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Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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Robin | ID

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Robin | ID

Mensaje por Robin el Lun Feb 26, 2018 6:54 pm


Robin
Continente Occidental · Nómada · Kenjutsu
Descripción Física
Un vistazo rápido es más que suficiente para comprobar que nuestra joven, aún gozando de buena salud, no parecería poseer una complexión atlética. Ocultos debajo de la túnica y los ropajes que porta consigo, haciéndola parecer más una chica de la capital que una nómada, sus músculos no son denotables, pero sí fibrados.

Su piel, pálida y tersa, queda imperfecta por diversas heridas de combate, hechas seguramente entrenando sola con los cuchillos de su madre o con la vara que porta siempre consigo. Sin embargo, no es su piel aquello de tonalidad más clara. Una mezcla de blancas y grises tonalidades se describen en su pelo mechado. El mismo, apenas ondulado, se deja caer hasta mitad de su espalda a pesar de estar en parte recogido con dos pequeñas coletas a los lados.

Sus ojos, pero, son aquello que más curiosidad despiertan. Como dos ámbares claros, puros y cristalinos, estos brillan con la ilusión y la inocencia de la niña que todavía habita en su interior y que pretende quedarse hasta que el recipiente que la contiene muera con ella.

Anteriormente comentada, la vara que porta consigo a todas partes llega a alzar poco menos que ella, siendo que Robin apenas levanta metro sesenta del suelo, convirtiéndola en un arma contundente por el material de la que está hecha, y a su vez de medio-largo alcance.


Descripción Psicológica
Independiente, energética, compasiva, encantadora, segura.
Se presenta como un libro abierto, y aún así aguarda una mente difícilmente descifrable. Siendo su madre, Diana, su modelo a seguir por excelencia, Robin se ha criado acogida por los brazos de todos sus compañeros, su familia de otra sangre. Sin ninguna falta de cariño, la joven creció como una niña algo asalvajada, convirtiéndola al mismo tiempo en alguien cuya confianza es merecedora de cualquiera. Acompañada por su ciego optimismo, en su cara nunca falta una sonrisa, pues es así como enfrenta cualquier obstáculo que se le ponga por delante.

De alguna manera, es esta misma faceta suya la que promueve su gran confianza por las personas de las que se rodea, pensando que las mismas siempre darán lo mejor de ellas, aún sabiendo que este pensamiento la pudiera llevar a error.

Born to be free.
Tanto sus pies como su mente nunca paran quietos. Le encanta analizarlo todo, así como curiosear por los alrededores de la capital, como dentro de la misma, en busca de nuevas sensaciones que despierten ilusión en sus ojos. Energética y explosiva, cualquier cosa podría acontecer a su lado.

Pasa sus días imaginando situaciones irreales, combatiendo contra bestias inexistentes con las que puede entrenar. La creatividad, su mayor virtud y a la vez su mayor debilidad, siendo capaz de crear en su mente cualquier plan o estrategia, basándose en su intuición, podrá salir airosa de las peores situaciones de modos inimaginables. A cambio, confiar demasiado en sus intuiciones y dejarse llevar por ellas le convierten en alguien carente de compromiso para involucrarse en proyectos que requieran de monotonía y esfuerzo. Ahogada a veces por un mar de intuiciones creativas, es incapaz de establecer prioridades, convirtiendo su versatilidad en un colapso contradictorio de tendencias e intereses.

Feeling.
Sus impulsos y su intuición la guían por encima del sentido común. Es sobre esta primera corazonada sobre la que se basan los consiguientes análisis. Empero, su mente se enfría cuando las circunstancias lo requieren, pudiendo llegar la joven nómada a considerar las posibilidades antes de actuar, o eso hace cuando dispone del tiempo suficiente.
El miedo, no obstante, no es una emoción que desaparezca en su mente. Siente temor, horror cuando la situación lo ofrece, mas no deja que este la atrape y la condicione, sino al contrario: es enfrentarse al miedo lo que la ayuda a crecer.

Bien y mal, creencias totalmente secundarias, supeditadas a lo que ella siente. Siendo sus pensamientos totalmente influidos por aquello que siente, Robin manifiesta conductas y actitudes aparentemente incongruentes, pero que en realidad quedan fundamentadas en esta extraña lógica. Capaz de admirar a alguien detestable por ser fuerte, o de rechazar la solución más óptima en busca de una alternativa ideal pero inalcanzable, Robin sorprenderá a los más lógicos con sus decisiones.

Historia
—No me mires así, ha sido lo mejor para todos. —la voz ronca, pero, de un joven de albinas cabelleras sonaba debajo de aquella capa que cubría de oscuridad toda su cara, excepto sus ojos. Aquellos globos ambarinos se perdían en el horizonte, vislumbrando aquella criatura que acababa de dejar a la mano de aquellos que tanto repudiaba. Sus manos se cerraban, encontrándose todos sus dedos en un puño lleno de determinación y firmeza en sus ideales y sus actos.
—No dije nada, mi lord.—  una sonrisa ácida expresaba lo que con su boca callaba, contrariamente a la seriedad que debía mostrar ante alguien cuyas manos proclamaban la estabilidad del continente. Alguien que solo con sus manos podría hacerlo a pedazos en un pestañeo. Era él, sin embargo, una víbora cuyo veneno culminaba en la lengua que gesticulaba aquellas palabras, y en la mente que hacía realidad las peores pesadillas. Consejero, mano derecha, araña, víbora… las etiquetas le sobraban tanto como la moralidad que le faltaba.
Estaba en la mano del destino, pues, lo que fuera que le ocurriera a aquella recién nacida. Su sangre impura, no obstante, ya le había marcado un punto de inflexión en su vida del cual no podría volver atrás. Se retiraron entre las sombras de aquel alejado lugar. Las montañas ocultarían sus siluetas, pero las huellas restarían por semanas en aquel suelo inerte y desquebrajado.

Un manto de estrellas se cernía a lo largo y ancho de la desértica llanura. No había ni una nube cubriendo el firmamento. Apenas se recordaba ya cómo era la naturaleza antaño, ni tampoco las distintas tonalidades de verde que decoraban las hojas de arbustos y árboles. La luna, cómplice de lo ocurrido, aguardaba impaciente a lo que el porvenir les deparaba.  No era una noche demasiado fría, tampoco demasiado calurosa. Lo suficiente para buscar el calor en la hoguera, en los brazos de uno, bajo la manta de otro.
Acogidos por ingentes montañas que rodeaban aquella hoya, un amplio grupo de nómadas, exiliados por propia voluntad de toda ley, bailaban alrededor de una gran hoguera como celebración, o más bien ritual de agradecimiento, por aquella bendición en forma de carne con la que podrían subsistir el resto del mes. Habían perdido dos compañeros, hermanos,  en aquella cacería. Sin embargo, más allá de no importarles, aquella danza también iba por ellos, mientras incineraban sus cadáveres, venerándolos por haber conseguido el reposo eterno

Y, entonces, un sofocante canto se unió al ritual. Poco a poco, todos a su alrededor se fueron deteniendo, buscando con sus oídos de dónde provenía aquel llanto. Fue Diana, pero, quien encontró a la criatura tumbada y envuelta en pieles de ciervo. Finos y delicados cabellos, de color ceniza, se enroscaban entre sí en aquella pequeña cabecita sujetada por las manos de su salvadora. La llevó junto al resto mientras calmaba su respiración y sus lágrimas. El silencio seguía inundando la hoguera. Todos observaban, impacientes y confusos, los brazos de aquella improvisada madre.
Sacrificarla para las cacerías venideras, usarla como cebo, incluso comérsela. Después de todas las desgracias y la desolación por las que pasaban este tipo de etnia, cualquier cosa podía ocurrir. Cualquier situación habría sido más que probable. Sin embargo, la diminuta mano de aquella recién nacida fue suficiente para cambiar el parecer de toda una tribu. Alargó aquel corto y rechoncho brazo en un vano intento de alcanzar la cara de su madre postiza, mientras su boca esbozaba una sonrisa, cuya luz iluminaba sus corazones más que la propia luna que acompañaba en la oscuridad de la noche.

Todos proseguían con la fiesta en la noche más larga del año. Mientras, Diana se acurrucaba junto a la pequeña en el interior de su tienda. La miraba y remiraba, atendiendo a cada pequeño detalle, cada pequeña mueca. Sus ojos se entrecerraban paulatinamente hasta quedar completamente dormida.
—¿Sabes? —preguntaba, con el tono más suave y leve posible —Eres lo mejor que el destino nunca me ha traído. —hablaba con más elocuencia que muchos de sus compañeros, algunos siquiera sabían formar oraciones. Acercaba su cabeza hasta la ella, dejando fluir sus pensamientos mientras olía su fresco cabello. —Robin. Te llamarás Robin y te voy a cuidar, así tenga que dar mi vida en ello.

Los días pasaron a meses, y de meses a años. Aún era una niña cuando pusieron el cuchillo en su mano, pero como era de esperar, lo repudió por completo lanzándolo bien lejos de donde se encontraba. Diana la proveía de toda la comida que necesitara, así como de la sabiduría que poseía sobre occidente y los conocimientos necesarios para sobrevivir, aunque no eran pocas las veces que se postraba la bestia más feroz frente a ella y el resto del grupo, y era la primera en tirarse de cabeza.  Todas las noches, mientras los demás bailaban con el fuego, aquella madre inventaba solo para ella los mejores cuentos jamás oídos, protagonizados por una joven de mismos cabellos ceniza, tan largos que caían sobre su cadera. Se encargaba que estos siempre la hicieran reflexionar, que la enfrentaran a las peores situaciones de su imaginación para que, así, pudiera sacar la valentía y la seguridad que guardaba dentro y diera caza a esos monstruos que la perseguían en sueños y, próximamente, en la realidad.
Poco a poco, esos mismos cuentos infantiles para antes de dormir se convirtieron en los pilares más fundamentales en su vida, construyendo de forma inconsciente e involuntaria su personalidad. Desde el primero hasta el último, entre todos le brindaron la capacidad para conocer más allá de lo que los labios hablaban, para entender por qué se llevaban a cabo las peores formas de actuar, para comprender cuándo alguien necesitaba ayuda pero su corazón era demasiado débil como para pedirla. Las historias, aunque distintas, conservaban ciertos puntos en común, como la presentación de una situación peligrosa o triste, gente que necesitaba ayuda y no podía hacer nada, y la protagonista que siempre terminaba encontrando una solución y siendo vista como una heroína. La muerte era algo que nunca llegaba para los malos, sino que conseguía cambiarlos y hacerles luchar con ella contra los monstruos. Robin siempre se emocionaba y sonreía cuando la narradora ponía énfasis en lo fuerte y valiente que era el personaje principal, y sin darse cuenta, le inducía esta bondad y empatía que tanta falta hacía en los tiempos que corrían.

A su alrededor, sin embargo, todo era caos y desolación. La tierra proseguía con su falta de fertilidad, provocando que nada con vida prevaleciera por mucho tiempo. Animales, plantas y humanos por igual buscaban el sustento en pequeños charcos que antaño eran los más grandes lagos que la civilización había conocido.
Por redundante que parezca, los cazadores cazaban. Pero no solo jabalíes grotescamente grandes, sino también hermanos de otra madre, sangre de su sangre. Bien por competencia, bien por hacerse con sus más preciados recursos, muchos nómadas habían llegado a un punto de no retorno; la desesperación consumía su alma y su mente, creando seres sin escrúpulos, moral o conciencia. Y nadie se libraba del ataque de este sentimiento tan oscuro y ruin.

Así, años después, recién cumplidos los nueve, llegó el día en que Robin y los suyos deberían enfrentarse a esta desesperación. En plena noche, cuando la penumbra cubría las caras de los atacantes impidiendo distinguirlos entre sus aliados, echaron mano a cada una de las tiendas de campaña. Despertaron a todos sin distinción. Algunos se armaron rápidamente y pudieron contraatacar, otros sin embargo no tuvieron tal suerte.
Uno de ellos alcanzó la tienda donde debían estar Robin y su madre, aunque esta última hubiera marchado al rescate de sus compañeros. La pequeña, protegida únicamente con las pieles que usaban como mantas, así como un escudo de no muy gran tamaño, se armaba de valor expectante a los acontecimientos. Y aún así, las piernas no se le movían y su corazón estaba más acelerado que nunca. Las distancias se acortaban entre ambos, pero entonces, la misma persona que siempre le había contado historias sobre heroínas, se convirtió nuevamente en su salvadora. Un pequeño sable fue suficiente para abrir una herida de punta a punta en su espalda. Intentó forcejear, incluso consiguió devolver ese mismo corte a Diana, más pequeño empero, en el brazo. Despavorido se hizo con un hueco por el que poder huir de su propia muerte.

—¡Diana!—gritó angustiada con el más grande temor que jamás antes había sentido.
—Tranquila, estoy bien.—confirmaba una voz, algo desorientada por el reciente ataque —Lo importante es que estás a salvo.— angelicales palabras de aquella fortuita madre que buscaba el cuerpo de la pequeña hasta abrazarlo y sentir que era real, que seguía a su lado un día más.
Su mirada, entonces, cambió por completo. Donde hace segundos había miedo, ahora había sorpresa y júbilo, pero sobre todo admiración. —¡Le has dado una buena!— comunicaba, exaltada al darse cuenta que la heroína en la que siempre había creído, pero que se había mantenido en simples cuentos, no solo era real, sino que además era su madre. No podía dejar de esbozar una tonta sonrisa, de parte a parte de la cara, mientras buscaba que sus ojos se encontraran.
—Sí, sí. Ha huido con el rabo entre las piernas, ¿verdad? — Diana, sin embargo, solo sonreía por pura respuesta social. Era feliz de que ambas estuvieran vivas, sí, pero si había algo que ansiaba era darle la vida que merecía. Una donde el peligro no acechara a cada esquina, donde Robin no necesitara aprender a manejar los cuchillos. Aquello era una simple utopía, un sueño lejano que seguramente jamás se cumpliría. —Robin, escúchame, esto debes entenderlo. —puso sus manos en sendos hombros de la menor, proyectando la importancia de lo que le pretendía enseñar —A veces, dar con la elección correcta nos hace desviarnos por el camino más complicado y peligroso… —su tono empezaba a sonar aletargado por aquella disonancia que gritaba en su interior. Sin embargo, aquellos ojos rebosantes de ilusión y admiración por ella atacaban duramente y Diana, a pesar de todo, era débil por ella.

En el exterior todo se había calmado. Sus compañeros se curaban las heridas unos a otros, incluso les aplicaban fuego para detener el sangrado, y cerraban los ojos a aquellos que nunca más podrían volver a ver. —Ven, vamos fuera.— dijo una voz decidida a mostrar una de las lecciones más importantes que jamás aprendería.
—Tierra, cielo. Día y noche. Voz, silencio, sombra y luz. En el equilibrio se halla la respuesta, ¿comprendes? —empezó a sonreírle, sabiendo que de esa forma sus palabras llegarían mejor a su conciencia —Para seguir el camino difícil, debes saber luchar contra los peligros que encontrarás.—transformó su mano en un puño provocando, así, una respuesta aún más intensa —Pero, al mismo tiempo, debes abrazar a la vida, pues solo tienes una. Vive cada momento como si fuera el último. Y, cuando llegué el final, abrázalo sin miedo, con una sonrisa, pues habrás tenido una vida plena.

Con los nueve llegaron los catorce años. Durante todos esos años, cada día y sin excepción Diana la amaestró en combate para cuando llegara el día en que no pudiera defenderla. Robin, empero, nunca quiso un cuchillo, ni un sable, ni espada alguna. Su propósito no era aniquilar. En su lugar, se hizo con un bastón igual de largo que ella y, como si de una extensión de su brazo se tratara, aprendió a manejarlo incluso con los ojos cerrados.
El sentido del combate y la lucha, no obstante, no calmó su curiosidad por lo que había más allá de aquel desierto. Muchos eran los días, al menos una vez al mes, en que escapaba para explorar la ciudad. Visitó los mercados, repletos de gente y de artículos de lo más comunes, así como los bares más oscuros donde, con la capucha cubriéndole medio rostro, se atrevía a retar a una partida de cartas a todo aquel que quisiera. Muchas veces salía vencedora,  y con el dinero recaudado compraba víveres para darlos a quiénes más lo necesitaban. Incluso en la capital había pobreza entre los callejones.
El tiempo pasó y con la marcha de los príncipes, la gran ciudad se volvió todavía más hostil. Las calles más tranquilas se tornaron en barrios peligrosos y, aunque la mayoría de la población se despreocupaba gracias a las utópicas promesas de su rey, se respiraba temor por cada esquina.

Robin, por su parte, había madurado de forma distinta. Seguía siendo la niña de antaño, alguien alegre y con ninguna preocupación que le arruinara el sueño, pero su capacidad para comprender su entorno con solo un vistazo había mejorado considerablemente. Paseaba tranquila por los más sombríos callejones, siquiera portaba su bastón con ella, con los víveres que había conseguido.

—Oye niña, ¿qué llevas ahí? —se oía una voz entre las sombras del oscuro callejón. Un pequeño grupo con cara de pocos amigos salía de entre ellas, acorralándola contra el muro. La boca se les hacía agua, y es que esa era la única forma seguramente con la que podían conseguir la comida del día.
Sin opción a responder, todos y cada uno de ellos empezaron a darle pequeños empujones desde cada lado, hasta hacer que se diera contra la pared. Una parte de ella sabía que podía haberles hecho frente, incluso sin su vara, pero otra parte, aquella que había crecido con las sabias palabras de Diana, le decía que no era necesario, que no valía la pena. Sonreía, no para luchar contra el miedo y la desesperación, sino porque aquella era su más poderosa arma.
—¿No piensas hacer nada? —proseguía el grandullón —¿No aprecias tu vida? —una pregunta que se tomaría como una retórica, pues la respuesta ya le era conocida más que de sobra. ”Grrrrr” un corto pero sonoro ruido, proveniente del estómago de aquel que la amenazaba, irrumpía en la reyerta.

—Lleváis bastante sin comer, ¿no es así? —empezaba, con un tono de lo más distendido, en pos de calmar aquellos malos ánimos —Tomad, es todo vuestro. —cualquiera podría pensar que sentía lastima, o que se lo daría y saldría huyendo despavorida. De hecho, esto es lo que pensaba aquel grandote que no paraba de mirarla con malicia. Escupió a sus pies y se encaró a ella todavía más cerca, dejando apenas centímetros de separación y mirándola desde arriba, con la superioridad que firmemente creía poseer.

Sin embargo, un segundo rugido bastó para que aquella bestia humana se calmara. Agarró aquel pedazo de carne y empezó a repartirlo entre los demás. Robin, en lugar de despedirse y alejarse rápidamente, se sentó junto a ellos como una más, devorando el pedacito de carne sobrante. Donde cualquiera se habría vuelto con las manos en los bolsillos, y con algún hueso roto, ella había conseguido empatizar con quiénes menos tenían. Reían, contaban anécdotas, les enseñaba a jugar a las cartas.  
Volvió a aquello que, de alguna manera, podía llamar hogar. No una casa, no un sitio en particular, sino entre los brazos de su gente. Se sentó junto a los demás, cobijada alrededor de la gran hoguera que habían preparado. Aquel día no se perdió de regreso al campamento, sino que se volvió a encontrar a sí misma.

Un par de años más tarde, a sus dieciséis, el peligro los acechaba de nuevo. Dientes más grandes que su cabeza, voraces y afilados, capaces de destruir cualquier hueso humano o no en cuestión de segundos. Su cuerpo cubierto de duras escamas lo protegía de cualquier daño que podían intentar hacer sus, en comparación, frágiles armas. Y qué decir de aquellas garras, con uñas de dos metros de largo, puntiagudas y contundentes, preparadas para desgarrar las más férreas corazas. La ferocidad de aquel dragón se había cobrado la vida de muchos de sus compañeros. Combatían con tenacidad y con todas sus fuerzas, pero no era suficiente. Estaban perdiendo como nunca lo habían hecho. —Es el fin… murmuraba Diana a regañadientes, creyendo que nadie la oiría. Pero ella sí lo hizo, pues Robin siempre tenía sus ojos puestos en su madre y heroína.

No podía perder la esperanza. Con la tristeza y la desesperación de los otros, aquella nómada se armaba de valor. La insensatez marcaba firmemente sus pasos, y sin pensar en las consecuencias empezaba a correr hacia la más temible bestia que había visto nunca.
—¡Robin detente! ¡Te va a matar! —Diana ponía el grito en el cielo, ahogándose mientras sus cuerdas vocales hacían el mayor esfuerzo para que la escuchara. Pero ya era irremediable. El miedo no existía en su interior, nada ni nadie conseguiría frenar su inquebrantable voluntad. Abría las puertas a su infierno personal, sin conocer siquiera las consecuencias de sus actos.

Pero, de repente, un fulgor púrpura se extendía por el firmamento. Caballeros subidos a bestias aladas en el cielo, y mismos eran los que se acercaban por el horizonte para dar caza al dragón. Algunos portaban espadas, otros libros, incluso algunos inexplicablemente hacían uso de pinceles para enfrentarlo. De forma magistral, sobre uno de ellos montaba sin dificultad aquel que los dirigía, un joven que había tenido que madurar más rápido que cualquiera para sobreponerse a las circunstancias que la vida le había traído. Armado con su mandoble les señalaba cuál era su objetivo:
—¡Mándalo a dormir, Leo! — gritaba el aparente líder al más pequeño de todos ellos. Un muchacho de su misma edad, de piel pálida y ojos morados; portador de un libro con rimas y ritos, textos que nunca habían llegado a los ojos de aquellos nómadas. Del mismo, un potente rayo salió disparado hacia su oponente, dejándolo fuera de combate en cuestión de segundos.
La grandiosidad de aquella bestia se desvanecía sin más ante ellos. Mas no era a ella a quien no podía quitar el ojo de encima, sino a aquellos poderes que emergían de las armas de todos y cada uno de ellos.

Xander, así se llamaba aquel príncipe destronado, desmontaba para poder dirigirse hasta donde Diana y los demás reposaban y sanaban sus heridas. Se dirigía a ellos sin nobleza ni títulos, sino como uno más, como lo que era: alguien que huía de aquello que creía injusto en busca de un futuro, aunque incierto, creado para el bien de no solo unos pocos.
—Elise, haz lo que puedas con los heridos, por favor. —priorizaba la vida antes que las formalidades, esa era sin duda su forma de actuar —Mi nombre es Xander. —enunciaba, mientras enfundaba el mandoble y acercaba su diestra a modo de saludo. —Esperamos no haberos asustado. Somos un grupo de exiliados del reino...—su voz se entrecortó durante apenas un segundo. Era, quizá, demasiado pronto para dejar aquel pasado a atrás, pero al mismo tiempo también era necesario que aquel príncipe se convirtiera en el líder que todos necesitaban. —Mi padre… el rey y yo compartimos ideales totalmente opuestos. Mis hermanos y los pocos soldados que veis, todos tuvimos que huir para tener una mínima posibilidad de cambiar esta nación tal y como la conocemos. —su mano se conformó en un puño y prosiguió con determinación en su voz —No somos quién para pediros nada, pero os necesitamos. Nunca serán suficientes manos para poder detener esta guerra que se avecina imparablemente…
Diana y Xander estuvieron hablando y debatiendo sus ideas y estrategias durante horas incansablemente. Podría ser una nómada, pero nunca había visto la joven Robin alguien más inteligente y sabia que ella.

En la faz de la pequeña, pero, se dibujaba la viva imagen de la curiosidad. Sus ojos orbitaban de un lado a otro, sin saber a qué prestar atención. Mas se detuvieron sobre el extraño libro que alguien con su misma edad portaba. Atraída por las letras y runas que encerraba en su interior, Robin se acercó sin ningún disimulo hacia él con tal velocidad que siquiera pudiera evitarla. —¡Uoooh! ¡Es increíble!—gritaba, ilusionada no solo por aquel grimorio, sino por tener al fin alguien con quien compartir su niñez. Pues a pesar de sus dieciséis años, su mente aún era despistada e infantil.
—¿Hm?—fue lo único que pudo decir antes de que le arrancara el libro de entre sus brazos. —¡Oye ten cuidado!—gritaba, tardíamente, Leo mientras la otra dejaba pasar las páginas a gran velocidad, leyendo cada una de ellas como si las entendiera.
—¿¿Tú sabes usar esto?? ¡Eres genial! —tanta ilusión contenida que explotaba por su boca haciendo que fueran el punto de mira de todos a su alrededor. —¿Me enseñarías? ¡Yo también quiero tirar esos rayos morados!
—No. —seco y distante, como siempre lo había sido con los desconocidos, el joven conseguía traer su grimorio de vuelta a sus manos mientras le daba la espalda. —Nos matarías a todos con tu irresponsabilidad.
—Oh vamos, Leo, no seas tan malo. —una voz grave, a la vez pícara, se acercaba por detrás de una cada vez más inquieta Robin. —Se lanzó sola a por el dragón sin pensarlo dos veces, ya lo viste, aun siendo una muerte segura. —se reía entre dientes sin poder evitarlo. La larga y rizada melena púrpura caía sobre los hombros cubiertos por una armadura negra, haciéndola parecer la personificación propia de un guiverno.
—Pero Camilla… —interrumpido por una mueca de superioridad, y una negativa con la cabeza, no le quedaba más remedio al joven príncipe. —Hmf...Vamos… —dijo tomando del brazo a Robin. —Lo primero, necesitas un arma. —una sonrisa traviesa se dejaba ver en su cara. Sin arma no tenía nada que hacer. Aún conservaba esperanza para no tener que desperdiciar su tiempo con ella y poder reunirse con su hermano mayor a hablar sobre temas bélicos. Sin embargo, la joven estaba preparada en todo momento. Atajó rápidamente su vara, la misma con la que se había lanzado a luchar contra cualquier persona o bestia que se le pusiera enfrente desde el día en que su madre se la ofreció. Alegre, como siempre lo era, estaba dispuesta a todo lo que tuviera el otro que enseñarle.

Los días pasaron y aquel campamento de nómadas dirigidos por el único rey que conocían, dejados de lado por la humanidad, se convirtió en parte de la familia. La vida, a ojos de la joven nómada, era maravillosa. Pues a pesar de las dificultades, nunca apartaba la mirada a un futuro esperanzador.


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Re: Robin | ID

Mensaje por Ichimaru el Mar Feb 27, 2018 12:33 am

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