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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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(Misión D) — Sin rastro.

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(Misión D) — Sin rastro.

Mensaje por Katta el Mar Feb 14, 2017 2:38 am








Mission

"Trailess"




Defensor. La paz recorría sin miedo las fibras del cuerpo del espadachín a medida que regresaba a la capital, a un paso ligero, y con un regalo a sus brazos, inconsciente y con una apariencia pacífica, extraña para el que sabía cómo las cosas habían salido momentos atrás, recordando lo hazañoso del día para tratarse de un momento tan particular. Cómo el día había comenzado en un tono menos dramático. La luz matutina adornaba el cielo cuando un hombre de negro, escoltado por numerosos filos accedía a una casa como otra cualquiera de la capital. Un hombre, Takeru, se encontraba sentado, sumido en un mar de cuchicheos que auto-inducían a un pertubador estado semi-consciente donde podía vérsele recordar cada minuto con exactitud en busca de las respuestas que, incapaz de encontrar, había decidido buscar quien la satisfajera. El espadachín escuchaba su historia, que se rodeaba de valoraciones sobre lo hermosa que era su mujer, sobre la felicidad de saber hacía poco que iban a traer a su primogénita al mundo. Como cada minuto desde la desaparición había sido una eternidad infernal de la que deseaba escapar por cualquier medio, por drástico que fuese. Sus palabras le convertían en un hombre demasiado enamorado, incapaz de usar la razón en aquel momento. El espadachín recibía, entrecortadamente, peticiones y súplicas para encontrar a la mujer. Para cuando hubo terminado la mañana, había revisado toda la casa, y comenzaba su camino.

La inspección exhaustiva de la casa no había dado un resultado real. La única apreciación que ninguno más pudo hacer se debió a los ojos especiales del espadachín, capaces de ver más alla de los objetos, y observar sus fallidas estructuras, ss puntos de anclaje y débiles por donde podían colarse los datos de una investigación. Esos ojos conseguían ver el rastro de una astilla desprendida de la madera de una de las ventanas de la habitación del matrimonio, que se encaraba hacia la puerta norte, cerca de la casa de Takeru. Cuando el espadachín le preguntó, una nueva información que pareció irrelevante brotó del desesperado hombre, aún compunjido en su asiento. Relató como su mujer solía quedarse mirando las puestas de sol desde aquella ventana, donde se podía apreciar como el astro rey se caía encima de la puerta de la capital y se convertía en un juego de luces y sombras hermoso e indescriptible, cautivador. Explicó como unos días atrás, mientras se deleitaba con aquella visión, un cuervo intento postrarse en el marco de la ventana, asustándola y haciéndole que golpease el marco con tanta fuerza como tenía. El ave escapó, y ella, del brinco, calló al suelo. Una caída, explicaba, sin ningún tipo de importancia. Esa ventana podía mirarse desde solo una de las casas, una contigua que abordó posteriormente el espadachín donde una mujer de edad avanzada se había quedado sola tras morir su marido y no tener hijos. Habló sobre lo buenos vecinos que eran, siempre amables y serviciales, le ayudaban en muchas ocasiones, Takeru le había reparado varios muebles de la casa por una miseria monetaria, y las dos mujeres habían compartido largas tardes de té y parloteo amistoso. Por eso, dijo, corrió a ver que ocurrió el mismo día del incidente con el cuervo. No se guardó mencionar como, un día más tarde, escuchó a la mujer llorar delante de la ventana de una manera devastadora, incapaz de contenerse. Ni como fue a la casa, deshabitada por Takeru entonces, para hablar con ella, pero con un éxito nulo, solo recibiendo mentiras sin sentido y falsos motivos para aquel estado destrozado. Una vez su hubo calmado, dijo, comenzaron a hablar de otros asuntos. La señora mencionó como insitía en el miedo que le producía ser madre, como la niña podría ser demasiado frágil, o ella no ser una buena madre. Pasó durante horas dejando caer frases inconexas sobre cuánto deseaba ver a aquella niña y llevarla al pequeño lago de las afueras donde ella había jugado en su niñez.

Katta, no pudo sino preguntarse el motivo. Era una apuesta quizás arriesgada. Cuando terminó con la conversación, su destino se convirtió en el lago. Resultaba extraño mencionarlo repentinamente, más cuando el marido dijo que nunca habían ido. Las ideas y conclusiones podían convertirse en ilimitadas, pero un vistazo podría significar una idea más concluyente. Quizás en su marcha aparentemente voluntaria, había dejado algún rastro o alguna señal. Alguna pista que indicase su ubicación, o su motivo para escapar. Cuando llegó, era la puesta de sol. El cielo anaranjado suavemente confundía el color verde de las copas de los árboles y el azul del agua se convertía en todo colores cálidos y agradables. Esperaba conseguir un nuevo rumbo, pero lo que encontró el espadachín fue una escena extrañamente bella. Era la mujer, tal como la describió su marido. No era alta. Su cabello estaba recogido en una baja coleta que rozaba los lumbares. Vestida en lo que parecía un camisón semitransparente blanco con algunos adornos en foma de cintas, descalza, de facciones suaves. Era hermosa. Katta se había acercado a ella, que se sostenía de pie encima de una roca alta. Preguntó si era ella en efecto, y esta no respondió con algo conciso, sino con lágrimas en los ojos. "He matado a mi hija antes de nacer...". Katta supo hilar los acontecimientos, pero causó que tardase en reaccionar cuando la mujer saltó de la roca, hundiéndose en el agua violentamente. Katta la siguió, y pudo sacarla antes de que se hundiese mucho, pero regresó inconsciente a la superficie. Así, ella fue llevada a casa, y el espadachín explicó tristemente lo sucedido al marido. Devastado, agradeció al espadachín su ayuda, y tomó a su esposa. El servicial por su parte, avisó a las autoridades, no quiso pensar que dejándoles solos podrían recurrir a la salida que la mujer había decidido tomar.


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Katta
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