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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Out of Place

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Out of Place

Mensaje por Zhorin Kashu el Vie Ago 11, 2017 11:00 pm

La llegada del atardecer agudizaba la sombra alargada de aquella pantalla de calma que solía ser la entrada a la capital. Zhorin, quien habitualmente se veía sin preocupaciones y relajado, desde hacía días bien que había adquirido una especie de reputación por sobre aquel feudo que comenzaba a obedecer, y aunque el mismo no fuera un ciudadano entregado a tal causa totalitaria, bien que se había dispuesto a prestar sus habilidades ante aquel gobierno un tanto cruel, que poco a poco mejoraba sus posibilidades para desarrollarse en aquel mundo. Si bien el rumor de aquel chico aireado que había escapado por si solo de la prisión de los rebeldes, bien que comenzaba a resonar por entre los pasillos de los cuarteles, aún eran los pocos que podían reconocer a tal ser con cabello rojo y Gunbai gigante.

Lentamente el Kashu saldría de su comunidad, cercana a la capital, para así dirigirse por entre el rumbo de piedra que daba hasta la metrópolis del viento. Si bien aquel lugar yacía repleto de arena al punto de ni siquiera poder distinguir el camino de caliza por donde transitaban las caravanas, poco le importaba a aquel joven que desde pequeño deambulaba por tales tierras traicioneras, sintiendo el abrazo del sol y el cortejo de los depredadores sigilosos que le enseñaron a caminar por sobre el aire, siempre con miedo del lugar en donde pisaba. Minuto tras minuto aquel deambular relajado lo mostraba aireado, con cabello al soplo incluso cuando los agudos rayos solares se postraban presente en su nuca, pues a pesar de que la tarde decaía en su asesinar de la luz, aquella tendencia desértica poca protección podría dar en su falta de nubes, y por consiguiente, de sombras. La visita inusual de aquel muchacho de aire comenzaba a volverse rutinaria pues hacía algunos días que aquel pelirrojo asistía al cuartel para así recibir misiones o mandados que pudieran generarle ingresos, y más que ello, reputación o experiencia que poco a poco comenzaba a verse notar en su hábil manipulación elemental, pues no sería un secreto para nadie el notar como aquellas ráfagas mejoraban en su intensidad, y aquel control tan peculiar por sobre las mismas, poco a poco comenzaba a verse más fluido y presente.

El arco que daba a los murales daba la bienvenida al ocaso pronunciado que arqueaba la silueta oscura de aquel pelirrojo, moviéndose un paso adelante pues el decadente sol se apoyaba cada vez más en su espalda, y aunque las personas de aquel poblado ya estuvieran un tanto acostumbradas en verlo, igual era una silueta poco casual en aquel apartado mundo de arena; el gunbai gigante siempre acompañando su retaguardia, poco a poco era eje ante las vistas curiosas de aquellos intrigados por sobre su uso, pues en aquel mundo bélico, era evidente el sospechar que el mismo era sin duda alguna, un arma. Los susurros tambaleantes se desaparecían ante el saludar de mano alegre por parte de tal muchacho, quien a pesar de ser un tanto extravagante, bien que rozaba lo amable por su aptitud despreocupada que poco tiempo le dedicaba a los problemas o incomodidades. Suspiraría entonces, bien encaminado hasta aquella torre ladina que daba al cuartel en donde habitualmente solicitaba oficio en nombre de tal feudo de dudosa moral.

Para nadie era un secreto que aquella ciudad era la viva imagen del deterioro que una sociedad oprimida por un feudo totalitario producía, bien cansada de explotaciones, poco a poco comenzaba a generar huérfanos ante lo que las guerras innecesarias traían consigo, y aunque la paz actual se debiera a un simple miedo sostenido por la negativa a ver más muertes, poco a poco bien que plantaba cimientos de hambre y desolación, los cuales tras suicidios y abusos, poco a poco comenzaban a traer esa miseria peculiar que se vería en los pueblos más deteriorados. No era un secreto el ver ese auge de malos vicios y oficios que se plasmaban desde callejones, hasta sectores organizados exclusivamente para ello, y la edad poco importaba ante ese rastro de inmundicia que llamaba la atención de la perversión, y así como era predicho, aquella huérfana no tardaría mucho tiempo en encontrar ese único oficio en el cual alguien le asistía, después de todo, la carne joven era apreciada por los apodados cazadores, y tras su miedo innecesario ante la cadena de hombres que yacía por la espera de sus caderas pequeñas y delicadas, aquel insinuante miedo poco a poco caería en sus mejillas ya cansadas. A ciencia cierta, era imposible el suponer como sería la primera vez de tal jovencita, pues a su edad, su desarrollo un tanto retrasado dificultaría la humedad que pudo haber tenido alguien ya mayor; doloroso sin duda, el discutir como un caballero sobre aquel tema sería una pérdida de tiempo, y ante el porvenir de la noche, el hambre de lujuria poco a poco comenzaba a dar fila para tal acto, pues entre todos los del bajo mundo, bien que una niña prostituta era un manjar del cual había que aprovecharse.

De la nada, la primera bestia saciaba su hambre nauseabunda por sobre las piernas de la joven, respetuoso de las reglas de aquel proxeneta que evitaba, a toda costa, el vaciarse dentro de la pequeña dama que bien podría ser juzgada de niña, y tras el cobro de la misma, el suspirar de sus recuerdos familiares la harían llorar, triste, por sobre aquellos sueños que alguna vez pudo haber tenido, pero que sin gracia, ahora se los guardaba en esa pequeña caja vacía que yacía ensuciada de esperma. Como era de esperarse, una prostituta llorando no sería atractiva para el mercado, y pensando en sus ganancias, aquel vendedor pararía la fila por ligeros segundos, todo ante la amenaza a la joven de respirar y calmarse, pues si no lo hacía, el castigo por sobre ella le incitaría a pedir clemencia… ¿Y cómo no?, si aunque aquellos fiadores la trataban bien, aquella respondía ante ese cruel capataz que las maltrataba. Asustada, cual niña perdida, la joven no pensaría dos veces el escapar, ¿pero cómo?, ella no conocía nada más que esas calles sucias de la zona más apartada al centro, la adyacente al mural derecho, y aunque bien pudo idear un plan, el tocar de la puerta aceleraba su partida, rompiendo aquella ventana por donde saldría incluso cortándose la mano, y huyendo, a toda prisa, de aquellos lamentos y maldiciones que aquel cabecilla daba a sus subordinados, pues aquella niña ya no era una persona, no, ella era considerada una mercancía.

Rápidamente se vería a la joven correr, asustada, correría como si no hubiera un mañana, solloza y herida por aquel miedo que le aterraba, por aquella entrepierna que le dolía, y por aquellos suspirares de un pasado. Saltaría, se escondería, pero bien entendía que por si sola no podría escaparse de aquellos maleantes que la vendían, pediría entonces ayuda; se detendría de vez en cuando suplicando aliento, y aunque su traje descuidado solo dejaba ver esa bata un tanto transparente que finamente dejaba marcar sus pequeños senos y aquella liga de la pantys que la tachaba parcialmente desnuda, bien que no recibiría saludo alguno salvo de los mismos que alguna vez la miraron de aquella forma… Ella sabía diferenciar cuando alguien la mirada de tan característica manera, esa misma ojeada que la tildaban como mercancía, como un pedazo de carne andante y tierna, al cual cualquiera deseara hincarle el diente, y sin mucha más esperanza, continuaría, a marcha constante de pies descalzos, dejando que su goteo de brazo marcara ese camino por donde preocupadamente caminaba.

Por su parte, Zhorin, bien que se había desviado hasta aquella ruta de mercado paralelo, en donde con sospechas, bien esperaba comprar algún residuo de veneno que pudiera usar para cazar animales del desierto, firme en esa aventura que esperaba iniciar para su entrenamiento con aquella peculiar arma que había encontrado en el closet de su abuelo, y aunque en primera instancia no vería nada que le sirviera de utilidad, pronto escucharía ese tumulto de gritos que bien dejaba vista ante la pequeña cansada, quien sin mucha suerte, se tropezaba por aquella roca malparada, y debido a su falta de calzado, caería de lleno tras el lastimar de sus pequeños dedos. Lloraría entonces, por el dolor y por la idea de ser capturada, y aunque los hombres atrás festejaban por el tambalear de aquella niña, el Zhorin, despreocupado, extendería su mano a la pequeña en aquella faceta heroica que él claramente no poseía, pero que se le atribuía aquella vez debido a su necesidad de buscar siempre la calma; entre tanto llanto y escándalo, el muchacho pelirrojo comenzaba a sentirse un tanto desubicado, y con su rostro calmo y sereno, bien que miraría a la niña de manera diferente, pues ella, por primera en mucho tiempo, sentía que alguien la veía como una persona más.

-¡Ayúdame, tienes que ayudarme!- Gritaría la pequeña, desesperada, viendo a sus espaldas para notar como la banda se aproximaba, incluso armados pues ahora veían que alguien le asistía, y ella al ver que el contrario nada hacía o decía, bien que se levantaría parcialmente aquella bata, dejando ver sus piernas y borde de su ropa interior, y ante el sorprender del muchacho, bien que sacaría aquella última paga que no le había entregado a su proxeneta. Se la daría entonces a las manos, presionando el puño del caballero con aquella insistencia que se le notaba a los ojos, y tras parpadeos, el Kashu vería el cuerpo de la mujer, parcialmente desnudo y herido, y en eso, poca más pregunta tuvo que hacer por sobre su asistencia. Si bien Zhorin tenía una visión personal por sobre el bien y el mal, él consideraba que cualquiera que obligara a alguien a hacer algo que no deseara, y aún así le castigara, bien que acudía a lo que él consideraba como “malo”, por lo cual, suspirando sin escapatoria alguna, daría ese fuerte respirar profundo que era muy llamativo en su clan, y postrado a defensa de la dama, vería a los otros sujetos que ahora se postraban delante de él, armados con esas katanas de filo rudimentario que los delataba como simples bravucones sin mucho entrenamiento salvo aquel que pudiera darles la calle.

-Esto no es de tu incumbencia, pelirrojo, márchate y deja a la chica en paz- Diría el cabecilla de ellos, pensando a su vez que ellos no eran los únicos que buscaban a la chica, después de todo, cualquiera podría vender sus servicios bien buscados. Empuñarían los tres sus armas, dispuestos a arremeter contra el chico de aquel gunbai tan grande, y en eso, le verían, llevando sus manos a la espalda para así empuñar tal curiosa arma, y temerosos, buscarían la escusa perfecta para invocar su miedo. -¿Acaso sabes con quien peleas?, somos subordinados de Akhuzo, él no perdonará que te lleves a su mujer- Dijeron, y justo antes de aquellos siguieran hablando, el Kashu los interrumpiría con aquel tono de voz firme y tranquilo.

-No sé de qué mujer hablan, ella es una niña a mis ojos, y por ende, no creo que sea bueno que se quede con ustedes- Aclararía, y sin dar muchas explicaciones, canalizaría aquel chakra en su palma, enfocándolo en su arma para así, blandirla con aquella gigante ráfaga dirigida que se unificaría y solo arrasaría el camino central de aquella avenida comercial. Sin mucho inconveniente, arrastraría consigo a aquel trio de rufianes, y aunque la niña vería un tanto sorprendida y sonrojada al varón, bien que se alertaría al notar como más comenzaban a cruzar por entre las intercepciones. -¡Sácame de acá!- Ordenaría, solloza y asustada, pues aunque aquel Cantante le traía paz, bien que el miedo que tenía era mucho mayor del habitual.

Entonces ambos se verían. Zhorin miraría a la niña con aquellos ojos azules, y suspirando, se acercaría para tomarla de la cintura, acercando su cuerpo al de ella, y al notar el sonrojar de la dama, bien que desviaría la mirada pues aquella le empujaba, como temerosa de que ese joven fuera igual que aquellas bestias que solo la tomaban para mancharla. Así mismo, y con velocidad, las piernas fuertes del muchacho se doblarían, y saltando, su naturaleza de aire los llevaría a las alturas, cayendo tranquilos en ese techo aledaño en el cual se apoyaría para así volver a saltar, deambulando a salto largo y paso aireado, bailando más que caminando, y demostrando aquel asombroso manejo del aire que poco a poco podría cubrirlo. Sin dudarlo dos veces, la muchacha se aferraría a él, temerosa por caerse, y aunque en un inicio se asustaría por caerse, pronto dejaría los quejidos para dejarse llevar ante las ráfagas de aire que movían su cabello corto hasta los hombros.

El perseguir de los malvados alertaría sin duda a los guardias, y aunque aquellos buscaran por entre los tejados a los que corrían en persecución, todos eran evadidos por el pelirrojo, fugaz en aquel deambular veloz que traía consigo el movimiento del viento. Uno a uno los perseguidores eran atrapados, capturados por los agentes de seguridad de aquella capital, y aunque pocas explicaciones dieron, poco a poco comenzaron a generar aquella mala reputación en el bajo mundo, por sobre el muchacho pelirrojo con habilidades de aire. Por su parte, aquel par de prófugos corrían ante el acurrucar de la chica ante el pecho firme y de ropajes frescos de aquel pelirrojo; él olía bien pues nunca sudaba, además de que disfrutaba el agua sin dificultad desértica, y aunque ella era obligada a bañarse entre perfumes y demás sustancias que la esterilizaban, ella misma sentía que olía mal, se sentía sucia, se sentía poco digna de caminar –o ser cargada- por él. Poco a poco seguirían en aquel viaje que parecía un baile de paso largo, zancadas tras zancadas llegarían ante la puerta principal, y con ellos, la noche los visitaría justo al momento de que ambos salían por sobre aquella muralla. ¿Alguien los detendría?, no, pues para los vigías de las atalayas ya era habitual el ver al Kashu saltando de murada en muralla, siempre a flote y ligero tras aquel presumido andar que solo él podía hacer.

Al lograr salir, el caballero soltaría en sus inicios a la dama, la dejaría libre de sus brazos incluso cuando ella misma aparentara no querer soltarlo, aferrándose a su camisa suelta que aligeró en todo sentido su viaje. Entonces se verían, aquella mirada cruzada bien que alarmaría al pelirrojo, quien la notaba sonrojada, al parecer afectada y querida por primera vez por alguien, aunque por su parte, aquel Kashu nada sentía, él no tenía afecto por ella, ni la deseaba, ni esperaba sacar algo a cambio, y así como la soltaba, él se voltearía, justificando aquellos ryus que ella había pagado por sus servicios, mas cuando la misma notaba que aquel aparentaba irse en partida, bien que justificaría ese grito de queja que le haría voltearse, dudoso.

-¿Cómo pretendes dejarme acá sola?, tengo frío-
Diría la pequeña infante, y en eso, aquel muchacho de ojos azules bien que recordaría el atuendo de telares transparente que bien que marcaban las intimidades de esa pequeña mujer. Entonces recapacitaría, parpadearía dos veces ante el leve sonrojar que notaba los pezones erguidos por el frío, pues ella yacía a piel desnuda, virtuosa ante las ráfagas que cubrían sin piedad alguna aquel desierto, y tras ello, poca esperanza le quedaría por sobre una noche a la deriva en tan espantoso lugar. Suspiraría, cansado, y tras eso, comenzaría a desabotonarse su camisa holgada que en primera instancia alertaría a la pequeña; ella le vería, ahora confundida, y en ello, daría un paso atrás, confundida pues aquellos recuerdos de hombres desnudándose claramente le daban ese escalofrío tan desalentador que ella no esperaba encontrar con él… ¿Por qué se desvestía?, ¿al final la veía como la típica carne joven que podría comer?, y tras eso, el voltear un tanto fugaz de menor le intentarían dar a la fuga, pero sin posibilidad alguna, su brazo sería detenido por el agarrar rápido de aquel especialista veloz.

-Tú… Tú eres igual a todos ellos- Diría solloza al notar que no tenía escape alguno ante esa predicción de abuso que volvería a tacharla como un objeto, después de todo, ella notaba que él se había arriesgado por ella, y capaz consideraba que esos 500 ryus que le había dado, bien poco que eran para tal servicio de escape. Entonces suspiraría, ya sin ánimos de continuar, y en eso, se tornearía sin verlo, tocando ahora su bata como incitando a levantársela para ofrecerle su cuerpo… Ese cuerpo maltratado y tocado, manchado por hombres que desconocían su pureza pero que bien que sabían su edad, y tras ello, se sorprendería al escuchar al contrario pronunciarse.

-Toma, cúbrete con mi camisa, yo ya estoy acostumbrado a este frío, pero no creo que tú, con tan poca ropa, puedas aguantar mucho- Explicaría, entregándole aquella camisa que ya se había retirado, dejando ver su torso marcado y ejercitado, atractivo como siempre aquel pelirrojo bien que no vería el rubor de la niña pues él la veía como eso, como una simple niña. Entonces ella parpadearía una… Dos veces ante esa sorpresa que descubría; ella por primera vez en su vida estaba siendo cuidada, y tras aquello, pequeñas lágrimas se le escurrieron por sobre su rostro delicado.

-Me has pedido que te sacara, pero a decir verdad, no sé adónde podrías ir, ¿no tienes a alguien que te ayude?- Aclararía, y aunque él esperaba respuesta, la mujer claramente bajaría su mirada, dando a entender que era solo una pobre alma que nadie le quedaba en este mundo.

Chasquearía la lengua, cansado de aquella conversación, vería los lados, pensando, buscando algo que hacer con la niña, y sin mucho más que presumir, bien que poco más tendría que idear para esa noche. –Lo mejor será conseguirte ropa más abrigada- Aclararía el muchacho, y con ello, caminaría esperando que la dama le siguiera, desviándose de aquella ruta de caliza de la entrada de la capital, para así, dirigirse hasta ese camino apartado que daba hasta la Comunidad del clan Kashu, a las afueras de las murallas pero bien que protegidas por la cobertura ladina de la misma. El andar tranquilo incitaría a la charla, pero sin mucho más que presumirse, la luna los cubriría con ese habitual proteger de espalda a espalda, adornando las estrellas que presumían su postura de guardianas, adjuntas una al lado de otra como si de una barricada se tratara.

-Mi nombre es Kewii, por cierto- Diría la chica descalza y ahora cubierta por esa camisa grande que a pesar de no abrigarla mucho, bien que la protegía un tanto de aquellas ráfagas de aire que el joven intencionalmente desviaba para la comodidad de la ajena, siempre asombroso en esa habilidad innata de Kekkei Genkai que cualquiera de aquel país envidiaría. Ella buscaba conversar con él, buscaba conocerlo, buscaba agradecerle de maneras infinitas ante su ayuda despreocupada que solo había aceptado una pequeña cantidad de dinero como pretexto, aunque en su interior, la niña entendía que aquel capaz la hubiera salvado por obra propia, después de todo, no se veía malvado, todo lo contrario, aquel pelirrojo parecía ser una especie de monje, siempre tranquilo, siempre en paz, fresco como el viento que movía su cabellera y le impedía sudar, y aunque aquella arena estuviera en la noche, la misma aún se notaba un tanto tibia pues la tarde hacía minutos que acababa de morir, dejando ese panorama oscuro en donde pocos sabrían encontrar el camino. Por su parte, aquel par de vagabundos que ahora yacían en el desierto, poca pérdida tenían: La estrella del norte, siempre a su diagonal izquierda, llevando los minutos pasajeros que tarde o temprano mostrarían ese horizonte un tanto resplandeciente, anunciando esa comunidad de comerciantes en donde habitualmente llegaban viajeros de las arenas, todos dispuestos a intercambiar mercancía por servicios ganancias, después de todo, aquel lugar no funcionaba con el habitual sistema de pagos, no, ellos usaban el trueque como método de negociación.

-Zhorin, Zhorin Kashu- Respondería el pelirrojo, sin verla, preocupado por el camino en donde se encontraban, siempre viendo el suelo para evitar las serpientes o los escorpiones que pudiera tener tan peligroso paisaje, pues para nadie era un misterio el suponer que el desierto era igual de mortífero en la noche como en el día. -¿Crees en el destino?, Zhorin- Preguntaría la chica, buscando su rostro de mirada baja, demostrando ese afecto adquirido que ella había generado por él. –No, no creo en el destino, joven Kewii, aunque tampoco es que considere que las casualidades sean el todo, ¿Quién sabe?, capaz las cosas solo ocurren porque sí- Continuaría diciendo, respondiéndole a la dama ante esa pantalla de ideas que él posiblemente no debatía mucho.

La chica callaría, sigilosa, pues ella esperaba hablarle sobre lo predestinados que pudieran estar ambos en tal lugar, y aunque no supieran lo que la mañana le traería, bien que ella sentía que estaba cuidada, o por lo menos, bien encaminada ante ese lugar tan hostil, al fin de cuenta, si él deseara lastimarla, hacía rato que lo hubiera hecho.
Zhorin Kashu
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