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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Mensaje por Nami el Vie Jun 30, 2017 4:42 pm

El pequeño ratón, aún sin pelo, aún sin poder abrir sus ojos, pendía cabeza abajo inocente y desvalido. Namida lo sostenía de la cola con sus finos dedos huesudos a tan solo centímetros de su rostro, y lo observaba fijamente. Contemplaba lo frágil, lo diminuto, la transparencia de su piel rosada. Apenas y tenía unas cuantas horas de vida, y en aquel preciso momento transcurrían sus últimos minutos, porque justo debajo del minúsculo roedor, esperaba la muerte... O mejor dicho, una exótica serpiente Habu, de hermosas y radiantes escamas rosáceas.
La muchacha no titubeó ni dudó un momento cuando soltó la cola de la criatura, que cayó al recinto del reptil y fue devorado casi al instante. Observó a Hakai tragarse entera a su pequeña presa, y finalmente deslizó un dedo dentro de la caja de vidrio para acariciar con este la cabeza del ofidio.
Konton, una especie de crótalo verde, había disfrutado de la misma cena minutos antes, así que con ambas serpientes alimentadas Namida ya podía marcharse tranquila. Tenía un trabajo pendiente, y debía partir esa misma noche para poder arribar a destino antes de la salida del sol.
La tarea consistía en escoltar a una pareja que quería instalarse en la capital del país, y para ello primero debía ir a buscarlos y luego atravesar un largo tramo del desierto cruel. Solo tenía la información de que el hombre era inválido, pues había perdido una pierna, y la mujer estaba embarazada. Para Namida, el intento de estas personas por cruzar el desierto en tales condiciones le pareció una estupidez, si no una locura. Sin embargo sabía bien que debía obedecer las órdenes y cumplir con éxito, porque aunque no disfrutara de los trabajos que se le asignaban, era consciente de que de ellos dependía la oportunidad de alcanzar sus objetivos.  
Un largo sobretodo color arena, una cantimplora llena, una cuerda, y un pequeño saco con alimentos nutritivos fueron su único equipaje. No necesitaba nada más, solo llegar a tiempo, así que sin tardarse emprendió el viaje.

Como esperaba, antes de la salida del sol ya estaba llegando al punto de encuentro, y minutos más tarde en un pequeño y precario hogar se reunió con la familia. Casi que quiso sentir lástima por ellos, pero no pudo. El hombre se veía limitado a una improvisada silla de ruedas, prácticamente inútil, y la mujer cargaba con una barriga gigantesca en la que Namida estaba segura cabían al menos dos niños. Se enfrentaba a un escenario penoso, y peligroso, porque no es fácil sobrevivir allá afuera para las personas como ellos.
La joven sabía que aquella precaria silla de ruedas de madera no serviría de mucho, y solo traería complicaciones, así que se impuso ante la pareja y les dijo que debían buscar otra forma para trasladar al hombre. Con mucho ingenio desarmaron la silla, quitándole las ruedas y las partes que no eran de utilidad. Con el asiento y su respaldar, y algunos elementos sobrantes, improvisaron una especie de trineo y lo adecuaron tanto como fue posible para que fuera fácil de arrastrar por el desierto. Si bien no sería ni más rápido ni más eficaz que la silla, a diferencia de esta no se atascaría en las partes de arena más floja.
Más tarde, la joven ayudó a la pareja a empacar. Les indicó que dejaran de lado todo lo que no fuera realmente importante, de manera que los bultos a acarrear fueran más reducidos. Afortunadamente el equipaje no era mucho, pues disponían de pocas pertenencias. Prepararon reservas de agua suficientes, y también comida. Ese día se hidrataron y alimentaron tan abundantemente como fue posible, y finalmente descansaron hasta que llegó la tarde.
Luego de contemplar un bellísimo atardecer anaranjado que el sol regaló para después perderse detrás de los altos médanos, el grupo inició con el viaje. Estaba claro que era mucho más seguro andar de noche, pues disminuirían las altas temperaturas, los cuerpos perderían menos líquido, y los riesgos de ser vistos por otras personas serían menores.
Namida conocía bien el desierto, después de todo prácticamente se había criado en él, y tenía en claro los peligros y las ventajas que este brindaba. Cualquier error o descuido podía convertirlo en una letal trampa de arena.  
La mujer caminaba despacio pero sin pausa, con ambas manos sobre su barriga casi como si se ayudara a sostenerla. Por su parte, el hombre viajaba sentado en el trineo improvisado, cargando sobre su regazo la mayor parte del equipaje. Namida lo acarreaba con una soga atada a modo de arnés alrededor de su propio pecho. Se sentía patética, y realizaba un gran esfuerzo, pero era eficiente.
Cada ciertos periodos de tiempo se detenían para que la embarazada pudiera descansar, mientras Nami vigilaba los alrededores. Los estaba guiando a una cueva cuya ubicación conocía bien, y allí pasarían el día durante las horas de sol más fuerte, hasta que el ambiente fuera propicio para volver a salir. Ella sola podría haber regresado a casa para el amanecer, pero con esta gente se tardaría el doble, y es por eso que debían pasar un día más en el desierto.  
Lograron llegar a la cueva sin mayores inconvenientes unas cuantas horas antes de que saliera el sol. Nami ingresó primero, para revisar el lugar en caso de que hubiera otras personas ahí dentro, o en su defecto algún animal peligroso. Después de haberse asegurado que la cueva estaba despejada, ordenó pasar a la pareja y procuró encender un fuego pequeño que mantuviera alejadas a las alimañas, y que ayudara a calentar los cuerpos, ya que la temperatura había descendido considerablemente.
La pobre mujer se durmió casi al instante, con la cabeza apoyada sobre el regazo de su esposo. Él le acariciaba la barriga dulcemente. Del otro lado del fuego, Namida contemplaba la escena de brazos cruzados.
- Gracias. - Le dijo el hombre. - No tienes idea de cuan importante es esto para nosotros. - Con su expresión inmutable, la joven mantuvo el silencio. No tenía nada que agradecer, ella no lo hacía por ellos ni por el mero gusto de ayudar.
- ¿Cómo fue? - Preguntó, haciendo un gesto con su cabeza en referencia a la pierna faltante del hombre, desviando el tema hacia otro lado.
- Fue en uno de nuestros intentos por cruzar el desierto. Había una serpiente enterrada en la arena, tan bien camuflada que no pude verla y la pisé. Habíamos recorrido ya un largo tramo y tuvimos que regresar. Apenas logré llegar con vida, pero por fortuna solo perdí la pierna. - Explicó pausadamente.
"¿Por fortuna?", Se preguntó la joven. A su parecer, mayor fortuna hubiese sido morir, pero bien, cada uno con sus opiniones.
- Ha estado bien feo, ¿Verdad? - Le preguntó. - Sentir ese dolor punzante y ardiente, ver como la carne se ennegrece de a poco... - El hombre la observó con una mueca de desconcierto y desagrado por un instante, pero continuó...
- Estaba convencido de que iba a morir. A raíz de aquel hecho he desarrollado un miedo casi irracional a cualquier tipo de serpiente, incluso a las arañas y escorpiones.
Namida dejó entrever una media sonrisa.
- Quien ha padecido una mordedura de serpiente, siempre sentirá temor así vea la sombra de una cuerda. Pero no deberías tener miedo. - Indicó negando con la cabeza. - Fue tu culpa. La serpiente solo se defendió porque tu la lastimaste primero. Una cosa así no volverá a sucederte siempre y cuando de ahora en adelante seas prudente... - El hombre solo asintió y se limitó a guardar silencio. Después de todo, ella tenia razón.
El resto de la noche transcurrió sin sobresaltos. La pareja descansó ininterrumpidamente, así que para el mediodía estaban bien despiertos. Namida les advirtió que ya quedaba muy poco camino por recorrer, y que si partían después de la caída del sol, llegarían a la capital para antes de la medianoche. Pero el hombre insistió en emprender el viaje más temprano, ya que su esposa había manifestado algunas sensaciones de malestar debido a su avanzado embarazo.
Si bien la joven no quería correr riesgos, se dio cuenta al fin y al cabo de que era mejor que llegaran tan pronto como fuera posible, ya que en caso de que la mujer tuviera más complicaciones estando aún en el desierto las cosas se pondrían bien feas.
Partieron antes del atardecer. Faltaba un rato para que el sol se escondiera, pero la temperatura había disminuido notablemente y resultaba soportable. Nuevamente Namida acarreaba el improvisado trineo, y a su lado caminaba la mujer, que por momentos se sostenía del brazo de la joven porque se le dificultaba un poco el andar en la arena floja. Cada vez la notaba más exhausta, por lo que realizaba paradas frecuentes para que la pobre pudiera hidratarse y recuperara el aliento. Su esposo se notaba muy preocupado.
La noche comenzó a caer, y la luna empezó a escalar en el cielo. Ya estaban muy cerca, y lo sabían porque a lo lejos se podían distinguir las edificaciones más altas de la capital. La pareja estaba realmente feliz, y ahora se notaban más animados. Pero pronto el inconveniente al que tanto temían, surgió.
La mujer comenzó a sufrir de contracciones, así que tuvieron que detenerse para que ella pudiera sentarse y reponerse. Sin embargo lo que sucedió fue peor, porque rompió bolsa. Estaba entrando en trabajo de parto. Su esposo se puso muy nervioso, y Namida se quedó pasmada. Nunca había presenciado una situación similar.
Solo restaba un kilómetro y medio o dos para llegar, pero era obvio que la mujer no aguantaría. Nami sabía que tenía que actuar rápido, así que sin pensarlo mucho más, tomó a la futura madre entre sus brazos y se marchó a gran velocidad, con intenciones de llegar a la ciudad e ingresarla al hospital o a cualquier lugar donde pudieran brindarle atención. Tuvo que dejar solo al esposo en el medio de la nada con la promesa de que regresaría, pero él estuvo de acuerdo, porque sabía que era realmente necesario.
Fácilmente transcurrieron una o dos horas. La noche azul ya se había echado sobre el desierto, y comenzaba a hacer frío. Pacientemente el pobre hombre esperó la vuelta de Namida, que llegó por fin muy agotada. El tipo la interrogó todo el camino, preocupado y ansioso, preguntaba por sus hijos y por su esposa. La joven le explicó que todo marchaba bien, y que al llegar lo llevaría al hospital para que pudiera estar con su mujer.
Cuando arribaron, se llevó la noticia que esperaba. Sus hijos habían nacido, y eran tres.  Muy emocionado, volvió a darle las gracias a Namida por la ayuda recibida. Ella no quería sensibilizarse, y como su deber estaba prácticamente terminado, decidió dar por acabado el asunto y largarse de ahí. Se despidió de la pareja, y forzando su amabilidad les deseó la mayor de las suertes en el comienzo de la nueva vida que emprendían. Luego, sin más, se retiró y con tranquilidad encaró su viaje de regreso por el desierto azulado, disfrutando de la única compañía que necesitaba: La enorme media luna blanca que reinaba en el cielo estrellado.
Nami
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