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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Ashes from the past

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Ashes from the past

Mensaje por Seiichi el Dom Mar 26, 2017 11:13 am


El hijo del fuego. Nacido bajo el manto de los Kaen, fervientes guerreros que solían arrasarlo todo con el poder de sus llamas en las guerras de antaño. Ahora, no son más que otra familia de poco renombre, debido a la carencia de habilidades sanguíneas. Seiichi era posiblemente el primer individuo de ese clan que poseía poderes extraordinarios, nunca antes vistos por el ojo de un Shinobi. Las ascuas azulas helaban y a la vez quemaban todo a su paso, un don que terminaría siendo demasiado poderoso en caso de que el bicolor siguiese avanzando. Y lo haría, él estaba convencido de ello; entrenando sin cesar días y noches desde que tiene recuerdos. Como si buscase, inconscientemente, probar su valía a todos aquellos que le habían dado la espalda. O tal vez, bajo ese rostro inexpresivo y carente de emoción, se escondía un objetivo mucho más noble. Anhelaba el cambio en su feudo; siendo algún día lo suficientemente respetable como para que sus opiniones e ideas fuesen tomadas en cuenta. No dudaba un segundo en seguir las órdenes de sus superiores al pie de la letra, pero el cerebro del antes considerado “brillante”, no dejaba de funcionar. Se percataba de las decisiones irracionales que tomaba el líder feudal, siendo demasiado afectado por su propia soberbia e inmadurez.

Un largo año repleto de cambios. Ya habían pasado trescientos sesenta y cinco días desde que fue despojado de sus derechos como el heredero de los Kaen. Hijo de Fuego… Su padre es un hombre imponente y perfeccionista, al igual que él. De todos modos, las motivaciones de los dos eran completamente diferentes, pero igual de misteriosas. La vida en solitario no era un problema en su desarrollo como Shinobi. De hecho, haber cortado riendas con las obligaciones de la familia, podía concentrarse mucho más en entrenar a su modo, especializado en las ascuas azules que fueron consideradas como un elemento incompleto. Ni en las más atareadas mañanas podía olvidar el ya escrito destino que los superiores de su familia le habían otorgado. Asesinar a la Dama de Fuego. Uno que podía acabar con su propia vida por tan sólo intentarlo, o tardarle muchísimos años. Rencor. Se podía notar el disgusto del bicolor por haberles impuesto tan desagradable tarea, contraria al camino correcto que él quería seguir. De todos modos, eso le daría el suficiente respeto en Hinoarashi como para considerarlo una persona de cambio. La representación en carne y hueso del antes y el después. Como su primer y último acto de rebelión, se había prometido desviarse de esa meta, buscando a través de las experiencias, lo que significaba ser un verdadero soldado. Eran pensamientos que revelaban curiosa madurez, para alguien de tan sólo quince años.

Todas las mañanas cruzaba la puerta de su nueva casa a la hora y minuto exacto, con una perfecta noción incluso del tiempo. Vestía telas oscuras con vendajes que llegaban hasta los codos para recubrir las quemaduras que se proporcionaba él solo. En un bolso café que colgaba desde su hombro izquierdo, una numerosa cantidad de pergaminos que contenían información sobre el apropiado moldeamiento del chackra y cómo redirigirlo a diferentes partes del cuerpo. Era consciente de la diferencia entre el elemento Katon y el suyo. Opuestos en temperatura y poder. El fuego se desprendía, en el mayor de los casos, por la boca. Se necesitaba una serie de sellos y un rejunte de chackra en el pecho; casi sintiéndolo en la garganta. En el caso de las ascuas heladas, era un asunto mucho más complejo. Se requería una serie de sellos normalmente mucho más breve, y el chackra se manifestaba en llamas azules fuera de su cuerpo. El control sobre ese poder, requería estar completamente conectado al tipo de energía. Sentir cómo las llamas se mecían alrededor suyo, y el frío que estas emanaban. Debía extender sus redes hacia el exterior, para ser capaz de mover el fuego con un movimiento de manos, o incluso con un leve tirón de los dedos. Normalmente, se dirigía siempre al mismo sitio. Sumergido en el inmenso bosque, lejos de las garras de cualquier feudo presente en el País del Fuego. Una circunferencia despejada, de un radio de diez metros, donde podía causar estragos con sus habilidades sin presentar un problema real a las personas, pues nadie se encontraba en los alrededores.

La desventaja de un sitio como ese, es que se encontraba en descubierto. Las zonas neutrales eran concurridas por ninjas de todos los feudos, pudiendo encontrarse con un enemigo. Kakkinoaru’en. Nada como eso había sucedido aún, pero siempre había una primera vez. Y en la guerra, las primeras veces se presentaban como un fuerte golpe al estómago. — Este no es un sitio para un crío como tú. — Se escuchó desde lo más alto de un árbol. Sobre él, dos shinobis que vestían telas oscuras y carmesí. Los soldados de la Dama de Fuego suelen tener esa costumbre, siendo fácilmente identificados por los que pertenecen a Hinoarashi. El bicolor observó a los dos de reojo. Frente a él, troncos de no más de tres metros de altura poseían múltiples quemaduras, diferentes a las que el fuego causa. Había estado practicando en ese sitio por horas. — Es territorio neutral. Como Shinobi de este país, tengo los mismos derechos que ustedes. — Incapaz de entender que lo que había dicho el desconocido era una amenaza, lo interpretó de la forma más literal posible, respondiendo acorde a su comprensión. Al no haber inmutado ante la provocación de sus enemigos, ellos no tardaron en descender de un salto, ingresando a la “zona de entrenamientos” de Seiichi. — Déjame decirlo de forma más clara: Largo de aquí. No nos importa de dónde seas o lo que estés haciendo. Pronto, estos bosques le pertenecerán a la Dama de Fuego. — Esa mujer resonó otra vez en la cabeza del simétricamente imperfecto, recordándole la misión que él se había prometido no cumplir. Seiichi mostró la insignia de su feudo con total naturalidad, sin ser intimidado por los otros dos presentes. Era consciente de que eso podía generar un combate, pero doblegarse ante las órdenes de sus enemigos, no era respetable. — No respondo ante ustedes. Todavía tienen tiempo de dar la vuelta. No tienen por qué salir heridos. — El mismo tono de siempre. Era tan honesto, que dejaba en claro lo que pensaba respecto a la situación. El arduo trabajo le había entregado convicción; él dejaba en claro su superioridad. Engreído. — Un perro de Hinoarashi. Pobre escoria, te crees mejor que nosotros. Todo el mundo sabe que somos más poderosos que ustedes. — Le había afectado a uno de ellos, adoptando una posición de combate.

Enfrentamiento. Kakkinoaru’en y Hinoarashi chocaban espadas hasta en el último rincón del País del Fuego. Sin importar rangos ni edades, era una rivalidad que trascendía ya los motivos de la guerra. — No vamos a contenernos, fenómeno. Seguro nuestros superiores nos recompensarán bien por deshacernos de la basura. — Desenfundó una espada de gran tamaño que llevaba colgando de su espalda. Los ojos de Seiichi analizaban los posibles fuertes de sus enemigos. Aquel, parecía apoyarse por completo en sus habilidades con el Kenjutsu, favorecido por la gran fuerza necesaria para desenvolverse bien con un arma tan pesada. Por otro lado, el otro no llevaba ningún arma visible, ni había adoptado una posición de combate. Ninjutsu a distancia fue la primer suposición del bicolor. — Yo tampoco. — Él flexionó las rodillas levemente. Cuerpo a cuerpo, tendría una mala pasada con el que tenía mayor musculatura. Calculaba que por la edad y la escueta preparación, también eran Genins de su feudo. Sin embargo, seguía siendo un dos contra uno. El ancho de la espada de uno de sus oponentes podía resultar hasta un poco intimidante, dado que no tendría problemas en rebanar a la mitad al manipulador de las llamas si no prestaba atención. Sabía que debía mantenerlo a distancia, pero con el otro al fondo, calculaba que no podría hacerlo por más de quince segundos. Tenía que obligarlos a actuar. Desprendiendo de su cinturón una kunai, la disparó directo al pecho del espadachín, ya que había visto cómo se preparaba para iniciar una carrera directo hacia él.  Clavó la espada en la tierra, usándola de escudo. El repicar del acero fue el primer sonido; el que anunciaba el inicio del combate. — Hazlo pedazos, Mamoru. — Animó el que todavía se encontraba a nueve metros del bicolor. Pudo ver como éste había comenzado una cadena de sellos. Mientras tanto, el llamado Mamoru cargaba contra Seiichi, sosteniendo la gran espada con ambas manos. Una rápida reacción por parte del helado. Otra dos kunais fueron desprendidas de cada mano. Una, barrida por un espadazo horizontal del fortachón. El segundo le había rasgado una mejilla, lo cual avivó el fuego del espadachín. — ¡Muere, insecto! — Los ojos dispares ya habían estudiado el primer corte de Mamoru, intentando deducir el segundo. Parecía que el gran sujeto iba por ataques cargados y poco complejos, apoyado en la potencia de su ofensiva para acabar con sus enemigos de un solo golpe. Siguiendo la oscilación, si el primer espadazo vino de la izquierda, el segundo sería de la derecha. Había acertado. Se agachó una vez se percató de que sería otro ataque horizontal, realizando un par de sellos que liberaron las características ascuas heladas en grandes cantidades, rodeándolo por completo.

El ardor que proporcionaban las llamas glaciales. Mamoru se vio obligado a retroceder un poco, sufriendo algunas leves quemaduras. — ¡Kaito, necesito una mano! — Seiichi registró el nombre del que mantenía la distancia, quien había acumulado suficiente chackra en el pecho. La segunda reacción veloz. Apuntó con la palma de la mano al que buscaba un enfoque más lejano para derrotarlo, y las llamas azules formaron una gran bola de fuego que fue disparada como un ardiente proyectil. Kaito hizo lo mismo, poseedor del elemento Katon. Las llamas multicolores se encontraron en el centro, envolviendo y rostizando todo aquello que se encontraba en su gran radio de impacto. El choque de dos temperaturas completamente opuestas fue devastador; saliendo el combatiente cuerpo a cuerpo en la escena, ligeramente dañado —a pesar de encontrarse a una distancia considerable del encuentro—. Este se quejó, escupiendo a un lado antes de volver a cargar contra el bicolor, quien ahora recubrió sus brazos de ascuas glaciales tras haber realizado un único sello. A pesar de no ser especialista en Taijutsu, sólo tenía que estar al tanto de los tiempos y del ritmo de Mamoru para poder atacar en el momento preciso. Llevar una espada de ese tamaño, tenía que tener sus desventajas; Seiichi contaba con ello. Procurando no darle la espalda a Kaito, utilizaba al Kenjutsuista como escudo humano en medio de su rienda; no podía convertirse en un blanco fácil para el otro manipulador del elemento Katon. Poco a poco, sus golpes comenzaban a encestar en los lugares justos, proporcionando dolorosas quemaduras con cada uno de ellos. Obligó a Mamoru a retroceder cinco metros.

— Me cansé de que me subestimes, fenómeno. No sabes lo que te espera. — Una técnica inesperada, que dejó al bicolor atónito por unos segundos. El musculoso espadachín acabó bañando su propia espada en chackra, otorgándole efectos de su elemento primario. Fuuton. Se podía sentir cómo el aire empezaba a tornarse cada vez más pesado. Los orbes dispares miraban fijo el filo de la espada, la cual cortaba el aire sin tan sólo moverse. El Genin de Hinoarashi llegó a la conclusión, por lo poco que había visto, de que el alcance de esa colosal espada había aumentado aún más. — Tendrás que hacerme un poco de espacio, Mamoru. Ya me aburrí de estar mirando. — Las palmas de Kaito se envolvieron en fuego; una técnica menos eficaz que su Iced Torch, pero efectiva para el cuerpo a cuerpo si dependes únicamente del elemento Katon. Seiichi sabía que debía terminar el combate con un único, definitivo golpe. De otra forma, terminaría viéndose superado por los otros dos. Llevaba ya un tiempo practicando una técnica nueva de las llamas azules que tanto usaba. Una que podría terminar con los otros dos si la activaba en el momento preciso y era cargada con suficiente chackra. Realizó una serie de sellos, y las ascuas que rodeaban sus brazos desaparecieron. — Es su última oportunidad para caminar de esto. — Seiichi se mostraba tan confiado como de costumbre. En su cabeza, ya se había adelantado diez jugadas de lo que iba a pasar en ese combate. Él terminaría victorioso, como de costumbre.  Es incorrecto llamar arrogante al joven de la cara quemada, pues reconocería a aquellos que son más fuertes que él. Pero también es crudamente honesto con los individuos que no tienen ni una chance, como esos dos. De haberlo reducido antes de que realizase esa última cadena de sellos, quizá habrían tenido alguna. — Maldito… ¡Es tu final! — Los dos ninjas de Kakkinoaru’en comenzaron su breve carrera al bicolor, con la intención de masacrar a su adversario con todo su poder. — Ustedes no tienen el nivel para decir eso. No me insultes. — Frunció levemente el entrecejo, sin perder una pizca de su concentración. Seiichi imitó las acciones de los otros dos, corriendo en dirección a sus dos oponentes con un segundo de diferencia. Cuando Mamoru y Kaito estuvieron a punto de impactar, cada uno por un lado, contra el heredero de los Kaen… — N-no me jodas… — Sólo les quedó observar con fastidio y cólera. El muchacho había dado un salto vertical tras haberse frenado en seco, elevándose cuatro metros en el aire. Juntó sus cuatro extremidades en su pecho, para abrirse de golpe segundos después. La bomba invernal. Liberó una glacial ráfaga que envolvió a los shinobis de Kakkinoaru’en y todo en un radio de diez metros, tomándolo a él como centro. La temperatura en esa zona disminuyó, de un momento a otro, a grados bajo cero. Fue tanto el cambio, que proporcionó quemaduras a los afectados y adormeció los sentidos. El cuerpo humano no está diseñado para semejante temperatura. El césped alrededor suyo acabó muerto, cubierto por un color blanco producto del frío extremo. Al haber explotado tan cerca de ellos, los dejó inmediatamente en el suelo, con vida. — N-n-nos encontraremos… de vuelta… — Vociferó Kaito, titiritando. Incapaz de ponerse de pie; su cuerpo entero ardía. — No lo haremos.

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