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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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⭐ Among the sea of stars ⭐

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⭐ Among the sea of stars ⭐

Mensaje por Hyūga Kaname el Jue Jun 01, 2017 9:26 pm


A medida que el barco se alejaba del puerto, ella se alejaba de la realidad.

Miraba, sin ver, por la popa del barco cómo la tierra se iba alejando cada vez más. A cada golpe de viento en las velas blancas del barco la distancia aumentaba, y con ella la rabia. Infantil, desmedida, carente de todo sentido, se apoderaba de ella una emoción parecida a una rabieta de niña pequeña, pero, a la par tan distinta que no podía estar segura de haberla sentido antes. Era como al alejarse del extraño continente al otro lado del mundo dejase parte de sí misma esperando a algo desconocido pero añorado sin haberlo tenido antes.

Ya en mar abierto, con menos olas chocando contra el casco, el suave mecido de la madera traía para ella mejores emociones. No todo era malo, después de todo. Volvía a la tierra que un día la viera nacer, un privilegio, al parecer, no disponible para todos, llevando consigo una nueva empresa de la que, todavía, no sabía nada.

Pienso destrozarle la floristería. — porque al final no dejaba de ser Kaname, una niña caprichosa y consentida de más, incapaz de entender el sacrificio del pelirrojo, la que estaba subida a esa cáscara de nuez que flotaba en dirección a un nuevo destino. Y ni el dolor subyacente a una pérdida temporal, ni las repentinas oleadas de madurez que asediaban parte de sus pensamientos podían cambiarla del todo.


Tal vez una semana, quizás un mes o incluso un año. No sabía cuánto tiempo había estado rodeada sólo de agua y marineros, con unos cuantos compañeros de los que apenas conocía el nombre y poco más, pero lo que no podía imaginar era cuánto era capaz de alegrarse por volver a tener tierra en el horizonte.

Apenas salía ya del camarote que tenía para ella sola. El tedio era mortal, insoportable incluso gastando bromas pesadas a diario, y sin embargo tiraba de ella más el sueño. Era de las pocas veces que recordaba sentirse cansada, en lugar de desplomarse sobre la cama hasta bien temprano en el día siguiente, y había de reconocer que era una sensación asquerosa. Por momentos le costaba entender cómo la gente era capaz de vivir con eso a diario.

Atracaremos pronto. Preparadlo todo para bajar a tierra firme. — La voz del contramaestre, una figura de autoridad a la que, como a tantas otras, Kaname no había hecho ni tan siquiera el intento de obedecer, por fin servía para algo más que ladrar órdenes a holgazanes y truhanes acostumbrados al salitre.
Pero, por desgracia para la de rosa, la asociación de ese timbre grave, nacido del hombre cuya acidez en el carácter sólo se podía comparar a pasarse un día entero chupando limones, con la sordera selectiva había cruzado ya todos los límites habidos y por haber.

El cansancio de toda una noche en vela, repasando la nota dejada oculta entre sus pechos, hacía ya de las suyas cuando las botas empezaban a retumbar por toda la parte interna del casco. Era señal inconfundible de alguien acercándose. Sabía que si se quedaba tumbada en la cama iban a sacarla a rastras del barco… otra vez, como en esa maldita isla de paso para abastecerse de agua dulce, y no estaba con bastantes energías como para volver a plantarle cara a media docena de marineros con los hombros del tamaño de un armario.

No había grandes opciones entre las que elegir. O se pegaba al techo con chakra y esperaba a quedarse sola de nuevo para tumbarse en la cama, o se metía debajo de esta, con la almohada y una manta, y se echaba a dormir ese par de horas que el cuerpo reclamaba para la pérdida voluntaria de la consciencia. La elección, entonces, estaba clara.
Cogió el saco lleno de paja, con algunas plumas, y lo metió debajo de la cama. Después se apropió de una de las mantas de reserva, para no quitar la del camastro y que esta tapase su figura bajo el mueble, y se arrastró hasta debajo de la cama como una oruga hacia su metamorfosis.

Los últimos momentos antes de dormirse los pasó mirando, en casi completa oscuridad, la nota que no había dejado de mirar toda la noche. Quería creer que había algo más, como en sus libros favoritos donde el mensaje se veía bajo ciertas circunstancias. Pero allí no había nada.
Acarició una vez más el papel, frustrada por la inutilidad de su compañero para colar un mensaje secreto de verdad, más allá de unas cuantas palabras sueltas, y dejó que el agotamiento la poseyese sin resistirse lo más mínimo. En un estado de duermevela, previo a caer redonda pero inmediatamente después de perder casi por completo el control de sus sentidos, le pareció ver un destello azul en el centro del papel.


El reflejo de levantarse de golpe, como siempre hacía, le valió como cupón de regalo para un chichón algo importante en la frente, casi parecido a un cuerno en pleno nacimiento, y a pesar de todo no se llevó la peor parte. Un pobre marinero que dormía ya en su habitual lecho prendía, atacado de pánico, una lámpara de aceite en mitad de la noche.

¡Aaaaay! — exclamó, rodando de debajo de la cama con ambas manos en la frente. La cara del filibustero no tuvo precio durante el primer instante nada más verla: — ¡¿Se puede saber qué haces aquí todavía?! ¡Deberías haber desembarcado con los demás! — no estaba siendo amable, y Kaname no estaba para soportar, después de semejante cogotazo, a una persona falta de amabilidad. Le devolvió una respuesta igual de desagradable pero sin la mitad de razón: — ¡Pues haberme despertado! ¡No es mi culpa! — lo era. Por supuesto que sí lo era. A nadie más que a ella, a la fugitiva de un clan de prodigios en el rastreo a largas distancias, se le podía ocurrir responder con tales modales al contramaestre que tan poco la tragaba.

El resto del viaje, por lo menos, tuvo su propia cama. Hasta fueron amables, considerando que era una polizonte y que ponía en entredicho toda la seguridad del barco, dejándola que se llevase una manta y la almohada al calabozo donde pasaría el resto de la travesía.
Hyūga Kaname
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