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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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El canto del blanco fuego

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El canto del blanco fuego

Mensaje por Nozomi el Mar Dic 19, 2017 6:25 pm


イフ電動ナイフ

El canto del blanco fuego

| Tema Libre |


     
Tres días desde aquella rara misión que no llegó a un buen desenlace. No supo cual fue el fin de aquellos dos que tan solo quisieron ayudar, kagetane, y kuro. Tampoco entendió a la muchacha de pelos blancos, pero ella, Nozomi, logró salvarse a duras penas. No salió con heridas físicas, tan solo un cansancio del cual ya estaba recuperada, su chakra, su energía e incluso sus heridas ya estaban prácticamente al cien por cien de sus posibilidades. Pero no había salido ilesa, no al menos psicológicamente. Aquello, creó un trauma, y no solo un trauma, si no una enfermedad mental, producto del delirio y el miedo a la muerte, a ser torturada, o capturada, al fracaso y a la perdida de un cercano. Tantas o pocas fueron las batallas desempleadas por la joven, pero todas ellas improvistas, nunca planeadas, nunca en su terreno, siempre siendo asaltada. Todo aquello había provocado una mancha, un surco metafórico en la mente de la joven, que tenía recuerdo, voz, y capacidad para controlarla mental y físicamente. Ella, no era consciente, no era consciente de que aquella mancha, en cada pelea, cobraba más fuerza, tan solo percibía aquella voz, apenas aún sin poder sobre ella, que resonaba como un eco en su testa, pero de momento, era capaz de ignorarla, dejarla como pura imaginación, como una voz que no existía. Apenas recordaba que había pasado en el tejado de aquella casa de terror. Tenía lagunas, sobre todo de aquellos momentos donde su vida corrió peligro. Vacíos mentales como si hubiera estado sobria en esos momentos, similares a una borrachera, o a producto de alguna droga. En el fondo, Nozomi si era consciente de que algo no iba bien, pero, prefirió ignorarlo y continuar como si nada estuviera pasando.

     
Era de día, hacía tres días de lo sucedido, y Nozomi, aunque con un poco de miedo, estaba tranquila, tranquila de que no se cruzaría de nuevo con aquellos dos sujetos, aunque ante su duda, vio en la albina, el deseo de sobrevivir, el mismo que el de la propia Nozomi. No entendió muy bien lo que sucedió, y tampoco como pudo pasar en el interior del castillo del feudo, pero su mente, lo estaba borrando, de esta manera dio lógica y argumentos a las lagunas provocadas en sus recuerdos, su mente estaba borrando aquel suceso de su cabeza, para que la joven pudiera continuar con su vida sin necesidad de llorar, o tener miedo a una situación igual. Similar a lo que produce el cuerpo ante el dolor del parto, el cual se olvida para desear volver a tener hijos. Despreocupada, con la guardia alta debido al miedo, pero observando aquel lugar, caminaba de camino a la aldea. Segura de no ser atacada, debido a la guardia puesta por el feudo, aunque sola, se sentía resguardada en los senos del terreno de su supuesta reina. Por lo que se dejó ahogar por la cantidad de buenos aromas del entorno, se dejó calentar por los rayos del potente sol, y se dejó mimar por el silbido y los cantos de los pájaros que volaban entre las ramas de los árboles que amparaban una sombra perfecta para no ser abrasado por el potente sol. Esta vez, dejó su katana en el castillo del feudo, los cuales se la enviarían a su casa ya que no deseaba ir cargada. Con el pelo suelto, peinado pero semi-rizado. Vestida con una camisa blanca, que resaltaba su gran rojizo cabello y unos pantalones negros elásticos pero ajustados y unas botas negras a juego con el color de sus pantalones. Tatareaba una melodía mientras, con las manos cogidas a la espalda, caminaba con deseo y ganas de volver a su casa para estar más tranquila. No haría más misiones durante un tiempo.

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Re: El canto del blanco fuego

Mensaje por Jiran el Mar Dic 19, 2017 8:04 pm




S
umida tranquilidad, esparcida convenientemente en esas hectáreas de verde eterno, de copas altas y vivas, dándose un banquete del mejor albor que recubría tales tierras, digno orgullo para la Madre Naturaleza, amparadora de aquellos que viven en ella. Así, con el viento relatando historias en un idioma inentendible para los mundanos, todos los seres coexisten en una extraña armonía, únicamente amenazada por la especie superior; reacio a ser un componente más de la mezcla heterogénea que significa la civilización del Nuevo Mundo, se encontraba Jiran, parte de la naturaleza, un salvaje, un foráneo de moralidades pertenecientes a un guerrero tribal, poco a poco, siendo asimilado por la nueva vida entre los ninjas, entre los feudos y sus jefes escondido en sus empoderados castillos de visión inalcanzable, de estructura infranqueables. Pues, desde la discreción de las hojas en pleno movimiento sereno y repetitivo, se filtraba esa amielada mirada con curiosidad, más allá del bosque, hacia la aldea, hacia las chimeneas de inclinados humos claros; pese a su interés, se aferraba a la familiaridad que le proporcionaba el mundo verde: sin traiciones, sin demasiadas complicaciones, sólo sobrevivir; tal concepto no era hallado en los ojos de los relacionados con ese mundo nuevo, inexistente en los ninjas de puñaladas traperas o de mangas llenas de serpientes, ni en los soldados lloricas, ni en los cadáveres con cuellos ensangrentados. La brutalidad no era nueva ante su visión, dado a que su tribu practicaba rituales de semejante crueldad bajo el manto de la normalidad, de la tradición; Jiran era producto de ello mismo, sólo porque en su sangre está un poder ancestral que ni siquiera cabía en su reducida comprensión.

     
Y una mierda, pensó a la par que arrugaba fugazmente su rostro en la privacidad que le proporcionaba la sombra del árbol, siendo la rama en la altura su asiento de relajación. Decidió no pensar más allá de lo que sus ojos veían, no escarbando más en su efectiva memoria, sólo sacando de entre sus telas una bolsa llena de monedas: círculos tintineantes de característico brillo y color, no sabía por qué, pero le producía cierto placer tenerla entre los dedos, había visto el deseo en los ojos de aquellos que las poseían, estando ahora infectado de esa misma codicia, creciendo poco a poco puesto a que la cantidad de ésta en su interior era como un único grano de arroz.
     
Los inconfundibles pasos de un individuo acercarse por el sendero a su izquierda apresaron su completa atención, colocando sus dedos entre las hojas y ramas para llevar una observación con, mínimamente, más detalle, siendo su cabello quien robaría la mirada del foráneo, encendiéndose en mera curiosidad infantil, ahora deseando mostrarse. Así fue como, el joven de piel tatuada, se sentó de modo que frente a él estuviera horizontalmente el camino, atrapando entre sus brazos las ramas que impedían su visión hacia éste, juntándolas y colocándolas sobre sus piernas, eliminando ese impedimento. Sus pies empezaron a columpiarse, haciendo que ondease de a poco la tela raída roja que cubría, únicamente, desde su cadera hasta el final de sus pantorrillas; además de sus cabellos negros desordenados, limitados por su bandana roja quien agregaba mayor énfasis a sus orbes ámbares, tan vivos, de naturaleza traviesa.

     
Chica roja piensa mucho —hizo escuchar su voz con un comentario rústicamente jovial, adornando sus labios con una curva pícara entre ellas. Se seguía viendo enigmáticamente inofensivo—: ¿Qué preocupa a chica roja?

     
Esperaba una reacción favorables, quizás demasiada esperanza para lo que tiende a infundir sus detalles físicos: tanto sus ropajes, como su piel pintada, como su particular modo de hablar, indicando su innegable particularidad forastera. Sin embargo, seguía siendo un joven en aguas desconocidas, tan ansioso por internarse y hacerse un lugar en ellas que pecaba de imprudente e intrépido.


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Re: El canto del blanco fuego

Mensaje por Nozomi el Miér Dic 20, 2017 9:33 am

     
Jugando con un mechón de su pelo, sin dar demasiado preocupación a su entorno, pensando en aquello que iba a comer en cuanto estuviera en casa de nuevo, ahogando sus pensamientos en cosas que no le provocasen más daño, ignorando por completo el mundo ninja y sobre todo, que ella era uno de ellos. Caminaba con paso lento, pero continuo, con posición tímida, pero a la par segura, con una mirada y una sonrisa limpia y pura ante la corrupción de la propia vida. Pero entonces, su pulso comenzó a acelerarse. El ritmo cardíaco aumento ligeramente. Sus morados ojos apreciaron una silueta, una silueta que le hablaba a ella. - ¿Un asesino? - no pudo evitar preguntarse, ya que por lo vivido, aún seguía a la defensiva, ya no entendía ni sabía en quien podía confiar. No detuvo, su paso, mas escuchó las raras y mal conjugadas frases dichas por el moreno de pelos desenfadados. Apropio a su carácter, su corazón comenzó a tomar un ritmo más normal, el miedo comenzaba a irse, visto que no parecía ser alguien que desease su muerte, si no un simple forastero que se preocupó por la propia pelirroja.

     
Detuvo su caminar, volteó para quedar frente al extranjero, con una gran sonrisa en su rostro, y con ganas de tener una conversación lejos a cualquier tipo de acto bélico. Jugó de nuevo con su rojizo mechón mientras se sonrojaba ante la vergüenza de haber actuado con miedo ante el simple saludo del extraño pero entrañable sujeto. Por su forma de hablar, quedaba claro que no era de aquel país, y si lo era, había recibido poca educación, puede que incluso ninguna, ya que su lenguaje era obsoleto y lejano a una buena expresión verbal. Nozomi estaba a cinco metros de distancia, una distancia prudente por si las cosas se torcían demasiado. Y con un tono de voz, suave, humilde y simpático, respondió a las dudas propuestas y planteadas. Pero no pudo antes, evitar reírse con cortesía y algo de coqueteo por la forma de hablar de aquel chico. - Me preocupa encontrarme con gente que no quiero. - intentó ser lo más directa y concisa en sus palabras, ya que si usaba un léxico demasiado complicado, seguramente aquel chico no entendería nada de lo que ella decía.

     
Curiosa a la par que amable, Nozomi se preocupó por si aquel sujeto estaba perdido, puesto que su apariencia era de estarlo. Servicial y humilde, no pudo evitar ofrecer su ayuda en cuanto el pensamiento o la idea de que aquel chico yacía ahogado en el laberinto del bosque se le cruzó por la cabeza. - No pareces de aquí ¿ Estas perdido ?¿ Necesitas ayuda ? - aún no tenía credibilidad sobre quien era, por lo que no podía ofrecerle ir a la aldea, por lo que esperaría una respuesta para saber que hacer.
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Re: El canto del blanco fuego

Mensaje por Iko el Miér Dic 20, 2017 9:26 pm





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La tigresa que se lamía las heridas. Una fracasada, una inútil. No sólo una, sino dos mentes habían sido perforadas con lanzas de inseguridad en aquella destruida azotea. Y mientras las había con un escudo vil y violento que la amparaba en un manto oscuro, aquella blanca sólo podía recurrir a aquella construcción de una muralla, aislándose en el recobeco del bosque mientras se había estado alimentando y recuperando en silencio y vergüenza. Ninguna segunda Iko iba a aparecer para rescatarla, los divinos debían odiarla a aquellas alturas, los monstruos la perseguían, los suyos la repudiaban. La albina ya desconocía cuál era el motor que la impulsaba. Había siempre inadvertidas preguntas, sobre por qué el corazón insistía con cada latido alargar la existencia de una miserable mancha. Por qué querrían los pulmones robar el aire que se merecían más lo árboles y los ratones. En qué momento quiso aquel cuerpo pertenecer a tal cosa. Todos ellos habían estado erosionando la piel acroma alrededor de los ojos, con lágrimas inacabadas que la enrojecían y alteraban más. Los lloros en la tierra de fuego eran castigados con días sin una gota que rozase la lengua. La emocional criatura conocía aquella costumbre, pero dejó de atesorarla en el momento en que la vida decidió lanzarla al mar y terminar en el hogar de aquellos que querían acabar con ella; más que ella misma al menos. Así, días volvieron a pasar en un anonimato sencillo de simple caza y comida mientras la mente adolescente fingía tratar de encontrar alguna clase de movimiento, lo que hacer ahora, qué perseguir, qué pretender. El bosque era un invaluable aliado. El respiro de las hojas alentaba al peor de los pensamientos, pese a una expresión descaída que colgaba como las caducas en otoño. La cazadora sabía esconderse lo suficiente para permanecer inmóvil y restringida en su pequeño refugio de suaves verdes de destello azulado. Eran las pacíficas madres de las cuchillas que habían destruido la uniformidad en la piel de la chica, aunque ella no lo supiese. Igual que su manipuladora no sabía lo deshonroso que era en la cultura de la albina perder la perfecta y tersa tez que tanto cuidaba. De alguna manera, era la menor de las preocupaciones para la adolescente.

A pesar de la insistente y propuesta desconfianza, y los severos golpes a la seguridad de la de joyas por ojos, su situación volvía a acercarse a aquella tierra removida que usaba el continental para mover sus extraños vehículos tirados a caballo. Se resistía sin embargo a admitir su aún terca idea de hacer la voluntad de los divinos que adoraba, o a desmostrarse que los monstruos habían sido mentira. No había tenido ningún éxito en su vida, más allá de su supuestamente prodigiosa fuerza, que a pesar de todo, parecía nunca bastar, y por eso nunca debía detener su crecimiento. En aquel lugar, sólo los pájaros y su viento impulsador se atrevían a hablar entre las ramas. Como mucho interrumpidos cuando los conejos comenzaban a roer la hierba y los frutitos que habían caído, o la manera en que algunos insectos sí querían hacerse notar, como lo eran una colmena de abejas varios metros atrás , que estaban en calma de su vuelo, pero eran lo suficientemente gordas como para escucharse cuando se acompasaban unas cuantas. Esas eran las únicas compañías que habían llenado las horas de la distraída cazadora, tal como éstas pasaban desapercibidas y sin ningún miramiento.  La luna semitransparente de la madrugada se había ya borrado por el sol en la cúpula celeste, y ahora los rayos ya tomaban tonos de oro pálido, pero no el puro blanco que hacía brilla las hebras indescriptibles de la extranjera.

Sólo deseaban ser ahora los sonidos y ella. Las alas de los pájaros flotar mientras perdían alguna pluma. Y entre las incógnitas del bosque una canción, una sirena sanguina deambulando por el peor de los tiempos, en el peor de los sitios. La que pudo parecer adormilada no pudo sino reaccionar cuando un sonido humano se coló hacia sus tímpanos, abiertos al mundo. Desde el grito guerrero hasta aquella dulce melodía habrían producido el mismo movimiento de reducción, haciendo a la chiquilla encogerse e inmovilizar hasta su párpados en pos de un subtefugio efectivo. No deseaba encarar a nadie, no en aquella circunstancia. Su cabeza necesitaba más reposo. Sin embargo, era un hilo femenino el que sonaba en el arpa. Un piano que cumplía su sutil función y hacía que la cabeza de nido celestial se moviese, buscando una ruta visual entre los esquejes. Como una cría viendo al monstruo por la cerradura, a la peli-blanca le sobró el instante en que el sol chocó contra el cabello, y éste absorbió toda la luz menos la roja, para descubrir quien tramaba semejante partitura. Un detenimiento angustioso forzó a no escaparse de la jaula de ramas. Es un monstruo, iba a ser un monstruo. El destino, tal como el hilo rojo, como el hombre rojo, se burló de ella una vez más, queriendo hacer que la bondad de aquella que compartía su existencia con una mente mucho menos pacífica actuase ahora, moviendo su siguiente y singular, demasiado mal-intencionada, pieza.

Palabrillas se escaparon, y a la que se componía de hojas de papel le resultaban tiernamente graciosas, pero a aquella que sólo deseó dar toda su fuerza a cambio de desaparecer en aquel instante le susurraban ideas al oído. Ella que ya había escuchado a los monstruos, por segunda vez escuchaba a una persona hablar la lengua de ellos. Tan mal como ella, tan incomprensible. ¿Tan inocente? El sentimiento de una posible y remota bendición se fundió con el fogonazo de analizar como masculina la voz, y tensar cada fibra de la artista marcial. Aquella mitad del ser humano que se había labrado la peor reputación en las sienes de la jovencita ahora hacía reír a una de aquellas criaturas que provocaban más dudas si cabía. El mundo obligatoriamente debía ser el responsable de aquellos encuentros, porque el azar no podía ser tan despiadado. No lo hagas, no es tu deber, ni tu voluntad, ni la de los divinos. Voces iguales a su aterciopelada se confabulaban en contra de lo que el cuerpo ya había decidido hacer, lanzando a aquella pequeña bestia brillante al medio del camino, sin ninguna clase de discreción. Con aquellas garras que ya conocía la pelirroja. Con el sonrojo de lágrimas pasadas, y la expresión homogénea de cansancio, de tristeza, agresividad, determinación. Y ahora, asco.

— ¡Dur leso, fes-aro-o! — Soltó atarantada mientras los ojos querían apresurarse en asimilar la luz del día, y todo por delante. Se alejaban apenas seis metros ella y la otra fémina, y en triángulo al otro eran nueve. La manta suelta de color ardiente se podía ahora comparar a la que protagonizaba en aquella cabeza. Todos los hilos libres de ataduras, lisos en su finura y rodeando la primera mitad del muslo tenso de la chiquilla que ya lo había dejado crecer. Ese pelaje se contrariaba cuando ahora veían la piel, que por la luz amarillenta parecía incluso oscura, con el matiz ceniciento que siempre le había perseguido. Alrededor del cuerpo, una suerte de túnica informal y semitransparente que llegaba hasta el ombligo, y revelaba las líneas sutiles de la musculatura, al igual que dejaba los brazo libres en unas mangas demasiado anchas, de color inusualmente oscuro para el rubí blanco con huesos de mármol. La mitad inferior vagamente se tapaba por una prenda sencilla, ceñida y blanca que tapaba poco más que las nalgas e intimidades de la chica, demostrando más el bus físico mentiroso en su delicadeza. Cayendo hasta los botines negros sobre los que destacaban aquel nunca-abandonado armamento. Sin embargo, y como era costumbre, eran aquellos rubíes turquesa los que atraían atención, vidriosos y de su color irrepetible, estaban atacando al ámbar masculino sin realizar ni un solo movimiento. Salvajes los dos, eran animales indomables enfrente de una muchacha sin suerte. — ¿Es quién, hombre raya? ¿Es qué quiere de mujer roja? — Ni por un sólo instante aquella cabeza pudo pensar que tenía más razones para dirigir su defensiva postura hacia la mujer que hacia alguien con quien incomprensiblemente compartía algo en aquella tierra lejana.



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Re: El canto del blanco fuego

Mensaje por Jiran el Jue Dic 21, 2017 6:08 am




R
ostro ladeado reflejó incomprensión, no por las palabras o la sintaxis en sí mismas, sino por el dilema que significaba el no-encontrarse-con, chocando con su inexistente dominio de los problemas sociales que acudía en las cabezas de esos hombres complicados o, en este caso, de una mujer con agradable sonrisa, con apariencia llamativa para los ojos del salvaje, quienes parecían detallarla sin disimulo alguno; pese a esto, negaba la posibilidad de incomodar completamente, siendo vestido por un manto de completa ingenuidad y rebosante curiosidad sin pretensiones de ocultamiento. Una transparencia carente en esas tierras, una transparencia extranjera. Así fue cuando se entregó al interés que se iluminaban en los femeninos ojos violáceos, cárceles para los ámbares; su cuerpo se inclinó hacia adelante, su sonrisa se afianzó a una idea masculinamente cautivadora, reforzando sus facciones en un objetivo simpático y, socialmente, tolerable; actuaba como cierta seguridad —aunque extraña— a la que poder acudir, no muy alejado de un comportamiento simple con respecto a la relación hombre-mujer. Seguía cargando la inseguridad de su último encuentro y su respectiva inutilidad, empero, ahora mismo la fémina de cabellos rojizos le hacía olvidar tal cuestión.

     
¿Perdido? —su voz se tornó en incredulidad, con una pizca de burla. Se inclinó ligeramente hacia atrás, reduciendo a casi inexistente el ritmo del balancear de sus piernas—. Hombre no perderse en hogar. Bosque es hogar —palabras revestidas de orgullo y suma seguridad. Como animal cantando en su hábitat.
     
¿Está perdida chica roja?, parece, sí —su afirmación iba de la mano a su observación, fuera de los tópicos, reduciendo toda visión a su más simple expresión.

     
Las ramas que antes estaban prisioneras entre sus brazos y torso, fueron soltadas y reposicionadas tras su espalda, olvidándose como posibles interrupciones, dejando la libre visualización de los pictogramas negros que pueblan su piel trigueña. Sus piernas separadas y sus manos, entre éstas, palpando la corteza de la gruesa rama, actuando como apoyo y reafirmando su actitud juguetona. Toda su expresión se sumió en ensimismamiento al ser seducidos sus oídos por otros sonidos disparejos con los oriundos del bosque, otro individuo se acercaba con un misterioso ritmo ante ellos, dicha forma le sacó de su confort, arrojándolo en la cautela. Y así fue como sus amielados orbes se clavaron en los nuevos en pro de corresponder esa mirada de aclaradas intenciones, aunque posiblemente difusas para los otros, extrañamente claras para el salvaje, sintiendo una repudiada familiaridad con respecto a la apariencia extranjera de su lenguaje y su forma de hablar.
     
No habla mi idioma, se convenció a sí mismo, que apretaba ambas manos en la corteza, en donde cedieron pequeñas parte de las mismas por la fuerza ejercida como intento de eliminar tensión de su cuerpo, desde donde emanó cierta desconfianza sin abandonar su posición inofensiva. Si le veía como una amenaza, era momento de saberlo.

     
Pregunta mucho. No conoce de mí —frunció el entrecejo, hablando con vaga severidad. Sus hombros bajaron, todo dependía de la postura pelirroja—: Chica blanca acecha como tigre, ¿qué quiere ver?

     
Inconscientemente, con sus palabras, fue consecuente la inclinación de su cuerpo hacia ella, buscando un lugar entre medio de ambas mujeres sin abandonar su posición, inflando su pecho, inclinando, ascendentemente, la barbilla.
     
Ai don sin y'in, no gonplei ou ai jomp yu op —un acérrimo acento, rústico y tajante. Palabras danzaron con tono de advertencia, en busca de la paz a pesar de prometer violencia.

     
La planta de su pie derecho pisó la rama al flexionar tal rodilla, siendo atril para su brazo homólogo, consiguiendo una posición más confiada sin apartar lo, deliberadamente, agrandado que quería verse. No estaba seguro si eran de los mismos sitios, pues, naturalmente en su vida en la tribu, las personas que conocían eran realmente pocas, inclusive, sus pocos conocimientos pudieron haber producido cierta confusión con los demás acentos pertenecientes a las facciones de su tribu. Quizás estaba delirando, pero quería asegurarse de que no era algún tipo de trampa para regresarlo cabalmente a su posición esclavizada como Natblida. Respiró con profundidad, decreciendo los humos de inopinada agresividad. Los bosques no verían cómo su sangre cobraba vida si nadie de los presentes deseaba derramar la del otro. La sangre pide más sangre.

     
¿Chica roja conoce a chica blanca?, ¿es persona que no quiere encontrar? —cuestionamientos de índole aguda, franqueza en busca de sinceridad. Ganándose, momentáneamente, un vistazo de soslayo a la primera mencionada.
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Re: El canto del blanco fuego

Mensaje por Nozomi el Mar Dic 26, 2017 11:03 am


     
Añoraba aquella paz de una simple conversación en el seno del bosque de su nación natal. Echaba en falta la calma de poder respirar un clima de tranquilidad sin necesidad de alterar su chakra, todo ello, ahogaba su mente y su ego en una bañera de pétalos rojizos, sanando aquella mancha oscura en su ser que provocaba una falsa Nozomi. Aquel, ser, de paisaje desconocido, y de habla algo burda, estaba consiguiendo aquel estado en la joven pelirroja, que lejos de coquetear, era lo que parecía hacer. Frases cortas, sutiles, acompañadas de aquel rostro semi-sonrrojado, y una mirada limpia, humilde, exenta de cualquier asesinato, cosa que era difícil en los seres que se dedicaban a seguir el culto de algún feudo. Sentía curiosidad, pero sobre todo deseo de ayudar, sentir su verdadera devoción, la cual estaba ya demasiado oculta desde hace un par de semanas. Aquel hombre, fue la escusa, para revivir una llama que casi estaba extinta en el corazón de la valiente Origami.

     
Fue entonces cuando la paz se quebró, como si su mente fue partida por una fisura. Sus ojos avistaron posiblemente un fantasma, un fantasma de pelo blanco y mirada agresiva. No entendió, como en aquella masa gigante de bosque, pudiera encontrarse con ella, otra vez. Su cuerpo se tensó, no la entendió. Perdida, miró al nuevo conocido, el cual parecía tomar una iniciativa ¿Iba a pelear por ella? Fue entonces, negó con la cabeza, tomó una fuerte bocanada de aire. La tiró. Sintió como sus músculos comenzaban a desprenderse de aquella tensión. Cerró los ojos. Volvió a repetir dicha respiración mientras se buscaba a ella misma y buscaba la mejor forma de controlar aquella situación, y no huir como las últimas veces. - Son gente de otros lugares, es normal que sientan miedo por los lugareños.- argumentó en su mente para escusar el comportamiento agresivo de aquella fémina de rasgos infantiles, pero gestos de asesina. No deseaba, mejor dicho, no podía repetirse la misma escena vivida dos días atrás, o su mente estallaría, perdiendo sus valores, y dejando paso a la locura, ahogada bajo la esquizofrenia. Por lo que esta vez, debía de ser Nozomi, sin bloqueos, si guerras.

     
Comenzó a caminar segura, manteniendo una respiración tranquila y regular. Abrió los ojos, mirada determinada, pero humilde y simpática, limpia. Caminó sin freno hasta quedar a la espalda del nuevo ser del cual aún desconocía su nombre. Con su diestra, tomó el fuerte y musculado hombro del moreno, apretó ligeramente sus dedos, no para hacer daño, no tenía tanta fuerza, si no para que la sintiera. Con una sonrisa, y haciendo alarde de su gran capacidad en el teatro, mintió, mintió como si la vida le fuera en ello. - Tranquilo, es una vieja amiga. Solo que aún no logro entender lo que dice. - dijo con una ligera risa de vergüenza para acompañar y dar credibilidad a aquella frase. Soltó el hombro y continuó caminando un par de metros hacia la albina, con las palmas mirando hacia ella, para dar gesto de que no deseaba ninguna batalla. No deseaba que volvieran a luchar por ella. - Esta vez no. - se dijo a si misma mientras se detuvo a tres metros. Pensó en como poder comunicarse, aún no sabía que idioma hablaba aquella joven, por lo que no tenía forma de hablar con ella. Decidió algo estúpido, pero que seguramente entendería. Buscó en su bolso, ahi tenía un pequeño cuaderno de piel, de color verde, uno de sus tantos colores preferidos. Lo tomó con una mano, mientras con la otra buscaba su pluma. Se arrodilló en la fresca hierba, acostó el cuaderno, lo abrió por una página aleatoria y comenzó a ... dibujar. Si las letras no podían comunicarlas, los dibujos lo harían. Era buena, casi una artista, por lo que no tenía limitaciones. Dibujó a la albina, de una forma triste, pero perdida. Se dibujó a si misma de la misma forma para que entendiera que se sentían igual, en medio, un kunai, pero partido por la mitad. Se puso la pluma en la boca, rompió la hoja, y haciendo su habilidad, hizo que esta bailara hasta caer a los pies de la chica. Nozomi guardó el cuaderno, la pluma y luego se levantó con una gran sonrisa, esperando que de esta forma entendiera que delante no tenía una rival, si no a una amiga.
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Re: El canto del blanco fuego

Mensaje por Iko el Lun Ene 01, 2018 7:22 pm





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savages and monsters












Aquella cabeza de rojiza melena tenía intenciones nobles. Era lo que se había susurrado la albina noche tras noche desde que pisó aquella tierra maldita, manchada de sangre sin sentido. Y en vez de lanzarse a sus brazos, sujetaba cada uno de sus músculos y tendones con la desgarradora fuerza que le caracterizaba. Aquel triángulo de personajes era distante, pero no sabían que la joven de pelo larguísimo tenía alrededor una barrera mucho más alta que la del lenguaje. A veces, ni siquiera lo que buscaba una podía se suficiente. Los rubíes turquesa estaban indecisos de si vigilar al descacharrado muchacho, o fijarse en lo que hacía aquella hecha de papeles. La lengua masculina era imposible de diferencias, como lo fue la de Vetania en su día, como lo fueron los trazos de la pelirroja artista que se tomó la malagradecida molestia de hacer. Mientras que en la cabeza de la joven sensora, aquella redacción visual podría convertirse en palabras, cuando el papel le obedeció, la piel de la albina reaccionó con punzadas, allí donde las armas del mismo material le habían atravesado, viéndose forzada a retroceder silenciosa y a pegarse más en su postura, mirando como la hoja se deslizaba por el aire, como si fuese resbaladizo hielo, hasta el suelo, mostrando cosas que la albina conocía, pero que en aquel momento, en la encrucijada mente de la joven perdida, el significado era disonante, alterado y extraño.

Si algo era evidente es que la incomodidad del recuerdo de los papeles, y la presencia del joven —que pudo ser él o cualquier hombre— hacía imposible que la desentrenada en lo social muchacha se abriese en lo más mínimo. Vigilaba más a ellos dos que al mensaje. Sus palabras eran azotadas con incredulidad y desconfianza, en vez de apreciadas por lo que eran. Incluso el modo en que llamó la chica a la otra fue sometido a aquel juicio. Unos segundos de silencio, donde la mirada saltaba nerviosa entre todos. Los dos, y la hoja, y ella misma dibujada. Como una niña sin entendimiento, se preguntó largamente qué querría decir algo tan figurativo. Las dos siluetas de aspecto apagado en la hoja no podían decirle nada al final, gracias a que allí donde la veían, ella creció ausente de todo lo que habían tenido. La barrera de la lengua no era nada. Ante la pacífica Origami se levantaba la barrera de la cultura. El entresijo de costumbres a las que sometieron a la chiquilla. Donde se le castigaba por entrenar el cuerpo, o por correr por los árboles. Donde era recompensada al obedecer órdenes homicidas. Donde guardar secretos no era una opción sino un deber. Las mitades de Iko querían extraer el cuchillo del dibujo, y buscar una forma de pulverizarlo. Nozomi quería ver a una amiga, e Iko quería ver humanos. Tristemente, las retinas contaminadas de mentiras sólo dejaban ver a lo más cercano a un humano en una criatura a la que temía, y a un monstruo de pelo rojo que le sonreía y a quien le quería sonreír.

Emociones distantes y perturbadas que hacían a la mente albina cansarse. Después de un fracaso tras otro en las endiabladas tierras, ¿cómo esperaría nadie que el primer triunfo no fuese a espantarla? El nerviosismo interior ganaba terreno, mientras también lo hacían las intenciones de no dejarlo aflorar. Las manos temblorosas hicieron gesto, y las garras doradas se escondieron dentro de los guantes que, al contrario que el boceto del cuchillo, no abandonó la mano albina. Un abultado gesto de molestia recorrió de nuevo al salvaje, a quien la mirada dejó de asesinar para empezar a simplemente rehuir. — Sigerdd-a xufre. — Respondían las palabras, en las distanciadas lingüísticas de ellos dos, a la vez que la mano derecha se rozaba con el brazo izquierdo y miraba a la pelirroja, pero sin querer acercarse, sin moverse más de lo que permitía el agitado tembleque, ajeno a dejarla expresarse siquiera algo mejor de lo que solía ser nada.

— ¿Fue dónde... hombre rojo? — Terminó por escupir.Así había llamado a aquel acaudalado hombre a quien no le aguardaban buenos tiempos si llegaba a caer en manos de Iko, aunque claro estaba que era una denominación extraña y confundible. Tanto como lo era la conjugación extraviada y peculiar. — ¿Son quiénes personas rojas?... ¿Es quién mujer roja? — Estaba claro que nada ni remotamente parecido a la confianza había allí, pero al menos, las preocupaciones de Nozomi por ver desarrollarse otra catastrófica pelea como en la azotea podían evadirse poco a poco. Al menos para ella, pues pese a su postura, era imposible perder la guardia por completo, y abandonarse a un momento de paz. Sería cosa del hombre, o de la historia con la mujer que no abandonarían el tenso cuerpo de Iko. Saber qué escondían de verdad sus palabras era remoto, digno de una mediadora inalcanzable. Ni su agudo sentido llegaba tan lejos. Pero sí había logrado calmar a la fiera, y era la segunda vez que alguien lograba algo parecido con la armada salvaje.



Apariencia — Iko:
Iko
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Re: El canto del blanco fuego

Mensaje por Jiran el Lun Ene 01, 2018 9:34 pm




T
ernura se desplazó por todo su cuerpo, como brisa halagadora corriendo sobre su piel. El suave tacto fue lo más parecido a un cortejo que había sentido jamás y su mente guardaría tal sensación, siendo su sangre la dotada de las complacientes endorfinas. Su cuerpo se tensó en primer momento al no esperarse ese gesto de cercanía, siendo su observación quien le guiaría hacia sus ojos como complemento de su actuación. De no ser por las negras marcas que surcan su rostro y del color oscurecido de su piel, la súbita afluencia de su sangre reflejada en los pómulos de sus mejillas se evidenciaría como efecto de una inesperada vergüenza; sus irises fueron invadidos por cierto brillo aniñado y de encanto por la facciones que se presentaban gentiles, pues primeramente se enfocó en los orbes adversos, detallando el patrón azúl-violáceo y los sentimientos que duramente podía diferenciar, de allí hacia sus labios, cuyas palabras fueron leídas más por el hecho de ser dirigidas hacia él que por el contenido como tal; la propia pronunciación, tanto sonido como el movimiento, fueron suficiente para bajar los humos que amenazaban con reventar por el más mínimo inconveniente; las líneas de su cara se vieron sumidas en la misma expresión de sumisión, de pasiva simpatía. La pantera había sido domada por la suave sinfonía dirigida por sus carnosos y la hipnosis de su hermosa mirada. Las asperezas desaparecieron de entre sus pensamientos al mismo tiempo que salió del trance inducido por su presencia.
     
Viró rápidamente su cabeza hacia el lado contrario mientras fruncía sus labios, intentando sofocar la curvatura que presentaban las comisuras en forma de una sonrisa llena de idiotez, síntoma de un anterior contacto femenino, primer contacto femenino con el designio de calmarle. Un grave «Jum» resonó en su garganta, aún embobado posó su observación sobre la tercera a la par que comprendía la inutilidad de mantener tanta tensión entre desconocidos, siendo incentivado para dejar su postura defensiva y unirse a la clara invitación de paz. Para Jiran no hacían faltan decoraciones para las mentiras, su credulidad le impedía mirar mucho más allá de la obviedad, siendo sus palabras lo suficientemente pesadas para enmudecer las posibles sospechas.

     
Vieja amiga... —dejó que las palabras musitadas salieran con suavidad, flotando en lo etéreo. Palabras repetidas para comprender su básico significado dentro del contexto. Concluyó con un profundo respirar.

     
Ante su retirada, el salvaje mantuvo su fijación en los refinados y esbeltos pasos de la de cabellos colorados, retratando las curvilíneas caderas en la privacidad de su joven y revoltosa cabeza, siendo incapaz de ocultar la natural atracción incentivada por el anterior tacto; abrillantada mirada de un hombre inocente sucumbiendo a los ideales, no implantados por vivencias pasadas, sino por la misma inexperiencia. Así, el cuerpo del púber entonó pasos de lenta frecuencia consiguientes a su deseo de pisar los ya marcados por la femenina, cuyo seguimiento iba impulsado por su irreversible curiosidad, dejándose caer en las intenciones que poco a poco cobraban sentido. Los ámbares se alternaron de la roja hacia la blanca, guardando la discreción de sus actos, manteniendo la plenitud de las imágenes reflejadas por su cuerpo: sin amenaza, sin miedo, siendo la intriga quien rompería con el patrón. La tela que conformaba su única prenda en su torso rozó su piel en sutil ondeo, cayendo en inmovilidad tan pronto el cuerpo se detuvo a un par de pasos detrás de la dibujante, inclinándose ligeramente hacia adelante; allí visualizó los trazos que daban vida a un claro objetivo pacífico. El cuchillo que empuñó Humi para derramar la sangre de su querida Namizu, cuya arma detuvo en seco. La más básica señal de agresividad se convertía en tal pedazo de metal, ahora señalizado roto.
     
La mente del salvaje estaba hecha para leer imágenes, de esa manera, las ilustraciones se convertían en nobles palabras que calaban en la presentación ruin formada con anticipación a los sucesos propinados por ninjas. La chica roja es diferente, ¿qué tan diferente?, tal duda apuntó a la de cabello aperlado, receptora del mensaje, recipiente de las esperanzadoras voces en dibujos. La hoja bailó y su sorpresa inundó sus orbes ante el retroceso de su pie derecho, tensión que elevó ligeramente sus hombros, manteniéndolos en esa posición a la vez que visualizaba atentamente la trayectoria hacia la otra mujer. Recuperó la compostura, aclarando su garganta.

     
Chica roja ser ninja que controla papel —obviamente, en medio de su asombro, indicó; retomó su anterior postura y posición, dejando que una flama de inseguridad se iniciase en la boca de su estómago.

     
Un familiar sinsentido emanaba de entre los reacios labios, afortunadamente, la lengua precaria de la contraria había sido suya durante su instrucción en la tribu, es por ello que se tornaba inicialmente reconocible el contexto hablado sin, realmente, ser un oriundo de las tierras ninjas. Allí fue cuando la desconfianza, exhibida primeramente por la adversa, se contagió y halló en las sienes del foráneo, pululando en forma de susurros preguntones. Su cabeza fue ladeada ligeramente hacia abajo, encubriendo su extensión yugular como animal en difidencia; sus ojos se fijaron y sus cejas se inclinaron con duda, algo hizo clic, algo no cuadraba y lo hizo presente:

     
Ella no saber tu nombre, chica roja —afirmación acompañada con una observación de soslayo, arrinconándola en busca del verdadero sentido—. ¿Cómo vieja amiga no saber nombre?, ¿querer mentira?, ¿también sonrisa ser mentira? —cuestiones salían sin cesar, abriendo un ligero espacio lateral entre ambos mientras su mirada era completamente evidente.

     
Entrecerró sus ojos momentáneamente, intentando leer las facciones finas de la gentileza encarnada en la pelirroja. Existía cierta indignación porque seguía encontrando mentiras entre los labios de los ninjas que encontraba, y él, en su infinita necedad, seguía sin verlo realmente claro, como un niño descarriado. Esa era la imagen que mostraba al mundo en ese momento, mundo comprendido por dos mujeres y un vasto bosque. Rápidamente decodificó lo dicho y observado, guiando su atención a quien se rehusaba a dar paso.

     
¿Qué teme, chica blanca? Odiar hombre rojo, ¿también odiar a chica roja? —las pronunciaciones intentaban esclarecer una situación ajena a su persona mas de la que ya era partícipe gracias a su arriesgada intromisión, utilizando sus manos para gesticular y señalar.
     
Yo ser Jiran. No ser ninja. No ser hombre rojo —al igual que la salvaje, recobró tensión y postura defensiva. Demasiado atiborraba su cabeza, un lío que había formado en su notoria ignorancia.


Jiran
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Re: El canto del blanco fuego

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