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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Murder at midnight.

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Murder at midnight.

Mensaje por Nami el Sáb Jul 01, 2017 4:10 pm

Flashback
Despertó sobre un espeso charco de sangre coagulada. Lo supo por el asqueroso olor que inundó sus pulmones. Al levantar la cabeza, la invadió un dolor insoportable, tan intenso que la mareó. Lentamente rodó los ojos para observar a los alrededores. Su visión estaba nublada, y el lugar muy oscuro, sin embargo pudo distinguir una figura a pocos metros, tendida en el suelo.
Sin éxito se esforzó por ponerse de pie, porque sus brazos flaqueaban cuando intentaba sostenerse con ellos y volvía a caer, pero si tuvo la fuerza suficiente para arrastrarse en dirección al bulto que yacía cerca de ella. Era una persona. Con intenciones de reconocer al individuo, tanteó el cuerpo con sus manos, pero las retiró rápidamente muy asustada al darse cuenta de que estaba tocando sangre, y que esa sangre estaba pegajosa y el cuerpo frío y tieso. Un escalofrío la hizo estremecer, y casi al instante una explosión de calor recorrió su interior y se convirtió en un sudor helado que bañó su frente y su espalda. Sintió nauseas y más mareos. Supo que se encontraba ante un cadaver, pero... ¿De quién?
La cabeza le dolía cada vez con mas intensidad, tanto así que creyó que iba a explotar, porque latía muy fuerte. El corazón galopaba, como si quiera salirse del pecho, y su pulso temblaba. Tenía mucho miedo y confusión.
Una vez más dio un vistazo a los alrededores, ya al borde del llanto. Un pequeño rayo de luz se colaba por la rendija de lo que parecía ser una puerta, sin embargo este no era suficiente para que la joven pudiera ver con claridad. Decidió arrastrarse en dirección a aquel fulgor en busca de una salida. Sintió vidrios crujiendo debajo de su cuerpo y hasta se clavó algunos en las palmas de las manos, pero no se detuvo sino hasta que se topó con otro bulto, y cayó, con su rostro encima de este. Era otro cuerpo.
La cercanía a la luz le permitía distinguir algunos detalles, pero el cadaver estaba de espaldas y no podía ver su rostro.
Con fuerza que no supo de donde logró sacar, dio vuelta el cuerpo. Pudo ver el horror dentro de los ojos bien abiertos, y al instante el mundo se desmoronó. Era su madre.
- Mamá... - Susurró con un hilo de voz, impactada. - Mamá, por favor.. - Insistió y comenzó a sacudir el cuerpo esperando una reacción, pero eso no sucedió. Inconteniblemente rompió en llanto. Desgarradores alaridos agudos escaparon de su garganta y se aferró al cuerpo de su madre, sollozando bruscamente.  
No fue difícil para ella adivinar que el otro cadaver era el de su padre.
No entendía que era lo que había sucedido. Una y otra vez intentaba recordar, pero no lo lograba. Se esforzó por mirar hacia atrás, y hacia atrás y más atrás, pero todo era negro. El único recuerdo próximo que hallaba no tenía nada que ver con la situación en la que se encontraba. Solo reacordaba un atardecer en el desierto, Ren tomando de su mano, un escorpión caminando en la arena. ¿Qué había pasado entre un momento y otro? ¿Quizá se trataba solo de un mal sueño?
No.
La puerta se abrió de golpe y la luz llenó la habitación, cegando a la joven por completo. Se protegió los ojos como un acto reflejo y con mucho miedo se arrastró hasta un rincón. ¿Era peligro? ¿Era ayuda?
Tres personas ingresaron. Uno se acercó rápidamente a Namida y posicionándose de rodillas frente a ella la rodeó suavemente con sus brazos. Los otros dos individuos revisaron los cadáveres buscando signos vitales, pero fue en vano.
Namida intentó reconocer a la persona que la sostenía.
- ¿Ren? - Preguntó. Su voz se oía muy débil y gastada. - Ren, ¿Eres tú?
- Tranquila. Todo estará bien. - Ella relajó su cuerpo entre aquellos brazos, y lentamente su visión comenzó a atenuarse hasta que todo se volvió negro, otra vez.


----------------------

Un pesado suspiro vació los pulmones de Namida.
Apoyó los codos en el muro de piedra, y cruzó los brazos ubicando las esqueléticas manos una en cada hombro. En el pequeño espacio que restaba en el centro, hundió el rostro y cerró los ojos, y así permaneció un rato apoyada en el pequeño pero amplio mural que rodeaba la parte exterior de su hogar.
En la vida de Namida había días negros, días grises, días blancos. Había días muy largos, días muy cortos, días insoportables y días que se convertían en dolorosa agonía. Ese era un agónico y largo día negro.
Violentamente empujó la puerta para entrar, y la cerró con su propio peso al derrumbarse de espaldas contra la misma. Con una desesperada bocanada de aire intentó salvarse de la fuerte presión en su garganta que había comenzado a asfixiarla. El llanto se manifestó en forma de lágrimas y gritos, sollozos y golpes de puño en el suelo.
La trágica y reciente escena en la que descubría que sus padres habían muerto era un recuerdo recurrente que cruzaba por su cabeza en diferentes momentos del día. A veces se manifestaba involuntariamente en sueños, otras veces solo era ella misma torturándose una y otra vez, volviendo a repasar cada detalle. Dolía mucho. Era sin duda un dolor emocional tan fuerte que casi se manifestaba físicamente. Sin embargo era necesario que a pesar del sufrimiento, intentara recordar. Lo hacía con intenciones de descubrir algo que hubiera pasado por alto, y aunque el transcurso de los días iba borrando las memorias lentamente, ella insistía.
La casa estaba a oscuras, siendo iluminada solo con la luz del sol que ingresaba por las ventanas. Los golpes de Namida casi espantan al ave mensajera que se había posado en una de estas, y asustada batió sus alas, pero antes de que pudiera irse la joven la capturó entre sus manos.
En su pata derecha, llevaba amarrada la nota que su receptora se dispuso a leer una vez logró tranquilizarse; Se trataba de un recado en donde se indicaba que su presencia era requerida ante sus superiores en la brevedad.
Después de despedir al ave y alistarse, Namida arribó al lugar donde había sido citada. Allí fue informada de un hecho acontecido muy recientemente; Un importante político de su país había muerto, presuntamente asesinado por enemigos, sin embargo el abanico de candidatos a quienes adjudicar el crimen era muy amplio así que esa información aún no estaba establecida y se mantenía en investigación. (Al menos eso era lo que se comentaba)
La tarea que se le había asignado a Nami era la de acudir a la residencia de este hombre, una mansión ubicada en la capital, e inspeccionar la escena donde el cadáver se encontró. Sintió escalofríos al imaginarse la posibilidad de hallar una escena sangrienta que le reflejara imágenes del pasado.
Finalmente, sin mucha más información que fuera de relevancia, se le permitió retirarse para que pudiera comenzar de inmediato con su trabajo.


Nunca había visto una casa tan grande. La contempló unos instantes desde el exterior, de pie en el camino de piedras que conducía a la entrada. "¿Para qué tanto?", se preguntó, haciendo referencia al tamaño de la mansión y a lo lujosa que lucía. "Al fin y al cabo la opulencia no sirve de nada cuando estás bien muerto"
Cuando se dispuso a ingresar al lugar, fue amablemente recibida por un par de sirvientes. Estos la condujeron por la casa a través de las amplias y lujosas habitaciones, y la llevaron a la sala donde el fatídico hecho había ocurrido. Observó los bellos muebles, las costosas decoraciones, todo se veía increíblemente reluciente. Se sintió un poco rara en el momento, porque ella conocía bien la pobreza del pueblo, y aquel lugar parecía una burla a comparación.
Después de interrogar un poco a los sirvientes que estaban ahí, les pidió privacidad, y se avocó en su tarea. La sala era lo más parecido a una oficina. Había una estantería con pergaminos, un escritorio con dos asientos (uno tirado en el suelo) ubicado junto al enorme ventanal que daba a la parte trasera de la casa, decoraciones en las paredes (incluyendo una katana), un bellísimo jarrón de adorno sobre un pedestal, y otros componentes con la función de ambientar el lugar. Sobre el escritorio de madera había un tintero y un pincel, un pergamino extendido pero completamente en blanco, una bandeja de plata, y otros objetos de menor relevancia. En el suelo, junto al asiento caído, un cuenco de los que se usan para beber el té se dividía en varios pedazos. Había una pequeña mancha de sangre en el suelo, pero no existían rastros de violencia ni desorden. Ha decir verdad no había una sola pista visible que señalara a un culpable. Según los sirvientes, no había nadie en la habitación en el momento de la muerte, y tampoco se habían recibido visitas en la casa.
Namida llamó entonces a la jefa de los sirvientes, y la encerró con ella en la habitación para interrogarla. Lo primero que le preguntó, fue de qué manera había sido hallado el cuerpo. La mujer le explicó que ella había sido quien lo encontró, por la noche ya muy tarde cuando notó que el hombre no salía de la sala para retirarse a dormir. Dijo también que el cuerpo estaba tirado en el suelo, como si se hubiera caído del asiento mientras bebía su té. Había un poco de sangre en su nariz, "creo yo que a causa del fuerte impacto contra el suelo", opinó.
Sin ningún detalle que le diera indicios concretos, Namida decidió utilizar su habilidad de "saborear" las partículas del aire... Una característica de mucha utilidad que venía desarrollando desde pequeña y que era perfecta para detectar aquellas cosas que de alguna forma estaban allí, pero no podían ser vistas. Por ejemplo, rastros humanos y otros componentes. Fue solo entonces que percibió algo que le resultó muy familiar... Algo que la remontó a tiempos anteriores a la muerte de sus padres. Su mente se iluminó.
Recogió un trozo del cuenco de porcelana roto, y lo examinó en detalle. Percibió su aroma atentamente, y con seguridad hasta se atrevió a pasarle la lengua, ante la mirada expectante de la jefa de sirvientes. Lo sabía... Se trataba de veneno. ¡Pero no cualquier veneno, no! Lo reconocía bien porque era uno de los diferentes tipos de brebaje que su madre solía preparar. Letal casi al instante al administrarse la dosis adecuada, pero estaba segura de que no había sido utilizado de esta forma, porque ser así el escenario de la muerte hubiera sido totalmente diferente, desagradablemente desastroso y repugnante. No le dijo nada de lo que pensaba a la mujer, pero sí le hizo una pregunta final, a la vez que dejaba caer el trozo de porcelana al suelo con desinterés.
- ¿Quién se encarga de preparar y servir el té?
- Bueno.. - Murmuró titubeante. - Hasta hace unas semanas yo era la encargada, porque no teníamos a alguien más que lo hiciera, pero recientemente ingresó una muchacha nueva, que se ocupaba de atender al señor Samitake y le servía el té y o la comida siempre que él lo solicitaba. - Le explicó, y luego sonrió. - Es una jovencita muy simpática. - Namida pidió hablar con aquella sirviente, y rápidamente fue conducida hasta el exterior de la casa, donde una muchacha de su edad, incluso más joven, realizaba algunas tareas domésticas. Nami apartó de sus quehaceres, y la llevó a un lugar un poco más privado donde pudieran conversar sin ser oídas.

- ¿Cómo te llamas? - Preguntó directamente, sin presentaciones ni modales.
- Umi, señorita. - Respondió la joven.
- Y dime... ¿Por qué no te has ido todavía? - Cuestionó luego. La seriedad en su rostro comenzaba a preocupar a la sirvienta, que gesticuló una expresión de confusión y desentendimiento.
- ¿Disculpe?
- Ya me oíste. ¿Por qué sigues aquí?
- Trabajo aquí señorita, vivo aquí. - Aclaró.
- Claro. Pero... ¿No te da miedo que te descubran? - Murmuró, levantando una ceja. La muchacha se puso pálida de pies a cabeza, y amagó a hacer un movimiento que Namida no pudo identificar pero que detuvo instantáneamente al tomarla por la muñeca con mucha fuerza. Se le escapó una sonrisa. - Lo sabía. Te felicito, lo hiciste muy bien. - Le dijo, y aunque sonó con ironía, iba bien en serio. - Una gota de veneno a diario durante una semana o más, bien escondida en el té o en la comida. Imperceptible, sin sabor, sin color. Síntomas inexistentes hasta el momento de la muerte, cuando el cuerpo colapsa de golpe y se produce tanta presión en el cerebro que prácticamente las venas de la cabeza estallan. Claro, por eso la sangre en la nariz... Admito que tuviste suerte en esa parte, parecía el resultado del simple golpe de la cara contra el suelo.
- Por favor... - Susurró. - No me hagas daño. Solo cumplía órdenes, al igual que tú. - Le dijo haciendo alusión a su condición de shinobi.
- Si no me dices quien te envió, en efecto tendré que hacerte daño. No queremos provocar un desastre aquí, ¿O sí? - Amenazó. Lentamente la joven asintió con la cabeza, y luego introdujo la mano entre su ropa, para enseñar el colgante que llevaba en el cuello, idéntico al que también portaba Namida. Esta se quedó petrificada. Soltó el brazo de la muchacha y retrocedió algunos pasos.
- ¿Qué diablos? - Murmuró.
- Es lo mismo que yo pensé cuando recibí la orden. Y mayor fue mi confusión cuando me enteré de que tú estabas aquí haciendo preguntas. - Dijo la muchacha, volviendo a esconder su dije de hierro. - No sé que está pasando pero supongo que puedo confiar en ti. Me llamo Nana, del clan Tessen. - Se presentó correctamente, revelando su verdadera identidad.
- Namida. ¿Te han dicho el motivo? - Preguntó. La "sirviente encubierta" negó ante la pregunta.
- Solo sé que no era un buen hombre.

Vaya contradicción. ¿Podía ser realmente que las personas que la enviaron al lugar a inspeccionar la escena de la muerte fueran las mismas que mandaron a matar a aquel hombre?, ¿Por qué lo querían muerto? y, ¿Por qué enviarían a Namida sabiendo que el misterio podía ser descubierto?. ¿O es que acaso querían que se descubriera?, ¿O quizá algo raro y que ambas jóvenes desconocían estaba sucediendo entre los altos mandos? Las posibilidades eran varias, pero no había certezas que respaldaran firmemente a ninguna.

- No diré nada si tu no dices nada. - Propuso la joven. Namida la miró con mala cara, al principio pensando en no aceptar, pero lo meditó unos momentos y dejó de parecerle tan mala idea.
- Si me mientes, lo sabré. Y de ser así, da por hecho que te buscaré donde sea y te asfixiaré hasta que tus ojos se salgan de sus cuencas. - Amenazó.
- No habrá necesidad. Creo que esto nos conviene a ambas. Dejemos las cosas como están, solo tú sabes la verdad. Los médicos no van a descubrir la causa de muerte. Y si lo hacen... no podrán saber que fui yo. Al fin y al cabo, si nuestros superiores lo querían muerto, por algo será. ¿No crees?
- Sí, por supuesto. Pero si aún tienes algo del veneno, quiero que me lo des. Prefiero que no existan pruebas y menos tan cerca del lugar de los hechos.

Si iba a haber problemas con el feudo, prefería no ser ella quien los alentara. Al fin y al cabo el feudo le importaba muy poco, y solo aprovechaba los trabajos que se le asignaban como una ayuda o impulso para poder seguir aprendiendo, avanzando y alcanzar sus verdaderos objetivos. No era leal de la misma forma que lo habían sido sus padres.
Después de ponerse de acuerdo con su compañera, y jurarle que la buscaría pronto para hablar respecto a lo sucedido, volvió con la jefa de sirvientes. Para disimular, le pidió contactarse con el resto de los empleados de la casa, y los interrogó a todos obviamente sin obtener respuestas relevantes. Finalmente pidió disculpas por las molestias ocasionadas, agradeció por la atención y la colaboración, y se largó.
Cuando tuvo que reportar la misión, alegó no haber encontrado pruebas ni pistas nuevas. No brindó muchos detalles más. Todavía estaba muy confundida, y sabía que algo no andaba bien, sin embargo se convenció de que la decisión que había tomado respecto a guardar silencio era la más conveniente.
Nami
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