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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Facing my demons [Entrenamiento — Kazuo]

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Facing my demons [Entrenamiento — Kazuo]

Mensaje por Kazuo el Mar Nov 08, 2016 5:32 pm

Los días pasaban con una lentitud más que inusual para el pelinegro, que había llegado hace ya tres semanas al País del Fuego. Había regresado, al feudo bajo el mando de la Dama de Fuego, para encontrarse una vez más con aquellos que fueron sus amigos y familiares; sus únicos seres queridos en un mundo tan problemático. Conflictivo, al menos para el fumador compulsivo, quien estaba constantemente luchando por tener el control sobre su propio cuerpo. Incesantes intentos por parte de su “patológica” locura, la cual sólo empeoraba un poco más con el pasar de los días si Bakemono no era siquiera liberado por un minuto. Era una bomba de tiempo, la cual su radio de explosión incrementaba a diario. Estaba consciente de que era algo que debía sobrellevar de alguna forma, ya que sus cuatro años de constante meditación para mejorar su control fueron útiles, pero no lo suficiente. No debía mantener su condición encerrada por siempre, ya que eso solo empeoraría el resultado final, sino encontrar la forma de darle un uso racional —si eso es posible— y en medidas pequeñas. Liberar lo justo y necesario para cumplir un determinado objetivo. Si fallase en esto, las consecuencias podrían ser fatales. No podía evitar sentir miedo por las vidas que le rodeaban. Una vez más, extrañaba las montañas. La compañía del viento soplar más fuerte en las alturas, y el frío metal reposando detrás de sus hombros, envainado. La vida entera del muchacho era un completo misterio, lleno de acertijos con soluciones demasiado complejas para el ser humano común; ni siquiera se sabía sobre su familia. Tampoco sobre su largo exilio en las lejanías del mundo Shinobi, repleto de facciones y disputas por las tierras. Bakemono decidía hasta el último paso del fumador, y qué caminos ir tomando en la vida. Resistente. Luchador. Podía sentir cómo aún su pasado le sujetaba con fuerza la mano, dándole un par de tirones para arrastrarlo del presente. Tonta cabeza; deseaba una vida repleta de culpa y arrepentimiento para el pelinegro. La búsqueda de su vida, quizá una eterna misión sin ningún desenlace; el fuerte deseo por la redención. Volver a conectarse, otra vez, con la humanidad. Dejar de caminar entre las sombras que otros individuos proyectaban, como un monstruo que sólo se presentaba en las peores pesadillas de las personas. Para el resto, un antipático y desprolijo Shinobi, adicto al tabaco. Para los espejos, una bestia nunca antes divisada  en el mundo, ni en la más oscura cueva.  El infame pelinegro estaba listo para comenzar con una transición que, a la larga, podría comprarle un poco más de tiempo junto a ellos. A sus dos amigos, quienes le han acompañado desde hace más de diez años. Debía poder ser útil para el grupo esta vez, y no como en el pasado. La sombra del trío. Aquel que nunca destacaba más de lo necesario, siendo capaz de utilizar un solo elemento. Mediocre en el Taijutsu y Kenjutsu, en comparación a su rival y amigo Katta. —“Esta vez… yo también pelearé” — Determinación. Madurez. Él cambiaría todo una vez saliese el sol.

Un nuevo día. Otra noche con pocas horas de sueño, interrumpidas por las voces en su cabeza, susurrándole  las peores ideas que a alguien se le pudiesen ocurrir. — Cállense. — Hablaba solo dentro de su casa. Con su eterna compañía, invisible y silenciosa para los demás. Para todos, menos para Kazuo. Un té caliente era todo lo que él necesitaba para comenzar el día de forma apropiada. El cielo azul indicaba el comienzo de un nuevo capítulo para el conflictivo muchacho; el inicio de un entrenamiento poco conveniente, el cual debería ser realizado lejos de las multitudes. Aún no había vuelto a entrenar con Katta y Lilith; por lo que tenía que estar preparado para ese tan importante día. La idea de que Bakemono pudiese ser realmente algo útil era intoxicante. Las voces se enloquecían segundo tras segundo mientras ese pensamiento circulaba de un extremo de su cabeza al otro. El muchacho cruzó la puerta que le separaba del resto de los seres humanos, desalineado como de costumbre, con el cabello revoltoso y un cigarro en la boca. Parecía mucho mayor debido a sus malos hábitos. Algunas personas de mayor edad, vecinas del adicto al tabaco, le habían tomado cariño por razones que el muchacho realmente no entendía. Ni siquiera él podría aguantarse a sí mismo con la cara que miraba a todos. — ¿Vas a entrenar? ¡Esfuérzate mucho! — Le interceptó una de las más bajitas del vecindario; jorobada, peleando su propia batalla contra la vejez. — Claro… — Confundido por la amabilidad que recibía, aún sujeto a su pobre personalidad. Probablemente sólo le veían como un joven adulto más, enfrentando problemas de la edad misma. Nadie podría siquiera imaginar que se trataba de algo mucho más complejo y oscuro, que podría poner en peligro a cualquiera que se encontrase cerca. No es la fuerza de Bakemono lo más aterrorizante, sino lo impredecible de su condición. El hombre continuó caminando sin ningún apuro, rumbo a un sitio desolado. Las costas del País del Fuego fueron lo primero que se le vinieron a la cabeza; no le sería difícil encontrar algún cinturón rocoso sobre las revoltosas aguas que no cuente con la presencia de otra persona. El mar le resultaba muy relajante, y el entrenamiento en el que se iba a embarcar requería de completa concentración, pues su oponente era él mismo. La batalla por el control de su consciencia estaba a punto de comenzar.
No creas que nos olvidamos de tu caso. — Se oyó sobre un tejado, en los límites de la civilización bajo el manto de Kakkinoaru’en. Kazuo se erizó por completo al oír el tono de aquella voz; grave. Seria. — A pesar de ser un Genin más, tu caso es bastante particular. Se aceptaron tus condiciones porque podías ser de alguna utilidad en el futuro. — Ahí estaba otra vez, el ceño fruncido del pelinegro. Humo salía de sus fosas nasales como vapor. Estaba molesto. — Una herramienta estropeada, debe ser desechada. — Concluyó la misteriosa figura, la cual llevaba una máscara bastante genérica, comúnmente portadas por Shinobis de alto rango. El humeante ninja detuvo su paso por varios minutos, pensando en fresco lo que acababa de suceder. Era alguien razonable cuando no se encontraba nublado por sentimientos negativos. — “Tiene razón” — Era cierto. No había nada más que decir al respecto, pues aún no olvidaba las dos vidas inocentes que él había tomado en el pasado. Un asesino a sangre fría; el peor de los de su clase. Desprolijo incluso en el acto de matar, mutilando a sus víctimas con sus propias manos. Garras. Un dato que se le pasaba por alto hasta al mismo Kazuo, era que él se encontraba en constante entrenamiento. Los pensamientos de ese tipo, que traen emociones muy fuertes para su delicado estado, fortalecían su mente al resistir a Bakemono. De ahí venía su constante agotamiento; pues el muchacho en realidad no era ningún perezoso. Retomó la ruta que ya tenía planeada mentalmente aún con más firmeza que antes; el iris oscuro de sus ojos se fijaba en el azul horizonte. Allí se encontraba, la costa del País del Fuego. Durante su exilio, nunca había estado cerca del mar; siempre se mantuvo en zonas rocosas y de un relieve mayor que el de la civilización. En un plano diferente, vagaba por el mundo intentando encontrar la paz interior. Fracasó una vez, pero estaba seguro de que este no sería el caso. Tras haber llegado, no tardó más de una hora en encontrar el lugar perfecto para ir todos los días. Era una roca de unos ocho metros de alto, con el agua impactando contra ella constantemente. Lejos de la gente, eso era todo lo que él necesitaba. Había encontrado otro sitio que convertiría en suyo, con el tiempo. Pidiéndole ayuda a su chackra, se movió caminando sobre las problemáticas aguas hasta poder saltar a la cima. — “Es tiempo de comenzar…”

El entrenamiento no sería tan sencillo como el pelinegro lo había imaginado. Ya habían pasado dos días desde que concurría a ese lugar para meditar. Meditaba, pues debía encontrar alguna clase de conexión con su “enfermedad”. No parecía responder de ninguna forma. El humeante se dio cuenta que ni siquiera él sabía cómo funcionaban sus habilidades. O en realidad, no se atrevía a aceptar la verdad. Echándole un vistazo a su oscuro pasado, no hacía falta ser muy inteligente para llegar a la conclusión de que sus habilidades eran “activadas” por la adrenalina ocasionada por fuertes emociones. La sensación de peligro; la provocación constante de un individuo; la necesidad de proteger a un ser querido. Recordó en ese momento la misión en el Templo del Fuego, cuando casi pierde la cabeza tras ver a Katta siendo atacado. Se encontró dubitativo ante su próximo paso; pues dejarse llevar por tales sentimientos podría ser peligroso. No podía fingir el dolor de su alma para que su cuerpo reaccionase; tenía que ser real. Bakemono respondería única y exclusivamente ante alguien que realmente desee matar a su adversario. Una gota de sudor apareció de entre su oscuro cabello, recorriendo la piel hasta llegar al mentón. Risillas siniestras taladraban su cerebro. — Cállense. — Les ordenó una vez más. Aquellas eran más desobedientes que un niño, regocijándose ante la situación de Kazuo. Estaba una vez más entre la espada y la pared. — Este es mi poder. No es de ustedes. Y los pondré a buen uso. — Ingenuidad pura. Podía verlo como fortaleza, pero no era más que un loco del montón, hablando consigo mismo. Estaba siendo lentamente consumido por la codicia; algo que no había sentido nunca antes. Quería volverse más fuerte, y estaba considerando recurrir a esas anormales habilidades; aberraciones del chackra. Quizá, era solo cuestión de tiempo para que Kazuo comenzase a desviarse del camino que había comenzado a recorrer hace ya cuatro años. Estaba por elegir una puerta diferente, la cual no le llevaría a la esperada redención. Una vez más, volvió a cerrar los ojos sobre la enorme roca, en sintonía con el choque de las olas.  Se metería de lleno en el oscuro pantano; en ese mundo en el que siempre era de noche. Donde no había luna; y las voces se manifestaban entre un bosque compuesto por árboles carbonizados. Era una pesadilla a la cual nunca le había encontrado un final por sí mismo; sólo había logrado salir con ayuda del espadachín. La suerte ya no podría ser su comodín esta vez. Estaba solo, una vez más. — “Vaya…” — Pensamientos ajenos al pelinegro. El shinobi enmascarado del otro día le observaba meditar desde tierra, con los dos pies sobre la clara arena. — “Así que aquí es donde ha estado pasando su tiempo” — Tenía evidente interés por Kazuo. — “¿Estará considerando usarlas?” — Desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Mientras tanto, el antipático muchacho se encontraba muy lejos de la realidad. El pantano lo volvía a absorber una vez más; con inquietante lentitud. A diferencia del resto de los casos, el adicto al tabaco se encontraba tranquilo, pues necesitaba probarse a sí mismo; determinar cuál era su límite. Sentía la sangre corriendo por sus venas. Furiosa. El corazón bombeaba más sangre de la necesaria, bombardeando los oídos del hombre. Hipnotizante latido, desprendía la propia consciencia de su cuerpo. Se veía a sí mismo, en tercera persona, hundirse hasta la cabeza en ese infierno. — “¿Qué está pasando?” — Era lo único que podía preguntarse. Nunca había presenciado algo así, ya que todo se tornaba negro a esas alturas en el pasado. Podía permanecer ahí, como espectador, tanteando sus propias habilidades. El latido de su corazón se manifestaba en su ojo derecho, el cual ya no se sentía suyo, sino de alguien más. Algo… más.  Este se abrió por su cuenta, pero Kazuo no veía nada. Aún meditaba; conectado a sus pesadillas. El ojo derecho del fumador se llenaba de sangre, como un globo de agua. Ennegrecía; algo innatural tanto para un ser humano como para el chackra mismo. El iris se pigmentó con sangre; de color rojo oscuro. — “¿Qué… me está pasando?” — Nunca había sentido tanto miedo en su vida. Las extremidades de su cuerpo temblaban frenéticamente, perdiendo el control sobre ellas. Estaba ahí, pero no tenía el timón; alguien más se había convertido en el capitán. Apretaba los dientes, liberando constantes quejidos por la horrible sensación que recorría por su espalda. Estaba muerto y a la vez vivo. — Genial… — Voz ajena a la del pelinegro provenía desde su garganta. Más grave y desprolija pronunciación. — ¡Esto se siente genial! — Sonreía mostrando todos los dientes. ¿Por qué estaba diciendo todo eso? Kazuo había sido finalmente intimidado. Las uñas de sus dedos rayaban la base de la roca en la que se encontraba, lastimándose los dedos. Sangraba, y eso le causaba inusual excitación. El cuerpo no podía ponerse de pie, pues nadie se encontraba completamente a cargo. — “Tengo que detener esto, antes de que sea demasiado tarde” — Genuina preocupación. No llevar otra inocente vida sobre sus hombros; colapsaría. “No asesinarás a nadie más”. Las órdenes eran claras, y se repetían cada cinco segundos. Pero… ¿Quién estaba dando las órdenes ahora? Su locura se manifestaba en criaturas compuestas por no más que sombras, con múltiples extremidades e inquietantes deformidades. Se acercaban al muchacho, atrapado no sólo por una sustancia muy pegajosa, sino también por sus propios deseos. La idea de poder controlar su peculiar condición e investigar más sobre sus capacidades le habían corrompido. Kazuo no fue lo suficientemente cuidadoso, y ahora estaba pagando el precio. Era un costo excesivo, eso estaba más que claro. Su única ventaja, era que allí no se limitaba a su condición física; la fortaleza venía del poder de voluntad del pelinegro. Inmediatamente, con un poco de control sobre sus piernas, se lanzó de lleno a las peligrosas aguas saladas. Fue una reflejo al notar que se encontraba en una situación muy difícil, ya que desconocía el efecto del agua sobre Bakemono. Se sumergió dos metros, golpeándose la espalda con algunas piedras afiladas que se encontraban en la arena. La inesperada aceleración que causó el fumador en lugar de su enfermedad, le permitió recuperar la consciencia. Le dolió el impacto. La corriente de agua le aplastaba contra el cinturón rocoso, raspándose distintas partes del cuerpo. Había sido un movimiento temerario, pero lo único que se le había ocurrido. Con un poco de dificultad, asomó cabeza, tragando una bocanada de aire. No estaba seguro si temblaba por lo que acababa de suceder, o por el mar helado que cambiaba el tono de sus labios a uno más azulado. Estuvo una hora sentado sobre la arena, sin importarle que su atuendo se ensuciase, pensando qué hacer a continuación. Él no era miembro de ningún clan de gran renombre, ni tenía la capacidad de controlar habilidades únicas que ningún Shinobi poseía. Tampoco tenía el talento y perseverancia de Katta para convertir sus debilidades en fortalezas. No tenía nada más que Bakemono, un fenómeno incontrolable que podría acabar con la vida de un compañero si no era domesticado. Y eso era imposible; no había forma de usar el chackra de esa forma con serenidad. ¿Cómo podría proteger a su camaradas, si no podía protegerse de sí mismo? Su mano buscaba el atado de cigarros entre su oscuro atuendo, sólo para encontrarlos empapados. Arruinados. — ¡Maldición! ¡Odio esta mierda! — Gritó emberrinchado en la solitaria costa del País del Fuego; de vez en cuando debía descargarse. Como un lobo le aúlla a la luna, él le reclamaba una explicación. El mundo Shinobi no era justo, y él era la perfecta prueba de ello. En la oscuridad de la noche, él contenía su disgusto bajo su armadura —el mal carácter— sin hablar con nadie sobre ellos. Era una carga que se hacía cada día más pesada, pues un secreto así de grande no era para nada sano. Estaba loco de remate, sólo faltaba que él lo admitiera. — “No quiero volver a fallarles. No puedo pasar otra vez por lo mismo” — Impotencia. Resignación. “Haz que paren”, repetía una y otra vez. Una vida sin un minuto de silencio era una tortura; las voces no callaban jamás. — Sólo debes seguir intentando. — Se oyó a espaldas del muchacho sin tabaco. No era necesario voltear, pues reconocía esa voz. Era la del misterioso sujeto, una vez más. — ¿Te enviaron a echarme el ojo? Tranquilo, no mataré a nadie. — Respondió de mala gana, siendo completamente irrespetuoso hacia un superior. — No. Estarías muerto antes de siquiera intentarlo. Tus habilidades no son diferentes a las de ningún otro. — Las últimas palabras erizaron hasta el último cabello de Kazuo, provocando que se pusiera de pie. Acto seguido, agarró al hombre del cuello, el cual no mostraba ninguna clase de resistencia. — No me conoces. No tienes ni la menor idea de lo que yo vivo a diario. ¿Cómo puedes decir eso? — “Habilidades como las de cualquier otro”. Se reían del pelinegro dentro de su cabeza. Bakemono no era más que una carga. Una desventaja. — Si estás esperando simpatía por mi parte, te sugiero que no lo hagas. No va a suceder. Eres un Genin con ninguna relevancia para el feudo que puede atacar a uno de los nuestros en cualquier momento. — Kazuo le soltó al instante, afectado por las palabras del que tenía en frente. — Bajo mi punto de vista, tú eres el enemigo. No tengo simpatía por mis enemigos. Solo tienes dos opciones, Kazuo. Puedes seguir intentando hasta convertirte en alguien útil para tu feudo, o puedes aceptar la pena de muerte. — Le dio la espalda al más joven, a punto de retirarse de la escena. — ¿Pensabas que desaparecer por cuatro años te absolverían de tus acciones? Mataste a tu padre. Cuando quisiste ayudar a una mujer en apuros, acabaste matándola también, junto con su atacante. — El hombre desapareció de un salto, a una velocidad que los ojos de Kazuo no pudieron seguir. — Entonces… ¿Qué será? — Ahí estaba otra vez, la determinación del conflictivo muchacho. Se dio la vuelta, regresando otra vez a la cima de la enorme roca. — “Ya tomé una decisión”
Kazuo
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