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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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"Mangata." — Encounter.

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"Mangata." — Encounter.

Mensaje por Iko el Sáb Ago 12, 2017 6:28 pm

L
a escena era mística. Imposible. De la noche totalmente clara, la luna era una poderosa antorcha. Ninguna estrella se libraba de la opacidad de la luz blanca y perfecta de la gran esfera en el cielo. Llena y perfecta, sus rayos gentiles llovían sobre todo lo que alcanzaba a la vista. Pero en un rincón especial del bosque, se albergaba una maravilla para los ojos. Una cascada sutil y bifurcada caía desde un acantilado poco pronunciado. Las dos delgadas cortinas de agua invisible hacían un sonido nada desagradable al zambullirse en la pequeña balsa irregular en su forma, cuya suciedad era drenada por un sinfín de grietas que producían más cascadas sin fuerza bajo el segundo acantilado de la escalera. Una elevación particular en la que el agua fluía pacífica, atrapada a los lados por pequeños parches planos antes de vencerse por la inclinación natural del terreno que comenzaba a ser montañoso, pero aún pertenecía al bosque. Los colores habían transmutado a una fantasía donde la hierba y las hojas brillaban de turquesa, y los troncos eran blancos, la piedra de diamante gris y el agua del color de los espejos. El oleaje minúsculo convertía aquel líquido en un reflejo estrambótico de la realidad, donde el reflejo más vistoso de la luna, estaba descompuesto en un sinfín de ondas brillantes que centelleaban entre si y sobre el agua fina de las cascadas.

La única en descubrirlo fue una extraña para aquellas tierras. Tal como el agua, la gran dama de la noche conquistaba cada hebra de su cabellera y la hacía arder en un puro fuego blanco, y sus ojos eran convertidos en dos piedras preciosas acentuadas por las mismas pestañas largas de color sin igual. La piel de tono inconfundible también había evolucionado extrañamente, convirtiendo a la mujer en una figura de cuento. Pálida, pero sin que la piel brillase, el verdadero misterio era aquella forma en que destacaban ojos y pelo. Ella que nació para la naturaleza, y habiendo vivido los serios tormentos de la realidad, había escapado de esta en lo que sus excusas dijeron era un paseo nocturno. Embriagada por la noche, sin embargo, todas las zumbantes ideas en lengua natal fueron calladas por la canción del agua. Extasiada humanamente por un paisaje de ensueño, la joven afortunada perdió toda conexión con el tiempo, y solo caminó en aquel pequeño pedazo del paraíso venido de ninguna parte. El brillo en su mirada no se debía sólo a su colorida naturaleza, sino al sentimiento que había apagado el resto del mundo. La felicidad y el sentimiento de hogar, vulnerados por todas las tramas de allá fuera se habían ahogado en un mar donde ella flotaba como una pluma invencible.

Todas sus ideas fueron cumpliéndose. En silencio, retozó en la hierba, olió las cándidas que se mecían de sus tallos de un color tan blanco como el resto, y las horas donde la noche había comenzado fueron pasando, hasta el mágico instante donde la luna colmaba su cercanía con la desafortunada Tierra. Crecida, hecha de un material irreal, la luna se había posado encima de la caída del acantilado, una visión que a la intrusa no podría nunca borrársele de la cabeza. Una pupila divina que veía a todos desprendía su luz con generosidad. El paisaje plagado de copas de árboles se había convertido en un mar de destellos, de vuelos de búhos en la lejanía y el sonido de la vida por todos los rincones con la magia especial de la noche. Y la joven necesitó unirse a la comunión una vez más. Desprotegiendo todo lo que había que cuidar de la humanidad, La ropa sedosa, los armados guantes y botas, la tela verde que cuidaba del cabello vidrioso fueron olvidados bajo la sombra de un arbusto. Tal como con el lugar, la luz poseyó el cuerpo entero de la joven. La melena que rebasaba sus caderas sensibles. Baja estatura, piel extraña, pechos pequeños, músculos marcados, curvas modestas. Nada de aquello le importaba a la luna, que la abrazó en su candor helado, invitándola a unirse a lo que había creado.

Aceptó.

Extintos de energías, los pies pronto se hundieron en la poco profunda marea. Su tacto gélido ruborizaba de forma invisible las mejillas, mientras la abstracta chica culminaba su camino. Pronto encontraba el placer en él, mientras la ropa era ahora agua de cristal, con la estela del pelo mecida por una brisa contrastada de aire tibio se alzaba al vuelo como las alas del ave orgullosa. Los mechones que golpeaban el agua y volvían a levantarse disparaban diamantes líquidos, a la vez que algunos iban siendo vencidos por la profundidades, que en su máxima expresión rozaba el sur del corazón. Los movimientos de la joven carecían de un sentido humano, solo caminaba de un lado a otro, zigzagueando hasta que se acercaba a las cascadas, atravesándolas como una puerta y dejando que el millar de gotas iluminasen su tez.

El éxtasis de la noche se convertía en una explosión por momentos, mientras todas las partes de una simple invitada eran devoradas en él. Acompasadas, las tonalidades frías fueron hermosamente invadidas por luciérnagas de los colores del fuego, bailando en círculos arbitrarios en conjunto a mariposas de azul profundo como no lo era el océano donde nadaba la sirena de mármol. Flores flotantes de pétalos voladores. Los labios finos de ella se estiraban en una sonrisa encantada. El viento invadía sus pulmones y los ojos, el paisaje. Como un elemento más, se la encontraba a ella, sentada sobre una roca que no emergía a la superficie, donde los pequeños peces plateados eran luces submarinas escribiendo en el lienzo del agua, trazos inconexos e incomprensibles para los ojos humanos.
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Re: "Mangata." — Encounter.

Mensaje por Safira el Dom Ago 27, 2017 10:17 pm

Su impulsividad vencía a cualquier razonamiento lógico que hubiera podido tener. Sus pies eran más rápidos que su cerebro, y la ira que los acompañaba solo hacía que aumentar su ímpetu. —Dónde habrá ido ese imbécil…—se preguntaba a regañadientes. Sus pasos fueron decelerando paulatinamente al darse cuenta de donde se encontraba. Había regresado al bosque del que prácticamente acababa de salir. La nocturnidad del momento lo hacía aún más tétrico de lo que era.
Respiraba profundamente mientras buscaba un punto con el que guiarse. La luna, su fiel compañera de la noche. Aquel frío y húmedo ambiente provocaría escalofríos en cualquiera, mas no en ella. Su sangre, convertida en aquel momento en hielo abrasador, no dejaba de fluir en el interior de su cuerpo. Intranquila recorría con su mirada cada detalle, cada punto de la escena que la naturaleza le había impuesto.

Un cuervo que había huido de su país, de situaciones que habían acabado tornándose desfavorables. Huía de todo y de todos eventualmente. Mas de quien debía apartarse era de sí misma.Aquella lengua viperina, su impulsividad y su falta de razonamiento no le habían traído más que aquella desgracia de la que rehuía. Debía dejar de mentirse a sí misma con aquellas falsas creencias de que aquello era lo que tanto había ansiado.
Las arenas del tiempo seguían fluyendo sin pesar alguno, y la luna ya había llegado a su punto más álgido dejándose ver por completo. Sus pies la llevaron, lentamente, hasta la orilla de un rio de agua fría y cristalina. Cayó de bruces con sus rodillas, agotada mentalmente más que físicamente. Solo el filo de sus azabaches ojos fue suficiente para observar su reflejo en el agua.


¿Quién era?


Una niña. Una cría que solo había soñado con el mundo exterior y que apenas puso un pie fuera y ya parecía abrumada. Una estúpida que creía que sería así de sencillo conquistarlo. Distintos rostros pasaban frente a aquel reflejo. Cabello castaño, albino y negro; cortos y largo. Ojos de distintas tonalidades y cuyas miradas mostraban las historias que sus bocas no habían contado. Personalidades venidas de mundos distintos. Era tiempo de cambio, de mirar al futuro. Dejó que el agua acariciara su faz suavemente, para, posteriormente, hundir su cabeza completamente en el rio.

♦ ♦ ♦ ♦ ♦

Un simple riachuelo, cada vez más abundante y caudaloso, se había convertido en una laguna donde quedaba reflejada aquella enorme luz que acompañaba las solitarias almas en la noche. No había razón que la hubiera guiado, ni una brújula, nada. Simplemente, de una forma u otra, había acabado ante aquel idílico paisaje. Cualquiera habría culpado a la magia por aquella creación, o habría pensado que se trataría de alguna clase de genjutsu. Sin embargo, el encanto del momento arropaba a aquellas vagabundas nocturnas.

Y, de repente, ahí estaba.


Un ángel caído del cielo solo para su deleite, pues no podía ser para su salvación. Ella ya no poseía tal derecho. De porcelana era la piel sobre la que el agua cristalina quedaba impregnada. Tan frágil, tan pura. Pareciera que cualquier pequeño roce o rasguño pudiera llegar a romperla en mil pedazos. Un pelo lacio, limpio y blanco como la luz que propiamente la bañaba caía por su rostro, hombros y espalda hasta culminar cerca de su cadera. Cubría cada una de las zonas donde los lujuriosos dedos de la yuki querían postrarse. No necesitaba ver su rostro para saber que el mismo sería la viva imagen de un sueño hecho realidad. Tan refrescante como la lluvia en verano, a la vez que tan caliente como un volcán. La contemplaba boquiabierta, en silencio. Aquella paz no debía ser perturbada. ¿Acaso era una ilusión? ¿Una fantasía sacada de su inconsciente como si de un espejismo se tratara? Era demasiado real, tanto que le aterraba que alguien así pudiera caminar por la misma tierra que ella destruía.

Yin y yang. La luz de su oscuridad. La paz para su impulsividad. La lluvia que apagaría su fuego abrasador. O peor, el viento que lo avivaría.

Sus descalzos pies descubrían la humedad de la hierba a altas horas de la noche. Se deslizaban con fluidez, bailaban la danza de la lluvia dejando que las finas briznas se colaran entre los recovecos de sus dedos. Llegaron hasta ella fugaces insectos. Lumbreras voladoras que acompañaban su baile y que creaban una atmósfera, si era posible, aún más hermosa. Una efímera mirada antes de dejarse arropar por el suelo. Deseaba dormir, mas no lo necesitaba pues ya estaba viviendo en un sueño. No necesitaba reposar, pues aquel instante ya le hacía recobrar la energía necesaria para seguir viviendo. Un respiro de aquel puro aire era más que suficiente para limpiar su mente.
Se sentó, primero, sin importarle ya cualquier sonido que pudiera realizar involuntariamente. Pasó posteriormente a tumbarse sobre su torso, para sentir con su cara y saber que aquello era real. Así, acabó boca arriba. Testigos eran ambas de aquella luna. Y la misma era la guardián de sus secretos, recuerdos y sentimientos.
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Re: "Mangata." — Encounter.

Mensaje por Iko el Jue Ago 31, 2017 9:41 pm

S
oledades superpuestas, la suma de dos ceros se convirtió en el cálculo más completo de la historia. Una hija predilecta de la luna se había hundido plenamente en los encantos que la tierra quiso regalar. Y ahora el oscuro manto había llegado para envolverla. Pero como en toda fantasía, la lógica había caído por las cascadillas. Era el encuentro de dos purezas, distintas y hasta opuestas; partes. El espejo de agua parecía vacío sin la luna hecha añicos en él. Pero siempre estaría lleno por el espeso negro que una criatura albergaba en cada brizna de cabello. Su tropiezo, su presencia, todo había sido añadido con bondad. Sus sonidos habían llegado a la escucha de la sirena sin color, como sólo una compañera podía ser escuchada. Igual que las hojas al caer y el zumbido de las luciérnagas. Era así que la espectral había dejado escapar su continua atención una vez más para unirse al agua, la piedra y el aire entre brillos. Por la sirena sabía más que la pobre chica. Sabía que si le permitía ver a la nueva flor del jardín, escondería sus pétalos recelosa. Que le devolverían toda la humanidad que en aquel instante despreciaba. Aquélla era una enemiga más, y debía permanecer encarcelada por todos los segundos que pudiesen correr. Era, pero, inevitable. Una triste realidad picaba la cubierta de cristal ahora, y los gritos agrietaban el velo brillante. Al menos ella, la sirena, se recompensaría por sus esfuerzos, y sería la primera en ver aquella nueva flor, del color del cielo sin sus blancos adornos.

Los rubíes turquesa escuadriñaron, y como lo habían hecho las perlas de obsidiana, quisieron atrapar toda la tela que engañaba a la flor. Ninguna de ellas necesitaba pétalos falsos, los suyos eran inconfundibles y más hermosos que la más hermosa piel. Larguísimas pestañas de blanco encuadraban la grácil figurina sin enturbiarla. Nada en ella importó a la sirena, ni la manera en que, salpicada de gotas, relucían los detalles metálicos; no miró los colores rojo y negro, sino el pálido bajo ellas. Medio cuerpo de la sirena se había girado, y el rostro de la inocencia estaba perdido en la novedosa figura. El cabello, con la firmeza del hilo sin coser, se deslizaba natural a su nuevo peso, y permitía la entrada al azabache sobre las formas en el viente, el fino ombligo, y dos rosas pálidas y pequeñas sobre el pueril busto. Claro que no le preocupaban las rosas pálidas, puntilladas por el frescor y con gotas de rocío hijas de la melena. Lo único que ella quiso fue proteger a las dos flores un tiempo más, el suficiente para dejar volar la realidad. Pero esta, como un ave domesticada volvió a su jaula, y con ella, la fantasía quiso quebrarse. Los colores perdiendo su luz propia, la piel recuperando su frío, los ojos albinos abriéndose en extrañeza, tal si la flor negra hubiese acabado de florecer delante suya.

La sirena sabía la diferencia entre las dos, pues a la noche la daban por segura, mientras la luna era la luz atrayente. La noche debía cuidar de la tonta luna que se dejaba ver, y por ello la envolvía en su interminable abrazo.

Y las luces volaron al son de una lluvia ya caída. Resultado de una mirada larga como los milenios que se resumieron en segundos, la blanca chiquilla sucumbió a su asustadiza actitud fuera de la tierra natal; y de tierra firme. No torpe pero sí apresurada, las piernas se traicionaron entre si hasta que el silencio precioso fue bombardeado al romperse la quietud del agua. Las cascadas eran una melodiosa arpa, pero el peso de la albina fue un burdo pedrusco dejando todo el cuerpo bajo el manto inconsistente de la luna. Los peces plateados huyeron, y la sirena demostró su verdadera cara al nadar zarandeando sus piernas. Poco afectadas por el frío nocturno, las fibras de cada músculos sólo se contraían del esfuerzo repentino. La calma fue asesinada injustamente. Y el compendio de todos aquellos hilos de nieve brillante se convirtió en la estela flotante sobre la emborronada silueta blanca. Al menos hasta el momento en que la mordida de aire se consumió, y sus restos golpeaban la traquea para escapar. Así sucedió, en la orilla contraria la escultura humana se cortaba justo antes de volver a mostrar las dos metas del pecho, por naturaleza pequeño. Con curiosidad, los brazos no querían ocultarlos, sino que flotaban sobre el agua, con un aire más pacífico que el que los recorría. Las uñas recortadas arañaban la superficie de la laguna, y los rubíes turquesa se habían transformado de alguna manera en dos piedras asustadas, desconfiadas. Un animal acorralado. La blanca capa surcaba sin fuerza las ondas del agua como espuma marina, y hacía más desordenada a la mujercita. Todo su actuar mágico ahora era de una humanidad creíble.

La sirena, sin embargo, en la profundidad blanca, había hecho que quedase en aquello. La humana que era, no la fiera en que aquel continente quería convertirla. Contenida en el agua, Iko había regresado agustiadamente. Sí, la mujer no la hizo huir, pero la criatura que vio el azabache en secreto era un corazón. Un alma, que regresaba a su cáscara corriendo. Donde se veía que aquello que nacía de su cabeza no eran llamas celestiales, sino un cabello sin ningún pigmento. Que la piel era tan mundana como la suya. Que sólo la recesividad había logrado un hermoso tono en los iris, y no se rataba de una estatua de mármol con turquesas incrustadas y sangre de oro. Que la hermosura siempre fue atacada por líneas musculares, y curvas comunes, y gestos en los que se leía un pasado nada agradable. Si al menos algo sabía la flor con el color del universo, sería que no era la primera en cazar desnuda a la distante gota de luna; pero sí podía ser la primera en demostrar que no solo monstruos moraban en las tierras endemoniadas.
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Re: "Mangata." — Encounter.

Mensaje por Safira el Lun Sep 25, 2017 10:56 pm



Silenciosa se abrazaba a la madre naturaleza, sintiéndola en su globalidad por primera vez. Arropada por la húmeda hierba observaba desde la lejanía la desnuda imagen de aquella ninfa. Cientos, miles de estrellas expectantes de aquella fantasía. Se movía con timidez, sin dejar salir palabra alguna por sus inocentes labios. Impensable le resultaba a la Yuki que ambas respiraran el mismo aire. Agradecida, empero, porque el destino la pusiera en su camino pues, sin buscarlo, se había convertido en la más perfecta casualidad.
Los segundos se convertían en minutos, y estos en horas, de las cuales podría haber pasado infinitas solo contemplándola. Tanto tiempo arrepintiéndose de su pasado, siendo que sin él nunca la habría descubierto.  Había estado ciega, y por fin veía. Como un tesoro de las profundidades de un mar angosto, deseaba protegerla con todo lo que pudiera para que nadie más la viera, la sintiera, la dañara. Debía mantenerse así, pura como la primera gota del rocío.

Recobró el sentido y su mente, al fin, volvió a aquella surreal realidad. —Estás muy lejos de casa.—dijo, sin pensarlo ni por un instante. Aquellas primeras, quizá no las mejores, salieron disparadas, directas a aquella ninfa y rogando no asustarla.
Palabras que se resbalaban igual que las gotas por la blancura. Inadvertida aquella invasora de cuán equivocado estaba su vocabulario. — Casa. No. — La criatura asustada se había recluido más sobre las agua, con el invisible rubor, el insolente ceño fruncido con desconfianza y dos joyas ensartadas alrededor de las pupilas. — Casa ninguna.

Provocadoras fueron sus manos que, con gracilidad, empezaron a descubrir la piel que se escondía tras la tela. Mejor pedir perdón que permiso, pensaba ensimismada en la voz de aquella albina criatura. A cada segundo, sus pies adelantaban un paso en frente, acortando las distancias con calma, demorando el momento en que ambos cuerpos compartieran el mismo espacio.—Una vez,—prosiguió, ya con la mitad de su torso al descubierto y mitad camino recorrido —alguien me dijo que el hogar no es un lugar, sino un sentimiento.—su voz firme y segura acompañaba a sus voraces ojos, los cuales seguían devorando cada célula de aquella sirena que tenía el valor para descubrirse.
Sobrevalorada la naturaleza tan mundana de nuevo, que las pisadas decididas de la esquirla obsidiana repiqueteaban un eco en el opuesto color; pegada a la piedra, las manos comenzaba a retorcerse en protección tan salvaje como las presas, pero ahora no tan fiera como la cazadora. — ...¿Es quién tú? — El hilo más delicado que todos los nacientes del cuero era una voz delicada como la gota que derrite el cristal.

Sus pasos se adelantaron a sus palabras. Alimentada con la imagen de la ninfa no podía evitar pensar en las razones que la habían traído aquí, o el porqué de aquella forma de hablar tan peculiar. Mas nada de eso le importaba. Se paró centímetros antes de que agua bañara sus tobillos, y fue en aquella orilla donde sus ropajes se dejaron caer por completo. Su cuerpo, bañado y, de alguna manera, bendecido por la blanquecina luz de la luna brillaba en aquella inusual noche. Pícara era su mirada que, junto con el contoneo de sus caderas, comunicaba lo que con palabras no había podido. Se llevó su izquierda a la espalda, y un tirón fue suficiente para que la tela que sujetaba sendas trenzas se desprendiera. Tanto tiempo había estado ocultando aquella seda azabache que caía más allá de su cintura.
Sucumbió al frío tacto del agua. El vello de punta y la piel de gallina, mas no tiritaba ni sentía. Se mantenía impasible ante sensaciones que ya había vivido, pues en todo lo que quería centrar su mente era en ella. Como un tiburón que recién olía un mísero remanso de sangre,  sus fauces buscaban hallar aquella asustada presa para hacerla suya. Mas de lo que no se daba cuenta era que ella misma estaba siendo la víctima de sus hechizos.

Más y más cerca cada vez, acortaba distancias hasta dejar un escaso metro entre los desnudos cuerpos envueltos por la naturaleza. Alcanzaba lentamente con su mano uno de los blanquecinos mechones de la ninfa y dejaba que sus dedos se enredaran entre ellos, sintiendo la suavidad de los mismos. Ponía orden en su caótica mente, interviniendo para que sus ojos no fueran honestos, que no mostraran los pensamientos más sucios que recorrían fugazmente su subconsciente.
Fue en ese momento en que la atrapó. La tenía comiendo en sus manos, así de fácil, así de simple. Subyugada a sus propios sentimientos, a su propia pasión. Había conseguido rechazar aquello por lo que tanto había luchado. Y le daba igual. Pues si eso significaba hacerse suya, no le importaba cuántas veces tuviera que postrarse ante tal celestial ser.
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