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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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El calor del hogar

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El calor del hogar

Mensaje por Fuanho Nara el Vie Ene 05, 2018 6:28 pm

El joven Nara se dirigió hacia su siguiente misión D, la misión era simple, cuidar y escuchar las desventuras de una señora mayor, la cual llevaba tiempo pidiendo que alguien fuera a hacerle compañía aunque fuera un solo día, había juntado unos ryus y habia pedido a un chico que la escuchara.
<<Bueno despues de mis entrenamientos me vendrá bien una misión tranquilita>> - Pensó el rubio.
Al llegar a la casa, la cual era un caserón antiguo, Fuanho golpeó dos veces en la puerta, rápidamente una señora le abrió la misma con una sonrisa.
-Hola, asi que tu eres el chico que iba a venir, pasa pasa adelante – le dijo mientras le invitaba a entrar.
Ambos entraror a un salón con dos sillones enfrentados, la anciana se sentó en uno y le ofreció un té a Fuanho que lo aceptó con gusto.
-Quería que viniera alguien con poder para poder confesarle algo, asi que cuando quieras empiezo con mi historia – Dijo mientras daba un sorbo a su té y se acomodaba.
-Cuando quieras, para esto aquí hoy para escucharla en lo que queira contar.
La anciana asintió y comenzó su historia.

Verás querido todos los días eran lo mismo con Kimmaro. Eran demasiadas semanas viviendo la misma representación, demasiados meses, demasiados años. Aquella tarde, como todas, regresó a casa a la misma hora, dejó sobre la mesilla de la entrada su llavero de cuero desgastado y entró en el salón vestido de uniforme.
La misma postura, la gorra y su placa reluciendo sobre su cabeza, todo igual. Miré a mi alrededor, repasando cada detalle de la casa; nuestros dos sillones de tela frente a frente, los recuerdos de boda y la fotografía del pobre padre de él. Todo estaba recogido, en perfecto orden, y eso me tranquilizó. No quería que Kimmaro notase nada diferente que le hiciera sospechar, porque aquella tarde, antes de que él llegara, yo había cometido un acto horrible.
Como de costumbre Kimmaro se acercó y besó mi mejilla derecha. Por primera vez, aquel ritual me apreció agradable, tal vez sólo tranquilizador. Necesitaba que todo siguiera igual que siempre, que él se comportara igual que siempre, pero entonces, en el fondo de sus ojos me pareció descubrir algo distinto, una chispa, una inquietud, un pequeño incendio al mirarme.
-Ha estado aquí mi superior, ¿verdad? - dijo
Guardé la compostura, tratando de disimular los oleajes que acudían a mi pecho y el cambio de color en la pigmentación de mi piel , pero no pude sostener su mirada. No tenía ni idea de cómo había podido saber que su superior, esa misma tarde, había estado allí. Sólo sabía que, si respondía afirmativamente a su pregunta le entregaría la pala con la que cavar nuestra tumba.
-Sí- Reconocí por fin
Kimmaro no dijo nada. Solo caminó hacia el pasillo, pasando a través de mi cuerpo. Sin aire en los pulmones lo seguí hasta nuestro dormitorio. No me lo pude creer; la cama estaba hecha, como yo la había dejado, después de ventilar bien y repasarlo todo cien veces; La foto de Kimmaro, triunfante, con el pecho condecorado, que durante toda la tarde descansó en el fondo de los cajones, junto a sus calcetines y sus calzoncillos, también estaba en su sitio. No podía ser. Había repasado todo muchas veces. Estaba completamente segura de habérsela visto poner al rededor del cuello, ajustar el nudo, mientras sonreía como un niño travieso, antes de marcharse, pero estaba allí, colgando del mismísimo cabecero de la cama; la corbata roja de su superior.
Cuando Kimmaro se giró con aquella prenda entre sus manos toda la sangre se me congeló dentro de las venas. Se acercó lentamente, con la corbata entre sus manos, como si sujetase un niño muerto. El poco aire que conseguí respirar apenas me llegaba para mantener la consciencia. Había llegado al límite de mi capacidad para resistir. Quería confesar todo, contarlo todo. Tenía la absurda necesidad de que Kimmaro me abrazase, muy fuerte, de liberarme de un peso que incendiaba mi cabeza.
Necesitaba hacerlo, quería hacerlo, mientras contemplaba aquella corbata entre sus manos, que sostenía con el mismo cuidado que un criminólogo sostiene una valiosa prueba. Pero entonces, inesperadamente, en su rostro comenzó a dibujarse una extraña sonrisa.
No podía creerlo. Parecía satisfecho, como un detective que acaba de encontrar la pieza final para resolver un crimen. Miraba aquella prenda y sonreía, con su placa brillando sobre la cabeza. No entendí nada. Pensé que todo era una treta, una estrategia perversa para desencadenar mi locura, un cruel castigo para desestabilizarme aún más de lo que yo ya estaba.
Dejó la corbata sobre la cama. Luego, muy despacio, se desabrochó el cinturón y deslizó la cartuchera con cuidado entre sus dedos. Sostuvo el arma durante un rato, como si desease cerciorarse de su peso, con ambas manos, como dos balanza de la justicia que sopesan una decisión importante. Pero de pronto cambió el gesto.
Tomó asiento en un esquina de la cama y dejó caer su cabeza sobre el pecho. Parecía cansado. En su frente, poco a poco, las arrugas comenzaron a acumularse. Estaba mayor. Su aspecto nada tenía que ver con el de aquella foto sobre la mesilla, posando orgulloso con todas sus condecoraciones. Parecía un árbol viejo, a punto de derrumbarse. No, pensé, eso si que no. Prefiero que me cruce la cara de un revés. Incluso que me descerraje a bocajarro.
Entonces, sin saber por qué, me senté a su lado
-Tenemos que hablar - dije
-Sí – dijo - Puede que sí
-Tenemos que hablar
-Claro, hablar, sí, tal vez en otro momento
-Tenemos que hablar ahora
-Bueno, de acuerdo, pero dime, ¿A qué hora vino mi superior?
-Y eso ya qué importa -dije
-Es cierto, era sólo curiosidad
-¿Curiosidad? -Pregunté
-Si- contestó
-Y dime, ¿Cómo supiste que él había estado hoy en casa?
Entonces Kimmaro mostró esa expresión, entre triste y cansada, que siempre ponía cuando no deseaba hablar de las cosas, y sonrió un poco
-No sé, ayer le presté la corbata a él, y dijo que hoy mismo me la devolvería, pero nunca me imaginé que se referiría esto.
Lo que sigue paso demasiado rápido, pero en mi cabeza pasa demasiado lento, como si fuera una foto tras otra, sacó su kunai, y se rebanó el pescuezo, me quedé atonita,durante horas, lo unico que pude hacer es llorar y chillar, pero fue demasiado tarde mi Kimmaro murió en mis brazos, la autopsia reveló que fue suicidió y digo reveló porque yo no dije ni una palabra en los meses siguientes. Todos aceptaron mi silencio como algo logico de una mujer que ve suicidarse a su marido, pero creo que era el momento de rebelarlo e ir a la cárcel por mis pecados.
La historia de la anciana dejó a Fuanho helado, pero rápidamente se repuso.
-Es una historia muy triste señora pero por muy dolida que este, no es culpa suya que eso pasara, lo que tiene que hacer es mantener vivo el recuerdo de su marido por todas las cosas buenas que hizo.
La señora parecía dispuesta a ir a la cárcel, y se quedó callada.
-Te agredecería que me dejaras sola, pensaba que era mi último dia aquí y ahora no se que voy a hacer.
-De acuerdo pero tengo una pregunta, ¿Por qué ha esperado tanto años para hacerlo publico?
-Al principio por vergüenza, luego por miedo, hasta ahora no reuní fuerzas para hacerlo.
-Entiendo que debió pasarlo muy mal, por lo que he escuchado no tenían hijos, o me equivoco
-No, preferiamos vivr solos, no nos gustaban los niños, pero una vez se fue hubiera deseado tener a un pequeño rondando por la casa para recordarme a él cada día y ver como crece y se parece a su padre.
-Lo siento mucho señora, mis condolencias y espero que contarselo a alguien le haya servido de algo – Fuanho se levantó – No hace falta que me acompañe, se llegar a la puerta por mi mismo.
-Chico – Fuanho se dió la vuelta y la miró a sus gastados ojos marrones- ¿Crees que fue culpa mía?
-No, no lo creo, alguien no acaba con su vida por una noticia así, debía de haberlo pensado con mucho detenimiento, no tiene porque sentirse culpable, con todos mis repsetos, aunque usted no hubiera hecho nada quizás el desenlace hubiera sido el mismo pero en otro momento. - Dijo Fuanho mientras se monstraba frio, ya que pensaba que era la mejor manera de decirlo aunque doliera.
La anciana quedó en silencio durante unos minutos y pidió al joven Nara que se sentará de nuevo.
-La verdad, es que las semanas que precederon a su muerte fueron bastante negras, no halabamos casi, él no dormía no comia, solo deambulaba y se sentaba a leer en ese sillón.

-Lo ves entonces, no era culpa tuya, tu error solo desencadenó el incidente. <<incidente, que manera mas alejada de llamar a la muerte de una persona, quizás he fallado al decir esa palabra>>

Pero la anciana no se percató de ella y siguió contandole viejas batallas de Kimmaro, de lo fuerte que era, de lo valiente que fue, y del futuro que tenía por delante, pero que poco a poco fue dandose cuenta que las misiones no le llenaban y que se sentía mal cuando tenía que matar a gente aunque se lo mereciera, y que eso para ella fue lo que fue matandolo poco a poco, al final la dejó sola y con el dolor que portaba cada día de toda su vida.

-¿Porque no se quedó conmigo? O me chilló, o me pegó, solo fue cobarde una vez en su vida, y fue en esta ocasión, huyó de su dolor y me dejó sola para siempre rompendo mi corazón – La anciana que hasta entonces había mantenido la compostura estalló a llorar, Fuanho no sabia muy bien que hacer pero la señora le pidió disculpas y se ausentó de la sala unos momentos a una velocidad envidiable.

Durante esos minutos, Fuanho se paseó por el salón viendo la foro de Kimmaro, fotos de la boda y de como una historia de amor puede acabar en una historia muy triste <<Espero no tener que pasar por un dolor así nunca>> Pensó mientras se paseaba por la instancia, de repente volvió la anciana.

-Creo que deberías irte hijo, creo que me ha ayudado hablar contigo, muchas gracias

-A usted, me ha ayudado ver como de fuerte es el amor – Dijo mientras se dirigía a la puerta.

-Antes de irte una última cosa – Dijo mientras se acercaba a Fuanho – Toma este kunai, le pertenecia a Kimmaro, siempre decía que le daba suerte y nunca fue herido en una batalla, siempre lo llevaba consigo, exceptuando el dia de su fallecimiento – Dijo mientras le entregaba el kunai.

-No, muchas gracias, debería guardar el kunai, es un bonito recuerdo – Dijo mientras trataba de devolverselo a la anciana, en un futil intento, pues ella se negó a cogerlo negando con la cabeza.

-Quedatelo por favor, me haría muy feliz saber que ahora lo tiene un joven ninja y que seguirá dandole suerte a alguien en sus futuras batallas -Una pequeña sonrisa asomó en su cara ya arrugada.

Fuanho asintió y le dió las gracias por el regalo, despues de metió el kunai en la bolsa y fue hacia la puerta, ambos se despidieron y la señor cerró la puerta del caserón cuando Fuanho ya había desaparecido en la lejanía mientras una lagrima brotaba de su cara marchita por los años.

Fuanho se fue caminando por las calles mientras pensaba en que la vida de ninja no era exactamente como el pensaba que sería al abandonar su pequeño poblado rumbo a la capital feudal.

<<Pensaba que aquí todo sería, pelea, muerte, batallas legendarias, pero no, el día a día de un ninja pasaba por ayudar a la gente de su feudo, entrenar cada día para hacerse más fuerte y muy de vez en cuando pelear contra otros ninjas, o bandidos en pequeñas disputas, sin lugar a dudas esas batallas legendarias estarán mas adelante en mi camino pero aun tengo que ayudar a muchos ancianos y entrenar muchos dias bajo la lluvia para poder llegar a ese punto>> una pequeña sonrisa se dibujó en su cara, al fin y al cabo había conseguido realizar otra misión con éxito y sin ningún herido (aunque pensandolo bien habria sido complicado saldar esta misión con algún herido) por lo que podía reclamar su recompensa en cuanto llegase al lugar acordado, pero antes descansaría un poco y meditaria.

Se subió encima de un edificio en una calle poco transitada y se sentó a meditar, durante un par de horas acerca de la vida y la muerte y como todo ello puede cambiar en un solo momento. Pensó en como la vida de una pareja feliz que vivian juntos desde hacia mucho tiempo cambió tanto en un solo momento, y como eso repercutió en la vida de la señor durante el resto de sus años, atormentandola y no dejandola seguir su vida, por culpa de una decisión cobarde que podía haber hecho en cualquier lugar exceptuando delante de su mujer que aunque había cometido un desliz lo había amado con todas sus fuerzas durante muchisimo tiempo. La vida era corta y había que aprovecharla, y eso es lo que Fuanho aprendió ese día y por lo que podía dar gracias de que le hubieran asigando esa misión.

Una vez acabado de meditar, bajó del tejado, y se dirigió a un restaurante de fideos, para llenar la tripa antes de ir a reclamar su misión <<Meditar siempre me da hambre, el dinero puede esperar un poquito más>> dijo sonriendo mientras tragaba fideos a mucha velocidad. Tras esto siguió su camino para dar por finalizada esta misión.
Fuanho Nara
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