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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Occidental rules. — (Mis.)

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Occidental rules. — (Mis.)

Mensaje por Katta el Sáb Sep 09, 2017 3:08 pm

Reyes. La reunión de las partes nómadas tuvo lugar pocos días antes de prepararse para la marcha hacia la capital. Días inferiores a una semana donde cada uno de los elegidos para aquel viaje se apostaban en sus descansos. Ninguno, sin embargo, lidiaba con las mismas dichas en la cabeza, y allí había el ejemplo del único rastro del detestado continente mientras amarraba bien las espadas y correas a un cuerpo nunca descansado. Hubo quienes miraron las incontables cicatrices, la prominente musculatura, o la pericia de sus maniobras. Hubo quienes no creyeron que un caballo oriental fuese igual a los suyos. Y hubo seguramente quien esperaba ver aquella magia extraña del otro lado del mundo, que no existía dentro del espadachín, apartado artificialmente. Ese corto lapso sólo sirvió para volver a forjar las espadas que había en las vainas y entrenar. Camilla, como todo el resto de príncipes y escuderos, no tuvo tiempo para dar ni las primeras pinceladas de la lengua occidental, por lo tanto, cuando se reunía todo el elenco a comer y beber, no había una conversación más allá de gestos poco concisos. Solo hubo palabras con los hermanos y conocidos del que había poco a poco reducido la sonrisa a una solitaria mueca agradable y simple. Una noche sobre la escapada y el viaje, donde Elise tuvo que se sujetada por Lazward para no lanzarle el plato a Leo gracias a su broma de la ilusión. Otra donde sólo con carne, el espadachín no acudió a la cena, y en cambio avanzó con lo que tenían para dar a los jabalíes, en una sola parte del daño que hizo a uno de aquellos animales. La última fue la más seria, donde se reunió el mando conocido con anterioridad, el rey nómada, y el extranjero al que la voz de Camilla le rozaba el oído mientras susurraba traducciones concisas del grupo. Con un mapa de manchas encima de la mesa, explicaron la ruta más segura camino a la capital. Explicando la posibilidad de encontrarse con alguno de los animales que moraban los dominios de Soleil. Repasando lo detallado del plan que incluía un cara a cara entre los dos reyes de Occidente. Algo que al espadachín no se le escapaba era la forma en que Xander, tan respetado por sus hermanos, elevado como un líder en tal sociedad, creía casi ciegamente en que Arturo no podía perder, a pesar de admitir su nula victoria contra el padre que le crió. El oro embarrado no tuvo demasiada discreción en mirar al otro pelinegro, y cuestionarse qué clase de espadachín podía encerrar esa seria y mansa figura. Siempre con aquel centelleo activo de quien quería, ahora en secreto, convertirse en el más portentoso maestro de la espada.

Las noches eran hasta agradables. La sombra que cobijaba a aquella gente era capaz de proveer un sustituo para el frío necesario. La sola idea de un clima en el extremo contrario estremecía los músculos en silencio, mientras  a medida que se vaciaba la pequeña jarra con agua se inclinaban en dirección a las voces distintas. La disposición circular bajo la carpa posicionaba al extranjero con Camilla necesariamente cerca y al lado, reclinada en la dirección del mismo. Y a la zurda Lazward y su impertérrito gesto. A la mañana siguiente, la agrupación escogida daría uno de los pasos en el afán de al menos repeler la guerra durante un tiempo. — No podemos llevar a mucha gente. La capital lo verá como una afrenta, y me niego a más tensiones. Arturo es necesario, pero no voy a dejarle solo con padre. — La voz del mayor de la casta casi rubia se hacía resonar incluso en unas paredes de tela. Líder nato, se juntaba a la derecha de Arturo mientras parecía discutirse a si mismo delante del mapa, donde una línea roja ya había designado el trayecto. — Pero Xander, es muy arriesgado, incluso para vosotros dos. No hablamos sólo de bestias, la gente os conoce. Seguro que hay quien os considera traidores. Debemos proteger- — De toda la reunión, quien había estado más alterado era Leo. Era un joven brillante, incomprensible para el que no se separaba de las espadas orientales. Pero él y todos no podían negar que era alguien imposiblemente valioso. Más cuando a su corta edad ya contaba con logros que nadie podía creer. — Por última vez, Leo. No. Tú no vas a venir. Los nómadas necesitan protección. Y todos necesitamos que empieces la construcción cuanto antes. Pase lo que pase, debemos hacer algo con Soleil, y sólo tú sabes cómo hacerlo. — Su completa actitud hacía ver que la lógica conspiraba en su contra. El oro embarrado era testigo de la manera en que un rencor infantil y una frustración más profunda aparecían en el orgulloso segundo príncipe de la capital. Fue suficiente, mas aún quedaba en el aire el crucial hecho, dos hombres solos no podían hablar en serio sobre llegar a su destino. Para fortuna o desgracia, ninguno allí estuvo preparado cuando la lengua oriental voló por las telas que hacían de pared. — Yo iré con ellos. — Aunque la peli-lila tardó unos segundos por el inesperado comentario, corrió a cumplir su función de traductora, casi exclusivamente por Arturo. — El tiempo es algo que no está a nuestro favor, las obras deberían empezar lo antes posible. Yo no sería de ayuda para ello, así que voy a prestar mis espadas para proteger a los nómadas. — Aún con el aire ofendido, Leo supo leer la muy obvia contestación a Xander. Este último parecía recordar la conversación en el salón con armas tiempo atrás con vividez, contrario a Arturo que fijaba su ámbar en el extranjero. — Zack nos acompañará también, y Camilla, me gustaría contar con Corinna también. Mientras estemos fuera quiero que tú y Leo os ocupéis de defender al resto. ¿Podréis? — La sugerente princesa finalmente se separó del espadachín, en un atisbo repentino de seriedad desde la mención de su escudera. Claramente aquella cabeza pelinegra no tenía una idea cercana a lo que significaba de verdad aquel título. La reunión terminó inllamativamente, dejando ir a cada uno en busca del descanso que necesitarían para la siguiente mañana.

No obstante, esa misma noche, mientras la diminuta avanzadilla luchaba por conciliar el sueño en sus tiendas de tela fina, huyendo del calor que les opacaría por la mañana, el rubio líder fue despertado por unos golpes. Corrió a salir, sin embargo, la buena vista de la que le proveían sus dos discos rojizos se encontraron con algo muy lejano a un asalto, miedo que le corroía en varias ocasiones por consciencia de su padre. No, se trataba del recién llegado extranjero. Él, una antorcha y sus flacas espadas saboteaban el aire con unos cortes que al muchacho nada le costaban. No era un entrenamiento, pero parecía serlo. Quizás aquel pobre chico con cicatrices innumerables no sabía bien a dónde se dirigían. Él podía ser cuan valiente cupiese, Occidente pendía de un hilo, y por desgracia el fracaso acechaba en todas partes. La seguridad con la que hablaba siempre, pensó un solo instante el rubio, podría acabar con él. No le impidió acercarse a él, pero. Con un rostro entre cansado y curioso, vigiló como las espadas orientales surcaban en completo silencio el seco aire del lugar. — ¿Qué haces aquí, Katta? Deberías guardar tus fuerzas para mañana, no estamos cerca de la capital. — Habló con un tono bajo que alertó al distante espadachín, claro en que aquellas casitas no podían frenar el ruido de ninguna forma. Las manos se detuvieron y los ojos bicolor tardaron segundos en mirar la figura reducida de Xander sin armadura y luego el suelo. — Lo siento. El calor no me dejaba dormir. — Incluso siendo fuera de la lengua natal, Xander no tuvo problemas en ver una mentira tan evidente, que sin embargo no anunció. Era en parte impresionante que incluso una frase tan simple pudiese revelar al extranjero. — Y estoy preocupado. Cuando estuvimos aquí no supe hacer nada, ni luchando contra las bestias, ni impidiendo que el rey gestase su guerra. Temo que no podré hacer nada de nuevo. No soy como vosotros. Leo y Camilla construirán el pincel, y Elise salvó mi vida. Tú eres capaz de guiarlos. Y Arturo, estás seguro que vuestro padre no puede vencerle, así que debe ser... — secamente la verborrea espadachina se detuvo por unos instantes. — ... el mejor espadachín. ¿Cómo voy a poder traer la paz así? — Para cuando aquél reaccionó, la mano de Xander se había acoplado al hombro sin aviso. Curiosamente similar a las pocas veces que Bokushi Taro hizo lo mismo. — Katta, estás siendo ciego. Deberías ver más allá de lo que no logras. No eres el único que quiere parar la guerra. La paz no tiene una sola espada, eso deberías saberlo. En vez de autocompadecerte, hazte un favor y usa ese sentido del honor. Sete sincero y mira donde estás. — El pelinegro había guardado sus espadas y descolgaba las correas de su cintura mientras lanzaba la mirada al suelo. Aquel callado sentimiento había picado la nuca de él desde la última vez que vio a su hermano. Un fracaso a punto de vencerle. Y era tan transparente como Xander pudo imaginar. — Cuando veas luchar a Arturo comprenderás por qué creo que Padre no tiene ninguna oportunidad. —


Amaneció radiante. Ardiente como era de esperar. El sol de mañana era el que Oriente conocía como tardes en los peores veranos. La figura espadachina, pudo ver el armado Xander, volvía a ser la misma segura que conoció, algo que calmaba alguno de sus miedos mientras amarraba a sus hombros parte del equipo para la escalada del muro que proveía sombra a la gente. Lo mismo hacía su escudero y Corinna, mientras Arturo era junto a Katta el más ligero de equipaje. Una espada colgaba a su espalda, sin gema a la vista. Y el híbrido de una pareja de dagas en el cinturón, usando una armadura de piel dura, contraria a los pesados metales que aguantaban Zack y Xander. Y luego Corinna con su arco y un cerrado carcaj que sujetaba seguras sus flechas. Las interminables cuerdas no eran un problema en si más allá del tiempo. Sin embargo, en un arranque de motivación por la nocturna charla, el oriental hizo uso de sus habilidades. Los nómadas habían visto a dos de las mujeres que acompañaron al pelinegro pegarse a las paredes. Eso distaba de lo que hizo él al tomar varias de las bolsas con provisiones de frutos y agua la mayoría. Pasando entre dos cuerdas, comenzó a escalar la pared vertical, con manos y pies desnudos balanceando sus pesos. Todos quedaron mirando aquella rápida subida a excepción del serio heredero que comenzó a subir a buen ritmo. Gracias a contar con aquel uso del cuerpo, el espadachín avanzó el ascenso hasta que todo el grupo conquistó el borde y tomó el rumbo hacia la capital. Encabezados por Xander, los otros cuatro viajaban a muy poca distancia, vigilando el hostil entorno. Para lo ardiente del aire, había vida. Más de la que sospechó el espadachín. Fuera de los peligrosos animales que pudieron acabar con la partida oriental, también existían pequeñas criaturas. Lagartos del color de la tierra y su textura, difíciles de ver. Algunas serpientes. Insectos de tamaño común. Soleil era un problema para la humanidad occidental, y a quien cuidaba del flanco derecho no le cabía duda; pero no podía evitar preguntarse qué animal era capaz de algo así. Animal, pero, y no bestia. Aquél ya había acabado con dos vidas de animales, y no quería consentirse ninguna más. De esa manera lo vería el grupo cuando las planicies comenzaron a temblar. Era el zumbido que parecía abundar en la tierra árida. Abejas de nuevo, pero más también. Algo que el pelinegro de ojos con oro y barro tardó en reconocer como la criatura que montaba Leo es la corta ida hacia Oriente. Una criatura fácilmente igual de grande que Eiyuu con alas y dientes, como un vástago del dragón. Toda la empresa se preparó con las espadas florecientes, y Corinna siendo quien mejor oportunidad tenía para brillar. Extrajo cinco flechas de su carcaj y comenzó a tensar y disparar en una prodigiosa velocidad. Las saetas perforaron las alas de cuatro de las cinco abejas que tuvieron que caer al suelo. El wyvern en cambio decidió colmar el costado izquierdo, habitado por Zack y Arturo. El pálido y rubio escudero estuvo a punto de salir al encuentro de la criatura, al igual que el extranjero. Pero fue el heredero nómada quien se les adelantó en un movimiento que tomó desprevenido a la mirada embarrada.

Arturo tomó su espada, occidental pero bastante más delgada que lo que portaban Xander o Zack. El wyvern pretendía arremeter contra él en vuelo con una frenética velocidad, aunque algo que no estaba fuera del ágil espadachín que describió el príncipe. Lo que no dijo fue cómo. Empuñando en la izquierda, Arturo esquivó la embestida saltando por encima del animal, el cual pareció frenar de mala manera cayendo al suelo. Al menos hasta que se reveló en la membrana de su ala diestra un agujero que desequilibraba su vuelo lo exacto para obligarle a no despegar de nuevo. Las Ryusei comenzaron a tiritar, incluso la que había en la mano del espadachín. El wyvern arremetió contra el otro pelinegro repetidamente, pero este usaba su cuerpo de un modo que Katta pudo reconocer. El modo en que la espada era casi fantasmal, apareciendo y desapareciendo de la vista, la exactitud en cada vuelta, la maniobra y la elegancia, todo se congregaba en la lucha de ambos que sólo atontó unos segundos al espadachín. Este corrió hacia ellos, pero no en socorro del heredero, sino por uno de los insectos que pretendían perforarle con su aguijón. Fue detenida gracias a la agilidad propia de Katta, quien realizó pequeños cortes en las alas para amedrentarla y hacerla huír como el resto. Una incursión que fue fácilmente solucionada, pero que hizo al espadachín mirar a Arturo. El tiempo mínimo había podido jugar con la cansada mente del de mil cicatrices. La mirada era devuelta con aspecto de entre curiosidad y confusión mientras su espada era nuevamente llevada a la espalda, no sin antes limpiarla rápidamente. Ese no era el estilo occidental que conocía Katta, no era lo que vio hacer a Lazward en su momento, ni una adaptación de la lanza de Adrián. No, y sin embargo, había visto algo en aquella centella de tiempo.
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