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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Occidental rules. — (Mis.)

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Occidental rules. — (Mis.)

Mensaje por Katta el Sáb Sep 09, 2017 3:08 pm

Reyes. La reunión de las partes nómadas tuvo lugar pocos días antes de prepararse para la marcha hacia la capital. Días inferiores a una semana donde cada uno de los elegidos para aquel viaje se apostaban en sus descansos. Ninguno, sin embargo, lidiaba con las mismas dichas en la cabeza, y allí había el ejemplo del único rastro del detestado continente mientras amarraba bien las espadas y correas a un cuerpo nunca descansado. Hubo quienes miraron las incontables cicatrices, la prominente musculatura, o la pericia de sus maniobras. Hubo quienes no creyeron que un caballo oriental fuese igual a los suyos. Y hubo seguramente quien esperaba ver aquella magia extraña del otro lado del mundo, que no existía dentro del espadachín, apartado artificialmente. Ese corto lapso sólo sirvió para volver a forjar las espadas que había en las vainas y entrenar. Camilla, como todo el resto de príncipes y escuderos, no tuvo tiempo para dar ni las primeras pinceladas de la lengua occidental, por lo tanto, cuando se reunía todo el elenco a comer y beber, no había una conversación más allá de gestos poco concisos. Solo hubo palabras con los hermanos y conocidos del que había poco a poco reducido la sonrisa a una solitaria mueca agradable y simple. Una noche sobre la escapada y el viaje, donde Elise tuvo que se sujetada por Lazward para no lanzarle el plato a Leo gracias a su broma de la ilusión. Otra donde sólo con carne, el espadachín no acudió a la cena, y en cambio avanzó con lo que tenían para dar a los jabalíes, en una sola parte del daño que hizo a uno de aquellos animales. La última fue la más seria, donde se reunió el mando conocido con anterioridad, el rey nómada, y el extranjero al que la voz de Camilla le rozaba el oído mientras susurraba traducciones concisas del grupo. Con un mapa de manchas encima de la mesa, explicaron la ruta más segura camino a la capital. Explicando la posibilidad de encontrarse con alguno de los animales que moraban los dominios de Soleil. Repasando lo detallado del plan que incluía un cara a cara entre los dos reyes de Occidente. Algo que al espadachín no se le escapaba era la forma en que Xander, tan respetado por sus hermanos, elevado como un líder en tal sociedad, creía casi ciegamente en que Arturo no podía perder, a pesar de admitir su nula victoria contra el padre que le crió. El oro embarrado no tuvo demasiada discreción en mirar al otro pelinegro, y cuestionarse qué clase de espadachín podía encerrar esa seria y mansa figura. Siempre con aquel centelleo activo de quien quería, ahora en secreto, convertirse en el más portentoso maestro de la espada.

Las noches eran hasta agradables. La sombra que cobijaba a aquella gente era capaz de proveer un sustituo para el frío necesario. La sola idea de un clima en el extremo contrario estremecía los músculos en silencio, mientras  a medida que se vaciaba la pequeña jarra con agua se inclinaban en dirección a las voces distintas. La disposición circular bajo la carpa posicionaba al extranjero con Camilla necesariamente cerca y al lado, reclinada en la dirección del mismo. Y a la zurda Lazward y su impertérrito gesto. A la mañana siguiente, la agrupación escogida daría uno de los pasos en el afán de al menos repeler la guerra durante un tiempo. — No podemos llevar a mucha gente. La capital lo verá como una afrenta, y me niego a más tensiones. Arturo es necesario, pero no voy a dejarle solo con padre. — La voz del mayor de la casta casi rubia se hacía resonar incluso en unas paredes de tela. Líder nato, se juntaba a la derecha de Arturo mientras parecía discutirse a si mismo delante del mapa, donde una línea roja ya había designado el trayecto. — Pero Xander, es muy arriesgado, incluso para vosotros dos. No hablamos sólo de bestias, la gente os conoce. Seguro que hay quien os considera traidores. Debemos proteger- — De toda la reunión, quien había estado más alterado era Leo. Era un joven brillante, incomprensible para el que no se separaba de las espadas orientales. Pero él y todos no podían negar que era alguien imposiblemente valioso. Más cuando a su corta edad ya contaba con logros que nadie podía creer. — Por última vez, Leo. No. Tú no vas a venir. Los nómadas necesitan protección. Y todos necesitamos que empieces la construcción cuanto antes. Pase lo que pase, debemos hacer algo con Soleil, y sólo tú sabes cómo hacerlo. — Su completa actitud hacía ver que la lógica conspiraba en su contra. El oro embarrado era testigo de la manera en que un rencor infantil y una frustración más profunda aparecían en el orgulloso segundo príncipe de la capital. Fue suficiente, mas aún quedaba en el aire el crucial hecho, dos hombres solos no podían hablar en serio sobre llegar a su destino. Para fortuna o desgracia, ninguno allí estuvo preparado cuando la lengua oriental voló por las telas que hacían de pared. — Yo iré con ellos. — Aunque la peli-lila tardó unos segundos por el inesperado comentario, corrió a cumplir su función de traductora, casi exclusivamente por Arturo. — El tiempo es algo que no está a nuestro favor, las obras deberían empezar lo antes posible. Yo no sería de ayuda para ello, así que voy a prestar mis espadas para proteger a los nómadas. — Aún con el aire ofendido, Leo supo leer la muy obvia contestación a Xander. Este último parecía recordar la conversación en el salón con armas tiempo atrás con vividez, contrario a Arturo que fijaba su ámbar en el extranjero. — Zack nos acompañará también, y Camilla, me gustaría contar con Corinna también. Mientras estemos fuera quiero que tú y Leo os ocupéis de defender al resto. ¿Podréis? — La sugerente princesa finalmente se separó del espadachín, en un atisbo repentino de seriedad desde la mención de su escudera. Claramente aquella cabeza pelinegra no tenía una idea cercana a lo que significaba de verdad aquel título. La reunión terminó inllamativamente, dejando ir a cada uno en busca del descanso que necesitarían para la siguiente mañana.

No obstante, esa misma noche, mientras la diminuta avanzadilla luchaba por conciliar el sueño en sus tiendas de tela fina, huyendo del calor que les opacaría por la mañana, el rubio líder fue despertado por unos golpes. Corrió a salir, sin embargo, la buena vista de la que le proveían sus dos discos rojizos se encontraron con algo muy lejano a un asalto, miedo que le corroía en varias ocasiones por consciencia de su padre. No, se trataba del recién llegado extranjero. Él, una antorcha y sus flacas espadas saboteaban el aire con unos cortes que al muchacho nada le costaban. No era un entrenamiento, pero parecía serlo. Quizás aquel pobre chico con cicatrices innumerables no sabía bien a dónde se dirigían. Él podía ser cuan valiente cupiese, Occidente pendía de un hilo, y por desgracia el fracaso acechaba en todas partes. La seguridad con la que hablaba siempre, pensó un solo instante el rubio, podría acabar con él. No le impidió acercarse a él, pero. Con un rostro entre cansado y curioso, vigiló como las espadas orientales surcaban en completo silencio el seco aire del lugar. — ¿Qué haces aquí, Katta? Deberías guardar tus fuerzas para mañana, no estamos cerca de la capital. — Habló con un tono bajo que alertó al distante espadachín, claro en que aquellas casitas no podían frenar el ruido de ninguna forma. Las manos se detuvieron y los ojos bicolor tardaron segundos en mirar la figura reducida de Xander sin armadura y luego el suelo. — Lo siento. El calor no me dejaba dormir. — Incluso siendo fuera de la lengua natal, Xander no tuvo problemas en ver una mentira tan evidente, que sin embargo no anunció. Era en parte impresionante que incluso una frase tan simple pudiese revelar al extranjero. — Y estoy preocupado. Cuando estuvimos aquí no supe hacer nada, ni luchando contra las bestias, ni impidiendo que el rey gestase su guerra. Temo que no podré hacer nada de nuevo. No soy como vosotros. Leo y Camilla construirán el pincel, y Elise salvó mi vida. Tú eres capaz de guiarlos. Y Arturo, estás seguro que vuestro padre no puede vencerle, así que debe ser... — secamente la verborrea espadachina se detuvo por unos instantes. — ... el mejor espadachín. ¿Cómo voy a poder traer la paz así? — Para cuando aquél reaccionó, la mano de Xander se había acoplado al hombro sin aviso. Curiosamente similar a las pocas veces que Bokushi Taro hizo lo mismo. — Katta, estás siendo ciego. Deberías ver más allá de lo que no logras. No eres el único que quiere parar la guerra. La paz no tiene una sola espada, eso deberías saberlo. En vez de autocompadecerte, hazte un favor y usa ese sentido del honor. Sete sincero y mira donde estás. — El pelinegro había guardado sus espadas y descolgaba las correas de su cintura mientras lanzaba la mirada al suelo. Aquel callado sentimiento había picado la nuca de él desde la última vez que vio a su hermano. Un fracaso a punto de vencerle. Y era tan transparente como Xander pudo imaginar. — Cuando veas luchar a Arturo comprenderás por qué creo que Padre no tiene ninguna oportunidad. —


Amaneció radiante. Ardiente como era de esperar. El sol de mañana era el que Oriente conocía como tardes en los peores veranos. La figura espadachina, pudo ver el armado Xander, volvía a ser la misma segura que conoció, algo que calmaba alguno de sus miedos mientras amarraba a sus hombros parte del equipo para la escalada del muro que proveía sombra a la gente. Lo mismo hacía su escudero y Corinna, mientras Arturo era junto a Katta el más ligero de equipaje. Una espada colgaba a su espalda, sin gema a la vista. Y el híbrido de una pareja de dagas en el cinturón, usando una armadura de piel dura, contraria a los pesados metales que aguantaban Zack y Xander. Y luego Corinna con su arco y un cerrado carcaj que sujetaba seguras sus flechas. Las interminables cuerdas no eran un problema en si más allá del tiempo. Sin embargo, en un arranque de motivación por la nocturna charla, el oriental hizo uso de sus habilidades. Los nómadas habían visto a dos de las mujeres que acompañaron al pelinegro pegarse a las paredes. Eso distaba de lo que hizo él al tomar varias de las bolsas con provisiones de frutos y agua la mayoría. Pasando entre dos cuerdas, comenzó a escalar la pared vertical, con manos y pies desnudos balanceando sus pesos. Todos quedaron mirando aquella rápida subida a excepción del serio heredero que comenzó a subir a buen ritmo. Gracias a contar con aquel uso del cuerpo, el espadachín avanzó el ascenso hasta que todo el grupo conquistó el borde y tomó el rumbo hacia la capital. Encabezados por Xander, los otros cuatro viajaban a muy poca distancia, vigilando el hostil entorno. Para lo ardiente del aire, había vida. Más de la que sospechó el espadachín. Fuera de los peligrosos animales que pudieron acabar con la partida oriental, también existían pequeñas criaturas. Lagartos del color de la tierra y su textura, difíciles de ver. Algunas serpientes. Insectos de tamaño común. Soleil era un problema para la humanidad occidental, y a quien cuidaba del flanco derecho no le cabía duda; pero no podía evitar preguntarse qué animal era capaz de algo así. Animal, pero, y no bestia. Aquél ya había acabado con dos vidas de animales, y no quería consentirse ninguna más. De esa manera lo vería el grupo cuando las planicies comenzaron a temblar. Era el zumbido que parecía abundar en la tierra árida. Abejas de nuevo, pero más también. Algo que el pelinegro de ojos con oro y barro tardó en reconocer como la criatura que montaba Leo es la corta ida hacia Oriente. Una criatura fácilmente igual de grande que Eiyuu con alas y dientes, como un vástago del dragón. Toda la empresa se preparó con las espadas florecientes, y Corinna siendo quien mejor oportunidad tenía para brillar. Extrajo cinco flechas de su carcaj y comenzó a tensar y disparar en una prodigiosa velocidad. Las saetas perforaron las alas de cuatro de las cinco abejas que tuvieron que caer al suelo. El wyvern en cambio decidió colmar el costado izquierdo, habitado por Zack y Arturo. El pálido y rubio escudero estuvo a punto de salir al encuentro de la criatura, al igual que el extranjero. Pero fue el heredero nómada quien se les adelantó en un movimiento que tomó desprevenido a la mirada embarrada.

Arturo tomó su espada, occidental pero bastante más delgada que lo que portaban Xander o Zack. El wyvern pretendía arremeter contra él en vuelo con una frenética velocidad, aunque algo que no estaba fuera del ágil espadachín que describió el príncipe. Lo que no dijo fue cómo. Empuñando en la izquierda, Arturo esquivó la embestida saltando por encima del animal, el cual pareció frenar de mala manera cayendo al suelo. Al menos hasta que se reveló en la membrana de su ala diestra un agujero que desequilibraba su vuelo lo exacto para obligarle a no despegar de nuevo. Las Ryusei comenzaron a tiritar, incluso la que había en la mano del espadachín. El wyvern arremetió contra el otro pelinegro repetidamente, pero este usaba su cuerpo de un modo que Katta pudo reconocer. El modo en que la espada era casi fantasmal, apareciendo y desapareciendo de la vista, la exactitud en cada vuelta, la maniobra y la elegancia, todo se congregaba en la lucha de ambos que sólo atontó unos segundos al espadachín. Este corrió hacia ellos, pero no en socorro del heredero, sino por uno de los insectos que pretendían perforarle con su aguijón. Fue detenida gracias a la agilidad propia de Katta, quien realizó pequeños cortes en las alas para amedrentarla y hacerla huír como el resto. Una incursión que fue fácilmente solucionada, pero que hizo al espadachín mirar a Arturo. El tiempo mínimo había podido jugar con la cansada mente del de mil cicatrices. La mirada era devuelta con aspecto de entre curiosidad y confusión mientras su espada era nuevamente llevada a la espalda, no sin antes limpiarla rápidamente. Ese no era el estilo occidental que conocía Katta, no era lo que vio hacer a Lazward en su momento, ni una adaptación de la lanza de Adrián. No, y sin embargo, había visto algo en aquella centella de tiempo.
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Re: Occidental rules. — (Mis.)

Mensaje por Katta el Mar Oct 10, 2017 9:10 pm

Honor. Las piernas de los viajeros descansaban cada muchos kilómetros, la capital no era tan cercana como en una nación oriental, y el sol abrasador era el responsable de más lentitud. Si había algo que no podía permitirse la partida era hacer noche en las tierras sin poblar. Las bestias pasarían a su estado más peligroso, y sobretodo, el calor de todo el día almacenado en la superficie haría el sueño imposible, desmenuzando la fortaleza de ellos en piezas. Los recesos estaban calculados para impedir que la llegada a las puertas de la capital fuese más allá de la caída del sol. Eso era, pero, con un solo factor en mente, los animales. Para desgracia de ellos, ninguno sabía que albergaba el camino enfrente. Sus atenciones estaban distribuidas en el entorno y el pensamiento propio. Un príncipe que podía lamentarse de depender de la espada de otro a pesar de sus palabras a un joven preocupado. Un serio líder que gestaba el bien para su pueblo. Una escudera separada de su princesa que aún orgullosa de ser llamada a tal evento no podía sino preocuparse de la seguridad que le fue entregada como motivo vital. Otro escudero cuyo príncipe presente tendía al peligro como la mayoría de honorables. Y un extranjero que no dejaba de cuestionarse aquel instante en que vio una estela de un pasado lejano. Los ojos de éste se habían demorado en la forma de la espada, los músculos de Arturo, sus manos. En una lectura que muy pocos comprendían. Donde las duras líneas de las palmas hacían evidente el tiempo que esta había sido atacada por la aspereza de una empuñadura, y los brazos de un espadachín ambidiestro incapaz de contener aquella atracción por el arma predilecta. El recto órgano separado del cuerpo de un espadachín que bailoteaba en su espalda pese a sus fuertes amarres. Vibraba. Se trataba de aquella vida que no sabían reconocer muchos. Incluso el hermano de aquél no supo distinguir lo que su espada pedía en sus viajes. La manía creída del espadachín que aplacaba a las Ryusei con un ligero y comprensivo toque tenía historias detrás, siempre consideradas desvaríos de un obsesionado con los filos. Sin embargo, cuando el silencio sólo era interrumpido por los pasos y el cabalgar de las armaduras, un gesto simple hizo que aquel desvarío alcanzase por segunda vez una realidad próxima, cuando el fornido brazo izquierdo de Arturo tocó con calma la cabeza de la espada, deshaciendo su titileo. Incluso los ojos de ámbar miraron la empuñadura, y en su giro cazaron a unos muy abiertos discos de oro embarrado, en una coincidencia silenciosa, y efímeramente corta.

— ¡Pro nobis! — Así juraba la arquera que con la facilidad que demostró con los animales asaetó el aire con dos de sus silbantes armas y el arco. Sin embargo, cuando todo el resto de viajeros siguieron su rumbo, las sospechas de algunos se vieron cumplidas con el tañer de la punta metálica de las flechas rompiéndose sobre un portentoso escudo de acero. Dos hombres y dos mujeres se mostraron escurriéndose desde las rocas más grandes, cada uno con un aspecto distinto y un arma, además de armadura que albergaba aquellas piedras, sustitutas del chackra en Oriente. Los encabezaba el objetivo intacto de las flechas, un enorme hombre en cuya diestra había un gran escudo unido a la resplandeciente armadura en cuyo pecho descansaba la piedra, en la zurda un alargado bastón metálico y con adornos que sujetaba otra gema en su extremo superior. El espadachín recordaba al Bokushi hablando de técnicas médicas en comparación, y pese a sus muchas diferencias, era el objeto que usaba Elise en sus milagrosas curaciones. A su izquierda, un lancero con un arma de factura simple y cuya armadura estaba basada en una capa con una gema como botón de cuello y cuero duro bajo ella. En el lado derecho por otra parte, había dos hermanas; claro por su parecido idéntico. Sin embargo, una de ellas estaba igual de armada que el enorme hombre, salvo que en vez de escudo portaba una espada tan alta como ella y pesada, pero levantada con abrumadora facilidad, mientras la otra usaba a la vista un arco, más largo que el de Corinna, igual que la flecha que ya se posaba en su mano. Sus armaduras y ropas de colores oscuros hicieron de prueba para el príncipe rubio, que pronto reconoció la factura de la capital. Al igual que él, el resto de miembros de la avanzadilla, incluido aquel que poco conocía; pues el espadón de la mujer contraria era hermano de los que vio en la sala de Xander. Éste no tardó en hablar. — Volumus dicere ad regem. — El príncipe era el único cuya arma no se había desenvainado, aunque la mano rozaba la dura empuñadura de acero. No había nadie para traducir la conversación corta de los dos líderes, sin embargo sólo con sus expresiones, cada vaina en el cinto de Katta tembló al saber que una contienda estaba próxima. — Dicit rex: Non dimittet traditores in terra mea. — La risa se le escapaba entre las palabras mientras amarraba con más fuerza su bastón y con él golpeaba la tierra una vez. Hecho aquello, los otros tres occidentales se adelantaban ante él, armas en mano. Sin dar ninguna otra oportunidad al diálogo.

Las tres figuras eran claras, superaban con todo lujo a la mayoría en su tierra. Todos excepcionalmente formados. La primera persona en revelar su pericia fue la arquera de gran alcance. Aún con tanta distancia, separó su ofensiva en dos disparos con dos flechas cada uno. Ellas dirigidas a Corinna y Xander, y las otras solamente a Arturo. Aquélla de gris cabellera se apartó del rumbo, como buena arquera sabía que en una verdadera lucha, los proyectiles más grandes siempre ganaban. Al igual que ella, Xander hizo acopio de moverse con rapidez hacia el lado derecho, con su escudero cuidando su espalda. El único que propuso no moverse fue el orgulloso heredero. Arturo había desenvainado con silencio, y con silencio, su mano dispó la primera flecha con suma facilidad, que se estrelló a escasa distancia del pie. La otra, sabían todos, era igual de fácil de desviar, sin embargo, cuando la campanada de acero sonó su canción, no fue el mismo muchacho, sino el extranjero. Como cabía de esperar, los habilidosos dedos distribuyeron el peso y la fuerza del arma lanzada, dejándola seguir su curso hacia muchos metros atrás en un despliegue de la defensa. Tercera y cuarta usadas, resplandecían al sol de la bestia madre con un fulgor digno del portador, que aún callaba ideas. El otro pelinegro pudo ver, sin embargo, la mezclada sonrisa, amable y protectora de su gente; y el imborrable sentimiento de los verdaderos espadachines al empuñar sus armas. Como antes, no era el momento de admirarse. Gracias al escaso tiempo que se habían distraído con las flechas, la portadora del espadón y el lancero habían acortado distancias. Ella en busca de Xander y Zack. Él, de Corinna. Mientras, eran provistos del apoyo a distancia y del sanador escudado que mantenía sus distancias. No eran simples guerreros, eran un equipo. Era visible la formación, y de ella nacía un peligro acechante. Tres flechas más escaparon en dirección a los dos morenos, que esa vez sí corrieron, pero hacia delante, hacia el portador del escudo. La lucha comenzaría, la guerra en su diminutiva forma. El decidido portador de doce espadas no provocó ninguna sorpresa en el príncipe rubio, quizás sí en el resto de quienes entendieron. — ¡Dejadles inconscientes! — Pedía en el tono humilde mientras eran mostradas Ken y Tate. La arquera y su líder esperaban a la pareja de espadachines.

Desde su carrera, el de ojos manchados dedicaba el segundo plano del pensamiento a la triste idea. La primera vez que los pies pisaron aquella tierra, todo pareció teñido de honores. Ahora, una junta de talentosos guerreros se vendía a la voluntad de acabar con sus hermanos. Entristecían tanto al espadachín como a las espadas que esgrimaba. Antes de acercarse más, dos nuevas saetas se dispararon en dirección a ambas cabezas, con muy poco tiempo de reacción, ambos siguieron confiando en los aceros de la mano. Con un lenguaje simple de miradas, la pareja se dividió. El de varias armas hacia la arquera, y el portentoso heredero hacia el escudado sanador. Eran opuestos, la luchadora a distancia y el de la melé. Tan evidente que ninguna vergüenza surcó a la sicaria cuando comenzó a correr y saltar con agilidad por el terreno. Usaba las altar rocas para huir del espadachín, y en los intervalos de la persecución, una nueva ofensiva era disparada, carente de una mortal precisión, pero aún así peligrosa. Por ese peligro era que el espadachín no podía permitirse abandonar el arte más defensivo que controlaban sus manos. Los proyectiles eran continuamente negados, pero ningún progreso se daba, gracias a las acrobacias envidiables del arquero y cómo comprometía a su enemigo. Éste necesitaba alguna manera de arrimar distancias, para su fortuna, aquel estilo no sólo podía defender. En la siguiente refriega de tres flechas expulsadas con una gloriosa habilidad para hacerse durante una pirueta, el hombre de tez morena dejó de correr. La base sólida que la postura permitía extrajo dos nuevas espadas, y ellas se colocaron cono ríos fluyentes. No golpearon, sino que deslizaron las flechas como la sopa de un cuenco, y en un momento, ellas volvían en dirección a su dueño. Aunque una reacción sorprendida y frustrada era de esperar, el grito de maldición del escueto hombre tomó desprevenida a su contrincante. No recibió ninguna herida más que de una de las flechas que le repasó el brazo sutilmente antes de poder huir por el suelo. Juraba en la lengua natal, en un entorno propio de la única persona cerca; ello mientras el arco volvía a ser atravesado por una sola flecha, pero quieta esta vez. Katta se acercó en carrera, espadas en mano, esperando una rendición que no iba a llegar. La saeta voló, pero al hacerlo lo encabezaba un brillo que había visto el oro embarrado no tiempo atrás. Dentro de una lanza, en la casa del espadachín que lo portaba. Suficiente información para, por primera vez, dar un paso largo y lateral y esquivar el proyectil. Éste cayó en el suelo por la gravedad y fundió éste en nada antes de perder aquella luz oscura.

El rápido vistazo sirvió de pausa mientras la mujer de las flechas se recolocaba de una manera cansada. Más allá de la flecha se encontraban el resto. Pese a tratarse de un buen maestro de armas y contar con su propia arma con gema, no la que Kazuo regaló, junto a su portentoso escudero, la mujer y su enorme arma estaban haciéndole frente a la pareja, e incluso retrocediéndolos con sus potentes embestidas cuasi-animales. Lejos de ellos, Corinna hacía gala de un elegante manejo del arco. Más corto y débil que el de la mujer, sí, pero sus persistentes flechas habían hecho mella en el lancero. Y luego, el enorme escudado con bastón estaba en el mayor problema. Sin saber cómo, el heredero había logrado destrozar su postura por completo. La sola arma de Arturo era capaz de viajar de un lado a otro, y había hecho una seria cantidad de quiebres en la dura coraza. Seguía siendo el más cercano al espadachín, pero cada quien estaba enfrascado en su lucha. La suya, ahora, continuaba. Una nueva flecha, pero sin un corrosivo añadido, fue lanzada a pocos metros, evitada por el desgradado movimiento de ella, pero por pocos centímetros. Aquél lleno de cicatrices regresó a su empeño de dejar fuera de combate a quien no podía sostener una conversación con él. Se movía lentamente y el cuerpo parecía pesarle, fue un buen aunque incomprensible añadido para que el de oro embarrado se postrase finalmente cerca. A un revés con la mune de la onceava Ryusei, la aparentemente desprotegida pareció soltar un soplido. Amarrando su capa como un escudo, pese a tratarse de un cuero común a la vista, la espada se despidió hacia su cabeza, la tela que lo cubría de repente se convirtió en un fortísimo hierro. La colisión retronó y dejó en el retroceso una apertura que la arquera sólo pudo aprovechar sacando una de las flechas con la mano, dispuesta a apuñalar con ella al combatiente. Algo que habría logrado de no ser por el último instante en el que un paso atrás era dado por Katta. En un alarde de habilidad, la pierna que se separaría del suelo tomó el impulso necesario para propinar una patada firme en la mandíbula de la aquera, despidiéndola hacia atrás, y enviando la flecha al suelo. El golpe y su debilitada pose consiguieron que se terminase por separar del arco, a mitad camino de lo inconsciente, los aceros se preparaban para dejar sin sentido a la mujer, cuando se exhaló un grito aliado.

Corinna, aunque a lo lejos, había perdido su ventaja contra el lancero, así como el arquero contra el espadachín. Todas sus flechas volaban sueltas y sin fuerzas, y sólo podía esquivar los golpes vinientes de un hombre que parecía disfrutar lanzando cortes al aire como un vil juego. Katta debió ser el único, por no estar del todo en peligro, en girarse, pero un segundo quejido fue soltado, pocos metros allá. Arturo había logrado dejar los brazos al descubierto del gran hombre con bastón al destrozar sus juntas, y el mismo lucía agotado. Pero como dictaba su código de honor, nunca un aliado debía ser ignorado, razón por la que no pudo esquivar una patada enorme de la pesada armadura. El oro embarrado vio correr a la figura blanquinosa que era Zack en auxilio de la arquera, por lo que el destino suyo era claro. Los pies se adelantaron al pensamiento y ya hacían carrera hacia el derribado Arturo, que del golpe había echado pequeños borbotones de sangre y saliva por la boca. Conservaba su arma, sin embargo. Igual que ellos, el hombre del bastón corrió a la arquera, y habló en un tono bajo mientras les miraba. Expulsó palabras desde su boca a la vez que su bastón se iluminaba como la flecha de la otra. El espadachín ya estaba listo para cargar con Arturo y salir de su trayectoria cuando el brillo cayó hacia su compañera de forma incomprensible. No tardó en protegerla. Su rostro serio denotaba tanto compañerismo como en el bando contrario. Algo que respetar y temer, pues se avecinaba una demostración mucho más explícita. Apuntó hacia la pareja de espadachines, de pie ahora que Arturo había asegurado, de la forma más simple, que estaba bien. Ambos dispuestos a enfrentar con honor y respeto la fuerza que el hombre quisiese dar. El resplandor prácticamente opaco se saturaba en el bastón con furia. Podía verse el cansancio de sólo formular el preparativo, algo que lo dejaba lento, hasta que la voz del rubio príncipe destacó sobre todo el aire. — Ad terrem! — Occidental que el espadachín no entendió, pero que empujó a Arturo a propinarle un poderoso empujón y echarlo al suelo al mismo tiempo que él. Del bastón se expulsó un rayo impresionante del mismo negro-morado, pero de una intensidad imposible. Esta línea siguió por varios metros, haciendo de muralla entre los dos espadachines y despedazando el suelo entre ellos. Tanto debía ser el esfuerzo que el hombre, herido y cansado, no podía moverse más, por lo que no pudo perseguirlos a los dos con el ataque. Nadie vería como una flecha, oculta tras el fulgor, volaba por el lado contrario al extranjero.

El estruendo concluyo con el metal de la armadura cayendo rotundamente al suelo, agotado completamente. La arquera había acabado por dejarse llevar por el cansancio también. Corinna y Zack habían logrado noquear también al lancero, y por desgracia, la poderosa portadora de gran espada sufrió las peores consecuencias del destructor ataque. Con Xander exhausto, la lucha no continuaría, pues su contrincante ahora carecía de brazo izquierdo, y su arma su había volatilizado en gran medida al verse en la trayectoria del ataque de su líder. Su grito se ahogó en un desmayo por el intenso dolor mientras la sangre le brotaba sin control. Una victoria no era así. Katta había estado en la misma situación meses atrás. Dos cuerpos desmoronados en el suelo a manos de quien fue su compañero. Y una guillotina para la entereza de su honor cuando fue forzado a abandonar a los caídos, y cedió. Las manos apretaron con desmedida fuerza las empuñaduras. Era otro fracaso, otro más. Pero en las palabras de Xander existía algo que lo empujó. "... usa ese sentido del honor. Sete sincero y mira donde estás..." Antes de nadie decir nada, Shiro se había ocultado en su cueva primordial, mientras era Ototo quien atravesaba con presteza la tela negra de los pantalones. Dejando un visible y gran agujero desde medio muslo hasta acabar el camal, el triángulo fue rápidamente atado sobre la herida de la mujer espadachina a forma de torniquete, impidiendo de la mejor manera posible que entrase en contacto con la herida por la suciedad. Xander se recomponía y postraba bien su armadura, y los dos escuderos miraban algo lejos. Arturo se estaba poniendo de pie, había cerciorado demasiado rápido el espadachín. La rápida mirada buscó los violetas del príncipe. — Hay que llevarla pronto a la capital, si hay alguien capaz de hacer lo que Elise podría sanarla antes de desangrarse. — El occidental no necesitaba más comprensión para ver que el espadachín no hablaba de forzar al grupo. Tampoco había aliados o enemigos en aquellas palabras. Era un hombre de honor, demostrando su paz. Katta estuvo dispuesto a llevarlos a todos encimas si era necesario, pero unas palabras en occidental de Xander bastaron. — No te preocupes, Katta. El honor de un nómada es inquebrantable. — Una sonrisa se apostigaba en su boca mientras él mismo tomaba a la mujer malherida y la cargaba en los hombros. De la misma manera, Corinna conseguía transportar al lancero con ayuda de Zack, al parecer ambos habían sido heridos, aunque no presentaban tantos cortes como para necesitar ayuda con alguien no tan grande. Arturo, por último, volvía lentamente con el arquero a su espalda. Su andar era, si cabía, más lento que el del resto. Algo en aquella escena hacía mella en el aún expuesto corazón del espadachín. Era un caso nunca antes dado, que el honor fuese correspondido de aquella manera. Se humedecían los ojos irremediablemente mientras Arturo hacía acopio del occidental para decir algo, suspirando tras su frase. — Dice que cargues tú al líder, él ha recibido un golpe en las piernas. — Tradujo de inmediato la fémina, y sin tardar un segundo más, el espadachín lloroso salió despedido, dejando al príncipe y sus cercanos atrás con una curiosa mirada de entre incomprensión y algo de alivio por algunos. El hombre, aún y sin su armadura, era pesado, pero estaba a la vista que el espadachín fue el menos herido en batalla.

El camino no sería corto, pero la motivación de no dejar ir una vida fue suficiente carbón. Fue admirable puesto que en el camino descubrieron, entre las ropas del lancero y luego de la arquera, unas pequeñas botellas con líquido colorido dentro. Los cansados escuderos llegaron a la conclusión de que se trataba de un veneno. Era la única explicación para ellos no poder hacer buen uso de sus cuerpos mientras Katta y Xander lograban andar sin problemas. Luego estaba Arturo, quien insistió con seriedad que su andar se debía a un golpe y que no le habían herido con veneno, aunque era ahora quien cubría la retaguardia. El respeto de Xander y los escuderos, y la aún inocente confianza del espadachín oriental hicieron que fueran pocas las veces en que preguntaron antes de llegar a las puertas. Los recuerdos amargos de aquel lugar hicieron que Katta se mirase a si mismo por un momento. De los momentos de duda había nacido uno en que se demostraba la posible paz, donde atacantes y atacados habían borrado aquello en pos de una verdadera vida.
Katta
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