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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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The Big Family

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The Big Family

Mensaje por Yuto Uchiha el Sáb Dic 17, 2016 1:10 am

El sol apenas estaba saliendo por el horizonte cuando el pesado ruido de las botas aplastaba húmedo barro con fuerza, mientras el monte se hacía cada vez más cuesta arriba. El día estaba despejado, lo cual era bastante extraño teniendo en cuenta que la lluvia había arreciado aquel terreno hacía apenas un par de horas. Hacía mucho tiempo que no pisaba aquella zona, pero tras lo que había ocurrido en aquella misión al país del rayo, necesitaba reconectar con la única familia que había conocido. Pensar en familia me hacía gracia. Había estado a punto de matar a un hombre con familia, con una vida propia y seres queridos... Casi le había arrebatado a otras personas lo que me fue arrebatado a mi. Aún no me había recuperado del todo de aquello. Necesitaba un tiempo para pensar, un tiempo para recordar.

A medida que ascendía por el monte, me preguntaba si se encontraría el hogar vacío. Hacía bastante tiempo que me había marchado, y nada aseguraba que siguieran todos allí. Una vez que mis pies habían alcanzado la altura donde se encontraba la cueva, fui avanzando con cuidado, no quería que mis pies pisaran barro blando y resbalase cuesta abajo, el pequeño monte no era precisamente menos peligroso por su tamaño. No tardé en llegar a la entrada de aquella gruta de poco tamaño. Era ideal para un niño y animales no demasiado grandes, pero a mis dieciséis años ya se me hacía difícil entrar en aquella caverna. El suelo estaba plagado de hojas, tanto verdes empapadas, como algunas otras secas de color óxido. Se respiraba un continuo olor a pelo de animal mojado y a moho. Aquellos aromas me traían grandes recuerdos. Aquellos animales me habían acogido como uno de los suyos y habían compartido su vida conmigo. Sonreí ante un recuerdo en particular, cuando el cachorro de la manada, al que cariñosamente apodé “Buki”, se puso a jugar a atacar a su madre, y ésta se levantó de camino a cazar, quedándose el pequeño colgado de su pata trasera, siendo arrastrado. Entre aquellas rocosas paredes había pasado tanto.

Me senté en el suelo repleto de hojas, con las piernas cruzadas, y cerré los ojos. A veces meditar calmaba la mente, y en ese momento, necesitaba aquello más que nunca. Traté de dejar mi mente en blanco, pero lo único que lograba era que imágenes sobre lo ocurrido durante aquel suceso me asaltaran uno tras otro. Podía ver como todo a mi alrededor se movía, mientras Rei, Kaname, Kidate y su ayudante se golpeaban con todo lo que había en el lugar, mientras nos precipitábamos hacia el vacío; Podía ver como la hoja de mi espada dejaba casi al borde de la muerte al salvaje que quería interrogar; Podía ver a Kaname inconsciente, atada a un poste, mientras que Rei mataba a aquellos salvajes y yo me enfrentaba al gran simio; Y por último, pude ver al malherido hombre siendo abrazado por su familia, mientras mi conmoción me impedía reaccionar. Un gruñido profundo me hizo despertar de pronto y ponerme en alerta. Al abrir los ojos, vi que la criatura que me gruñía era un chacal que, si bien estaba crecido, parecía bastante joven. Su pelaje anaranjado estaba erizado, y cerca del ojo derecho tenía una curiosa mancha castaña en forma de punta de flecha. Mi expresión debió de expresar una curiosa expresión de desconcierto combinado con alegría.

—¿Buki?—pregunté tontamente, mientras una sonrisa se dibujaba lentamente en mis labios. El pequeño animal me ladró y salió corriendo fuera de la cueva. Inmediatamente, sin pensarlo mucho, me puse en pie y marché corriendo hacia la entrada de la gruta. Al llegar allí, no había rastro del pequeño, solo la ladera por la que había ascendido. Aquello me resultaba extraño, y estaba a punto de pensar que me lo había imaginado, hasta que oí su ladrido desde algún punto por encima de mi cabeza. La usual niebla que rodeaba aquel monte no me había permitido ver lo alto que era hasta aquel mismo momento. Parecía un pequeño montículo en un principio, pero en aquel momento, sobre su cabeza se alzaba algo que casi podría catalogarse de montaña. Con una mueca de tensión por todo lo que parecía que me tocaba ascender con el suelo mojado, y con gran curiosidad por lo que me esperaba en la cima, me decidí a emprender el camino hacia lo alto de la colina.

La subida se hacía difícil, cada paso que daba era más costoso que el anterior, y la creciente pendiente no ayudaba a mantener el equilibrio sobre el barro, pero algo me decía que subir hasta allí arriba era más importante de lo que parecía. Mi instinto me lo gritaba. Ver al pequeño Buki después de tantísimo tiempo no podía significar nada malo, y lo mejor de todo era que estaba tan concentrado en aquella tarea, que los fantasmas de mi pasado me estaban dejando tranquilo por primera vez desde que finalizó aquella misión. A pesar de que mis huesos estaban helados por la humedad que inundaba el lugar, había empezado a sudar del esfuerzo, lo cual hacía que mi piel se sintiese como un témpano al recibir las frías ráfagas de aire, pero al menos ya tenía la cima a unos cuatro metros sobre mi cabeza, lo cual agradecí. Sólo un último esfuerzo.

Lo que me aguardaba allí era algo que no me esperaba, a la altura de las sorpresas que últimamente parecían no dejar de aparecer frente a mis ojos. La cima de aquella montaña era inmensa, semejante al tamaño de un pueblo pequeño, si lo podía comparar a algo. Al fondo de aquel lugar, justo en el lado contrario de donde acababa el camino, se alzaba un inmenso muro de roca pura. Era imposible para mi calcular su tamaño, y mucho menos su espesor. En aquel muro, se podía vislumbrar una entrada semejante a la de un templo, pero de un tamaño colosal, de cuyo interior surgía un profundo ronquido. Por lo demás, la cima se parecía a una aldea, pero con casas de tamaño pequeño, comparado con las de cualquier pueblo o ciudad. Sus tejados eran de color rojo y parecían estar todas hechas de madera. Pero sin duda, lo más extraño era la población de aquel lugar: Todos eran chacales. Allá donde mirases, por todas partes podían vislumbrarse canes, con pelajes de distinto color y con figuras diversas. Algunos iban ataviados con ropas muy semejantes a las de los humanos, mientras que otros iban totalmente desnudos. Algunos, llevaban en sus pelajes marcas de distintos colores recreando formas. Fueran quienes fueran todos aquellos animales, ninguno era un chacal común. Además, mi “familia” no parecía estar allí. Rápidamente, ese pensamiento se echó por tierra, pues al fijarme en la entrada de aquel “templo”, se veía una tela de gran grosor, parecida a una cama, sobre la cual se encontraba un chacal con tantísimo pelo que sus ojos quedaban ocultos. Tenía un pelaje grisáceo y las orejas caídas. A ambos lados de él, habían otros dos animales, de tamaño bastante más pequeño que el del centro, pero de apariencia muchísima más joven. El que se situaba a su izquierda, era Buki, el de la izquierda, parecía apenas un cachorro. Su pelaje era negruzco, con pequeños detalles amarillos por su cuerpo. Era muy adorable, pero se le notaba reticente a mi presencia. Pero no era el único, todos los chacales se habían detenido en seco y quedado muy estáticos en cuanto aparecí. Había tensión.

— Esto... ¡Hola!—dije alegremente, con una sonrisa en la cara. De todos los animales allí reunidos, sólo conocía de antes a Buki. Los animales salieron corriendo ante mi saludo y entraron en sus casas pequeñas. Mi sonrisa se convirtió en una mueca de desconcierto hasta que una voz me hizo dar un respingo.

—No confían en los humanos, y menos cuando no se explican como han llegado hasta aquí—la voz sonaba como la de un anciano, pero parecía provenir de donde estaban Buki y los otros dos, lo cual no lograba entender, hasta que volvió a hablar la voz, mientras el chacal de cabello gris movía las fauces—Éste no es el monte que recuerdas, chico, y yo he sido quien te trajo aquí, porque por medios normales nadie puede llegar aquí. Me llamo Kōrei, y ésta es nuestra “tierra sagrada”, si es que puede llamarse así. Acércate, chico.

Sin decir una palabra, a pesar de todas las dudas que tenía, avancé poco a poco hacia el chacal de pelo largo. El cachorro de pelaje bicolor se escondió tras él, mientras Buki no me quitaba la vista de encima. Al quedar frente al gran chacal de pelo cano, me percaté de algo que no había visto hasta el momento: Un gran pergamino enrollado, sobre el cual tenía colocada una pata. Los ojos del animal, bajo aquella mata de pelo que los dejaba semi-ocultos, se mantenían clavados en mi, casi como si me evaluara. Yo sonreía, pero más bien parecía una mueca de incredulidad, ante lo extraño de aquella situación. Había oído hablar de las bestias ninja, que se podían invocar para que colaboraran en combate junto a nosotros, pero me parecía todo tan inverosímil... Aún así, el animal con voz de anciano continuó hablando.

—Bien, Yuto Uchiha...—dí un respingo al oír mi nombre pronunciado por aquel can—Te conocemos muy bien, no en vano te adoptó aquella manada de chacales junto a éste pequeño—giró la cabeza hacia el pequeño Buki, que ladró con alegría—Has superado la primera prueba al poder llegar a esta montaña, pero no es ni mucho menos la más difícil que deberás afrontar. A continuación, tú...

—Un momento, Kōrei... ¿Pruebas? ¿Para qué?—no me gustaba interrumpir a otros mientras hablaban, incluso si eran criaturas que no deberían hablar, pero no tenía idea de qué estaba pasando allí y necesitaba centrarme y conocer a qué era lo que me estaba enfrentando en aquel momento y lugar. Era surrealista.

—Yuto...—suspiró Kōrei—Has oído hablar de los pactos ¿verdad? Bien, las pruebas que enfrentarás, son para obtener el derecho a llamarnos para ayudarte. Pero no será una tarea sencilla. Somos animales muy fieles y grandes amigos de en quienes confiamos, pero debemos poder confiar en ti. Ahí es donde entran las pruebas. Combatirás contra quienes podrán ayudarte con tu nivel actual, y si logras entablar un vínculo con ellos, ganarás el derecho a pedir su ayuda... Y sellarás con tu sangre éste pergamino que tengo—dio un par de golpes con la pata en el pergamino y enseñó los dientes en algo parecido a una sonrisa perturbadora—Creo que últimamente has tenido un par de conflictos que te acosan, por lo que mi familia ha podido ver.

—¿Ver...? ¿Quieres decir que me han estado vigilando?—la sola idea me dio un escalofrío. ¿Como no había podido darme cuenta de que unos chacales estaban viendo mi movimientos?—Si es cierto que... Últimamente he tenido cosas en la cabeza que me han hecho dudar, pero...

—Tu soledad es tu mayor enemigo, Yuto—dijo Kōrei firmemente—Has conocido otras personas en tus viajes, pero no has querido mantenerte demasiado cercano a ninguna, y eso hace que no tengas a quien pedir consejo cuando te hayas más solo. Nosotros podemos ayudarte a ello, pero dejemos lo bonito a un lado, pues antes debes ganártelo. Jigoku, saluda a nuestro visitante—el pequeño cachorro que se escondía tras Kōrei, surgió lentamente y se acercó con timidez a mi. Se quedó olisqueando mi ropa con el cuerpo estirado, atento y cuidadoso. En cuanto me moví ligeramente para intentar acariciar al pequeño, soltó un potente alarido sin previo aviso y empezó a correr a toda velocidad. Kōrei comenzó a proferir un sonido fuerte a medio camino entre ladrido y carcajada—Acaba de empezar la prueba de ese pequeño. Tienes que alcanzarlo y jugar con él hasta que empiece a mordisquearte las manos. Si hace eso, es que ya confía plenamente en ti. Aún no sabe hablar del todo bien, sólo palabras sueltas. Por cierto, has de ser muy rápido, pues siempre va a poder olerte venir.

En cuanto las palabras de Kōrei se esfumaron del aire, empecé a correr. El pequeño ya se hallaba muy lejos, a la otra punta de la pequeña aldea. Corrí con todas mis fuerzas, saltando por encima de algunas casas para acortar el camino, pero en cuanto me encontraba a menos de tres metros del pequeño, éste salía despedido en otra dirección. Aunque yo me sentía orgulloso de mi velocidad, estaba cansado de todo el camino hasta aquel lugar, y aquel pequeño animal corría muchísimo. Tras unos diez minutos corriendo alrededor del pueblo, en un juego de atrapar bastante ridículo y con las resonantes risas del resto del pueblo, el pequeño cambió totalmente de rumbo y empezó a ascender por el muro de rocas de detrás del viejo Kōrei. Era mi oportunidad, ya que el pequeño Jigoku no era tan rápido a la hora de saltar entre las rocas. Di el salto más potente del que fui capaz, acortando la distancia hacia el pequeño, que al verse tan acorralado, hizo algo que no esperaba. Justo fui a caer sobre él para atraparlo cuando, clavando sus patas en el suelo, levantó un muro de rocas frente a mi. No me esperaba aquello, así que mi cara acabó estrellada contra el muro y caí hacia un saliente de roca varios metros más abajo. Las carcajadas ladrido resonaban por todo el pueblo, mientras mi paciencia empezaba a diluirse. El pequeño también reía, lo que me hizo sonreír, pero quería venganza. El siguiente salto hacia el animal tampoco resultó bien, pues se puso a escarbar en la roca, produciendo que diversos pedruscos salieran despedidos hacia mi. Ésta vez, me esperaba que hiciera algo, logrando esquivar varios pedruscos por estar alerta, pero el último de ellos me golpeó la cabeza y me hizo volver a caer. Pero me recuperé justo a tiempo para pillar al pequeño riéndose de más y, al tener la guardia baja, salté a su lado y lo cogí en brazos. El pequeño se agitó intentando escapar.

—Te pillé—dije, como si jugase con un niño pequeño. El animal se limitó a decir “tonto” y trató de zafarse. Antes de que nada más pudiese pasar, un rugido sacudió el muro de rocas y perdí el equilibrio. El pequeño animal se escurrió entre mis dedos y ambos nos precipitamos hacia el suelo a gran velocidad, en caída libre. Traté de maniobrar en el aire usando todo el impulso que podía, para alcanzar al pequeño. Lo logré, dando un giro en el aire para poner los pies por delante y caer sobre ellos, pero al ver la distancia que quedaba, supe que me iba a destrozar los tobillos si caía así. Sin más remedio, tuve que activar el ojo maldito del clan Uchiha, para recurrir a la única técnica que había copiado con ellos, la de aquel gorila salvaje—¡Doton: Doryū Taiga!—justo a tiempo, el suelo bajo mis pies, se convirtió en un río de lodo, cayendo ambos dentro, saliendo ilesos. Sonreí al pequeño, que me miraba con los ojos muy abiertos, y acto seguido, acabó mordisqueando mis manos, mientras mis ojos volvían a su negro habitual. No me hacía daño.

—Me has sorprendido, chico. No esperaba que te arriesgaras para salvar a Jigoku—dijo, riendo justo después,  Kōrei. Salí del charco de lodo que se había formado y dejé al pequeño en el suelo mientras me limpiaba como sanamente podía. Los ojos del chacal me observaban a través de aquel cánido flequillo—Has superado con creces la prueba Yuto, pero no hay descanso, tu segunda prueba acaba de empezar—la expresión de mi rostro mostró confusión al oír sus palabras, pero no tardé en entenderlo cuando el sonido de una katana cortando el aire silbó cerca de mi rostro. Me agaché justo a tiempo para ver como, una chacal hembra de pelaje blanco y azulado, que sujetaba una kodachi con las fauces. De no haberla esquivado, me habría dejado sin cuello. La miré con los ojos muy abiertos y, antes de darle tiempo a que volviera a atacarme, corrí hacia delante y puse distancia entre nosotros. La criatura me observaba totalmente tranquila, situada frente a mi, sin que pareciera verse un atisbo de esfuerzo en sostener aquella arma—Debes derrotar a Kiri en un mano a mano, sólo puedes usar tu cuerpo y tus armas. Nada de ninjutsu, ni siquiera ese Sharingan tuyo. Tampoco puedes herirla. Debes hacer que se rinda. Buena suerte.

Al acabarse sus palabras, la cánida se abalanzó a toda velocidad hacia él. Era condenadamente rápida, y desenvainé mi espada justo a tiempo para detener la hoja de su arma. Los ojos de la chacal, de un gélido azul, me observaban con una expresión fría que me dejó estático en el sitio. Pero no me quedé mucho tiempo así, puesto que el animal no estaba dispuesto a frenarse. Me eché a un lado ante la siguiente estocada y traté de agarrar su pata delantera derecha con mi mano libre, pero era demasiado ágil y yo estaba demasiado cansado, así que simplemente saltó hacia atrás y me esquivó, tomando distancia. Me puse en pie con firmeza y me dispuse a lanzarme al ataque, hasta que vi que ella había lanzado su arma al aire. Aquello no podía ser nada bueno. Sus ojos me miraban, como advirtiéndome que venía algo duro.

—¡Fuuton: Tatsumaki Toboe!—la voz de la chacal era tan gélida como sus ojos. Pero no tenía tiempo para entretenerme con la voz del animal, puesto que un pequeño tornado había salido disparado de sus fauces y se dirigía a mi con gran velocidad. Parecía que el ninjutsu estaba a la órden del día entre las criaturas ninja. Traté de apartarme de la trayectoria de aquella corriente, pero no logré evitarla del todo, llevándose mi brazo izquierdo multitud de cortes leves, mientras yo caía al suelo rodando, empujado por el ímpetu del viento. Rodé una pequeña distancia y, enseguida, me puse en pie para seguir combatiendo, con una posición de guardia y la espada empuñada. La chacal había vuelto a agarrar su kodachi con las fauces y me observaba atenta. En una fracción de segundo, Kiri comenzó a correr hacia mi con toda su velocidad, pero ésta vez, la hoja de su arma estaba envuelta en un torbellino. Podía adivinar, que si eso me impactaba, iba a doler, así que tuve que moverme lo más rápido que pude para esquivarlo. Fue relativamente sencillo, aunque parte del torbellino me alcanzó la pierna izquierda, por lo que ya tenía llena de heridas sangrantes una gran porción del lado izquierdo de mi cuerpo. Pero su acercamiento me había dado una posibilidad grande de derrotar a la chacal de metro y medio de alto. Había logrado colocarme sobre su lomo y, tras convertir mi katana en un pequeño Bō que coloqué en su cuello, de modo que estaba sobre ella, con aspecto de estar abrazando su cuello, pero apretando levemente con mi arma. El animal se agitaba incómoda y tratando de zafarse de mi presión, pero no lograba quitarme de encima con el suficiente ahínco.  No apretaba lo suficiente como para hacerle daño, pero sí lo suficiente como para que no pudiera moverse correctamente. Su mirada me lanzaba malestar y rabia, pero no cesé hasta que sus fauces se abrieron, dejando caer la kodachi. Un bufido proveniente tanto de ella, como de Kōrei, anunciaron el final.

—Enhorabuena, se acabó la segunda prueba—solté la presa del Bō y lo devolví a su forma normal, envainando a Ken no Henkō. Quedé sentado junto a Kiri, la cual me miró un momento y dio un simple lametón en mi mejilla. No sabía bien como interpretar aquello, pero sonreí y miré al chacal anciano, el cual simplemente alzó ligeramente las orejas y suspiró—Bien, Yuto. Has superado las dos pruebas con gran acierto, y parece que Jigoku y Kiri están bien contigo, lo cual está muy bien porque en tu última prueba... Digamos que vas a necesitar la ayuda de ambos. Si te giras, podrás conocer a Tetsu—hice lo que dijo él anciano, y casi caigo al suelo del salto hacia atrás que di. Tenía ante mi un chacal de dos metros de alto sobre las cuatro patas, de pelaje de los colores de la noche, y mirada ambarina penetrante. Su tamaño era menor que el de Kōrei pero la presencia de Tetsu era mucho más intimidante. Un ligero gruñido fue todo el sonido que aquel enorme animal profirió. Con un pequeño bufido, el chacal de cabello grisáceo habló de nuevo—Tu última prueba será demostrar que eres digno de combatir junto a Tetsu, el más cabezota de nuestra familia, sin contar al gigantón de ahí atrás—un potente rugido hizo temblar de nuevo el muro de rocas de detrás de él—Gracias. En fin, debes derrotarle con todos los recursos de los que dispongas, incluidos tus nuevos amigos, y ganarte su respeto. Si lo consigues, tendrás un gran y fiel compañero a tu lado, y pertenecerás a nuestra gran familia. Sin más, buena suerte.

Con una velocidad aún más asombrosa que la de Kiri, el gran chacal se abalanzó sobre mi con los dientes por delante. Me agaché y salté hacia delante, con la intención de evitar sus ataque y colarme por debajo de su cuerpo, pero frenó en seco y me lanzó hacia un lado de un zarpazo. La sangre manó de mi pecho enseguida, y rodé por el suelo como un saco de tierra. Me levanté a duras penas, solo para ver como el animal saltaba de nuevo sobre mi. En aquella ocasión, pude reaccionar a tiempo. Desenvainé la espada rápidamente y bloqueé sus garras con la hoja de la misma. El chacal retrocedió de un salto, quedándose a buena distancia de mi, y dio un zarpazo en la tierra. La masa de tierra levantada con ese arañazo, se transformó en numerosas agujas finísimas, que salieron lanzadas hacia mi. Iban demasiado rápido como para esquivarlas tal cual, así que mis ojos tomaron la tonalidad roja acostumbrada, con una pequeña magatama girando alrededor de mi pupila. Los reflejos mejorados por aquel dōjutsu me ayudó a apartarme de la trayectoria, no sin antes llevarme tres agujas clavadas en el brazo. Maldije por lo bajo, al ver que el cansancio había hecho tal mella en mi que no podía combatir de igual a igual. El animal no se detuvo, volvió a lanzarse con su encomiable velocidad y tuve que apartarme de nuevo. Me estaba cansando de aquel juego del gato y el ratón que estaba ocurriendo. Era casi como en la persecución de Jigoku. Desactivé el Sharingan, pues ese gasto de chakra no era nada viable en aquel momento, y comencé a hacer sellos mientras corría. Había que empezar a contraatacar. Coloqué mis dedos ante mi boca, en forma de “O”.

—¡Katon: Gōkakyū no Jutsu!—una enorme bola de fuego surgió tras soplar a través del hueco entre los dedos, directa hacia donde se encontraba el gran chacal. Pero mi intención no era alcanzarle con las llamas, ya que éstas impactaron contra el suelo, levantando un gran estallido de llamas, que bloqueaban la visión del chacal sobre mi posición. Miré a mi alrededor y vi a mis anteriores contendientes, les hice un gesto de que se acercaran y, en cuanto estuvieron a mi lado, me dirigí a ellos para contarles mi idea. Ambos asintieron ante mis palabras y sonreí—¡Ahora!—dije cuando las llamas se extinguieron y Tetsu surgió desde ellas, corriendo en mi dirección. Con la espada en la mano, concentré el chakra en su hoja y lancé un media tajo de chakra poco visible en dirección al animal—¡Tansei: Zanshu!—esa técnica sólo servia para cortar otros ninjutsu y no tenía ningún efecto sobre las personas, animales o cualquier forma orgánica, pero logró lo que quería: Que Tetsu pensara que era un ataque. Retrocedió hasta colocarse bastante lejos, gracias a lo cual podría realizar su técnica, según deduje. Efectivamente, Tetsu lanzó aquellas agujas. Justo como planeaba. Con un gesto, llamé a Jigoku, que rápidamente se puso frente a mi y clavó las patas en el suelo—¡Doton: Betsu Shio!—gritamos al unísono. Ante nosotros, surgió el muro de roca con el que tantas veces había chocado. Algunas agujas sobrepasaron el muro, pero la mayor parte quedaron bloqueadas por éste. Gracias a aquella defensa, que sorprendió a Tetsu, se distrajo lo suficiente como para efectuar la siguiente parte del plan—¡Kiri!—la chacal surgió de un punto a espaldas del animal y lanzó el tornado que envolvía a su arma hacia su familiar oscuro. Muy a su pesar, el grandullón tuvo que alejarse corriendo de ella y ponerse en una posición en la que pudiera vernos a los tres, pero para su mala suerte, acababa de lanzar un Bunshin no jutsu, por lo que el yo que estaba viendo no era real, si no mi copia. Yo, había corrido por su ángulo ciego y colocado en un punto tras él, pero oyó mis pasos justo a tiempo para girarse y tratar de lanzarme un zarpazo, que logré frenar con mi arma a duras penas. Casi había conseguido lo que pretendía, pero aún estaba bastante lejos de mi objetivo. No frené la velocidad de mis movimientos y me impulsé, con toda la fuerza que mis músculos me permitían, hacia delante.

Realicé gestos para indicar a Kiri y Jigoku que empezaran con la siguiente estrategia. Kiri se abalanzaba sobre Tetsu con la kodachi por delante, mientras que Jigoku le lanzaba su lluvia de piedras. Lejos de verse sobrepasado, Tetsu se libró con facilidad de las rocas por su velocidad, pero estaba entretenido combatiendo garras contra kodachi en su enfrentamiento con Kiri. Era mi turno. En mi salto, fui directo hacia la cabeza de Tetsu, que trató de darme un mordisco, pero no me mordió a mi, si no a un trozo de roca de aquellos que había lanzado Jigoku. Gracias al Kawarimi no Jutsu, había sustituido el lugar de mi cuerpo con el de una de aquellas rocas, por lo que, acabé directamente tras él. Y de un salto, y tras estirar mi brazo...

Poof. Así como si nada hubiera pasado, el lugar, lleno de los restos de la batalla, quedó en una silenciosa calma. Tetsu había desaparecido. En su lugar, agarraba una guadaña cuyos colores recordaban a los del  pelaje del gran chacal. Una voz, procedente de nadie sabía donde, de tonalidad grave y solemne, me habló.

—Has ganado. Me ha impresionado como te has ayudado de mi familia para combatirme. Eres digno de conocer éste aspecto de mi. Ésta es mi forma “Tatakai”. Sólo tomo esta forma ante quienes son dignos... Y has demostrado ser alguien en quien puedo confiar para combatir juntos. Bienvenido a la familia.

La guadaña volvió a tomar la forma de Tetsu, que se hizo un ovillo y cerró los ojos. Kiri se acurrucó junto a él, para dormir también, mientras que el pequeño Jigoku volvía con Kōrei. El anciano chacal hizo un gesto con su zarpa, instándome a imitar al pequeño chacal. Me senté frente a él, con las rodillas dobladas, y tragué saliva, esperando ver qué iba a pasar entonces. El enorme chacal seguía con la zarpa colocada sobre el pergamino y, a través del pelaje que cubría sus ojos, me dedicaba una mirada inquisitiva, analizando cada detalle de mi. Tragué saliva ante la vista de aquellos ojos, hasta que finalmente, el animal comenzó a reírse a carcajadas, sin parar durante un largo rato. Tanto tiempo fue el que paso riendo, que llegó hasta a hacerse incómodo. Cuando dejó de reír, hizo una mueca enseñando los dientes, mientras desenrolló el pergamino con un solo golpe de su pata. Sobre éste, habían varias huellas de otras personas, junto a sus nombres.

—Yuto, es la hora de que selles el pacto con tu nueva familia. A partir de hoy, podrás llamarnos para que acudamos en tu ayuda siempre que la necesites. Podrás invocar a los chacales junto a los que luchaste hoy, y cuando adquieras más nivel, podrás llamarme a mi y hasta al grandullón de ahí atrás... Escribe tu nombre en el siguiente hueco vacío, y marca tus huellas debajo. Con tu sangre, claro está—con un mordisco, me hice una pequeña herida sangrante en el dedo índice, escribiendo mi nombre en el pergamino, para después, mojar mis otros dedos en sangre y plasmarlos sobre el mismo. Al hacer ésto, el pergamino desapareció, y Kōrei me sonrió con aquella mueca extraña—Bienvenido a la familia, Yuto. Quédate a jugar con ellos y establecer lazos mientras te recuperas de tus heridas, y acabaré devolviéndote a tu país cuando te sientas mejor—y, tras decir aquello, apoyó la cabeza sobre sus patas y cerró los ojos para dormir.

Jigoku saltó sobre mi inmediatamente, mordisqueando con cariño mis manos, mientras me dirigía hacia donde se encontraban acurrucados Tetsu y Kiri. A partir de entonces, ya no estaría sólo nunca más. Tenía nuevos amigos, grandes compañeros y, lo más importante, tenía una familia de nuevo.
Yuto Uchiha
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