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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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— Iconnu, first part; D Mission. (Yoisho Yuugen)

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— Iconnu, first part; D Mission. (Yoisho Yuugen)

Mensaje por Yoisho Yuugen el Lun Dic 18, 2017 8:33 pm









Iconnu

It is children who bear the future, but elders who give it its form.



El futuro ha sido siempre una criatura caprichosa. A pesar de los planes, era cosa de prodigios ser conducidos por su mente, aún cuando aquella era un huracán descontrolado de ideas. Esa la teoría, la práctica había conducido a una persona extraña al más absoluto aburrimiento de nuevo. Las caminatas cerca de los límites dibujados en los mapas no surtían más efecto que el adormecedor cansancio, combatido con el caerse dentro de posadas aleatorias distribuidas con generosidad por el alrededor. Desde su encuentro con un chico de dos mitades, el castaño y flacucho hombre no tenía ninguna clase de motivación. Aquello en que quiso postrar su interés pronto se convertía en una obra repetida por la humanidad, una y otra vez. Él, necesitado constantemente de novedad, no podía soportar aquella calma antes de la tormenta. Quería ya la tormenta. Incluso sus aún frustrados intentos de suicidio habían terminado acabándose puesto que ningún llamativo lugar había en el que presenciar el acto final. Era la injusta disposición de los eventos que confabulaba contra su motus vitae, pero luego ésa era la que no dejaba que terminase con el paso por el mundo de los vivos. El vendado se había convertido en algo menos que una sombra deambulante con tal de dar una vuelta completa al País del Fuego tras varias semanas, eso al menos hasta que tanta fuese la desgana que evitar los pueblos para no entretener su ahora meta terminase en un olvidado cajón de recuerdos.

Si algo tenían las tierras del centro del mundo eran exhuberante naturaleza, ello podía encandilar algunos sentidos de Yuugen. Incluso en ciudades y poblados, el verde se había integrado poco a poco en las construcciones como el más efectivo de los intrusos. Sin embargo, era muy ajeno a la atención del resto de personas. Ellas sólo correteaban de un lado a otro, cargando montones de heno y dirigiendo a las vacas hacia el corral. Simples, simples. Las dos canicas de madera vidriosa se escapaban incluso de las bellas raíces para observar a los mundanos con desánimo. Posiblemente el movimiento se le atornillaba al castaño en la cabeza más fácilmente que la serena quietud. A fin de cuentas, el poblado estaba en un desfase en el que las personas no ocupadas gritaban y se escandalizaban por el centro de las casas sin motivo aún. Los oídos de Yuugen no alcanzaban la conversación, y los ojos no eran capaces de separar los detalles, sólo era gente genérica. Qué era aquel tumulto pudo no importarle al castaño, él desconocía tanto su atención como la mayoría. Pero para el caso, sucedió con impensable rapidez. Los gritos se frenaron mientras el encapado pasaba cerca de la turba. Con ellos, una cantidad de contradicciones digna rival de la del casi apresado. El hombre no tardó en reaccionar; no humanamente. Cuando todos hubiesen querido apartarse, él dio unas zancadas en dirección a la gente, hasta que se chocó con la frente alguien y los lanzó a él y esa persona al suelo con un quejido. Acción que enmudeció a todos. — Ah, así que es cierto. El cráneo de los pueblos es más grueso. — Acometió repentinamente. La gente sin embargo no reaccionó, sino que miraban extrañados a ese excesivo vendaje.

Sólo la alguien con quien chocó supo decir algo. Una muchacha de corto cabello castaño y una edad cortamente superior. — ¡Señor, ¿ha visto pasar un carromato con niños?! Por favor, dígame que sabe dónde están... — Los vecinos de ella no tardaron en arroparla frente a la extrañada mirada del forastero, quien pronto fue atendido por la minoritaria cantidad de dos personas. Éstas para explicarle lo sucedido. El apoderamiento de los infantes de la aldeucha, una de las macabras costumbres humanas que se ceñían a lo inocente y fácil. La historia horrible de como los niños más descuidados y con menos protección habían sido abducidos por estos traficantes de vida. Era un relato a la altura del castaño de ojos caoba. Antes de terminar, él se alzó glorioso mientras su mano descansaba en la barbilla. — Así que era eso... ¡Yo traeré a los niños de vuelta, su héroe está aquí! ¡Teman, malvados! — El escandaloso chico atrajo la atención de los residentes, mirándolo con mezclados sentimientos. Nuevamente, todo el trascurso parecía borrarse en pos de un nuevo y temporal objetivo que conducía al hombre a desentenderse de la realidad. Sólo inquirió un par de datos, si habían actuado antes, si sabían por dónde se movían. Preguntas que sólo obtuvieron respuestas muy vagas, pero que al prodigio le bastaban al parecer, pues echó a caminar prontamente, dejando atónitos a los aldeanos que no sabían si sólo era un loco, o si sería de ayuda.

De entre todas las palabras que habían asaltado al joven afinado, condujeron a una zona de tránsito pobre algunas. Allí situaban nada más que un cruce que se había llevado por delante una pareja de carros de mercancías que daba a una zona habitada por malos jabalíes, y preferían perder esa poca comida a esperar tener que lidiar con un animal salvaje. Una única anomalía sistemática, dado que el universo rara vez era tan cuadrado. Ello, y que para fortuna del prodigio, era un punto donde no había nada llamativo, el lugar que cualquier memo elegiría para esconderse. El viaje posicionó a la figura en la desarraigada nocturna, quedando a la vera del territorio de jabalíes, cuyo límite pensó poco en traspasar, viendo que los gruñidos no empezaban a nacer. Posible. Dentro de la hierba correteaban insectos inadvertidos y bichitos cazadores. Mientras el alargado individuo bailoteaba alrededor, descansando su vista lignaria en varios lugares del territorio, amparado por su capa. Eran a veces innombrables las capacidades del que podía deducir, y sin embargo, ninguna de ellas tuvo que sobresaltarse cuando el alarido de no un animal, sino una manada alcanzó llenamente los oídos del joven. Un quinteto variopinto de harapos sujetos en perchas de carne mugrienta se presentaba como si fuesen los lobos más peligrosos, a lo que el desprotegido debía responder. Aquella vez, con una mirada curiosa sobre sus siluetas y reflectantes armas bajo la luna. Cada uno contaba más pulgas que el anterior, y sonreían con sus amarillentas dentaduras al aire en dirección a su presa fortuita dentro de lo que parecía una guardia común y corriente. — ¡Oye, oye! ¿Quién eres para andar por nuestro lugar, idiota? ¡¿Eh?! —Habló alguien calvo, con un kanabo de plebeya manufactura y pobre consistencia en la mano. Sus compañeros reían mientras rodeaban al joven, ahora quieto y viendo sus caras en busca de algo. — Te ha hecho una pregunta, hermano. Responde mientras tengas una lengua en esa boca. — Aclaró amablemente otro, dando a entender que el del bastón era quien tenía algo más de mando. Sin aviso previo, cinco columnas con el extremo plano rompieron el suelo y destrozaron la hombría de los cinco, añadiendo una sexta sobre la cabeza del desprovisto líder, desmayándolo por largas horas.

Una cantidad imposible de quejidos dieron tiempo de sobra para que el ejecutor silencioso de testículos hiciese uso de su refinada manipulación, vistiéndose de chackra, con la cara de aquel líder y su calva incómoda. Robando su arma, comenzó a apalear las piernas del original gritando improperios como un poseído hasta  coger al inconsciente y apartarlo cuanto pudo, lanzándolo tras la primera roca que vio. — ¡Pagarás esto, imbécil! ¡Vosotros, nos vamos a informar, debemos partir enseguida! — Para fortuita sorpresa, el prosáico fue obedecido y llevado por aquellos inútiles con la excusa de vigilar la retaguardia, hasta una cueva recóndita. Allí, una comparsa de una veintena de tontos iguales, un carromato con una cubierta cerrada de palos y niños dentro, y otra con comida y recipientes de cuero con agua. Una variedad de papeles volaban por el aire, la mayoría mapas con distintas rutas, la mayoría de ellas tachadas. Tras informar al mandamás más sucio y más calvo sobre un posible intruso, este dio la orden de partir por la noche hacia el País de los Arrecifes, para hacer la última entrega al mercado negro y futuramente moverse al País del Agua con los niños en mejor forma para venderlos a arenas ilegales y ejércitos faltos de personal.


Yoisho Yuugen
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