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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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No man left behind.

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No man left behind.

Mensaje por Hushika Kugutsu el Mar Nov 01, 2016 5:23 pm

El famoso y repulsivo Castillo de Yoshida. Una impenetrable fortaleza que se alzaba a lo largo y ancho de la capital feudal de Tetsu Rinri. Lo extraño de él, que lo hacía tan conocido, es que está construido enteramente en el mismísimo desierto. Al sur de Naradi y al este de las grandes arenas que rodean el país por donde se lo mire, el poblado se alzaba con orgullo de entre los mismísimos cimientos minerales. Aquel día, la shinobi había amanecido prácticamente a la fuerza. Escuchó golpear fuertemente la puerta de su humilde hogar, mientras se despertaba sobresaltada por el ruido. Era una madrugada lluviosa, algo impensado en el feudo… y en el país en general. Caminó unos metros por dentro de su casa; al mismo tiempo, escuchaba como la puerta era golpeada una y otra vez. –Recuerdo una situación parecida… -Pensaba. –No lo hagas. No la abras. Es una trampa. Quieren hacerlo de nuevo. –Habló, consigo misma. Puso la llave y tiró de la edificación de madera que daba entrada a una pequeña construcción hecha del mismo material. Un hombre robusto, con una armadura que cubría todo su cuerpo, cabellos largos y rizados que se entrelazaban con el oscuro color de su imponente barba, emitiendo una sonrisa maliciosa, expresó. –Ya mismo te solicitan en el Castillo del gran señor. Una misión será realizada por usted en la brevedad. Acompáñeme –Dijo, amablemente al parecer, el soldado. Hushika pudo observar el flamante martillo de hierro atado a un colgante que ostentaba en su cuello el hombre. Uno de los agresores pasados. Un enemigo. –Algún día… algún día ese martillo será lo último que verás, basura –Pensaba.

Caminaron una hora. La ciudad era muy grande, para recorrerla de lado a lado podrían pasar fácilmente tres horas. La shinobi vivía en una zona céntrica aunque complicada de la ciudad. Se alzaba sobre una colina de arena, lo cual dificultaba a los habitantes caminar por allí. Eso, sumado al clima inhóspito que ese momento tenía el feudo, lo hacían un lugar imposible para transitar. Pasaron por el mercado. Alrededor de nueve puestos, algunos vendiendo verduras, otros hierro y armas, otros artesanías. Había algún que otro pueblerino ofreciendo una extensa gama de materiales para un herbolario. En fin, algo raramente sucedido en un día lluvioso. –Odio la gente. –Decía a sí misma la shinobi, observando a todos y a cada uno de los allí presentes. De pronto, se topó con su peor pesadilla. Una enorme fortificación se alzaba por sobre el centro comercial de la ciudad capital de Tetsu Rinri. Hecha de piedra, no podía entenderse como radicaba algo tan grande allí. Pero no era la primera vez que Hushika lo visitaba. Ya había estado aquí antes… y de ahí el motivo de su odio. –No, no entres. Es una trampa. Otra vez no, por favor. –Pensó, aunque no pudo negarse. Estaba siendo arrastrada por el soldado. Debía hacerlo. Cruzó el enorme portón de madera y entró a una sala enorme, llena de cuadros y cuerpos de coyotes muertos, colgados en las paredes. Una estatua de Yoshida se alzaba por delante de dos escaleras, una la izquierda y otra a la derecha, curvas, que llevaban al segundo piso del castillo. Era, sin lugar a dudas, un lugar maravilloso para cualquier otro habitante. Pero no para Hushika. Ella, con la mirada, buscaba aquella habitación. Aquella en donde había recibido lo peor que una mujer puede recibir en su vida. Aquella que generó ese odio hacia el feudo en donde residía y en donde, posiblemente, se descontrole su mente al tener contacto nuevamente con su pasado. Sin más preámbulos, el hombre dio la orden de subir las inmensas escaleras curvas para entrar por una puerta de acero central. Se encontró con un escritorio y silla vacíos. Por el contrario, a su derecha, en un pequeño sillón de madera, estaba un hombre. Gordo, por su contextura física. Bajo, casi un metro cincuenta y cinco. Parecía, por cómo estaba vestido, una especie de minero o leñador. Estaba totalmente cubierto por arena, en sus pelos blancos rizados se sentía el olor a transpiración mezclado con, visualmente, arena mojada. Al ver a la muchacha se le cambió el rostro de angustia que tenía. Una sonrisa de felicidad se alzó sobre sus mejillas. El soldado se paró frente a él. –Cuéntale a nuestra shinobi qué es lo que sucedió. -Ordenó el caballero feudal.

El pequeño humano se levantó de su asiento. Su cara, nuevamente, expresó tristeza y angustia. Sus cejas se levantaron, y miró al suelo. Con sus manos sostenía un gorro de lana, que apretaba y movía mientras pensaba qué decir. Tomó aire, infló su pecho, y tuvo el valor de hablar. –Mi nombre es Jyotto Toshiyo. Soy un comerciante radicado en el país del fuego, aunque hace algunos años vivo aquí, en el feudo de Tetsu Rinri, por las oportunidades comerciales que aquí puede llegar a haber en un futuro. Normalmente, mi trabajo se basa en observar nuevos mercados y proyectar hacia dónde podría sacar la mayor cantidad de ganancia posible. Aquí todavía no hay puertos, aunque sería un desperdicio no aprovechar su posición para abastecer…- Decía. –Al grano, ciudadano. No tengo tiempo para charla. –Cortó, abruptamente, Hushika. –Si, Si, lo lamento. Es que a veces me voy por las ramas. –Mientras hablaba, constantemente miraba hacia abajo –Verás, por la noche estábamos volviendo un grupo de mercaderes, transitando por el sendero oeste, regresando aquí, a la ciudad de Yoshida. Llevábamos una carreta con muchos víveres y provisiones para vender al mercado. Una oportunidad jugosa, el comercio con el norte había sido fructífero. Estábamos caminando hacía dos días, sin prácticamente ni un descanso. Faltaban apenas horas para que lleguemos a destino. De pronto, comenzamos a escuchar ruidos y risas macabras de los costados de las montañas de arena que allí, en el Gran Desierto, se generan. Nos asustamos mucho. Observé como unos hombres, con cuchillos y armas, aparecían por mi flanco izquierdo. Sin pensarlo dos veces y, aprovechando que era el más alejado del grupo, salí corriendo. Corrí y corrí, sin cesar, por la lenta y fría superficie de la zona. La noche se me vino encima, podría decirse. Exhausto, heme aquí. Cuando, a mitad de camino giré la cabeza, mis compañeros no estaban. No sé qué pasó con ellos. No sé si sobrevivieron, si intentaron correr, si se rindieron pacíficamente o intentaron pelear… sencillamente no lo sé. Pero justamente esto es lo que yo pido. Quiero saber. Saber que sucedió. Quiero redimirme o, aunque sea, quitarme el sentimiento de impotencia y culpa que yo siento. –Expresó, con lágrimas en los ojos. La ninja había quedado atónita aunque no conmovida por la situación. –Has hecho lo que tenías que hacer. Sobrevivir. No carcomas tu cabeza –Dijo, a modo de consuelo, la shinobi. –Esa es tu misión, lugareña. Deberás ir al Gran Desierto y, con vida o muertos, encontrar a los hombres que esta basura dejó atrás –Dijo, riéndose el soldado. Hushika lo miró de una manera horrible. Se compadecía del comerciante más que nada porque estaba en contra de su superior, sin más. Aún así, siempre educada, expresó. -¿Tienes alguna idea de la ubicación en dónde sucedió el ataque? ¿Qué sendero utilizaban? ¿Cómo vestían los hombres? –Preguntó hacia el señor angustiado. –N… no sé cómo vestían. Ni bien vi armas, salí disparado hacia aquí. Estábamos caminando por un sendero central, que tenía tramos pequeños construídos, pero llegábamos casi al final cuando sucedió todo. Mira… tengo un mapa, aunque está casi ilegible. Por esta zona debería estar el camino, y aquí recibimos la “grata sorpresa” -Dijo, mientras señalaba en un pedazo de papiro aparentemente vacío, con el dedo, un punto al oeste de la entrada al Gran Desierto. –Muy bien. Encontraré a tus compañeros. Vivos o muertos –Expresó la shinobi, partiendo a la puerta norte de la ciudad, que conducía a la zona donde su misión sería realizada.

Cruzó la gran entrada o, en su caso, salida, de Tetsu Rinri. Giró hacia el oeste, yendo casi en una dirección lineal y directa. Desde la ciudad que contenía el Castillo de Yoshida hasta el punto donde la misión debería, hipotéticamente, ser completada, había dos horas de distancia. La lluvia no paraba de caer, y eso molestaba a Hushika. No estaba acostumbrada a ese clima. Normalmente, un habitante del País del Viento suele soportar altas temperaturas, vientos secos que queman la piel, un sol extenuante que desgarra a quien no lo tolere. Este día era diferente. Las nubes tapaban al cuerpo celeste, las ráfagas eran frías y el agua caía sobre los cabellos verdosos de la ninja. Caminó y caminó, hasta llegar al Gran Desierto. La tormenta había cesado, aunque el día continuaba totalmente nublado. Nunca había transitado por esos lares. Usualmente, solía vagar por el Desierto de Naradi. Una mezcla entre construcciones antiguas, caminos arenosos y manifestaciones geográficas rocosas, hechas por un aparente ser mitológico extinto. Sea como sea, aquello era diferente. El Gran Desierto era la nada misma. Enormes cantidades de arena, únicamente cortadas por las mismas colinas que se generaban por la acumulación de este mineral. No se podía visualizar nada en kilómetros a la redonda, no sólo por ser una perdida extensión de tierra en el mapa, sino porque la tormenta impedía la correcta visión de la shinobi. –Maldita sea. Lluvia. Odio el agua. Odio mojarme. ¿Para qué vivo en esta parte del continente si voy a estar lidiando igual con el agua? Que absurdo –Decía a si misma.
Procedió a entrar a la zona. Caminó y caminó un rato largo. Sus piernas estaban cansadas. Su cuerpo estaba pesado, no sólo por el extenuante viaje que había transitado para llegar, sino que además sus vestimentas, su túnica y demás, estaban completamente mojadas, lo que hacía un paso lento… pero seguro. Buscaba, atentamente, con su mirada, algún vestigio de vida o muerte en la zona. Nada. Se encontró con la nada misma. Era, sin lugar a dudas, una misión complicada. Subió las colinas arenosas que se alzaban sobre la misma arena, mojada, que ese día tenía el Desierto. Pudo notar vástagos de vida; observó un pequeño agujero en la tierra. Con cautela, intentó meter la mano, aunque notó rápidamente una cola. Sin pensarlo dos veces, la sacó como viento en invierno, recibiendo apenas un corte provocado por las garras del escorpión, que intentó aniquilar a la shinobi. –Una muerte trágica hubiese sido. Asesinada por un insecto, buscando dos cuerpos que posiblemente estén tapados por arena, secuestrados por bandidos o descuartizados por coyotes. Sí, una muerte trágica –Decía, en tono literario, la joven mujer. Tomó un tiempo para pensar atentamente dónde podrían estar los hombres, o lo que quedase de ellos. El viento corría para el este, mientras que el comerciante había expresado que ellos tomaron el sendero oeste. Por ende, la ninja debía ir hacia la izquierda; era eventual que se iba a topar con algo ya que, si el sendero estaba allí, podría identificar la caravana o la carreta con las mercancías o, por el contrario, si hubiese cuerpos tirados en el suelo, muertos, las mismas ráfagas de viento los hubiesen llevado hacia el este, la posición en donde actualmente Hushika estaba ubicada. –Seguir caminando. Que absurdo. Odio esto. Odio trabajar para hombres a los cuales les tengo ira y un sentimiento latente de venganza. Es absurdo lo que estoy haciendo. Vivo día a día un infierno, voy en contra de mis convicciones. Únicamente lo hago para satisfacer mi necesidad económica… -Pensaba para sí misma. –No. Lo haces por tus ansias de sangre. Por tu sed de venganza. Quieres ganarte su confianza. Quieres ser uno de ellos. En el momento que no se lo esperen, una daga incrustada en el corazón de Yoshida pondrá fin a tu sufrimiento, y al de tanta gente –Se decía, contradictoriamente. Tomó un descanso. Apoyó su cuerpo contra la arena, mientras que doblaba las rodillas. Se puso en posición de semiloto. Los pies uno por encima del otro, las manos apoyadas en las articulaciones de las piernas. Sin dudas, necesitaba relajarse. Dejó caer su espalda hacia adelante, el peso de la marioneta la estaba incomodando para caminar. Se quitó la capucha, pudiendo mover el cuello con libertad. Se liberó, por unos momentos, de la tensión que abarcaba su cuerpo. Aunque, como todo en la vida, iba a ser un pequeño destello de luz en la oscuridad que tanto rodea a los habitantes y a todos en sus vidas. Pudo notar algo moviéndose hacia el este. No alguien, sino algo. Era una bolsa, pequeña, de cuero, como una pequeña cartera. Inmediatamente, abandonó su posición, se cargó a su títere en la espalda y corrió, con su máxima velocidad, hacia donde se encontraba el objeto. -¿Será de los mercaderes? -Pensaba para sí misma. Llegó a la posición en la cual se movía, lentamente, la cartera. La tomó y la abrió, a la fuerza. No había muchas cosas; dos ryous, un pequeño colgante aparentemente sin valor, oxidado, y una carta. Tomó entonces esta última y la leyó.

Ve al lugar acordado. Camina por el sendero oeste por la noche. Mis hombres estarán listos para realizar un ataque a su caravana. Queremos todo el dinero que tienen. Te quedarás con un veinte por ciento y, a cambio, te dejaremos vivir. Si intentas huir, te mataremos. Si opones resistencia, te mataremos. Si ignoras esta carta, e intentas ir por otro camino, te aseguro que encontraremos tu ubicación y va a ser lo último que veas en tu miserable y patética vida. Espero que seamos aliados y que seas inteligente, para poder tomar la decisión que beneficie a ambas partes. Mucha suerte, y que la muerte no caiga por sobre tu espalda. –Decía la carta. Algo raro estaba sucediendo. -¿Será del comerciante que escapó? No… no puede ser, si él corrió y escapó. ¿Tal vez mintió? ¿Habrá traicionado él a sus compañeros? De cualquier forma, esto es información, claro está. Si encuentro algo más, iré directo al Castillo de Yoshida. –Pensaba la ninja.

De pronto, usando casi una visión de águila, observó un objeto lo bastante grande como para tomar nota de ello, tapado casi en su totalidad por la arena. El viento pegaba y azotaba el cuerpo de Hushika, mientras que la arena mojada golpeaba su cara como si fuesen proyectiles. Corrió en dirección contraria a estas ráfagas, haciendo su paso totalmente lento y abrumador, extenuante. Llegó a donde había visto el objeto. –Un cuerpo. Viste de manera muy parecida al comerciante. Tiene pinta de minero, más que de su profesión. Una herida de flecha en su espalda. ¿Habrá querido escapar? Lo más seguro es que si. ¿Tendrá algo consigo encima? Con encontrar algo que pueda ser útil, me marcharé. Este lugar es tenebroso, no soporto la arena mojada y mi cuerpo pide a gritos un baño termal –Pensaba, para sí misma, la ninja. Se agachó y comenzó a investigar el cadáver. Sacó la flecha de su cuerpo, y la lamió. –No tiene veneno, por lo que los bandidos están apenas atrasados tecnológicamente. Es absurdo no usar veneno en tus armas –Decía. Continuó girando al hombre caído. Una herida en el pecho demostraba un ataque por dos flancos. La shinobi no entendía de qué se trataba. Al mismo tiempo, no entendía por qué el otro cuerpo no estaba. –Tres comerciantes. Uno, según su testimonio, huyó. El otro, atacado por una flecha y al mismo tiempo, una herida de daga en el corazón, atacado por dos flancos distintos. Un cuerpo extra que no aparece, no se sabe si está vivo o muerto. Si estuviese vivo… ¿Habrá sido él el atacante? ¿Su amigo habrá querido escapar, pero él se interpuso en el medio, clavándole una daga en el pecho, mientras el impacto de la flecha chocaba contra su espalda? Es una versión factible… -Dijo, sin pensar, en voz baja. Aunque, en un desierto, todo se escucha. –Buena deducción tienes –Expresó una voz a su frente. Tres hombres con túnicas negras se encontraban detrás de otro. Más pequeño que ellos, vestía igual que el comerciante caído y el que había corrido. Sin lugar a dudas, Hushika había dado en el blanco con sus habilidades detectivescas. Aunque, por el contrario, se encontraba en un apuro.

-Mira niña, vamos a hacer esto fácil. Tú nos das absolutamente todo lo que tienes, y no te haremos daño –Dijo uno de los bandidos con túnicas. –Si, aquí tienen… -Mintiendo, Hushika sacó lentamente su marioneta, inventando que era una cartera o cargamento con víveres y objetos de valor dentro. En un rápido movimiento, dio un salto hacia atrás, gritando. ¡Chakura no ito! –Expresó. Su marioneta quedó flotando en el aire, a dos metros de los atacantes, mientras que se encontraba a la misma distancia de la shinobi. Los hombres, por el contrario, tomaron todos cuchillos largos, como si fuesen dos dagas combinadas, exceptuando uno, quien tomó unos metros de distancia y preparó su arco. No contaban con aparente manejo de chakra, pero parecían sumamente peligrosos en equipo. La ninja debía encargarse de los cercanos mientras usaba su marioneta para cubrirse de los ataques de flechas. ¡Kyougure no Jutsu! –Gritó, enviando chakra a sus hilos. El títere comenzó a moverse muy rápido, dando giros a una velocidad incalculable. Sus placas de madera llevaban incrustadas entre si kunais, lo que hacían que girase como un trompo asesino, cortando todo lo que toque. Los dos atacantes más cercanos no tuvieron chance de moverse, recibiendo todo el daño aparente de la marioneta, obteniendo cortes en sus arterias más importantes, provocándoles la muerte. Asimismo, el arquero lanzó si primera flecha, que pasó a centímetros de Hushika. –Eso ha estado cerca. Debo encargarme de él ahora. Queda únicamente el comerciante y el aparente tirador. El pequeño no va a suponer un problema, aunque esas flechas pueden ser molestas. Por lo que observé, estaba impregnada con veneno. Mi deducción de que eran ineficaces tecnológicamente fue fallida. Si algún proyectil me da… estaré jodida –Pensaba, en un milisegundo, la muchacha. Mientras tanto, al verse superado por el arma letal de la atacante del País del Viento, el comerciante comenzó a correr hacia atrás. -¡Escaparé, no importan los demás, los Ryous van a ser todos míos! –Gritaba, mientras corría hacia el oeste. El arquero, al verse en una situación tan tensa, tuvo que decidir qué hacer. Y tomó la una mala decisión. Movió su centro de gravedad y atacó, asesinando de un flechazo perfecto en el cuello, al pequeño humano. -Gran tiro. Mala elección –Dijo Hushika, moviendo su marioneta a gran velocidad, realizando el mismo jutsu,nuevamente. ¡Kyougure no Jutsu! –Replicó, insertando mucho chakra en sus hilos para generar un giro devastador sobre el cuerpo del adversario, quien cayó muerto desangrado al piso. Sin lugar a dudas, la misión había sido completada con éxito.

Procedió a regresar nuevamente al Castillo de Yoshida, y contó todo lo que había sucedido. Entregó el amuleto oxidado de su compañero al comerciante, quien largó lágrimas de dolor. –Fuiste traicionado. No te sientas mal. Al menos tú sobreviviste, y tu amigo seguro que no lamenta su muerte. Debes tener la mente tranquila y saber que hiciste lo correcto. –Consoló la ninja. –Muchas gracias por tus servicios. Sin ti, todavía la culpa me carcomería por dentro. Ahora se la verdad, se lo que sucedió. Estoy en deuda contigo –Respondió el hombre, dejando así por terminada la misión.


Off:

Líneas: +200

Técnicas utilizadas.

Chakura no Ito (チャクラの糸, Hilos de Chakra) [Nv.1]: Es la habilidad única de los miembros de éste clan. Gracias a ella pueden emitir una fina corriente de chakra, en forma de hilo, con la cual manejar las marionetas a su antojo. Los recién iniciados en el control de ésta técnica necesitan de una mano completa para manejar una marioneta mediana o de al menos tres dedos para manejar una marioneta pequeña. Los hilos pueden extenderse hasta los diez metros en cualquier dirección y pueden o no ser visibles a simple vista, dependiendo esto último de si el usuario así lo desea o no. Estos hilos pueden ser cortados como cuerdas normales, pero sólo por técnicas de Kenjutsu del mismo rango o superior. Sólo cuenta como un jutsu cuando se activa la primera vez, pudiendo activar ésta técnica y otras dos en ese mismo turno -aunque no resta un jutsu a utilizar de los que tenga el usuario- y luego puede ser mantenido por tantos turnos como resistencia tenga el usuario -10 de resistencia = 10 turnos mantenido, por ejemplo-.
Kyougure no Jutsu (何の術を): El marionetista envía una gran cantidad de chakra hacia los invisibles hilos y rápidamente, genera un movimiento circular que provoca a la marioneta girar a una gran velocidad, cortando (con sus kunais) todo lo que toque en el camino. La velocidad con la que se mueve, tanto en circulos como para los lados, varía segun el nivel que el usuario posea en Ninjutsu.

Equipamiento:

-Marionetas
Hushika Kugutsu
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