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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Cry Just A Little [B]

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Cry Just A Little [B]

Mensaje por Mikael. el Mar Ago 15, 2017 1:29 am


Un estornudo, tan sencillo cómo eso, reverberó entre el Cordón Montañoso hasta irrumpir en la quietud natural de todo su entorno. Y era allí, en una de las laderas bajo la atenta mirada de las cordilleras, que una figura de rojo podía apreciar todo aquel paisaje pedregoso sobre la cresta de un precipicio silencioso, describiendo con su mirar los altos picos, altivos y orgullosos, que se alzaban imponentes hasta rasgar el manto nuboso. Y era también su pelo, una extensa caída de fuego escondida bajo un ancho sombrero, que ondeaba con acérrima fuerza cual magmática bandera a la luz mortecina de una estrella tan antigua cómo vespertina. El dolor acudía a uno de sus brazos, vendados desde los hombros hasta los dedos de su mano, junto al costado del mismo lado que aludía a la parte izquierda de todo su cuerpo humano.

Aún no tenía el control total de su fuerza, y una que a ojos extraños todavía no había sido expuesta, pero que su prematura ejecución le habría ocasionado significativos daños hasta el punto de seriamente lastimarlo. Podía contraer y distender los dedos, y eso al menos era un punto bueno, pero, justo en ese momento, tenía... no, debía encontrar a un presa antes que se hiciera con un poder que indetenible lo convirtiera. Debía darse prisa, pues sin duda aquel hombre de larga y nívea barba no había sido menos que honesto al describirlo como un peligro verdadero.

Discúlpame, niña, pero no puedo ponerte otra vez en riesgo. - Pensó, silente y contemplativo, aquel aventurero con sus esmeraldas atravesando el mortecino cielo. Una capa de viaje, bermeja y raída, le ataviaba desde el cuello hasta los tobillos. La temperatura descendía y el frío iniciaba su arremetida hasta los huesos.

Sabía que debía encontrar un refugio cuanto antes, pues su cuerpo empezaba a intuir los cambios del clima y el diluvio que pronto comenzaría. Y así, su vista dejó las alturas para pasearse por los profundos y sinuosos valles, arropados por el ulular del viento hasta hallar un camino que se perdía cuesta abajo. Y avanzó, con la sed y el hambre atenazando su razón, mientras andaba por una ruta incierta luego de haber pasado la frontera. Sin duda alguna le parecía sorprendente la transición de un bioma vívido y boscoso hacia un entorno árido y pedregoso. El polvo entre las corrientes de aire dificultaban la visibilidad, así cómo el transitar ante ocasionales desprendimientos de tierra, pero jamás todo aquello sería suficiente cómo para obstruir su camino. Por fin podía decir que había llegado a los lindes de su destino.

Los dominios de la tierra, tortuosos de sobremanera,
habían sido invadidos por una simple presencia extranjera.

Distante y pendiente abajo, se alzaba un pequeño poblado, sencillo y aislado que se aparentaba pacífico, o puede que todo lo contrario. Sin embargo, había algo en el ambiente que causaba un sentir de inquietud y pesimismo con tan sólo observarlo, como si un velo grisáceo se hubiera ceñido sobre aquel páramo ermitaño. Sea lo que fuese, el pelirrojo sólo estaba de paso; conseguir información sobre el templo escondido entre las montañas, lugar que cierto sujeto también trataba de localizar. Era lo que iba a descubrir, y tras ello, descendió finalmente sobre el asentamiento.


[...]


Esto es... deprimente. - No cabía dudas; en aquella aldea no había siquiera un alma en pena. Un matojo rodante apareció en escena que acentuaba la vacuidad del paraje, haciendo que todo el ambiente se tiñera de una paz silenciosa que, sin embargo, provocaba un desasosiego peculiarmente extraño. Le recordaba a un pueblo fantasma, y aún más cuando el cargado cielo, plomizo como estaba, auguraba un inminente torrencial de agua; no obstante, todas las edificaciones, no más de quince conformar aquella pequeña comunidad, estaban todas enteras e intactas. Pero no había nadie, extrañamente, en las cercanías.

El forastero avanzó, dejando la entrada del pueblo mientras caminaba a través de la calle principal y solitaria. Su vista viajaba de casa en casa cada tanto, notando como tímidas y suspicaces miradas se asomaban, vigilándolo y escrutándolo. Algo en ese pueblo le inspiraba cierta desconfianza, y no sabía si fuera por su condición de visitante extraño, pero, indiferente a eso, sabía de un lugar que no albergaba algún matiz xenófobo, o debería.

Una taberna, cual típica localidad en la que convergen variopintas personalidades, se iría a servir para encontrar alguna pista o indicio de aquel sitio secreto. Pero se sentía extraño, se sentía constantemente observado, y eso le incomodaba hasta el punto de obviar la falta de agua, su fatiga por la marcha y el rugir del hambre mientras su verde mirada se mantenía sobre las puertas y ventanas cerradas. La tensión era tan filosa que podría cortar el mismo aire, y razones no le faltaban para creer sobre un ataque furtivo por motivos desconocidos. O eso era hasta que un bullicio le llamó, emergiendo tras un abrupto abrir de puertas de una cercana edificación, y que presentó a un hombre balbuceando miles de quejas tras haber sido lanzado afuera. Parecía que nadie en el local había prestado especial atención a sus palabras, y parecía razonable, dado al aspecto del mismo era de todo menos deseable. Parecía un mendigo.

El forastero del sombrero paró en seco, notando cómo el hombre, exasperado, maldecía al polvoriento suelo con una desmesurada irritación mientras se levantaba. Algo lo agobiaba, algo en su mirar repleto de ojeras le decía que lo mal que la pasaba.

O eso era hasta que halló al mismo extraño que le miraba, de pie, en medio de la calle con el viento ondeando su vieja y rojiza capa de viaje. - ¡TÚ! - Exclamó con increíble efusividad el anciano hombre abalanzándose hacia el bermejo desconocido. - ¡Debes ayudarme! ¡Te daré lo que sea pero debes ayudarme! ... ¡AYUDAME! - Y si no existiera el sombrero de bambú en su cabeza, proyectando un velo de sombras que ocultaban las írises verdosas, aquel desaliñado viejo notaría el arqueo de cejas que provocaba la magnánima intensidad de su actitud desesperada. El extranjero, pues, confundido claro es, no hallaba una explicación natural para semejante y precipitada reacción, viéndose sorprendido por tal desbordante emoción que un sujeto de avanzada edad cómo aquel podía desprender.

Aún con ello, era el mismo forastero que podía encontrar en esos ojos terrosos y con un matiz grisáceo, la ansiedad e intranquilidad que oprimían un espíritu arrastrado por el piso. Era algo desconcertante, y ahora parecía a punto de colapsar cuando nadie en aquella taberna atendió a su llamado. Nadie, y aún con sus gritos, acudió a su auxilio; y por el contrario sólo respondieron con una patada en el trasero sacándolo del recinto. Se aferraba a su pies mientras lloraba de una manera descontrolada. - Calma, relájese, es lo primero que debe hacer. Farfullar como lo hace me hará muy difícil de poderle entender. ¿Qué le ocurre? - Con una parsimonia tal, que incluso serenaba hasta la más tormentosa calamidad sobre una pobre alma, la voz del extraño de rojo emergió con total fluidez y característica jovialidad de lo más natural de su ser. Y parece que obtuvo resultado, aunque pequeño sin embargo, pues aún entre el desazón el viejo pudo darse a comprender mucho mejor.

Vaya... - Y el tintineo de una peculiar cantidad reverberó entre su aventurada audición. Sin duda, qué tentador. - De acuerdo, pero necesito un pequeño favor. Me sería de utilidad un sitio dónde poder descansar ante la cercanía del temporal, y a alguien que me pueda acompañar también... Por si acaso.
Mikael.
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Re: Cry Just A Little [B]

Mensaje por Ikki el Sáb Ago 19, 2017 4:04 pm

Y al fin, tras varios días de viaje, Ikki alcanzó el País de la Tierra, un lugar caluroso y seco hasta decir vasta. Si bien el sudor no era mucho por la sequedad del ambiente, el cual hacía que éste desapareciese conforme salía, la sensación térmica era horrible. Ikki estaba tan agobiado como fatigado por el largo viaje, aunque en poco se encontrase en el Cordón Montañoso Norte, el lugar donde en una pequeña aldea en sus cercanías, le estaría esperando un agente de Hayate - sama. Allí recibiría la misión en sí, el pergamino con las instrucciones detalladas sobre su búsqueda en éste lugar - Al final la paga no iba a ser bastante cuantiosa para venir hasta aquí... - expresaba Ikki internamente. Sofocaba, hacía sentir que la ropa sobraba, de hecho, no podía evitar hacer algún vez el amago de quitarse la ropa y dejarla tirada en algún lugar del recóndito páramo donde pudiera estar... Así se las gastaba aquél lugar, pues ahora Ikki añoraba, a saber cómo se encontraría, un falso recuerdo de frescas brisas y agradable temperatura en el País de la Nieve, o el agradable clima de interior que había en el País de la Hierba, aunque inmediatamente se daba cuenta del espejismo que sufría por el agobio de tener ese calor pegado a la piel... Ikki no podía dejar de pensar en cómo pegase el calor en las montañas que veía al horizonte, con el sol mucho más cerca...

¤ ¤ ¤

Ésto ya era otra cosa. Nubes encapotaban los picos de las montañas, cubrían el cielo amenazando con una lluvia que diese algún respiro al calor y a la sequedad del ambiente, sin duda un buen aliciente para despejar la mente de la desagradable situación climática del país. Ikki celebraba el fresco su ahora había en el aire mientras caminaba en la entrada de la pequeña aldea en pleno cordón montañoso. Ikki buscaba con la mirada que alguien pudiera estar por allí, alguien que se supiese el pequeño poema clave. No había nadie en la calle, y con la calle vengo diciendo la única calle, pues todo lo demás sería espacios entre viviendas y algún patio, eso era aquella aldea... Sin duda el lugar donde Ikki gustase de vivir. Aquél lugar con aquél tiempo, traía recuerdos de cuando vivía en Kiraio con el maestro Daichi, donde nadie les molestaba, en aquella cabaña en el pico del monte. La vida era sencilla, pero llena de calma, como seguramente vivían allí. Pero ésta vez la calma comenzaría a dejarse desvanecer por una presencia en el medio, alguien que Ikki advertía a su espalda. Era un chico, un poco mayor que él, tapado hasta las cejas y con un arma en el cinto. Ikki avanzaba como si nada, pero advertía entonces que le seguía a él. Las personas allí habitantes miraban curiosas por la ventana, pero al oír el jaleo que montaba Ikki, desaparecería su interés por asomarse, más no su intriga por lo que pasase - ¡A ver, payaso! ¡Identifícate o te rajo! - exclamaba con rostro enfadado el níveo cuando desenfunsaba el bokken.

- ¿De verdad has venido hasta el País de la Tierra con el bokken? ¿Y vas a rajarme con esa katana de madera? De verdad Ikki, nunca cambies... Eres entrañable - esa voz resonaba en los oídos de Ikki, y de algo sonaba. Además, aquella persona le trataba con confianza y sabía su nombre, parecía ser conocido. Ikki alzaba una de sus cejas, extrañado por lo que podía ser aquél encuentro - So... ¿Sora? ¿Eres Sora? - interrogaba Ikki desconfiado. El tipo soltaba el sombrero que tapaba su rostro, y la maravillosa visión de aquellos ojos blancos tranquilizantes, servía a Ikki como mejor comprobante que el poema de lirios, pero Ikki no era muy confiado ahora, pues era la primera vez que salía hasta tan lejos, y ya una vez lo engañaron con genjutsu, algo que el chico era tan inocente y tan inexperto en tecnicas ilusorias, que debía pedirlo - ¡A ver, si eres Sora de verdad, te debes saber el poema! - exclamaba Ikki con su voz chillona a medio sonar como un hombre. El Hyuuga se planteó gastar una broma al chico por su nerviosismo, pero no era la situación - Lirios, pétalos y tallo, la más bella, la daga de plata ,enseña, nos protege del daño - recitan cerrando los ojos, sonriendo, casi logrando sentir lo que decía en lo más profundo, mientras sacaba de entre sus ropas el colgante de lirios característico del feudo Kiriyama. Aquél acto calmó del todo al albino, que enfundaba el arma de madera.

Ambos continuaron caminando por la aldea de las montañas, y entraron finalmente en una taberna donde los pueblerinos acudían a librarse de sus aburridas vidas, a evadirse del duro clima y sus pesadas esposas. Ikki y Sora se sentaban al final, atrayendo la atención de los demás como si tuvieran un cartel encima donde ponía 'Extranjeros' en letras luminosas, pero no parecía sonar a odio, sino solamente a extrañeza, pues parecían estar acostumbrados a recibir visitas de personas que debían subir las montañas. Era un lugar lúgubre iluminado con velas, pero aquellas personas eran aún más lúgubres por alguna razón que desconocía y que ni siquiera importaba a los soldados de Kiriyama - ¿No crees que es un poco arriesgado campar por aquí como si nada? Además, éste lugar está lleno de gente... - dudaba Ikki mientras leía el pergamino. Le impresionó, ciertamente... Pues era su primera misión de rango B - [color=#ff0000]No te preocupes... Éste es territorio del feudo Mogura, y de éste ya me he encargado de tantear yo mismo. Por la información que he recibido, Mogura va a hacer honor a la alianza con Kiriyama, así que éste territorio es aliado, podemos estar tranquilos... Incluso cuando andes por aquí, no tienes ni que esconder el lirio. Ésto es buena señal frente a lo que también pueda decidir el feudo aliado de Mogura, Ganryou, el cual ocupa prácticamente todo el sur del país. El tercero no es muy importante, pero la misión ha de completarse... Éstos tipos del País de la Tierra suelen ser nobles y tal, pero el feudal de Riku-Gui no es tan... Llamémoslo limpio - exponía Sora. Parecía que el Hyuuga había hecho parte del trabajo, algo a agradecer, ciertamente - Vaya... Pues se ve que ésto va a ser bastante fácil - opinaba Ikki, recostado ahora sobre el espaldar de su silla, pero Sora apretaba de nuevo el cerco, cambiando el rumbo de la conversación - No te confíes... Por desgracia, no podemos permitirnos que sepan que estamos aquí. Si algo caracteriza a Mogura, es su buena integridad, pero no podemos esperar lo mismo de Ganryou, y puede ser que incluso se tomasen como una provocación que los miembros de Kiriyama estén tanteándolos por si buscan armarse por si acaso... Y sobre todo quiero que te andes con cuidado con los que están al noroeste, Riku-Gui... Ese feudo no trata muy bien a los que se atreven a entrar sin permiso, y menos siendo un feudo aliado de Mogura... Debes andar con cuidado, buscar una tapadera sólida y seguramente tengas que buscarte alguna escusa si la cosa se pone fea, o incluso luchar... Esperemos que no tengas que hacerlo, porque con un arma de juguete no durarás mucho - terminaba burlándose el Hyuuga. Ikki se mordía la lengua, pero cuando parecia no poder soportar callarse, un griterío provenía de un señor mayor - ¡Debéis ayudarme! ¡Por favor, alguien debe ayudarme! - exclamaba desesperado con una voz acelerada. Ikki hacia el amago de levantarse, pero Sora cogía su mano - Ikki... No hagas tonterías, no puedes hacer lo que te plazca - advertía Sora. Ikki le miran con desaprobación, y seguía observando la súbita escena. Esperaba que Sora se marchase antes que el anciano, no quería verse convenciendo a éste para que no se ponga pesado - ¡Vamos, por favor! ¡No puedo soportarlo más! ¡Haré lo que sea por quien me ayude! ¡LO QUE SEA! - rogaba el anciano. Entonces, todo el mundo comenzaba a gritarle - ¡No seas pesado Sakamura! ¡Todos los días igual! ¡No me obliguen otra vez a echarte del bar! - exclamaba furioso el tabernero. Entonces, como caído del cielo, un tipo extraño entraba, el cual se mor de lejos que era forastero. A Ikki le resultaba tan familiar, que casi lo saluda, pero inseguro, guardó las formas un segundo. El tipo aceptó aquella petición del anciano, sólo que requería a alguien más. Ikki se levantaba, lo cual hizo que Sora volviera a coger la muñeca de Ikki - ¿¡Pero qué haces!? ¡Te he dicho que no! - susurraba el de pupilas blanquecinas. Ikki se soltaba de un tirón, y sacándose la lengua, sonreía - Vamos, a partir de ahora debo tener una buena tapadera, y se me ha ocurrido actuar como una espada de alquiler... O una espada de alquiler de madera, mejor dicho... Te veré en Ki... O sea, en la Taberna la Quimera, en el puerto al norte ¿eh? - decía Ikki y a encaminaba a hablar con el forastero - Eh, tú... Yo te acompañaré, no tengo problemas en ir a ver qué ocurre ahí arriba, ¡una buena espada de alquiler no puede rechazar un trabajo así! -.
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Re: Cry Just A Little [B]

Mensaje por Mikael. el Mar Ago 22, 2017 5:42 am


Los opacos ojos del hombre recobraron un brillo nunca antes visto apenas escuchó la aceptación, todo gracias a un alma piadosa que se había compadecido de su incierto tormento que llevaba castigándolo desde hacía tiempo. El forastero, viéndolo arrollado en el suelo, le instó a que se levantara; no había necesidad de adoptar esa postura, apostando a que el pobre sujeto reservara su dignidad ante alguien que no le pedía humillarse. Cierto era que su aspecto era pobremente cuidado, cosa que le daba menos credibilidad, pero a costa de un sitio donde descansar del temporal le valía ese pequeño desvío en ir a revisar la cima del monumento natural. Y llamaba desvío porque dudaba que hubiera algo allá arriba, que sólo eran paranoias de un hombre ermitaño azotado por la soledad de sus años, pues llantos provenir desde un lugar tan alejado, inhóspito y aislado, carecían de todo lógico sentido. Ningún ser vivo conocido sería capaz de proferir tales chillidos. Sería una pasada rápida, pensaba.

Con ello en mente, sumado al pobre estado del anciano, lo poco que le importaba era el dinero que éste expresaba, y dudaba que lo tuviera, por lo que se conformaba en hacerle creer que aquello lo motivaba. El extranjero estaba con la certeza de aplacar los delirios sin fundamentos del viejo, cumpliendo esa irrisoria encomienda, a cambio de un mero hospedaje.

Sería así entonces cuando, ya dispuesto a marchar, una nueva presencia hizo aparición en el lugar. El hombre del sombrero paró en seco, dirigiendo su mirar oculto entre el manto de sombras hacia la figura que se postró cerca de ellos. El anciano le miró confundido y el extranjero intrigado, describiendo la fisonomía del extraño cuyo color resaltaba el blanco, con unos ojos brillantes y claros que le evocaron a algo. Cierto aire de familiaridad le sorprendió a su intuición, mas no lograba encajar esa altura, cabello y esas facciones maduras del jovenzuelo, pero parecía, de algún modo misterioso, en conocerlo. ¿El dilema? No sabía de qué, mas su voz chillona le daba una pista escueta. Aún así, decidió prestarle atención a sus palabras, las cuales afirmaban su ofrecimiento por la empresa en la que se incursionaba.

Aquel de larga melena desvió dubitativo su mirar al viejo, inquiriendo si tenía a alguien más a disponibilidad; resultaba que no, y era que se pondría a buscar ese acompañante que el foráneo le había pedido, aunque ello sería imposible si nadie en principio accedió a sus desesperados pedidos. La aparición de aquella espada de alquiler le había ahorrado tiempo y esfuerzo, posiblemente infrutíferos. El pelirrojo volvió al muchacho. - ¿Seguro, chico? No sabemos que hay allá arriba, y puede ser peligroso. - Impuso el masculino, con su usual voz jovial, pero que denotaba un aire de severidad.

No subestimaba la iniciativa del cabello blanco, ni esa confianza que desbordaba, pero prefería asegurarse de estar cambiando palabras con alguien sensato y no con un simple temerario. O estúpido, en el peor de los casos.

No tengo ningún dilema, de ser así, pero en todo caso espero que entiendas los riesgos implicados a esas alturas. ¿De acuerdo? - Y esperaba que así fuera, ciertamente. Eran pocos los casos que trataba con mercenarios, pues sus aventuras radicaban en embrollos solitarios o junto a seres especiales que sabían emplear aquella energía singular: el chakra. Acompañado de ese tipo de personas, sus trabajos solían ser más llevaderos que tratar con gente común que sólo sabían manejar armas igual de comunes, pero tampoco necesitaba demasiado para aquel encargo. Ya lo tenía claro. Y avanzó, pues, en aprobación por la compañía del joven, dejando el sitio para dirigirse al otro extremo del pueblo, siguiendo un sendero pedregoso que se iba adentrando entre una arboleda de troncos muertos y resecos en la parte más alejada de la grisácea y suspicaz aldea.

Y llegaron.

Una choza, pequeña, con algunos agujeros en el techo y bastante desordenada, se exhibió ante ellos apenas el anciano les dio paso con la puerta. El lugar, al igual que su dueño, dejaba mucho qué desear, pero era mejor aquello que estar en la calle. Mala fuera la hora en que gran parte de sus reservas se perdieron en aquella selva, por lo que dependía de la ayuda que pudiera ofrecer a cambio de un sitio para dormir. Era un buen trueque. Y así, pues, el forastero avanzó hasta las cercanías de una pared mientras repasaba el pequeño entorno antes de tomar acomodo.

Éste sitio... - Iba a soltar un comentario cuando su ahora contratista le interrumpió. - Sí, ya sé lo que dirás. No he tenido tiempo para limpiar éste desastre; esos llantos no me dejan en paz, y lo poco que puedo hacer es darle atención a éste lugar. - Atajó el anciano mientras instaba al otro chico, si así el mismo los hubiera seguido, a acomodarse en algún sitio. Tal era el caos que sería un poco incómodo estar allí, por lo que, o al menos para el pelirrojo, no le quedaba de otra. Mientras tanto, el sujeto de aspecto poco cuidado hacia un reguero en lo que parecía estar buscando algo con desespero. - Eh... No, no era lo que iba a decir. Sólo que... ¿Cómo puede vivir en un sitio que se está a punto de caer? - Juzgaba por los pilares de madera casi podridos, con las paredes de piedra y arcilla agrietadas, mohosas y carcomidas por los días. No era el mejor lugar para pasar el temporal, o siquiera descansar, pero, nuevamente, era su única alternativa. Suspiró. Parecía que el anciano ni le escuchó.

Aquí está. - Exclamó sacando de una caja lo que parecía ser un sucio libro. El polvo impregnaba la cubierta, casi cómo una segunda capa de pintura, removida a media pasada por un soplido que dejaba a la vista un escrito: “El Cántico de las Musas”, era el título. Un curioso nombre para lo que parecía ser un cuento antiguo, a juzgar por las páginas desteñidas del tomo mismo.

Venid. Esto es lo que ocurre... - Dijo el viejo, plantando el gran libro en el suelo con algunas ilustraciones en sus hojas. El extranjero, de pie, echó un vistazo hasta hallar en los dibujos a la figura de lo que parecía una mujer. - Entre nosotros, los pobladores de las cordilleras, existe una vieja leyenda... Cuenta de unos espíritus que habitan en las montañas, unos seres que sólo aparecen cuando alguien está a punto de morir. O que ha muerto ya. - Expresó, con un tono cargado de inquietud y sutil temor. La mano del varón temblaba, llevando su agónica mirada hacia el extranjero como el mercenario de manera intermitente, con aquellas ojeras y pelo desgreñado que le daba esa imagen de mendigo abandonado. Realmente estaba desesperado. - Son mensajeras del más allá, su presencia sólo significa muerte, y pueden ser advenidas por sus gritos o lamentos. Pero... Ese llanto es espantoso. No paro de oírlo noche tras noche. Y ya no puedo más... si sigo así... me volveré loco..

Las manos del entrado en años se cerraron, fuertemente, atormentado por aquellas madrugadas en vela mientras el sonido taladraba sus tímpanos. Era cómo si fuera dentro de su misma cabeza, y ni siquiera los truenos podían opacar aquel chillido que le rasgaba la poca cordura que le quedaba. Lágrimas salieron de sus ojos, con el espíritu quebrado, y sin nadie que hubiera acudido a su auxilio.

P-por favor... A..a-ayudenme... - Silencio, un murmullo del viento, hasta que la mano enguantada del forastero se posó en el hombro de aquel hombre condenado. - Descuide. Resolveremos ésto. - Seguridad, esperanza. Era lo que necesita el ser humano. Ciertamente, el pelirrojo dudaba de aquello; fantasmas llorando, heraldos de la muerte, pero, si al menos hubiera algo de verdad, tendría que haber alguna razón. Así pues, una centella iluminó de repente aquella casucha, colando su destello entre unas rendijas de madera que simulaban a una precaria ventana. Y el goteo en el techo, uno tras otro hasta que se contaron en millares. La lluvia había llegado y era tiempo de tomarse un descanso. Algunos baldes de agua fueron colocados estratégicamente bajo las goteras mientras cada quien se tomaba un pequeño espacio para aguardar en la noche.

El viejo, por su parte, se fue a su cama dando a conocer su nombre: Sakamura Yeung, otrora comerciante, mientras los otros dos se recostaban como podían en el suelo; o a la pared y suelo, semisentado, en el caso del aquel de capa y sombrero. - Hey, chico. - Llamó la atención de su compañero, un susurro apenas, buscando a ver si estaba despierto mientras el silencio de la noche era irrumpido por el diluvio del mundo. - ¿Crees que ese cuento tenga algo de cierto? No me suena posible vencer a algo que ya está muerto.

Ideas sensatas, ideas lógicas,
hasta que algo cambió la perspectiva de las cosas.

¿Mm...? ¿Qué suena así?


Parece...

Una mujer llorando...
Mikael.
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Re: Cry Just A Little [B]

Mensaje por Ikki el Jue Ago 24, 2017 5:22 pm

- ¡Por favor! ¡Por supuesto que estoy seguro! ¿Quién te crees que soy? - esa era la respuesta ante la leve insistencia del forastero del sombrero. Ikki mostraba un rostro que denotaba cierto sentimiento de infravalor por parte del extraño sujeto, con los brazos cruzados y el ceño fruncido mostraba el níveo su descontento. Y justo tras de eso, partían camino al lugar donde habitase aquél anciano. Mientras salían, por detrás se acercan de nuevo Sora - Qué pesao... - proyectaba en su mente el joven - [color:292c=ff0000]No te olvides del ave mensajera... No debe tardar mucho más, y no sé si deberías permitir que esa gente se entere de que no eres un verdadero mercenario - susurraba cuidadosamente el Hyuuga. Ikki asentía con rostro molesto, como si estuviera jugando a algo y hubiera venido un hermano mayor a cortarle el rollo. Ikki seguía el camino junto a éstos, pues debía al menos saber donde se aposentarán en la noche. Al llegar y observar detenidamente aquella cabaña, algo saltaba en su mente. Ikki veía un lugar sucio, húmedo y desvencijado, algo que le recordaba a las dos veces en las que había estado encerrado en una celda, en las que su libertad era coartada aún siendo un simple niño... Ikki suspira al verlo, y tras dos segundos, se dirigía a los acompañantes - Debo ausentarme unas horas, tengo un asuntillo que resolver con... Un cliente que no me ha pagado, es por eso por lo que ando por aquí... Sí, eso es... Volveré en un rato, ¿bien? - decía Ikki algo inseguro, tratando de soñar verosímil sin mucho éxito, saliendo por la puerta tras un gesto con la mano que marcaba una especie de despedida fría como el hielo.

¤ ¤ ¤

Y ahí estaba Ikki, sentado al borde de un acantilado que lanzaba cualquier mitada a un vacío enorme, que mostraba la cordillera abajo, dando por hecho que estaban en una zona bastante elevada del Cordón Montañoso Norte. Ikki llevaba un par de horas esperando al ave mensajera que viniese desde el País del Rayo, al cual debía usar para entregar la información que Sora había entregado sobre la permanencia del feudo Mogura en alianza con Kiriyama. El joven estaba de piernas cruzadas, apoyado con sus manos a su espalda, con aquella katana de madera en el suelo junto a su pierna. Mostraba un rostro aburrido e intranquilo al mismo tiempo, pues un muchacho como él no estaba acostumbrado a esperar tanto, cuando al fin, su ojos enormes y brillantes se mostraban esperanzados ante la visión de un aguilucho que venía volando desde la lejanía directo a él. El joven no dejaba de mirarlo, y poco a poco se acercaba más, hasta que al pasar justo por encima soltaba de sus patas un pergamino. Ikki lo abría, y al abrirlo, solamente encontraba un kanji que significaba la simbólica palabra 'lirio', a lo que Ikki respondía sacando su colgante y pasándolo. Aquél papel quedaba en blanco, dispuesto para que Ikki escribiese. El ave mensajera se posan en su cabeza, y el joven comenzaba a escribir la primera de las informaciones para Kiriyama:

A su eminencia Hayate - sama, de Ikki Akkaruidesu desde el País de la Tierra, ya en el Cordón Montañoso Norte:
El viaje ha sido largo, mi señora, pero al fin he alcanzado la pequeña aldea de la que me hablaron sus enviados. Aquí encontré a mi camarada y amigo Hyuuga Sora, el cual me entregó personalmente la información que me limito a entregar. Él además me dió algunas recomendaciones bastante útiles para llevar con éxito la misión en curso, lo cual valoro mucho. En primer lugar, aclaro que me estoy haciendo pasar por un mercenario, algo que puede acercarme a algún feudo si éstos requieren trabajos en los que no le interesen que sus soldados personales intervengan, por lo que igual podríamos desvelar más de lo que creíamos al principio, para ello espero instrucciones sobre las preferencias sobre los campos que debo manejar.

Sobre lo más importante, la misión, debo decir que donde Sora ha dejado el trabajo, está bastante avanzado, y éste me ha servido también la información de que volverá en breve al País del Rayo desde el Puerto Ba Sing Se para mayor seguridad. La situación es la siguiente: El feudo Mogura bajo el mando del daimyo Raiden, honrará la alianza con nuestro feudo, lo cual es una muestra de valor dada la situación del País del Rayo. Así mismo, a pesar de no conocer la situación, estimamos que el feudo vecino y aliado de Mogura, Ganryou, con el daimyo Genji, no se opondrá a un aliado del feudo Mogura por facilitar así sus relaciones y no provocar disputa alguna con éste por el conflicto entre el País del Rayo y del Agua. Sea como sea, ésta información será afirmada una vez sea adquirida y confirmada, pues ésto solamente son especulaciones. Frente a ello, tenemos también la situación del tercer feudo, el aparentemente menos importante. Sobre éste no sabemos qué encontrar, pero dada la fuerte oposición a los otros dos feudos de éste país, valoramos dos opciones: Una es que directamente, ni siquiera les importe el conflicto, la cual es la más ventajosa de las dos. La otra es que éstos busquen obrar en nuestra contra de alguna forma, para lo cual ni siquiera tienen fuerza ni poder suficientes. Ésta es toda la información que tenemos hasta el momento, pronto recibirán noticias nuevas, esperemos que buenas.

Orgulloso de dirigirme a su excelencia, Ikki Akkaruidesu.

]Lirios, pétalos y tallo,
la más bella,
la daga de plata, enseña,
nos protege del daño


Entonces, ya satisfecho por escribir el primer informe, el joven lo cerraba, sellando de nuevo la información escrita por él, dispuesta a ser enviada de nuevo a sí feudo, alzandola para que aquél aguilucho lo cogiese al vuelo. De momento, la misión habría empezado, y hasta que no tenga nueva información, no habrá posibilidades de continuar con ella. Ikki se levantaba, miraba al cielo y descifraba que estaba a punto de llover. El joven se giraba y comenzaba su camino de vuelta... Pero algo asaltaba al joven. Una persona, parada en mitad de la calle, completamente tapado hasta las cejas como aquél otro mercenario, estaba ahí observando a Ikki. Al joven le daba en la nariz que ya era demasiada suerte que dos hombres encapuchados hoy hayan tenido buenas intenciones, y que un tercero ya sería demasiado - ¿Qué pasa? ¿Es que estamos de fiesta y todos se disfrazan hoy por aquí? - decía Ikki con algo de desprecio. El tipo señalaba un callejón, y a dirigía a él. Ikki le seguía, y nada más entrar, veía un rostro conocido... Era el tabernero que horas antes había gritado al anciano que se saliese de su local - Buenas joven... No tenemos mucho tiempo, debo explicarte algo - susurraba con rostro preocupado y algo acelerado. Ikki no se creía nada, ya empezaba a darle mala espina el lugar - Anda... Si eres el tabernero cascarrabias de antes ¿Qué se te ha roto? - burlaba el albino, lo cual ignoraba aquél tipo - No debes preocuparte por mí joven... Preocúpate por ti y por tu amigo, si es que estáis dispuestos de verdad a subir ahí arriba... - advertía el tabernero preocupado - Vamos viejo, no es tan alto... Igual para tí es todo un desafío, pero los ninjas experimentados nos reímos de esa pendiente... Soy un chunnin ¿sabe? - ignoraba la preocupación de ese hombre y fardaba un poco al mismo tiempo - ¡No, idiota! No hablo de la montaña en sí, sino de lo que pueda haber arriba... - susurraba de nuevo buscando que nadie supiera de lo que hablaba - Mira chico, no debería estar hablando contigo, si se enteran me desearían, pero si aquí tenemos a los forasteros como bienvenidos no es porque nos guste experimentar buenos olores, porque precisamente no oléis bien... Pero sois los únicos capaces de aventuraros, y os contratan prometiendo mucho oro sin esperanzas de que volváis... Debéis marcharos de éste lugar maldito... - decía mientras comenzaba a temblar como un bebé dedabrigado. Ikki sonreía tomándolo a broma - Menudo idiota... Escucha, hace ya cincuenta años, yo solamente era un crío, un chiflado que vivía algo más arriba bajó quejándose de que las chicas de la aldea no dejaban de armar jaleo, y no creímos en él. Éste era un lugar próspero donde los comerciantes que iban al sur desde el puerto pasaban y movían el comercio local... Pero poco a poco, la gente comenzó a escuchar esos gemidos femeninos, y todos los hombres enloquecidos, buscaron a la infame que provocaba su terror... Y una noche, tuvo lugar la Purga... Todos y cada uno participamos, y no hay día que no recuerde aquello con lástima y vergüenza... Asesinamos a todas las mujeres, niñas y ancianas de la aldea, pero esa voz no paró jamás de acecharnos, noche tras noche, recordándonos nuestro mayor pecado... La masacre provocó miedo en los inocentes, los cuales contaron la historia hasta que dejamos de recibir visitantes... Por eso, nuestro pueblo jamás volvió a prosperar... Prohibimos terminantemente hablar del tema, prohibimos que esa maldita bruja que nos habla desde las alturas se cobre más vidas inocentes... Pero el anciano, al igual que muchos otros, no ha podido evitar arrojar a una muerte segura a un par de jóvenes... Todos en éste pueblo están majaras, y algunos superan la media, y algunos llegan a suicidarse... No tenemos esperanza de que nuestro pueblo sobreviva mucho más, y vivimos esperando a la muerte, sabiendo que cuando desaparezcamos del todo, nadie volverá a temer a esa voz... Nunca más... Los mercenarios como tú que pasan por aquí, son contratados para ir a averiguar qué se esconde tras el misterio... Pero ninguno vuelve... - las palabras del tabernero entraban en el oído interno de Ikki como si de una historia de viejas se tratase, y con mirada incrédula destrozaba la misma - Está bien, anciano... Tendré cuidado con la Dama de la montaña e intentaré que no me mate con su dulce y hermosa voz... Menudos tipos, tienen miedo a una muchacha indefensa que canta en una montaña... - volvía a burlarse. El tabernero se colocaba de nuevo la capucha, y con desaprobación, se despedía - Tú sabrás donde te metes, niño... Luego te arrepentirás... - mientras el anciano se iba, una copiosa lluvia comenzaba a caer sobre sus cabezas, seguidas de un foco de luz proviniente de los cielos. Justo tras éste se paraba en seco - La cuestión no es la voz... La cuestión es... ¿Qué es lo que hay arriba que nunca se vuelve a saber nada de quiénes suben ahí? Si hace cincuenta años que los hombres enloquecen por relacionar el sonido con la venida de la muerte... No creo que sea sólo una cantante que habita en la montaña... Nadie tiene semejante voz... Eso no es humano, sea lo que sea -.

¤ ¤ ¤

Ikki había llegado a la casa ya, y tras una cena bastante escueta, a acomodaron en el frío suelo de la cabaña. Ikki podía escuchar a las ratas campando por el lugar, pero no le importaba demasiado, estaba habituado a ellas. La noche se mostraba silenciosa por el momento, e Ikki prestaba atención a la vista del enorme pedrusco que se alzaba varió hectómetros de altura más allá de donde se encontraban, que ya era bastante alto. Ni señal de aquella extraña voz. Ikki miraba la sombra de aquél tipo en la habitación, y su silueta no dejaba de resultarle familiar. Estaba a punto de preguntarle su nombre cuando, de pronto,
se adelantó a preguntar el, pero antes de responder, aquella voz sonaba. No era estridente ni mucho menos, era aguda, muy aguda y molesta, retumbando los oídos del muchacho cuando, un golpe de adrenalina en su pecho le hizo levantarse casi de un salto y mirar aquella montaña... Pero era como si nada, ni luces ni efectos de ningún tipo... Nada - Eh, ¿tú también has oído eso? - susurraba Ikki, cuando de pronto, el llanto de aquél hombre daba paso a la afirmación - ¡No, por favor! ¡Ya basta! ¡Haced que pare, por favor! ¡Haced que se calle de una vez! - exclamaba una y otra vez, agarrando su cabeza con ambas manos, intentando que las voces dejasen de ser un problema - [b]¿¡Es que no lo oís!? ¡Haced algo! - exclamaba aún cuando se había callado. Efectivamente, el viejo Sakamura se había vuelto completamente loco, pues aunque solamente dijese una frase, no dejaba de oírlo. Al fin y al cabo, la historia del tabernero podía ser cierta, al menos a medias...
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Re: Cry Just A Little [B]

Mensaje por Mikael. el Miér Ago 30, 2017 5:03 pm


El torrencial azotaba las tejas de una choza desvencijada, con las centellas rasgando los cielos y la rotura del silencio ante el rugido de los truenos. Y aún con ello, y aún con la tempestad golpeando sin misericordia a la humanidad, el llanto de lo desconocido descendía desde los inexpugnables picos cómo un persistente e incómodo zumbido, taladrando la cordura hasta caer en un sumidero de locura. Así se hallaba el viejo, con el equilibrio de su espíritu fracturado por los eternos chillidos, su constante tormento, el viaje hacia el infierno. Blanco era el cabello que se desperezó cuando su poseedor percibió aquel sonido tan presente que era imposible pasarlo de inadvertido aún si se quisiese. Y la oscuridad de fondo, sin ápice anormal, reflejaba lo que yacía invisible para el ojo común y oído ordinario. El del sombrero quedó en su sitio mientras su mirada resbalaba hacia Yeung, un hombre desesperado por el llanto, hasta que un golpe seco en la nuca le acalló de inmediato.

Pobre hombre. No aguantará por mucho más. - Enunció una voz, diferente a las que allí habían, presentándose cómo una aguda y notablemente femenina que no se encontraba con la vista. El forastero asintió, solamente, dejando un bostezo lo suficientemente audible cómo para hacerse ver despreocupado por la presencia invisible. - Saldremos al amanecer, chico. Trata de dormir. - Encaminó sus palabras hacia el albino, acomodándose mejor el sombrero mientras parecía hacer oídos sordos a aquellos sonidos lastimeros.


[...]


El alba se veía opacada por un lúgubre panorama, una suave llovizna y la cúpula celeste en una matiz deprimente. El petricor se alzaba en el aire cómo un perfume silente, un olor agradable, y con la tierra húmeda y lodosa que hacían resbaladizas las erosionadas rocas. La puerta de aquella casucha se abrió con un anciano acariciándose la parte baja del cráneo, sin comprender la razón de su dolor, seguido de sus dos acompañantes que se acababan por desaletargarse. El pelirrojo se alejó del par a pasos perezosos mientras sus botas de lodo su embarraban con cada pisada, sacando los brazos de su raída y rojiza capa en preludio a un corto estiramiento con sus guantes mostaza mostrándose en el proceso. Y era allí, seguido de la tonificada constitución de sus extremidades, que le daba la espalda al chico y al anciano que no alcanzarían a descubrir la blanca indumentaria que a éste le ataviaba.

Tal parece que usted tenía razón, señor Yeung. Hay algo allá arriba. - Admitió el foráneo, pero con un tono que no adhería la superstición relatada por el anciano. - Puede ser un cuerno el origen del sonido. - Cosa que el antiguo comerciante no acogió con credulidad, discrepando un poco de la opinión del bermellón en base al mito que había expuesto la noche anterior. Y era comprensible. Era más natural creer en algo improbable, algo sobrenatural, a una lógica conjetura por simple ignorancia e incapacidad para aceptar lo que no se puede tocar. El pelirrojo suspiró y aseveró. Su porte, debido a la altura de su ubicación, se alzaba en las cercanías de un precipicio. - Sólo digo que el sonido que percibimos puede ser una deformación del mismo, rebotando entre las paredes de las montañas hasta llegar a nuestros oídos.

Claro y conciso, el extranjero no parecía tan convencido en una historia como esa. Sin embargo... algo en su voz no parecía darlo cómo asegurado.

Cómo tú digas, muchacho, pero ten esto por si acaso. - Y una bolsa de tela emergió entre los harapos del hombre, lanzándola hacia el forastero seguida de una mirada cansada pero severa. El extranjero curioseó el regalo: un par de pequeños frascos con un líquido resguardado. - Pueden serles de utilidad.


[...]


Un sendero estrecho de rocas y tierra ascendía a través de una ladera, con la pared de la montaña a la izquierda y el enorme vacío a la derecha, mientras un riachuelo de pura agua helada se deslizaba entre las piedras. Apenas cabía una persona junto a la otra en esa ruta, por lo que la precaución instaba a uno detrás del otro con la batuta del trabajo en el pelirrojo. Y es que sí, y sin consenso alguno, demostraba haber tomado el liderato de aquella empresa desde el principio, algo sensato, pues el mercenario por sí mismo se había inmiscuido como un apoyo para el susodicho. Y así pues, sólo aquella melena al rojo vivo era lo que veía el albino de aquel silente viajero, quien poco o nada compartía en su compañía más allá del respirar difuminarse en aquellas alturas cada vez más frías, lodosas y resbaladizas.

El ulular del viento laceraba el silencio, superando las nubes entre un paisaje tan amplio, árido y magnánimo. Se hallaban en un punto donde retratar aquella salvaje y abismal naturaleza sería ideal, codiciada por cualquier artista para componer sus lienzos o melodías, pero el camino se había recurrido a través un largo ascenso que haría de un civil asfixiarse por la falta de aire o simple agotamiento.

No asimismo para ellos...

Veo que éstas habituado a éstas actividades. Un hombre común ya hubiera caído desde hace rato; fuera por el cansancio, el vértigo, o la falta de oxígeno. ¿Has llegado a decir tu nombre? - Inquirió el bermellón, abriendo la boca por más de cinco segundos, todo un récord en lo que llevaban del escabroso trayecto, y que por alguna extraordinaria razón no parecía dar el menor paso en falso cómo si sus pies permanecieran adheridos constantemente en la superficie del camino, y aún cuando un pequeño río resbalaba por el mismo.

Cómo fuese, no sólo andaba, sino también veía y escuchaba. Sobre todo veía; contemplando aquel vasto panorama como si buscara algo oculto, algo escondido, pero que infructuosamente no lo avistaba.

¿Qué es...? ¿Hm? ¡Alejate! - Repentino, alterado, saltó hacia adelante justo cuando algo crujió encima de ellos. El sonido de algo fracturarse antecedió al estruendo de algo partirse cómo miles de huesos. Y ahí se vio, tan abrupto que pasmaba, el descenso de un enorme cúmulo de rocas al estancamiento del agua lluviosa, ya insostenible, que había actuado cual represa ahora colapsada. El forastero salió del derrumbamiento y la avalancha rompió el camino hasta verse perdida en el vacío. Aquel riachuelo no había sido nada más que un indicio para lo fatídico. El pelirrojo paró, ya al otro lado, con la mirada entre las sombras de su sombrero en búsqueda de su compañero. - No te preocupes, aún sigue vivo. - Acotó una voz cerca de su oído, pero para quien lo viera no hallaría nada cerca del mismo. Y el foráneo, en un susurro, corroboró lo dicho. Allí estaba el chico. - Supongo que nunca te equivocas. ¿Quién será ese niño?


[...]


Larga era la melena que se batía al son de las brisas imperecederas. Una fina cortina de niebla, con una iluminación demasiado ambigua, se expandía en aquella explanada solitaria en la cima de la montaña, custodiada por una pared de sólida piedra que encerraba aquella zona por su lado norte, este y oeste, teniendo su parte sureste totalmente despejada hacia una caída libre directo hacia el abismo. Aquella baldía planicie, con pequeñas nubes flotando cerca de la grisácea superficie, le recordaba vagamente a una arena de batalla con algunas rocas desperdigadas. Pero lo intrigante yacía en una serie de marcas recorrer el suelo, cómo si algo enorme se estuviera arrastrando y dejar la huella en el mismo cómo una ruta de su peso. Y aún más, cuando la vista verde se topó al frente, la paredes se veían agrietadas por una serie de huecos con la intención de adentrarse en la montaña.

¿Sientes algo? - Un murmullo que no tuvo respuesta, mas el silencio era su respuesta. Tal parecía que no había entidades con chakra en las cercanías, y eso parcialmente descartaba que el origen del sonido fuera provocado por algún ninja u artefacto que necesitara de aquella energía. Un problema menos, tal parecía. - Sigamos entonces.

El avance de sus botas por aquella tierra fría le llevó a través de aquellas bajas temperaturas que se esforzaban por invadir bajo su capa roja. No escuchaba nada anormal a su alrededor, nada que le hiciera alertar. Un silencio incómodo que sólo era irrumpido por el viento murmurar y los guijarros crujir bajo su grueso calzado. Fue allí cuando halló algo hundirse en el muro delimitando aquella explanada, un hoyo que penetraba la montaña. La entrada a una cueva que se abría lo suficientemente ancha cómo que para tres personas caminaran, una al lado de la otra, separadas por varios palmos de distancia; no obstante, la mano enguantada del forastero acarició la pared curvada de aquel pasaje entre la roca, notando ciertas irregularidades que no le evocaban a una obra especialmente diseñada por la madre naturaleza. La mano del hombre, circunspecta, dejó de rozar la piedra con la yema de sus desnudos dedos decidiéndose en adentrarse, finalmente, en el túnel hacia lo incierto. Un hilo dejó tras su camino.

Cuidado por donde pisas. - Fue lo que dijo.
Mikael.
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Re: Cry Just A Little [B]

Mensaje por Ikki el Jue Sep 07, 2017 6:10 pm

Ikki escuchaba inquieto aquella extraña voz, resonaba ésta en el vibrar de las paredes con un carácter realmente siniestro. Aquél anciano se lamentaba como si le estuvieran vapuleado, más sólo recibía el impacto de las ondas sonoras en sus cansados tímpanos, los cuales ya no aceptaban aquello como una simple voz. El muchacho trataba de analizar las palabras que allí eran expresadas por alguien - o algo - más no encontraba sentido en aquello que decía. Todo aquello era un verdadero misterio, sin duda, no sabía que les aguardaba al subir aquella garganta, pero no quedaba otra que acudir a averiguarlo. El extraño tipo de cabellos ígneos propuso descansar por encima de lo que ocurría, pues no debían acudir al encuentro con la dama de las voces sin haber dormido nada, y al fin y al cabo, Ikki tenía varios traumas, pero ninguno tenía que ver con voces femeninas que recitaban bellas frases sin sentido para un chico puramente dedicado al arte oriental del ninjutsu que a su culturización... Nunca es que se haya imaginado a Sora o a ningún otro shinobi conocido teniendo preocupación por ello, ese romanticismo de caballero culto, bello y que olía bien le parecía cosa de occidentales.

¤ ¤ ¤

Se alzaba el alba entre las montañas, y el pueblo estaba tan desierto como ayer. Ésta vez parecía incluso más lúgubre que de costumbre, y parecía que la taberna ni siquiera iba hoy a ser el consuelo de los habitantes de aquella aldea maldita. Ikki escuchaba lo que aquél tipo extraño relataba al viejo Sakamura como teoría, pero eso le parecía una tontería - Seguramente sea alguna estupidez... Puede que más allá de la montaña haya otro pueblo tan aburrido como éste en el que una dama cante y los vientos de la costa arrastre entre la cordillera su voz... Ehm... Y que como tú dices al choque de las montañas, se altere sonando así de feo... Porque suena como si llevase toda su vida en un cubo, vaya... - decía el joven bastante inseguro. No podía creer en las supersticiones de ancianos aburridos, y tampoco le parecía muy lógica la historia del forastero... Pero menos se creía lo que él mismo había dicho, aunque sí trataba de arrojar luz al asunto, o como mínimo molestar en la conversación...

Pero al fin y al cabo, las suposiciones eran lo de menos. Ikki y Mikael comenzaron la escalada con un presente entregado por el anciano que les iba a pagar la expedición. Les había entregado un par de frascos, los cuales Ikki interpretó como un 'Por si queréis terminar vuestro sufrimiento en algún momento del viaje', pero el albino pensaba volver después de zurrar a la pesada de los gritos y tirarle a la cara su veneno para que aprenda a no subestimar a los forasteros. Ambos caminaban, nadie hablaba lo más mínimo, Ikki aguantaba sus ganas de gritar al vacío y ver lo que ocurría por respeto al silencioso tipo, que no dejaba de serle familiar como el mismísimo Daichi. El joven había intentado en su momento preguntarle su nombre al pelirrojo, pero éste no había podido averiguarlo, y justo cuando iba a preguntar, éste se lo preguntaba a él antes, y de nuevo algo les cortaba en seco la conversación - ¿Mi nombre? No, creo que no lo he hecho... - se evadía Ikki, pué no sabía si sería correcto decir su nombre mientras estaba de incógnito. Pero entonces sucedió. El suelo bajo sus pies comenzó a caer. El tipo de cabellos rojos pareció muy hábil, pero Ikki no alcanzó a poder escapar. Caía al vacío con la cara dr un pobre animalillo que no entendía nada. Pero no iba a caer... El desprovisto no sería mortal, pues el chico pisan una enorme roca en la que se impulsaba a la pared, en la cual con sus manos y pies comenzó a derrapar hacia el abismo, frenando en seco a unos cinco metros de bajada. Ikki subía la rocosa pared hasta arriba, y terminaba de escalar - ¡Claro! ¡Es por ésto que los que suben, no bajan! ¡Por que no son ninjas! Si es que soy un genio... ¿Ves? Aquí no hay nada de nada, amigo... ¡Solo tierra húmeda! - decía Ikki mientras se sacude la ropa. Dejaban atrás el accidentado lugar para comenzar de nuevo a ascender, y durante un rato todo seguía igual, hasta llegar a un gran hoyo en el suelo. Ambos miraron, Mikael se agachó a pasar su mano sobre la lisa pared, perfectamente redonda, y antes de bajar al agujero, Ikki volvía a bromear - Vamos... ¿Qué y crees que vas a encontrar? Sólo habrá muertos que han intentado subir y han caído... ¿Crees que habrá muertos vivientes o qué? - expresaba sonriente - Bueno... Y dime, ¿cómo te llamas? Eres muy callado, me empiezo a aburrir... -
Ikki
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Re: Cry Just A Little [B]

Mensaje por Mikael. el Vie Oct 06, 2017 5:05 am


La oscuridad absoluta, una negrura sempiterna, colándose en las más aterradoras pesadillas y que atormenta a toda alma en pena. Un hoyo que se hundía través de la roca, que se abría paso desde la cima y cual garganta penetraba la pétrea corteza en un logrado intento por profanar los confines de aquel imponente monumento. No era hasta entonces que el forastero y el mercenario invadían aquellos lares tan aislados donde sus muertes no serían nunca conocidas por los más letrados, mas el éxito de sus empresas sí serían exaltadas entre las bocas chismorreras cuando regresaran a la desolada aldea. Si es que lo hacían, claro. Pero entonces, era el pelirrojo quien descendía a paso seguro y con la cautela de quien entra a una desconocida madriguera, justo cuando las palabras del chico albino hicieron que su mirada se resbalara por un momento hacia sus bulliciosas palabras.

Una sonrisa, pues, de esas sutiles y que se aprecian misteriosas, anidó fácilmente en la boca de aquel que hubiera visto ante paisajes y entidades aterradoras. Aquel hombre resguardaba una historia de terror, de muerte y dolor, sumamente espeluznante. - Tal vez sí, tal vez no. Quién sabe... - Dejó caer, sugerente y sibilino, rememorando las instancias en tal dantesca desventura de la Nube.

Pero el joven continuó, ansioso e inquieto cual puberto, rebuscando entre sus palabras el nombre de su enigmático compañero. El pelirrojo no lo miró, manteniendo sus manos adheridas a la irregular superficie en un descenso que apremiaba precaución. El hilo dejado era un mero rastro. - Ser callado a veces es una virtud. - Secundó, alusivo y conciso al parloteo del curioso albino, mas sutil era en sus palabras tras una implícita reprimenda. Sabía bien cómo usar cada letra. - Pero puedes llamarme Rojo. - El sonido golpeaba las paredes de aquel agujero, profundo e inexplorado para ellos, reverberando hasta formar un continuo eco convexo durante esos veinte metros continuos de simple descenso. La oscuridad iba abrazando cada vez más sus menudos cuerpos, sólo interrumpido por sus corazones y los latidos hasta verse engullidos entre aquel inocuo abismo.

Y de pronto, como una esperanza a la hora final, que un pequeño foco de luz emergió de aquel que iba a la vanguardia con decisión. Y quien viera con agudeza, hallaría un dedo ardiendo perteneciente a ese mismo rojizo forastero. Al final sus pies tocaron el término de aquel descenso, presenciando la bifurcación de aquel camino secreto. Izquierda y derecha, sin embargo, no auguraban nada bueno.

¿Soy yo, o hace calor aquí? - Preguntó con tintes retóricos. El claro contraste de temperatura cobró percepción, pues la cima aguardaba un frío estremecedor y allí se investía un calor acogedor. - Iré por la izquierda, tú por la derecha. Supongo que en caso de emergencia sabrás defenderte. - Anticipó aludiendo a las habilidades del más pequeño. Y quien viese la manera en que se dirigía al susodicho, percibiría cierto trato similar de un adulto hacia un descuidado crío. No obstante, Rojo sí se fiaba de él, pero no realmente por él, sino por esa vocecilla que para lectores aún permanecía escondida. Y así pues, con el dedo literalmente prendido en fuego, cuatro metros a la redonda eran tenuemente iluminados.

La mano libre se adentró entre la raída capa rojiza, y de ella sacó un kunai envuelto con una tela rugosa, algo manchada y evidentemente aceitosa, en el sitio donde se hallaba su letal hoja. Un toque de la flama bastó para provocar una pequeña combustión, improvisando una antorcha, y entonces a su compañero la lanzó.

No creo que hayan muertos caminando por aquí, pero éstos túneles no son naturales. - Indicó con su voz rebotando por esos pasajes sombríos y olvidados. Se notaba la seriedad y experticia de un avezado profesional. - Las paredes tienen trazos irregulares, similares a una habilidad de perforación, aunque no hay rastros de chakra para comprobarlo. - Más curiosidades por parte del pelirrojo. Dada sus indicaciones, parecía no sólo tener una destreza en el reconocimiento de terrenos, sino también algún tipo de percepción que superaba lo ordinariamente sensorial. Sea cómo fuere, advertía al chiquillo de algún posible peligro. Quedaba en claro que el lazo de aquel trabajo era meramente circunstancial, cuyos intercambios de palabras se destinaban a lo conciso pero sin ningún tipo de tecnicismo.

Rojo, por su parte, mostraba hallarse atento pero tranquilo a la situación, mientras su acompañante parecía tomar aquello cómo un pasatiempo u aventura que no ameritase demasiada preocupación. Y tal vez sería propicio, o tal vez no, pero en todo caso lo que quedaba era un doble camino que con el paso de sus andanzas se iría estrechando y abriéndose en más caminos, formando así, peligrosamente, un claustrofóbico y silencioso laberinto. Pero el extranjero era cauto, y un hilo de alambre dejó cómo rastro para no perder el camino de regreso; del albino, sin embargo, no tenía conocimientos, pero supondría que también se las apañaría, a fin de cuentas se mostraba temerario pero esperaba que no fuera descuidado.

No te adentres demasiado. Nos vemos en éste punto dentro de diez minutos. Ten cuidado. - Y ambos, pues, se separaron.


[...]


La cima de la montaña, el cenit de toda proeza, había quedado marginada al estar a veinte metros bajo la dureza de la grisácea corteza. Ya no era de aquella cúspide nubosa donde la extensión de la Tierra podría ser vista en toda su magnificencia. Ya las montañas contiguas no podrían ser repasadas con la mirada hasta perderse de la vista. Aquel dúo, ajenos al mundo, se encontraban aislados en aquel enrevesado laberinto, únicamente con el fin de descubrir el origen de los lamentos, que turbadores y estridentes parecían surrealistas al provenir desde tan lejos hacia cualquier civilización conocida. Buscaban a una leyenda, buscaban a algo que no parecía realista, mas la pequeña vocecilla coincidía en que aquello era mucho más de lo que los rumores y mitos, e incluso el propio raciocinio, podrían contar con lúgubre pesimismo o fantasioso optimismo.

Llegó un momento en que el pelirrojo tuvo que emplear maniobras ante peligrosos huecos de por medio, sin saber su profundidad o lo que sea que habitase allí adentro. Las paredes, en contraste con el exterior, se hallaban cómodamente tibias cómo si algo las calentara desde el interior. Era extraño. Y algunas gotas caían desde el techo, húmedo, cómo si un vapor se condensara hasta dejar caer entre las paredes un insignificante riachuelo que se deslizaba por el suelo; esperaba no tener otra sorpresa igual que antes, pero, aparte, sus ojos descubrían extraños restos que en el camino no definía.

Al igual que su compañero, también poseía un kunai-antorcha, y así mismo tenía en cuenta de no explorar demasiado adentro o de lo contrario terminaría perdido en aquel laberíntico sitio. Pero no fue necesario. Tan sólo a los ciento veinte metros recorridos, el túnel se abrió dejando el angosto pasaje a su espalda, hallándose en la entrada de nada más ni nada menos que una amplia cueva con más de cincuenta pies de altura. Una enorme caverna que se escondía entre la madre tierra. Y la mirada bajo el sombrero se abrió sorprendida, pues, en anchura, la estancia era hasta el doble de su altura. Sin embargo, lo que más reculó al visitante, eran ciertas siluetas que se escondían tímidamente más allá del alcance de su fuego, inmóviles y entre las sombras, bajo las columnas de rocas que alcanzaban a sostener su techo.


[...]


Albino, pobre albino. A veces ser tan incrédulo puede también dañino. El muchacho transitaba con sus métodos por aquellos mundos laberínticos, únicamente acompañado por un extraño zumbido que parecía provenir desde todos los sitios.

No había nada por atrás ni nada por delante, sólo sus pasos resonando entre aquellas tibias cavidades con marcas extrañas circundando las paredes, y que las mismas no se tenían ningún tipo de registro en la historia de la arqueología. Parecía cómo si millares de hormigas hubieran mordido la superficie con violenta vehemencia, una tras otra, en el techo y en el suelo, formando un túnel semicircular casi perfecto. Pero, muy diferente a su rojizo compañero, del que cuyo trayecto sólo hubiera afrontado un sendero recto y sin demasiados impedimentos, podría sentir una extraña y caliente brisa que provenía de un único sitio por delante suyo. Y sin embargo, no era lo más curioso, pues las paredes se cerraban mientras caminaba, estrechando su recorrido hasta hacerle sentir la sensación de una mesurada opresión.

Era cómo si estuviera siendo acorralado por las entrañas de la misma montaña. Y quizás a algo le recordara, quizás evocaba a una prisión cubierta de moho y llena de ratas. Y el zumbido, poco a poco, se hacía más fuerte conforme avanzaba.

Un sonido extraño, difuso, como el recuerdo de un bebé gimiendo se colaba en sus sentidos. Era continuo pero no molesto, mas bien llevadero, e incluso armonioso cual un suave caricia de viento, y de pronto el camino halló cortado con un pequeño derrumbamiento ocurrido hace un tiempo ya olvidado. El obstáculo podría hacerle voltear y regresar al punto de encuentro, pero escudriñando hallaría un estrecho agujero que emitía aquella brisa más cálida que antes; se sentía ese calor, un poderoso ardor que llamaba a sus instintos, mas la verdadera seducción ocurría con aquel subliminal zumbido. No sabría porqué, pero Ikki pronto sentiría la innevitable necesidad de escarcarbar, de quitar aquellas rocas que impedían el paso hacia el otro lado. Quizás no sería bueno descubrir lo que yaciera detrás, mas cuando estuviera allá se toparía con un precipicio de fondo rojizo.

Sí. El ninja de Kiriyama se encontraría ante la chimenea de
un volcán disfrazado de ordinaria montaña.

El magma burbujeaba a más de centenas de metros de donde estaba, y para sus ojos sólo sería un pequeño punto lejano y luminoso. La brisa, desde allí, arreciaría con tórrida fuerza a su pálida cara, venida desde tan abajo hasta ser expulsada por el cráter que aguardaba a metros por encima de su cuerpo. Era una corriente intensa, sin intervalos, pero no con la suficiente potencia cómo para alzar a un cuerpo.

Podría notar que estaba parado en una especie de plataforma que se adhería a las paredes de negra roca, conformando una especie de aro en ese conducto magmático que con un rodeo le podría llevar hasta el otro lado, justo donde otro túnel se abría paso a quién sabe donde. No obstante, aquel calor en comparación con el irascible frío exterior, podría instarle a quedarse allí por siempre, y sería así de no llegar a percatarse que el zumbido de antes había muerto a su espalda en el momento de su ingreso. Hileras de dientes por encima de la entrada le aguardaban. Y una baba pegajosa caería en el hombro de su tela andrajosa.


[...]


Rojo avanzó con su luz, alumbrando el camino hasta describir con su mirar el derredor que se expandía en aquel lugar. Un curioso calor se sentía, uno que le recordaba al nido de los pájaros cuando en su infancia iba de visita, pero aquello, aparte de la acogedora temperatura, no tenía nada de alusivo. Su mirada desconcertada se paseaba entre los extraños montículos de rocas arrejuntadas, y con una extraña y translúcida sustancia barnizándolas. Eran innumerables, y se encontraban desperdigadas en grupos de a seis u ocho entre ellas.

Se acercó entonces a una en particular, sin llegar tocar, para examinar el líquido que se adhería cómo los mocos de su hermana cuando enferma se encontraba. No percibía ningún olor especial, sólo a humedad y cierto aroma ceniciento, hasta que otro le llegó un poco más intenso desde otro lado.

Su exploración le condujo entre los pasillos de aquellos montículos, sin percibir nada anormal o peligroso en su entorno, mientras su mirar iba y venía entre aquel mundo cavernoso. Su sombrero mostraba, por fin, la libertad de su pelo al colgar de su espalda, mientras su capa al andar le ondeaba, pero un pequeño tropiezo le hizo trastabillar hasta soltar el kunai ardiendo en fuego. El metálico sonido rebotó, pero su camino se iluminó. Y desde allí, a pocos pasos, halló lo que entre la oscuridad permanecía escondido desde tiempos desconocidos. - ¿Qué es ésto?

Un hundimiento, una fosa repleta de aquella sustancia pegajosa donde sobresalían algunas cosas. Y la piel se le erizó, sus facciones se congelaron y sus ojos se dilataron, descubriendo en aquella piscina un sin fin de cuerpos mal digeridos, o partes de ellos, emitiendo un conservado olor a putrefacción que le evocó a los seres del averno que alguna vez enfrentó.

Fue un escalofrío que le estremeció el espíritu, y reculó con un sentimiento de aversión a la evocación de toda aquella terrorífica situación. Ni siquiera el calor podía aplacar el frío antinatural que estrujó a su corazón. Flashes que recurrían a imágenes, a sonidos y olores de aquella abominaciones. Toda tranquilidad que hubiera mostrado desde entonces se desvaneció, cómo sucedía con sus pesadillas y que nadie más sabía. Cayó de culo con la respiración descontrolada, con la mirada acobardada y el sudor perlando su cara. Sudaba, temblaba. Un ataque de pánico mientras por el suelo se aferraba.

La oscuridad de un hambre desmesurada.
El titán de flamantes colas azuladas.

Todo le entró de golpe cuando aquel cementerio de cuerpos descubrió, asociándolo con la incursión, y terminando por recordar su trágica finalización. Un pulso se expandió en su costado, ardiendo y afligiéndolo. - Hey chico, ¿qué te ocurré? ¡Mikael!- Y la vocecilla se mostró con la figura de su piel húmeda y lisa, de ojos saltones y amarillentas írises cristalinas. Su pequeño cuerpo se encontró frente al rostro pasmado del pelirrojo, abordándolo con la crisis de ansiedad que sufría con agonía. Fue una bofetada de una mano con membranas que le sacó de aquel episodio súbitamente vulnerable. - ¿Estás bien, muchacho?

La piel del forastero, pálida y fría, poco a poco recobró el color y calor perdido en su turbación, orientando a sus sentidos lentamente hacia el derredor y notar las secuelas que sólo se despertaban cuando escenas tan dantescas él presenciaba. Tal y cómo esas, tal y cómo en sus sueños. Aspiró con mayor control, botando el aire en búsqueda de una normalización, hasta sentirse más reposado y poco después con cuidado se levantó. Miró a su alrededor, a nada había alertado, y tras ellos se dirigió a aquella criatura que le había golpeado. - Disculpa, Má... no pude controlarlo. - No hubo respuesta, sólo otro suspiró pero de resignación. La pequeña figura saltó a su hombro, ocultándose entre sus prendas desarregladas. Rojo se reincorporó y regresó a su inspección, hallando, en efecto, aquella fosa común donde se amontonaban incontables cuerpos descompuestos.

¿Qué significa ésto? Son demasiados... No parece obra de alguna persona, o siquiera de una organización. - Sopesaba el hombre, a voz clara, mientras el índice se ocupaba en disimular el tímido hedor que expedía aquella mortuoria aglomeración. - Además, éste lugar... Tan alejado, escondido... - Y entonces, mientras dejaba el sombrero en su cabeza de nuevo, algo se prendió en su mente de puntiaguda intuición. A no ser... Volteó, encarando a los montículos tras su espalda. Los escudriñó, los detalló, y de su capa emergió otro cuchillo kunai el cual disparó.

Eso es... Sí... - Enunció, viendo cómo el filo se había hundido en aquello que antes cómo piedras hubiera creído, derramando un líquido verdoso. - Estamos en un nido. - Reveló, con sus músculos tensados, habiendo comparado todo ese escenario con las madrigueras de algunos lagartos. A veces sus huevos eran recubiertos de un líquido especial que actuaban cómo aislantes al frío y conservaban el calor, manteniendo así un proceso único y cuidadoso de incubación. Por otro lado, dado que éstos mismos reptiles no se mantenían usualmente en el nido, sino cazando o en las cercanías en vigilia de otros depredadores, dejaban la comida ya preservada y resguardada para cuando sus crías finalmente eclosionaran. Rojo volteó a la fosa, y con el kunai todavía tirado allí abajo cerca de los cuerpos, podía notar que algunos estaban bien conservados desde un momento incalculable de tiempo. ¿Cómo podría saberlo? Precisamente, porque algunos llevaban armaduras o vestimentas destartaladas de épocas pasadas. Era una colección de figuras regurgitadas y momificadas.

Tenemos que salir de aquí ahora. Encuentra el chakra del chico ya. - Expresó, diligente y conciso, notando que las paredes de la estancia se encontraban agujereadas cómo entradas o salidas hacia puntos diferentes de la montaña. Estaban en el lecho de una bestia, y a juzgar por el tamaño de sus huevos, tan aproximados al de un infante de siete años en adelante, había de ser sumamente grande. Rojo se movió, dispuesto a irse del sitio, pero un grito, seguido de un estruendo, estalló en la cueva dejando ver, tras salir de uno de los túneles, a una figura de blanca cabellera... Y algo, mucho peor, y alargado, persiguiéndola con sedienta violencia. Rojo se impuso en máxima alerta.


off:
Sorry por lo largo, pero a veces ocurre cuando actúo de narrador.

Criatura:




Tipo: Criatura || Terrestre
Armas: Hileras de dientes capaces de triturar la roca madre de la montaña || Una baba pegajosa que deja a su paso, en la que sus víctimas quedan atrapadas pero él se mueve mucho más deprisa.
Rareza: Muy Rara.


Detalles conocidos*: No tiene ojos ni odios, pues localiza a sus presas exclusivamente a través de un sentido del olfato hiper desarrollado, capaz de percibir matices que se le escaparían a un Inuzuka. Tocar su saliva es condenarse a quedar marcado, al ser capaz de localizar esta criatura a quienes marca con ellas.

La coraza que lo recubre es tan dura como el acero. Sus dientes son capaces de hacer polvo una roca de gran tamaño, imagínate lo que puede hacer con un hueso humano.

Su nido, por norma general situado en lo más alto de las montañas y de donde rara vez sale, suele ubicarse dentro de una cueva llena de agujeros que él mismo hace. Está siempre cubierto de una capa de su espesa baba y lleno de cadáveres a medio digerir de presas antiguas. Sea lo que sea que excreta esta criatura, tiene pinta de servir para momificar los cuerpos mucho mejor que cualquier método conocido.

El grito de esta criatura puede recorrer kilómetros incluso entre la peor de las tempestades, y guarda un parecido con el llanto de una mujer que eriza la piel cuando se descubre su origen real... demasiado tarde, la mayoría de las veces.

Materiales extraíbles: Ninguno, que se sepa. Los pocos ejemplares que se cazaron de esta criatura años ha se pudrieron en cuestión de minutos, inundándolo todo de un pestilente hedor similar al de mil cadáveres putrefactos golpeándole a uno en la nariz.


Stats y Equipo:

Estadísticas
Fuerza: 16
Velocidad: 16
Resistencia: 15
Ninjutsu: 12
Genjutsu: 12
Taijutsu: 16

Técnicas
Genin (por defecto): 5
Chuunin (por defecto): 4
Resistencia (15): 5
_____________________
Total: 14

Técnica empleada
Katon: Hi Tenohira.
Éste jutsu es usado sobre todo para causar mayor daño a la hora emplear taijutsu. Sin la necesidad de realizar sellos, el usuario imbuye sus manos de chakra naturaleza katon, haciendo que las mismas sean rodeadas por llamas con las cuales puede golpear al oponente y ocasionarle quemaduras no muy serias, aunque la intensidad de estas aumenta según el ninjutsu del usuario. No obstante, el resultado podría ser devastador si este ataque es recibido en una zona sensible del cuerpo: por ejemplo el rostro. Estas llamas no pueden ser arrojadas al objetivo.

Dado que ha sido usada para dar coherencia a la visibilidad en los túneles, a través de un dedo y por poco tiempo, el gasto de chakra es casi inexistente.


Equipo
10 Kunais (-3)
10 Shurikens
12 Sellos Explosivos
2 Pergaminos Medianos (20 Shurikens, 20 Kunais, 1 Cadena)
Mikael.
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Re: Cry Just A Little [B]

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