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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Occidental rules. — (Mis.)

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Occidental rules. — (Mis.)

Mensaje por Katta el Sáb Sep 09, 2017 3:08 pm

Reyes. La reunión de las partes nómadas tuvo lugar pocos días antes de prepararse para la marcha hacia la capital. Días inferiores a una semana donde cada uno de los elegidos para aquel viaje se apostaban en sus descansos. Ninguno, sin embargo, lidiaba con las mismas dichas en la cabeza, y allí había el ejemplo del único rastro del detestado continente mientras amarraba bien las espadas y correas a un cuerpo nunca descansado. Hubo quienes miraron las incontables cicatrices, la prominente musculatura, o la pericia de sus maniobras. Hubo quienes no creyeron que un caballo oriental fuese igual a los suyos. Y hubo seguramente quien esperaba ver aquella magia extraña del otro lado del mundo, que no existía dentro del espadachín, apartado artificialmente. Ese corto lapso sólo sirvió para volver a forjar las espadas que había en las vainas y entrenar. Camilla, como todo el resto de príncipes y escuderos, no tuvo tiempo para dar ni las primeras pinceladas de la lengua occidental, por lo tanto, cuando se reunía todo el elenco a comer y beber, no había una conversación más allá de gestos poco concisos. Solo hubo palabras con los hermanos y conocidos del que había poco a poco reducido la sonrisa a una solitaria mueca agradable y simple. Una noche sobre la escapada y el viaje, donde Elise tuvo que se sujetada por Lazward para no lanzarle el plato a Leo gracias a su broma de la ilusión. Otra donde sólo con carne, el espadachín no acudió a la cena, y en cambio avanzó con lo que tenían para dar a los jabalíes, en una sola parte del daño que hizo a uno de aquellos animales. La última fue la más seria, donde se reunió el mando conocido con anterioridad, el rey nómada, y el extranjero al que la voz de Camilla le rozaba el oído mientras susurraba traducciones concisas del grupo. Con un mapa de manchas encima de la mesa, explicaron la ruta más segura camino a la capital. Explicando la posibilidad de encontrarse con alguno de los animales que moraban los dominios de Soleil. Repasando lo detallado del plan que incluía un cara a cara entre los dos reyes de Occidente. Algo que al espadachín no se le escapaba era la forma en que Xander, tan respetado por sus hermanos, elevado como un líder en tal sociedad, creía casi ciegamente en que Arturo no podía perder, a pesar de admitir su nula victoria contra el padre que le crió. El oro embarrado no tuvo demasiada discreción en mirar al otro pelinegro, y cuestionarse qué clase de espadachín podía encerrar esa seria y mansa figura. Siempre con aquel centelleo activo de quien quería, ahora en secreto, convertirse en el más portentoso maestro de la espada.

Las noches eran hasta agradables. La sombra que cobijaba a aquella gente era capaz de proveer un sustituo para el frío necesario. La sola idea de un clima en el extremo contrario estremecía los músculos en silencio, mientras  a medida que se vaciaba la pequeña jarra con agua se inclinaban en dirección a las voces distintas. La disposición circular bajo la carpa posicionaba al extranjero con Camilla necesariamente cerca y al lado, reclinada en la dirección del mismo. Y a la zurda Lazward y su impertérrito gesto. A la mañana siguiente, la agrupación escogida daría uno de los pasos en el afán de al menos repeler la guerra durante un tiempo. — No podemos llevar a mucha gente. La capital lo verá como una afrenta, y me niego a más tensiones. Arturo es necesario, pero no voy a dejarle solo con padre. — La voz del mayor de la casta casi rubia se hacía resonar incluso en unas paredes de tela. Líder nato, se juntaba a la derecha de Arturo mientras parecía discutirse a si mismo delante del mapa, donde una línea roja ya había designado el trayecto. — Pero Xander, es muy arriesgado, incluso para vosotros dos. No hablamos sólo de bestias, la gente os conoce. Seguro que hay quien os considera traidores. Debemos proteger- — De toda la reunión, quien había estado más alterado era Leo. Era un joven brillante, incomprensible para el que no se separaba de las espadas orientales. Pero él y todos no podían negar que era alguien imposiblemente valioso. Más cuando a su corta edad ya contaba con logros que nadie podía creer. — Por última vez, Leo. No. Tú no vas a venir. Los nómadas necesitan protección. Y todos necesitamos que empieces la construcción cuanto antes. Pase lo que pase, debemos hacer algo con Soleil, y sólo tú sabes cómo hacerlo. — Su completa actitud hacía ver que la lógica conspiraba en su contra. El oro embarrado era testigo de la manera en que un rencor infantil y una frustración más profunda aparecían en el orgulloso segundo príncipe de la capital. Fue suficiente, mas aún quedaba en el aire el crucial hecho, dos hombres solos no podían hablar en serio sobre llegar a su destino. Para fortuna o desgracia, ninguno allí estuvo preparado cuando la lengua oriental voló por las telas que hacían de pared. — Yo iré con ellos. — Aunque la peli-lila tardó unos segundos por el inesperado comentario, corrió a cumplir su función de traductora, casi exclusivamente por Arturo. — El tiempo es algo que no está a nuestro favor, las obras deberían empezar lo antes posible. Yo no sería de ayuda para ello, así que voy a prestar mis espadas para proteger a los nómadas. — Aún con el aire ofendido, Leo supo leer la muy obvia contestación a Xander. Este último parecía recordar la conversación en el salón con armas tiempo atrás con vividez, contrario a Arturo que fijaba su ámbar en el extranjero. — Zack nos acompañará también, y Camilla, me gustaría contar con Corinna también. Mientras estemos fuera quiero que tú y Leo os ocupéis de defender al resto. ¿Podréis? — La sugerente princesa finalmente se separó del espadachín, en un atisbo repentino de seriedad desde la mención de su escudera. Claramente aquella cabeza pelinegra no tenía una idea cercana a lo que significaba de verdad aquel título. La reunión terminó inllamativamente, dejando ir a cada uno en busca del descanso que necesitarían para la siguiente mañana.

No obstante, esa misma noche, mientras la diminuta avanzadilla luchaba por conciliar el sueño en sus tiendas de tela fina, huyendo del calor que les opacaría por la mañana, el rubio líder fue despertado por unos golpes. Corrió a salir, sin embargo, la buena vista de la que le proveían sus dos discos rojizos se encontraron con algo muy lejano a un asalto, miedo que le corroía en varias ocasiones por consciencia de su padre. No, se trataba del recién llegado extranjero. Él, una antorcha y sus flacas espadas saboteaban el aire con unos cortes que al muchacho nada le costaban. No era un entrenamiento, pero parecía serlo. Quizás aquel pobre chico con cicatrices innumerables no sabía bien a dónde se dirigían. Él podía ser cuan valiente cupiese, Occidente pendía de un hilo, y por desgracia el fracaso acechaba en todas partes. La seguridad con la que hablaba siempre, pensó un solo instante el rubio, podría acabar con él. No le impidió acercarse a él, pero. Con un rostro entre cansado y curioso, vigiló como las espadas orientales surcaban en completo silencio el seco aire del lugar. — ¿Qué haces aquí, Katta? Deberías guardar tus fuerzas para mañana, no estamos cerca de la capital. — Habló con un tono bajo que alertó al distante espadachín, claro en que aquellas casitas no podían frenar el ruido de ninguna forma. Las manos se detuvieron y los ojos bicolor tardaron segundos en mirar la figura reducida de Xander sin armadura y luego el suelo. — Lo siento. El calor no me dejaba dormir. — Incluso siendo fuera de la lengua natal, Xander no tuvo problemas en ver una mentira tan evidente, que sin embargo no anunció. Era en parte impresionante que incluso una frase tan simple pudiese revelar al extranjero. — Y estoy preocupado. Cuando estuvimos aquí no supe hacer nada, ni luchando contra las bestias, ni impidiendo que el rey gestase su guerra. Temo que no podré hacer nada de nuevo. No soy como vosotros. Leo y Camilla construirán el pincel, y Elise salvó mi vida. Tú eres capaz de guiarlos. Y Arturo, estás seguro que vuestro padre no puede vencerle, así que debe ser... — secamente la verborrea espadachina se detuvo por unos instantes. — ... el mejor espadachín. ¿Cómo voy a poder traer la paz así? — Para cuando aquél reaccionó, la mano de Xander se había acoplado al hombro sin aviso. Curiosamente similar a las pocas veces que Bokushi Taro hizo lo mismo. — Katta, estás siendo ciego. Deberías ver más allá de lo que no logras. No eres el único que quiere parar la guerra. La paz no tiene una sola espada, eso deberías saberlo. En vez de autocompadecerte, hazte un favor y usa ese sentido del honor. Sete sincero y mira donde estás. — El pelinegro había guardado sus espadas y descolgaba las correas de su cintura mientras lanzaba la mirada al suelo. Aquel callado sentimiento había picado la nuca de él desde la última vez que vio a su hermano. Un fracaso a punto de vencerle. Y era tan transparente como Xander pudo imaginar. — Cuando veas luchar a Arturo comprenderás por qué creo que Padre no tiene ninguna oportunidad. —


Amaneció radiante. Ardiente como era de esperar. El sol de mañana era el que Oriente conocía como tardes en los peores veranos. La figura espadachina, pudo ver el armado Xander, volvía a ser la misma segura que conoció, algo que calmaba alguno de sus miedos mientras amarraba a sus hombros parte del equipo para la escalada del muro que proveía sombra a la gente. Lo mismo hacía su escudero y Corinna, mientras Arturo era junto a Katta el más ligero de equipaje. Una espada colgaba a su espalda, sin gema a la vista. Y el híbrido de una pareja de dagas en el cinturón, usando una armadura de piel dura, contraria a los pesados metales que aguantaban Zack y Xander. Y luego Corinna con su arco y un cerrado carcaj que sujetaba seguras sus flechas. Las interminables cuerdas no eran un problema en si más allá del tiempo. Sin embargo, en un arranque de motivación por la nocturna charla, el oriental hizo uso de sus habilidades. Los nómadas habían visto a dos de las mujeres que acompañaron al pelinegro pegarse a las paredes. Eso distaba de lo que hizo él al tomar varias de las bolsas con provisiones de frutos y agua la mayoría. Pasando entre dos cuerdas, comenzó a escalar la pared vertical, con manos y pies desnudos balanceando sus pesos. Todos quedaron mirando aquella rápida subida a excepción del serio heredero que comenzó a subir a buen ritmo. Gracias a contar con aquel uso del cuerpo, el espadachín avanzó el ascenso hasta que todo el grupo conquistó el borde y tomó el rumbo hacia la capital. Encabezados por Xander, los otros cuatro viajaban a muy poca distancia, vigilando el hostil entorno. Para lo ardiente del aire, había vida. Más de la que sospechó el espadachín. Fuera de los peligrosos animales que pudieron acabar con la partida oriental, también existían pequeñas criaturas. Lagartos del color de la tierra y su textura, difíciles de ver. Algunas serpientes. Insectos de tamaño común. Soleil era un problema para la humanidad occidental, y a quien cuidaba del flanco derecho no le cabía duda; pero no podía evitar preguntarse qué animal era capaz de algo así. Animal, pero, y no bestia. Aquél ya había acabado con dos vidas de animales, y no quería consentirse ninguna más. De esa manera lo vería el grupo cuando las planicies comenzaron a temblar. Era el zumbido que parecía abundar en la tierra árida. Abejas de nuevo, pero más también. Algo que el pelinegro de ojos con oro y barro tardó en reconocer como la criatura que montaba Leo es la corta ida hacia Oriente. Una criatura fácilmente igual de grande que Eiyuu con alas y dientes, como un vástago del dragón. Toda la empresa se preparó con las espadas florecientes, y Corinna siendo quien mejor oportunidad tenía para brillar. Extrajo cinco flechas de su carcaj y comenzó a tensar y disparar en una prodigiosa velocidad. Las saetas perforaron las alas de cuatro de las cinco abejas que tuvieron que caer al suelo. El wyvern en cambio decidió colmar el costado izquierdo, habitado por Zack y Arturo. El pálido y rubio escudero estuvo a punto de salir al encuentro de la criatura, al igual que el extranjero. Pero fue el heredero nómada quien se les adelantó en un movimiento que tomó desprevenido a la mirada embarrada.

Arturo tomó su espada, occidental pero bastante más delgada que lo que portaban Xander o Zack. El wyvern pretendía arremeter contra él en vuelo con una frenética velocidad, aunque algo que no estaba fuera del ágil espadachín que describió el príncipe. Lo que no dijo fue cómo. Empuñando en la izquierda, Arturo esquivó la embestida saltando por encima del animal, el cual pareció frenar de mala manera cayendo al suelo. Al menos hasta que se reveló en la membrana de su ala diestra un agujero que desequilibraba su vuelo lo exacto para obligarle a no despegar de nuevo. Las Ryusei comenzaron a tiritar, incluso la que había en la mano del espadachín. El wyvern arremetió contra el otro pelinegro repetidamente, pero este usaba su cuerpo de un modo que Katta pudo reconocer. El modo en que la espada era casi fantasmal, apareciendo y desapareciendo de la vista, la exactitud en cada vuelta, la maniobra y la elegancia, todo se congregaba en la lucha de ambos que sólo atontó unos segundos al espadachín. Este corrió hacia ellos, pero no en socorro del heredero, sino por uno de los insectos que pretendían perforarle con su aguijón. Fue detenida gracias a la agilidad propia de Katta, quien realizó pequeños cortes en las alas para amedrentarla y hacerla huír como el resto. Una incursión que fue fácilmente solucionada, pero que hizo al espadachín mirar a Arturo. El tiempo mínimo había podido jugar con la cansada mente del de mil cicatrices. La mirada era devuelta con aspecto de entre curiosidad y confusión mientras su espada era nuevamente llevada a la espalda, no sin antes limpiarla rápidamente. Ese no era el estilo occidental que conocía Katta, no era lo que vio hacer a Lazward en su momento, ni una adaptación de la lanza de Adrián. No, y sin embargo, había visto algo en aquella centella de tiempo.
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Re: Occidental rules. — (Mis.)

Mensaje por Katta el Mar Oct 10, 2017 9:10 pm

Honor. Las piernas de los viajeros descansaban cada muchos kilómetros, la capital no era tan cercana como en una nación oriental, y el sol abrasador era el responsable de más lentitud. Si había algo que no podía permitirse la partida era hacer noche en las tierras sin poblar. Las bestias pasarían a su estado más peligroso, y sobretodo, el calor de todo el día almacenado en la superficie haría el sueño imposible, desmenuzando la fortaleza de ellos en piezas. Los recesos estaban calculados para impedir que la llegada a las puertas de la capital fuese más allá de la caída del sol. Eso era, pero, con un solo factor en mente, los animales. Para desgracia de ellos, ninguno sabía que albergaba el camino enfrente. Sus atenciones estaban distribuidas en el entorno y el pensamiento propio. Un príncipe que podía lamentarse de depender de la espada de otro a pesar de sus palabras a un joven preocupado. Un serio líder que gestaba el bien para su pueblo. Una escudera separada de su princesa que aún orgullosa de ser llamada a tal evento no podía sino preocuparse de la seguridad que le fue entregada como motivo vital. Otro escudero cuyo príncipe presente tendía al peligro como la mayoría de honorables. Y un extranjero que no dejaba de cuestionarse aquel instante en que vio una estela de un pasado lejano. Los ojos de éste se habían demorado en la forma de la espada, los músculos de Arturo, sus manos. En una lectura que muy pocos comprendían. Donde las duras líneas de las palmas hacían evidente el tiempo que esta había sido atacada por la aspereza de una empuñadura, y los brazos de un espadachín ambidiestro incapaz de contener aquella atracción por el arma predilecta. El recto órgano separado del cuerpo de un espadachín que bailoteaba en su espalda pese a sus fuertes amarres. Vibraba. Se trataba de aquella vida que no sabían reconocer muchos. Incluso el hermano de aquél no supo distinguir lo que su espada pedía en sus viajes. La manía creída del espadachín que aplacaba a las Ryusei con un ligero y comprensivo toque tenía historias detrás, siempre consideradas desvaríos de un obsesionado con los filos. Sin embargo, cuando el silencio sólo era interrumpido por los pasos y el cabalgar de las armaduras, un gesto simple hizo que aquel desvarío alcanzase por segunda vez una realidad próxima, cuando el fornido brazo izquierdo de Arturo tocó con calma la cabeza de la espada, deshaciendo su titileo. Incluso los ojos de ámbar miraron la empuñadura, y en su giro cazaron a unos muy abiertos discos de oro embarrado, en una coincidencia silenciosa, y efímeramente corta.

— ¡Pro nobis! — Así juraba la arquera que con la facilidad que demostró con los animales asaetó el aire con dos de sus silbantes armas y el arco. Sin embargo, cuando todo el resto de viajeros siguieron su rumbo, las sospechas de algunos se vieron cumplidas con el tañer de la punta metálica de las flechas rompiéndose sobre un portentoso escudo de acero. Dos hombres y dos mujeres se mostraron escurriéndose desde las rocas más grandes, cada uno con un aspecto distinto y un arma, además de armadura que albergaba aquellas piedras, sustitutas del chackra en Oriente. Los encabezaba el objetivo intacto de las flechas, un enorme hombre en cuya diestra había un gran escudo unido a la resplandeciente armadura en cuyo pecho descansaba la piedra, en la zurda un alargado bastón metálico y con adornos que sujetaba otra gema en su extremo superior. El espadachín recordaba al Bokushi hablando de técnicas médicas en comparación, y pese a sus muchas diferencias, era el objeto que usaba Elise en sus milagrosas curaciones. A su izquierda, un lancero con un arma de factura simple y cuya armadura estaba basada en una capa con una gema como botón de cuello y cuero duro bajo ella. En el lado derecho por otra parte, había dos hermanas; claro por su parecido idéntico. Sin embargo, una de ellas estaba igual de armada que el enorme hombre, salvo que en vez de escudo portaba una espada tan alta como ella y pesada, pero levantada con abrumadora facilidad, mientras la otra usaba a la vista un arco, más largo que el de Corinna, igual que la flecha que ya se posaba en su mano. Sus armaduras y ropas de colores oscuros hicieron de prueba para el príncipe rubio, que pronto reconoció la factura de la capital. Al igual que él, el resto de miembros de la avanzadilla, incluido aquel que poco conocía; pues el espadón de la mujer contraria era hermano de los que vio en la sala de Xander. Éste no tardó en hablar. — Volumus dicere ad regem. — El príncipe era el único cuya arma no se había desenvainado, aunque la mano rozaba la dura empuñadura de acero. No había nadie para traducir la conversación corta de los dos líderes, sin embargo sólo con sus expresiones, cada vaina en el cinto de Katta tembló al saber que una contienda estaba próxima. — Dicit rex: Non dimittet traditores in terra mea. — La risa se le escapaba entre las palabras mientras amarraba con más fuerza su bastón y con él golpeaba la tierra una vez. Hecho aquello, los otros tres occidentales se adelantaban ante él, armas en mano. Sin dar ninguna otra oportunidad al diálogo.

Las tres figuras eran claras, superaban con todo lujo a la mayoría en su tierra. Todos excepcionalmente formados. La primera persona en revelar su pericia fue la arquera de gran alcance. Aún con tanta distancia, separó su ofensiva en dos disparos con dos flechas cada uno. Ellas dirigidas a Corinna y Xander, y las otras solamente a Arturo. Aquélla de gris cabellera se apartó del rumbo, como buena arquera sabía que en una verdadera lucha, los proyectiles más grandes siempre ganaban. Al igual que ella, Xander hizo acopio de moverse con rapidez hacia el lado derecho, con su escudero cuidando su espalda. El único que propuso no moverse fue el orgulloso heredero. Arturo había desenvainado con silencio, y con silencio, su mano dispó la primera flecha con suma facilidad, que se estrelló a escasa distancia del pie. La otra, sabían todos, era igual de fácil de desviar, sin embargo, cuando la campanada de acero sonó su canción, no fue el mismo muchacho, sino el extranjero. Como cabía de esperar, los habilidosos dedos distribuyeron el peso y la fuerza del arma lanzada, dejándola seguir su curso hacia muchos metros atrás en un despliegue de la defensa. Tercera y cuarta usadas, resplandecían al sol de la bestia madre con un fulgor digno del portador, que aún callaba ideas. El otro pelinegro pudo ver, sin embargo, la mezclada sonrisa, amable y protectora de su gente; y el imborrable sentimiento de los verdaderos espadachines al empuñar sus armas. Como antes, no era el momento de admirarse. Gracias al escaso tiempo que se habían distraído con las flechas, la portadora del espadón y el lancero habían acortado distancias. Ella en busca de Xander y Zack. Él, de Corinna. Mientras, eran provistos del apoyo a distancia y del sanador escudado que mantenía sus distancias. No eran simples guerreros, eran un equipo. Era visible la formación, y de ella nacía un peligro acechante. Tres flechas más escaparon en dirección a los dos morenos, que esa vez sí corrieron, pero hacia delante, hacia el portador del escudo. La lucha comenzaría, la guerra en su diminutiva forma. El decidido portador de doce espadas no provocó ninguna sorpresa en el príncipe rubio, quizás sí en el resto de quienes entendieron. — ¡Dejadles inconscientes! — Pedía en el tono humilde mientras eran mostradas Ken y Tate. La arquera y su líder esperaban a la pareja de espadachines.

Desde su carrera, el de ojos manchados dedicaba el segundo plano del pensamiento a la triste idea. La primera vez que los pies pisaron aquella tierra, todo pareció teñido de honores. Ahora, una junta de talentosos guerreros se vendía a la voluntad de acabar con sus hermanos. Entristecían tanto al espadachín como a las espadas que esgrimaba. Antes de acercarse más, dos nuevas saetas se dispararon en dirección a ambas cabezas, con muy poco tiempo de reacción, ambos siguieron confiando en los aceros de la mano. Con un lenguaje simple de miradas, la pareja se dividió. El de varias armas hacia la arquera, y el portentoso heredero hacia el escudado sanador. Eran opuestos, la luchadora a distancia y el de la melé. Tan evidente que ninguna vergüenza surcó a la sicaria cuando comenzó a correr y saltar con agilidad por el terreno. Usaba las altar rocas para huir del espadachín, y en los intervalos de la persecución, una nueva ofensiva era disparada, carente de una mortal precisión, pero aún así peligrosa. Por ese peligro era que el espadachín no podía permitirse abandonar el arte más defensivo que controlaban sus manos. Los proyectiles eran continuamente negados, pero ningún progreso se daba, gracias a las acrobacias envidiables del arquero y cómo comprometía a su enemigo. Éste necesitaba alguna manera de arrimar distancias, para su fortuna, aquel estilo no sólo podía defender. En la siguiente refriega de tres flechas expulsadas con una gloriosa habilidad para hacerse durante una pirueta, el hombre de tez morena dejó de correr. La base sólida que la postura permitía extrajo dos nuevas espadas, y ellas se colocaron cono ríos fluyentes. No golpearon, sino que deslizaron las flechas como la sopa de un cuenco, y en un momento, ellas volvían en dirección a su dueño. Aunque una reacción sorprendida y frustrada era de esperar, el grito de maldición del escueto hombre tomó desprevenida a su contrincante. No recibió ninguna herida más que de una de las flechas que le repasó el brazo sutilmente antes de poder huir por el suelo. Juraba en la lengua natal, en un entorno propio de la única persona cerca; ello mientras el arco volvía a ser atravesado por una sola flecha, pero quieta esta vez. Katta se acercó en carrera, espadas en mano, esperando una rendición que no iba a llegar. La saeta voló, pero al hacerlo lo encabezaba un brillo que había visto el oro embarrado no tiempo atrás. Dentro de una lanza, en la casa del espadachín que lo portaba. Suficiente información para, por primera vez, dar un paso largo y lateral y esquivar el proyectil. Éste cayó en el suelo por la gravedad y fundió éste en nada antes de perder aquella luz oscura.

El rápido vistazo sirvió de pausa mientras la mujer de las flechas se recolocaba de una manera cansada. Más allá de la flecha se encontraban el resto. Pese a tratarse de un buen maestro de armas y contar con su propia arma con gema, no la que Kazuo regaló, junto a su portentoso escudero, la mujer y su enorme arma estaban haciéndole frente a la pareja, e incluso retrocediéndolos con sus potentes embestidas cuasi-animales. Lejos de ellos, Corinna hacía gala de un elegante manejo del arco. Más corto y débil que el de la mujer, sí, pero sus persistentes flechas habían hecho mella en el lancero. Y luego, el enorme escudado con bastón estaba en el mayor problema. Sin saber cómo, el heredero había logrado destrozar su postura por completo. La sola arma de Arturo era capaz de viajar de un lado a otro, y había hecho una seria cantidad de quiebres en la dura coraza. Seguía siendo el más cercano al espadachín, pero cada quien estaba enfrascado en su lucha. La suya, ahora, continuaba. Una nueva flecha, pero sin un corrosivo añadido, fue lanzada a pocos metros, evitada por el desgradado movimiento de ella, pero por pocos centímetros. Aquél lleno de cicatrices regresó a su empeño de dejar fuera de combate a quien no podía sostener una conversación con él. Se movía lentamente y el cuerpo parecía pesarle, fue un buen aunque incomprensible añadido para que el de oro embarrado se postrase finalmente cerca. A un revés con la mune de la onceava Ryusei, la aparentemente desprotegida pareció soltar un soplido. Amarrando su capa como un escudo, pese a tratarse de un cuero común a la vista, la espada se despidió hacia su cabeza, la tela que lo cubría de repente se convirtió en un fortísimo hierro. La colisión retronó y dejó en el retroceso una apertura que la arquera sólo pudo aprovechar sacando una de las flechas con la mano, dispuesta a apuñalar con ella al combatiente. Algo que habría logrado de no ser por el último instante en el que un paso atrás era dado por Katta. En un alarde de habilidad, la pierna que se separaría del suelo tomó el impulso necesario para propinar una patada firme en la mandíbula de la aquera, despidiéndola hacia atrás, y enviando la flecha al suelo. El golpe y su debilitada pose consiguieron que se terminase por separar del arco, a mitad camino de lo inconsciente, los aceros se preparaban para dejar sin sentido a la mujer, cuando se exhaló un grito aliado.

Corinna, aunque a lo lejos, había perdido su ventaja contra el lancero, así como el arquero contra el espadachín. Todas sus flechas volaban sueltas y sin fuerzas, y sólo podía esquivar los golpes vinientes de un hombre que parecía disfrutar lanzando cortes al aire como un vil juego. Katta debió ser el único, por no estar del todo en peligro, en girarse, pero un segundo quejido fue soltado, pocos metros allá. Arturo había logrado dejar los brazos al descubierto del gran hombre con bastón al destrozar sus juntas, y el mismo lucía agotado. Pero como dictaba su código de honor, nunca un aliado debía ser ignorado, razón por la que no pudo esquivar una patada enorme de la pesada armadura. El oro embarrado vio correr a la figura blanquinosa que era Zack en auxilio de la arquera, por lo que el destino suyo era claro. Los pies se adelantaron al pensamiento y ya hacían carrera hacia el derribado Arturo, que del golpe había echado pequeños borbotones de sangre y saliva por la boca. Conservaba su arma, sin embargo. Igual que ellos, el hombre del bastón corrió a la arquera, y habló en un tono bajo mientras les miraba. Expulsó palabras desde su boca a la vez que su bastón se iluminaba como la flecha de la otra. El espadachín ya estaba listo para cargar con Arturo y salir de su trayectoria cuando el brillo cayó hacia su compañera de forma incomprensible. No tardó en protegerla. Su rostro serio denotaba tanto compañerismo como en el bando contrario. Algo que respetar y temer, pues se avecinaba una demostración mucho más explícita. Apuntó hacia la pareja de espadachines, de pie ahora que Arturo había asegurado, de la forma más simple, que estaba bien. Ambos dispuestos a enfrentar con honor y respeto la fuerza que el hombre quisiese dar. El resplandor prácticamente opaco se saturaba en el bastón con furia. Podía verse el cansancio de sólo formular el preparativo, algo que lo dejaba lento, hasta que la voz del rubio príncipe destacó sobre todo el aire. — Ad terrem! — Occidental que el espadachín no entendió, pero que empujó a Arturo a propinarle un poderoso empujón y echarlo al suelo al mismo tiempo que él. Del bastón se expulsó un rayo impresionante del mismo negro-morado, pero de una intensidad imposible. Esta línea siguió por varios metros, haciendo de muralla entre los dos espadachines y despedazando el suelo entre ellos. Tanto debía ser el esfuerzo que el hombre, herido y cansado, no podía moverse más, por lo que no pudo perseguirlos a los dos con el ataque. Nadie vería como una flecha, oculta tras el fulgor, volaba por el lado contrario al extranjero.

El estruendo concluyo con el metal de la armadura cayendo rotundamente al suelo, agotado completamente. La arquera había acabado por dejarse llevar por el cansancio también. Corinna y Zack habían logrado noquear también al lancero, y por desgracia, la poderosa portadora de gran espada sufrió las peores consecuencias del destructor ataque. Con Xander exhausto, la lucha no continuaría, pues su contrincante ahora carecía de brazo izquierdo, y su arma su había volatilizado en gran medida al verse en la trayectoria del ataque de su líder. Su grito se ahogó en un desmayo por el intenso dolor mientras la sangre le brotaba sin control. Una victoria no era así. Katta había estado en la misma situación meses atrás. Dos cuerpos desmoronados en el suelo a manos de quien fue su compañero. Y una guillotina para la entereza de su honor cuando fue forzado a abandonar a los caídos, y cedió. Las manos apretaron con desmedida fuerza las empuñaduras. Era otro fracaso, otro más. Pero en las palabras de Xander existía algo que lo empujó. "... usa ese sentido del honor. Sete sincero y mira donde estás..." Antes de nadie decir nada, Shiro se había ocultado en su cueva primordial, mientras era Ototo quien atravesaba con presteza la tela negra de los pantalones. Dejando un visible y gran agujero desde medio muslo hasta acabar el camal, el triángulo fue rápidamente atado sobre la herida de la mujer espadachina a forma de torniquete, impidiendo de la mejor manera posible que entrase en contacto con la herida por la suciedad. Xander se recomponía y postraba bien su armadura, y los dos escuderos miraban algo lejos. Arturo se estaba poniendo de pie, había cerciorado demasiado rápido el espadachín. La rápida mirada buscó los violetas del príncipe. — Hay que llevarla pronto a la capital, si hay alguien capaz de hacer lo que Elise podría sanarla antes de desangrarse. — El occidental no necesitaba más comprensión para ver que el espadachín no hablaba de forzar al grupo. Tampoco había aliados o enemigos en aquellas palabras. Era un hombre de honor, demostrando su paz. Katta estuvo dispuesto a llevarlos a todos encimas si era necesario, pero unas palabras en occidental de Xander bastaron. — No te preocupes, Katta. El honor de un nómada es inquebrantable. — Una sonrisa se apostigaba en su boca mientras él mismo tomaba a la mujer malherida y la cargaba en los hombros. De la misma manera, Corinna conseguía transportar al lancero con ayuda de Zack, al parecer ambos habían sido heridos, aunque no presentaban tantos cortes como para necesitar ayuda con alguien no tan grande. Arturo, por último, volvía lentamente con el arquero a su espalda. Su andar era, si cabía, más lento que el del resto. Algo en aquella escena hacía mella en el aún expuesto corazón del espadachín. Era un caso nunca antes dado, que el honor fuese correspondido de aquella manera. Se humedecían los ojos irremediablemente mientras Arturo hacía acopio del occidental para decir algo, suspirando tras su frase. — Dice que cargues tú al líder, él ha recibido un golpe en las piernas. — Tradujo de inmediato la fémina, y sin tardar un segundo más, el espadachín lloroso salió despedido, dejando al príncipe y sus cercanos atrás con una curiosa mirada de entre incomprensión y algo de alivio por algunos. El hombre, aún y sin su armadura, era pesado, pero estaba a la vista que el espadachín fue el menos herido en batalla.

El camino no sería corto, pero la motivación de no dejar ir una vida fue suficiente carbón. Fue admirable puesto que en el camino descubrieron, entre las ropas del lancero y luego de la arquera, unas pequeñas botellas con líquido colorido dentro. Los cansados escuderos llegaron a la conclusión de que se trataba de un veneno. Era la única explicación para ellos no poder hacer buen uso de sus cuerpos mientras Katta y Xander lograban andar sin problemas. Luego estaba Arturo, quien insistió con seriedad que su andar se debía a un golpe y que no le habían herido con veneno, aunque era ahora quien cubría la retaguardia. El respeto de Xander y los escuderos, y la aún inocente confianza del espadachín oriental hicieron que fueran pocas las veces en que preguntaron antes de llegar a las puertas. Los recuerdos amargos de aquel lugar hicieron que Katta se mirase a si mismo por un momento. De los momentos de duda había nacido uno en que se demostraba la posible paz, donde atacantes y atacados habían borrado aquello en pos de una verdadera vida.
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Re: Occidental rules. — (Mis.)

Mensaje por Katta el Miér Dic 06, 2017 5:22 pm

Victoria. Las puertas a la capital bajo el suelo hacían emerger el aire enclaustrado en ella. Con él, como el polen en primavera, recuerdos sobre una cabeza morena que asiaban con poco tacto el pensar. Ya no visibles, el oro manchado veía aún los riegos de sangre que tiempo había dejaron atrás dos vidas, guardianas de la ciudad sin culpa de nada. Donde ellas ahora, dos nuevas sombras aconsejaban en su porte no cortar distancia. Dos bienformadas féminas que ocupaban las manos con prominentes lanzas, tan largas como astas de bandera, los antebrazos cubiertos de escudetes, y lustrosas armaduras bañadas en oro, sol y magia. Ellas, las lanzas, pronto habían caído con la gracia de la maestría ante el aproximamiento sin ninguna discreción del gentío occidental y el extranjero con ellos. Desconfiadas, apegadas al suelo con postura de árboles centenarios, fue el príncipe antaño sucesor quien entabló la corta conversación. Incluso en la ajena comprensión, el extranjero empezaba a entender ligeras palabras. Traditor, improbi, rex. Así reinaron cortos minutos en que las guardianas dividieron la tarea, una encabezaría la vigía, y compañera guiaría al interior a aquellos cuyo paso no era bienvenido. Los mismos escalones eran distantes a aquéllos. En sigilosa infiltración, en un propósito más débil, las espadas tatareaban quejidos en las vainas. Ahora, ellas permanecían en seria quietud por un respeto a los heridos, y al lugar. Nunca el manipulador de varias espadas postró respeto a la cueva edificada, así hacía ahora con el humilde mirar que no se correspondía con el que aminorados habitantes devolvían. No al espadachín, él fue la última víctima en verse afectada. Traditores era un susurro recurrente aquella vez, mientras los nómadas no pasaban desapercibidos en el camino que marcaba la guardiana. Ninguna violencia salvo la verbal se manifestó, mas los escasos minutos antes de ver volar a los cargados heridos valieron suficiente para dejar clara la postura de quienes no siguieron al rubio ex-heredero y el séquito. No las palabras pero sí las miradas, el oro manchado llanamente aceptó en silencio. Tal como Arturo, tal como Xander, tal como Corinna. Una última cara, pero hacía alargarse una peligrosa sombra. En el rostro de Zack se leían claros signos de lucha, un feroz orgullo se arraigaba en el ceño fruncido teñido de blanco. Un ceño fruncido forzó una sonrisa ligera y efímera antes de toparse con el portón.

Delante de aquella construcción de colosos habitaban variedad de más guardias, parloteando entre ellos en ignorancia a los venidos del exterior. La mchedumbre que rodeaba aquel grupo se disgregaba de nuevo en su cotidaneidad, mirando por lo suyo. El oro con manchas sin embargo accedía a ver a los guardias y la ostentosa puerta. De madera ella, con barras de hierro recorriéndola y enfundadas en relieves tan precisos como los de las Ryusei, que se alzaba por más de dos decenas de metros. Contenía en su interior un edificio circular, nada parecido que recordase el oriental en la tierra de donde vino, y era guardado con recelo. A pesar de ello, aquella entrada gigantesca fue permisiva, y pronto mostraron el interior, a través de un largo pasillo hasta la arena. Un círculo terroso de cien o más metros de diámetro guardado por una circunferencia aún más grande de gradas hechas de piedra. Como una montaña diseñada. Había columnas de la misma piedra en los puntos cardinales, anchos cilindros alrededor de las gradas, pero que ascendían infinitamente hasta el techo de la cueva. Sólo la guardiana y los intrusos pisaban la arena, pero en el punto oeste, sentado con el porte de la majestad y en su distinguido asiento, el hombre que coordinaba aquella guerra cruel y sangrienta. El pelo canoso, las arrugas y las cicatrices no hacían sino enalzar el respetuoso gesto del espadachín. Aquél era un guerrero. Cuando alcanzaban la cercanía más cómoda allí, la pared medía siete metros hasta la primera fila, el hombre con ojos ambarinos despertó de su sillón y se acercó a la cornisa del estadio. Un gesto serio y una postura rígida que comenzaba otra conversación en la lengua de aquella tierra. Aquella vez, pero, la arquera envenenada accedió a hablar como su protegida le enseñó. Por orden de Xander, se acercó al espadachín foráneo para traducir lo que se decía.

— ¿A qué vuelves, Xander? Después de marcharte, creí que no te vería más. Aunque parece que no has venido para rectificar tu insolente error. — Aunque la voz potente del monarca se extendía con normalidad, la roca hacía retumbar aquello como un mensaje hasta las sienes de cada uno de los asistentes. Todo lo contrario al murmullo generalizado que cubría cada asiento. Fijándose mejor uno, no había casi ningún hueco sin llenar, a pesar del corto tiempo del que dispuso la capital para alertarse de aquella presencia. — Ahórrese su discurso, Padre. No he venido a discutir, sino a cumplir con lo que prometí sobre mi honor. La guerra que persigue nos abocará a una miseria aún mayor a la que nos somete lo que vive allí fuera. Y por ello he venido hasta aquí. Reto al rey Garon a un duelo, que en mi victoria no permitirá zarpar las naves que prepara hacia Oriente. — El murmullo se calló y todos los ojos miraron al rubio príncipe, incluyendo los ambarinos del rey que no desdibujaba aún su sonrisa. — Te has vuelto obstinado junto a los nómadas. Como lo fue su líder. No será diferente a ninguno de nuestros antiguos duelos, Xander. Pero dime, ¿qué ocurrirá cuando hayas terminado sobre el suelo? — Con su postura orgullosa, la figura de Arturo conjunto a su espada se postró al lado de Xander. El rostro serio del moreno, o quizás era su sola presencia hizo por primera vez decaer la confiada faz del rey, aunque en los momentos siguientes regresó inexplicablemente a su estado de serenidad. — Luchará mi campeón, Arturo. Y en el caso de perder, haremos entrega de nuestras gemas al castillo y no intervendremos en la lucha contra el otro continente. — Un silencio largo hasta que la sonrisa se agrandó en el rey mientras separaba sus manos de la barandilla del estadio. — Si es con esas condiciones, aceptaré cuantos duelos te atrevas a lanzarme. — El hombre de gran cuerpo se esfumó pronto, yendo a preparar su armamento al igual que el grupo de Xander excepto Arturo fue guiado a uno de los palcos bajos donde poder apreciar enteramente la contienda. Allí, todos vieron como Arturo preparaba su postura, pero había algo que crispaba la visión del consagrado espadachín, algo no estaba bien a pesar de ser tan minúsculo cambio que nadie más lo apreciaba. Entonces lo vio, como los dedos de Arturo, estirándose hacia su espada, se tensaban mínimamente. La espada estaba más baja. El recuerdo de verlo luchar de una forma tan particular activó pronto las alarmas del joven extranjero que se apoyó sobre la barandilla, clavando los ojos sobre la nuca del heredero, mientras emergía Garon con una larga y robusta espada, enfundado en una imponente armadura de cuero negro con partes de cota de malla y ninguna gema brillando a la vista. Era fiero, con el aspecto del guerrero que era, y una confiada seguridad que invadía toda la enorme arena, sin embargo era algo que al espadachín impresionaba menos que la postura del aliado. — Arturo no está bien... —



El primer estallido fue estruendoso. Garon había arrasado con la distancia, y el portentosa espada había caído en un ángulo tan obtuso como le permitía el largo brazo con el que la sujetaba, mientras el otro occidental reaccionó a tiempo pese a su condición. Hasta su sabedor contrincante se sorprendió cuando el acero quedó suspendido en el aire y la mano derecha de Arturo se escapaba hacia la daga habilidosa. Aún así, el rey era suficientemente veloz como para sujetar  retorcer la mano de aquel muchacho con agresividad, alimentando los gritos de los asistentes. Los ojos de oro manchado no veían sino potencial despreciado por el peor estado que mintió el heredero. Desgraciadamente, él comprendía aquello, también estuvo en aquella posición, y hubiese hecho lo mismo. No hacía menos la preocupación, ni la suya ni la de Xander que ahora apretaba sus manos en contra de la piedra, y luchaba con más ferocidad que ellos dos por no interrumpir de inmediato el combate. Sabían todos que sería una herida infinitamente peor que la que dejase Garon en su cuerpo. Aún así, el pelinegro se desenvolvía con la agilidad propia del respeto del príncipe, contorsionando el cuerpo con maestría para realizar un preventivo corte que obligó al rey a soltarlo, yendo directamente a por él en un instante en que Arturo debía volver a colocarse por un deslizamiento errado de los pies. Pese a aquello, los ojos del espadachín, que no de la espada, veían cuán lejos estaban. Era un duelo de un nivel diferente. La pericia y la precisión no eran comparables, ni la manera de responder. A lo único que aquel hombre de mil cicatrices podía aspirar era a comprender los movimientos entorpecidos de Arturo. La manera de devolver la espada a la vaina, la capacidad de cortar justo el aire que quería. La forma desajustada de la postura, reconociendo los fallos. Si Xander apretaba la piedra, Katta estaría a punto de destruirla. Las sospechas se convertían en realidad dentro del injusto combate mientras expelían dichos en  occidental que el espadachín no lograba descifrar. — Está dando espectáculo, quiere enervar a Arturo para que cometa un fallo... maldita sea. Y nadie va a creernos si hablamos del ataque. Si Arturo no puede más, yo mismo lucharé con Padre, ganaré a cualquier precio. Katta, tú... — Acostumbrado a un espadachín sereno y amable, cuyas formas se guardaban en la buena educación, la acometida verbal de éste aquella vez casi desorienta al occidental al recibirla. Incluso Zack y Corinna al otro lado parecieron sorprendidos. — Lucharé yo. No voy a permitir que luche de esa manera. — No estaba pidiéndolo, ni tampoco lo ordenaba. Era una afirmación rotunda en un rostro serio y convencido que se apegaba a una determinación propia de cualquier nómada. El espadachín estaba viendo la manera en que Garon le superaba en cada aspecto del cuerpo. Como era, el suyo, un estilo mucho más pulido, entrenado en todos aquellos años que le sacaba de ventaja al incompleto. Más aún cuando el rey, habiendo recibido varias heridas, aunque nada comparado a la golpiza que se había llevado Arturo, comenzó realmente a enfocarse en la pelea. Sablazos que dejaban en ridículo a las delgadas katanas que vibraban con su propio sonido. Y a pesar de ello, ni una sola célula de aquel cuerpo estaba dispuesta a echarse atrás. — Te necesitamos bien para regresar. Además, eres más fuerte que yo, serías quien mejor nos proteja. Si Arturo es superado, quiero que revisen que mis armas no han sido envenenadas, no quiero que dejarse vapulear de esta manera sea en vano. — No era propio de Xander negarle aquel tipo de cosas a un hombre decidido, pero las palabras que hubieron en la noche en conjunto a las de ahora hacían al príncipe preocuparse del estado mental del espadachín, temía que el irrompible muro de determinación fuese derribado por los salvajes ataques de su padre; o que negarse terminase por confirmarle al joven moreno su supuesta debilidad. Además de ello, no podía permitirse entregar las gemas, o las consecuencias durarían más que su propia vida para remediarlas. — Comprendes bien la importancia de este asunto. Pero detendré el combate si es necesario. En esta arena predomina el más fuerte, así que séelo esta vez. — Durante la conversación, la corta pelea entre el rey de la capital y el heredero nómada concluyó con el acero de su majestad cerca de la frente de un agotado Arturo, que había perdido de las manos su espada y su daga. Agotado y frustrado. Había satisfacción en la cara del rey, que pronto observó a su hijo con aire triunfante, para encontrar a su lado al espadachín devolviéndole la mirada, junto con el resto de intrusos. Aunque no conociese las costumbres ni el protocolo, el visiblemente tenso Katta pronto expelió su desafío. — Desafío al rey Garon a un duelo. — Los nacientes aplausos se detuvieron frente al habla oriental, y pronto se convirtieron en negativas, mientras los dos combatientes miraban con extrañeza aquel palco. Xander prontamente hizo de intérprete, esperándose aquel tipo de actitud viniendo del hombre honorable a su lado. — Si venzo, detendrá los barcos. Y si me vence, obtendrá las gemas de los nómadas. — Garon pronto accedió a la conversación, luego de liberar a Arturo de la amenazante postura, mirando a Katta con un aire despectivo. — Ya he vencido a un campeón, Xander. ¿Y vas a enviar a un oriental? — Aunque el príncipe estuvo apunto de responder, quien fue más rápido de lengua fue el mismo oriental. — Sí, soy oriental. Así que aceptaré cualquier condición que crea que iguale la pelea sin usar magia. Y si me vencen, podrán usarme para llenar todas las gemas que quieran. — Pese a ser un paupérrimo precio, Garon sabía que negarse le haría parecer débil. No era, pero, un hombre sin recursos, así que volvió a sonreír con la superioridad de la corona. — Acepto tu desafío. Pero lucharás con sólo dos de esas espadas, y si mis guardias captan la más mínima expresión de la magia oriental, perderás en el acto. — El de varias cicatrices pronto miró al príncipe, y luego al heredero, cuya expresión estaba dolida en fracaso. Era más fuerte que Katta, pero aquel honor que demostraba ahora le era invisible, y desagradable; la paz no debería consentir aquel tipo de actos.

— Acepto. —

Alrededor del oriental existían caras diversas. Seriedad en Xander, frustración en Zack y Corinna. Pese a todo, había aún una línea dibujada entre el espadachín y aquella gente, que cada uno se había dedicado a interpretar, él como debilidad. Eso no impedía sin embargo que el joven espadachín empezase a desanillar las vainas de aquel cinto tan íntimo, hasta que sólo cuatro vainas y dos espadas restaban el peso en el cuerpo, dejando una marcada diferencia en la habitual silueta. Ototo y Yakusoku. Antes de marchar, sin embargo, el pelinegro tuvo unos segundos de mirada con el príncipe rubio. Ojos sinceros que rara vez ocultaban algo, ahora estaban aglomerándose por tapar el oro. — Pídele a Arturo que me mire a mi y no al rey por mi, por favor. — Así realzaba Xander la extrañez, con un ligero asentimiento antes de ver bajar a aquel espadachín, serio como pocas  veces, descendido hasta la arena. Desprotegido en comparación al rey, él viajaba sólo con anchas telas como pantalón y vendas negras alrededos de las manos y los pies, sucias del viaje. Aquellos pies descubiertos como el pecho hacían correr el murmuro incrédulo del público tan pronto se acercaba a la escena. A la llegada, Arturo era capaz de ponerse de pie con ayuda de la determinación como bastón, y esperaba con porte distinguido al otro pelinegro, más frustración se podía leer en los ambarinos. No se sorprendieron de ver la mano de Katta extendida, y la tomó sin remilgos y con fuerza. Tras él había huellas manchadas con su propia sangre, que creaban vergüenza al orgulloso. A pesar de la barrera lingüística, lo que le dijo aquél, delante de los habitantes de la capital y del mismo rey frenó por unos segundos el sonido, sólo seguido por el eco. — Ego sum gladius, et pax portat me. — Formaba parte de lo que era Katta, sin importar el origen, sin importar el misterio que había comenzado a entrañar, siempre había estado ahí, como uno de los pilares inamovibles. Sin embargo y por primera vez, hubo un momento en que alguien más se abrazó a aquel pilar, lo sostuvo y lo hizo más fuerte. Las primeras palabras que regalaban las cuerdas de Arturo hacia aquél quien de la nada aparecía por el bien de su pueblo, y de su tierra. Ut ferrum tuum luceat clarius quam splendens.

Gracias al silencio que engendró el mejor pronunciado enunciado del antiguo rey, las palabras que vinieron después de la voz ronca del espadachín occidental retumbaron durante unos segundos larguísimos. Desconocía Katta qué significado se hallaba tras ellas, nunca habían invadido los oídos esos sonidos, e incluso una rápida mirada desveló que no era esperado por nadie. La sonrisa triunfante de Garon había desaparecido de inmediato y transformado en una mueca de desagrado. A lo lejos, los tres nómadas habían sido petrificados rápidamente. Sin nada más, el heredero marchó con su propio cuerpo, mientras el oro embarrado viajaba hasta la cara del que ya se preparaba. Pese a la altura desmedida de Katta, aquel hombre estaba pocos centímetros por encima. Era grande, fuerte, y a pesar de aquel honor con doble fondo, Garon poseía determinación y años de convicción. Enfrente de él existía el joven aspirante, sabedor de sus posibilidades. Más rápido, y más fuerte. La habilidad con la que el occidental maniobraba su espadón era imposible para el espadachín de múltiples. Era sencillamente mejor que él. Sin embargo, cualquier inseguridad parecía no existir ahora que el oriental empuñaba las espdas envainadas en cada mano. Sin embargo, antes de empezar, las dos espadas fueron a parar lentamente sobre el entramado de cicatrices en el lado del corazón de Katta, realizando dos cortes muy superficiales con calma, de los cuales no cayeron más de tres gotas de sangre. Era un mensaje para el rey. — No necesito nada más que mi acero. — Tampoco veneno. La confusión entre el público fue alzándose en voz mientras el serio rey esperaba a la misma señal. El retumbo de un tambor que accionaba todos sus músculos en dirección al en guardia espadachín.



Tan esperable como lo era, la primera acometida fue brutal. El espadón descendió tan pronto como se había alzado, y el joven Katta no tuvo el éxito que solía empuñar al bloquear aquella monstruosa ofensiva. Pese a desviarla a un lado, la fuerza del golpe desestabilizó al espdachín, y una consecuente patada elevó el cuerpo unos centímetros antes de ser azotado con el lateral. Retrocedidos pocos metros, rodando por el suelo, el rey ya corría hacia él de nuevo, mientras el espadachín quedaba quieto por unos momentos, con los ojos clavados en aquella figura. Rápido. Diversidad de líneas comenzaron a flotar en el aire, y la mayoría persiguieron la figura de Garon. De ocho cortes, sólo tres alcanzaron a golpear cuando se dio cuenta, y de ellos, todos no lograron sino dejar pequeños tramos de piel al descubierto sin llegar a herirla. Para cuando había pasado aquella fracción de segundo, el rey volvía a embestir con la espada larga, un corte limpio que el espadachín cuanto apenas esquivó, reduciendo su figura y lanzándole el peso contra el pecho. Una colisión que retrocedió al rey unos pasos por la sorpresa, pero que le fueron útiles cuando cazó la corta cabellera de Katta con la mano libre. Al mismo tiempo, la espada se dirigía con el filo hacia e abdomen del espadachín. Éste sólo pudo liberarse cuando de la cuarta vaina emergió Hermano, e hizo intención de penetrar la armadura de nuevo, pero el rey esquivó de nuevo, y Katta tuvo el tiempo de realizar un salto alto, pasando por encima del canoso cabello, y forzando a soltar el agarre gracias a la fuerza de detener su otra mano el rey, y a deber de volver a esquivar la estocada que venía desde el cielo tapado, pero liberando al joven espadachín.

Sin un solo segundo de detenimiento, el ímpetu de Garon se acompañó de un gruñido inverosímil, girando sobre el propio cuerpo para que la espada aún persiguiera al que aterrizaba, quien en los pocos instantes de calma había envainado y volvía a desenvainar contra el mayor filo. Promesa golpeó desde abajo, elevando la trayectoria del golpe al dar una estocada contra la punta desde el inferior, y el golpe se alimentaba por la otra Ryusei haciendo lo mismo en la mitad de la espada. Un momento idóneo para escapar que al espadachín no se le ocurrió invertir de mejor manera que otorgando un fuerte cabezazo al rey, que al verlo propició lo mismo, hiriéndose ambos gracias a los entrenados reflejos del monarca. Ambas narices sangrantes, el rey hizo una mueca extraña para el otro espadachín. Ya confiaba en su victoria. — No eres nada mejor que el otro mocoso. — Agregó, antes de desprender el filo con el brazo completamente estirado. Inusual, Katta trató de imitarse, pero tan pronto las espadas iban a chocar, la trayectoria del espadón se alteró y bajó, reaccionando tarde el de tez morena. Una escapada atrasada lo liberó de un daño mayor, pero ahora un fuerte corte había aparecido en las costillas del lado izquierdo, más sangrante que la nariz. Leído completamente, el hombre de cabello blanco había rodado en sentido contrario, cambiando la espada de posición con una facilidad divina, y golpeando la cabeza del extranjero con el lateral del metal, haciéndolo caer al suelo. El sabor metálico empezó a cubrir la lengua y los dientes al haberse mordido el labio en el golpe, y en el hombro descansaba una nueva cicatriz. Lo vitoreos hacia el rey no eran lo que detuvo a éste, sino su confianza al ver la debilidad del cortador. Lo consideraba menor a Arturo envenenado, a su hijo, a cualquiera de los venidos desde el campamento. Suficiente para alzar vitorioso su brazo antes de escuchar como el metal se resbalaba por las resistentes vainas, con el cuerpo menor alzándose.

En los oros manchados se podía leer con claridad, no era tan fácil vencer. No era posible aplacar con dolor a aquel cuerpo, debía imposibilitarlo. La propia postura preparada del oriental era un desafío per se. Garon ya había soportado toda una batalla con Arturo, no pretendía darle tanto tiempo a otro miserable. Un nuevo mandoble se gestó en un instante. Esta vez lo esquivó el herido con la lectura del movimiento, girando hacia la izquierda antes de desenvainar ambas espadas con precisión, dirigiendo el giro entero hacia Garon, quien sin embargo lo aplacó con un poderoso puñetazo en la mejilla del lado derecho, aunque recibió más cortes en la armadura, siendo esta vez dos largos trazos en los brazos que el rey arrancó de un mordisco asalvajado para que no le molestasen, descubriendo una tez tan o más heria que la del espadachín que recuperaba pronto su posición. La insalvable preparación empujó a la majestad en contra del de pelo corto. Esta vez con la espada reposando, alargaba la mano en aquella dirección como treta, desempeñando cada movimiento que le había servido en todas aquellas batallas. El espadachín no confiaba en los errores de alguien tan capaz, de manera que las espadas lo mantuvieron anclado mientras alrededor nacían una gran cantidad de hilos invisibles por lo que se deslizaron. La velocidad era sublime, pero incluso así los reflejos superiores de aquel hombre vencieron, sólo dejando menos de una decena de cortes, uno de ellos algo más serio, tavesando el antebrazo desnudo. Su sorpresa fue cuando el espadachín saltó para esquivar el espadón. Los ojos de oro, una vez hubieron empezado los cortes, habían caído en la espada, y a su encuentro, sabían como responder. El corte poderoso fue salvado, pero en el aire, el occidental abofeteó una vez más la cabeza espadachina, haciendo el aterrizaje más torpe, aunque ligeramente. — No tienes oportunidad con una lucha tan cobarde. — En la lejanía de las gradas, los intrusos se encontraban animando a quien representaba una esperanza ahora, pero no se les escuchaba en el mar de entrega hacia el monarca. Claramente, Occidente no dejaba que la cabeza de la población fuese cualquiera, todos creían en la voluntad de aquel líder, en su honor. Y los gritos demostraban que eran fieles quienes se quedaron en aquella tierra. Fue el sonido ambiente que acompañó toda la golpiza.

Pese a que las heridas en la armadura de Garon habían aumentado, no era comparable a los moretones y cortes del espadachín oriental, quien aguantaba su postura a varios metros del rey gracias a su última y escasamente fructífera escapada. No iba a lograr nada, tan sólo era un pasatiempo para aquel hombre. Era demasiado débil. Las envainadas espadas aguardaban a las manos que rozaban sus empuñaduras, mientras el ambarino rodeado de blanco observaba sin ninguna piedad a aquella figura. Superior, y sin embargo, tras varios golpes en la cabeza, aquella se dedicaba a recordar para no despedirse de sus capacidades. Recordar cada uno de los trazos sobre el lienzo de piel. En las piernas, en el torso, en los brazos. Cuando ámbar y oro se cruzaron, se advirtió que el barro se había despejado por unos instantes, aunque en realidad ahora eran agujas tan finas que nadie podía verlas. Nadie puede verlo. — Esto no es nada... — ... nada comparado con mi hermano. Pese a su capacidad, el rey era alguien tan oruglloso como demandaba su título, y aborrecía aquellas muestras espontáneas de voluntad y confianza en que había caído su hijo meses atrás. Era la razón para acoger el espadón en ambas manos, con determinada intención de acabar aquel sinsentido. Claramente, al oriental se le habían acabado los trucos. No pretendía matarlo, pero la herida sería seria y profunda. con toda su velocidad, Garon corrió y adelantó el corte observando la postura del adversario. Inmóvil. Pronto el acero abriría la piel y todo terminaría, ganando cada una de aquellas gemas. Pronto... Garon estuvo desarmado, sangrando y en el suelo.

Los ojos del espadachín veían de nuevo aquellos trazos, pero al contrario de con lo que había luchado el rey, aquella vez eran afilados, más que afilados. Pese a toda su velocidad, pese a su fortaleza, sólo aquel instante, Katta vio la lentitud en el tiempo. Hubo un movimiento que Garon pudo leer, pues Katta esquivaría a la izquiera, y así, el corte del espadón sería dirigido allí, asegurando el final. Sin embargo, nadie supo cómo, Ototo se teletransportó de la tercera a la segunda vaina. Ni siquiera fue un instante, nadie supo de ello, pero en el apogeo de la velocidad, Katta empuñó aquella misma Ryusei, cortando la empuñadura del espadón del rey, junto al lateral de los dedos índice y pulgar que la aguantaban, y una fina lámina de piel que dejó sensibles y sangrantes aquellos dedos y el espacio entre ellos. El filo cayó a un lado, y lo que golpeó a Katta fue una debilitada mano, cayendo sobre el corazón, sobre los dos cortes de fe que realizó el espadachín, mezclándose la sangre. Sangres iguales. Inadvertido en aquellas milésimas de segundo, el rey no supo de la pérdida de su arma, y Yakusoku emergió con la precisión propia del espadachín. Atravesó el aire, cortando con la punta una herida ligera sobre la mejilla izquierda del monarca, subiendo hasta desprender un pequeño pedazo del cartílago superior de la oreja, y alcanzando el cordón que sujetaba el cabello largo, cortándolo como símbolo de pericia. Con la guarda golpeando aquel lado, además, hubo un empuje, que adelantando el pie hasta detrás del del más grande, el espadachín aprovechó lanzándolo al suelo. El otro pie rápidamente pisó el abdomen real, y el hacedor de la caída pateó la mano para lanzar la partida empuñadura lejos. Pese a todo, fue un movimiento tan sutil y rápido que el público tardó en verlo, incluso más que el propio rey que para cuando tuvo consciencia, Katta hubo desatado a Ototo de nuevo, e incrustado mucho menos de un milímetro de su hoja cerca de la garganta, un punto minúsculo por el que no podía ni escapar la sangre, pero sí podría sentirse el frío del acero. Espada. Aún así, el silencio gobernó en los siguientes segundos, junto a la quietud de los combatientes al comprender que ninguna de las heridas superficiales había tenido un sólo fallo.

Los segundos de silencio fueron incluso más largos de lo esperable. Garon buscaba con la mirada, para no herir su cuello, a los ninjas sensoriales que convenció para unirse a su causa, sólo para ver que estaban tan sorprendidos como él o más. No necesitaba más señales para confirmarlo, y sin embargo, parecía la única explicación. La voz no potente del herido espadachín cuando retiraba a Hermano de la piel del rey confirmó lo que éste no quería ni plantearse desde su conocimiento. — Ya he dicho que no necesito nada más que mi acero. — Ahora que el peliblanco se fijaba, podía ver que el oro volvía a estar embarrado, y aunque el chico se quitó, el rey inspeccionó sus heridas incluso un par de segundos más, hasta el momento de levantarse, en que se encontró con la mano espadachina extendida, en una señal respetuosa. Un duelo debía ser honorable y digno, sin importar el rival. Pese a desear rebanar aquella mano, la actuación del rey prosiguió en el silencio de lo que parecía toda la capital. — Tu vinces. — Resonó ante la incredulidad de todos, tomando la mano del extranjero. La boca del rey no volvió a abrirse, pero apretó con suficiente fuerza para herir de más al espadachín a lo que éste no respondió con la misma fuerza, sino con temple. — Si de verdad hubiese algo de honor en el rey, esos cortes no vendrían de una espada extranjera. — Tras ello, se soltó el agarre, y la voz del rey retumbó, con un deje imposible de ocultar, lleno del peor de los sentimientos. — Sanate se. Xander, veni. —

Padre e hijo se reunieron en la privacidad de la habitación destinada a los guerreros, mientras en la contigua, un pequeño grupo de sanadores utilizaban sus báculos igual que Elise. A pesar de no mostrar ninguna emoción el resto, había una de ellos que parecía especialmente incómoda cuando sanaba a Arturo, curando el cuerpo de lo que ni siquiera los nómadas conocían, pues un rasguño envenenado existía además de las plantas de los pies destripadas. La inadvertida flecha. Arturo estuvo luchando en la peor de las condiciones, y aún así fe rival para aquel hombre, y nunca sería reconocido por tal hazaña más que por su sanadora, quien sin embargo esquivó su cara para encontrarse con la del vencedor del duelo. Fugaz. Finalmente, aquel grupo era reunido a las puertas de la capital, siendo regalados una decena de caballos como muestra honorable de la buena intención del rey para con ellos. No deseaba luchar con sus hermanos, juraban sus últimas palabras. De acuerdo al príncipe, el acuerdo sería respetado, a pesar de haber enviado ya tres naves hasta Oriente, esas serían las últimas. Jurado en presencia del pueblo, sería seguro su cumplimiento. Si algo restaba ahora era únicamente la verdadera batalla por el destino de todo Occidente, aunque había más ideas en las cabezas de los occidentales. El heredero, que había visto qué significaba la petición del extranjero para que le observase. Y el príncipe que sentía deuda por aquel defendiendo tierras a las que nada debía de tal manera. No era una idea entre la hebras oscuras del espadachín, pero ya no formaba parte de un solo continente. El espadachín formaba parte del mundo.
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Re: Occidental rules. — (Mis.)

Mensaje por Narrador el Mar Dic 26, 2017 1:54 am



En aquella sala reservada para la sanación de los heridos, Arturo mantenía el silencio. Miraba al frente y callaba, pues había demasiado por decir. No se pronunciaría por lo del veneno, pues su honor, tan puro, era completamente intrínseco. Al contrario que Garon, que era poseedor de un honor que se proyectaba y se expandía, el de Arturo priorizaba su integridad frente a su reconocimiento, pues bajo su criterio, heredado también de su padre, para liderar a otros primero es necesario saber liderarse a uno mismo. Dejaría que aquella mujer curara las pruebas de la traición de la flecha inadvertida, pues no necesitaba eliminar otro reino para crear el suyo propio.

Había algo sobre lo que sí que no tenía la intención de callar, y dada la barrera del idioma y el desagrado de hablar lo íntimo con un traductor, emplearía aquel idioma compartido de la espada para comunicarse. Se puso en pie, recién curado, y tras inclinarse ligeramente para tomar impulso, fijó su férrea mirada en un punto concreto de la pared, donde colgaba un escudo. Al ojo humano, el muchacho pareció que se materializaba frente al escudo con la misma postura, pero al igual que Katta había hecho momentos atrás, el verdadero movimiento había sido mucho más complejo. Tan sólo aquel con el que compartía ojos sería capaz de darse cuenta del destello que le había delatado en su carrera, pero aquella no sería la única prueba que el muchacho dejaría de que había desenvainado y guardado uno de sus cuchillos, y era aquel delgado y milimétrico rasguño en el escudo. Hacía falta habilidad para cortar, pero requería de mucha mayor pericia controlar la profundidad y dirección del corte. Nadie notaría la marca de su daga de no acercarse y fijarse con la intención de ello.

Arturo acababa de mostrarle a Katta que sus estilos no sólo se parecían. Había ciertos movimientos que compartían. Se suponía que el de muchas katanas había creado su propio estilo basándose en el de su abuelo, pero quizás su inconsciente o su sangre hubiesen jugado un papel decisivo según para qué movimientos. - Ego sum gladius, et pax portat me. –un estilo de batalla fugaz y milimétrico, capaz de controlar hasta qué punto dañaba y hasta qué punto no lo hacía, un estilo propio de un portador de la paz. Había mucho sin embargo, que Katta desconocía, y se había evidenciado en su pelea contra un cansado Garon al que sólo pudo hacer frente con la velocidad. –In pacis gladius non potes perdet. –sin dirigirle ni una sola palabra más salió de aquella habitación exhausto por el movimiento dejándolo un momento a solas con la pelirroja. Iba a buscar algo, un objeto que a su juicio necesitaría, y para ello necesitaba encontrar a Zack, quien se había quedado fuera.

El resto de médicos ya habían marchado, quedando sólo la perpleja muchacha de pálida tez. Estaba demasiado confundida como para marcharse, pues sentía un nudo en el estómago fruto de ver su mundo patas arriba. Desde que había sido rescatada por las tropas del rey Garon, había visto aquella capital subterránea como un mundo ideal en donde valientes guerreros protegían a débiles personas corrientes como lo fue ella antes de ser salvada. Había aceptado la creencia de que los orientales, los ninjas, eran todos unos monstruos privados de honor que tan sólo conocían la destrucción. –Venenum… -en unos instantes, todo aquello que había creado, esa nueva realidad a la que tanto le había costado adaptarse, daba un vuelco con la entrada de aquellos dos pelinegros de ojos ambarinos. Tenía frente a él a un oriental, y sin embargo, la imagen frente a sus ojos chocaba fuertemente contra lo que sus expectativas habían formado. ¿Dónde quedaba la crueldad? ¿No había acaso honor en sus acciones? ¿Cómo podía ser él quien luchara en nombre de la paz y no el rey? Otra fugaz mirada de reojo, casi tan veloz como los movimientos de Arturo, fue suficiente para enrojecer a la delicada fémina, impactada por la bravura con la que lo recordaba en el campo de batalla.

Consciente de que necesitaba volver a su estabilidad, temerosa de enfrentarse a algo desconocido que su cuerpo no lograba catalogar, se dispuso a tomar la salida también. –Excusatione. –casi un susurro, su temeroso hilo de voz se despedía, dedicando un último choque de miradas por el rabillo del ojo, esta vez acompañado de una eléctrica dilatación pupilar. El pasado de aquella joven le dificultaba comprender lo que experimentaba, pero aquello no implicaba que no lo sintiera, pues esa batalla había creado en ella algo de lo que no se podría desprender.

-Grato tuum sanare. –con lo poco que había retenido de las clases de Camilla, el espadachín trató de agradecer a la muchacha sin caer en que había cometido un pequeño error léxico que cambiaba el significado de la oración. Su sonrisa sincera, sin embargo, limpió por completo el descuido, provocando en la curandera una expresión que evidenciaba lo entrañable que le resultaba el sujeto. –Gratias ago tibi… -su voz se quebró ligeramente al final, a lo que le siguió el sonrosar de sus pómulos. De un brusco giro de cuello, tapó las pruebas de su timidez y salió por la puerta. Llevada por los nervios, cerró con un estruendo, dejando al muchacho sólo en la habitación.

Antes de que Katta tuviese tiempo de marcharse, la puerta que tan fuertemente se había cerrado, se abrió con suavidad. Al otro lado se encontraba Arturo, quien no tardó en aproximarse al de ojos similares. –Et hoc pertinet. –acompañó de aquellas palabras la extensión de sus brazos. Las palmas de sus manos sujetaban una espada larga y gruesa, quizás un poco más liviana que una espada occidental estándar. Dejó caer en manos del extranjero aquella pieza maestra. Como aquella, quedaban pocas en el mundo, y la mayoría estaban en poder del propio Arturo, heredero de un linaje cada vez más cerca de su extinción. Grabado sobre el acero permanecía el lema que acostumbraban a pronunciar los portadores de la paz. La empuñadura negra se mantenía impoluta, indicando a ojos de un experto espadachín que jamás había sido empuñada. La hoja, forjada en varias capas, conseguía un efecto que ni la metalurgia moderna ni el chakra podrían emular, quizás gracias a la extraña aleación de hierro de la que estaba formada, quizás a un delicado proceso de forjado. Quien pudiera apreciar el brillante equilibrio de aquella obra sería capaz de ser consciente de que para lograr aquello debieron hacer falta miles de intentos fallidos. El resultado valía la pena desde luego, pues parecía que el punto medio entre peso y fuerza sería capaz de enfrentar tanto las katanas de Katta como el espadón de Garon sin ningún problema.
La funda, con una correa como la que rodeaba a Arturo, estaba pensada para que el arma fuera transportada colgando de la espalda. El joven heredero sacó su propia arma, una hermana gemela de cabeza a pies. Réplicas exactas, aquellas espadas tenían el objetivo de enfrentar todo aquello que amenazara la paz sin vacilar, sin retroceder. Katta tenía en sus manos el arma de repuesto que Arturo le había encargado llevar a Zack. Ahora le pertenecía para siempre, dado que el orgulloso pelinegro no aceptaría su regalo de vuelta, aun si esto significaba que el espadachín no hacía nunca uso de ella.

Queriendo hacer una demostración de las hazañas que se podían hacer con aquella pieza, Arturo volvió a pedirle a Katta que se apartara pidiendo aquella zona como campo de entrenamiento. Sacó el arma, empuñándola por el momento con una mano. Realizó rápidos cortes con la fuerza de su brazo, dotados de complejas trayectorias gracias a su entrenada muñeca. En la sangre del espectador estaban aquellos movimientos, su cuerpo se había desarrollado con la capacidad para emular dicha hazaña. Tras un último corte de izquierda a derecha, corrió a toda velocidad para aparecer un par de metros delante. Con su diestra, hizo un tajo diagonal, nacido en la esquina inferior derecha y culminado en la superior izquierda. La fuerza que llevaba habría sido capaz de desarmar al portador de una hoja más ligera sin desviar su trayectoria. Tapando su boca con el brazo alzado, Arturo ocultaba su expresión de dolor y esfuerzo. Con el siguiente movimiento llevaría su cuerpo a sus límites. Levantó su pierna izquierda mientras alzaba la zurda para alcanzar también el mango, y cuando ambas manos se unieron empuñando la espada, viró todo su cuerpo para acompañar un potentísimo movimiento que caía de arriba abajo acompañando la fuerza de la gravedad con toda la coordinación y la fuerza de su cuerpo entero. Katta debía de saberlo. Si una de sus Ryusei se cruzaba en aquel golpe corría un gran peligro de ser partida por la mitad. Era asombrosa la fuerza que podía sacar Arturo, quien con un golpe como aquel podría haber atravesado incluso las escamas de un wyvern.

Parecía que todo había terminado ahí, el cuerpo del heredero occidental debía de estar exhausto, pero aquello no le impidió recostarse sobre el peso de la propia espada que había sido clavada en el suelo e impulsarse hacia delante. De nuevo no pudo verse cómo sacaba las dagas, pero estas cortaban el viento con fugaces golpes en todas direcciones mientras la joven proeza se mantenía en el aire. Cuando sus pies tocaron el suelo, las dagas estaban enfundadas de nuevo. La punta de sus pies apuntaba hacia su espada, dándole la espalda a lo que era su objetivo imaginario. Tomó de nuevo el mango con ambas manos, y haciendo una brutal fuerza con sus tobillos, giró bruscamente su cuerpo en un movimiento rotatorio para dar aquel último fuerte tajo, el cual abarcó un área de acción enorme, combinando la longitud superior del arma con aquel complicado movimiento.

Ahí lo tenía Katta. Ya podía temblar, temer o emocionarse. Quizás ahora realmente podía comprender a Xander. Tenía frente a él al mejor espadachín de occidente y de todo el planeta. No necesitaba gema ni chakra alguno, era capaz de superar los límites de la capacidad humana combinando la genética de toda una generación de espadachines con el trabajo duro y el esfuerzo. Para alguien tan rápido y fuerte, no había mejores compañeros que sus armas. Aquella equilibrada espada podía aprovechar la increíble suma de fuerza que extraía de sus movimientos con todo el cuerpo, y las pequeñas dagas eran las compañeras ideales cuando el adversario excedía la fuerza límite para acompañarla de velocidad y lo castigaban convirtiéndose en la máxima expresión de la ligereza. Si conseguía vencer en un duelo a aquel hombre, Katta se convertiría en el espadachín más fuerte, y para aquello tendría que dominar los diferentes estilos como lo había hecho el actual poseedor del título. Poseía la capacidad para hacerlo, tan sólo le restaba el tiempo que se requería para dominarlo.

Arturo enfundó su arma en su espalda, y abandonó la sala disimulando su agotamiento. En manos del medio oriental medio occidental, quedaba aquel trofeo proveniente de sus raíces, al que podría manejar con su propio estilo personal. Inconscientemente ya había empezado aquel camino mucho antes con el estilo Ten.

Cuando Katta salió de aquella sala y se reunió con el resto del equipo, todos lo felicitaron a su manera por su hazaña en el duelo contra Garon. El más escandaloso fue Zack, quien menos cumplía con los estándares occidentales. –A pesar de lo acojonados que nos tenías, lo has conseguido. –terminó aquel que tan bien y mal se había llevado con Kazuo. Corinna no quiso añadir nada más, pensando únicamente en una rápida vuelta a casa. Fue Arturo el que también quiso decir algo más. –Ahora estamos un paso más cerca de la paz gracias a esto. –sin sonreír todavía, pero transmitiendo orgullo por el brillo de sus ojos, el occidental había tenido el detalle de pedir una traducción de aquella frase antes de que Katta los alcanzara. Suerte que Zack no le había tomado el pelo. –Sí, ha estado muy bien… volvamos a casa…

Se sentía extraño, sumamente extraño. Pese a su habitual seriedad, el príncipe Xander siempre acompañaba sus palabras de cierta calidez y energía. Su tono, por contra, parecía frío y distante, y sus morados ojos se perdían mirando a un mundo que no estaba a la vista. ¿Qué clase de conversación habría tenido con el rey Garon?

El viaje de vuelta fue largo como el de ida, pero en esta ocasión no hubo tantos peligros como en el anterior, al menos al principio. El rubio príncipe no había soltado ni una sola palabra en todo el trayecto, manteniendo aquella enigmática ensimismación. El ambiente estaba cargado, casi se echaba en falta que apareciese una bestia para terminar con aquella tensión. Cuando los escuderos adelantaron su ritmo entretenidos por su propia conversación, Xander retrocedió para acercarse al héroe que había evitado aquel primer intento de destruir Oriente por parte de Garon. –Mírame a los ojos, Katta. –de inmediato desvió la mirada aterrado. ¿Cómo podía no haberse dado cuenta? Su inconsciente había filtrado ese color con tal de no herirlo, pero a la vez lo había utilizado para fomentar la rápida confianza que había depositado en él. Había visto en él los mismos ojos de Arturo, y aquello le asustaba, pues no podía achacarles la misma excusa.

Un verdadero caballero debía de enfrentar sus miedos. Por mucho que le pesara, no debía mantener más en secreto aquello. Detuvo su marcha momentáneamente y lo dijo sin tapujos. –Eres el hijo de la antigua reina de Occidente. –aquel era el mejor modo de condensar toda aquella información que ahora debía desglosar. Soltar aquellas primeras palabras le ayudaría a hacerlo, obteniendo al desprenderse de ellas, una gran liberación. –El padre de Arturo, que también se llamaba así, tenía una hermana, Sofía. Garon era muy fiel a Arturo, y cuando se convirtió en su mano derecha, se casó con Sofía. Un día, Arturo desapareció y su cuñado y su hermana fueron elegidos los nuevos reyes. El mayor deseo de mi padre era el de tener descendencia, pero Sofía era incapaz de darle un hijo, llegando al punto en el que tuvieron que recurrir a otra mujer para tenernos. –la boca del honorable Xander empezó a temblar. –Yo todavía recuerdo a Madre. Era muy pequeño cuando desapareció, pero llegué a conocerla. Camilla sabe quién es Sofía porque forma parte de la historia, pero cuando ella vino al mundo ya no estaba. –Arturo estaba escuchando todo, pero no entendía ni una sola palabra, sólo los nombres. –Me dijeron que había salido en busca del antiguo rey, pero ahora Padre me ha contado la verdad. Sofía se marchó por ti, Katta.

Aquel hombre, quien jamás había conocido a su madre biológica de la que extraía aquellos orbes morados, extrañó siempre la figura materna que en sus primeros años de vida fue Sofía. Para él, el más sensible e inseguro de los hermanos en el fondo, era muy duro asimilar aquello. Quizás fijarse en las motas de aquellos ojos había podido influir también en la derrota del rey Garon, quien en condiciones normales podría haber prevenido aquel corte final. Xander se adelantó, no queriendo mediar más palabra por el momento, dejando de nuevo solos a los dos primos de sangre. Katta acababa de comprender en aquel preciso instante el porqué de su falta de capacidad  para el uso del chakra, el porqué de la habilidad de su abuelo con las espadas. El legendario rey Arturo había aprendido todo lo que sabía de su padre, que no era otro que el que había acompañado a su hija a Oriente. El padre de Katta no se sabía quién era, podía ser de cualquiera de los continentes. Era evidente que el linaje que le había transmitido su madre a través de la sangre era el dominante en él.  




Recompensa especial:

Tienes dos recompensas:

1- Puedes crear, en la sección de armas, la espada que te ha entregado Arturo. No puedes crearle habilidades, pero sí tendrá una pasiva: "Si la empuñas con una mano empleando el estilo de batalla Ten (点, Punto), la suma de stats será +3 de Fuerza en vez de +2. En caso de ser empuñada con dos manos, sumará +6 de Fuerza pero restará -2 de Velocidad."

La resistencia de esta espada es abrumadora, siendo incapaz de ser destruida por armas o técnicas, sin importar el rango.

2- Puedes crear un método extra de rango Chunnin siempre y cuando esté relacionado con el uso de esta nueva espada.

Espero que sea de tu agrado y que Katta pueda aprovecharlo. En caso de que el personaje, por su forma de ser, se niegue a usarla, puedes crear un método Chunnin relacionado con lo aprendido del estilo de batalla de Arturo. No es tan fuerte pero quizás prefieras esta otra vía.

No hace falta decir que has hecho un trabajo excelente. Lamento la espera a la hora de responder y la falta de calidad. Gracias por la pacienciaaa




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