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Lorewalker

Sakae Shinobu por fin tiene lo necesario para expulsar a los rebeldes de sus tierras definitivamente, no solo eso, sino que la información hallada durante el operativo de infiltración ha revelado una directa relación entre los rebeldes y el feudal de Mogura, por lo que la tensión en el país de la tierra se intensifica. ¿Será este el principio de una pronta guerra civil entre hermanos? { Enlace al Tema }

Tempestades se agitan al norte del continente. Dos de los países menores han entrado en conflicto por un territorio sin dominar que los ha dividido desde centurias. El País del Sonido busca expandirse, en temor de perder poder militar y quedar a merced de criminales, pero el País de la Cascada no permitirá que se invada territorio lindante a su país, mucho menos de un país el cual ha brindado su apoyo en el pasado. El choque de intereses es inminente. { Enlace al Tema }

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A path to be walked on. — (Timelapse)

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A path to be walked on. — (Timelapse)

Mensaje por Katta el Jue Mayo 10, 2018 10:56 pm

Antaño. Al torpe trote de aún un potrillo para el mundo, el equino negro con dos perlas de cristal transportaba a un espadachín y sus aún quasimodas espadas. Un simple chiquillo de ocho/nueve años que aún no había aprendido nada sobre el mundo, pero que recorría las calles conocidas como si lo fuesen, en la dirección de un tejado repetidas veces compartido, y al grito de un nombre repetidas veces llamado. — ¡Kazuo! ¡Kazu, sal! — El llamado, no fue correspondido inmediatamente por aquel que era dueño de ese mismo tejado. Recostado y con la mirada perdida, el de ojos oscuros no parecía hacer otra cosa que esperar a la noche. Ver la luna; las estrellas. Una versión mucho menos irascible; más joven, del que ahora se ha rendido ante su adicción al tabaco, logró alzar el tronco superior para quedar sentado. Se refregaba los ojos con la mano izquierda, intentando despavilarse. — Oye. — Un par de pestañeos pesados, fueron de ayuda para recuperar la lucidez, y su mirada atravesó con desánimo al energético espadachín. — Es algo temprano para que estés gritando frente a mi puerta. Te golpearé. — Aunque la seriedad del chico se encontraba más que presente, la ausencia de un ceño fruncido significaba un contexto amigable en sus palabras. Uno que, posiblemente solo ése chico montado en su potrillo, podía entender.

Pronto, tanto como la advertencia ya costumbre del pelinegro se escuchó, las improvisadas riendas del caballo fueron tironeadas con cuidado, una instrucción que caló poco, hasta que en casi un minuto, el animal entendiese que debía detenerse,  a varios metros del punto donde se le indicó. Nada, sin embargo, le prohibió al enérgico saltar de su lomo, y se perseguido por la creciente bestia, mirando hacia el cielo, y su hermano en él. — ¡Eiyuu aprendió a montar hoy! — El innecesariamente alto tono de voz dejaba claro que era un evento esperado por aquel que, ahora quieto, se podía apreciar bien. Descamisado para no rozar con una nueva decenas de heridas, y sólo un disco de oro y barro a la vista, con la izquierda recubierta por lo parecido a un algodón atado a vendas y que se había teñido de rojo en  el centro, atravesando ése costado y el centro de la cara. El par de ojos negros resecos; protagonistas de una mirada que poco transmitía, cada tanto sufría de algún tic poco visible con el ruido causado por el espadachín y su equino. Sin embargo, cuando una curva positiva estaba por formarse con los labios del que seguía sentado en el tejado por la buena noticia, los párpados se abrieron con asombro y preocupación. Boquiabierto por solo dos segundos, fortaleció su temple al descender de un solo salto. Los vendajes ensangrentados. La falta de cuidado por parte del espadachín. Era motivo de enojo para el otro pelinegro, debido a la falta de comprensión. — Te lastimaste otra vez entrenando... ¿Para qué quieres usar más espadas de las que deberías? — Se cruzó de brazos y le miró con infantil prejuicio. La envidia de Kazuo se escondía avergonzada, pues la diferencia entre los dos era clara. Él, apenas podía manipular la espada que Katta le había hecho de forma apropiada, mientras que el otro, seguía sumando más a su arsenal. Uno sangraba producto de su propia perseverancia, mientras que el otro se inundaba en pensamientos inútiles mirando al cielo. Hubo otro de los muchos momentos en que el más inocente de los dos tardó demasiado en comprender. Aquellas cicatrices, cada vez más frecuentes, eran tan cotidianas que a veces realmente debía detenerse el de múltiples espadas a pensar por qué lastimarse entrenando sería malo. — Uso las espadas justas. Si entreno es para no lastimarme, y no lastimar a otros. — Con cuidado, el agarre de las riendas atraía a un en desarrollo Eiyuu hacia la pareja de infantes, cara a cara. Él, por supuesto, le restó toda la importancia a aquellas señales del acero. — Ven, quiero que montes también. — El caballo, como solía ocurrir, se tensaba en presencia del de ojos apagados, cosa que no desmotivaba a su jinete a tironear con amabilidad.

Sin siquiera resoplar por la respuesta que había recibido del espadachín, el que solo manipulaba un arma de acero, miró con el menor desafío posible al animal. Por la forma en que Kazuo tardó en alzar la mano para tocar el lomo de Eiyuu, podía verse cierto exceso de cautela por su parte. — No lo sé... — Cuando sus ojos cruzaron con los del potrillo inintencionadamente, rápidamente los desvió al suelo. Siendo un niño que ha generado distintas y fuertes reacciones en otros con su presencia, podía sentir la tensión del equino. Había comprensión y serenidad en el más serio ; cualidades ausentes cuando trataba con los de su misma raza. Ajeno al inapagable fuego de Katta, buscó permiso por parte de Eiyuu antes de hacer nada, limitándose a tomar una de las riendas con suavidad. El de ojos coloridos seguía la mirada de ambos. Eran dos entidades en la vida del espadachín, inseparables por él. Su sonrisa se agrandó, al tiempo que soltaba la otra rienda y  tocaba el morro del animal con sutil tacto mientras parecía no decidirse a cual de los dos mirar. — Sabes de sobra que Kazuo no es ningún peligro. — Como siempre, y otro motivo de mofa, tal como sus inexistentes resultados con las artes ninja, el espadachín parecía indispuesto a distinguir especies, ese animal era tan de la familia como Kazuo. — Y tú sabes que es tímido. — El espadachín sin un ápice de vergüenza se apartó hasta colocar bien  sus manos, agachado, para impulsar a Kazuo arriba, hacia el lomo. En su sonrisa rebañada por las vendas se podía leer con facilidad la fe en el otro. Para el espadachín, Kazuo podía montar, y podría volar si lo quisiera.

— No necesit... ¡Oye! — Desde la perspectiva del que evitaba contacto con la mayoría, hubo una tonta resistencia de su parte ante la ayuda del de múltiples cicatrices. Cuando finalmente llegó a estar sentado sobre el lomo de Eiyuu, pudo ver la misma calle que recorrió todos esos años desde las alturas, sin tener que moverse para recorrerlas. Hubo algo especial en esa vista; en conseguir hasta los más insignificantes logros si eran del modo correcto. — Creo... que puedo hacerlo. — Gesto similar al del espadachín, la mano del infame muchacho se estiró hasta agarrar del antebrazo a Katta, ayudándolo a subirse sin pedir permiso y de un solo tirón. — ¿A dónde? — Kazuo sintió en ese momento, en una expresión sorprendida y serena que intentaba camuflar, que los tres podrían ir a donde quisieran. Esas sorpresa, sólo pudiendo venir de Kazuo, hacían iluminarse los ojos a manchas. El espadachín era transparente, totalmente predecible. Y vivía con una familia igual. Cuando ocurría con alguien, y en especial con aquel que se había colocado a su lado en la vida, de la forma más natural de todas, no podía ni intentar ocultar aquella risa, dándose un ligero salto hasta sujetarse en el bajo-lomo del animal, que por lo inculcado por su criador prefería resistir el peso combinado a no dejar disfrutar a aquellos dos. — A dónde nadie más que nosotros pueda llegar. —

Defecto. Era mucho menos que una sombra. La simpleza de ella al recorrer las grandes distancias hacían honor al nombre inscrito en su historia. Eludiendo las bestias con coraje impasible, el gélido aire a su alrededor lograba restallar contra el calor inconmensurable. A su alrededor, una seda blanca y gruesa que la protegiese hacía aún más pura la piel de porcelana, contenedor de su cuerpo. Las dos piezas de joyería que eran sus ojos eran las compañeras de aquellos hilos de rubí. Era una visión perfecta y hermosa, así pudieron describirla los maestros de jabalíes cuando lograron atisbar el inusual evento. Una nueva nómada. No tuvo miedo de ingresar sola al gran campamento, ni vergüenza al demandar la presencia de aquellos que vencieron al rey Garon. Su casi completa abstracción había parecido eliminar de la vista del resto lo desastroso de su apariencia. La pelirroja había interrumpido la pulcritud de su piel con ronchas terrosas en algunas partes de sus piernas, brazos y rostro. La tela blanca tenía pequeños cortes en ella, y el pelo sólo brillaba por su color, pues nudos se habían formado a su alrededor. Pero si algo había que ninguno de los testigos vio fue aquel aura de confusión.

La joven mujer, dentro de todos sus posibles atributos, estaba confusa, pues ella misma desconocía qué estaba haciendo allí. Algo, a lo que seguía sin estar acostumbrada, había empujado todos sus músculos a abandonar la seguridad de la capital subterránea, a hacer un largo viaje hasta un lugar donde ni su vida ni sus antiguos fines iban sino a dificultarse. Creía, al menos, con la lógica que quería mantener, que encontrar la raíz de su problema iba a iniciar con su solución. Fue, pues, enfrente de los recintos de los jabalíes, que la figura esbelta y menuda de aquella chica se enderezaba por un desacostumbrado dolor en el centro del final del pecho. Frente a ella, a distancias de halcón vista, el objeto de travesía, uno de ellos al menos.  Un hombre alto, cargado en su cintura de espadas, y con tablas de madera sobre el hombro, caminaba al amparo de otras muchas personas a su alrededor. Desconocidos algunos, otros presentes en aquel lugar, el de heridas incontables hacía ocasión de sonrisa la estancia frente a otro guerrero. Moreno de cabello y ojos, con una arreglada figura y dibujos por el pecho descubierto por el sofoco de clima. Fueron aquellas dos fosas negras las que cazaron las hileras de rubíes

Claro que él no había acudido a ninguna llamada. Aquellos mensajeros que ella reclamó aún debatían con la señorita Camilla qué hacer con aquella chica. Pero la advertencia de Lazward para el espadachín invitó a éste a moverse, dejando la madera a recaudo del suelo. El oro embarrado, conforme la proximidad, se iluminaba conjunto a la sonrisa creciente. La reconocían aquellos discos bicolor, pero más aún era, que el calor que no había logrado tañir en la tez más allá de volverla más oscura se vio ridiculizada por un escueto sonrojo. — Salute. — inició antes de verse una mano adulta tocarle el hombro. La menuda era la medida de medio pectoral del espadachín. — Katta, te he dicho que esperes. No sabemos qué quiere. — El otro espadachín, también alto, miraba con una desconfianza que el más joven echaba de menos en secreto. Sin embargo, los ojos de oro y barro no decidían alejarse de la figura blanca, quien lo miraba ahora directamente. — Salute. Ego sum Corlapis, ante serva Garon regisni. Ego volo vivere nomadibus. — Una serenidad anti-natural precedió a la entrada de la que entonces se encargaba de regentar el lugar. — Quis causis? — Camilla, con sus galantes ropas negras y su caminar desprovisto de vergüenza había abarcado la distancia en un tiempo diminuto y se postraba delante de la pelirroja Corlapis, al lado del escudero de su hermana. Miró al espadachín, de momento único miembro del grupo que quería ver. — Causa est, Garon mentiori me nomadus, ego volo veritas. — Seguía siendo imperturbable el rostro antes de verse la conversación interrumpida por la voz espadachina. — Ella nos curó tras luchar con Garon, Camilla. Creo que no miente. — La mujer de pelo lila divagó muy pocos segundos antes de señalar al hombre de cicatrices, posiblemente la única que supo distinguir el sonrojo del calor. — Entendido pues... tú serás el responsable de ella, asegúrate de enseñárselo todo y busca algo que pueda hacer. — Todo el mundo allí se petrificó salvo la chiquilla. Era inusual aquel comportamiento, que algo se traía entre manos no era un secreto. Sí, sin embargo, el motivo por el que todos marcharon salvo Katta y Corlapis, quien lo miraba expectante, como quien observa una bestia dormida. — E-ego Katta sum... — acometió rápido y erróneo, haciendo una torpe falla de dar la mano. Nunca fue respondido, pues Corlapis se sujetaba con fuerza el centro del final del pecho.



Unión. El atardecer, a pesar de los calurosos grados que gobernaban la tierra, era hermoso. La cúpula despejada de nubes permitía ver en toda su magnificencia el ardor solar, un naranja imposible ocultándose tras los picos y la gran muralla natural del terraplén invertido. Esa visión, sin embargo, se le escapaba a la pareja formada por el extranjero de sangre real, y a la ex-segunda en la línea de sucesión. Aquella con pelo lila se postraba magnánima frente a unos escritos cuya letra era una secuenci de símbolos nacidos de la más profunda ignorancia, y a la vez, al lado, otros con sentido, elegantes y finos. — Ya te dije que no necesitas escribir, sólo leer y hablar occidental. Tenemos alfabetos distintos y nuestras normas de escritura no tienen nada que ver. — El frustrado espadachín nunca había dado muchos signos de brillantez. Era, a excepción de quello en lo que se entrenó, un hombre sumamente simple. Incluso en su lengua natal se leía un acento propio de las tierras céntricas del País del Fuego que nunca se preocupó por cambiar. Su capacidad de lectura o cálculo estaba limitada a las bases, y su caligrafía oriental tampoco era esencialmente bella. Por ello, ya ocho meses después de su llegada, apenas era creíble que aquel mismo hombre se hubiese vuelto algo parecido a un bilingüe, aunque su pronunciación le delataría irremediablemente.

Se frotó, Katta, las sienes mientras el fino carboncillo era dejado en la mesa que compartían. — Puede que lo necesite en un futuro. — se excusaba. Era, en realidad, aquel rechazo a la derrota. La peli-lila estaba más cansada, en cambio. Era una mujer pragmática e inteligente, quien había destacado por desentrañar varios secretos de la lengua oriental y otras materias. A fin de cuentas, era quien se encargaría de la construcción junto a Leo. — ¿Sabes? A partir de cierta edad, el aprendizaje se hace muy costoso. Recuerdo que en su momento, antes de empezar a enseñarnos a luchar, todos los días Padre nos ordenaba asistir a lecciones con expertos en algunas materias. No lo hacía porque los niños no sepan luchar, lo hacía porque una cabeza vacía absorbe mejor el conocimiento. La memoria, Katta, es poco más que química y actividad neuronal aunque suene frívolo. Por eso digo, deberías hacer algo con este tiempo que puede que luego lamentes de desaprovechar. — Un suspiro se le escapó.

El espadachín había logrado ganar la batalla a los sonidos de las letras erre y ele. Había conseguido descifrar la lectura de aquellos signos. Incluso el vocabulario había sido un tortuoso pero culminado camino. Entonces, se preguntaba, ¿por qué no debería terminar el viaje? Aquella situación se dio por semanas. El espadachín lo intentó por todas ellas sin aparente éxito. Su choza, ahora también habitada por Corlapis, era testigo de ello, a lo que la pelirroja atendía con una curiosidad parecida a las de los animales. Así hasta la noche en que ella fue quien se aproximó a Katta. Rubrus apenas se entiende. — Las veces que hablaban ellos dos se habían convertido en ocasiones donde la emoción ausente de ella se mostraba. No obstante, se fijó en como el espadachín siempre le respondía con una sonrisa, con tacto, cariño y amabilidad. Incluso cuando ella después, analizaba sus palabras y descubría que podían ser hirientes. Se preguntó muchas veces el motivo por aquello, y si tenía algo que ver con el dolor que sentía en  el final del pecho, otrora sólo molestia, aunque en ocasiones así, el dolor era tan agudo que llegaba a pasar desapercibido unos segundos. — Lo sé... son los trazos, no sé como enfocarlos. — confesó él. Corlapis ayudaba en el lugar nómada, aunque lo que había formado en él no era especialmente una vida plena. No mucha gente hablaba con ella salvo el moreno, ni parecía tener interés en que cambiase aquello. Pero en alguna ocasión, en algún momento, dudó de ello, momentos en que el otro no estaba. Quizás por ello se había puesto a pensar en cómo un zoquete tal sería capaz de memorizas las líneas de las letras. Un momento de memoria, de química y actividad neuronal. — ¿No son como movimientos de espada? — arremetió. De repente, el espadachín pareció substituir sus ojos, y tras mirarlo, y mirarla, los abrió como los de un dragón a punto de exhalar la mayor llamarada. — Claro... ¡Claro! ¡Corlapis, eres brillante! — Fue como ver a un niño de casi dos metros, especialmente cuando siguió el impulso de abrazarla. Ella se quedó quieta y confusa, juraría que algo así habría sido incómodo. Sólo momentos después lo notó, el dolor agudo en el mismo lugar.

Trascendencia. Hacía tiempo que aquel era un lugar para si. Las paredes rocosas y lisas de la fosa donde se ocultaba el campamento nómada tenían pequeños huecos y salientes, y era uno de ellos los que encontró fortuitamente aquél de múltiples espadas, donde decidió que pondría en práctica la fuerza jamás entrenada. Era un recoveco de cuanto apenas un par de metros, con un saliente a una altura de casi setenta metros. Desde allí se veía la distribución del campamento. La parte más fría del aire tendía ascender y se quedaba en el campamento, ése era el secreto para su supervivencia al aire libre. Sin embargo, por el día se calentaba aquél aire y volvía a subir, provocando unas horas de sequedad. En su camino, pero, se levantaba la brisa más agradable, a la temperatura perfecta, que ahora golpeaba al espadachín apostado en aquel saliente a medida. Las piernas estaban cruzadas bajo unos pantalones anchos. Unas mangas negras atadas a un cordón escondían los forzados brazos, y la cabellera carbón se elevaba con la corriente siempre ascendente. El aire se respiraba con pureza, limpio de polvo y humedad. La situación era revitalizante. En aquella roca, desde que se descubrió por el de mirada partida, en el interior de su cavidad, existían seis espadas, el modo que tenía el híbrido de comunicarse con el mundo, con todo el mundo. Reunido con ellas, dejaba a su mente libre de ataduras, deseaba que al menos ella no se viese atrapada por las cadenas terrenales de amar. El pretendiente a mejor espadachín sabía lo que significaba dejar su vida por los demás, y lo hacía de buen grado, pero incluso él era un humano, y no podía dejarse atrapar tan fácilmente.

Dispuestas en semi-círculo, la primera a la izquierda era una espada occidental, una orgullosa construcción fuerte y pesada, ceremonial. Crecía la más alta, casi de la altura del ágil. Su acero, del color del hierro y tosco se veía decorado por cicatrices extraídas de la memoria, rasguños expuestos por todos lados, pero hechos de forma milimétrica. Su guarda era una corona invertida, de la que colgaban cadenas doradas de poco tamaño, con una joya natural de color ambarino incrustada en el centro, y un relieve de batallas por toda su superficie. Contra ejércitos, contra dragones, contra el tiempo. Ascendente, su empuñadura era una espiral de oro con un terciopelo rojo pulido hasta el infinito.Así hasta su final, coronado por una inesperada forma rectangular delgada, con el mismo oro, con una inscripción en ella. Una inscripción hecha con una caligrafía aprendida. Una simple que rezaba las palabras: "Nemortuus vulnus sanguinant perpetuum."

A su lado, otra espada de aquellas tierras, pero muy distinta. Cambiaba de un espadón a una espada fina y ágil, un estoque. Su hoja de aguja se alargaba menos de la mitad que su compañera, y era la única que parecía vulnerarse con el paso del mínimo viento. Su color de purísimo blanco se repartía por ella como un espejo mientras llegaba a la guarda, donde la floritura era una intrincada maraña de no ramas o tallos como le sugirió alguien en su momento. Eran pétalos plateados. Pétalos de cerezo alternados con los de los árboles y arbustos que alguna vez poblaron aquella tierra. Eran tal delgados como los reales, y dispuestos en un torbellino que engañaba a la vista. Su empuñadura era tal como el resto, cilíndrica y fina, atada a un lazo nieve semi-transparente cuyos finales volaban con libertad, y en cuyo final, un rectángulo igual al de la anterior pero de plata también oraba en occidental: "Sacrificium ad amorem sacrificium dignum est."

En la parte derecha de la colección, una espada de las tierras al este. Una hoja corte y recta por cuyo filo se podía distinguir un hilo infinitesimal del color ambarino del fuego. Un ardiente candor agregado a las decoraciones de flamas alrededor de la guarda redonda, llamaradas que se escapaban de sus límites al mismo tiempo que delimitaban su altura. De entre ellas sin embargo, nacía la empuñadura más inesperada, un pequeño árbol. Un tallado de madera y hojas minucioso que aparentaba ser un pino en miniatura hacía las veces de manillar del objeto, dejando que de entre su copa diminuta brotase una de aquellas señales de color mismo que su decoración, dibujado en él una más de las sencillas oraciones: "Omnes habens ascias."

Junto a ella, una pieza de singular forma. Simbolizaba una naginata de poco tamaño, un arma conocida por pocos. El filo era bastante más romo que el de sus congéneres, casi prismal, de una tonalidad en el reflejo cobriza. Por sus delgados laterales aparecían escrituras diversas, leyendas, mitos y cuentos. Escritas en la lengua natal, correspondidas con una voz cariñosa. Sin ninguna guarda, una venda negra cubría el castaño agarre, y se balanceaba al son del paupérrimo viento mientras un sonido distraía. Al final de la venda, un elaborado cascabel del mismo tono del filo con una dulce e impredecible melodía entonada por la naturaleza. Otra de aquellas placas simbólicas se alzaba en conjunto a las demás: "Quid fabellae denarrant nullum oblivione delibetur."

A su lado, una pieza blanca e impoluta. Espectral, nívea, etérea. Un sólido de acero del templado más agresivo y salvaje hasta que se convirtió en un espejo, una katana cuyo filo estaba diseñado con un grabado de copos de nieve, cada uno distinto, distante, único. Una ventisca simbolizada en el escaso trecho conjunto al final, una guarda en forma de copo hexagonal pulido hasta extremos impensables Una empuñadura sólida de acero, con trazos esculpidos de lo que parecía viento alrededor, huracanado. Y en su cúspide, aquel adorno equitativo, una placa perfectamente integrada en la escultura, con sus palabras definidas, su identidad revelada, y su importancia sonora y admirable: "Gelida pulsatio abscondet ardens moti."

Y finalmente, el centro izquierda era la única espada que realmente existió alguna vez. Como un portal, una conexión con el otro lado del océano. Una katana tan simple, de factura principiante. Sin embargo, vista de cerca con un ojo dorado y marrón, o con uno completamente negro, se apreciaba lo inconmensurable del trabajo. Cada rasguño y raya, y trazo y esquirla faltante. Cada llano contacto con el mundo de su gemela había sido calcado con enfermiza perfección, dejando atrás cualquier tipo de humanidad. Era, de todas, la única cuyo rectángulo no estaba unido mediante forja, sino independientemente fabricado, puesto sobre la guarda y apoyado en una empuñadura deshilachada. "Promitto et promittes."

Razones. Fueron varias las veces que el pelinegro de ojos oscuros pasó por ese mismo sitio. Ignorando el largo verde que se extendía hasta sus tobillos; el cual eventualmente se tornaba en un tono más apagado. Todo se secaba. Kazuo vio con un ceño fruncido numerosas de esas ocasiones a ése espacio vacío, marchándose sin siquiera pensar en dar unos pasos al frente. Esa vez, pero, se podía ver un sentimiento que seguía acumulándose en la menos dura mirada del chico. Había ausencia en ese lugar, y sin embargo, allí estaba el que se había distanciado. En una llanura; dejes del hogar de su amigo, ahora brillaban un par de árboles jóvenes, acolchados en las hojas que fueron soltando con el tiempo. Los pasos del visitante eran cautelosos y sin prisa alguna, observando la espalda del espadachín, y sus hermanas descansando a un costado de su regazo.  Una nueva presencia en territorio sagrado; lentamente cicatrizando, quiso hacerse notar. — Ella está preocupada. — Lilith. La tercera pieza de una familia de tres. — No sueles ser tú quien lo hace. — Rápidamente desvió la mirada a cualquier otro sitio, con las manos detrás de la cintura y pateando el césped sin fuerza alguna. No se adentraba a los árboles, sino que miraba. Cerca, pero distante. — Tampoco pasas por casa. — Difícil encasillarlo como un reproche, pero sí pudo verse que Kazuo notaba la ausencia del de piel cortada cuando no estaba. En cuentos del pasado, era él quien se quejaba del espadachín apareciéndose en su puerta tan a menudo. No obstante, este relato era diferente. Era la viva imagen de una disyuntiva. Un pero. Con las mismas heridas, contadas por cientos, las mismas telas negras, escasas. Pero el Katta que había invadido la vida de otros con su propia luz ahora apenas balbuceaba unas chispas para si. Un candor contenido de la forma menos natural, pero más inevitable. Los oros manchados se habían mantenido al borde de la desaparición por los párpados. Una conversación, sorda al resto de oídos que existían, fue suavemente disipada por la voz que no podía sino traer un sentimiento al espadachín. Un extraño y sin nombre. Parpadeos y un suave giro en el cuerpo revelaron la lectura tan clara. Nada de brillantes sonrisas ni arrugas en los ojos. Sólo la triste etapa de aceptación. Un silencio antes de responde. — Lo siento. Tardé un poco con el establo. — Marcas, que no siempre eran líneas de espada, eran apreciables. Los ojos no estaban irritados, no había llorado. La boca no se fruncía, e incluso se arqueaba unos milímetros, como si sonreír fuese así de natural. El conteo de cortes nuevos, como siempre alto, tampoco marcaba un sobreesfuerzo. Desesperantemente normal para el apasionado de la familia. — Hablaré con ella mañana. — La peor parte del espadachín era sin duda aquella. No estaba bien, ni estaba mintiendo con su actitud. El inalcanzable extremo de simpleza se sentaba, ladeando su cuerpo para hacer hueco a un hermano para acompañarle. — No tiene las vistas de tu tejado. —

La diferencia entre ambos, solía ser más clara en situaciones de esa índole. Aunque pocas fueron las veces que uno se encontraba con la apaleada imagen del otro, eran suficientes para llegar a un punto de comprensión. Lamentablemente, Kazuo no entendía. Joven e impulsivo, el enojo siempre fue la respuesta más natural de aquel chico. El azabache del cual le advirtieron al espadachín para que se alejara. La curva casi inexistente del espadachín, produjo un instantáneo efecto en el más apagado. Destruyó su armadura de un solo gesto. Las esferas negras lentamente se convertían en nada más que puntos, en ojos que se hicieron más presentes en su rostro. Boquiabierto, por dos segundos. Un chico problemático como él, fue incapaz de comprender ese tipo de reacción por parte de Katta. Debería estar enojado. Debería exigirle que se marchase. En lugar de eso, Kazuo recibió una invitación. Extrañado, se acercó hasta quedarse sentado a su lado, con una expresión confusa en su rostro. Vacía, y sin poder recuperar el rumbo. — Sí... — Respondió por lo bajo. Se fijaba en lo que el de piel bronceada, tanto se había estado fijando. Un frío recorrió por su espina al llegar a una triste conclusión. — ¿Son ellos? — Observaba sus alrededores, tomándose su tiempo. La mirada bajó por unos instantes, fija en las hojas caídas al suelo, con el color de la estación en que vivían. Era posible que fuese debido a la cercanía del más joven, pero la curva, aún cuando no cambió, se vio más próxima a una sonrisa. — Lo son. No tenía muchas ideas. — Más allá de los recién nacidos árboles se extendía la explanada dirección al bosque. Las llamas ya viejas estaban aún dibujadas en una separada tonalidad más oscura, que se acercaba hasta invadir el nuevo césped que les acogía. — ¿He pasado mucho tiempo aquí? — Cuestionó de una forma repentina, aunque acompañando a la ligereza del momento. Inconscientemente, el espadachín había obviado la noción del tiempo. Era incluso incoherente para él, pero en parte, deseaba saber cuánto tiempo había tenido de egoísmo. Ellos se habían preocupado.

Kazuo mintió; negando con la cabeza ante la pregunta del espadachín. Sintió que, de nada le serviría a Katta pensar sobre su larga ausencia. Para ser tan jóvenes, eran ahora dos los que vivieron ese tipo de tragedia. Los ojos oscuros y sin mensaje alguno del pelinegro, se encontraban fijos en los padres de su amigo. Era anormal que un chico de esa edad pudiese tomarlo con tanta... apatía. — Nunca la conocí. — Dijo en voz baja. Su atención era absorbida sobre aquellos ya se habían marchado. — A mi mamá, quiero decir. — Aclaró segundos después. Era la primera vez que Kazuo mencionaba a su madre. — Murió trayéndome al mundo. Se llamaba Natsumi. — La llanura que dejó a espaldas suyas, se colaba entre joven flora que rodeaba a los dos de cabellera azabache. Las ojeras del más problemático, se afirmaban dos profundas arrugas justo sobre el contorno de sus ojos. El de mirada partida no dejó escapar sonido ante las palabras del hermano, ahora más que nunca. Él decidió en su momento dar libertad, jamás preguntando, jamás interrogando, sino confiando. Un inadvertido forcejeo del de cicatrices contra su propio puño fue, pero, la nota discordante.  La acallada culpa que conllevaba aquella confianza, pues la sola vista de una familia, ¿cuánto podría haber dañado a Kazuo así? Le miró, al tiempo que sonreía en su nueva, menguante forma. — Me alegra que me lo cuentes... — susurró por un momento — Puedo darle las gracias ahora. — por un hermano, por una familia ahora que la suya se convertía en parte de algo mayor. — Ahora mi familia podrá hablarle de su hijo, y hacerle sentir orgullosa. Eso me alivia un poco. — El chico se esforzó en sus palabras por primera vez en mucho tiempo. Las verdades se le atragantaban como las espadas.

Aquel menos habilidoso con la espada, sintió inmediatamente la ansiedad golpearle al estómago, incapaz de tomar apropiadamente el acercamiento de cualquier persona. El ceño continuaba frunciéndose hasta un punto que tocaba lo gracioso. Se podía ver la fuerza del chico al apretar los labios; sólo para no mostrar la misma estúpida mueca que llevaba el de numerosas cicatrices. Apoyó una mano sobre el hombro de Katta, mirándole ahora con firmeza y el mismo enojo que, aunque no iba dirigido a nadie, existía. Lo estrujó, pues era la intensidad de ése chico que en el mayor de los casos, se le ve calmado. Algo parecía haberse encendido en él tras haber escuchado lo que dijo el otro. — Podrán hablar de mucho más. Nunca olvides por qué entrenamos, y el camino que hemos tomado. — Evadió completamente cualquier tipo de lástima o consejo genérico que se le puede dar a una persona tras una tragedia. Él no era así; no sentía lástima por Katta. Terminó poniéndose de pie, dándole la espalda y dando unos pasos más hacia la llanura, hasta volver a detenerse. — No dejaremos que nadie más salga lastimado. — Un propósito. Fue en ése instante donde, el chico sin aspiración o motivación alguna; aquel que jamás se vio interesado en mejorar, fue inspirado por el espadachín. — ¡Seguiremos haciéndonos fuertes... — La posición del chico, otrora a perezosa, era estoica. Apretaba los puños con decisión, y la misma furia que parecía crecer cada año de su vida. — ¡...y nos convertiremos en los tres más grandes del País del Fuego! — Gritó al vacío, dejando su firma en ese lugar sagrado, ése día. La contraparte oscura de la escena, fueron rastros de un chackra descontrolado, que serpentaba, brillante, entre los dedos que formaban sus dos puños. Fuego. Notó la fuerza, pero incluso cien veces más fuerte, aquel contacto no le heriría. La sonrisa se fue degradando hacia una expresión expectante. Sin levantarse, la silueta e Kazuo recortada por sólo el cielo arriba era magna e impresionante. La siempre dualidad de los hermanos, ¿quién seguía a quién? ¿quién era la luz? La declaración resonó en los tímpanos del mayor, quien en pocos segundos se levantó, pero aún sin dar un solo avance. Silencio. — ¿Cómo podría olvidarlo? — Suave. Y entonces avanzó hasta el lado de Kazuo, donde él podría ver al fin dos hilos de mar resbalando por las marcadas mejillas. — ¡Vamos a traer la paz al mundo! ¡Así que míren bien donde estén! — gritó, a sus padres, a su abuelo, a su hermano. A Natsumi. Se despidió.

Pincel. La zona de construcción, enorme, sostenía la estructura aún esquelética de aquel objeto ajeno a la comprensión del espadachín. Él con su siempre predecible actitud había acudido al lugar con un objetivo, uno hallado cerca del propio coloso, con sus cabellos rubios ondeados por la brisa caliente de aquellas horas. El príncipe fue insutilmente llamado, y como si predijese el futuro, llevó a su invocador a la tienda de planificación. — No entiendo nada acerca de la magia, pero... ¿qué le ocurrirá a Soleil si logramos pintarle con el pincel? — dijo Katta. — Tengo pensado aplicarle el mismo sello que utilizamos para encerrar el chackra en las gemas, pero sin restricciones. La técnica sólo se detendrá cuando ha drenado hasta la última gota de energía. — Leo hizo una pausa, conocía al espadachín y sus principios, y le hacían dudar de cuan buena opción podría ser la sinceridad entonces. —El resultado más normal en este proceso es que el afectado muera. — El espadachín reaccionó, para mala fortuna del rubio, como esperaba. — Soleil... ¿no conoces nada antes de este incesante calor acerca de él? — Debió ser firme desde el principio, sabiendo que con aquel no habría nunca medias tintas. —Lo único que sabemos, Katta, es que es el enemigo. Me gustaría estudiarlo con detenimiento, pero no puedo correr ese riesgo. Somos responsables de lo que les pase a todos. — Él entonces miró hacia el exterior. A la gente que trabajaba bajo su mando, que creía en él, acompañada por los fantasmas de quienes ya no estaban

La respuesta de Katta se hizo de esperar poco, pero antes siguió la mirada con sutileza. — Entiendo... Pero no puedo aceptarlo. ¿Acaso no hay más como él allí fuera? ¿Toda esta tierra es nuestra enemiga? — Suspiró, devolviendo sus fríos ojos al de morena piel. —Si mi teoría no falla, una vez terminemos con Soleil, las bestias se calmarán, están influidas por una magia... chakra... externo. — El espadachín se veía intransigente con aquello, inmaduro, e incapaz de cambiar de parecer. — Si Soleil los influencia... ¿acaso no sería más valioso como aliado? — Allí estaba, una de las tentaciones del estudioso en la boca menos apropiada. Su estómago se apretó contra si mismo con tal de no decr de más. — Es imposible controlar una bestia de semejante poder, ni con todas nuestras reservas podríamos. — Tuvo que detenerse en busca de palabras, dentro de un infratono. — Madura Katta, si quieres hacer el bien a costa de arriesgar a todos, terminarás siendo la peor de nuestras perdiciones. —

Fue un golpe. Seco, y sonoro. — Yo no he dicho nada de controlar. — Entero, se recomponía secretamente. — Pero muerto... Soleil no podrá compensar el daño que ha hecho. — Los dos hombres no tenían aspecto de ir a coincidir de ninguna manera. —¿Tú me hablas de venganza? No voy a dejarme engañar por algo tan superfluo. Y si te refieres a usarlo, lo único que necesitamos de él es que deje de destruirnos. — El espadachín saltó por primera vez, haciendo acopio de lo más parecido al enfado en su haber. Era un hombre difícil de perturbar, transparente como la superficie de una playa recién nacida. — No creo en la venganza, sino en la redención... quiero que tenga la oportunidad de hacer lo correcto. De contribuir a la paz. Yo... simplemente no puedo negarle eso. — Leo pronto respondió. — Mientras estos supervivientes hayan puesto su fe en Xander y en mí, no puedo fallarles. Si quieres arriesgarlo todo por tu capricho, gánale en un duelo, gánate la fé de todos y tráelos a su propia perdición. Pero conmigo no cuentes, un combate no me hará cambiar a quién le soy fiel. — Katta sin embargo, regresó la interrupción en un tono alto. — Juré por mi honor, Leo. No voy a luchar con nadie. No quiero que nadie me siga por tumbar a un amigo. Pero tampoco puedo idear algo como tú... yo necesito tu ayuda. —

El estudioso se había enfrentado a miles de obstáculos. A su propia apariencia, a los sabios consejeros de su padre. E intentaba comprender qué hacía a aquel terco tan insuperable. —Darte la piedra y que la desperdicies en un ataque solitario es incluso más estúpido que intentar controlar a Soleil. Es la piedra que trajo tu amigo, yo también soy un hombre de honor. Si quieres que la use de esa forma, lo haré, pero todas las muertes si algo sale mal serán responsabilidad tuya... Y mía, de mi honor. — Honor, aquella palabra. — No sé usar las piedras... solo... solo le hace falta vivir. Si te lo pido a ti es porque quiero tu consentimiento y tu consejo. Lo que pueda valer mi palabra, aunque signifique no drenarle esa última gota de magia... — El frustrado joven terminó. —Lo único que se me ocurre es usar el mismo hechizo que el que usamos para controlar a las bestias. Dejarle con una sola gota le recuperaría poco a poco.— Resignado, dio un pequeño salto frente a la reacción del contrario. — ¡Entonces usaré ese tiempo! Esa será su oportunidad... por mi honor. — Leo forzó su propia compostura. —Tu egoísmo me resulta despreciable...— Miró por última vez al exterior, pensando en cuantas personas perdió su pueblo en aquellos años. Y cuantas podrían no volver a verse. — Lo haremos a tu manera. — Se retiró dando la espalda al espadachín, quien agradecía a sus oídos sordos, solo pensaba, y se debía recriminar a si mismo en inaudible susurro. — ... como el mío. —

Libertad. Ella había estado sintiendo el corretear de las patas de las mariposas. Arriba de su vientre, una sensación cálida, dolorosa e imprescindible ya había prendido. La lógica de Corlapis se tambaleaba en el filo de la piel que, bajo prendas sedosas, había sido tachada de inútil e incorrecta; tinta que ahora se evaporaba. Había tratado de analizarlo, había tratado de entenderlo, y negarlo y negociarlo. Sin embargo, cada vez que el simple vistazo de la figura del espadachín pasaba cerca, la de cabello rubí se veía engullida en una sensación viva. Aquello lideró a situaciones dispares, enfados y ensimismamientos, que el propio espadachín acudió siempre a tratar. Él, exceso habilidoso con sus armas, perdía sus atributos de agilidad y fuerza frente a ella, y la víctima de mismos síntomas no era capaz de verse en aquel espejo. No fue hasta la noche pasada, cuando ayudaba en aquella construcción en contra de alguno de sus secretos, que Camilla por fin dio sentido a aquellas mariposas. Sentimientos. Amor. ¿Cómo, pero, se preguntó la menuda habiendo llamado ya al que era objeto de tal emoción? Sus manos jugueteaban la una con la otra, no cesaban en su agarre y desagarre, un tira y afloja. Los vidrios verdes en los ojos resplandecían nocturnos a las velas preparadas en aquella tienda de dos. Dos camastros apostados a un lateral, junto ahora, habían sido decorados con unas cintas de seda a falta de algo mejor. Cirios colocados en formación de luz tenue apaciguaba la mirada transformada y encendía un mar de llamas en la cabellera de aquella vistiendo una túnica blanca. Lustraban también las estrellas gracias a las telas de techo, deshilachadas en semitransparencia, dejando no ver el negro cielo, pero sí sus resplandecientes luciérnagas. Allí, en medio de aquella escena, el hombre, la otra mitad daba un paso adentro, dejando que sus dorados manchados se conmocionaran por aquella escena. Sus labios estuvieron a punto de estropearlo, pero como si lo conociese de muchos más años atrás, Corlapis rozó el porcelanoso índice en sus labios, y la zurda acogió a su zurda para transportarlo al camastro y sentarlo. Las almohadas alrededor les miraban como espectdors del romance.

— Mi sangre está maldita, el corazón en este cuerpo no hace nada más que bombearla. Mi propio alma fue tomada como algo inútil. Porque seres como tú la confundirían. — El atónito calló, admirando por un doloroso instante la belleza en la destrucción. Rompió a llorar ella. — Yo lo creí. Decidí creerlo hasta el día en que vi tu vida pender de un hilo. Uno que tiraba del rey. Uno que no comprendía, que no comprendo. Ese día, cuando pudiste zanjar con tu espada todos tus problemas, decidiste perdonar. Rompiste las leyes que me había impuesto a obedecer, y por eso... porque no creía, vine. — Otra pausa secó con la mano tallada por espadas los lagrimales esmeraldinos. — Mi intención era desvelar la mentira, pero... tú eres incapaz de mentir, ¿no? — Miró a los ojos bi-color por última vez desde el resguardo y seguridad de su prisión. Un brillo nada intenso apareció bajo la ropa blanca, a aquella altura a la que se rascaba siempre que sentía el repiqueteo. Siempre que sentía amor. — Voy a dejar de mentir, ya que has cortado todas las mentiras que se me han ocurrido. De todos lo sentimientos... yo te amo.

La confesión fue seguida de un beso arrancado y directo, uno donde las palabras cobraban sentido para el desubicado muchacho. Él tardó momentos en descubrir qué ocurría, pues su cabeza estaba ocupada en asimilar algo que jamás pudo concebir anteriormente. ¿Amor? ¿Ella y él... sentían amor? El cuerpo grande luego atrajo al chico en un abrazo sutil, guiado esencialmente por la confusión. Tan ajeno a si mismo que tardó más que ella, limitada por todo, en darse cuenta. El alma prematura se fundió pronto con otra igual, tardando torpemente en descubrir que no inhalaban aire. Se separaron, y se miraron de nuevo, con ojos nuevos. Ojos suyos. Lagrimeantes y penosamente inmaduros. — ¿Nos amamos? — cuestionó con su torpeza que terminó de romper sus últimas barreras. Por primera e inaudita vez, antes de volverse a besar, antes de arrancar la inocencia con lo puramente natural, lo sagrado entre ellos dos, antes de comenzar con otro lazo irrompible; Corlapis sonrió.

Madre. La tienda de Xander era totalmente igual  las del resto. Austera y simplista. Era un líder allí, no un rey. En medio de la noche, cuando tumbado hacía acopio de sus memorias del día, el sonido de la lona alzándose hizo que despertarse de su aproximación al sueño. Pero aún más la figura que entró, a la que incluso con un año de vista seguía sin poder mirar igual. Especialmente a aquellos ojos heredados. — Xander, necesito hablar contigo. — Pronto respondió con sencillez. —Adelante. ¿De qué se trata?— El espadachín era paupérrimamente misterioso. El príncipe debía esforzarse por no ver qué pretendía. — Necesito saber qué hará el pueblo nómada una vez se resuelva lo de Soleil. — Xander pensó por unos instantes antes de levantar sus labios. —Lo de siempre, imagino. Sobrevivir. Solo que entonces lo tendremos más fácil— Katta siguió. — ¿No... trataréis de hacer nada con el resto de territorios y bestias? —
—Dependerá de cómo estén las cosas. Si las bestias se van con la caída de Soleil y la vegetación vuelve a crecer, tenemos suficiente territorio como para vivir bien aquí.—
— ... ¿Y Garon? — La duda peligrosa.
—Cuando hayamos recuperado nuestras tierras Padre no tendrá motivos para querer las ajenas. Este no deja de ser su hogar por mucho que deteste a los orientales—

Pasaron unos segundos en silencio. Katta había estado hablando de forma agitada, un modo extraño y externo a su usual calma. El rubio no tenía del todo claro el motivo, pero podía ser, este tuviese que ver con las futuras palabras. — Cuando termine yo... regresaré a Oriente. Allí las guerras no cesarán por si solas. — El príncipe no tardó en contestar. —Es decisión tuya, nunca nadie te ha retenido aquí.— No quiso mencionar a Corlapis, era un hombre que conocía de la pérdida y la distancia. — Cuando todo se estabilice, podrás contar también con nuestro apoyo en el otro continente.— Antes de terminar aquella frase, pero, Katta acudió con su verdadera petición.— Si ocurriese algo, lo que sea, quiero pedirte que me avises. Corlapis se quedará en Occidente y... no puedo ser imparcial con ello. — Xander entonce vio el reflejo de un momento pasado. Una injusta herida. De todas las personas, era aquella quien mentaba tales palabras, aquel hombre de entre todos había decidido seguir sendos pasos. ¿Qué podía hacer él más que seguirlo? —Lo juro por mi honor. —

Otros segundos de silencio llevaron a Katta a mirar lo que Xander había tomado como refugio de sus inadvertidos golpes. Un libro, que a la luz de las velas no llegaba a verse del todo bien. Fue un momento en que él mismo pensó en sus propias palabras, y lo que significaban en la situación del rubio. — ... Madre.... ella huyó por mi, dijiste. Pero yo no quiero hacerlo. Si es por tu honor, dejaría todo bajo tu cuidado. Gracias, Xander. — Suspiró el más mayor, exhalando una forzosa sonrisa. —Gracias a ti, Katta, lo haré lo mejor posible— Tras ello, volvió a tomar el libro, algo que advirtió el oro embarrado. — Padre solía leernos cuentos a mi y a mi hermano de pequeños. Me pregunto si alguno era de aquí... — Se detuvo un momento. — Nunca tuve mucha iniciativa... solo quería hacerte saber que puedes hablar de ella conmigo. —

Xander hizo acopio de sus fuerzas en contra de sus propias mareas de emoción. —¿No... dijo nunca nada sobre Camilla o sobre mí?— El espadachín quiso hacer memoria, por unos momentos deseó haber conocido alguno de aquellos nombres. — No con vuestros nombres. Mi abuelo hablaba de su gente, y de lo fuertes que eran sin usar chackra. Creí que hablaba de alguna aldea, pero posiblemente... hablaba de vosotros y Arturo. — El hombre sonrió sencillamente, nervioso y tenso, arrugando el libro por la fuerza en sus dedos al sujetarlo. —El abuelo siempre obsesionado con la pelea... — Tardó en reunir el valor de preguntar. — Y Madre... ¿fue feliz en Oriente? — Katta consiguió trazar una sonrisa. — Lo fue, e hizo feliz a mucha gente. — Tras ello, el rubio cerró el libro, con una expresión melancólica en la sonrisa, igual que el pelinegro a quien extendió el libro, donde ahora de cerca se leía con añeja caligrafía. Parvus princeps. —Con eso es suficiente... ella me contó está historia cuando era pequeño, aunque ella lo hacía sin el libro. — Algo emotamente parecido a una risa surgió un instante. —Debes leérselo a tus hijos algún día, así que vuelve a casa cuando termines con todo. —

Brisa. Corlapis dormía agotada. Tras horas, tras meses, había logrado hacer mucho más de lo que nunca llegó a imaginarse. Vista como un fallo, a su lado ahora había algo que incluso en sueños le hacía una tímida muestra de alegría. Y cada vez más, pues en su plácido sueño sabía, no debía preocuparse por quienes fueron recibidos con una brisa sutil de frío artificial. Al lado estaba quien era su marido, y su salvador. Y en sus brazos, sus tesoros, los dos frutos de un amor impredecible. Ella, sesgada de emociones, y él sesgado de destino. No era sencillo, ni lo sería nunca, pero sobre el cuerpo de un padre quien apenas hizo más que llorar de alegría y sujetar la mano de quien le había dado tanto, todo; allí descansaban dos diminutos niños. Dos gemelos hechos con casi exactitud, de piel tostada. Uno un poco más pequeño que el otro, con una zona albina de entre la espesa pelusa lanuga en su cabeza, con un par de perlas de eléctrum cuyo núcleo resquebrajaba rojizos heredados de la familia materna. El otro por el contrario tenía el mismo color de cabello que su padre, y dos discos de oro con motas de verde pardo. El nombre de ambos había sido elegido antes de su nacimiento, y en manos de su padre, con los ojos hinchados y sonrojados, ellos dos eran presentados a un mundo por el que, por tres más razones, debía traer la paz. El nacimiento de Ruberdamna y Arctos.
Katta
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