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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

Créditos

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Abasteciendo la desgracia ❁

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Abasteciendo la desgracia ❁

Mensaje por Narrador el Vie Sep 08, 2017 6:16 am


Porque incluso en mitad de una guerra la gente encuentra maneras de sacar beneficio, las múltiples granjas del País del Fuego veían marchar, no a soldados, pero, bolsas de monedas que a cada paso tintineaban bien rellenas. Cada hombre en cada escuadrón era un pago asegurado, algo que convertía en imposible ocultar la sonrisa de los más avaros o los más necesitados de ese torrente de ingresos. Asagami y su familia pertenecían a este último grupo.

El hombre, ahora anciano pero todavía trabajador, había elegido en su juventud mantenerse lo más lejos posible de lo que consideraba una riña entre tres niñatos incapaces de convivir con su propia estupidez. Había elegido, para ello, un pequeño terreno sin explotar en un área remota del bosque, a una distancia igual del trío fatídico y más cerca de la capital, refugio por excelencia si las cosas se ponían demasiado feas. En mitad de la nada, de un terreno virgen y salvaje, había construido con sus propias manos una casa y un establo, arado la tierra desde hacía muchos años y plantado cada semilla con la esperanza de no pasar nunca hambre, como sí lo habían hecho sus padres.

La vida, pero, da muchas vueltas. Resultaba ser esa lejanía lo que lo condenaba a sobrevivir en vez de a vivir. Vérselas con los bandidos, saqueadores de caminos, los animales y hasta el propio clima no parecía la forma ideal de pasar la vida, ni siquiera para un hombre que, a sus casi sesenta años, había perdido ya a una mujer y dos hijos.
Allí seguía, sin embargo, madrugando cada mañana antes de que saliese el sol por encima del telón de fondo, levantándose sólo para volver a doblar una maltratada espalda y poner en juego su integridad para mantener a la familia que le quedaba: un hermano menor enfermo y una hija bastarda que, vaya a saberse hasta cuándo hubo de remontarse en su propio linaje para ello, había heredado las habilidades de un antepasado muy peculiar y desconocido hasta el nacimiento.

Aún así parecía feliz.

La mala suerte y el destino se aliaron en su contra ese día, como si de una broma cruel se tratase, o una lección de la injusticia del todo innecesaria para alguien con su experiencia. Los insectos, ya de por sí un problema en cualquier sembrado, servirían como artífices del principio de su final, llevando información a un extranjero sin otro cometido que el de arrasar con todo pues ahora, como el resto de granjas del país, se había visto forzado a trabajar con alguno de los feudos, teniendo tamaña desgracia de ser su nuevo patrón ese que llevaba la dominación por bandera.

Y a pesar de lo joven del día, la todavía más joven muchacha ya se levantaba, acostumbrada a la vida en el campo, lejana a las preocupaciones de otros ninjas, pero igual de bien entrenada que aquellos cuya supervivencia era un hito a franja opacada por el paso del segundero.

A lo mejor no tenía ni quince años, tal vez estuviese hasta por debajo de los catorce, pero incluso con esas, su apariencia llegaba a resultar, como poco, llamativa. Yumei no era una niña normal, a fin de cuentas, o al menos así lo querían hacer ver el par de protuberancias que le nacían por encima de las cejas y no hacían más que crecer con cada año de vida. Envuelta totalmente en ropa modesta, de arpillera mayormente, apenas se veía su figura tan delicada como letal, siendo su único mensajero del peligro el sable que, tímido, asomaba por debajo de tantísimas prendas y que a causa de la necesidad había aprendido a manejar para repeler a los dichosos rufianes.

Off:
Yumei:

Kaguya Yumei


Edad: 13 ~ 15 años



Clan: Kaguya
Especialidad Kenjutsu {Arte del Filo Elemental – Arte Rápido}
Elemento: Doton
Rango: Genin
Feudo: N/A – Granja de Asagami

Nin: 7 {+2} | Gen: 4 | Tai: 10 | Vel: 10 {+2}| Fuer: 6| Res: 7

Ninja no registrada del País del Fuego. Chica muy alegre, simpática y dulce. Le encanta su granja y pasar tiempo con su padre.



Inventario:
Katana
Senbon (x10)
Sellos explosivos (x4)
Píldora del soldado (x1)

Nota: Sólo la katana es apreciable a simple vista, siempre que se observe de frente..



Físico completo



Cualquier duda, ya sabes que puedes contactarme por MP. ^^
Narrador
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Re: Abasteciendo la desgracia ❁

Mensaje por Yabuki Joe el Mar Sep 12, 2017 7:48 pm

Un par de días pasaron desde la llegada del otrora vagabundo a las tierras que mejor recordaba, su presencia oculta entre la abrumadora espesura del Bosque de la Hoja, zona que cubría la mayor parte de la nación ígnea. Sus prudentes avances no eran más que dar palos de ciego, sus únicas referencias siendo las de los insectos locales, quienes, a pesar de su abundancia numérica, no eran capaces de entregar grandes cantidades de información, en especial cuando se les pedía recordar eventos y lugares visitados varios días atrás; eran simples insectos, después de todo. Si bien esa falla podría haberse solucionado con la liberación de un nuevo grupo de kikaichū para, dadas las capacidades innatas de la especie, hacerlos fungir como fuerzas de exploración, el descendiente de los Aburame decidió, de forma poco sorprendente, dar más prioridad a su propia seguridad que a la recaudación de inteligencia, asegurándose de que los números de su enjambre se mantuvieran a tope mientras trabajaba con lo poco que su primer escuadrón fue capaz de averiguar antes de sucumbir al paso de las horas. Moviéndose silenciosamente entre los árboles, el hombre roto continuó su búsqueda, su cuerpo pareciéndole cada vez más pesado debido a las pobres condiciones en las que se encontraba.



No fue hasta que llegó la tercera madrugada que los insectos locales dieron aviso al shinobi que podía entender su silencioso lenguaje, otorgándole información sobre una granja en la que se cultivaba una variedad de alimentos en cantidades que no podían ser menospreciadas. El aviso fue suficiente para desperezar al Yabuki, quien comenzó a moverse al suroeste, en la dirección indicada por sus numerosos ayudantes. Como si de una burla se tratase, era una ruta que le hacía retroceder, ya que él había viajado desde el sur de la nación hasta alcanzar el lugar en el que había descansado por esa noche, una pérdida de tiempo que solo podía ser atribuida a los distintos horarios de actividad que cada especie de insecto poseía. Las estrellas aún no se borraban de su oscuro lienzo cuando el ninja se percató de que la cantidad de árboles frente a él se reducía con cada paso, señal inequívoca de que pronto llegaría a un claro en medio del bosque. Antes de que la sombra de la madera viva desapareciera por completo, el amigo de los insectos se detuvo, evitando así revelar su silueta antes de tiempo, tomando esa oportunidad para evaluar sus alrededores. Si bien la oscuridad aún cubría la tierra, el Aburame no necesitaba de sus ojos para conocer la ubicación de todo lo que en ese pequeño valle se encontraba; después de todo, el canto de los grillos aún resonaba entre los árboles, sus voces comunicando todo lo que podían ver. A pesar de esto, ahora que había encontrado un potencial objetivo, el Aburame no sería tacaño con sus recursos.

Descendiendo silenciosamente del árbol entre cuyas ramas se ocultaba, asegurándose de seguir oculto tras el mismo, Joe liberó un grupo de insectos kikaichū desde su cuerpo, el primero desde que había esperado a la reposición de sus números. Las órdenes de éstos eran sencillas: extenderse por el terreno sin levantar sospechas, usando las sombras y las vías de otros insectos para no llamar la atención mientras recaudaban toda la información que podían sobre ese lugar, comunicándose con los demás insectos en el área de ser necesario. La cantidad de edificios, las entradas y salidas de cada uno, los números de habitaciones y personas dentro de cada lugar, prestando especial atención a los movimientos de quienes estuvieran dentro, todos estos datos les fueron requeridos. Si bien era una actitud pasiva, Joe no mordería más de lo que era capaz de masticar, sus movimientos ofensivos en espera hasta tener la certeza de que podría acabar con todas las amenazas de golpe, acciones preventivas que podía tomar bajo cualquier situación; después de todo, también había actuado de esa forma en contra del misterioso enmascarado en la ciudad de los muertos, tanteando el terreno antes de utilizar fintas que cubrieran sus verdaderas intenciones. No son muchas las situaciones en las que Joe se ve forzado a cambiar su estrategia básica, y esta no parecía ser una de esas contadas oportunidades.

El tiempo, pero, era algo que no se detenía por nadie, y antes de que los insectos alcanzaran sus posiciones, las estrellas se borraron del firmamento, opacadas por la luz que anunciaba su cercanía con una suave línea anaranjada en el horizonte. Falta de luz que el shinobi no podía ver desde su ensombrecida posición, y que servía como despertador para la pieza que comenzaba a moverse por el tablero, movimiento que el pelinegro, en su ignorancia, no había previsto. El rechinido de una vieja puerta, perteneciente al edificio más cercano al vigilante, anunció la salida de una pequeña silueta, una que, si bien el Yabuki no era capaz de ver debido a su ubicación, los insectos locales ya habían detectado, información que fue compartida con los kikaichū, y, por ende, también había llegado a los oídos del cazador. Lejos de preocuparse, éste vio una oportunidad para acercarse a una presa aislada, una que podría darle información sobre todo aquello que los insectos eran incapaces de ver, como afiliaciones y lealtades.

Sí, afiliaciones y lealtades. Algo que, en cualquier otra situación, el descendiente de los Aburame habría ignorado para atacar sin inhibiciones, ahora era de una gran importancia, no para él, sino para aquellos a los que servía. Los señores feudales del Rayo, aunque sin autoridad verdadera sobre el ninja nacionalizado, quien se movía de forma acorde a sus objetivos, tenían bajo su ala a la única persona a la que él temía en verdad. Poco sabía la mujer de cabello azul sobre el impacto que sus acciones dejaron en la mente de Joe, quien, en ese momento, comenzó a considerar todas las opciones con las que contaba, siendo su único objetivo el de no antagonizar a los feudales del Rayo y, por tanto, no invocar la hostilidad de la peliazul. “Lo único que sé es que esta granja produce mucha comida”, comenzó a pensar. “Sé que debo actuar en contra de la Dama de Fuego, pero, si destruyo este lugar y termina siendo una base aliada, estaré en un lío tremendo… Podría interrogar a la persona que está afuera, pero, si se trata de un enemigo, corro el riesgo de que avise a los demás, obligándome a combatir. Podría capturarlo, pero, si se trata de un aliado, esto podría traerme consecuencias a futuro. La única opción que me queda es…”

¡Ugh! —se quejó el joven shinobi con voz amortiguada, usando ambas manos para cubrirse el vientre, como si esto bastara para amainar el dolor que lo invadió de pronto. Reconociendo la sensación como solo una persona que había vivido de caridad por años podía hacerlo, Joe se sorprendió de no haber siquiera considerado la posibilidad de volver a sentir eso una vez que hizo abandono de la nación que lo adoptó. —T-tengo hambre… —sentenció en un susurro, frunciendo el ceño que, hasta ese momento, se había mantenido firme e inexpresivo. Una sensación tan básica para él, pero que, hasta ese momento, había olvidado por completo. “¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó con severidad. “Todo esto lo estoy haciendo para vivir una vida tranquila… ¡¿Cómo podré siquiera vivir si me olvido de lo más importante?!”, exclamó para sí mismo. En esos momentos, lejos de atrapar a un enemigo, lejos de despertar la ira de una nación o de un individuo, lo único que estaba en la cabeza de Joe era esa importante carencia. “A la mierda el Rayo, el Fuego, la Dama de Fuego o la de cabello azul, quiero comer algo… y allá tienen comida”. Con esas palabras, Joe abandonó las sombras y comenzó a caminar por el sendero más cercano, el que lo llevaría a su objetivo.

Con la llegada del alba y el gradual silencio de los insectos nocturnos, la persona que salió de la casa comenzó a trabajar en un pequeño huerto a las afueras de su hogar, terreno fértil ubicado junto al camino por el que no tardó en aparecer la figura del hombre con apariencia de pordiosero, quien se acercó con lentitud debido a la pesadez de su propio cuerpo, intentando reducir su presencia de modo que la otra persona tomara la posición elevada en la relación asimétrica que intentaba establecer, una de las mañas que tenían los mendigos para salirse con la suya; después de todo, la mayoría de la gente no ayuda a las personas que pueden salir de los apuros por su cuenta, aunque también tuvo cuidado de no parecer demasiado frágil, en caso de que le solicitaran ayudar con algo a cambio de un plato de comida, situación que, en su experiencia, se repetía lo suficiente como para ser considerada como la norma. —Disculpe —exclamó, intentando llamar la atención de la solitaria persona de baja estatura, a quien evaluaría detalladamente una vez le prestara atención, algo que no podía hacer mientras ésta le diera la espalda. —¿Tiene algo de comida que pueda darme, por favor? —La voz del shinobi estaba lejos de la lamentable suavidad que solía emitir antes de ser un soldado a tiempo completo, pero el tono de aflicción en la misma era palpable.

Mientras el Aburame hacía de las suyas, sus kikaichū, al no recibir instrucciones de lo contrario, continuaron su silenciosa infiltración, prestando atención a todo aquello que su hambrienta colmena no era capaz de ver debido al hambre que sentía. Sin siquiera estar consciente de ello, Joe no tardaría en tener ojos y oídos en los alrededores, para bien o para mal.



Off:

Vestimenta actual:

Stats:
• Ninjutsu: 10
• Taijutsu: 7
• Genjutsu: 6
• Velocidad: 10 - 3
• Resistencia: 10 - 3
• Fuerza: 10 - 3

Penalización por hambre.
Equipo:


  • Kunai, 10 unidades.
  • Hilo ninja, metros ilimitados.
  • Bomba de humo, 2 unidades.
  • Bomba de luz, 2 unidades.
  • Vendas, unidades ilimitadas.
  • Sellos explosivos, 2 unidades.
  • Sellos en blanco, 10 unidades.
  • Pergamino de ADN (2/5 cuerpos), una unidad.

Técnicas utilizadas:
Kikaichū no Jutsu (寄壊蟲の術, técnica de los insectos de destrucción parasitaria): Técnica pasiva y fundamental, base de todas las demás técnicas del clan Aburame. Al ser transformado en una colmena para los kikaichū al momento de nacer, el ninja Aburame obtiene la capacidad de comunicarse con toda clase de insectos, los que siguen todas sus órdenes, al pie de la letra y sin importar cuáles sean; sin embargo, su vínculo más fuerte siempre será con sus kikaichū.

La restricción de esta técnica radica en la cantidad de insectos que el Aburame puede liberar para sus técnicas, ya que, si bien éstos son inagotables, su uso excesivo puede significar una reducción importante de la población de kikaichū en su cuerpo, lo que se traduciría en una merma de insectos para las técnicas futuras.

El ninja Aburame puede utilizar cuatro técnicas diferentes relacionadas con sus insectos (entiéndase, kikaichū) antes de verse obligado a esperar tres turnos consecutivos sin liberar kikaichū para que la población alcance sus números normales. A medida que ascienda de rango, el Aburame podrá realizar dos técnicas adicionales por cada rango obtenido, alcanzando un máximo de diez técnicas. Mientras la colmena reestablece sus números, ésta se alimenta del chakra del Aburame, consumiendo chakra equivalente a tres técnicas del rango mínimo que le resten al usuario durante el tiempo de espera. Si los niveles de chakra del ninja disminuyen demasiado, y dado que los Kikaichû son parásitos por naturaleza, el enjambre comenzará a devorarlo desde dentro, agotando al ninja a razón de -5 de Resistencia por turno.

Otra restricción a esta técnica es el uso de insectos kikaichū hembra, ya que éstos son los más valiosos dentro de cada colmena debido a que se relacionan directamente con la tarea de reproducción y mantención de la población dentro de la misma. El ninja Aburame sólo podrá utilizar diez kikaichū hembra por combate, reestableciendo dicha cantidad al término de la pelea.
Una de cuatro liberaciones realizadas. Primer grupo, dos turnos de vida por penalización de resistencia.


Sin chakra utilizado. Por penalización de resistencia, siete de ocho técnicas disponibles.
Yabuki Joe
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