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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Frozen beast {Entrenamiento}

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Frozen beast {Entrenamiento}

Mensaje por Sigbjørn el Jue Oct 12, 2017 9:23 am


The key to immortality is not dying.



Algunos dicen que no demasiados son capaces de cumplir con el destino que les fue impuesto, con la tarea asignada por los Dioses. Y tienen razón, los Dioses no seleccionan a cualquiera para sus encomiendas, después de todo, ¿Por qué pedirle algo a alguien que no va a conseguirle? Es una pérdida de tiempo, por completo. Y si, los Dioses tienen todo el tiempo del mundo, y solo por esa razón estoy seguro que no planean perderlo ante cualquier perdedor que se les pase por el frente. No cualquiera es digno de otorgarles el tributo que merecen, y sin duda, tampoco aceptan cualquier plegaria. No están en su paraíso por fingir que les preocupa cada pequeño detalle en las vidas de los hombres… No, están en sus tronos por que se han ganado tal privilegio. Están en sus lugares por que han cumplido con sus encomiendas, encomiendas que solo uno de ellos coloca y a su vez, son las más importantes de todas.

Mis Dioses son estrictos, diferentes. Ellos me crearon, ellos me hicieron de esta manera y no hay nada de lo que esté más agradecido que de los dones que me regalaron. ¿Cómo podré pagarles? ¿Es posible incluso? No veo una forma de darles lo que se merecen, no puedo encontrarla… A menos que sea algo que tengo en frente y soy lo suficientemente estúpido como para no verlo. ¿Cuál es la misión que me han dado? Pues este poder… Esta habilidad que me regalaron no está aquí para nada, no soy heredero de una porción de sus vidas simplemente para estar sentado en un bar con mucho alcohol fluyendo por mis venas. Sí, es parte de mi tanto como lo son ellos mismos. No puedo rechazar una bebida al igual que no puedo rechazar las peticiones de mis señores… De mis creadores.

Los hombres del norte fueron creados bajo los pensamientos de un gladiador, luchadores que no tienen miedo, no temen al frío o la muerte. Son tan duros como los puños que regalan, como sus hachas, fríos y sumamente diestros en el combate. Apenas educados en algunas cosas, y solo por ello, son maestros en otras. Nacimos para regir en este mundo, para llevar las oraciones de nuestros Dioses a cada pequeño rincón de esta nación. Lo lograremos, lo haré por cada uno de los camaradas que han pasado a mejor vida. Vestidos de gala junto a Odín, peleando a su lado en las salas del Valhala. Me pregunto cuan bellas serán las valkirias. Sé que son incluso más peligrosas que los hombres que las acompañan, de por sí, el tener el poder de arrastrar un alma al olvido es suficiente para ser temidas… Pero no hay peor miedo que verlas armadas. Escudo y espada en sus manos, y enfrentarían al mismo Odín saliendo victoriosas. Yo no las molestaría demasiado, después de todo, no hay ser más peligroso que una mujer enojada.

Ellas van a encargarse de mi alma. Lo sé… Cuando llegue el momento, las hermosas valkirias… Ángeles con armaduras, vendrán por mí. Cantaran mi nombre para que sepa que están en camino, y al verlas por fin, sabré que mi vida ha valido la pena. Que he cumplido con mi tarea, pues hasta que no esté satisfecho, hasta que no haya terminado mi encomienda no pienso dejar de respirar, no dejare que nadie me robe el aliento… Y si ha de pasar, lo llevare conmigo. Pues esa persona merece una mejor vida, todos la merecemos… Aunque ambos sabemos que de perder… La deshonra nos llevara al exilio. No pasare por lo mismo una vez más. Esta vez, seré yo el que le mostrara al mundo cuanto poder he heredado de los Dioses. Que he sido bendecido una y otra vez por ellos, y por esa misma razón, por ese simple motivo que me ha traído a este lugar, sé que sus bendiciones aun no terminan.

Byfrost es la segunda… Y con este poder que me han regalado, cumpliré mi primera encomienda. Me ganare ese tercer regalo, ya lo verán. Al escuchar mis pasos retumbaran las montañas, al sentir mi presencia morirán sus almas y con el tiempo que pasen cerca de mí, condenare sus almas a las valkirias, quienes decidirán por mi si son dignos de enfrentarse en el gran salón una vez más. Ellas tienen el papeleo y yo la diversión. No podría estar más satisfecho con ello.

[***]



Años atrás, una pequeña aldea a orillas de una gran montaña, daba a luz a un pequeño de castaño cabello. Sonriente chiquillo que dormía plácidamente en los brazos de aquella mujer que llamaría madre más tarde. Su padre no estaba entre ellos, pero si un hermano mayor por varios años. Su madre era una aficionada a la música, con una pequeña lira como instrumento y una hermosa voz además. Su hermano era un guerrero de sangre, nacido y criado por su tío para ser el más feroz de todos. Sib, por otro lado, nació para ser más grande. Más temible. ¿Por qué pensar que algo tan pequeño podría ser, incluso, mejor que su hermano? Destacado entre todos como el guerrero perfecto, la bestia congelada… Lo que no sabían era, que con los años, cierto pequeño desarrollaría una habilidad que llevaría a todos a Valhala.

En aquella aldea, se veía a la muerte como un regalo. Uno que se recibía con una sonrisa, con honor. La muerte de muchos traía la dicha a quien provocaba tales fechorías, pues en sus tierras, la decencia no era permitida. Entre más sangre, mejor. No importaba nada más que impartir sus ofrendas a su Dios, ¿Cuál era la mejor de todas ellas? Seres vivos, personas, animales. En su mayoría, la sangre se vertía sobre sus cuerpos como un gesto de respeto a las víctimas. Pero su gente también creía que el bañarse en la sangre de aquellos a quienes mataban les otorgaba sus facultades, sus poderes y demás. Era una creencia tonta, a decir verdad, pero de cierta manera, para ellos, no había mejor forma honrar a los muertos. Pues ellos ya estaban en una mejor vida, una sin dolores o penas. Solo ahí, disfrutando del sexo con las valkirias y guerreros del Valhala.

No había mejor virtud que esa.

En aquel pueblo, donde incluso las mujeres podían tomar una espada y convertirse en las guerreras más temidas, solo existían un par de líderes. Una familia que reinaba por encima de todas las demás. Decían que ellos habían sido los primeros en llegar, los primeros en montar su casa con palos de madera y telas para cubrirlos de la lluvia. Aquellas casuchas tan primitivas evolucionaron, solo un poco, a diferencia de antes. Ahora, grandes techos cubiertos de madera y pieles animales que adornaban los mismos, con pilares sosteniendo cada esquina de este pues tenía la apariencia de ser sumamente pesado. Ventanas y puertas de madera, el pino de los alrededores había resultado realmente útil para armarlas. Pero no había mejor forma de definir su uso que las amplias chimeneas con cubrimiento de roca y barro, que amparaban el frío de aquellos hogares. Eran viviendas que, para ser personas poco conocidas y muy naturales, eran acogedoras y buenas para su vida. No necesitaban los lujos de la capital. Tenían su propia forma de sobrevivir… Y era la mejor de todas.

Sigbjørn creció en aquel pueblo tan humilde, can barbárico. Pero para alguien que no conocía nada más que eso, era perfecto. Su prueba fue la mejor de todas, según su propio pensamiento. Cada año, todos los niños de diez años son obligados a forjar sus propias armas. El castaño chico era incapaz de conseguir un arma que le sirviese, y por ello, no sabía cuál armamento forjar. Fue esa misma noche que Byfrost apareció entre los rasgados papiros que guardaban los ancianos del pueblo. Guantes capaces de otorgarte poderes, fuerza y destrucción con cada puño. Fue ese momento que supo cuál era su objetivo, que debía hacer. Los guantes le pertenecían, en ese momento, a un hombre de entre treinta a cuarenta años, con un par de canas en sus cabellos y tatuajes que cubrían su rostro, con un nombre tan extraño que cualquiera sería incapaz de pronunciarlo. Incluso personas con las que hubiese crecido tal persona.

Su tarea era simple; Matarle y obtener lo que deseaba a la fuerza. No era tan complicado, después de todo, nadie esperaría que un niño de diez años fuese a planear su primer asesinato. Solo para conseguir poder… Poder que ya tenía y no conocía del todo. Un par de días más tarde, con comida y un par de prendas escondidas en una bolsa de tela, se encamino hacia un pueblecillo no muy lejos del suyo, justamente donde residía el dueño de Byfrost. Camino por largas horas, solo para encontrarse frente a la posada que usaba como hogar, y que con un poco de dinero robado, el chico también usaría como suyo. Una excusa tonta como; — Debo conseguir un par de flores para mi madre, son medicinales. — Bastaba para que todos confiaran en él. La inocencia de un pequeño chico siempre era algo de admirar, nadie esperaba que dentro de aquella cabeza se encontrase algo tan temible como lo que era ahora aquel jovencillo, un dulce pequeño que inicio sus días con una sonrisa y seguramente los terminaría con una también.

La noche llega, y como si nada, una navaja es robada de las cocinas para ser usada como arma. Desaparece la presencia de tal pequeño, quien escondido, espera por el momento preciso para atacar. La cerveza es una traidora, era efectiva. Un par de barriles y cualquiera caería ante sus encantos, y el hombre quien se había convertido en el objetivo de Sigbjørn, no sería la excepción. Cayó como todos los demás, cuyo rostro se escondió contra la madera de una mesa. Eran demasiadas personas juntas, pero ese no era impedimento para el menor. Quien, uno a uno, fue degollando a cada hombre y mujer presente hasta que no quedo ninguno con vida. Dejo para el final a su objetivo, quien dormía plácidamente hasta que el filo de la navaja rebanaba su garganta. La sonrisa de un pequeño chico bañado en la sangre de todos aquellos ilusos, fue su última imagen. Una terrorífica imagen. — Consideren esto mi regalo para ustedes… — Susurro desde la puerta, portando en cada mano los gigantescos guantes que había robado.

Byfrost tenía un nuevo dueño, uno digno de su poder.

[***]



El mismo chico regreso a casa con su nuevo juguete, uno que apenas llego uso contra su hermano, en una pequeña contienda completamente sana, solo para probar el calibre de tal armamento. Un par de guantes contra el espadón de su hermano, y no hubo corto que valiese en aquel entrenamiento. Los golpes que le regalaba el chico al contrario reventaban en gruñidos por parte de este, pues según las palabras del mayor, el acero que los formaba ayudaba muchísimo a lastimarle. Alguien cubierto en simples telas no sería capaz de soportar demasiado de aquella abrumadora fuerza, y lo descubrió un pobre iluso que tuvo la idea de desafiar a Sigbjørn años más tarde. Quince años, casi un hombre en su pueblo, y ya había asesinado a más de cincuenta personas solo por mero gusto. Nadie lo sabía con exactitud, pues las noticias no volaban con tanta rapidez dentro de aquel pueblucho, pero se sabía algo en las demás aldeas bajo los pies de las montañas de hielo. Le temían a algo y  tenían razón en hacerlo… Aquel castaño hombre crecería para ser la tortura de sus vidas, crecería para ser la pesadilla que sabían nadie seria capaz de detener.

Sus mismos vecinos lo supieron años después… Cuando toda su aldea fue masacrada por aquel que decían seria su líder un día… Por aquel que al descubrir sus habilidades expulsaron de sus tierras, pero era tarde… Ya habían creado al monstro. Ya habían creado a la Frozen Beast.
Sigbjørn
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