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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Abasteciendo la desgracia ❁

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Abasteciendo la desgracia ❁

Mensaje por Narrador el Vie Sep 08, 2017 6:16 am


Porque incluso en mitad de una guerra la gente encuentra maneras de sacar beneficio, las múltiples granjas del País del Fuego veían marchar, no a soldados, pero, bolsas de monedas que a cada paso tintineaban bien rellenas. Cada hombre en cada escuadrón era un pago asegurado, algo que convertía en imposible ocultar la sonrisa de los más avaros o los más necesitados de ese torrente de ingresos. Asagami y su familia pertenecían a este último grupo.

El hombre, ahora anciano pero todavía trabajador, había elegido en su juventud mantenerse lo más lejos posible de lo que consideraba una riña entre tres niñatos incapaces de convivir con su propia estupidez. Había elegido, para ello, un pequeño terreno sin explotar en un área remota del bosque, a una distancia igual del trío fatídico y más cerca de la capital, refugio por excelencia si las cosas se ponían demasiado feas. En mitad de la nada, de un terreno virgen y salvaje, había construido con sus propias manos una casa y un establo, arado la tierra desde hacía muchos años y plantado cada semilla con la esperanza de no pasar nunca hambre, como sí lo habían hecho sus padres.

La vida, pero, da muchas vueltas. Resultaba ser esa lejanía lo que lo condenaba a sobrevivir en vez de a vivir. Vérselas con los bandidos, saqueadores de caminos, los animales y hasta el propio clima no parecía la forma ideal de pasar la vida, ni siquiera para un hombre que, a sus casi sesenta años, había perdido ya a una mujer y dos hijos.
Allí seguía, sin embargo, madrugando cada mañana antes de que saliese el sol por encima del telón de fondo, levantándose sólo para volver a doblar una maltratada espalda y poner en juego su integridad para mantener a la familia que le quedaba: un hermano menor enfermo y una hija bastarda que, vaya a saberse hasta cuándo hubo de remontarse en su propio linaje para ello, había heredado las habilidades de un antepasado muy peculiar y desconocido hasta el nacimiento.

Aún así parecía feliz.

La mala suerte y el destino se aliaron en su contra ese día, como si de una broma cruel se tratase, o una lección de la injusticia del todo innecesaria para alguien con su experiencia. Los insectos, ya de por sí un problema en cualquier sembrado, servirían como artífices del principio de su final, llevando información a un extranjero sin otro cometido que el de arrasar con todo pues ahora, como el resto de granjas del país, se había visto forzado a trabajar con alguno de los feudos, teniendo tamaña desgracia de ser su nuevo patrón ese que llevaba la dominación por bandera.

Y a pesar de lo joven del día, la todavía más joven muchacha ya se levantaba, acostumbrada a la vida en el campo, lejana a las preocupaciones de otros ninjas, pero igual de bien entrenada que aquellos cuya supervivencia era un hito a franja opacada por el paso del segundero.

A lo mejor no tenía ni quince años, tal vez estuviese hasta por debajo de los catorce, pero incluso con esas, su apariencia llegaba a resultar, como poco, llamativa. Yumei no era una niña normal, a fin de cuentas, o al menos así lo querían hacer ver el par de protuberancias que le nacían por encima de las cejas y no hacían más que crecer con cada año de vida. Envuelta totalmente en ropa modesta, de arpillera mayormente, apenas se veía su figura tan delicada como letal, siendo su único mensajero del peligro el sable que, tímido, asomaba por debajo de tantísimas prendas y que a causa de la necesidad había aprendido a manejar para repeler a los dichosos rufianes.

Off:
Yumei:

Kaguya Yumei


Edad: 13 ~ 15 años



Clan: Kaguya
Especialidad Kenjutsu {Arte del Filo Elemental – Arte Rápido}
Elemento: Doton
Rango: Genin
Feudo: N/A – Granja de Asagami

Nin: 7 {+2} | Gen: 4 | Tai: 10 | Vel: 10 {+2}| Fuer: 6| Res: 7

Ninja no registrada del País del Fuego. Chica muy alegre, simpática y dulce. Le encanta su granja y pasar tiempo con su padre.



Inventario:
Katana
Senbon (x10)
Sellos explosivos (x4)
Píldora del soldado (x1)

Nota: Sólo la katana es apreciable a simple vista, siempre que se observe de frente..






Cualquier duda, ya sabes que puedes contactarme por MP. ^^
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Re: Abasteciendo la desgracia ❁

Mensaje por Yabuki Joe el Mar Sep 12, 2017 7:48 pm

Un par de días pasaron desde la llegada del otrora vagabundo a las tierras que mejor recordaba, su presencia oculta entre la abrumadora espesura del Bosque de la Hoja, zona que cubría la mayor parte de la nación ígnea. Sus prudentes avances no eran más que dar palos de ciego, sus únicas referencias siendo las de los insectos locales, quienes, a pesar de su abundancia numérica, no eran capaces de entregar grandes cantidades de información, en especial cuando se les pedía recordar eventos y lugares visitados varios días atrás; eran simples insectos, después de todo. Si bien esa falla podría haberse solucionado con la liberación de un nuevo grupo de kikaichū para, dadas las capacidades innatas de la especie, hacerlos fungir como fuerzas de exploración, el descendiente de los Aburame decidió, de forma poco sorprendente, dar más prioridad a su propia seguridad que a la recaudación de inteligencia, asegurándose de que los números de su enjambre se mantuvieran a tope mientras trabajaba con lo poco que su primer escuadrón fue capaz de averiguar antes de sucumbir al paso de las horas. Moviéndose silenciosamente entre los árboles, el hombre roto continuó su búsqueda, su cuerpo pareciéndole cada vez más pesado debido a las pobres condiciones en las que se encontraba.



No fue hasta que llegó la tercera madrugada que los insectos locales dieron aviso al shinobi que podía entender su silencioso lenguaje, otorgándole información sobre una granja en la que se cultivaba una variedad de alimentos en cantidades que no podían ser menospreciadas. El aviso fue suficiente para desperezar al Yabuki, quien comenzó a moverse al suroeste, en la dirección indicada por sus numerosos ayudantes. Como si de una burla se tratase, era una ruta que le hacía retroceder, ya que él había viajado desde el sur de la nación hasta alcanzar el lugar en el que había descansado por esa noche, una pérdida de tiempo que solo podía ser atribuida a los distintos horarios de actividad que cada especie de insecto poseía. Las estrellas aún no se borraban de su oscuro lienzo cuando el ninja se percató de que la cantidad de árboles frente a él se reducía con cada paso, señal inequívoca de que pronto llegaría a un claro en medio del bosque. Antes de que la sombra de la madera viva desapareciera por completo, el amigo de los insectos se detuvo, evitando así revelar su silueta antes de tiempo, tomando esa oportunidad para evaluar sus alrededores. Si bien la oscuridad aún cubría la tierra, el Aburame no necesitaba de sus ojos para conocer la ubicación de todo lo que en ese pequeño valle se encontraba; después de todo, el canto de los grillos aún resonaba entre los árboles, sus voces comunicando todo lo que podían ver. A pesar de esto, ahora que había encontrado un potencial objetivo, el Aburame no sería tacaño con sus recursos.

Descendiendo silenciosamente del árbol entre cuyas ramas se ocultaba, asegurándose de seguir oculto tras el mismo, Joe liberó un grupo de insectos kikaichū desde su cuerpo, el primero desde que había esperado a la reposición de sus números. Las órdenes de éstos eran sencillas: extenderse por el terreno sin levantar sospechas, usando las sombras y las vías de otros insectos para no llamar la atención mientras recaudaban toda la información que podían sobre ese lugar, comunicándose con los demás insectos en el área de ser necesario. La cantidad de edificios, las entradas y salidas de cada uno, los números de habitaciones y personas dentro de cada lugar, prestando especial atención a los movimientos de quienes estuvieran dentro, todos estos datos les fueron requeridos. Si bien era una actitud pasiva, Joe no mordería más de lo que era capaz de masticar, sus movimientos ofensivos en espera hasta tener la certeza de que podría acabar con todas las amenazas de golpe, acciones preventivas que podía tomar bajo cualquier situación; después de todo, también había actuado de esa forma en contra del misterioso enmascarado en la ciudad de los muertos, tanteando el terreno antes de utilizar fintas que cubrieran sus verdaderas intenciones. No son muchas las situaciones en las que Joe se ve forzado a cambiar su estrategia básica, y esta no parecía ser una de esas contadas oportunidades.

El tiempo, pero, era algo que no se detenía por nadie, y antes de que los insectos alcanzaran sus posiciones, las estrellas se borraron del firmamento, opacadas por la luz que anunciaba su cercanía con una suave línea anaranjada en el horizonte. Falta de luz que el shinobi no podía ver desde su ensombrecida posición, y que servía como despertador para la pieza que comenzaba a moverse por el tablero, movimiento que el pelinegro, en su ignorancia, no había previsto. El rechinido de una vieja puerta, perteneciente al edificio más cercano al vigilante, anunció la salida de una pequeña silueta, una que, si bien el Yabuki no era capaz de ver debido a su ubicación, los insectos locales ya habían detectado, información que fue compartida con los kikaichū, y, por ende, también había llegado a los oídos del cazador. Lejos de preocuparse, éste vio una oportunidad para acercarse a una presa aislada, una que podría darle información sobre todo aquello que los insectos eran incapaces de ver, como afiliaciones y lealtades.

Sí, afiliaciones y lealtades. Algo que, en cualquier otra situación, el descendiente de los Aburame habría ignorado para atacar sin inhibiciones, ahora era de una gran importancia, no para él, sino para aquellos a los que servía. Los señores feudales del Rayo, aunque sin autoridad verdadera sobre el ninja nacionalizado, quien se movía de forma acorde a sus objetivos, tenían bajo su ala a la única persona a la que él temía en verdad. Poco sabía la mujer de cabello azul sobre el impacto que sus acciones dejaron en la mente de Joe, quien, en ese momento, comenzó a considerar todas las opciones con las que contaba, siendo su único objetivo el de no antagonizar a los feudales del Rayo y, por tanto, no invocar la hostilidad de la peliazul. “Lo único que sé es que esta granja produce mucha comida”, comenzó a pensar. “Sé que debo actuar en contra de la Dama de Fuego, pero, si destruyo este lugar y termina siendo una base aliada, estaré en un lío tremendo… Podría interrogar a la persona que está afuera, pero, si se trata de un enemigo, corro el riesgo de que avise a los demás, obligándome a combatir. Podría capturarlo, pero, si se trata de un aliado, esto podría traerme consecuencias a futuro. La única opción que me queda es…”

¡Ugh! —se quejó el joven shinobi con voz amortiguada, usando ambas manos para cubrirse el vientre, como si esto bastara para amainar el dolor que lo invadió de pronto. Reconociendo la sensación como solo una persona que había vivido de caridad por años podía hacerlo, Joe se sorprendió de no haber siquiera considerado la posibilidad de volver a sentir eso una vez que hizo abandono de la nación que lo adoptó. —T-tengo hambre… —sentenció en un susurro, frunciendo el ceño que, hasta ese momento, se había mantenido firme e inexpresivo. Una sensación tan básica para él, pero que, hasta ese momento, había olvidado por completo. “¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó con severidad. “Todo esto lo estoy haciendo para vivir una vida tranquila… ¡¿Cómo podré siquiera vivir si me olvido de lo más importante?!”, exclamó para sí mismo. En esos momentos, lejos de atrapar a un enemigo, lejos de despertar la ira de una nación o de un individuo, lo único que estaba en la cabeza de Joe era esa importante carencia. “A la mierda el Rayo, el Fuego, la Dama de Fuego o la de cabello azul, quiero comer algo… y allá tienen comida”. Con esas palabras, Joe abandonó las sombras y comenzó a caminar por el sendero más cercano, el que lo llevaría a su objetivo.

Con la llegada del alba y el gradual silencio de los insectos nocturnos, la persona que salió de la casa comenzó a trabajar en un pequeño huerto a las afueras de su hogar, terreno fértil ubicado junto al camino por el que no tardó en aparecer la figura del hombre con apariencia de pordiosero, quien se acercó con lentitud debido a la pesadez de su propio cuerpo, intentando reducir su presencia de modo que la otra persona tomara la posición elevada en la relación asimétrica que intentaba establecer, una de las mañas que tenían los mendigos para salirse con la suya; después de todo, la mayoría de la gente no ayuda a las personas que pueden salir de los apuros por su cuenta, aunque también tuvo cuidado de no parecer demasiado frágil, en caso de que le solicitaran ayudar con algo a cambio de un plato de comida, situación que, en su experiencia, se repetía lo suficiente como para ser considerada como la norma. —Disculpe —exclamó, intentando llamar la atención de la solitaria persona de baja estatura, a quien evaluaría detalladamente una vez le prestara atención, algo que no podía hacer mientras ésta le diera la espalda. —¿Tiene algo de comida que pueda darme, por favor? —La voz del shinobi estaba lejos de la lamentable suavidad que solía emitir antes de ser un soldado a tiempo completo, pero el tono de aflicción en la misma era palpable.

Mientras el Aburame hacía de las suyas, sus kikaichū, al no recibir instrucciones de lo contrario, continuaron su silenciosa infiltración, prestando atención a todo aquello que su hambrienta colmena no era capaz de ver debido al hambre que sentía. Sin siquiera estar consciente de ello, Joe no tardaría en tener ojos y oídos en los alrededores, para bien o para mal.



Off:

Vestimenta actual:

Stats:
• Ninjutsu: 10
• Taijutsu: 7
• Genjutsu: 6
• Velocidad: 10 - 3
• Resistencia: 10 - 3
• Fuerza: 10 - 3

Penalización por hambre.
Equipo:


  • Kunai, 10 unidades.
  • Hilo ninja, metros ilimitados.
  • Bomba de humo, 2 unidades.
  • Bomba de luz, 2 unidades.
  • Vendas, unidades ilimitadas.
  • Sellos explosivos, 2 unidades.
  • Sellos en blanco, 10 unidades.
  • Pergamino de ADN (2/5 cuerpos), una unidad.

Técnicas utilizadas:
Kikaichū no Jutsu (寄壊蟲の術, técnica de los insectos de destrucción parasitaria): Técnica pasiva y fundamental, base de todas las demás técnicas del clan Aburame. Al ser transformado en una colmena para los kikaichū al momento de nacer, el ninja Aburame obtiene la capacidad de comunicarse con toda clase de insectos, los que siguen todas sus órdenes, al pie de la letra y sin importar cuáles sean; sin embargo, su vínculo más fuerte siempre será con sus kikaichū.

La restricción de esta técnica radica en la cantidad de insectos que el Aburame puede liberar para sus técnicas, ya que, si bien éstos son inagotables, su uso excesivo puede significar una reducción importante de la población de kikaichū en su cuerpo, lo que se traduciría en una merma de insectos para las técnicas futuras.

El ninja Aburame puede utilizar cuatro técnicas diferentes relacionadas con sus insectos (entiéndase, kikaichū) antes de verse obligado a esperar tres turnos consecutivos sin liberar kikaichū para que la población alcance sus números normales. A medida que ascienda de rango, el Aburame podrá realizar dos técnicas adicionales por cada rango obtenido, alcanzando un máximo de diez técnicas. Mientras la colmena reestablece sus números, ésta se alimenta del chakra del Aburame, consumiendo chakra equivalente a tres técnicas del rango mínimo que le resten al usuario durante el tiempo de espera. Si los niveles de chakra del ninja disminuyen demasiado, y dado que los Kikaichû son parásitos por naturaleza, el enjambre comenzará a devorarlo desde dentro, agotando al ninja a razón de -5 de Resistencia por turno.

Otra restricción a esta técnica es el uso de insectos kikaichū hembra, ya que éstos son los más valiosos dentro de cada colmena debido a que se relacionan directamente con la tarea de reproducción y mantención de la población dentro de la misma. El ninja Aburame sólo podrá utilizar diez kikaichū hembra por combate, reestableciendo dicha cantidad al término de la pelea.
Una de cuatro liberaciones realizadas. Primer grupo, dos turnos de vida por penalización de resistencia.


Sin chakra utilizado. Por penalización de resistencia, siete de ocho técnicas disponibles.
Yabuki Joe
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Re: Abasteciendo la desgracia ❁

Mensaje por Narrador el Vie Oct 13, 2017 9:35 pm


Yumei salió de casa tan pronto como terminó de vestirse. No solía desayunar, pues consideraba que el ayuno parcial la ayudaba a mantenerse más lúcida, como su padre, y eso le permitía ser productiva desde que ponía el primer pie fuera de la cama.

Su trabajo, muy distinto al del anciano agricultor, consistía en hacer rondas por los sembrados del terreno en busca de bandidos, alimañas que pusiesen en peligro a las gallinas y hasta nidos de insectos que, en grandes números, supusieran una amenaza para las semillas. Algo mucho menos agotador a simple vista, pero que solía mantenerla todo el día ocupada, dando vueltas y siguiendo, a veces, regueros de hormigas hasta su pequeño mundo para asegurarse de que no se convertían en una plaga.

Ese día, todos los bichos parecían comportarse de forma extraña; había algunos nuevos, también.

Mientras tanto, en el huerto, Asagami seguía labrando, ignorante de la realidad que la más pequeña sí estaba empezando a destapar. Para él, los bichos eran sólo eso, bichos; criaturas tan de campo como él y toda su familia, pero, no como el que ahora lo asaltaba por la espalda de golpe.

La primera reacción del viejo fue ignorarlo. Estaba acostumbrado a que los soldados llegasen antes de tiempo, encima con exigencias, así que ni siquiera levantó la vista del la tierra mientras arrancaba las malas hierbas y cortaba las hojas secas de algunas lechugas con una hoz pequeña en la otra mano.

— Lo vuestro está en el granero, ya lo sabéis. Dejad de molestarme, tengo trabajo. — dijo, tan gruñón como siempre, pero esa vez algo rugió por encima de su voz. Como si de un animal salvaje se tratase, el estómago del vagabundo crujió con tanta fuerza que incluso el viejo dio un respingo antes de inclinarse y girarse, tan mal encarado como siempre, y también algo sorprendido.
Las pintas que tenía su asaltante eran las propias de un pordiosero, desde luego, y la postura que mantenía, gacha, indefensa, lo hicieron bajar la guardia y relajar la mano que sujetaba la hoja curva, hasta entonces en una tensión propia del momento anterior a un ataque: — Espera un momento. — dijo algo más calmado, que no menos desagradable; — ¡Yumei, ven aquí! — gritó, acto seguido.

A la pequeña le faltaron piernas para acudir a la llamada. Para entonces, ya creía haber detectado a los insectos extraños, y estaba siguiendo su rastro. Sin embargo, que su padre la requiriese era bastante más importante que unos cuantos escarabajos de aspecto extraño y nunca antes vistos.

— ¿Ocurre algo, padre? — preguntó una vez a su lado, con la mano zurda convenientemente descansada sobre la empuñadura de la espada. El viejo, sin embargo, negó y le señaló a la sombra de hombre que esperaba delante de él. — Llévalo dentro y dale algo de comer. Creo que tenemos algo del estofado de ayer y pan. Vamos, no tiene pinta de que vaya a aguantar mucho más tiempo de pie. —

Obediente y sin perder la tímida sonrisa que tenía, la niña de los cuernos ofreció su hombro a modo de apoyo para el Aburame. Lo llevó hasta la casa y lo dejó pasar primero. Era una habitación muy modesta, con un hogar de leña en el centro, del que colgaba un perol y en cuyo lecho descansaban los carbones todavía calientes. El segundo piso se podía ver incluso sentado en la mesa, y era poco más que una plataforma de madera conectada a la sala principal por unas escaleras, cebada de paja para mantener el calor y con lo que parecía un futon en lo más hondo. Al fondo del primer piso se veía también otra manta estirada, lejos de la hoguera pero donde todavía podía llegar el calor; un hombre sobre ella descansaba con un paño húmedo en la cabeza y una cara de no estar disfrutando, precisamente, de un sueño agradable.

— Siéntate donde quieras. Encenderé el fuego para calentar un poco esto antes de servírtelo. — la amabilidad seguía siendo la protagonista en la voz femenina, y no parecía, para nada, poco acostumbrada a tratar con los mendigos. No había gestos de compasión excesiva, ni tampoco expresiones de asco o desconfianza, más bien todo lo contrario.

El enjambre, mientras tanto, llegaba bajo tierra acompañando a las hormigas. Allí se extendía, pasaba a un nuevo mundo subterráneo de túneles por donde, gracias a la innata capacidad de los kikaichû para comunicarse con otros de su misma naturaleza, más que la comida fluía la información. Grandes cantidades de datos que pasaban de un escarabajo a otro, como en una cadena de infinitos eslabones que nacía y moría en el mismo punto: Joe.


Lo primero que recibió la colmena llegó antes de que le sirviesen la comida. Eran noticias de un pequeño grupo de hombres, no menos de veinte, marchando desde el oeste a su posición. Y si sabía algo de geografía aquel que se dedicaba a patear el mundo sin rumbo fijo, era que en esa zona sólo había dos cosas: Mar y Kakkinoaru’en, el feudo de la Dama del Fuego. O tal vez no. A lo mejor eran refuerzos aliados, o simples caravanas cargadas de mercancía que tenían esa granja en su ruta y que, dados los tiempos, se habían rodeado de un pequeño grupo armado para evitar los saqueos.

Sea como fuere, Joe debía decidirse rápido por hacer algo.

Off:
Yumei:

Kaguya Yumei


Edad: 13 ~ 15 años



Clan: Kaguya
Especialidad Kenjutsu {Arte del Filo Elemental – Arte Rápido}
Elemento: Doton
Rango: Genin
Feudo: N/A – Granja de Asagami

Nin: 7 {+2} | Gen: 4 | Tai: 10 | Vel: 10 {+2}| Fuer: 6| Res: 7

Ninja no registrada del País del Fuego. Chica muy alegre, simpática y dulce. Le encanta su granja y pasar tiempo con su padre.



Inventario:
Katana
Senbon (x10)
Sellos explosivos (x4)
Píldora del soldado (x1)

Nota: Sólo la katana es apreciable a simple vista, siempre que se observe de frente..






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Re: Abasteciendo la desgracia ❁

Mensaje por Yabuki Joe el Sáb Oct 28, 2017 10:30 pm

Para sorpresa del pelinegro, lejos de tener una baja altura, la silueta a la que se había acercado era la de un hombre anciano trabajando el cultivo, hombre cuya postura le hacía ver mucho más pequeño de lo que en verdad era. Al escuchar la súplica de quien se encontraba a sus espaldas, el de la tercera edad habló sin ocultar su hastío; sin embargo, antes de poder responder, el estómago del otrora vagabundo rugió como si tuviera vida propia, haciendo que el hombre de escaso cabello y barba cana desviara la atención de su trabajo al origen del sonido, a la vez que el Aburame no podía ocultar una leve mueca de dolor. Las siguientes palabras del mayor no habían perdido su animosidad; sin embargo, su tono era bastante más suave en comparación al que había usado en un comienzo. Siguiendo a su petición de espera vino un grito que sobresaltó al shinobi, voz de mando que no tardó en ser respondida por el infantil timbre de la aludida, quien no tardó en seguir las instrucciones del mayor, auxiliando al otrora vagabundo con su hombro para luego guiarlo al interior de la edificación más cercana, acción realizada sin rechazo, detalle que no pasó desapercibido para el ninja feudal.




La vivienda solo podía ser considerada como precaria, haciendo juego con la ruralidad de su ubicación; sin embargo, para el joven shinobi, quien había vivido en las calles por un largo tiempo y se había hartado de las, para él, exageradas comodidades que el Rayo le ofrecía, ese pequeño lugar era extrañamente acogedor, sentimiento alimentado por el calor que aún emitían las brasas, calor que revitalizaba ese cuerpo tan maltrecho por el estrés de descansar pobremente en la intemperie. La estancia, pero, no estaba vacía, siendo su único ocupante un hombre que reposaba al fondo del primer piso. Antes de poder enfocarse en los detalles de esa figura, las palabras de la llamada Yumei capturaron toda su atención, invitándolo a tomar asiento en donde quisiera mientras ella calentaba la comida, la forma en la que se dirigía a su persona recordándole a una persona que él tenía en muy alta estima. “Ella... es como Dastan-san”, pensó el pelinegro antes de sentarse en el lugar más cercano a su posición, y, por tanto, a la puerta, aunque no sin antes decir “permiso”, como dictaban las normas del invitado.

Eres… una buena persona… —pronunció en un audible susurro dirigido a la niña de los cuernos, los labios del Aburame esbozando una sonrisa, una muy tenue, pero aun así visible. A pesar de sus esfuerzos para lograrlo, el vivir una vida tranquila se había transformado en un sueño muy lejano para el amigo de los insectos, cuyas acciones y decisiones no hacían más que arrastrarlo en una espiral de miedo, violencia y muerte, una que no haría más que pronunciarse en el futuro, esto debido a que se había transformado en una pieza más tablero de la vida, sus acciones enfocadas al beneficio de algo más grande que él; sin embargo, gracias al hambre que estaba sintiendo, el joven pelinegro pudo rozar la calma que tanto añoraba; el cálido abrazo del fuego encendido, el suave aroma de la comida casera y la gratitud que sentía hacia la muchacha frente a él guiándolo a un estado de relajación que jamás había experimentado, sus párpados haciéndose cada vez más pesados, arrastrándolo a un descanso que no merecía…

Un descanso que nunca llegó.
*Fin de OST*


Antes de que su conciencia fuese arrastrada por el sueño, sus insectos le dieron un aviso que no podía ser ignorado, uno que lo desperezó violentamente, cambiando su expresión a la de fría falta de emoción que ya se había transformado en su rostro por defecto. Rostro que no tardó en voltearse a una dirección que no apuntaba a nada fijo dentro de esa casa; sin embargo, fuera de ella, acercándose, una veintena de figuras había sido detectada por los kikaichū, números que no hacían más que acercarse con cada segundo. “¿Qué hacen esas personas aquí?” se preguntó el Aburame, sintiendo cómo la calma que había sentido hasta ese momento desaparecía sin dejar rastro alguno. Existían varias alternativas para explicar el origen de esas figuras; sin embargo, dejar que éstas le quitaran la calma solo serviría para transformarlo en una figura más sospechosa de lo que ya era. Cerrando los ojos, Joe inhaló profundamente para luego exhalar con calma, relajando su semblante.

Como ya estaba sentado, y hambriento, esperar tranquilamente a que la comida le fuese servida, para luego devorarla sin tregua, parecía ser el mejor curso de acción dentro de su cabeza. Además, no quería preocupar a la muchacha con sus acciones, por lo que decidió no moverse del lugar; sin embargo, esto no podía ser confundido con inacción, ya que sus órdenes viajaron con su característico silencio, haciendo que los exploradores kikaichū cambiaran su formación con rapidez. El nuevo mandato haría que éstos enfocaran todos sus recursos en analizar detalladamente a las personas que se acercaban, fijándose no solo en sus números precisos y palabras emitidas, sino también en todo aquello que llevaran encima, ya fueran armas a plena vista, armaduras u otros objetos comunes entre sí. Otro punto importante sería enfocarse en la formación que estos individuos habían adoptado, y, finalmente, usar sus capacidades de detección de chakra para localizar a cualquier elemento fuera de la formación visible.

“Sé que no les queda mucho tiempo, pero necesito de su ayuda, por favor”, rogó el Aburame a sus herramientas más leales, insectos que no tardarían en morir debido a la pobre alimentación que habían recibido en esos últimos días. Estando en una posición que le impedía liberar a un nuevo grupo de kikaichū, la colmena no podía hacer más que exprimir las fuerzas de esa porción del enjambre, dándoles una tarea que podría ser cumplida sin someterlos a una muerte agresiva. Era muy probable que la información recibida fuese sesgada, por lo que, llegado ese punto, la prioridad para ellos sería establecer el número preciso de personas en el área circundante, tanto los que estuvieran en cerrada formación como los que estuvieran fuera de la misma, ocultos bajo la protección de los árboles aledaños.




Off:

Vestimenta actual:

Stats:
• Ninjutsu: 10
• Taijutsu: 7
• Genjutsu: 6
• Velocidad: 10 - 3
• Resistencia: 10 - 3
• Fuerza: 10 - 3

Penalización por hambre.
Equipo:


  • Kunai, 10 unidades.
  • Hilo ninja, metros ilimitados.
  • Bomba de humo, 2 unidades.
  • Bomba de luz, 2 unidades.
  • Vendas, unidades ilimitadas.
  • Sellos explosivos, 2 unidades.
  • Sellos en blanco, 10 unidades.
  • Pergamino de ADN (2/5 cuerpos), una unidad.

Técnicas utilizadas:
Kikaichū no Jutsu (寄壊蟲の術, técnica de los insectos de destrucción parasitaria): Técnica pasiva y fundamental, base de todas las demás técnicas del clan Aburame. Al ser transformado en una colmena para los kikaichū al momento de nacer, el ninja Aburame obtiene la capacidad de comunicarse con toda clase de insectos, los que siguen todas sus órdenes, al pie de la letra y sin importar cuáles sean; sin embargo, su vínculo más fuerte siempre será con sus kikaichū.

La restricción de esta técnica radica en la cantidad de insectos que el Aburame puede liberar para sus técnicas, ya que, si bien éstos son inagotables, su uso excesivo puede significar una reducción importante de la población de kikaichū en su cuerpo, lo que se traduciría en una merma de insectos para las técnicas futuras.

El ninja Aburame puede utilizar cuatro técnicas diferentes relacionadas con sus insectos (entiéndase, kikaichū) antes de verse obligado a esperar tres turnos consecutivos sin liberar kikaichū para que la población alcance sus números normales. A medida que ascienda de rango, el Aburame podrá realizar dos técnicas adicionales por cada rango obtenido, alcanzando un máximo de diez técnicas. Mientras la colmena reestablece sus números, ésta se alimenta del chakra del Aburame, consumiendo chakra equivalente a tres técnicas del rango mínimo que le resten al usuario durante el tiempo de espera. Si los niveles de chakra del ninja disminuyen demasiado, y dado que los Kikaichû son parásitos por naturaleza, el enjambre comenzará a devorarlo desde dentro, agotando al ninja a razón de -5 de Resistencia por turno.

Otra restricción a esta técnica es el uso de insectos kikaichū hembra, ya que éstos son los más valiosos dentro de cada colmena debido a que se relacionan directamente con la tarea de reproducción y mantención de la población dentro de la misma. El ninja Aburame sólo podrá utilizar diez kikaichū hembra por combate, reestableciendo dicha cantidad al término de la pelea.
Una de cuatro liberaciones realizadas. Primer grupo, un turno de vida por penalización de resistencia.


Sin chakra utilizado. Por penalización de resistencia, siete de ocho técnicas disponibles.
Yabuki Joe
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Re: Abasteciendo la desgracia ❁

Mensaje por Narrador el Lun Nov 06, 2017 9:33 pm


La calma aparente de la colmena no se reflejaba en su enjambre para nada. Él, allí sentado, podía haber perdido los nervios durante un instante, pero las miles de pequeñas vidas que colgaban de la suya habían evaporado cualquier rastro de serenidad. Rápidos, furiosos casi, se movían por debajo de los tablones, entre la hierba y sobre la tierra yerma del camino para recolectar toda la información posible antes de caer agotados por completo.

En la última fracción que le quedaba por recorrer al reloj de sus vidas, restaban todavía suficientes momentos para transmitir los datos. No todos, pero, sí una gran parte de los que había exigido quien dentro de la casa seguía llevando la máscara del engaño. Ellos no lo interpretaban, por supuesto, limitándose al mero paso de mensajes en una larga cadena que terminaba en un insecto alojado en alguna parte del famélico vagabundo.

El total de hombres era quince y todos vestían, salvo por pequeños detalles, de forma idéntica. Una loriga de cuero cubierta en parte por placas de metal abollado y lleno de arañazos les tapaba el pecho, el abdomen y parte de los brazos; en algún momento de su existencia, la tela que les llegaba hasta las rodillas había sido roja como la sangre, pero ahora no tenía ese brillo, se había apagado, consumido por las incontables horas bajo el sol, transformándose en un carmesí tímido, más cercano al blanco que al original; en el emblema de sus cascos golpeados por el sol todavía en alza se podían ver unas llamas trabajadas en el metal, un símbolo que costaría de no reconocer incluso con la más vaga de las descripciones.
A su paso retumbaba el acero de las espadas chocando contra el faldar de escamas y cuero tejido, creando, junto a su marcha a tres niveles bien diferenciados, una cacofonía de metal y pisadas que alertaba de su llegada mucho antes de que fuesen visibles por el viejo labrador.
La formación era extraña, pues nadie iba a la cabeza y, aunque divididos en cinco secciones de tres hombres cada una, ninguna parecía mandar sobre las demás. Sólo al final se podía apreciar una pequeña diferencia de apenas unos centímetros. Un soldado rezagado que, a juzgar por la falta de rasguños en la armadura y el casco tan pulido, debía ser el novato de la unidad, puede incluso que un muchacho reclutado a la fuerza. En el centro viajaba una mula con seis alforjas completamente vacías, pareciendo así que escoltaban los soldados al animal.

Entre tanto, de una segunda columna de insectos llegaba otro paquete de urgencia. Ellos, los que habían seguido cumpliendo las órdenes originales de explorar el terreno, habían dado con unos sacos en la parte de atrás del granero. La cosecha, cuya existencia había sido negada previamente, esperaba allí lista para ser entregada.

Si se daba prisa, el hijo del enjambre sería capaz de interceptarlos, tal vez incluso de eliminarlos a todos ellos antes de que pudiesen ser vistos por sus benefactores. Tenía un margen de cinco minutos, tiempo en el que también tendría que idear una excusa para salir sin levantar sospechas. O para planear algo, si se quedaba allí.

Vaya, qué manera de devorarlo todo. Perdona que no sea más que caldo con algunas verduras, me gustaría ofrecerte más pero… — la sonrisa tímida, mantenida hasta ese momento por la extraña de los cuernos, pareció titilar un instante como una de las miles de estrellas en el cielo, pero, no tardó en recomponerse de sus propias ruinas: — … La carne se nos acabó anoche. Mañana iré a algún pueblo cercano a por más. — mentía. No tenían dinero para comprar nada de carne, siendo, la poca que conseguían, trofeos de caza, trozos duros de alimañas que se metían en la granja y no volvían a salir.

Off:
Yumei:

Kaguya Yumei


Edad: 13 ~ 15 años



Clan: Kaguya
Especialidad Kenjutsu {Arte del Filo Elemental – Arte Rápido}
Elemento: Doton
Rango: Genin
Feudo: N/A – Granja de Asagami

Nin: 7 {+2} | Gen: 4 | Tai: 10 | Vel: 10 {+2}| Fuer: 6| Res: 7

Ninja no registrada del País del Fuego. Chica muy alegre, simpática y dulce. Le encanta su granja y pasar tiempo con su padre.



Inventario:
Katana
Senbon (x10)
Sellos explosivos (x4)
Píldora del soldado (x1)

Nota: Sólo la katana es apreciable a simple vista, siempre que se observe de frente..






Cualquier duda, ya sabes que puedes contactarme por MP. ^^
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Re: Abasteciendo la desgracia ❁

Mensaje por Yabuki Joe el Sáb Nov 11, 2017 1:59 am

Para el amigo de los insectos, cada segundo que pasó después de su ordenanza final se transformó en una agónica espera, su semblante en forzada calma mientras sus herramientas más leales quemaban sus vidas en su nombre. Si bien era cierto que había comenzado a desarrollar una leve desconfianza a sus kikaichu después de los eventos en la ciudad de los muertos, el hecho de que éstos se movieran para cumplir con todas sus expectativas, a pesar de que sus vidas estaban próximas a su final, fue algo que, gracias a la forma en la que había podido relajarse por unos minutos, logró conmoverlo. Si bien aún contaba con una fracción bastante agresiva del enjambre dentro de su propio cuerpo, el resto había demostrado su utilidad con creces. “Este sacrificio… No será en vano”, sentenció el Aburame, tanto dentro de su propia mente como en el silencioso lenguaje de los insectos, quienes, a pesar de no poder comprender las abstracciones de las emociones humanas, sabían que estaban haciendo lo necesario para cumplir su parte del trato, proteger uno de los hogares que les permitía seguir existiendo como especie. El torrente de información no tardó en llegar y abrumar levemente los sentidos del shinobi feudal, haciéndolo cerrar los ojos como si le hubieran pinchado la cabeza con varias agujas; después de todo, sus capacidades de análisis eran meramente humanas, por lo que no le era posible comprender todo lo recibido de forma instantánea.

En cuanto el cuenco de comida caliente fue posado frente al otrora vagabundo, éste tomó la cuchara que se asomaba en la orilla y la usó para engullir los alimentos con presteza, quemándose la boca en un par de ocasiones, pero teniendo cuidado de no repetir ese error otra vez. El caldo bajó por su esófago a una velocidad alarmante, y las verduras trituradas por su voraz dentadura no tardaron en hacerle compañía. Cada uno de sus movimientos era casi mecánico, como si no hubiera una mente tras esos brazos que se movían con mociones ensayadas en cada ocasión en la que el hombre había comido antes, efecto producido por el hecho de que la mayor parte de su cerebro estaba organizando la información que sus insectos habían enviado con su último aliento. No habían pasado ni treinta segundos desde que el plato fue recibido cuando éste fue dejado de lado, completamente vacío, a lo que la joven Yumei solo lamentó no poder ofrecer más, aclarando que no iría a comprar carne hasta el día siguiente, ya que se les había acabado la noche anterior. Joe se quedó en silencio ante las palabras de la muchacha, quien aún sonreía de forma tímida. El pelinegro no pudo evitar inclinar su cabeza hacia el costado, de forma curiosa, como si algo de lo que ella le había dicho le pareciera extraño.

“El viaje es demasiado largo como para poder hacerlo con tan poco aviso”, se dijo, recordando cómo no había encontrado asentamiento alguno en el área durante su reconocimiento, por lo que cualquier otro poblado en la zona debía estar a más de un día de distancia. “Además, viajar con un paquete de carne por el bosque no es más que tentar a las bestias que se esconden por ahí”, pensó, estremeciéndose un poco tras recordar una de las primeras malas experiencias que lo llevaron a odiar el mar de árboles. “Y eso sin contar todo lo que puede salir mal durante un viaje de ese tipo, ¿en verdad no ha pensado en ello?”, se preguntó, incapaz de asociar las palabras de su benefactora como falsedades. Una persona buena como ella no le mentiría, ¿verdad? Y menos aún con información que no tenía sentido alterar; después de todo, él solo estaba de paso, por lo que no tenía mucho sentido hablarle sobre cosas que pasarían cuando él no estuviera presente… “A menos que quiera mi ayuda con eso...”, dedujo finalmente el Yabuki, quien no tardó en colocar una expresión complicada.

“No… No entiendo… ¿Por qué siento esto?”, se preguntó en silencio, encogiéndose en su lugar, colocando ambas manos sobre su pecho acongojado. Una sensación desagradable comenzó a extenderse por su cuerpo, causándole un gran malestar. Joe estaba lejos de ser una mente brillante para cualquier cosa que no tuviera relación con la eliminación de otras personas, por lo que, aunque no entendía el sentimiento que en ese momento lo invadía, conocía muy bien la razón de su existencia. Incapaz de ignorar la información que sus insectos le habían entregado, le era imposible no formar las conexiones entre ese tranquilo lugar en el que se encontraba y la quincena de individuos armados que se acercaba a paso constante, escoltando una bestia de carga que, seguramente, sería puesta a trabajar al momento de cargar sus amplias alforjas con los alimentos empaquetados al otro lado del granero. Que un grupo tan numeroso se desplazara de esa forma dentro de un territorio solo podía significar que se encontraba dentro del suyo propio, por lo que, considerando lo que el pelinegro sabía de esa nación, lo más probable era que esos soldados estuvieran bajo las órdenes de la Dama de Fuego. En resumidas cuentas, esa pequeña granja en la que había encontrado una pizca de tranquilidad no era otra cosa sino el objetivo de su misión, aquello que debía destruir sin dejar rastro. Sin emitir palabra alguna, y en completo silencio, el de cabellos negros se levantó del asiento que había tomado, dio unos cortos pasos hacia atrás y se postró en dogeza.

Lo lamento mucho… —pronunció, con un dejo de tristeza en su voz. Si bien no entró en detalles en ese momento, razones para pedir perdón no le faltaban. Básicamente le estaba negando la ayuda a la persona que lo había ayudado sin pedirle nada a cambio, persona a la que, a pesar de todo lo que ya sabía, quería ayudar y proteger, de la misma forma en la que protegió a Dastan ante la mujer de las nieves, demonio de cabello azul que le hizo recordar todos sus temores, pero que pudo derrotar gracias a la voluntad e inspiración dada por el hombre de cabello rubio, y a una estrategia de ataque indirecto que rindió frutos—. Aún tengo cosas que hacer, así que esto es todo lo que puedo ofrecer, todo lo que tengo... —añadió sin levantar la cabeza, hurgando en sus prendas superiores para tomar una bolsa de cuero que aún contenía cierto peso, la que fue colocada junto al plato ya vacío. De ser alzada, el tintineo metálico de los ryos delataría su contenido, ya que ese monedero cargaba todo el dinero que el de adusta apariencia llevaba consigo en ese momento, dinero con el que, esperaba, la muchacha no tuviera problemas contratando a alguien que le prestara ayuda para cargar la carne de regreso, de la misma forma en la que él había sido contratado para realizar un sinnúmero de labores.

Muchas gracias por todo, Yumei-san. Mucha suerte en las compras de mañana —finalizó el pelinegro, levantándose y dedicando una profunda reverencia de respeto a la muchacha, para luego abandonar la modesta casa, dejando atrás esa calidez que añoraba, pero que jamás merecería. También se despidió del anciano, aunque lo hizo de una forma mucho menos exagerada; después de todo, aunque había estado siguiendo sus órdenes, la persona que lo había ayudado con tanta amabilidad había sido la joven de la cornamenta. Tras aumentar la distancia entre él y la vivienda en unos cuantos metros, el shinobi aceleró de pronto, con la intención de dejar atrás a esas personas.

Sus pasos fueron veloces y precisos, demostrando que la comida había sido suficiente para reanimarlo; sin embargo, esto solo era de forma anímica, ya que su cuerpo aún no había procesado los nutrientes que le devolverían las energías que tanto necesitaba, por lo que aún no era capaz de mostrar un desempeño óptimo, su verdadero potencial manteniéndose eclipsado por su debilidad. “No quiero destruir la casa de Yumei-san, ni sus campos”, pensó el pelinegro mientras avanzaba, su expresión endureciéndose y sus ojos afilándose como los de un depredador que había encontrado a su presa. “Así que puedo matar a quienes quieran esa comida, y a aquellos que vengan a buscar a sus compañeros perdidos… ¡O puedo ir a sus bases y matarlos a todos!”, se respondió en una oleada de inspiración. “Sin bocas que alimentar, la comida será lo de menos, y así no tendré que hacerle mal alguno a Yumei-san”, finalizó su retorcida lógica, sonriendo levemente antes de buscar introducirse entre los árboles para ocultar su figura, tomando dirección a sus primeros objetivos de forma sigilosa, de modo que sus caminos fuesen paralelos.

De perderse con éxito, y ya sintiéndose seguro entre las sombras, Joe pensaría en liberar a un nuevo grupo de insectos, los que fungirían como exploradores de avanzada con potencial de vanguardia; sin embargo, los kikaichū, al igual que él mismo, aún seguían débiles, incapaces de mantenerse vivos lo suficiente como para poder maniobrar con la libertad necesaria en un enfrentamiento furtivo, razón por la que decide utilizar otra de sus técnicas, dejando a los miembros de su enjambre en estado de alerta para cuando llegue el momento de atacar. Lo más útil de un bosque para un Aburame era la exorbitante cantidad de insectos dentro del mismo, esto debido a la facilidad que les brindaba para mantener a su descendencia con vida. “Pero es lo único bueno que tienen los bosques”, se diría el joven ninja feudal, quien detendría su marcha por unos breves segundos para realizar una corta cadena de sellos manuales. Tras separarse, su diestra se posaría sobre el tronco de un árbol aledaño, una red con apariencia de telaraña liberándose de la misma. Con algo de suerte, algunos insectos voladores, como abejas o avispas, responderían a su llamada, y les pediría que vigilaran al grupo al que estaba dando caza, encuentro que concluiría con sus pasos reanudados.



Off:

Vestimenta actual:

Stats:
• Ninjutsu: 10
• Taijutsu: 7
• Genjutsu: 6
• Velocidad: 10 - 3
• Resistencia: 10 - 3
• Fuerza: 10 - 3

Penalización por hambre.
Equipo:


  • Kunai, 10 unidades.
  • Hilo ninja, metros ilimitados.
  • Bomba de humo, 2 unidades.
  • Bomba de luz, 2 unidades.
  • Vendas, unidades ilimitadas.
  • Sellos explosivos, 2 unidades.
  • Sellos en blanco, 10 unidades.
  • Pergamino de ADN (2/5 cuerpos), una unidad.

Técnicas utilizadas:
Kikaichū no Jutsu (寄壊蟲の術, técnica de los insectos de destrucción parasitaria): Técnica pasiva y fundamental, base de todas las demás técnicas del clan Aburame. Al ser transformado en una colmena para los kikaichū al momento de nacer, el ninja Aburame obtiene la capacidad de comunicarse con toda clase de insectos, los que siguen todas sus órdenes, al pie de la letra y sin importar cuáles sean; sin embargo, su vínculo más fuerte siempre será con sus kikaichū.

La restricción de esta técnica radica en la cantidad de insectos que el Aburame puede liberar para sus técnicas, ya que, si bien éstos son inagotables, su uso excesivo puede significar una reducción importante de la población de kikaichū en su cuerpo, lo que se traduciría en una merma de insectos para las técnicas futuras.

El ninja Aburame puede utilizar cuatro técnicas diferentes relacionadas con sus insectos (entiéndase, kikaichū) antes de verse obligado a esperar tres turnos consecutivos sin liberar kikaichū para que la población alcance sus números normales. A medida que ascienda de rango, el Aburame podrá realizar dos técnicas adicionales por cada rango obtenido, alcanzando un máximo de diez técnicas. Mientras la colmena reestablece sus números, ésta se alimenta del chakra del Aburame, consumiendo chakra equivalente a tres técnicas del rango mínimo que le resten al usuario durante el tiempo de espera. Si los niveles de chakra del ninja disminuyen demasiado, y dado que los Kikaichû son parásitos por naturaleza, el enjambre comenzará a devorarlo desde dentro, agotando al ninja a razón de -5 de Resistencia por turno.

Otra restricción a esta técnica es el uso de insectos kikaichū hembra, ya que éstos son los más valiosos dentro de cada colmena debido a que se relacionan directamente con la tarea de reproducción y mantención de la población dentro de la misma. El ninja Aburame sólo podrá utilizar diez kikaichū hembra por combate, reestableciendo dicha cantidad al término de la pelea.
Una de cuatro liberaciones realizadas. Primer grupo, sin turnos restantes. Ya fallecido.

Hijutsu, Mushiyose (秘術・蟲寄せ, técnica secreta, invocación de insectos): Con sólo tocar una superficie con su mano, el ninja Aburame puede liberar una pequeña red de chakra que atrae a los insectos de las cercanías a ese lugar. Como los ninja Aburame pueden comunicarse con ellos, esta técnica les sirve para conseguir información de la zona en la que se encuentran al hablar con los insectos locales. A diferencia de otras técnicas del clan, esta sí consume chakra.
Sellos: Sí, uno. Carnero.


Por penalización de resistencia, seis de ocho técnicas disponibles.
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