de cigarros.

Kazuo evitó las calles principales para no cruzarse con alguno de sus dos amigos, ya que aún quedaban algunos asuntos personales que le resultaban un completo fastidio. Estresado, como siempre. Era una mañana soleada y ninguna nube concurría el cielo; los rayos de luz no le tenían piedad al blanquecino rostro del adicto al tabaco. Aquel que vestía de negro tenía preferencia por los días nublados, aunque apreciaba a la naturaleza en general. Sentía una emoción cercana al afecto por todo lo que no se relacionaba con los seres humanos. A pesar de no dirigirse al objetivo con mucha prisa, no tardó demasiado en llegar. Su ceño fruncido era un poco más suave que el habitual. Observó a no más de cien metros, un grupo de trabajadores que se encontraban sin hacer nada, mirando en dirección al pelinegro. Llegó a deducir velozmente que aquellos hombres tenían conexión con la misión en sí; posiblemente esperando la llegada del pelinegro. El buen oído del malhumorado prestó atención a las palabras de uno de ellos cuando se encontraba a menos de treinta metros de la multitud. — ¿Será éste quien ha enviado el feudo para ayudar al capataz? Parece algo joven, y viene fumando. Se ve que no han tomado en serio nuestra petición. — Los ojos del humeante ninja descansaron bajo los párpados por unos segundos, librando un suspiro que se llevaba humo y estrés con él. — Ahí vamos... — Se dijo a sí mismo, a un nivel de voz demasiado bajo como para ser escuchado por alguien.

El único que vestía de negro se acercó a los hombres fornidos, que se encontraban escépticos frente al mero esqueleto de lo que podría ser un gran barco algún día. — Buenos días. — Realizó una leve reverencia, lejana a la formalidad. Su voz era firme, acompañada de la misma expresión antipática pegada en su rostro. — ¿Dónde se encuentra el capataz? — Uno de los trabajadores, poseedor de una espesa barba oscura, le señaló una humilde cabaña al final de la calle. La choza se ubicaba de forma muy convencional, cercana a la mayoría de las construcciones que el astillero llevaba a cabo. También de los cargamentos diarios. El pelinegro que emanaba un aura negativa pasó de los hombres presentes, los cuales muchos parecían querer preguntarle algo. La preocupación por su líder era admirable. Admiración que el fumador no sentía. Preocupación que él nunca sentiría por su "líder".... ¿O sí? — Vengo en nombre de Kakkinoaru'en. — Se limitó a decir luego de haber tocado la puerta. Insistir no fue necesario, ya que una mujer con una amable sonrisa le había recibido a la brevedad. Conocía esa clase de sonrisas; las que ocultaban otras emociones. Al parecer el capataz se encontraba dormido tras una noche repleta de preocupaciones, por lo que el fumador decidió hablar directamente con la esposa. — Cuénteme qué sucedió. — Rechazó el té que la mujer le había ofrecido de la forma más "educada" que a Kazuo le era posible y fue directo al grano. Incluso alguien tan carente de habilidades sociales como él notó algunos gestos faciales bastante inuguales en ella. Como todo relato tuvo un principio y tuvo un final, pero el último comentario de la señora del capataz le llamó la atención. — Por suerte, ahora no tendrá que seguir trabajando todo el día y partir en ese viaje. Iba a estar fuera por mucho tiempo. — La arruga en la frente del muchacho se hizo más notoria. Ojos afilados serían los jueces de lo que ella había dicho, y también los verdugos. — Qué conveniente. — Se puso de pie, apagando el cigarro sobre un cenicero hecho a mano que estaba sobre la mesa. — Tendré que quedarme por aquí a echarle un ojo a tu esposo hasta encontrar un culpable. — Pasó por el lado derecho de la mujer, la cual se había puesto nerviosa a un nivel sospechoso. — Y voy a encontrarlo. Gracias por su tiempo. — El intimidante pelinegro fue detenido antes de alcanzar la puerta por la otra única persona que se encontraba en la sala, la cual tenía en su rostro una mueca de completo arrepentimiento. Kazuo apenas notaba la presencia de emociones en ella, pero no distinguía de cuales se trataba. Le dio la dirección de un mercenario de poca monta que vivía a unos pocos kilómetros. — No vuelva a hacerlo. La próxima vez, vendré por usted. — Aquellos ojos no mentían. No era necesario decir nada más, pues había deducido la causa de la amenaza. No era más que una persona preocupada por perder por mucho tiempo a su marido contratando a alguien para ahuyentarlo de su labor. A pesar de tan fría actitud, el ninja se dirigía en busca de la flecha que amenazaba al capataz, pero había ignorado a propósito el arco que la había disparado. Bajo un manto de completa oscuridad y mal carácter se hallaba un sentimiento que nunca fue revelado: Compasión

La oveja negra no tardó demasiado en volver a encender otro cigarro. Tras quince minutos de viaje, llegó a una choza que se encontraba frente al mar, aislada de la población. Debido a que ya había dialogado más de la cuenta durante la misión y la confesión de la esposa del capataz confirmaba que la información era verdadera, se infiltró en la cabaña sin ser detectado. Tras identificar a un hombre entre los cuarenta y cincuenta años de edad dormido, con media botella de ron en la mano, se percató de que su trabajo se había hecho mucho más fácil. Para asegurarse de que su objetivo no se despertase, le dio un potente codazo en la cabeza. Acto seguido, con mucha pereza y esfuerzo, alzó al sujeto para llevarlo a los altos mandos. La misión podría haber terminado de diversas formas, pero así eligió Kazuo que concluyera.



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Kazuo
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