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Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

Créditos

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Ficha de Chrom

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Ficha de Chrom

Mensaje por Chrom. el Jue Dic 07, 2017 5:02 am


Chrom
Occidente • Bando de Garon • Kenjutsu
Descripción Física



En la media occidental, con una altura de metro ochenta y tres centímetros y un peso rondando los ochenta debido a su complexión atlética.  

Ojos y cabello azules heredados de su madre, piel clara y facciones suaves de un padre al que nunca conoció. Sus músculos están bien definidos a causa de sus largos entrenamientos con la espada. El traje que suele portar es una prenda ligera que le permite moverse con velocidad para adaptarse a su estilo de batalla. Lo compró en el mercado de la capital subterránea con el primer pago que recibió como soldado de Garon.

Nunca se separa de la Falchion, una espada que en realidad no le pertecene y de la que desconoce su historia. Es su principal arma, por lo que ha engarzado una gema en ella con tal de llevarla al límite. Aunque no es un recurso que suela emplear, también porta siempre consigo un par de cuchillos que le regalaron en su niñez.  



Descripción Psicológica


Reservado, tenaz, calculador, honorable y profundo.

La personalidad de Chrom es compleja, pues a pesar de lo que aparenta, es bastante voluble. Se muestra como alguien frío y evitativo, desinteresado por establecer relaciones sociales, pero en realidad, siente un gran vacío en su interior debido a las carencias afectivas que sufrió en su infancia. Aunque no sea consciente de ello, y aunque trate de negárselo, busca intimar a nivel profundo con alguien, aunque a la vez teme al rechazo, motivo por el que de puertas afuera tiene ese semblante desinteresado. Durante su infancia le enseñaron a reprimir sus sentimientos en pos de su supervivencia, y muchas veces se los niega a sí mismo, pero eso no significa que no los tenga. Es, de hecho, bastante sensible.

Centrándonos ahora en un aspecto mucho más sólido de su personalidad hablaremos de su perfeccionismo. Siempre que debe de actuar, piensa primero en el mejor modo de hacerlo, sin dejar ni un cabo suelto. Es alguien planificador, a quien no le gusta el trabajo a medio hacer, y que no tolera el riesgo. Es, siguiendo esta misma lógica, alguien bastante obstinado. Su tenacidad no es como la de una persona que intenta mil veces lo que se propone por mucho que fracase, pero sí que manifiesta de forma congruente con lo comentado anteriormente, ser alguien bastante cabezota, pensando largo y tendido el mejor modo de obrar en las más complicadas situaciones, y siendo capaz de entrenarse o sacrificarse sin vacilar con tal de alcanzar sus metas.

Los tres últimos ejes de su forma de ser, tienen mucho que ver con su historia. Criado como un asesino, transformado en un honorable guerrero, Chrom es alguien complicado, que no valora la vida humana pero que siempre intenta cumplir con su deber. Sigue unos valores que otros construyeron en base a sentimientos, pero los cumple de forma fría por lógica. No vacilará en arrebatar una vida si considera que es lo correcto, pero tampoco abandonará las creencias occidentales que ha integrado bajo ningún concepto.

Cuando sus dos caras se llevan bien, puede tomar decisiones de una forma rápida y eficaz, combinando la moral con la desconfianza.  Sin embargo, cuando sus dos lados se contraponen, puede llegar a sufrir mucho y representar un peligro para sí mismo y para los demás, quedando usualmente bloqueado por la disonancia cognitiva. Su talón de Aquiles suele ser la valentía, un valor del guerrero muy vinculado a su honor para muchos casos. Chrom, quien en su entrenamiento como asesino, aprendió que el miedo podía suponer su muerte, aprendió a temer el temor y a protegerse de él, actuando sólo en las situaciones donde tenía la certeza de salir con vida. Ahora que es un soldado de Garon, no puede permitirse vacilar ante un peligro, o perderá toda su reputación, algo que necesita para lograr seguidores que le ayuden a cumplir su único sueño de asesinar a un dragón concreto. En estas situaciones, es cuando ha sufrido la mayoría de errores que le han hecho estancarse en su entrenamiento.

Es alguien habilidoso y con una gran confianza en sí mismo, pero también es humilde para reconocer sus debilidades y las fortalezas de los otros. Es alguien, en el fondo, bondadoso, que intenta ayudar en la medida de lo posible a quienes considera que lo merecen, aunque no tenga piedad con aquellos que considera indignos. Es juzgador, habiendo adquirido a lo largo de los años, una clara distinción entre el bien y el mal para él, con los que tiende a etiquetar a las personas o a las acciones en un polo o el otro, cambiando difícilmente de parecer.


Historia


Hambruna, miedo, impotencia, desesperación.

Desde que Occidente perdió su vida, no sólo la naturaleza se marchitó, también lo hicieron los corazones de muchos de sus habitantes. No todos los nómadas tuvieron la suerte de contar en sus grupos con bravos guerreros capaces de enfrentar bestias ni a ingeniosos herboristas con la habilidad de hallar fertilidad en tierra muerta.  Aquellos grupos sin talento, sin gente excepcional, no tardaron en ser pasto de los monstruos. Fueron, siguiendo la ley de la naturaleza, los primeros en caer. Los pocos que sobrevivieron a aquello fueron los que asumieron la nueva realidad y se adaptaron. Dichos sujetos no ganaron una nueva cualidad, al contrario, lo que les permitió mantener su titilante existencia fue perder su mayor ancla: la empatía.

Tras perder a sus seres queridos por ataques y enfermedades, por hambre y por suicidio, cierto grupo de supervivientes dejó de preocuparse por conservar su compasión. “Si no lo mato yo, terminará a manos de un Wyvern. Y no sólo él, también esa carne, esa ropa, esa espada… que tanto necesito.” En condiciones extremas, el individuo prima su propia supervivencia. Habían sido forzados a entrar en el juego que el resto de especies siempre habían estado jugando, a la selección natural. La ley del más fuerte.

Dentro de aquel grupo sin nombre ni bandera, una mujer sin escrúpulos quedó embarazada por un hombre sin voluntad. Una noche cualquiera, al concluir su largo caminar, cuando hubieron acampado, la encinta mujer dio a luz tras largas horas de agonía aguantando a aquel nonato durante la travesía. Sabía que aquel era el único momento en que no la dejarían atrás. La calurosa noche dio la bienvenida a un pequeño y regordete ser sin nombre. El niño, que parecía ser el único capaz de reír y llorar en el grupo, todavía no había aprendido a contener esas emociones, y los llantos empezaron a suponer un problema para su bienestar cuando la misma madre decidió que lo mejor era abandonarlo. –No lo dejaremos tirado. Cuando tenga edad para coger una espada será un buen cebo. –Los labios desgastados de un viejo lobo pragmático hablaban lo que nadie había llegado a pensar. Ricardo miraba más allá del alivio puntual de deshacerse de aquella carga, y apostaba en el alevín para convertirse en su gallina de los huevos de oro. No era su padre, ni pretendía serlo, pero necesitaba a alguien que le consiguiese el alimento cuando sus cansadas piernas no dieran para más. –Cuando haya aprendido a luchar, lo llevaremos a los barrios bajos de la capital para que participe en los torneos. –en escuchar eso, la madre agarró el todavía ensangrentado crío con una mano y le dejó caer en brazos del viejo. –Haz lo que quieras, pero olvídate de mí.

Ricardo se apartó del grupo para calmar al pequeño. –Hazlo callar o atraerá a las abejas. –en ese momento, el recién nacido debía de temer más por alguien armado con miedo y una piedra grande que por aquellos seres. Cuando se hubo alejado lo suficiente, en la intimidad de aquella noche, Ricardo le hizo su primer regalo. –Te llamarás Chrom…

Pasaron los días y las noches, las semanas y los años. El pequeño Chrom, sin un padre y una madre claros, tenía al viejo como única referencia. Aunque Ricardo no mostrara ningún tipo de afecto por él, aunque le obligase a cocinar y a lavar para ganarse la comida, la bravura y la meticulosidad del veterano eran algo que el pequeño admiraba sobre todas las cosas.

A los cinco años, comprendió lo que era la muerte cuando un gusano apareció de bajo del suelo para devorar a cuatro miembros del grupo. El chico lloró asustado, mas el viejo lo agarró con velocidad y le riñó en el proceso. -¡Estúpido! No puedes quedarte parado cuando nos atacan. –el infante, de azulado cabello, estaba demasiado preocupado pensando en la incógnita del final de la vida como para prestarle atención. -¿Qué les ha pasado a los que no se levantan? –tembloroso, confundido, el chico tenía demasiado terror como para dejar atrás los llantos. -¡Lo mismo que te pasará a ti si no dejas de llorar! La debilidad te matará si no la controlas, Chrom.

“En este mundo los débiles mueren, debes contener el miedo y ser fuerte”.
Sin darse cuenta, Ricardo seguía brindándole más regalos a cambio de nada.

Al cumplir los ocho, le regalaron su primer cuchillo. No fue un momento especial ni nada por el estilo, simplemente Ricardo enfermó y un tipo cualquiera le lanzó el instrumento para luego añadir unas breves palabras. –El abuelo empieza a flojear, si queréis comer tendrás que ganarte vuestra propia carne. – en esa época, el chico empezó a sospechar que la mujer con ese característico color de pelo azul debía de ser su madre, aunque siempre le mirara con indiferencia. Esa misma noche, cuando asaltaron el campamento de otro grupo de nómadas para hacerse con sus recursos, el pequeño llevó su cuchillo con él. Dejaron a Ricardo sólo, recostado sobre una gran piedra. El peliazul siguió de cerca a su madre, confundido por no haber participado nunca antes en ese tipo de situaciones, las cuales sólo había visto a posteriori, cuando el huracán de muerte sólo había dejado las cáscaras vacías de sus víctimas. Pudo ver cómo su madre entraba en las tiendas de campaña, apuñalaba meticulosamente y se hacía con toda la comida y los objetos de valor. En un momento en que la mujer había soltado su arma para hacerse con un collar, el tembloroso joven al que intentaba arrebatárselo empezó a estrangularla con sus últimas fuerzas. Chrom, en ver la situación, corrió con su cuchillo y lo hundió en el pecho de aquel que amenazaba a su madre, acelerando drásticamente su inevitable muerte. Habiendo visto ya a tanta gente perecer, no le afectó demasiado al niño escuchar el último aliento de su víctima, ni ver cómo la luz en sus ojos se apagaba. Para el pequeño, la vida humana poco se diferenciaba de la animal, y por aprendizaje vicario, siendo testigo y cómplice de tanta muerte, había perdido la suficiente sensibilidad para resultarle indiferente ser él quien empuñaba la arma. Tampoco tuvo reparo alguno por la sangre que le salpicaba las manos, nada la diferenciaba de la de aquellas criaturas que Ricardo le hacía despellejar para cocinar.

Quizás no podía otorgarle a la vida el valor que esta merecía, pero aquello no le privaba de la condición de niño. Incluso con aquella forma de pensar, anhelaba ese afecto que nadie le había otorgado. Ensangrentado, el peliazul se giró hacia su madre, y con una sonrisa, buscó su aprobación. –¿Lo he hecho bien, mamá? –a la espera de algo parecido a los cumplidos de Ricardo por un trabajo bien hecho, deseando un refuerzo, Chrom se topó directamente contra un puñetazo en plena cara. La rabiosa mujer, llevada por una especie de orgullo que se negaba a aceptar la ayuda de un hijo que “ya no era suyo”, le golpeó. –¡No necesitaba tu ayuda, asqueroso mocoso! –una irritante y aguda voz perforaba su oído para quedarse grabada por siempre en su mente.

Un primer impulso le hizo derramar una lágrima, pero en seguida la limpió de su rostro. Los que lloran están destinados a morir, aquello le había enseñado Ricardo. Con serenidad, recogió su cuchillo, y peleó por hacerse con la cena de aquella noche para el viejo y para él.

“La necesidad de afecto no deja de ser una debilidad más, los sentimientos sólo nublan el juicio. Hay que aprender a reprimirlos para obrar con lógica.”
Incluso su madre, ignorante de ello, le ayudó a forjar su personalidad. Por su culpa le resultaría difícil mostrar cariño y confiar en los demás, pero también mantendría la cabeza fría en las situaciones más extremas.

Ya con doce años, Chrom había desarrollado un cuerpo que le permitía blandir una espada grande en condiciones. Siempre había admirado el sable de Ricardo, la Falchion con la que sirvió tiempo atrás al antiguo rey, por ello nada más tuvo la oportunidad, robó una espada de un campamento en uno de los asaltos a los que ya se había acostumbrado a participar. Mientras la mayoría de gente dormía, Chrom se levantaba, agarraba su oxidada espada sin nombre y realizaba un corte tras otro. Aunque sus músculos no podían soportar el peso del arma en un inicio, cuando pasaron los meses aprendieron a sanar más rápido de lo que él los destrozaba y crecieron hasta poder sujetar el arma con facilidad. Como él, su cuerpo había aprendido a volverse fuerte a base de sobrevivir a duras penas para algo que no estaba preparado.

Desde entonces, el peliazul empezó a destacar cuando llegaban los monstruos o los grupos con los que se enfrentaban tenían nociones básicas de combate. A partir de aquello, llamó la atención ya no solo de Ricardo, también de Víctor, un joven pelinegro que había sido el más pequeño del grupo a parte de él. Víctor, de blanca tez y oscuros ojos, tenía el cabello largo y el rostro inexpresivo. Una noche, mientras Chrom hacia guardia, cuando un nómada de otro grupo se coló en el campamento y el peliazul lo derrotó con facilidad, Víctor apareció de entre las sombras como una fantasmal figura. Era impresionante su habilidad para ocultar su presencia. –Has nacido para ser un buen asesino… -sin cambiar ni un ápice su gélida expresión, el pálido chico cuatro años mayor se acercó al espadachín. Pasó de largo y se puso de cuclillas frente al cadáver. Rozó con su índice la herida, untando en él la sangre. –Un corte limpio, un trabajo bien hecho. –aunque inquietado por el siniestro cumplido, el peliazul seguía valorando sus palabras. Siempre había estado buscando la perfección en todo lo que hacía desde que tenía uso de razón, quizás imitando a Ricardo, quizás por miedo al castigo que suponía flojear en aquel mundo. –Gracias. –seco, directo, respondió mientras limpiaba el rojo de su espada. -Lo has disfrutado, ¿verdad? Esta obra es propia de alguien que sólo encuentra el gozo en arrebatar una vida. –no cambiaba su expresión fría, no sonreía ni se emocionaba. Víctor no solía relacionarse nunca con nadie, y si lo hacía era de forma puramente pragmática. Tal vez con Chrom hiciera una excepción, mas no cambiaría su ausencia de emoción por él ni por aquellas habilidades que tanto le habían impresionado. –No, no es algo que haya disfrutado. Es algo que tenía que hacer. –el espadachín empezaba a sentirse incómodo con la situación. Él no era un asesino por gusto, sino por necesidad. No disfrutaba de matar a los animales que luego cocinaba, pero por sus experiencias tempranas había terminado viendo a los humanos como algo similar.

Le dio la espalda a Víctor, dispuesto a volver a hacer guardia. Sintió una brisa, y al instante, el pelinegro estaba a sus espaldas agarrándole el hombro con el que manejaba la espalda con una mano y colocándole un cuchillo en el cuello amenazando con cortárselo. El metódico peliazul, empezó a pensar formas de escaparse de aquella llave sin comprometer su cuello, movía los ojos de un lado a otro en busca de una solución que nunca llegaría. Por primera vez en mucho tiempo, sintió su corazón acelerarse por el miedo, la misma sensación que había estado reprimiendo desde su encuentro con el gusano siete años atrás. -¿Qué estás pensando? Todas las maneras de matarme, ¿verdad? –intentó hacer fuerza con el brazo para liberarse pero el otro hacía una fricción que le impidió mover ni un ápice. Pronto, el miedo se convirtió en impotencia, y la ansiedad se transformó en shock. –La primera lección del asesino es nunca bajar la guardia, hermano. –no había lazos familiares, pero Víctor no había empleado aquella expresión en vano, por primera vez en mucho tiempo había mostrado interés en otro ser humano, y por algún secreto motivo, había decidido tratarlo como su hermano pequeño de entonces en adelante. –Nunca confíes en nadie, salvo en mí. Nunca combatas directamente contra alguien que no puedes vencer… -lo soltó de golpe, haciendo que su asustado cuerpo cayese de rodillas al suelo. Entonces, sacó de su bolsillo un cuchillo a juego con el que lo había amenazado y los lanzó contra el suelo al que miraba forzándole a contemplarlos. –Para esos enemigos, utiliza estos… escóndete, aprovecha su confianza, asesina, y corre. Si el plan falla, huye.

“Eres débil, no vale con dejar de sentir el miedo, tienes que huir de él. No hay sentido en intentar algo que no es seguro, participa sólo en aquellas tareas en las que no haya margen de error”. La precaución que le había transmitido Víctor se convertiría en una gran ancla. Chrom sufriría mucho por dudar en actuar en un futuro, pues la valentía era aquello que tanto admiraba de Ricardo. Eliminarla, sin embargo, era el retorcido modo de proteger al hermano pequeño que Víctor había visto en él.

Dos años después, a sus catorce, Chrom ya había aprendido el estilo de batalla de Ricardo gracias a las clases que todas las tardes tenían juntos. Esos dos años los pasó relacionándose únicamente con el viejo y con Víctor, con la espada y con los cuchillos. Disciplinado pero cauto, habilidoso pero humilde, sincero pero sin escrúpulos, perfeccionista pero miedoso. Medio guerrero medio asesino. El espadachín de tres hojas no había conocido el amor de una madre, pero, aunque uno por pragmatismo, otro por apego insano, sí había recibido muestras de afecto, frías, pero sinceras. Aunque Ricardo lo amara como a un objeto, él se sentía tan orgulloso de aquello como una espada lo sentía cuando cumplía con la voluntad de su amo. Aunque Víctor le manipulase y lo llenara de oscuridad, y aunque no hiciera más que proyectar en él la imagen de aquel hermano pequeño que perdió, era sin duda la única persona que realmente lo amaba de forma incondicional.

Un día cualquiera, tras largos meses de rutina, en un viaje tan parecido a la mayoría que podía llegar a aburrir, un enorme Wyvern negro se interpuso en el camino del grupo. Afilados colmillos, duras escamas, filosas garras… no importaba, ya nada de eso le daba miedo a Chrom. El valiente no es aquel que no tiene miedo, sino quien lo enfrenta. Para este caso, Víctor le había enseñado todo lo contrario, pues si se desprendía del valor jamás tendría que sufrir el miedo de nuevo. No le costó demasiado escapar, había muchos otros más lentos que él que caerían en su lugar. Como siempre hacía desde que su hermano postizo le había enseñado, se escondió para analizar meticulosamente la situación con frialdad y encontrar el mejor modo para sobrevivir. Lo que vio, sin embargo, tras dicho análisis, escapaba a toda lógica. –¡¡¡Muere, sucio lagarto!!!

Ricardo, armado únicamente con la Falchion, corría en dirección contraria a las masas, buscando enfrentar directamente a la criatura. No era un gesto heroico, no pretendía salvar a nadie, era una mezcla entre venganza y lo poco de honor que le quedaba. –¡Por el rey! –Chrom veía cómo su única figura paterna, aquel al que tanto admiraba, se lanzaba directo a una muerte segura. Dio un paso adelante, pero su cuerpo empezó a temblar. “Nunca combatas directamente contra alguien que no puedas vencer” La voz de Víctor ya se había instalado en su psique y siempre le perseguiría. Se quedó bloqueado unos segundos, pero sin una razón lógica, cegado por aquel fenómeno inexplicable llamado amor, el peliazul corrió hacia la bestia con la mente completamente en blanco. –¡Ricardo! –gritó con su mano libre extendida en plena carrera, como si pretendiese alargarla más allá de lo posible y hacerse con él. Pudo ver cómo el abuelo golpeaba con la Falchion al wyvern, y cómo esta era completamente incapaz de atravesar su piel. Ricardo se giró, y mientras lo miraba directamente a los ojos, esbozó una sonrisa, la única que le había visto hacer en su vida. En ese entonces, la fría garra del dragón atravesó el pecho del humano que no dejaba de establecer contacto visual. Hacía años que el peliazul no derramaba lágrimas, pero la mezcla de impotencia por su debilidad y el shock de ver los labios de aquel hombre esbozar una sonrisa, desbordaron el muro psíquico que había creado. –La… debilidad… te… -sus últimas palabras tan siquiera pudieron completar la frase. De inicio similar, quizás aquellas palabras culminaran de la misma forma que las que le dijo nueve años atrás, o quizás la expresión en su rostro no era lo único que había cambiado en el pasar del tiempo.

En disonancia cognitiva, su lado racional le suplicaba que se retirase, pero su odio le mandaba dolorosas imágenes que le impulsaban a lanzarse contra el asesino de Ricardo. Antes de que pudiera decantarse entre el guerrero y el asesino, un grupo de caballeros vestidos de negro irrumpieron. Sus armas, se iluminaban en tonos violáceos, y eran capaces de enviar ondas de energía que lograron dañar lo suficiente al monstruo como para forzar su retirada. El dragón, no sólo le arrebato la vida de Ricardo, también su cuerpo, que ensartado en la garra se marchó junto a la criatura para, probablemente, ser devorado.

No sintió alivio como lo hubiera hecho cualquiera en su grupo, sintió algo que lo dañaba por dentro, algo a lo que no estaba acostumbrado. –¡¡GRRRRAAAAAAAH!! –colocó las manos en su cabeza, había visto mucha muerte, tanto de aliados como de enemigos, pero jamás la de un ser querido. Apretó su puño, y en vez de tirarse al suelo de rodillas como le nacía, se mantuvo en pie y miró cómo la criatura se alejaba volando. Sus ojos, llenos de furia, siguieron el vuelo hasta que no quedó nada más por ver. –Juro que te mataré.

Uno de los caballeros que lo habían salvado que vio la escena se acercó y luego se quitó el casco. Aunque más joven, el príncipe Xander seguía teniendo ese cabello rubio claro y la misma expresión serena. –Todo guerrero que se precie, jura por su honor. –Chrom, aunque entrenado como un asesino, había aprendido la testarudez de Ricardo. No comprendía la palabra, pero aquello no le impidió dar la respuesta correcta. –Lo juraré por lo que sea, que me parta un rayo ahora mismo si miento… mataré a ese monstruo. –el rubio, por aquel entonces más sensible todavía, esbozó con facilidad una ligera sonrisa. –Eso es el honor.

En un principio el viaje de la patrulla de Garon era simplemente la exploración de tierras más alejadas, aquel adolescente no había sido más que una parada no prevista. Sin embargo, lo que para ellos no era más que un actor secundario e irrelevante, lo que estaba a punto de suceder sería un rayo de esperanza en la historia de Chrom. –Sé reconocer el talento cuando lo veo. Creo que deberías unirte a nosotros, el ejército de Garon. –el silencio del nómada le daba a entender a Xander que desconocía de la  existencia de dicha organización. –Te enseñaremos a manejar estas armas para que puedas enfrentar al dragón, y podrás luchar por proteger a la gente de la capital. –aunque fuera por conveniencia, aceptaría el trato, siempre podía desaparecer como Víctor una vez hubiese aprendido a emplear un arma de esas. De todas formas, había algo, una palabra, que no comprendía. -¿Qué significa proteger? –mientras pensaba la respuesta, uno de sus hombres le trajo al príncipe la Falchion que había dejado caer Ricardo con su último aliento. Tras analizarla meticulosamente y comprobar que el acero era de una calidad superior a lo que podría esperarse de un nómada, le acercó el mango de la misma. –Lo que intentabas antes de que llegáramos. –agarró entonces el joven Chrom el arma comprendiendo que su guerrero interior había vencido al asesino. Se sentía, al fin, congruente. Emplearía su frialdad, su capacidad de análisis, y sus habilidades, para cumplir con su deber, para pelear por construir un honor que debía de empezar desde cero. –Cuenta conmigo.

Durante los años siguientes, Chrom se convirtió en un soldado ejemplar. Con la gema que habían engarzado en su heredada Falchion, era capaz de llevar a cabo las tareas más peligrosas sin vacilar. Sentía que la capital subterránea era su hogar, y se sentía feliz de poder formar parte de aquel lugar, aunque se mantuviese individual y reservado. Encontró en el rey Garon la figura de Ricardo, alguien por el que valía la pena luchar, alguien a quien entregar su vida. La calidad de vida en el subsuelo era muy superior a la que él acostumbró a vivir en el exterior.

Aunque se sentía muy integrado, su sensatez era un aspecto de su personalidad que lo diferenciaba claramente de la mayoría de guerreros. En determinadas ocasiones, cuando debía cumplir misiones para las que la victoria no estaba asegurada, el peliazul mantenía la Falchion enfundada y empuñaba las dagas de Víctor en las sombras.  A sus veinte años, aunque pareciera un soldado ejemplar, seguía escuchando la voz de Víctor en su cabeza, su mente seguía en guardia temiendo lo peor de cada persona. Aunque pudiera parecer que su asesino interior había caído derrotado a manos del guerrero, lo cierto era que este se había escondido, y tal como le habían enseñado, aguardaba el momento adecuado para atacarle donde más le duele.


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Re: Ficha de Chrom

Mensaje por Ichimaru el Jue Dic 07, 2017 1:31 pm

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