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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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"It lies on humans." — Entrenamiento.

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"It lies on humans." — Entrenamiento.

Mensaje por Iko el Dom Jul 23, 2017 5:36 pm





It lies on humans

A force to aknowledge,
and a broken trust sense












Las hojas sonaban alrededor de lo que una vez fue campamento. La llanura natural se había convertido en una afombra verde y marrón con rasgados de las tiendas y un círculo negro donde la hoguera se había consumido hasta menos que ascuas y ceniza. La extranjera había llegado de voz de las dos personas, una de ellas herida, en busca de las tales gladi, que ella apenas lograba entender en su limitadísimo vocabulario sobre el oriental, creedora que allí estaba toda la tierra que existe. Ilusa, infantil y limitada, aquella muchacha era otra vez presa de las preguntas sin respuesta. ¿Qué eran ellos, y qué hacían allí? Las cosas de aquella gente habían sido llevadas, armas, comida, equipaje; todo arrancado de su lecho original. Sin embargo, había cajas poco escondidas en los arbustos a los que acudió la fuerte chica tras cerciorar su soledad. Verla desde lejos podía ser como ver un mono intentando robar comida vestido con ropas de seda. El cabello blanco, enganchado en su coleta alta se mecía en el aire de un modo silencioso, como la nieve, resistiéndose a caer de inmediato. Suficiente ágil, atacaba el punto objetivo, apareciéndose entre las cajas en busca de aquella cosa que debía ser, creía ella, llevada. Escuadriñó primero las cajas de un modo curioso. Las olfateaba y tocaba su madera habiéndose quitado los guantes para notar su acabado tosco y rápido, además de extremadamente áspero, llevarlo le ocasionaría un número malicioso de heridas y astillas clavadas. El olor era frutal, muy silvestre y con roces dulces en las paredes de las fosas nasales. Comida. Ella abrió la caja con tal de alcanzar aquello, sin embargo, cuando su mano alcanzaba una colección de pequeñas perlas verdes. La que vivió en bosques supo reconocer aquella planta, pues mucho la había utilizado en su niñez, activado repentinamente la memoria a través del olfato.

Una chiquilla de nueve años volvía a escaparse de su entrnamiento, pasando días enteros enterrada en lo salvaje de los bosques, buscándose cada raspada en la piel y cada herida que provocaba pequeños sangrados sobre el mármol indeterminado tan especial de aquellos lares. Recogía sus heridas de la madera y la tierra, y el sudor se resbalaba cuanto más cerca estaba del agua de fuego. Como cualquier niña haría, sus heridas provocaban un llanto silencioso para no ser descubierta. Al cabo de las horas algunas de ellas resultaban dolorosas y palpitaban con una injusta fuerza para la joven. Y sin embargo, la tierra proveía una  fruta para la sangre. Esa ignorante aprendió pronto el efecto de las bayas de moringa. El pequeño mejunje se aplastaba contra la herida, detenía el sangrado. Aliviaba parte del agobio de ella. La chica creía que eran las frutas dadas por alguna o alguno de las divinidades a las que se aferraba con todo alma y aliento. Un regalo para las frágiles criaturas dejadas sobre el suelo firme. Enfundada en una medicina natural.

Las bayas de moringa no eran extrañas, y su olor podía distinguirla de otras bayas de aspecto similar. La marionetista también conocía su función como un coagulante natural, especialmente por como los grandes maestros instruyeron a aquella misma niña en las artes del veneno y las sustancias. Algo que en aquel momento conseguía infectar la nostalgia de un modo horripilantemente sutil al momento en que la chica, ayudada de los cables que aguardaban en sus guantes, cargaba con las varias cajas que había escondido gente tan distante a lo que era ella, o a lo que había sido en cualquier momento. Contaba con mayor fuerza que sus iguales, con una capacidad mucho mayor cuando se trataba de lo físico, como sus días de aprendiza, siendo atesorada como una chica especial cuando su realidad era otra. El viaje no era largo, la noche aún no había llegado a los cielos y la luz solar era más naranja que azul. Algo que, no obstante, a los rubíes turquesa se les escapaba a propósito cuando se zambullía en los recuerdos dulces y amargos del pasado, las ideas revoltijadas en una mente desfigurada sobre deber, orden, y el mundo. Y en realidad, aquella fuga, su presencia en el continente no hacía nada más que alimentar las fantasías de los dementes que pretendían destruir aquel mismo lugar. Si solo hubiese sido más receptiva, Iko pudiera ser una heroína, o la mayor de las villanas, y sin embargo, ahora se había convertido en menos que un peón, una simple mota de polvo levantada por la batalla, la suya y la de otra gente. El sentimiento de inutilidad no era en absoluto solo fruto de las derrotas vergonzosas sufridad hasta entonces. Había más tierra que quitar para sacar aquel tesoro oculto. Quien lo lograse, pero, seguía siendo un misterio. ¿Quizás aquellas dos personas?

Ella llegó cuando el sol ya no podía verse, pero si la luz a través del horizonte como un abanico de fuego totalmente abierto, tenue y débil, rindiéndose a una luna delgada y curva. Suficiente para que los heridos viesen la figura albina aparecer. Ambos parecían casi sorprendidos, posiblemente creyeron que ella se habría largado con sus provisiones, o que habría acudido a cualquier lugar donde entregarlos. Y todo lo contrario, había transportado el equipaje restante de quince guerreros en un solo viaje. En el claro del bosque, dejó descansar las grandes cajas, cayendo a un lado cansada mientras recogía su cable, algo que el hombre de la pareja extraña miraba curioso, como queriendo desentrañar el mecanismo, sin saber que aquella curiosidad no era captada limpiamente por la constructora de tal cosa, sino que era una suerte de amenaza. Como un animalillo en los ojos de una presa, cuando atisbó sus ojos de azul grisáceo y oscuro, tomó rumbo a detrás de las cajas, acompañado por una cara que pretendía ser intimidante, pero parecía antes sacada de una rabieta infantil. Suficiente para que el chico se sonrojase y la mujer soltase una débil risa. Había perdido sangre y seguía herida. El hombre tomó bayas y comenzó a molerlas mientras Iko intentaba cocinar la poca carne que quedaba, posiblemente vivían cazando cada día. No obstante, solo oyendo el ritmo al que hacía mover el instrumento era suficiente para ella, para saber que no lo hacía bien, la mujer hablaba, pero no había ningún tipo de comprensión entre la albina y los demás. Incapaz, pero de soportarlo, y ya que la mujer era lo que menos incomodaba a Iko, decidió apartar al hombre de un manotazo, moliendo ella misma las bayas. Para sorpresa de los dos, lo hacía con soltura, acostumbrada a trastear con frutos, flores, plantas e incluso algún animal. Razón para que en las manos de la marionetista, aquel cuenco pronto quedase una homogénea pasta que con agua se volvía casi crema. Con ella, se acercó a la mujer, y comenzó a aplicárselo contra las heridas, evitando contacto visual. Sabía que había hecho daño a su compañero, pero el sentimiento encontrado con cualquier macho empezaba a fortalecerse en ella.

Pareció ser admitido por la mujer que soltaba pequeñas risas, dejándose curar por la albina. Soltaba ligeros quejidos ya que el fresco de la noche no auguraba una aplicación tan elegante como pudo tenerla por la tarde. El hombre decidía comenzar a cocinar la carne a un lado, aunque no les quitaba el ojo a ambas en ningún momento, razón para que Iko se girase a cazarle los ojos índigo de vez en cuando, al mismo tiempo que se veía forzada a atender las numerosas heridas de la mujer. Cada pocos minutos, y sin respuesta por su parte, la guerrera intentaba iniciar una conversación basada en el mutuo inentendimiento. — Non potes intellegere nos, possumus vobis? — sacudía mientras ganaba otra de las coleccionables miradas de una ignorante. Sabía, Iko, que hablaba con ella, y por su tono, no era exactamente agresiva. Pero no sabía qué hacer en aquel momento. ¿Hablar su lengua, la del continente...? Ella que apenas podía entreliar palabras al azar de un idioma extraño. Quizás, pero, era la manera en que los monstruos la entendían. Recordaba los gritos de la pelinegra alcanzada por las llamas, y la manera en que el dolor casi se palpaba en los alaridos del espadachín. ¿Qué lengua debía ser distinta a la de ellos? — No... ¿nono? ¿vobis? — Cazó la atención de ambos como cazaría a un osezno abandonado. La pareja quedó en silencio, hasta que ella fue la que sacudió sonriente la cabeza. Claramente, no sabía qué decía, no sabía nada sobre ellos o su idioma. Pero algo si había habido, intención. — Ego sum Vetania... Ve-ta-nia... — se señalaba. — Be-tania... — y reía como si fuese una niña aprendiendo a hablar —que lo era— mientras el chico recluído a hacer la comida parecía aún medio intimidado y medio aliviado de ver a su jefa relajarse. Todo lo que pudo aprender Iko de aquel idioma fueron sueltas palabras. Ego, tu, il, Vetania, Callus, bacae...

Fue un momento por completo ameno hasta que la mujer se levantó para alcanzar la pieza de carne. Varios intentos hicieron que su comida cayese al suelo finalmente, de una manera incomprensible para el chico y la extraña, mientras ella se tocaba los párpados extrañada. No parecía notar nada. Se quería acercar a ellos pero caminaba como si la distancia no cambiase, casi pisando la hoguera hasta que Iko tuvo que detenerla. Callus, el hombre a un lado, formuló preguntas en contra de ella, unas que no supo distinguir pero que n hacían gracia a la mujer, hasta que de pronto, los rubíes turquesa descendieron hasta el ungüento de las bayas. — ¡Bacae! Bacae, tu... bacas. — Sonaba torpe al decirlo apresurado mientras señalaba las heridas. Estaba oscuro, pero las caras incrédulas de los dos adultos eran por completo visibles. Vetania no le culpaba, pero no entendía qué podía ser lo que decía. Una mueca de desagrado prosiguió con lo que intentaba ser una explicación muda. Acorazando parte del ungüento en su mano desnuda, zarandeándolo de un lado a otro porque lo entendía. La salvaje, comprendiendo como un coágulo involuntario se había presentado cerca de los ojos de la mujer que la amparaba. Iko combinaba las palabras insabidas con gestos y articulaciones extrañas para mostrar que no podía distinguir las distancias por la opresión del nervio óptico, al mismo tiempo que quería explicar que lo más probable era ver desaparecer los efectos en un momento si estaba en lo cierto por la dosis. — Bacae et bacae et bacae... Crasta bacae... — Imposible, siempre, hasta que la mujer estiró el brazo, parpadeando fuertemente hasta tocarle la corona de la cabeza. Suspiró aliviada cuando la vista volvió a la normalidad, pero hizo que la marionetista mirase las bayas con, ahora, curiosidad. Ella sabía de venenos, pero había caído en la cuenta de cómo de olvidado había quedado aquel aspecto. Como los hilos que podía invocar, como las hazañas que en realidad podía lograr. ¿Y si los venenos no eran sino una más de sus fuerzas aliadas? — Venenum? Tu facit venenum? — Interrogó la líder occidental. Un brillo se escondía en sus ojos.

La salvaje miró con extrañeza, pero, a aquella mujer. Ninguna de sus palabras entrañaba significado para la peliblanca, tu era la más obvia y única conocida en realidad. — Duce, Callus. — Resaltó la castaña hacia el chico. Por primera vez, vieron los rubíes turquesa, el hombre parecía acceder a que Vetania fuese amable con la extraña, incluso atisbó una sonrisa de la que no logró deconfiar completamente. Él fue hasta una de las cajas que trajo, y de ella tomó un pequeño vial con lo que parecía agua. Era una cosa pequeña y muy fina, tanto que solo sostenerla sin romperla parecía un logro, cediendo el objeto a la enguantada marcial que observó el líquido. ¿Sabían que había producido sin querer un veneno? ¿Quizás le ofrecía uno suyo? Pero los ojos coloridos no veían nada sino agua normal y corriente enardecida por la hoguera del centro. Pensó Iko por unos segundos pausados el significado de tal presente. — ¿Mista?.. Aqua. — rápidamente corregida, aquella vez por la voz masculina. — Venenum est. Ille facit tum improba movere. — Lo miraba, nuevamente desconfiada y desagradable por ser enseñada en un idioma que no podía ser entendido por sus oídos. Hasta que la mujer de los dos le lanzó una pequeña roca a la frente, haciendo que él se quejase e Iko acudiese a su lado. Con gestos, supo traducir lo que era, llegando a la comprensión de quien podía conocer los venenos de un modo curioso. Aquel agua poseía sodio. Mezclado de manera que viajase hasta la cabeza y pasase la barrera hemato-encefálica para producir una serie de dificultades motrices.  Estaban, en efecto, compartiendo su veneno con ella. Algo que hizo a la peliblanca  mirar con cierta verguenza a Callus, aunque fugazmente antes de apartarse de ambos y mirar el vial detenidamente. Era más fuerte ahora gracias a personas que no eran de aquel lugar, pero tampoco de su isla. ¿Cómo podía diferenciar a los monstruos si no dejaban de aparecer distintos bandos?


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