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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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[Entrenamiento] Nuevos horizontes.

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[Entrenamiento] Nuevos horizontes.

Mensaje por Ryuji el Sáb Feb 24, 2018 5:16 am

Cinco años han pasado desde la última vez que estuve en el País del Fuego. Cinco años desde que me separé de mi hermano, desde que supe de él por última vez. Nunca pensé que volvería por aquí, pensé que ya me habría establecido en algún otro lado, pero nunca se dio la oportunidad, así que, debido a la proximidad del que fue mi emplazamiento momentáneo con este país, decidí volver. Curioso es el destino, volver con intención de finalizar el viaje justo en el lugar en el que empezó.

El día era maravilloso. El cielo estaba despejado, los pájaros cantaban, y la la temperatura rondaba los 24 grados, pero una agradable brisa veraniega la suavizaba. El día era idóneo para viajar: había sufrido durante mis muchos viajes distintos climas adversos, lluvia, tormentas, frío gélido, calor asfixiante...así daba gusto.

La gente entraba y salía del país por la frontera. Había una afluencia bastante grande, como solía ser habitual, pero no terminaba de acostumbrarme. Durante muchos años había estado sólo con mi hermano en el Bosque de la Hoja, de este país, y antes de eso nunca estuve en contacto habitual con alguien que no fuera él. Después de irme sólo, vagaba por el mundo, relacionándome lo mínimo para cumplir encargos para ganarme la vida y comprar cosas en los distintos puestos de los pueblos.

Bueno...aquí estamos de nuevo. - Pensé nada más atravesar la frontera, con paso relajado, y un hatillo en el que tenía todas mis cosas. La gente me miraba, normal pensaba, debido a que mis pintas no eran muy comunes. Me tapé parte del rostro con el cuello de la capa y acaricie el mango de mi katana mientras proseguía mi camino. En esta ocasión, no llevaba puesta la máscara de zorro; no quería llamar la atención (más aún) de manera innecesaria: sólo me la pondría en caso de tener que realizar algún encargo con el que no quisiera verme relacionado.

Avancé hasta entrar en el Bosque de la Hoja, lugar familiar dónde estuve viviendo varios meses con mi hermano. Yo conocía el bosque a la perfección por el tiempo que viví allí, conocía su fauna, su flora, dónde estaban los emplazamientos, el tiempo que tardaba de una punta a otra del bosque... Todo. Como la palma de mi mano. Avanzando tranquilamente, disfrutando del clima, me vino a la mente un claro del bosque en el que nos relajábamos mi hermano y yo. Estaba cerca de un riachuelo y, lo más impactante, es que estuviera justo detrás de una montaña. Sí, una montaña, en el País del Fuego, conocido por sus extensas llanuras. Era algo muy poco habitual, que hacía que le cogiésemos aún más cariño al lugar.

Me adentré en el bosque y comencé a andar, conocedor de la dirección en la que estaba el riachuelo. Tras unos minutos andando, llegó a mis oídos el sonido del riachuelo. Esbocé una nostálgica sonrisa y continué hasta encontrarlo. Seguí el flujo del riachuelo, adentrándome más aún en lo profundo del bosque, hasta encontrar el claro. Cansado por el viaje, me puse bajo la sombra de un árbol y, tras dejar el hatillo a mi lado, apoyé mi preciada katana en el hombro para dormir un rato, siempre a mano, por si había que utilizarla. A la media hora, volví a abrir los ojos debido a una pequeña serpiente que empezó a subirme por la pierna, y, mirándola hipnotizado, empecé a mirar a la nada, invadiéndome los recuerdos del tiempo que pasaba aquí con mi hermano. Éramos niños y, ahora que era un hombre hecho y derecho conocedor de lo cruel del mundo, echaba de menos esos momentos en los que sólo me tenía que preocupar de vivir junto a mi mejor compañero de aventuras. Pero ya no está, y no volveré a verlo. Parpadeé y me percaté de que el reptil estaba mirándome a los ojos fijamente. Debido a mi procedencia del clan Orochi, era capaz de comunicarme con ella mediante siseos. Toqué el su escamada cabeza con la mano y procedió a enrollarse por mi brazo, intentando meterse por la manga de mis ropajes, pero enseguida fue repelida por una de las múltiples serpientes que se encontraban en su interior, las cuales, amenazantes, salieron de golpe y la espantaron.

Debo pensar dónde quedarme, y qué hacer con mi vida a partir de ahora.- Me levanté, dejé el hatillo debajo del árbol, donde estaba, y empecé a estirar los músculos. Bueno, en lo que lo pienso, lo mejor será ir entrenando un poco.- Me volví a atar la katana en la tela blanquiazul que tenía en mi cintura, y acaricié la empuñadura con cariño. En el lado norte del claro colindaba una pequeña montaña, algo extraño en el País del Fuego, ya que es casi todo llanura, pero casualidades del destino, allí se hallaba, imponente... y perfecta para entrenar.

Vale... allá vamos.- Tras decir esto, comencé a calentar, dando vueltas por el claro al trote. Cuando comencé a sentir mi cuerpo caliente, empecé a estirar los brazos y las piernas, sobretodo los abductores, para evitar cualquier tipo de lesión o sobrecarga. A pesar de tantos años de entrenamiento físico y de sobrevivir a las adversidades del clima, uno siempre debe cuidar su físico, y más cuando es su herramienta de subsistencia.

Tras unos minutos, acabé de calentar y comencé a pensar por qué empezar. Vale...creo que lo ideal sería empezar con un poco de entrenamiento físico.- Tras decidir, avancé hasta uno de los numerosos árboles y comencé a propinarle una serie de golpes. Puñetazo tras puñetazo, y patada tras patada, comencé a deformar su tronco debido a la fuerza de los golpes...y a notar la sangre brotar de mis nudillos pelados. Pero eso es lo de menos, ya lo trataré después. Además de eso, de vez en cuando practicaba esquives, saltando de allá para acá de forma rápida.

Tras ello, era hora de practicar con mi vieja amiga, Zetsubō, mi fiel compañera de viaje que tanto me ha ayudado a sobrevivir. Sin desenvainarla, la empuñé como si no estuviera envainada y comencé a atacar al deformado árbol y, gracias a mi práctica con el Kenjutsu, fui capaz de realizarle  una serie de cortes al tronco. Hacía ya unos años atrás había logrado perfeccionar uno de los artes del Kenjutsu: el arte de la espada envainada. Las nociones básicas me las había enseñado mi hermano cuando aún seguía con vida, algo que parecía ya muy distante en mi cabeza, pero mediante el entrenamiento y la lucha lo había logrado manejar a la perfección. No es suficiente... Dije entre jadeos, y, separándome de una zancada un par de metros del objetivo, realicé un movimiento con el arma de izquierda a derecha rápido pero contundente, dejando el arma elevada en el final de su trayectoria. Fui capaz de realizar un corte limpio, lo suficientemente profundo como para que el árbol se partiera por la mitad.

Vale... suficiente.- Elevé la katana por encima de mi hombro izquierdo y realicé un movimiento contundente y rápido hacia la derecha en diagonal, dejando el brazo alineado con la pierna. Por costumbre, realmente, ya que es innecesario en este momento: esto se suele utilizar para que la sangre salpique de la espada hacia el suelo y limpiarla, pero en este caso el objetivo era un árbol, así que obviamente no había sangre alguna, sólo un poco de savia. Miré a mi alrededor, tras secarme el sudor de la frente, buscando algún estímulo útil para mi entrenamiento. Al no verlo a simple vista, saqué la lengua de la boca y cerré los ojos. Debido a mi condición de Orochi, poseía la facultad de captar aromas con mi lengua, de forma similar a las serpientes. Estuve así durante unos diez segundos hasta que capté algo que llamó mi atención: el aroma de un jabalí. Podría haberlo cazado fácilmente, pero perdí su rastro al poco tiempo. Seguro que se ha revolcado en barro, o algo por el estilo...

Vale...creo que por hoy es suficiente.- Dije de forma pausada con un frío tono de voz. Realicé los últimos estiramientos, y una pequeña vuelta para volver a la calma. Tras ello, fui a un riachuelo que había visto al llegar al claro, no muy lejos, y me refresqué la cara, me quité la ropa y me di un pequeño baño para quitarme el sudor. Mientra me aseaba, volvió a mi cabeza mi hermano, el cómo nos bañábamos juntos aquí en verano y hacíamos peleas con el agua, nos hacíamos ahogadizas y peleábamos, discutiendo sobre quién de los dos sería un shinobi más fuerte. Lo echaba de menos, aunque no sabía exactamente si a él o a esos momentos de mi vida, mi infancia, donde no me daba cuenta de las cosas que pasaban a mi alrededor. También pensé en mis padres, pero no de una forma cariñosa, sino más bien triste. Murieron cuando yo era muy joven, así que realmente no tenía una imagen clara de ellos, pero a pesar de que nunca estuvieron allí para criarme seguían siendo mis padres. Siempre eché en falta tener una figura parental, no tanto por necesidad, sino por curiosidad de saber qué tipo de personas eran. Según mi hermano, fueron unas grandes personas, pero su estilo de vida alejado del clan Orochi era muy peligroso, y siempre fueron buscados por personas que no querían otra cosa que finalizar con su vida. No quería venganza, no, pero me habría gustado conocerlos.

Salí del agua y me senté en una roca al sol, para comenzar a secarme. Me puse a observar a una pequeña manada de lobos grises, abundantes por esta zona, que bebían agua del riachuelo. A pesar de percatarse de mi presencia, al estar en manada no era algo que les molestara en exceso, más bien estaban a su rollo. Habían tres cachorros de lobo y 4 grandes. La madre de los tres cachorros comenzó a lavar las partes secas que les quedaba del pelaje con la lengua, cosa que no les gustaba, mientras los machos seguían bebiendo agua tranquilamente.

Unos minutos más tarde, ya seco y vestido, volví al claro, cogí mi hatillo y el resto de mis cosas, y eché un vistazo a mi alrededor de forma rápida.  Con el entrenamiento finalizado, ahora tocaba la parte más difícil, encontrar dónde quedarme. ¿Y si es el momento de intentar establecerme en algún lugar? Este país no estaba mal, y fue el último al que llamé "hogar", aunque fuera por sólo unos meses. No estaría mal, es una opción que me tenía que plantear. Bueno, en lo que me lo pienso, debo ir a comprar comida...y a buscar dónde pasar la noche.- Musité, para, tras echar un vistazo a la máscara de zorro que llevaba en la tela de mi cintura, echarle un rápido vistazo a la vaina de mi katana. Tras ello, comprobé el equipamiento que llevaba encima.

Vale... tengo kunais, y a Zetsubō no le hace falta un afilado todavía. Debe ser suficiente durante un par de días al menos.- Dije para mi mismo, para volver a guardarlo todo. Ahora era momento de volver a viajar, esta vez para la capital, a buscarme la vida y volver a mi realidad, la del cazarecompensas del joven Ryuji Masamune.
Ryuji
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