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Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Gritos en la arena.

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Gritos en la arena.

Mensaje por Hushika Kugutsu el Miér Nov 02, 2016 7:12 am

-Este post contiene escenas que quizá afecten la sensibilidad del lector. Es un aviso.

-Numerosas son las leyendas sobre los templos escondidos que yacen bajo las arenas del Gran Desierto del País del Viento. Edificaciones construidas hace ya unos milenios atrás, casi al mismo tiempo en el cual el Gran Mapache daba inicio a Naradi, hoy en día las podemos encontrar si deambulamos por aquella zona unas largas horas, caminando sin parar y teniendo vista de águila. Normalmente, son construcciones precarias, hechas de piedra pulida y madera. En su interior existe una sala principal, con un altar en el centro que se esconde bajo la sombra de una estatua rocosa, que se encuentra un metro por delante. Bajo sus pies, una alfombra, normalmente de color amarillento o anaranjado, haciendo referencia a la arena y a sus espíritus. Varias sillas, también de madera, rodeaban a esta formación de roca y a la mesilla en donde la persona de más alto rango daba la ceremonia. Por detrás, una habitación secreta, con velas y exactamente seis bancos, también de madera, simbolizaba la pureza de la religión y de los monjes que la profesaban. Más adelante se hablará de ellos. Tiempo al tiempo. ¿Qué sucedía allí dentro? Cada cierto período de tiempo, se le debía entregar al Dios un alma nueva… virgen y pura. Sí. Sacrificios humanos. Un círculo de sangre era hecho previamente para preparar la escena. El cuerpo era adormecido normalmente con algún tipo de veneno o medicamento falso, el cual los monjes utilizaban como “purificador” del cuerpo, pero no con ellos mismos. Les hacían creer a los adeptos que quien entraba a esa habitación, obtenía la vida eterna y poderes sobrenaturales, a cambio de abandonar su cuerpo mortal y el mundo carnal. Quizá sea cierto, quizá sólo sean rumores. De cualquier manera, cometían crímenes atroces, llenaban su sed de sangre con las vidas de pobres creyentes que únicamente querían obtener algún tipo de recompensa por vivir en este mundo (…). Los monjes, usualmente, eran antiguos ancianos de los poblados que, en aquel momento, radicaban sus vidas en el actual territorio del País del Viento. Su apariencia era, como se presupone, excéntrica. No por sus vestimentas, que eran exactamente del mismo color que la arena, un dorado cuasi amarilloso que era opacado a la luz del sol, túnicas largas encapuchadas que cubrían, incluyendo los tobillos, todo el cuerpo. No por sus habilidades de combate cuerpo a cuerpo, o tampoco sus armas envenenadas… con ese brebaje que usaban para sacrificar personas. No. Su físico extremadamente flaco, raquítico, demostraba una falta de comida, de alimentos, abrumadora. Acostumbraban a estar en ayunas varias semanas, incluso meses. Aseguraban que la misma fuerza provenía del interior y de la naturaleza, no de la comida. Aunque claro, sus cuerpos no decían lo mismo. Llevaban una barba larga, símbolo de vejez y, en aquel entonces, de inteligencia, sabiduría y respeto. Cientos de miles de adeptos confiaban en las palabras de estos hombres, quienes promovían el culto del Espíritu del Desierto. Sacrificios, venenos, combatientes, muerte… ¿Hay alguna razón más para culpar a estos señores? ¿O realmente estaban convencidos de su religión y sus actos fueron en pos de enviar con certeza a la gente a un mundo mejor, sacrificando sus vidas en este mundo? Si esto fuese así, deberíamos eximirlos de todo pecado que hayan cometido. Sea cual sea la verdad, lo cierto es que todo lo que rodea a esta religión semi-extinta es macabro, sumamente terrorífico y misterioso. –Libro, Segunda Semilla: el Gran Desierto. Esto es lo único que sabía Hushika como información extra hacia la misión que le había sido encomendada.

Esa mañana había amanecido con noticias frescas entregadas directamente del Castillo de Yoshida. Durante la semana, hubo rumores de desaparición de personas. Principalmente, niños y niñas, aunque algunas mujeres también, en condición de vírgenes. –Sólo rumores. Falsos dichos que circulan entre los habitantes. Nada de qué preocuparme. –Pensaba la shinobi. Aunque claro, todo estaba por cambiar. Amaneció con una carta, dándole la órden de presentarse, a la brevedad y con la mayor urgencia y prioridad posible, al centro del feudo. Hombres armados y con el símbolo característico del feudo Tetsu Rinri, el martillo de hierro, usualmente colgado al cuello. Procedió a caminar, lo más lento posible, hacia el punto donde había sido encomendada. Previamente a eso, procuró tomar su marioneta, el único método de ataque y defensa que poseía. Los kugutsu siempre fueron conocidos por su gran uso del chakra, y Hushika no era la excepción. Quizá, por esa razón, era obligada a realizar misiones peligrosas y enviada numerosas veces al Desierto, para pasar sed, hambre y cansancio. O quizá sólo lo hacían porque era una forastera, antigua miembro de los feudos enemigos. De cualquier manera, sólo sabía que siempre era entregada a las misiones difíciles. Aunque, raramente, lo disfrutaba. Sentía como, paso a paso, sus habilidades como shinobi iban aumentando, dando así un avance para cumplir su más preciado objetivo. Observó, luego de unos quince minutos de caminata, el mercado. Nuevamente, la gente disponía de su tiempo trabajando para obtener Ryous y dinero, mercancías y víveres, vida que nunca se recuperaría, para pagarle la mitad o más de todo eso que había obtenido a fuerza de sangre y sudor, al líder feudal opresor, como era, en este caso, Yoshida. –Esperenme unos años. Todo esto va a cambiar –Dijo, para consigo misma. Al llegar al lugar de reunión, pudo distinguir notoriamente a los dos soldados que la esperaban. Llevaban, a diferencia de los ropajes campesinales de los habitantes del feudo, unas armaduras de acero y hierro, combinadas con hilajes de lino para hacerlas más flexibles y resistentes a la erosión de la arena. Allí, se acercó a ellos, quienes se dispusieron a hablarle. -¿Kugutsu Hushika, verdad? –Preguntaron. La chica únicamente asintió con la cabeza. No quería tener mucho contacto con aquellos hombres, eran el enemigo. Uno futuro, aunque lo serían. Y el cambio comenzaba desde el pasado. –Muy bien. Según nos hemos enterado por una fuente anónima y de confianza, la razón de todo este suceso de las desapariciones radica en uno de los templos abandonados, en las costas del Gran Desierto. Un grupo de hombres con túnicas están intentando un ritual o vaya a saber qué cosa. Tu misión es averiguar que sucede. Cualquier información es vital para el feudo. Si los traes con vida, te pagaremos el doble. Ya mismo debes partir hacia el lugar –Ordenó el soldado, dando comienzo a la pequeña travesía, nuevamente, al famoso Desierto del País del Viento.

-Hombres con túnicas. Los antiguos santuarios escondidos bajo las arenas. ¿Acaso el culto sectario de los Ancianos ha regresado? –Pensaba, atenta y deductiva. Y es que sabía muy bien lo que eran. Desde pequeña, las leyendas del Espíritu de la Arena fueron el cuento perfecto para mantener a Hushika dormida en la cama. Aunque esas historias pasaron a ser leyenda cuando el culto se extinguió repentinamente, sin dejar huella alguna de su paradero y/o futuro retorno. Estaba claro; se trataba de ellos, sin lugar a duda. Lo más escalofriante del caso es que, habiendo leído tanto sobre el tema y habiendo investigado, de pequeña, la shinobi sabía para qué se utilizaban los cuerpos. –Debo encontrar ese lugar rápido. Intentaré hacerlos entrar en razón. No quiero derramar sangre, no quiero meterme en un culto tan antiguo. Posiblemente sean los últimos vástagos de aquella religión y cultura. Debo ser cautelosa. –Decía, hablando consigo misma. Caminó unos cuantos kilómetros. Cada paso dado, cada pie apoyado en el suelo. Cada brisa de aire que tocaba su cara. A paso de tortuga, podría decirse. Y es que claro, los acontecimientos actuales dejaban a cualquiera con la boca abierta. La situación ameritaba el carcomerse la cabeza una y otra vez. Desapariciones misteriosas, sectarios avistados en un templo perdido en el Desierto, sacramentos realizados. Religiones perdidas. Sin lugar a ideas prepotentes, estamos hablando de algo sumamente ridículo. Aquella locación estaba prácticamente perdida en el tiempo y en las arenas del Gran Desierto. No cabía duda de que algo extraño sucedía allí. Buscó, esta vez, el sendero sur. Bordeó las costas del país. Las aguas, calientes como los rayos del sol que traspasan la ventana en las mañanas, tocaban los pies de la joven, quien intentaba no apoyarlos sobre esa superficie, ya que este líquido a esa temperatura no era precisamente bueno, especialmente si sabía que se había olvidado las provisiones de agua. –Maldita sea. El calor es insoportable. Realmente me siento exhausta, y sólo caminé unas dos horas. Si es cierto el punto ubicado en el mapa que me señalaron los soldados, debo estar, a este mismo ritmo lento de caminata, a cincuenta minutos. Considerando el sol que hay, deberé descansar ya mismo, de lo contrario estaré muerta para cuando llegue el momento de encontrarme con los monjes. –Pensaba, mientras los rayos de la estrella mediana brillaban contra su verdosa y larga cabellera lacia, que rodeaba su túnica descapuchada de color café. Ni bien vió una pequeña montaña, colina, con algo de sombra, no dudó. Corrió con sus últimas reservas de energía hacia ella. En su pie sintió un pequeño pinchazo. No le dio importancia, mientras siguió corriendo, a pesar del cansancio corporal que llevaba luego de horas y tiempo pasado viajando. Su resistencia era un punto a favor; las personas que no viven allí no soportan tanto las caminatas, el esfuerzo físico y, por sobre todo, el calor, como Hushika o cualquier otro habitante del desierto lo hacían. Sin lugar a dudas, un punto fuerte y a favor de todos los ninjas del País del Viento, aunque eso incluía, para desgracia de la ninja, a los allegados y aficionados a Tetsu Rinri, a Yoshida en particular.

Descanso. Merecido. Sin agua, sin idea certera de si va a encontrar o no alguna señal de vida, alguna información que le permita volver o cualquier vestigio de algo, la mente de la ninja le carcomía la cabeza. Su cuerpo se sentía pesado. Sus articulaciones y movimientos eran cada vez más lentos. ¿Habría caído en ese estado por la falta de agua, deshidratación? –No… no es el agua. Algo anda mal. Mi mente se pone borrosa. Estos efectos… un veneno… he caído en alguna trampa. No se con qué he caído. Quizá he pisado alguna yerba mala, algún maldito makibiri invisible, inhalado algún gas… ¡El pinchazo! ¿Cómo no me di cuenta? Idiota, tenía que ser idiota… Maldita sea, debo salir de esta. Piensa… piensa… ¡Vamos Hushika, piensa por el amor del Desierto! –Decía consigo misma. De repente, unas figuras masculinas se alzaron en el horizonte. Tres, para ser precisos. Coincidían con la descripción de los libros que la shinobi había leído en su infancia. Túnicas café irradiaban una oscuridad inmersa en las barbas de los antiguos monjes que habían preparado cuidadosamente el veneno para que algún incauto viajero sirva como tributo al gran y antiguo Espíritu del Desierto. –No… no me ganarán. –Dijo, en voz baja, mientras realizaba unos sellos de mano. Los hombres se acercaron y tomaron el cuerpo de la shinobi, la alzaron al hombro y comenzaron a caminar. Uno preguntó qué hacer con la marioneta, puesto que era muy pesada, aunque decidieron cargarla porque era una parte del alma de la víctima. Esos sellos de mano prepararon un jutsu que futuramente iba a ser revelado.

Caminaron unos kilómetros hasta llegar al templo. Dos pilares de roca custodiaban la entrada, un portón pequeño de madera con vigas de acero reforzando algunos puntos clave de ella. Insertaron la llave en la cerradura y entraron al lugar. Era, sin dudas, como el libro lo describía. Una estatua de un mapache, forjada en piedra, se alzaba sobre el centro del lugar. Una alfombra color amarillenta, con líneas entremezcladas de color café, yacía bajo los pies de esta. A sus lados, derecha e izquierda, se encontraban unos bancos de madera, pintados de blanco, imitando un círculo o una ronda. Un pequeño altar con una capilla se escondía por detrás de la construcción de roca. Ese no era el lugar a donde la llevaban. Claramente, cruzaron la otra puerta. Uno de los tres hombres avanzó primero. Antes de salir de la habitación, repitió un gesto que hizo al entrar. Puso sus rodillas sobre el suelo, una mano en la cabeza y otra en el suelo, recitando un mantra que la muchacha no alcanzó a escuchar. Sí, estaba consciente. Aunque no en su cuerpo. Procedieron, entonces, los restantes, a realizar el mismo símbolo de respeto, pasándose el cuerpo de la ninja como si de un juguete se tratase. Francamente, una situación morbosa por donde se la mire. Ingresaron a la habitación. Otros tres hombres estaban tendidos en el suelo, de rodillas. Tres velas encendidas iluminaban tenuemente el lugar rodeado por cuatro paredes de piedra, mientras otras tres velas estaban apagadas. Todas ellas formaban una forma hexagramal. -¿Y bien, procedemos a realizar el sacramento? –Preguntó uno de ellos. ¿Es su sangre pura, de una virgen? Sin lugar a dudas, estaban dispuestos a comprobarlo. Otro de los que hasta ahora no habían aparecido en escena, se levantó, tomó una daga de un baúl que se encontraba debajo de una mesa en la esquina de la habitación. En su empuñadura se podía leer Shukaak’hu, escrito en negro y rojo. Asimismo, el arma tenía una parte afilada, mientras que el otro lado estaba sin afilar, recto pero sin ningún tipo de acción o repercusión ofensiva. Los dos hombres que cargaban con la mujer, se agacharon y, lentamente y disfrutando el sabor de una muerte cercana, dejaron a la chica en el medio de las velas. Quien poseía el cuchillo se dignó a realizar la prueba. Con la sangre, podrían realizar dibujos sectarios en el suelo para invocar a los espíritus desérticos. Si éstos no aparecían… significaría que no es apta para el ritual, aunque no tendrían por qué dejarla con vida. Después de todo, hacía mucho no comían. –Hazlo. Debemos procurar no enfadar al espíritu bondadoso. Él es la luz. Él es la oscuridad. Él es la creación. Él es la destrucción. Él es la vida. Él es la muerte. Él es todo. Demos gracias que tenemos la posibilidad de servirle fielmente, mientras rendimos tributo, una vez mas, a su grandeza y sabiduría. Corta sus manos, veamos si es apta para ser ofrecida como regalo a nuestro señor y creador, vivamos como siempre lo hemos hecho –ordenó uno, quien parecía tener la banda de líder. Procedió entonces a realizar un corte en su mano. Raramente, no salió sangre. Continuó con los intentos, una y otra vez. De pronto, el cuerpo comenzó a tornarse de una forma extraña. Los monjes abrieron los ojos, atónitos por lo que pasaba. De igual manera, la marioneta, que estaba en una esquina de la habitación, realizó movimientos sospechosos.

-Kōkan –Se escuchó, desde el interior de la marioneta. En un abrir y cerrar de ojos, los monjes se encontraron con la sorpresa de que la chica que tenían frente a ellos no era sino la marioneta de la chica, Artilugio Primero y que ésta, era en realidad la shinobi. Pero, para su desgracia, no tuvieron tiempo de reacción. El jutsu de intercambio los había agarrado por sorpresa, por lo que ni bien se pararon, la muchacha, controlando sus hilos de chakra, emitió la frase que dejaría el lugar hecho un mar de sangre y los cuerpos descuartizados de los hombres con túnica. –Kyougure no Jutsu. –Expresó. Una gran cantidad de chakra fue emitida por los invisibles hilos quienes, siguiendo los movimientos de los dedos de la mano derecha de la shinobi, obligaron a la marioneta a girar a una velocidad increíble. Las kunais impregnadas en las placas giratorias del arma, títere, hicieron que los monjes no tengan chance alguna de salir vivos. Las afiladas hojas de las armas arrojadizas, en este caso implantadas en la marioneta, arrasaban la carne mundana de los hombres esbeltos y sin cuerpo que, en un intento de defensa, soltaron tristeza y decepción por no haber podido cumplir su ritual. Su religión había sido extinta, y sus cuerpos fueron el verdadero ritual de sacrificio, aunque, en este caso, para evitar traer de nuevo, aunque sea por un largo tiempo, al famoso Espíritu del Desierto. Una habitación de doce metros cuadrados. Tres metros por cada lado. Una pequeña agrupación de paredes. Una marioneta filosa, girando sin cesar en el medio de un grupo de seis hombres. –Pobres diablos. Quizá hubiesen sido determinantes para ayudarme a destrozar a Yoshida y a todo su feudo. Quizá si no hubiese sido víctima de una emboscada, hubiese podido entablar conversación con ellos para tenerlos como aliados. Quizá, hubiésemos formado un ejército de adeptos que estén, al igual que yo, en contra de todo este sistema precario de organización territorial. Quizá si no hubiese sido tan torpe de caer en una trampa… quizá si las cosas se hubiesen dado de otra manera… no me sentiría de esta manera –Decía, mientras observaba su cuerpo. -De cualquier forma, las cosas se dieron de esta manera. Una lástima, tendré que limpiarme la sangre después. Sangre sucia, vieja… -Decía, para consigo misma, la sanguinaria asesina. Brazos y dedos caídos en el suelo rodeados de un mar de líquido rojo. Órganos expuestos y tirados en el piso, tapando lo que quedaba de los cuerpos deshechos de los atacantes. Miró a su alrededor. No había nada más. Buscó documentos, papeles, vestimentas de alguna otra persona. No había nada. ¿Habría sido un rumor para asesinar a la ninja? Pensamientos como ese rondaban en las partes más oscuras de su masa encefálica. No encontró nada útil. El único vástago de vida eran los insectos, arañas, que caminaban por las paredes del, nuevamente, abandonado templo. Nada que sea de utilidad podía ser llevado a la ciudad de Tetsu Rinri.

Así, Hushika emprendió el regreso al feudo. Miró hacia abajo, luego hacia el cielo. Miró sus manos, manchadas con tintura roja. Se decepcionó consigo misma. No pudo encontrar rastro de algún niño, niña o mujer desaparecida. Sólo había cuerpos de monjes. Sólo había sangre. Sólo había muerte. –Te has vuelto una gran asesina, ¿eh? –Sonaba en su cabeza esa voz característica, esa cualidad que tenía de hablar consigo misma como si de dos personas distintas se tratase. Su transtorno de personalidad la había llevado a ser lo fuerte que hoy era, a tener las convicciones que hoy tenía. De lo contrario, no hubiese soportado los horrores a los que, en su pasado, fue sometida. –Hice lo que tenía que hacer. Mi vida estaba en peligro, era eso o morir… y dejar a todo el feudo en manos de un hombre a los cuales le importa sólo su propio interés, no el de su pueblo –Se dijo, tratando de convencerse. –No, no… lo hice… por ansias de sangre. Tus instintos de asesina están saliendo a la luz. La fuerza que deseas está cada vez mas cerca. Necesitas aún más y más sangre…  –Decía, mientras se agarraba la cabeza. Su situación mental era inestable. Su chakra había sido mermado por el veneno, su cuerpo se encontraba deshidratado y su cerebro no paraba de procesar la imagen de la marioneta descuartizando a los hombres. Continuó caminando, viendo millones de escorpiones, esperando a que cayera sobre el suelo para poder asesinarla con algún picotazo de veneno. Pero la ninja era fuerte. Siempre para adelante, evitando pensar en su cansancio y extenuación física. Una pierna adelante, luego la otra. Paso a paso. Sus ojos, fijos, inmóviles, reflejaban la poca luz que le quedaba ese día. La marioneta era un peso que obligaba a pensar en ella todo el tiempo. Una contrariedad. Un peso extra, un entrenamiento adecuado para la situación. Siguió ese paso. No era el paso de una shinobi, ni siquiera de un comerciante u hombre común. –Paso lento pero seguro –Decía, mientras esbosaba una sonrisa. Así, luego de dos horas arrastrando sus pies, consiguió llegar. –Misión… cumplida… -expresó, mientras caía al suelo. Debía descansar. El calor la debilitó casi al punto de la muerte.


OFF:

Líneas: 213

Técnicas usadas.
Chakura no Ito (チャクラの糸, Hilos de Chakra) [Nv.1]: Es la habilidad única de los miembros de éste clan. Gracias a ella pueden emitir una fina corriente de chakra, en forma de hilo, con la cual manejar las marionetas a su antojo. Los recién iniciados en el control de ésta técnica necesitan de una mano completa para manejar una marioneta mediana o de al menos tres dedos para manejar una marioneta pequeña. Los hilos pueden extenderse hasta los diez metros en cualquier dirección y pueden o no ser visibles a simple vista, dependiendo esto último de si el usuario así lo desea o no. Estos hilos pueden ser cortados como cuerdas normales, pero sólo por técnicas de Kenjutsu del mismo rango o superior. Sólo cuenta como un jutsu cuando se activa la primera vez, pudiendo activar ésta técnica y otras dos en ese mismo turno -aunque no resta un jutsu a utilizar de los que tenga el usuario- y luego puede ser mantenido por tantos turnos como resistencia tenga el usuario -10 de resistencia = 10 turnos mantenido, por ejemplo-.
Kōkan (交換, Intercambio): Ésta técnica permite al usuario intercambiar las posiciones con su marioneta antes de comenzar el combate. Mientras la marioneta está luchando como si fuera el usuario, el mismo se encuentra escondido -sea a espaldas de su marioneta como la segunda creación o sea en algún otro lugar del campo.-, manipulando sendas marionetas -la que finge ser él y la que está luchando- para hacer creer al oponente su engaño. El jutsu puede utilizarse cuantas veces se desee, aunque la marioneta sea descubierta, gracias a que se combina con un Henge para darle a la misma la apariencia física del Kugutsu; pero cada vez que se desee usar el usuario deberá buscar una cobertura para realizar el cambio.
Kyougure no Jutsu (何の術を): El marionetista envía una gran cantidad de chakra hacia los invisibles hilos y rápidamente, genera un movimiento circular que provoca a la marioneta girar a una gran velocidad, cortando (con sus kunais) todo lo que toque en el camino. La velocidad con la que se mueve, tanto en circulos como para los lados, varía segun el nivel que el usuario posea en Ninjutsu.
Hushika Kugutsu
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