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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Ascensión | ❁ |

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Ascensión | ❁ |

Mensaje por Seiichi el Lun Sep 04, 2017 7:33 am


Muchos clasificarían su calma, como algo realmente increíble. Tras haber recibido el pergamino desde las manos del mismísimo "señor" feudal, el primer paso que daría Seiichi sobre el campo de batalla, consistiría en algo bastante simple. Órdenes que debían ser entregadas a la persona correspondiente. Recibió en ese momento, gran peso de la guerra venidera sobre sus hombros, y su rostro continuaba sin actividad muscular. Inhumana calma que presentaba un chico que todavía no alcanzaba la mayoría de edad. Asintió con la cabeza antes de partir, tomando el papiro envuelto con la mano derecha, y lo estrujó con la aplicación precisa de fuerza, para no estrujarlo, ni para soltarlo con facilidad. Mecánico. Ciertamente, ni siquiera el muchacho de cabellera bicolor pudo zafarse de sus propios pensamientos, ni de las preocupaciones fundamentadas que le planteaba su razonamiento a cada rato. Los pasos hacia la salida, se hicieron más pesados sin que Seiichi pudiese notarlo. El destino de Hinoarashi, podía depender de esa ineficiente formación que Soichiro le había mostrado. "Probadilidades de éxito: Muy bajas." el análisis mental se intensificaba, a la vez que su mirada tomaba un filo poco común. "Fracasos permitidos: Ninguno."



. . .



Un par de horas, era tiempo suficiente para prepararse. El trayecto hacia su casa bajo el manto oscuro que recubría las edificaciones, se hizo más corto de lo esperado. Seiichi esperaba una reacción diferente de su parte en una situación así. Por alguna razón, pensó que la inmensa posibilidad de que moriría ese mismo día, le haría sentir algo. Su cuerpo había olvidado hace ya un mes la sensación que se había apoderado de él en la última batalla contra el líder de los Tigres en Llamas. Donde finalmente su helada coraza se rompió, dejándole sensible ante las emociones que se viven en una batalla real. Ese, pero, no había sido el caso. Taciturno mientras marchaba erguido, quiso una o dos veces mirar al suelo. Sin embargo, no se lo permitió. El esfuerzo sobrehumano que había estado dando por su feudo; por su nación... los frutos del mismo, era su participación en la guerra.

Al correr la pesada puerta de madera que daba al interior de su hogar, sintió la presencia de alguien más al final del salón principal; sumergido en la oscuridad de la noche. Como de costumbre, los sentidos del joven soldado se afilaron velozmente, haciendo el menor ruido posible mientras se acercaba a la lámpara de cera más cercana. Se hizo la luz; tenue y macabra, revelando al hombre de hebras plateadas que le esperaba a varios metros de distancia. Los orbes de tonos opuestos se fijaron en él y su atuendo, el cual portaba la tonalidad del mismísimo sol en un día de primavera. Justo cuando sus manos se acercaron para realizar el sello del dragón... "No. Es peligroso." será la percepción del medio pelirrojo que fue múltiples veces llamado prodigio, o el miedo que sintió que se apoderaba de sus hombros. Seiichi no recordaba la última vez que había sentido las desagradables garras del temor. Ejerciendo un pobre prejuicio sobre el hombre de fino y puntiagudo bigote, el joven que todavía iba descalzo, lo encasilló como un individuo de poder por su forma de hablar. Nobleza, tal vez. Quiso preguntarle inmediatamente quién era, y por qué se encontraba en medio de una fría noche, revolviendo sus pertenencias personales. Sin embargo, se adelantó, asumiendo que no recibiría una respuesta en primer lugar. La última pregunta del desconocido, sí había provocado una clara reacción en el manipulador de las llamas cerúleas. Desapercibida, quizá, para los distraídos que no prestan atención. Había separado ligeramente los labios, cambiando su mirada inexpresiva, por una de sorpresa, la cual no tardó en desviar hacia el piso. "Le debes lealtad al trono o a quien se sienta sobre este?", se atrevió el de cabellera plateada a preguntar. Es cierto que la familia Kaen, siempre fue leal a su nación. Daba igual quién estuviese en la cima, siempre y cuando sirvieran a Hinoarashi. Seiichi había experimentado en más de una ocasión, la locura de Soichiro debido a sus órdenes. Y esta vez, lo hizo con sus propios ojos. — No tengo la obligación de responder eso. — Cerrado. Siempre sujetándose a su disciplina hasta clavando las uñas, de ser necesario. Tenue y poco convincente fue su voz, sin siquiera entablar contacto visual con el que perpetuó tal atroz pregunta. Ese mismo hombre no tardó en abandonar la escena, dejándole con más preguntas, que respuestas. Complicando la situación con un nuevo pergamino. Fue parte de su deber abrirlo, se repitió en su cabeza cuando se percató de que era idéntico al que Soichiro le había entregado. Ése sujeto había dejado sus intenciones claras para el heredero de los Kaen. El golpe que recibió tras leer su contenido, fue peor que una katana atravesando su pecho.






En shock. Arrugas aparecieron debajo de sus ojos, mientras los abría como dos vórtices sin nada en su interior. Perdió el equilibrio, dando tres pasos erráticos, hasta que pudo sostenerse de la mesa que se encontraba en la misma sala. — ¿Por qué...? — Seiichi pecaba de frialdad y de deshumanizar a los criminales, pero no de ignorancia. Era inteligente, y por eso mismo había comprendido a la perfección, el cometido de ese hombre con esas órdenes. Eran órdenes de suicidio; ese mismo pergamino, abarcaba la muerte de incontables soldados que podrían convertirse en sus camaradas. Hombres inocentes... Víctimas. — ¡No! ¡Eso es traición! — Gritó en el medio de su propia soledad, arrojando el pedazo de papel a un lado. El medio albino ni se había dado cuenta, de que sus propios ojos habían desbordado lágrimas tras haberse humedecido tanto. Fue la primera vez, que le disgustó su posición; que le disgustó su propia reputación. El Genin de máxima eficiencia de Hinoarashi, con un corazón helado; capaz de cumplir cualquier misión. Gritó porque pensó muy bien los beneficios de entregar esa falsa orden. ¿Por qué no ensuciarse las manos, si eso podría traer un mejor resultado para su nación? Su orgullo no saldría herido, pues no tiene nada de eso. Una versión antigua del muchacho —una más desalmada— la habría entregado. De todos modos, no olvidaba la promesa que le había hecho a la Yuki luego de aquel asedio. Él no dejaría que su lealtad, se vea manchada por la sucia traición. Pudo ver en un rincón de la misma habitación, con claridad, al muchacho de cabello castaño que murió durante la misma noche del asedio. Su misma sonrisa... y ésa oración que ahora se veía inmortalizada, en su memoria.



"Compañeros hasta el final, ¿no es así?"



Era un soldado. Siempre lo fue; desde que resistió el rechazo por parte de su propia familia sobre cada atardecer, donde él seguía entrenando en el mismo, viejo dojo de siempre. Se sintió estúpido, al haber olvidado algo tan básico como eso. ¿Cómo podría él, cobrarse la vida de aquellos que lo dejan todo, por su nación?. En la misma lámpara que yacía la única llama viva en su oscuro hogar, quemó las órdenes falsas entregadas por ese misterioso hombre. Su curiosidad terminó ahí, mientras el rostro se le iluminaba por el tenue fuego, consumiendo un tropezón que no dió. La idenditdad de una persona así, se perdió dentro de la irrelevancia, pues claramente, era más de lo mismo. Se alistó velozmente, dejando a un lado la vestimenta de batalla que siempre suele llevar a sus misiones. Optó por unos trapos más formales que nunca creyó que usaría; prendas que llevaban sus abuelos por parte de su madre, al surcar el infinito océano. Y a la vez, una funda donde no descansaba una espada en su interior, sino una vacía empuñadura. En el corazón de la misma, el símbolo de la casa Kaen, el cual no lo llevaba con orgullo, sino con cierto pesar y rencor.

En medio de la noche y antes de la hora prevista, se dirigió al establo que se encontraba en la zona este del territorio feudal. No era como los demás, pues había uno más cerca. Allí le esperaba la única herencia que todavía no había rechazado —pero sí abandonado por un largo tiempo—. Se acercó al hombre encargado, dándole nada más que su nombre completo. Entre los animales que esperaban ser invocados por los eufóricos guerreros que estarían presentes ese mismo día, uno resaltaba por su color. O la falta del mismo. El lado derecho de Seiichi se vió conectado por la tonalidad blanca de ese caballo, quien le acompañaría a lo desconocido. La miró con cierta melancolía, mientras pasaba su mano por el lomo de a quien había dejado varios años atrás. Será una bondad que no podía comprender,
pero el animal no parecía guardarle rencor
. — Lo siento. — Ajustó los cinturones de cuero que rodeaban su cintura, y se subió sobre ella, quien llevaba una montura de lo más humilde. Fragmentos del pasado de Seiichi, que continuaban siendo un misterio. Minutos más tarde, se perdió en el horizonte, cruzando el terreno feudal por una ruta menos llamativa, con gran prisa.

El viaje no duró mucho, pues el terreno que debía recorrer se encontraba despejado. Fue por eso, que se agarró con fuerza a su compañera, mientras cabalgaba hacia el campamento principal, donde le esperaba la persona a quien debía entregarle las órdenes. Las correctas; dejando su opinión personal a un lado. Dos guardias le esperaron haciendo señas con antorchas, pidiéndole que reduzca la velocidad y se acerque con cautela. Obedeciendo a sus superiores, se bajó del caballo, dejando que el animal lo acompañase a pie. Extendió la mano izquierda a un pequeño bolsillo trasero, donde tenía guardado el pergamino que Soichiro mismo le había entregado. — Mi nombre es Seiichi Kaen, y tengo las órdenes del señor feudal. Puedo entregárselas únicamente Haniya Jorui. — Le tocaba esperar el visto bueno, y ser escoltado hasta dar con el Chinjufu Shōgun.







OFF:
Vestimentas:


El corazón de la "espada", lleva el símbolo de una flameante llama. Es estrictamente estético.
Stats:
• Ninjutsu: 10
• Taijutsu: 7
• Genjutsu: 7
• Velocidad: 10
• Resistencia: 10
• Fuerza: 10
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Re: Ascensión | ❁ |

Mensaje por Narrador el Mar Sep 12, 2017 5:02 am


Prácticamente con sólo mencionar el nombre, los guardias se echaron a temblar. La fama precedía al oficial, pues pocos eran los que no conocían su camino pavimentado con los cadáveres de aquellos bajo sus órdenes. Un hombre dispuesto a darlo todo, incluso la vida, por su nación. Ni siquiera les hizo falta mirar, más allá de un vistazo superficial, el sello del pergamino. No creían a nadie tan idiota como para buscar a ese hombre si la obligación no estaba de por medio.

Sígueme, te guiaré a su tienda. Puedes dejar el caballo aquí, alguien lo llevará al redil para que beba agua y descanse.

El soldado que se dirigía al más joven de los Kaen no parecía mucho mayor que el, un par de años, en el mejor de los casos. A pesar de ello, se notaba por su apariencia la mano firme de una disciplina inquebrantable, muy propia de los ejércitos incluso con los benjamines entre las filas. Incluso al caminar, aunque más bien él desfilaba a un paso lento, podía uno adivinar que aquel no conocía otra vida. Era uno de tantos a los que, a un precio alto, había salvado la vida esa noche.

Al pasar por las tiendas, no pocas eran las miradas que se desviaban hacia Seiichi, la mayoría sólo curiosos por el peculiar aspecto de su cabellera, aunque otros pocos parecían tener dudas más allá de un doble color en el pelo; como si lo conocieran de algo, o les sonase haber oído alguna vez de alguien así, esos eran los que apartaban la mirada más rápido o la sostenían en tono más desafiante durante más tiempo.

Las tiendas se reunían alrededor de hogueras de campamento, buscando los soldados el calor del fuego y la luz del hogar. De vez en cuando, algunos de los que estaban sentados a su alrededor se molestaba en atizar el fuego o remover la olla de hierro que colgaba de un palo sobre las lenguas llameantes.
Entre ellas no había mucho que ver. Muchachos asustados temiéndose lo peor, veteranos con la mirada perdida a la espera de que sonase la campana del juicio final; herreros dando forma al metal a través de la fuerza bruta y la técnica pulida durante años, artesanos trabajando a un ritmo frenético para arreglar el cuero de las armaduras o fabricando la madera para saetas y lanzas.

El denominador común de todos ellos, era el miedo.

Al final de un largo pasillo de telas sujetas por palo, la tienda del oficial esperaba con un gran vacío a su alrededor. Mesas de perfil bajo, con mapas tácticos todavía vacíos, rodeadas por bancos igualmente pequeños y vacíos se distribuían a su alrededor. En todo el centro se alzaba, más alta que todas las demás, una gran tienda cuyas cortinas apenas dejaban entrever algo del interior, detalles fugaces de los que no se podía sacar demasiada información. Coronándola, ondeaba la bandera, de matices rojos, de Katsumoto Soichiro.

No tengo permiso para entrar en las tiendas de los oficiales. De aquí en adelante, estás solo. —  dijo antes de darse media vuelta el del regimiento de infantería, aunque no tardó demasiado en girar sobre sus talones una vez más. Puso su mano sobre el hombro ajeno con pesadez, buscando detenerlo antes de que se adentrase más en la boca del lobo. — Guarda mucho cuidado con ese hombre. Es peligroso. — Una vez lanzada la advertencia, una donde palabras se entremezclaban con la mirada de pánico, desapareció mezclándose entre los demás hombres uniformados, volviéndose uno y fundiéndose con el gris retrato de los suyos.

Una vez dentro, sin embargo, se encontraría Seiichi en solitario. A su alrededor había montañas de pergaminos desordenados, en blanco, y varios cachivaches propios de la parafernalia militar. Justo en el muro de tela opuesto, colgando de los palos que hacían las veces de vigas para la lujosa tienda, ondeaba junto a este un blasón desconocido, de matices dorados. Sobre una mesa, en el centro, la aparetería necesaria para escribir descansaba en un orden perfecto. Era lo único que no estaba sumido en el caos.

Entre el caos de pergaminos, el de recta voluntad inquebrantable podría distinguir varias veces el símbolo de los Kaen quemado sobre el papiro. También varios mapas a medio desenrollar, todos ellos con posiciones marcadas y nombres propios escritos sobre ellos. Nunca se le había dado la orden de no mirar nada, por más que esta estuviese implícita, y si había de permanecer allí un tiempo indeterminado hasta encontrarse con su destino, nada le impedía curiosear un poco e intentar averiguar con quién iba a reunirse… Y con quién no.
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Re: Ascensión | ❁ |

Mensaje por Seiichi el Mar Sep 19, 2017 11:24 am


Miradas que contaban relatos enteros. Seiichi se mantuvo firme y sin mostrar ningún interés en particular por la tracción de los guardias que le habían escuchado. Incluso para aquel que procura que su curiosidad humana no se meta en su camino, fue difícil ignorar lo que pudo ver. No hizo más que asentir con la cabeza, para luego comenzar a seguir al valiente muchacho —un poco mayor que él— hasta la tienda del infame Shogun. Comenzó dos pasos después que él, adaptándose a su marcha con suma facilidad, resultando ambas, completamente coordinadas. Los orbes dispares se despidieron una vez más de su compañera de cabellera blanca, resultando un poco vulnerable a una culpabilidad que ni él estaba seguro de su procedencia.

Las pisadas sobre la tierra húmeda, fue lo único que se oyó durante el transcurso. El guardia y el joven bicolor, eran de la misma calaña; de una disciplina presuntamente inquebrantable. No existía intención alguna por parte de ninguno, de iniciar conversación. En lo que respectaba a Kaen, solo la guerra misma inundaba sus pensamientos. Eso, y lo que sucedió en su casa esa misma noche. ”Ninguno de ellos es consciente. Jamás sabrán cuanto peligraron sus vidas, antes de entrar al campo de batalla.” Pensaba, mirando de reojo a su escolta. Era una realidad que generaba gran pesar. El heredero de los Kaen, por primera vez quería algo en particular, ajeno a su función. Deseaba que cada hombre presente en ese campamento, probase su valía y patriotismo con la frente en alto, para regresar a casa con sus familias. Aquel que manipula las llamas, estaba preparado para darlo todo por ellos, y unirse por primera vez a una especie de camaradería. Eso, considerando si podía hacerlo, con sus penosas habilidades para la comunicación con otros seres humanos. Teniendo eso en mente, le fue fácil resistir las miradas desafiantes de muchos, que poco sabían lo que pasaba detrás del telón. Estas en las botas de Seiichi Kaen en Hinoarashi, no es tarea fácil.

La interrumpida luz tenue que emanaban las antorchas y las fogatas cercanas, resaltaban el tono escarlata de su cabellera. El símbolo de su persona; la quemadura que ocupaba un tercio de su cara, se veía más clara que nunca antes de separarse de su escolta temporal. Se fijó sobre la oscuridad de la tienda, donde no hubo llama que lograse colar un poco de luz dentro de ella. Sintió de repente, el pesar de una mano “amiga” sobre su hombro. Ante la advertencia que recibió, solo pudo devolver una seca y simple respuesta, que pecaba de tal obviedad, que los que no conocen a Seiichi, podrían tildarlo de ingenuo. — Ese hombre, es nuestro superior. — y sin perder el tiempo, se adentro a la tienda. Inconscientemente, las palabras de advertencia sí tuvieron su resultado positivo, ya que los sentidos del bicolor se habían afilado tanto, que parecía estar adentrándose a una base enemiga. Lo primero que pudo ver, fue un sinfín de pergaminos que no llamaban demasiado su atención. Algo que heló su frente, fue una tonalidad que le recordó instantáneamente al hombre que se apareció en su casa. Dorado. Era como un fuerte ardor en sus ojos, al fondo de la oscuridad, que le llamaba. ”Tiene que ser una coincidencia.” pero él no era un chico que se conformaba con eso. A medida que se acercaba hasta el otro extremo de la tienda, encontraba algunos papiros con el signo de los Kaen quemado sobre él. No debería sorprenderle tanto, dado que son un clan de guerreros. Sin embargo… — Señor. Seiichi Kaen reportándose, con órdenes directas del señor feudal. — Se anunció. Formal, pero no en exceso. De no escuchar algo los próximos diez segundos, procedería a ojear uno de los papeles con el símbolo de su familia en ellos, para informarse si tenía que cruzarse con ellos. Con él.





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Re: Ascensión | ❁ |

Mensaje por Narrador el Miér Oct 11, 2017 8:17 pm


La calma en el interior contrastaba con la existente al otro lado de las cortinas que hacían las veces de puertas. Una mucho más serena, natural, flotaba entre las cuatro paredes de tela gruesa, como si ni siquiera el viento nocturno se atreviese a soplar demasiado alto en ese espacio robado al bosque. Fuera, sin embargo, algo estaba agitando a las masas. Se oían las armas al ser recogidas, las armaduras castañeando como dientes de metal en un frío, súbito, estertor mortal. A pesar de todo, no había voces, ni gritos, y eso debía de servirle al más joven Kaen para mantener la calma.

Le está esperando dentro, Jorui-sama. — dijo un soldado, tal vez el mismo que le había advertido. En el timbre de esas palabras se ocultaba sin demasiada habilidad un horror latente, mezcla del respeto y el pavor que infundía la brillante armadura.

Nada más apartar la tela de la entrada, a pesar de fundirse con las sombras antes de entregarse a la luz de las velas, el rostro de edad avanzada, bigote fino y facciones afiladas apareció a sus espaldas. Tan recto como la primera vez que lo había visto, despuntaba ahora con toda su altura, elegante, el más viejo de los cuatro generales sometidos a la voluntad de la familia Katsumoto.

Avanzó rápido hasta ponerse delante del estandarte, tapándolo con la figura, y dedicó apenas una mirada de soslayo a Seiichi. Estaba más atento, al parecer, a sus papeles; rebuscaba entre ellos con calma, apartando unos y amontonando otros peligrosamente cerca de una de las velas.

Imagino que eres Seiichi. Traes las órdenes desde el castillo de Katsumoto, supongo; déjalas sobre la mesa.— dijo sin mirarlo ni apenas despegar los labios, y a pesar de ya conocerlo bastante bien -algo que había quedado demostrado en su domicilio- — . Un placer conocer a otro miembro de la familia Kaen. Últimamente no hemos parado de colaborar con los tuyos. Vuestra lealtad, sin duda, es encomiable. Y debería ser reconocida...  —

Otro soplo desde el exterior se coló, haciendo titilar la lumbre del cirio, cuando alguien más entró a la habitación. Y como si la luz viajase pegado a esa otra figura, todas las sombras se alargaron. Seiichi tuvo la oportunidad de ver su propio reflejo oscuro estirarse, reptar y subirse a la mesa, esa misma a la que no había tenido tiempo de llegar; pero una incluso mayor, más ancha y más alta, la envolvió tan deprisa que parecía como si aquel chiquillo de dos colores en el pelo no proyectase ninguna penumbra.

El silencio lo inundó todo durante un segundo, haciendo callar incluso al general.

Nuestra lealtad está más que reconocida. — aseveró una voz tan grave que parecía surgir desde el más profundo agujero en la tierra — Por quien debe estarlo, Jorui. — añadió instantes después, cuando todavía nadie se había pronunciado. A continuación avanzó con firmeza, haciendo parecer que la tierra bajo sus pies crujía y se lamentaba, hasta ponerse un paso por delante de Seiichi, a su izquierda y en paralelo.

Las llamas que brotaban de su enorme cuerpo musculado, cubierto por ropas de un azul intensamente negro, ceñidas, obedecían única y exclusivamente a la voluntad de su capricho, cubriéndole una cara de mentón prieto y recto, con una sempiterna expresión regia, en una barba de lenguas ocres cuyas puntas lamían el aire haciéndolo crujir como si fuese madera seca. Crecían también como cejas y ojeras, aunque ardientes, alrededor de un par de pequeñas esmeraldas siempre brillantes bajo el influjo del fuego.
Esas mismas llamas se extendían también a través del pecho, desde su centro mismo, en líneas rectas hacia los hombros, donde abrazaban estos a estos, casi desnudos, escaparates de contornos tallados con curvas pronunciadas allí donde los músculos se tensaban más bajo la piel; se deslizaban a través del centro de seis abdominales perfectamente cuadrados y, en la base de estos, se retorcían para crear un cinturón carmesí de fuego que después volvía a subir desde los riñones hasta juntar sus dos extremos de nuevo en la percha de su camisa.
Sólo una corta y puntiaguda pelambrera se libraba de la caricia ardiente. Era más roja que el propio infierno desatado en la piel de ese hombre.

Su nombre, sin duda, le venía como anillo al dedo: Fuego.

Es una forma de verlo. Tu forma de verlo.— dijo cortante el general de oro — Es la única que importa. — atajó en seguida el cabeza de familia. Tras la respuesta, ni siquiera el pretencioso y experto militar quiso seguir tirando del hilo de aquella conversación, y la dejó morir en un breve, aunque tenso, silencio que ocupó todo el espacio que ellos no podían hasta pasados unos segundos: — Las órdenes, por favor. Ponlas sobre la mesa.

Todo ese interés por ver el pergamino estaba claro de dónde nacía. Y en cuanto el más pequeño Kaen las dispuso a la vista, Haniya se arrojó sobre ellas como un buitre encima de la carroña.

Entiendo que no vamos a esperar a los demás. — dijo la voz profunda de Fuego, sin inmutarse un pelo pero manteniendo en el tono una nota de reproche hacia el comandante en jefe; — No hay tiempo para esperar a nadie más. Nuestros enemigos no nos lo darán, y necesitamos estar preparados cuando llegue el momento. — respondió en seguida su igual en rango entre las milicias.

Jorui, a quien las ganas de abrir aquel pergamino se lo estaban comiendo vivo desde las entrañas, acercó el sello de cera al calor de una de las velas y lo calentó hasta que se hizo maleable. A continuación cogió el abrecartas de la mesa y lo deslizó con cuidado, retirando la pasta que se había formado encima del papiro para poder abrir este. En ese momento, el corazón le dio un vuelco al que no tardó en sumarse el rostro, casi descompuesto.

La carta en sus manos empezó a temblar. Le siguieron los brazos, a continuación los hombros, hasta a sus ojos parecía haberles entrado algo, así hasta extenderse por todo su cuerpo. Fuego, sin embargo, ni se inmutó. Había visto a hombres más imponentes, de mayor rango y experiencia, derrumbarse ante su mirada demasiadas veces como para que aquello le afectase.

¡Señor! — un soldado con galones en el uniforme atravesó rápido las cortinas, para hincarse de rodillas detrás de las tres figuras — Umei, del campamento norte, solicita refuerzos de forma urgente. Se ha detectado la presencia de ninjas a su alrededor, al menos tres. Temen no contar con el número suficiente para hacerles frente. — el mutismo de su superior, extendido por varios y valiosos segundos, puso al hombre en un aprieto: — ¿Enviamos más tropas, señor? — volvió a inquirir, esta vez con la cabeza gacha y apretando los dientes después de preguntar en una segunda ocasión, algo que era una falta de respeto total. Juroi seguía callado.

No. — fue la voz solemne de Fuego la que aplastó el aire hasta los oídos del suboficial — Irá él. — añadió enseguida, señalando con la mirada a Seiichi.

… Como ordene,  taishō. — por supuesto, no estaba de acuerdo con la decisión del hombre envuelto en llamas, pero, carecía del valor para hacérselo saber. Nadie en su sano juicio quería ser el pobre diablo que se negase a cumplir una orden del líder de los Kaen. — Vamos, muchacho, no hay tiempo que perder. — Apremiaba el guardia a Seiichi.

Una vez fuera, el soldado concretó algo más de su nueva tarea al mitad pelirrojo.

Yamanaka Umei se encuentra en un campamento cinco kilómetros al norte de aquí, en territorio enemigo. Es imprescindible traerla aquí de vuelta con vida; es una de las pocas ninjas sensoriales que tenemos, y la única capaz de estar en contacto con nuestros espías tras las líneas enemigas. No pierdas el tiempo intentando salvar el campamento, ni a nadie que esté en él y no sea Umei. Ellos posiblemente ya están condenados, pero nosotros podemos salvarnos y salvar al país de Himawari. Espero que Fuego no se equivocase al enviarte solo, eres nuestra única esperanza.

Off:


Más información sobre esta nueva misión por MP.

Jorui:



Fuego:


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Re: Ascensión | ❁ |

Mensaje por Tempest el Dom Dic 03, 2017 10:40 pm


~❁~

Hendieron el aire. Las letales garras del inexpresivo demonio no aferraron más que el incorpóreo viento. Una estela fresca que el proyectil giratorio, cual saeta, dejó a su paso rectilíneo. Cual dardo fue a incrustarse con milimétrica precisión a la diana en la que el pecho de la pálida criatura se había convertido. Más sorprendida que el demonio, Sona no percibió el retroceso que esperaba. ¿Aquello era todo? No. En un curioso movimiento, el cuadrúpedo animal fue el origen del esparcimiento  de una extraña sustancia. Como una ola al romper en la orilla, el líquido se expandió en el espacio, intentando abarcar más de lo que el pequeño can podía producir. Un sentimiento de temor de lo que el fluido pudiese causar emergió en la Kunoichi, y respondiendo a dicha sensación el espectro empezó a cerrarse sobre su presa. Su cometido, al fin y al cabo, era salvaguardar a su sustentante. El grueso de aquella sustancia quedó impregnado en la inhumana criatura, mientras que una parte la sobrepasó, quedando sin embargo estancada en las oscuras alas del demonio. Pese a la increíble barrera que más de tres metros de puro ser antinatural podía ofrecer, las ultimas gotas alcanzaron a la fémina, quien apresurada por lo que podía pasar, instó a su invocación a aplastar cual mosquito al can sobre su pecho. Mas una vez más, la velocidad primaba sobre la reacción, y tan rápido como había aparecido, el cachorro se esfumaba…

Fue entonces cuando la Yamanaka, con un súbito palpitar de su corazón, percibía que la carga de chakra correspondiente al humano que en un principio se dirigía hacia ella yacía en aquel momento junto a Kiba. Percibiendo el intento de retirada de los enemigos y la inmovilidad incomprensible de su compañero, fue obvia la elección de la kunoichi. Su humanoide espectro quedó guardando al político solo en caso de que un ataque emergiera desde las sombras, mientras ella misma salvaba rauda la poca distancia que la separaba del albino. Con los ojos anegados en lágrimas, sus dedos se separaron de las cuerdas para prestar asistencia al miembro del Sonido que se restregaba con pesar sobre la tierra misma. ¿Qué haría Razak en aquella situación? La imagen sobrevino a su confusa mente mientras que con los agiles dedos de una artista removía la capa que cubría los hombros del Nara. Arrancó de su propio vestido el jirón impregnado de la extraña sustancia, mientras que envolviéndolo sobre sí mismo y sobre más jirones lo aplico con presión en la herida. Por suerte el levantamiento de la piel era el mayor problema, no hubo perforación, por lo que impedir que la sangre continuara fluyendo era menester. Nerviosa apartó la mirada cuando el azul cielo de sus prendas adquiría el rojo carmesí de la sangre. Se percató entonces del esparcimiento a unos centímetros de su posición de un fino papiro que empezaba a ser tímidamente lamido por las llamas; remanentes de las sucesivas explosiones. Arrojando a las flamas las telas rasgadas que habían cumplido su función, salvó cuanto pudo del pergamino que pareció desprenderse del enemigo en su frenético rotar. Las lágrimas sin fluir acumuladas en sus cuencas dificultaban tanto su visión como su pensar, más no lo suficiente como para ignorar el contenido del papiro. Arrugando el mismo por la frustración lo guardo entre sus ropajes, lanzando al supuesto Anjami una desafiante mirada en la cual solo conseguía plasmar confusión y miedo. Y volviendo a Kiba, usó la capa antes retirada como un improvisado vendaje para el Nara. Su compañero necesitaba atención médica, y ella carecía de esos conocimientos. Su oportunidad yacía en alcanzar el punto seguro de que la misión les proveía.  El demonio desapareció del terreno al tiempo que Etwahl ocupaba su lugar en la espalda de la Yamanaka, quien dio por sentado que no habría peligro en su limitado campo sensorial. Ofreciendo su hombro a Kiba y señalándole a Anjami el sendero a seguir, el grupo reanudo la marcha, no dejando atrás nada más que fuego y sangre.


~❁❁~

Si bien el avance se había tornado más lento y la tensión por un nuevo ataque seguía latente, algo les hacía creer que a partir de aquel punto estaban fuera de peligro. O eso deseaba la fémina. Estaban ya tan cerca de su objetivo que no creían que enemigos se arriesgaran a rondar aquel lugar, pues la probabilidad de que los descubrieran era alta. Sona misma tenía la acuciante sensación de que estaba siendo observada, y el hecho de que aún no fueran víctima de un ataque dejaba en claro que se aproximaban al lugar correcto. Por otro lado las miradas de desconfianza que lanzaba sobre Anjami eran cada vez más frecuentes. No creía, o quizás no quería creer, que lo que estaba plasmado en aquel pergamino fuese cierto. Pues en caso de que la información fuera verídica, los que necesitarían protección eran ellos y no el pseudo diplomático. No podía evitar sentirse culpable en cierta forma, porque muy en el fondo, le era imposible ahogar ese leve sentimiento de emoción al caminar junto a lo que podía ser una leyenda viviente. Claro que la misma naturaleza de aquel hombre le provocaba repudio. Poco a poco las piezas del puzle empezaban a encajar en su cabeza, remontándose al momento en aquella cueva del Sonido hasta el instante en que comprendió la importancia del pergamino. ¿Era la esencia de aquel individuo el chakra tan siniestro que la fémina percibía desde un principio? Esa misma aura maligna fungía como freno a sus intenciones de saber más sobre el hombre. Empero, para Sona, Ikeda mismo era la piedra angular. ¿Por qué enviar a dos gennins a escoltar a un hombre que podía valerse por sí mismo? De quererlo, el falso Anjami habría eliminado a los atacantes antes de que Sona siquiera los percibiese. Y obviamente no los habría dejado escapar sino entendiese que su objetivo estaba asegurado. Era obvio que Ikeda sabía de la identidad del escoltado, pero ¿La conocían aquellos que lo recibiría? Por supuesto. Si aquella misiva estaba en circulación aquella apariencia de Anjami tan solo era un Henge con un tinte siniestro. Entenderlo causó una arcada en la fémina. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar Ikeda?...

Luego observaba el estado de su compañero y el nudo ascendía a su pecho. ¿Aquello era resultado de su indecisión? ¿Ello era lo que provocaba su falta de instinto asesino? Empezaba a acostumbrarse al pensamiento de que para salvaguardar a los suyos debía eliminar a los otros. Y eso la asustaba. Pero que alguien resultase herido estando a su lado no era la primera vez que ocurría, y la determinación de erradicar a unos para salvar a otros se encendía en su interior cual llama que empezaba a consumirla sin compasión. Ergo la Yamanaka temía ver como reaccionaria en la próxima batalla. Dirigió la mirada nuevamente al diplomático ¿Qué fuera aliado de Ikeda lo convertía en su aliado propio? Sona dudaba. Su misión simplemente era llevarlo al campamento, y el campamento se encontraba ya a simples pasos. La naturaleza del pergamino seguía torturándola mentalmente, pues la forzaba a pensar si guardarse la información o dar un voto de confianza a quien se internaría con ellos en la posible boca del lobo. Se detuvo por fin, y Kiba con ella. Le paso el pergamino que la estaba volviendo loca al albino, mientras intentaba transmitir en una mirada toda la calma que podía reunir. Kiba debía entender, principalmente porque había pasado más tiempo bajo el mando de Ikeda, que el feudo del Sonido no podía permitirse perder un aliado como aquel. Por lo que darle un voto de confianza y avisarle de lo que se cernía sobre ellos, debía ser su próxima jugada. Sonata, incapaz de pronunciar con palabras lo que su mente quería transmitir, dejo que Kiba pusiera voz a sus pensamientos. La reacción de aquel hombre no hizo más que sorprenderla. Si bien el temor palpitaba en su ser a medida que el Nara hablaba, un alivio inexplicable la acabo invadiendo antes de reanudar el avance y destruir lo que quedaba del pergamino.- ¿Qué clase de locos nos rodean…?


~❁❁❁~

Al frente, por fin, el final de su travesía. El destino de su misión. Un campamento militar se extendía por cuanto abarcaba la vista. Franquear aquella entrada daría un punto final a su recorrido, o eso quería. Mientras Sona más bien deseaba que Kiba recibiese la atención médica que necesitaba. Obviamente el ingreso no iba a ser sencillo, y no falto el guardia que interrumpió su camino. – Alto. Identificaos. Esta es una zona restringida.- Aquellas malditas palabras. Sona hubiese puesto una flecha en la lengua de aquel soldado de haber tenido un arco al alcance. Sin embargo se limitó a enarcar una ceja de puro desprecio. Un par de palabras fueron suficientes para que el soldado iniciara el camino que los llevaría a su objetivo. ¿Tenían permitido recorrer aquella senda? Algo le decía que en aquel momento era “Anjami” quien llevaba las riendas…


Datos:
->Tema de Origen<-

Habilidad Pasiva : Desde que comienzan a desarrollar sus habilidades mentales, los ninjas Yamanaka son capaces de detectar el chakra de sus alrededores, usando una variación de la técnica Kenshutsu sin necesidad de especializarse en técnicas sensoriales, esto debido a que algunas de sus técnicas están estrechamente relacionadas con la detección de individuos; sin embargo, su capacidad sensorial innata es bastante reducida en comparación a un especialista en esta área. Genin: 100 metros.

Stats:
• Ninjutsu 7
• Taijutsu 4
• Genjutsu 10
• Velocidad 9
• Resistencia 9
• Fuerza 3

Tecnicas: 6/8

Inventario:
• Hilos de Alambre
• Kunais
• Sellos Explosivos (4)
• Bomba de Humo (2)
• Bomba de Luz (4)
• Garras (2)
Tempest
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Re: Ascensión | ❁ |

Mensaje por Kibamaru el Jue Dic 07, 2017 9:39 am




 “De haber sabido que al final me golpearía él no me hubiera quedado a recibir el golpe… aunque no tenía una mejor movida”. Me estaba retorciendo de dolor en el suelo, mi pecho acababa de ser navajeado, de ser cortado como si fuera una catana cortando una fina hebra de cabello, ¿La hebra de cabello? Mi pecho, mi camisa y mi capa. ¿La catana? Las garras del sujeto  compañero del can. Mi pecho se encontraba desgarrado, con piel levantada y sangre saliendo. “Estoy acabado.” Pensaba, pues en la posición que estaba solo era otro golpe de magnitud similar y ya estaría llegando al cielo… o al infierno, quien sabe, pero el no recibir ningún daño posterior y el recibir la ayuda de Sona me dieron a entender que se escaparon. Sona, alguien a quien podría atreverme a llamar familia, pues aunque no lleváramos la misma sangre circulando por nuestras venas, el tiempo conociéndonos, como nos hemos tratado y por lo que hemos pasado tengo el privilegio de llamar hermana, al igual que Razak, demostraba una vez más ese lazo que nos unía cuando se acercó a mí y removiendo un pedazo de su vestimenta sin pensarlo dos veces trato de parar el sangrado. Cuando se acercó a mí, voltee mi mirada a ella, tenía los ojos inundados, parecía que en cualquier momento iba a romper en llanto. Le tome de la mano, la mano que le quedaba libre a ella, para hacerle saber que aunque estaba en las condiciones antes mencionadas estaba bien, que no había necesidad de llorar por mí todavía. Al parecer cuando vio que ya el paño improvisado para la sangre ya no aguantaba más se fue por un breve momento y luego volvió, en su regreso tomo la capa que había removido con anterioridad y la utilizo como vendaje para tratar de parar la sangre, me removí la camisa para que me ayudara con el “vendaje” y luego me la volví a poner, por primera vez la capa quedaba por debajo de la camisa. También me quite los guantes, quedando así mis dedos descubiertos. Sona me ayudo a levantarme para seguir nuestro camino. – Como se nota que has aprendido algo de Razak. – Dije mientras le secaba as lágrimas.

Íbamos avanzando, esta vez a un paso más lento, iba apoyándome e Sona quien me ayudaba en cada paso que daba. Unos cuantos metros nos detuvimos, o más bien Sona se detuvo y yo, por obligación, con ella y por ende el diplomático que estaba siendo escoltado también. Sona me paso un papiro que tenía algunas palabras escritas en ellas, al mismo momento de acabar de leerlas su rostro cambio, como si ahora es que estuviera entendiendo todo, en mi mente revivió aquella escena donde Anjami apareció por primera vez en el subterráneo del castillo el señor Ikeda. Volteé hacia el y le dije: - ¿Estas consciente de esto? - Le pasa el pergamino. - Nuestra misión es llevarte hasta allá y hasta allá te llevaremos. Pero supongo que con esta información en el aire debes vigilar tus pasos. ¿Es realmente un punto seguro ese campamento? – “Anjami” nos miró e una forma a la que era válida temerle pero luego, simple y llanamente dejo escapar una risa moderada y nos ordenó hacer silencio y simplemente continuar con el trabajo. Y así lo hicimos, llenos de dudas o por lo menos yo, iba pensando algo en cada paso que daba. “¿Por qué tomar la forma de alguien que todos saben que está muerto?, ¿Por qué no decírnoslo?, ¿Por qué involucrarnos a nosotros siendo el alguien capaz de sobra para hacerlo solo?”

Finalmente habíamos llegado al destino,  un campamento militar, “Por fin a punto de acabar esto” pensaba mientras nos acercábamos a la entrada, como era de esperarse allí, a un paso de entrar alguien detiene la marcha y nos pide identificarnos, algo que en un principio e pareció algo extraño pues se suponía que aquel hombre con ver a “Anjami” debía saber quiénes éramos y que buscábamos allí pero luego e hablar con él nos guía dentro del campamento hasta donde debíamos ir, parece ser que no a todos les llego el comunicado con la información del papiro que me había mostrado Sona anteriormente. En la primera oportunidad que se me presentara para sentarme lo haría sin pesarlo dos veces, pero mientras tanto me quedaría parado apoyado en Sona. Las molestias y el dolor por los cortes seguían presentes pero se calmaban en los momentos que nos encontrábamos estáticos.





**:
Stats:
• Ninjutsu: 10
• Taijutsu: 4
• Genjutsu!: 3
• Velocidad: 8
• Resistencia: 3
• Fuerza: 4

Armas:
•Kunais x8
•Papeles bomba x2
•Hilos de alambre

tecnicas 4/6
Kibamaru
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Re: Ascensión | ❁ |

Mensaje por Seiichi el Miér Dic 13, 2017 10:48 pm


El regreso, había sido más duro que la partida. Con un tercio de su torso al descubierto; portando múltiples heridas superficiales que únicamente acrecentaban el pesar de su cansado cuerpo, se acercaba a una de las entradas al campamento. Seiichi tiraba de su caballo con cuidado mientras caminaba a su izquierda, dejando que tanto el espía como un malherido Dastan O'Donnell, pudieran descansar. Cada comisura inamovible del medio pelirrojo, demostraba una carencia de satisfacción que podía resultar inexplicable para la mayoría de los espectadores. Cuatro guardias que vigilaban ese lado de la muralla, se percataron del estado en el cual Seiichi Kaen estaba regresando a destino, por lo que salieron por la puerta principal. Corriendo; sin hacerle perder tiempo. Los hombres de Hinoarashi tomaron a las dos personas inconscientes con mucho cuidado, preparándose para llevarlos a ambos a la tienda médica que estaba montada dentro de la base militar. El heredero de los Kaen, dedicó parte de su atención a las acciones perpetradas por los que se acercaron a echarle una mano. — Cuidado con ése. Es el espía. — Mencionó con un tono de voz natural. El iris carmesí de su ojo izquierdo ardía en recuerdos de la batalla que había sido desatada en el campamento que ahora moría en llamas. Podía ver en cada quemadura de ese hombre inconsciente, de lo que era capaz cuando se dejaba llevar por sus emociones. Cuánto podía lastimar a otro ser humano. De reojo y antes de partir por su cuenta, observó al rubio. Tenía la imagen vívida en su cabeza de cuando clavó la espada, y se agachó frente él. Seiichi jamás había presenciado tal acto de rendición por ninguno de sus enemigos, lo cual empezaba a tornar borrosa la línea que separaba a ése individuo de víctima y agresor.

El joven soldado, se mantenía erguido en cada uno de sus pasos en dirección a la entrada. Ignoraba sus propias heridas; su propio malestar. Como era de costumbre, mantenía la misma firmeza de siempre, sin importar qué pudiese estar sintiendo en ese momento. Escuchó el alto de uno de los guardias, que al parecer ni siquiera iba dirigido a él, sino a un par de individuos que no reconocía, ni tampoco se había molestado demasiado en ver. Pasó por un costado de ellos, apenas mirando de reojo a la fémina de ese grupo por unos instantes. Inexpresivo, no hubo ni un ápice de rechazo por la presencia de esa persona. Tampoco interés. Se percató de que algunos soldados, adoptaban una firme posición cada vez que pasaba cerca de ellos. Era un gesto extraño; ¿por qué una demostración de respeto si no era más que un Genin en las tropas? Seiichi nunca se ha molestado en aprender a procesar lo que el reconocimiento significaba. Aunque continuase dándole al mundo una mirada helada, seguía siendo un chico que había vuelto del infierno. Todavía, tenía que amoldarse a las experiencias que acababa de recibir por las malas. El hedor de los cuerpos de sus camaradas, calzinándose en las llamas. Lo único que pudo alejarle de ese tipo de pensamientos en aquel momento, fue ver un par de rostros conocidos. Los mismos soldados a los que le había dicho que se retiraran, ahora estaban a salvo. Se recuperaban, entre alguna que otra sonrisa de alivio que se dibujaba en rostros antes preocupados. Eso, tal vez, le había dado cierto valor a las fuertes acciones del medio albino.

— Con permiso. — Anunció su llegada a la tienda del shogun, removiendo los telones con su brazo derecho. Sin ninguna certeza sobre quienes estarían presentes dentro, Seiichi se paró en seco en el centro del lugar. Recién llegado de sus batallas, el estado del que llevaba un tercio del rostro quemado podía verse con claridad. Parte de su atuendo, arrancado. Magulladuras y otro tipo de quemaduras superficiales, también eran relucidad por un muchacho que mostraba una inquebrantable postura. Aunque su rodilla derecha, de vez en cuando, le fallaba por el cansancio. — El espía de Kakkinoaru'en ha sido capturado. — No mencionó haber traído a Dastan al campamento, pues ya sus superiores se encargarían de qué hacer con él. El silencio se apoderó de la improvisada sala, hasta esperar una respuesta. A pesar de que la mirada de Kaen no mostraba absolutamente nada diferente, estaba extramadamente atento a cualquier movimiento de los presentes.





OFF:
Vestimentas:


Stats:
• Ninjutsu: 10
• Taijutsu: 7
• Genjutsu: 7
• Velocidad: 10
• Resistencia: 10
• Fuerza: 10
Inventario:
Píldoras de soldado x03
Kunais x10
Hilos ninja
Seiichi
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Re: Ascensión | ❁ |

Mensaje por Narrador el Vie Dic 22, 2017 4:01 pm



La agitación era máxima en el conglomerado de tiendas. Heridos por doquier, tirados en el suelo, tumbados en improvisados camastros, obligaban a expandir el hospital de campaña. Los médicos, corriendo de un lado para otro, seguidos por séquitos de ayudantes y enfermeras, no daban abasto para acallar todos los gemidos de dolor.

En esos momentos, a nadie, o casi nadie, le importaba la llegada de unos extraños. Quienes decidían gastar un momento de su valioso tiempo en girar la cabeza, tan pronto la devolvían a sus quehaceres, dejando a aquellos dos, y su acompañante, a la deriva. Los encargados de controlar el flujo de entrada y salida también estaban desbordados con semejante oleada, algo que, a su vez, repercutía en su eficacia a la hora de escalar por la cadena de mando para llevar las noticias.

Pasaron muchos minutos, hasta que por fin alguien se dignó a hablarles a aquellos dos.

Aunque su uniforme era muy parecido al de la masa uniforme que corría de un lado para otro, los galones en el hombro derecho gritaban en silencio su importancia. Un oficial, aunque de la escala más baja entre los altos mandos, salía a su encuentro. Un hombre más bien bajito, no muy destacable por su forma física, tirando a rechoncho, pero con una mirada penetrante que atravesaba a los extranjeros de la misma manera que una espada podría haberlo hecho. Desconfiaba de ellos, pero cumplía órdenes.
Un vistazo rápido a la pareja, para después saltar al hombre de más edad; detuvo en él la lanza, dubitativo.

Intenta que le den algo a tu amigo, antes de que esas heridas de su pecho se infecten y terminen matándolo. Pero no queráis pasaros de listos, esto es un favor, no una obligación. Si tenéis que esperar, lo haréis en silencio, sin molestar a nadie. — dijo. Por el tono, estaba claro que ese hombre menudo no acostumbraba a recibir órdenes, pero, a darlas sin recibir jamás una respuesta distinta a “Señor, sí señor”.  A continuación, se dirigió a Anjami, al que veía por la ventanilla de la carroza. Sus humos bajaron en el instante que hubo de dirigirle la palabra al diplomático: — Le esperan, señor. Si es tan amable, sígame.

El político asintió con una sonrisa envenenada, descendiendo desde las alturas a ras de suelo. No se despidió de su escolta. Ese par había perdido toda la utilidad y, en lo que a él respectaba, podían caer presa de las infecciones o de un soldado desquiciado a quien el trauma de lo vivido lo arrastrase hasta el fondo en un abismo de locura. No faltaban de esos, gritando con los ojos abiertos de par en par, como si el infierno se abriese ante ellos en cada segundo de sus, desde ahora, miserables vidas.

Más tarde, la llegada de otro pequeño grupo desató, esta vez sí, el revuelo general. Un adolescente que difícilmente podía llegar a los veinte años, quedándose por debajo en todas las estimaciones, hacía acto de presencia junto a un caballo y dos prisioneros. Pero ni el animal ni los otros dos importaban lo más mínimo. Él, Seiichi, hijo de Fuego, era quien de verdad atraía las miradas.
Vestido de sudor, con una capa de quemaduras y rasguños, desaparecía un niño y plantaba con firmeza heroica el pie un héroe. Los heridos estaban heridos gracias a él, pues de no haber sido así, muchos serían los nombres escritos en las cartas enviadas a casa para comunicar la muerte de familiares alistados en las tropas de la coalición.

Quienes se lo cruzaban no podían evitar apartarse de su camino. La sensación, claro, era muy distinta a la de ante. La leyenda negra de ese chico lo precedía, y de él se decía que anteponía la misión a cualquier vida, incluso ya suya, por eso había sido siempre el favorito de los oficiales, el espejo donde, según los que mandaban, habían de mirarse los soldados rasos; ellos nunca habían querido parecerse al estirado de dos colores hasta ese día. No había miedo en las miradas de quienes lo seguían hasta que pasaba, pero respeto que, por primera vez, los hacía querer ser igual que él. Coraje, arrojo, determinación y camaradería eran las palabras que se oían en entre susurros anónimos

Procuraremos que se estabilice para poder recuperar toda la información posible, Seiichi-sama. — y ahí estaba la muestra máxima de respeto, en una partícula reservada habitualmente sólo para quienes llevaban en el rango escrito en el pecho, garabateado con galones de méritos, la mayoría olvidados.

En el camino hacia la tienda de Juroi, una cara conocida trataba de evitar cruzarse con la mirada del pequeño Kaen. A diferencia de todos los demás, él se sentía avergonzado, notaba las puñaladas del remordimiento desde dentro. Había dudado de quien, ahora, regresaba para cubrirse de gloria. Era el mismo soldado que le había comunicado la situación de Umei y los suyos, ahora vivos gracias a él.

Aquí lo tenemos, por fin. El verbo hecho carne, la semilla de la que por fin empieza a nacer un nuevo árbol. Debes estar orgulloso, Fuego. Tu hijo ha salvado muchas vidas hoy. —

Jorui, tan inoportuno con sus palabras como siempre, presidía la mesa sentado en uno de los extremos. Fuego estaba a su izquierda, callado, tratando de ignorar al traidor amarillo. A la derecha del general aparecía una nueva figura. No era un militar, eso estaba claro por cómo vestía, y sin embargo se sentaba como uno.

Así que, el legendario guerrero ahora tiene a la competencia metida en su propia casa. — Anjami, quien estaba sentado a la derecha, primero dirigió sus palabras al viejo Fuego. A continuación, a su semilla — ¿Por qué no nos cuentas tu historia, chico? Mi mensaje puede esperar, siempre he sentido cierta… admiración por los jóvenes con talento. — el tono variaba enormemente en un espacio de tiempo muy corto. Al líder de los Kaen le reservaba un timbre neutral, aunque claramente enfrentado, mientras que para el heredero de su apellido había notas de oscuro interés, como si, casi, no pudiese contenerse para evitar saltarle encima.

Ha salvado a todo un campamento. De no haber sido por él, en vez de estar haciendo recuento de heridos lo estaríamos haciendo de bajas — interrumpió el de dorada armadura, antes siquiera de que Seiichi pudiese abrir la boca para explicar nada — . Además, ha capturado a un espía enemigo y ha salvado la vida de una de nuestras agentes, sin mencionar que ha detenido un intento de asesinato en contra de otro de nuestros oficiales

Es, sin duda, un buen añadido a cualquier expediente. Esperemos que sobrevivas a esta guerra, para que todo eso no se pierda tan pronto en el tiempo — la sonrisa del diplomático se ensanchó de forma curiosa en ese instante, pero se borró en el siguiente. Su mano se extendió hacia el sitio que faltaba por ocupar en la mesa, justo frente a Jorui — . Creo que has ganado el derecho de acompañarnos en esta reunión. — invitó cortés.

Fuego, pero, no recibió de tan buena gana la presencia de su descendencia en la mesa. No estaba claro si era envidia o algo más lo que estaba comiéndoselo por dentro, aunque estaba claro que había algo; disgusto, tal vez, por haber desobedecido el más joven una orden directa.

La tensión se podía cortar con un cuchillo. Jorui y Anjami sonreían cómplices, mientras el que forjaba las llamas a su alrededor mantenía el semblante estoico que le daba su fama. Seiichi sólo podía limitarse a mirar el mapa, con los puntos quemados donde habían caído campamentos aliados, y esperar otra orden. Una que jamás habría creído recibir.

Al amparo de las sombras, las manos del único que no había estado nunca en un campo de batalla se movieron a gran velocidad.

Sozoshi no Tanbô prestará su ayuda a Hinoarashi para hacer frente a Kakkinoaru’en, aunque con una condición. Cuando Himawari sea derrotada, su castillo y sus tierras no serán ocupadas por las fuerzas conjuntas del País del Fuego. Pasarán a ser territorio de Sozoshi no Tanbô y su administración recaerá directamente en un diplomático designado por el propio Ryuutaro.

Inaceptable. — tajó Fuego, a la vez que apoyaba las dos manos en la mesa. No había dado un golpe, no le hacía falta para demostrar su autoridad superior

Jorui reaccionó al movimiento del Kaen mayor retrocediendo levemente.

En ese instante, la tensión estalló como una olla olvidada en la hoguera durante horas.


Anjami, con el chakra la acumulado, resquebrajó su mandíbula con un chasquido húmedo. Una masa de escamas, una serpiente de imposible tamaño, salió disparada de la boca astillada en dirección a Seiichi. A su vez, la mesa se levantó, impulsada por un golpe seco, poderoso, del volcán humano, y con un puñetazo que hizo estallar la madera en grandes trozos, voló para impedir que el reptil llegase siquiera a lamer la piel más joven.

Ya de pie, Fuego volvió a cerrar el puño y a hundirlo, esta vez en la tierra. Un atronador crujido, como si la propia corteza del globo al completo sintiese que estorbaba y tratase de apartarse del camino de la carne envuelta en llamas, precedió a un estallido aun mayor. La onda de choque tumbó las tiendas antes de expandirse de verdad y arrancar de cuajo los árboles en casi medio kilómetro, dejando expuestas las raíces más grandes que personas.
Alrededor de la tienda principal, un muro de lenguas ardientes se cuadró ante la voluntad de quien lo domaba, encerrando en un círculo de candentes paredes a todo lo que hubiese en un espacio de treinta metros a su alrededor, dejando fuera, pero no indiferente, a todo el mundo. Sólo ellos cuatro, Fuego, Jorui, la serpiente y Seiichi permanecían allí dentro. El primero con el puño todavía incrustado en la tierra; el segundo huyendo como la rata miserable que era, por más que se viese con oro y joyas; el tercero arrancando pedazos de madera del tamaño de un brazo humano de su pecho y cara; y el último, seguramente, desorientado por la velocidad a la que había sucedido todo.

Atrapa a Jorui. — dijo, irguiéndose de nuevo, la efigie de las llamas. Su barba y hombros brillaban con la intensidad de un pequeño sol, las líneas que atravesaban su pecho, como mil estrellas atrapadas en un solo punto — Vivo. — añadió finalmente.

El traidor amarillo había encontrado tiempo, en lo que el mitad albino se recomponía de los hechos, para esconderse entre los restos de las tiendas amontonadas casi al borde de la fortaleza impenetrable de Fuego. Era peligroso, a pesar de no ser un ninja, sobre todo por su falta total de escrúpulos. La había demostrado intentando asesinar a Soichiro, pero también al tratar de vender el cuerpo de Seiichi, o el del propio maestro de los Kaen, a cambio de un pedazo de tierra en el que gobernar a su antojo. Él era a quien se le había prometido, falsamente, el castillo de Tsukasa y todas las tierras de Kakkinoaru’en a cambio de debilitar a Hinoarashi y Fenikkusu.

Desde lejos, la pelea entre sendos adultos no podía describirse con palabras. Sukeaki, habiendo dejado ya atrás la piel de Anjami, hacía crecer de nuevo las extremidades desde la forma de serpiente. Le había salido caro el no poder ocupar el cuerpo más joven, pero seguía siendo el guerrero temido por todos, frente a quien, ni tan siquiera otros líderes de grandes clanes como el Uchiha o el Yotsuki, querían estar. El hábil manipulador del fuego, sin embargo, no parecía perder los estribos. Seguramente estaba nervioso, pero eso era bueno. El miedo que pudiese tener hacía galopar la adrenalina a través de sus venas, volviéndolo más rápido, más letal, si eso era posible sin romper ninguna regla de la naturaleza misma.

Grandes llamaradas rugían en el centro del bastión ígneo; gigantescas sierpes, de más de un metro de ancho, se erguían para detenerlas, muriendo calcinadas en el acto. Un despliegue de poderes que el mundo había presenciado sólo en muy contadas ocasiones, con el líder de uno de los grandes clanes enfrentando al hombre que hacía preguntarse qué era cierto, si a él lo nombraba el elemento o si él le daba nombre.
Desde fuera, sólo las grandes humaredas, el sonido de las explosiones y el agónico siseo de miles de animales muriendo por segundo permitían imaginar lo que estaba ocurriendo.

La virulencia de los ataques iba in crescendo entre ambos monstruos. El terreno a su alrededor mutaba de formas impensables, con agujeros y volcanes surgiendo de la nada, estanques de fuego o lagunas de varios metros de profundidad donde, en lugar de agua, el cascabel de cientos de serpientes se agitaba con furia a la vez que trataban de penetrar la piel incandescente en vano, pues su veneno se sublimaba mucho antes de llegar a inyectarse.

A medida que se acercaba el final, los dos grandes símbolos de sus respectivos clanes también lo hacían. Y con su recorte de distancias, aumentaban los golpes físicos entre ellos. Demostraban, así, que no sólo eran grandes maestros en lo que a manipular el chakra se refería, pero también en las artes cuerpo a cuerpo pues, de sus golpes, sólo la sombra y el reflejo alcanzaba a verse, aunque sin duda el mejor narrador de todo aquello era el brutal sonido de los dos cuerpos chocando con distintas partes entre sí, capaz de recorrer decenas de metros antes de convertirse un eco lejano.

Finalmente, era Fuego el que se alzaba con la victoria. Sukeaki era un ninja hábil, un guerrero sin parangón y un estratega como apenas existían, pero todo eso no le permitía sobrepasar la colosal fuerza del líder de los Kaen. En un último y desesperado intento por no morir, el bicentenario cabeza de la familia ninja escupió su propio mejunje ponzoñoso a los ojos de su rival. Afectado por esto, el hombre al que protegían las llamas falló el primer golpe, hendiendo una vez más la carne desnuda en la tierra. El segundo, pero, no falló porque Fuego le sujetó el cuello hasta que escuchó como la tráquea del engendro se fracturaba en pedazos, precediendo así al cráneo que aplastó con una mano convertida en una cuchilla de llamas concentradas.
Cerró los ojos, sintiendo que el mundo se apagaba ante estos.

Sukeaki, a pesar de derrotado, logró huir. Las quemaduras causadas por su adversario, ni siquiera el crear un cuerpo totalmente nuevo las podría borrar, pero al menos estaba vivo. Había fracasado en matar al gran hombre que protegía con celo enfermizo a los suyos, y a cambio se llevaba la información con él.

Jorui tendría que apañárselas solo. La alianza tejida oculta a la vista de todos quedaba disuelta para siempre. El traidor amarillo jamás gobernaría, pero la historia todavía no se había pronunciado sobre el punto y final a la historia de Yamada Sukeaki, el ninja de las mil vidas.

Off:

Kibamaru y Tempest:

Resultado como equipo - Suspensos: No hay coordinación de ningún tipo. No veo un equipo cuando leo vuestros post, veo dos personajes independientes, dos luchadores que pelean uno al lado del otro sin importar lo que haga el compañero. Si queréis seguir progresando como equipo, y si pretendéis afrontar el examen Jonin como equipo, os aconsejaría muy seriamente trabajar en esto que os digo y procurar que exista, al menos, algo de sinergia entre los dos.

Resultados individuales:

Tempest - Aprobada: De forma individual, has demostrado conocimiento de las normas de combate, así como resolución durante el mismo. Eso era lo que se evaluaba aquí.

Kibamaru - Aprobado: Más o menos lo mismo que a Tempest. Eso sí, ten cuidado con los tiempos verbales y la persona que uses para narrar las acciones de tu personaje. No es agradable, ni ayuda en nada a la hora de leer un post, que pases de narrador en primera persona a narrador en tercera persona o narrador omnisciente en un mismo párrafo, a veces incluso en la misma línea, varias veces.

Seiichi:
Ahí tienes lo que llevo prometiéndote todo el examen, Seiichi. Te dije que Fuego tendría un momento épico, y creo que este ha sido bastante épico. Puedes responder a continuación atrapando a Jorui. Fuego no tiene nada grave en los ojos, pero estará un tiempo (unas semanas) sin ver demasiado bien por el veneno que le han escupido directamente a los ojos, por si quieres aprovechar esto para su background o, incluso, para el tuyo. Espero que te haya gustado. ^^

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Re: Ascensión | ❁ |

Mensaje por Seiichi el Mar Dic 26, 2017 2:52 am


El frío y el calor, se cruzaron brevemente entre una fugaz mirada de padre a hijo. De hijo a padre. En los interiores de la tienda, había en el aire una tensión de lo más particular; ajena a la que pudo sentir durante los momentos decisivos en la guerra de la que acababa de regresar victorioso. Generaba un malestar que se distaba de cualquier otro tipo; como una fuerte intoxicación que empezaba a esparcirse por sus pulmones. Tres individuos se encontraban sentados en cada extremo de la mesa. Era el punto de origen de donde salía el veneno que ni Seiichi Kaen pudo ignorar. Escuchar los elogios arrojados por el hombre vistiendo prendas doradas, era el peor insulto que podría haber recibido luego de una larga noche. Incluso la soberbia de su joven señor feudal era reducida al tamaño de un insecto, en comparación con los cumplidos de un individuo que quiso seducirlo para entregar una orden suicida a las tropas de su feudo. Y aún así, el heredero del hombre que desprendía llamas anaranjadas se mantenía recto; en total silencio. De reaccionar tan fácilmente por el pobre comportamiento de sus "superiores", jamás habría llegado a donde está ahora. "El soldado perfecto". Aunque Jorui no consiguió ningún tipo de reacción por parte del medio pelirrojo, tampoco recibió la leve muestra de respeto que Seiichi suele dar a aquellos que se encuentran sobre su rango. Su padre, quien lo conocía bastante bien, podría percatarse de eso.

Entonces, como si un depredador saltase sobre su cuello directo a la vena más jugosa del montón, se cruzó con la inquietante mirada de una nueva figura. El joven Kaen, desentendido en la gran mayoría de los casos con sus propias emociones y reacciones corporales, hizo caso omiso a la advertencia de su instinto de supervivencia. Se percató de la espina que el engimático sujeto quiso clavar de forma indirecta sobre la ardiente coraza de Fuego. El ceño del medio albino tembló por un segundo al mirar de reojo a su padre. "Después de lo que hice, no dice absolutamente nada. No sé qué estaba esperando..." los pensamientos de Seiichi se encontraban envueltos por el mismo rencor de siempre; se devoraba la atención que debía estarle dedicando a la conversación de los otros dos presentes. Una llama en su interior ardía con furia por el desinterés que mostraba Fuego. — No moriré. — Respondió inmediatamente al sonriente diplomático con firmeza. Y una innecesaria dosis de confianza en sí mismo que pecaba de arrogancia. Para ser conocido como un soldado frío, cuando sus sentimientos logran interponerse en su camino, terminan siendo más gasolina para un estado volátil. Los pasos del que portaba múltiples magulladuras en su piel fueron largos y no mostraban ninguna clase de titubeo, llevándole directo al sitio que faltaba por llenar en la mesa. Al encontrarse en el mismo territorio que los otros tres, fue expuesto con mayor potencia a esa venenosa tensión. Entre el notorio disgusto por parte de Fuego, y el ridículo tratado que el nuevo sujeto había escupido sin tapujos en presencia de los demás, una situación mayor de lo que él podía controlar, fue desatada con la furia contenida de dos fuerzas. El destino de las cuatro personas presentes en esa tienda, estaba ahora en juego.




Parálisis. El enjambre de escamas que formaban un enorme depredador frente a sus ojos bicolores, produjo un latido que resonó con gran potencia en el interior del medio albino. La sensación fue tan fuerte, que por un momento pensó que había sido capaz de fracturarse varias costillas solo con su corazón. Una secuencia de acciones demasiado veloz para el heredero, dejaron su futuro en manos de los demás. Ningún libro que había leído, o entrenamiento que había completado, le dieron las herramientas para defenderse ante lo imprevisto. Solo se dibujó la expresión de alguien que se llevó una horrible sorpresa. Miedo. Fue entonces, cuando finalmente pudo presenciar un acto por parte de Fuego que no pudo despreciar. Fue la misma clase de acto heroico que Akihiko había realizado en el asedio contra los Tigres en Llamas, y la misma esencia que él lleva negando interiormente desde hace varios años. ¿Cómo luce la auténtica valentía? — Fuego... — Es lo único que pudo desprender de su garganta en ese momento, mientras dos titanes colisionaban bañados en llamas y poderosas convicciones. Recibió inmediatamente una orden por parte de su padre que no tuvo intención de rechazar. Jorui intentaba salirse de ese infierno entre un montón de escombros y otro tipo de objetos que colapsaron luego de que el combate se dio a lugar. El sitio fue rodeado por un poderoso anillo de fuego, y las masas del campamento se rodearon fuera de él pensando una forma sobre cómo asistir a quienes se encontraban dentro. Segundo tras segundo, la estabilidad de Seiichi era puesta a prueba con cada temblor de la tierra. Serpientes intentaban alzarse desde cada rincón, a medida que brillantes erupciones en la tierra iluminaban el centro del campamento. Antes de poder localizar a su objetivo, el joven al cual una gran tarea le había sido depositada, presenció de reojo lo que sería una batalla histórica e irrepetible. El verdadero poder de dos individuos, quienes variaban entre ataques de Ninjutsu a media distancia, y se unían en el centro para una apreatada contienda cuerpo a cuerpo.

El quejido de un hombre, pero, alertó al muchacho con un tercio del torso desnudo. Apretó los dientes en cólera; bañado por un sinfín de emociones que empezaban a abrumarlo. Una simple secuencia de sellos fue realizada, simplemente con la intención de amoldar todo el chackra posible en un único punto. — ¡Jorui! — Gruñó el muchacho en medio de un llameante escenario que él no había causado. Maldecía a ese hombre con su propio nombre, y así captando su atención. — Debí haberte matado en tu casa cuando tuve la oportunidad. — Jorui se dio la vuelta, forzando la mejor sonrisa altanera que pudo para camuflar el pánico en el que estaba sucumbiendo. Velozmente, desenfundó una espada de hoja fina, arrojando rápidas y precisas estocadas al joven Kaen, quien se había armado con una kunai en cada mano. Así, se contrastaba la diferencia de poderes entre padre e hijo,
quienes compartían el mismo campo de batalla pero no enemigos
. Entre el caótico encuentro de Fuego y el hombre de las mil vidas, Jorui y Seiichi danzaban entre las chispas que sus armas desprendían al encontrarse en un mismo punto. Al no ser la especialidad del medio albino, recibía eventualmente cortes superficiales en distintas partes de su cuerpo; en zonas que empezaban a generarle molestia al moverse. La escena que se estaba dando justo en el corazón de las fuerzas de Hinoarashi, era acompañada por la tristeza de la mismísima lealtad de cada soldado. Lealtad que, inquebrantable incluso en un momento así, se mostraba decepcionada por haber sufrido traición por parte de uno de los suyos. — ¡Fuego! — Genuina preocupación por parte de su hijo, al ver ése vil veneno cubrirle los ojos al guerrero flamante, quien imponía toda su fuerza sobre el cuello del engendro. Ese descuido, generó una contundente patada por parte del que vestía prendas doradas, directa al pecho del bicolor. Esta, lo despidió hasta cinco metros, provocándole una seria molestia para volver a ponerse de pie.


Los colosos caían, y solo dejaban en pie a dos opuestos, todavía aprendices en su campo.
El leal y el traidor.



Las botas blancas de Seiichi, normalmente mantenían parte de sus pies protegidos del entorno. Ahora, podía sentir el aire caliente filtrándose, provocando un intenso ardor en cada uno de sus dedos en una última carrerilla. Furia; como un diamante bruto. Antes de llegar a Jorui, una zancada final le impulsó hasta tres metros de la tierra. El viejo, preparaba una estocada que escribiría un desenlace en la historia de Seiichi Kaen. Por parte del Genin, había juntado cada extremidad en su pecho, con la intención de traer el invierno a la candente escena. ¡¡Ggaaaaaahh!! Se abrió completamente, liberando una ráfaga llameante que teñía la tierra en su radio, de blanco. Como una bomba que acababa de explotar, el impacto de la misma desprendió a Jorui de la superficie, provocándole múltiples quemaduras en distintas partes de su cuerpo y sumiéndolo en la inconsciencia.

El más joven de los dos Kaen, cayó de rodillas al suelo, teniendo otra vez dificultad para ponerse de pie. Jadeando, se abrió paso entre la humareda hasta encontrarse frente al anillo de fuego que hizo su padre. Perdía su poder debido al estado de su usuario. Seiichi, tras otra serie de sellos, libró una llamarada cerúlea de su mano izquierda en dirección a las anaranjadas, provocando que estas se anulen mutuamente y así abrir un camino. Volátiles ráfagas de viento se alzaron a los cielos; resultado de dos fuerzas que aunque similares, opuestas eran. — Alguien allí necesita atención médica. — No mencionó su nombre; tampoco el título que su clan le otorgaba a su líder. — Lleven a Jorui a una celda. Es un traidor de Hinoarashi; enemigo del país entero. — Se notó el desagrado en su voz.

Cuando regresó a la escena, únicamente se encontró con Fuego mostrando las represalias de su ajustado combate. El otro sujeto, ya no se encontraba entre ellos. El joven Kaen juraría haber escuchado su cuello partirse en dos, pero con Jorui como prisionero, pronto darían con información útil. — Esto no cambia nada. — Dijo un hijo por lo bajo a su padre, antes de darle la espalda e ir por su caballo. Acercándose con lentitud al establo y mostrando más heridas de las que antes de entrar a la tienda tenía, se encontró con el apoyo de varios hombres que pasaban por un costado suyo, dirigiéndose a la escena del caos. Sintió una palmada en su hombro. Luego, otra más. Se fusionaban en una única muestra de respeto, meciendo ligeramente el cuerpo cansado del muchacho con cada toque que iba recibiendo. Un picor le generaba gran molestia en los ojos, provocando a llevarse una mano al rostro para ver de qué se trataba. Después, vió lo que había en las yemas de sus dedos. — Ah...



... ¿Qué es esto? — Lágrimas.






OFF:
Vestimentas:


Técnicas:
* Nombre: 凍結消 — Cryoincineration
Tipo: Ninjutsu
Sellos: Dos (Dragón — Caballo)
Rango de alcance: 2-9 metros
Descripción: Tras tan solo un par de sellos, el usuario transforma suficiente chackra en su nuevo elemento como para rodearse a sí mismo con el por un máximo de ocho segundos. Con sus dos manos, es capaz de manipular el fuego subzero de diversas formas, con la única intención de ocasionar quemaduras y otro tipo de daños respecto al stat Ninjutsu. Además de poder atacar en función de lanzallamas [Mayores quemaduras] [2 mts.], puede moldearlo de tres formas diferentes:
— Tres proyectiles pequeños. [Mayor precisión] [7 mts.]
— Una gran, malformada esfera de fuego. [Mayor daño] [5 mts.]
— Dos medialunas. [Mayor alcance] [9 mts.]
Efectos de Iced Torch: Aumenta a cinco proyectiles pequeños — Gran proyectil de forma cónica de mayor tamaño que la esfera — Tres medialunas.


* Nombre: 冬の爆弾 — Winter Bomb
Tipo: Ninjutsu
Sellos: Cuatro
Radio de la técnica: Cinco metros [Siempre el mismo]
Descripción: Esta técnica de área requiere tiempo tras haber realizado la serie de sellos para reunir la cantidad de chackra necesario. Una vez está preparada, el usuario comprime su cuerpo cuanto más puede, preparando la repentina liberación de energía. Dos segundos luego, él se abre, estirando todas sus extremidades y librando una ráfaga glaciar e incineradora que causa considerable daño de área. La temperatura en el radio afectado disminuye mucho.
Limitación: Dos usos por batalla.
Efectos de Iced Torch: Un -2 en Velocidad en los próximos dos turnos a los afectados.
Stats:
• Ninjutsu: 10
• Taijutsu: 7
• Genjutsu: 7
• Velocidad: 10
• Resistencia: 10
• Fuerza: 10
Inventario:
Píldoras de soldado x03
Kunais x10
Hilos ninja
Seiichi
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